Hola mis muy queridas chicas, lamento la tardanza, siendo honesta, me ha tomado un poco de tiempo, y esfuerzo regresar... sin embargo, aquí va un capítulo muy largo, que espero, compense un poco mi ausencia, como siempre, espero sus comentarios, les mando un enorme abrazo, así como bendiciones. Gracias por sus palabras de apoyo y ánimo, y por seguir leyendo mis letras, a pesar de que no he logrado ser tan constante como antes.
C, La verdad es que no tengo palabras para agradecer tu paciencia, entrega, tough love, y demás. luv ya.
KeyAg
YNTE 23
Escocia 1923 antes de la boda de Albert y Candy.
Rose recargó su cabeza en el hombro de Albert, estaban recostados en lo alto de una de las murallas, contemplando las estrellas, respirando la paz y disfrutando la presencia el uno del otro.
Mi amor… - comenzó Rose un poco titubeante, porque hacía días que algo rondaba su cabeza, pero que no había sabido muy bien como expresarlo.
Dime princesa. – Albert había percibido su titubeo sin problemas, y su tono de voz cálido intentaba transmitirle la seguridad necesaria para continuar.
Me he estado preguntando si hay algo que quisieras saber de mi vida antes de reencontrarte.
Sé que te amo, y que me amas, eso es suficiente. – le respondió él, pensando que tal vez sería doloroso hablar del pasado.
Albert, vamos a iniciar una vida juntos no debe haber secretos entre nosotros.
Y no los hay, podemos hablar de lo que quieras, responderé todas tus preguntas…
¿Tú no tienes preguntas? ¿No sientes curiosidad? ¿No quisieras saber cómo es que terminamos viviendo vidas separadas? ¿No tienes nada que reclamar?
¿Reclamar? No mi amor, si bien es cierto que viví en el infierno por mucho tiempo ante tu ausencia, el haberte encontrado es suficiente para olvidar…
¿Olvidar que te herí en lo más profundo cuando te dejé solo y a tu suerte mientras aun convalecías?
Mi amor… no seas dura contigo misma.
Es que no logro entender…
¿Qué te amo?
Se que me amas, y te amo, pero hay días que simplemente pienso que no te merezco…
Candy… no me interrumpas, estamos solos, y es muy claro que hablo con Candy, porque Rose no vive atormentada por el pasado. Debes dejar las dudas a un lado amor mío… mi amor es real… pero tal vez veo el punto de lo que mencionabas antes… nunca me he atrevido a preguntar por no causarte dolor, pero me gustaría saber qué fue lo que viviste, como decidiste volverte Rose… como fueron esos días del final de tu embarazo, tu tiempo con Richard… se por él que cuándo te trajo con él Alex ya había nacido… pero quisiera compartir contigo ese pasado, vivir el nacimiento de Alex a través de ti… saber que sentiste, como decidiste que lo mejor era desaparecer… y claro que quiero responder todas tus dudas… y si quieres… contarte mi historia. ¿Qué dices?
Si, eso es justo lo que quiero, que compartamos esa vida que no vivimos juntos...
New York 1917
Candy abrió los ojos lentamente, el cansancio de las emociones vividas ese día, aunado a la debilidad natural de haber sido dada de alta unas pocas horas antes, más su embarazo, habían terminado por vencerla, y a pesar de tener la intención de no hacerle caso a Eleanor que la mandó a descansar en cuanto llegó a su casa, la realidad fue, que no tardó ni cinco minutos después de poner la cabeza en la almohada para quedarse dormida.
Miró a su alrededor, la penumbra de la habitación le decía que era tarde. Su corazón latía acelerado, tal vez porque en poco tiempo podría reunirse con Albert… Dios, vería a Albert, podría sentir sus cálidos brazos rodeándola, llenándola de amor y seguridad como solo el sabía hacerlo.
Una voz dentro de su cabeza le seguía repitiendo que era una egoísta, una estúpida, una mujerzuela, que iba a arrastrar a la ignominia al mejor hombre del mundo, y lo obligaría en nombre del honor y del amor a criar al hijo de otro hombre. Eso no era justo… pero había una voz mas fuerte, una que le recordaba cuanto lo amaba, una que le decía que juntos podrían contra todo, según el plan de Eleanor, pronto sería hora de reunirse con él, así que se puso de pie con cuidado, aún había partes de su cuerpo que estaban adoloridas, y era consciente de que podía marearse y caer. Se puso de pie, respiró profundo, y se dirigió al cuarto de baño para refrescarse un poco. Su vestido estaba arrugado, así que tal vez sería mejor cambiarse, llamó a una de las doncellas para pedir ayuda, ya que aún se sentía cansada.
La mujer de confianza de Eleanor entró a la habitación en un desacostumbrado silencio, sin embargo, era tanto el entusiasmo de Candy, que no reparó en la palidez de Esther, ni en que sus manos temblaban mientras le ayudaba a tomar un baño.
Cuando al fin terminó de arreglarse, la alegría, los nervios, y las ansias se conjugaban en uno solo, iba a ver a Albert, a su Albert, a su príncipe de la colina… acarició levemente su vientre, el embarazo aún no se notaba, solo una pequeña redondez en el vientre y senos un tanto más llenos, contempló su imagen en el espejo, había escogido el vestido que Albert le regalara para ir al estreno, el tono de verde le sentaba de maravilla, y aunque se veía un poco más ajustado a su figura, Candy pensó que eso no era precisamente malo, sino que le hacía ver un poco más mayor, más mujer. El maquillaje había disimulado lo que quedaba de los cardenales de su rostro, su cabello caía en abundantes rizos por sus hombros y espalda, sabía que no era digna de él, pero en su corazón guardaba la esperanza de que tal como le habían enseñado sus madres, "El amor cubriría multitud de pecados."
Además ella dedicaría su vida a pagar con creces todo lo que Albert había hecho por ella, a demostrarle que lo amaba de una manera que nunca creyó posible, a construir a su lado una vida, una vida hermosa… era consciente de que no sería fácil, al final de cuentas, había sido criada por los Andrew, y no le eran ajenas las responsabilidades y expectativas que recaerían sobre ella al casarse con el patriarca, así como tampoco ignoraba el hecho de que debería completar su educación de dama, convertirse en la mujer de la cual Albert pudiera estar orgulloso, no se sorprendió al darse cuenta de que por primera vez la expectativa no le pesaba, estaba lista para ser lo que por tantos años se había negado.
Construyó miles de castillos en el aire, soñó con el perfecto mañana, con días cargados de felicidad y emoción, con tiernas tardes junto al fuego, en perfecta camaradería, con picnics y largas caminatas por los jardines de Lakewood, con las verdes montañas escocesas, la tierra natal del príncipe. Se preguntó que se sentiría probar sus labios, y sentir sus manos varoniles recorrer su cuerpo de mujer, sus mejillas se ruborizaron ante ese pensamiento, por el deseo y la vergüenza… pero el amor era más fuerte que la acusadora ignominia de ya no ser virgen, y a él, a Albert ella lo conocía suficientemente bien, como para saber que él la amaría por ser ella, no por su virginidad, o por ser una dama, sino simplemente por ser Candy.
Alguien llamó a la puerta y el corazón de Candy se aceleró, tal vez era la mucama que venía a anunciar la presencia de Albert.
Pase. – dijo ella con temblorosa y dulce voz.
La puerta se abrió y en vez de la mucama, tal como lo había esperado, la elegante figura de Eleanor se dibujó en el umbral de la puerta.
- Eleanor, pensé que sería, Lee Anne …- le dijo ella aun algo ruborizada por los lugares a los que sus pensamientos la habían llevado, no era común en ella, pero como enfermera sabía que podía ser parte de las hormonas del embarazo, claro, seguro eso era, así que respiró profundo y se rehízo.
- No querida, soy yo con un poco de té, ¿puedo pasar? – la perfectamente modulada voz de Eleanor sonaba un poco insegura. Después Candy se preguntaría porque no había sospechado, y como era que había pasado por alto las claras señales de que las cosas no andaban bien… solo pudo concluir que la anticipada felicidad la había cegado.
- Claro, pero ¿no sería mejor si fuéramos al salón? – preguntó algo titubeante, sabía que Eleanor la apoyaba, pero también era la madre de Terry, tal vez no era propio...
- Pensé que estarías aún cansada… - Eleanor no estaba segura de que decir aún.
- No, Eleanor, tomé una siesta, y ya pronto serán las 6… Albert no debe tardar en llegar. – no podía esconder sus ansias, su anticipación.
- Candy, cariño, toma asiento, y toma una taza de té. – le dijo la elegante mujer en un tono serio que sosegó su agitado espíritu.
Candy observó a Eleanor servir el té con maestría, una gracia social que se preguntó, si ella misma tendría alguna vez. Debía practicar, la tía abuela se escandalizaría de sus desvaríos. Pero, sobre todo, debía practicar porque estaba lista para formar parte del mundo de Albert en todo derecho. Tomó la taza de manos de Eleanor y aspiró el delicioso y aromático olor del brebaje que seguramente provenía de la India.
Notó que a Eleanor le temblaron un poco las manos cuando le acercó la taza y el platillo, pero no le dio importancia, sin embargo, al ver que la mujer mayor tomaba asiento y guardaba silencio, como buscando la manera de comenzar, Candy decidió ayudarla, ya que seguramente Albert llegaría pronto, y ella quería estar abajo esperándolo, ni por un momento le pasó por la cabeza que Albert no vendría.
¿Qué sucede Eleanor? – La pregunta directa pareció sacar de base a Eleanor, quien tomó aire profundamente y luego, procedió a responder pausadamente, como si le costara enormemente.
Candy, cariño… necesito decirte algunas cosas, pero, debes recordar que, por la salud de tu bebé, lo mejor es que mantengas la calma. – le dijo mirándola seriamente a los ojos.
Eleanor, me estás asustando… - comenzó la joven rubia, sintiendo que los cimientos de sus castillos se tambaleaban, algo andaba mal.
Escúchame, y a partir de lo que te diré podrás tomar decisiones.
¿Eleanor? –
No había forma de decirlo suavemente, no quedaba más que ser directa, llenó de aire sus pulmones y simplemente se lo dijo.
Ha habido un accidente, el chofer y la actriz que contraté, perdieron el control del auto…-
¿Cómo perdieron el control del auto? – esa respuesta era la más le dolía dar… porque convertía a su hijo en un ser aún más monstruoso, un hombre más allá de toda esperanza, un asesino… involuntario tal vez, pero, un asesino al fin.
Terry los iba persiguiendo, no es oficial, pero al parecer él fue quien los sacó de la carretera… y los tiró al barranco…tanto el señor Andrew como yo teníamos guardias a lo largo de la carretera, y ellos han sido los testigos….
¿Ellos… el chofer y la actriz?
Murieron, no hay duda de ello.
¡Dios mío! – una palidez mortal cubrió el rubio de la menuda ojiverde, sin embargo, había más.
Candy, hija, Albert no sabía que yo envié un señuelo en vez de a ti, el piensa que…
Que yo estoy muerta… - completó Candy escondiendo por completo la angustia que sentía en el pecho al enterarse de la noticia, el dolor que Albert debía estar sintiendo en ese momento calaba hondo en su alma, ahora los cimientos de sus sueños no solo se tambaleaban, sino se resquebrajaban bajo sus pies… de pronto tuvo una certeza, una que tal vez no había asimilado por completo, a pesar de todo lo que había vivido, sino, hasta ese momento. Terry estaba dispuesto a matarla… esta era la segunda vez que se lo demostraba, no debía tentar a la suerte, y seguro se pondría furioso cuando conociera su fracaso… no solo querría matarla a ella y a su bebé, si no también a Albert y a todo aquel que la amara…y que ella amara… de pronto en vez de castillos en el aire, había solo escombros a su alrededor… una vez más la felicidad le sería negada… o más bien, ella sabía lo que debía hacer… no sería fácil, pero, tal vez…
Mandaré a avisarle por supuesto, pero… no creo que sea prudente que venga hoy…
Eleanor no pudo terminar de hablar, porque la puerta se abrió de golpe, Esther subía con los ojos aterrados, y en sus manos retorcía un pañuelo de seda ansiosamente.
Baje de inmediato señorita Eleanor, él amenaza con subir… y no debe verla a ella… está borracho y furioso, ya he llamado a los hombres…
¡Eleanor! – el grito de la voz pastosa y evidentemente furiosa erizó la piel de Candy, era una voz que conocía bien, y llevaba tatuada en el alma, la voz que le había aterrado escuchar más de una noche hacia no mucho tiempo, Eleanor se puso de pie de inmediato y salió a su encuentro sin titubear.
Esther cerró la puerta tras de sí no sin antes decirle a Candy que se escondiera. La rubia se pegó a la puerta, no era difícil escuchar, Terry no hablaba, gritaba.
¡La querías convertir en una maldita puta, igual que tú…!
Terrence, necesitas calmarte. – Eleanor no gritaba, sino que trataba de sosegarlo, aunque sabía que era inútil, ella no tenía ese poder, la única que alguna vez lo había tenido había sido Candy, pero al parecer hasta ella lo había perdido.
¿¡Calmarme?! La enviaste a los brazos de él, siempre tuve razón, pero ella no podía ser de nadie sino mía, me has obligado a … ¡Maldita seas Eleanor! ¡todo es tu culpa!
Terrence, ¿de qué hablas?
He resuelto al fin el problema de mi hijo bastardo… y de la puta de su madre, que iba a entregarse al mejor postor.- el asomo de culpa se había diluido en ira.
¿¡Que has hecho?! – Eleanor fingía demencia para ganar tiempo.
Lo que se tenía que hacer, y ahora debería hacer lo mismo contigo por traidora, siempre has sido una mala madre… se acercó a ella amenazante, era todo un hombre, alto, fornido, con los ojos inyectados en sangre y la mirada cargada de odio.
Eleanor podía sentir el aliento alcohólico, y el brazo que tenía él sujeto le dolía, en ese momento no había hombres en la casa, los había mandado a la carretera y con la policía, quien le había comunicado la noticia de las muertes había sido un simple chiquillo que habían enviado, de pronto Eleanor temió por su vida, pero sobre todo por la de Candy y la de su nieto.
Terry… hijo… - intentó con cariño sofocar el terror que la atenazaba.
No me llames hijo, tú no eres mi madre… eres simplemente, la puta que me parió. – levantó la mano y le propino una sonora bofetada, que hizo retumbar su mandíbula. Eleanor se preguntó si ella también terminaría en el hospital y rogó porque a Esther se le ocurriera sacar a Candy de la casa por la puerta trasera. Serviría de costal de box, si era necesario con tal de ganar algo de tiempo.
Sin embargo, a Esther se le ocurrió algo mejor, había salido por la puerta trasera después de dejar la puerta del cuarto de Candy asegurada, y gracias a la providencia había encontrado un auto de policía no muy lejos. Entraron justo a tiempo para ver a Terrence abofetear a Eleanor, y lo contuvieron.
Señorita, ¿está usted bien? - preguntó Esther, una vez que los policías sacaron a Terry de la casa.
Si Esther… gracias… ¿ella?
La dejé encerrada en la habitación.
Señorita… Baker, Eleanor Baker… ¿cierto? – preguntó el sorprendido hombre.
Así es oficial, le agradezco la ayuda.
Lo llevaremos a la comisaría, pero, no podemos retenerlo mucho tiempo, por ser usted, tal vez un par de días, no más.
Se lo agradezco oficial.
Tome las medidas de seguridad necesarias. – le dijo el hombre viéndola significativamente y salió de la casa.
Eleanor se dejó caer en el sillón, le dolía la cabeza, y temblaba por completo, no prestó atención a Esther que limpió el hilillo de sangre que corría por la comisura de su boca y tomó de un solo trago la copa de brandy que le acercó.
Debo ver a Candy, gracias, querida Esther, lo mejor será que subamos de inmediato, para decirle que todo está bien.
Candy estaba sentada en uno de los cómodos sillones de su habitación, abstraída, pensando, temblando por dentro, pero, segura de lo que debía hacer. El sonido de la puerta al abrirse le hizo levantar la mirada, Eleanor se veía compuesta, pero su hermoso rostro conservaba los signos inequívocos del maltrato.
Eleanor…
Todo está bien ahora, Candy, pero debemos pensar y actuar con rapidez... tal vez deba enviar un mensajero a los Andrew…- no tenía un plan formulado, pero, no era necesario tenerlo, Candy la interrumpió con seguridad.
Solo para darles el pésame, y tal vez mencionar de paso que Terry está en la comisaría.
¿No irás con él? – preguntó la mujer mayor sorprendida.
No, no puedo Eleanor, no puedo tentar al destino una vez más, ni vivir con la incertidumbre de que nos hará Terry cuando nos encuentre… no es justo, no es justo para Albert, no es justo para los Andrew, no será justo para mi hijo… no puedo con el miedo, ni con la incertidumbre de cuando me encontraré con él, debo desaparecer… . había determinación en su mirada., Eleanor sabía bien que la chiquilla era determinada y atrevida, seguro pensaba huir y esconderse, pero ella no lo permitiría, está vez Candy no estaría sola, sino tendría a su lado a una madre dispuesta a luchar por ella.
Candy… te pido una cosa, déjame arreglar un lugar a donde puedas ir a refugiarte, y tal vez pensar en una solución, dame tiempo.
Debo irme, ya…- le respondió la pequeña rubia con su acostumbrado ímpetu. Pero ella la acalló con la razón.
No tienes de que vivir, y tu embarazo no sobrevivirá jornadas arduas de trabajo, además de que legalmente podrías estar muerta, si sacamos a la luz que sobreviviste…
No podemos dejar saber a nadie que sobreviví, si lo hacemos nunca dejaran de buscarme, no puedo hacerles eso a mis madres, a los Andrew… a Albert… ellos deben ser felices después de un tiempo…
Será como tu digas, pero déjame ayudarte, por ti y por mi nieto.
Te pagaré hasta el último centavo…
No, querida mía, de nada sirve tener dinero para uno solo… tú y mi nieto son lo que tengo ahora…
Terry…
Es mi hijo, pero lo que ha hecho no tiene nombre, lo primero es ponerte a salvo.
Junta mis cosas y envíaselas a Albert con una carta… por favor… debo despedirme…
Lo haré pequeña, por ahora descansa, ¿quieres que llame al médico?
Solo necesito dormir…
Bien, le diré a Esther que vele tu sueño…
No Eleanor, necesito estar sola… -
Bien, si necesitas algo estaremos al pendiente, Esther vendrá para ayudarte a desvestirte.
Eleanor salió de la habitación y Candy se miró al espejo una ultima vez… ese vestido no lo enviaría de regreso, sería su recuerdo de la vida que pudo haber tenido, si tan solo no hubiese sido tan necia. Justo en ese momento todos los sueños morían, ya no era una chiquilla, ya no habría un príncipe de la colina con el cual soñar, y el felices por siempre no sería parte de su vida, sin embargo, ella encontraría la forma de ser feliz, por ella, por su hijo, supo con certeza que nunca lo olvidaría, que su corazón nunca dejaría de amar al hombre al que le debía todo, al mejor hombre del mundo, llevaría a William Albert Andrew tatuado en el corazón por el resto de su vida, pero, por amor a él y a su hijo, hoy renunciaba a su esperanza de ser feliz a su lado.
Un par de días después Candy se instaló junto con Esther en una casita aislada en New Jersey, a pesar de su reticencia, sabía que Eleanor tenía razón, no podía irse y arriesgarse a perder a su bebé, así que pasó los siguientes meses en completa reclusión, la sonrisa característica de la chica, así como su inagotable energía parecieron apagarse, comía, caminaba, dormía, hacía todo lo necesario a conciencia, pero, solo por su hijo, ahora cada movimiento del pequeño o pequeña, o incluso las noches sin dormir, eran su única fuente de consuelo. Su corazón estaba mortalmente herido, su alma desgarrada, se había equivocado tanto… que había perdido lo que más había amado en la vida, su ilusión más grande, a su príncipe de la colina... No, no lo había perdido, sino se había visto obligada a renunciar a él por amor.
Los meses pasaron, su vientre si hinchó, su hijo era fuerte, sabía que era un niño, estaba segura de ello, un niño saludable, un pequeño guerrero, que se había negado a morir a pesar de todo lo que había pasado.
Un día, un dolor indescriptible parecía querer partirla en dos, su vientre se tensaba, las oleadas de sufrimiento iban y venían, el pequeño parecía querer aferrarse a su interior, sin embargo, tras un largo y doloroso parto, la comadrona y Esther pusieron al fin un pequeño bulto rosado de cabellos oscuros en sus brazos, Candy tomó su manita y besó su frente, por primera vez en meses, su corazón latió de forma distinta. Y la sombra de una sonrisa cansada se dibujó en sus labios, ahí estaba su razón para vivir, su razón para luchar, para convertirse en una dama, para ser todo lo que había soñado ser, y para darle lo mejor a su hijo, porque ella era todo lo que su pequeño tenía, de pronto, la vieja fortaleza se animaba a seguir, nada era imposible, y la niña optimista se convertía en la mujer segura de que haría lo que fuera porque su hijo fuera feliz. Como muchas mujeres antes que ella y tantas otras después Candy encontró en la maternidad la descomunal fuerza secreta y desconocida por muchas, la certeza de que ese pequeño ser indefenso lo valía todo, hasta su último aliento de ser necesario, por él enfrentaría a quien fuera y lo que viniera.
¿Cómo lo llamarás? – preguntó Eleanor sentada una tarde a su lado, mientras el bebé comía del seno de su madre. La rubia levantó la mirada, era ajena al hermoso cuadro que representaba, o a la belleza etérea que la rodeaba, Eleanor vio por primera vez luz en el rostro de ella, tal vez era tiempo de decirle su plan.
Alexander…significa protector… él me ha salvado la vida Eleanor… - explicó Candy en un susurro reverente.
Me gusta… Alexander, es un buen nombre, un nombre fuerte, digno.
Alexander White…
Alexander Grandchester, querida mía.
Eleanor…él no…
Shhh, escúchame, he resuelto nuestro más grande problema, sé cómo ponerte a resguardo y darle a mi nieto la vida que merece.
Sí lo llamo Grandchester, Terry… - Eleanor no la dejó terminar, sino que con seguridad la contradijo.
No, porque los resguardaremos en donde él no se atreverá a buscar.
¿Tú y quien más?- preguntó la chica abriendo sus enormes ojos verdes desmesuradamente, no había pasado por alto el plural.
El duque de Grandchester. – le dijo Eleanor con una media sonrisa.
Eso es una locura, él… - Candy no sabía bien que decir, Terry había hablado muy mal de él, y ella misma había experimentado su dureza, no entendía que era lo que Eleanor pretendía. Sin embargo, escuchó lo que la mujer mayor tenía que decir.
Richard es un buen hombre… lleno de excusas y trabas sociales, pero un hombre poderoso, solo un hombre poderoso podrá protegerlos mi niña. – le dijo Eleanor con vehemencia.
¿Cómo sabes que aceptará?
Necesita urgentemente un heredero, tristemente sus hijos con la duquesa fallecieron en la guerra, al igual que su hermano menor, los últimos dos hombres Grandchester son él y Terry… Terry, no puede heredar.
Pero el duque…
Candy, cariño, confía en mí.
Es una locura Eleanor.
No lo es, hará lo correcto porque el honor es, ante todo. –
Eleanor omitió contarle, que Richard Grandchester haría lo correcto, principalmente, porque ella tenía en su poder documentos demasiado comprometedores, que echarían por tierra el sentido lema de los Grandchester, "El honor ante todo" ¿dónde quedaría el honor si se diese a conocer que el gran duque había cometido bigamia? ¿que había hecho pasar a su legítimo hijo mayor como su bastardo? ¿y que en realidad nunca se había divorciado de la hermosa actriz norteamericana?
¿Es un hecho?
Sí, vendrá por ustedes en cuanto las cosas se tranquilicen un poco en aguas internacionales.
Candy, querida, a su lado podrás tener una nueva identidad, sobre todo, Alexander tendrá lo que le corresponde.
El dinero no lo es todo.
Lo sé, pero, si la seguridad, Richard puede protegerte en caso de que Terry quiera hacer valer sus derechos como padre, en el mundo en el que vivimos, no nos queda sino ampararnos bajo la protección de hombres poderosos. Y Richard definitivamente encaja en esa descripción. Candy, hija, aún eres muy joven, y has vivido una vida singular, una donde nadie puso restricciones, donde has hecho lo que has querido una y otra vez, pero, ya no estás sola, debes pensar en Alexander.
Candy guardó silencio y acarició la oscura pelusita de la cabeza de su hijo, dudó por largo tiempo, la incertidumbre la hizo su presa por semanas, algunas veces pensó en huir, otras en buscar a Albert, o al menos a Archie para pedir su ayuda, pero sabía que ninguno de los dos la dejaría ir… no había opciones, no tenía a donde huir.
Pasaron un par de meses y las cosas parecieron calmarse, una buena tarde, Candy estaba sentada en el jardín disfrutando de la calidez de los últimos rayos de la tarde, cuando Esther le anunció que tenía visitas. Alexander dormía en sus brazos, ella vestía de blanco, Eleanor había llenado su armario de fabulosos vestidos y sutilmente pulía la exuberante personalidad de la chica, la pequeña casa de campo era un paraíso, un lugar confortable, seguro y hermoso, pero Candy sabía bien que no podría ser su hogar para siempre.
Levantó la mirada, Eleanor entraba al jardín acompañada de un apuesto caballero, Candy no necesitaba presentaciones sabía bien quien era, su porte elegante y forma de andar lo hubiesen delatado aún si ella no hubiese recordado su encuentro con el duque.
Se puso de pie, había indicado a Esther que pidiera el té, Eleanor se acercó a ella y los envolvió a ella y a Alex en un cálido abrazo, el caballero permanecía en silencio, tal vez un tanto incómodo.
Candy, querida, Richard ha venido al fin. – dijo con sencillez omitiendo el título nobiliario.
Milord. – respondió la rubia con una pequeña inclinación de cabeza majestuosa que no hizo sino sorprender al duque, frente a él no tenía a la alocada chiquilla del San Pablo, que sin duda aún en sus tiempos de rebeldía había sido una hermosura, entendía porque su hijo se había encaprichado con ella, y admiraba su espíritu salvaje, no había dudado en decirle sus verdades en su momento, sin embargo, ahora tenía frente a él a una compuesta y sosegada criatura, que tal vez sin saberlo imitaba los bien modulados tonos de voz de Eleanor, y lo recibía con la gracia y majestuosidad de una reina en el pequeño jardín donde él recordaba haber pasado los días mas felices de su pasado, la misma Eleanor se había sentado en ese mismo sillón con Terry en brazos cuando era solo un bebé.
Solamente Richard, no son necesarios los formalismos. – le dijo mientras le devolvía la reverencia y trataba de sonreírle con calidez, no sabía porque había aceptado esta locura… Eleanor pensaba que era porque lo había chantajeado, pero, la verdad era que una vez ya había cometido el error de negar a su propia sangre, no volvería a hacerlo. La vida lo había golpeado demasiado duro durante la guerra como para no doblegar su soberbia.
Por favor tomen asiento, nos traerán té en un momento, o si gusta puedo pedirle un whiskey.
Té estará bien, Candy, gracias. – le respondió Richard observando de reojo al pequeño que sostenía en sus brazos. -¿cómo se encuentra el pequeño? – se escuchó a si mismo preguntar con inesperado interés.
Bien, cada día más grande, ¿quiere sostenerlo en brazos? – preguntó ella con su acostumbrada naturalidad. Richard no estaba seguro de que responder.
Creo que debes darle tiempo al señor duque, querida Candy, dudo mucho que haya sostenido un bebé en muchos años, pero yo sí quiero tomarlo en brazos. – le dijo Eleanor mientras se ponía de pie y lo tomaba hábilmente entre sus brazos.
Richard Grandchester no pudo evitar recordar, un tiempo demasiado lejano, en el cual había tenido a su alcance todo para ser feliz, y lo había tirado por la borda a manos llenas. Tal vez está sería una nueva oportunidad de resarcir sus errores.
Tomaron el té y conversaron sobre trivialidades por un rato, hasta que Eleanor se puso en pie para llevar a Alexander a su cuna.
Dime Candy, ¿estás de acuerdo con nuestro plan?
No sé mucho de él en realidad, le pedí a Eleanor que lo hiciera venir, para escuchar de su propia boca la propuesta antes de tomar una decisión. – le dijo la chica con sinceridad.
Bien, he pensado que la mejor forma de llevarte conmigo y evitar sospechas es hacerte pasar por la esposa de mi hermano que murió en Francia… - durante el siguiente cuarto de hora Richard procedió a explicar a Candy sus planes. Al principio había dudado, pero, ahora sabía que no había mejor forma de desaparecer. Richard Grandchester no dejaría nada al azar.
Eleanor se tomó su tiempo con Alexander, apretando el pequeño y cálido cuerpo contra ella, saboreando el aroma a bebé que le traía tantos gratos recuerdos, de su hijo, de los sueños que había acariciado cuando joven, del amor que había jurado dar, de la vida que había añorado tener, a la que se había visto obligada a renunciar tanto tiempo atrás, tal vez si no hubiese dejado que Richard se llevara a Terry, o si hubiese ido por él para traerlo con ella a pesar de todo lo que estaba en su contra, pero se había rendido aún antes de pelear, en parte porque una joven actriz de segunda, americana además, no podría contra el poderío de los Grandchester, y porque había pensado que sería lo mejor para Terry, que crecería sin carencias, que Richard haría lo que le correspondía, que le daría el amor que no había podido darle a ella, porque el honor no se lo permitía.
Aspiró una vez más el aroma que la suave cabecita despedía, y con cuidado colocó al pequeño en su cuna, había dejado a Richard y a Candy solos a propósito, sabía que Richard era convincente, y que ella era cautivante, juntos lograrían química, y alianzas que le darían al pequeño Alexander una buena vida, de eso no tenía duda.
Salió de la habitación con rumbo al jardín, pero, se detuvo por un momento, para contemplar el cuadro del jardín, preguntándose, no por primera vez si acaso estaba maldita, tal vez la maternidad nunca estuvo hecha para ella, el destino le demostraba una vez más que tener una familia no era lo que estaba en sus cartas, consciente de que renunciaría una vez más en favor de Richard a su derecho de sangre, no vería crecer a Alexander, nunca lo escucharía llamarla abuela, perdería la compañía de Candy, por quien sentía el afecto de una madre… pero, precisamente por eso, era que estaba dispuesta a perderla, con tal de mantenerla segura.
Les dio unos momentos más de privacidad, y después salió al jardín, Richard se puso de pie al verla llegar, tal como correspondía a un caballero, y con elegancia retiró la silla para que ella tomara asiento con ellos en el fino desayunador de hierro forjado. En algún momento sus manos rozaron, y Eleanor pudo notar, que no sintió nada, eran dos perfectos extraños, que, de no ser por su nieto, tal vez nunca más hubiesen cruzado sus vidas, pero Eleanor sabía cuan fuerte era el sentido del deber en Richard, y lo poderoso que era el llamado de la sangre para él.
¿Y bien Candy, te ha contado Richard el plan?
Sí Eleanor, no han dejado nada al azahar… pero… solo puedo aceptar bajo una condición muy clara. – respondió la rubia buscando los ojos del hombre mayor que mostraba un claro espejo de como sería el padre de su hijo cuando llegase a esa edad.
Dime, y veré si es posible cumplirla… - le dijo Richard, sin saber que esperar.
¿Cómo sé que no me prometerá algo, para después retractarse? – le preguntó la chica de manera directa, pero antes de poder responder Eleanor lo hizo por él.
Porque… "El honor ante todo". –
¿El honor ante todo? – preguntó Candy… rebuscando en su mente, si alguna vez había escuchado esas palabras antes…Terry hablando amargamente del duque en el San Pablo, tal vez…
Es el lema de mi familia… de nuestra familia si aceptas ir conmigo…dime cuál es tu condición, y puedes estar segura de que seré fiel al único código que ha regido mi vida, para bien o para mal.
Terrence, no se enterará jamás de que Alexander es su hijo… no voy con usted para comprar tiempo, y ver si algún día él cambia, y entonces podemos ser una familia feliz, primero, porque… jamás podría perdonar lo que nos hizo, ni mucho menos pensar en construir una vida a su lado, y segundo… segundo… porque… - las palabras se atragantaban dentro de ella, la rabia, la impotencia, y el dolor se mezclaban atenazando su garganta.
Segundo, porque amas a un hombre que no es mi hijo, y de poder rehacer tu vida con alguien lo harías con él. –le dijo Richard sin rodeos.
¿Cómo…?
¿Cómo lo sé? Candy, no estoy aquí porque no tenga opciones, o porque Eleanor me haya chantajeado. – El duque pudo leer sorpresa en el rostro de la rubia y viendo la mirada de Eleanor, supo que ella no le había dicho nada sobre el chantaje. – lo siento Eleanor, no sabía que no le habías dicho… verás, accedí a hablar con ella, porque tiene en su poder algo que puede dañarme seriamente, y amenazó con usarlo, si no la escuchaba, eso, acusó mi curiosidad, nunca, lo había mencionado, ni aún para recuperar a Terry, sin duda, la razón para buscarme debía ser importante, así que hice lo que corresponde, investigar… y entonces, preguntando en los lugares correctos, me enteré de muchas cosas, entre ellas, cómo te trató Terrence, la respuesta de los Andrew a su insolencia… pero, nada sobre ti o Alexander, Eleanor había cubierto sus huellas apropiadamente, Eleanor, pensé que tal vez querrías que intercediera en favor de Terry, y estaba decidido a que mi respuesta sería negativa, pero, debía escucharte, y por eso lo hice. Candy, conozco la verdad, por completo, y aunque he cometido muchos errores, por los cuales podrías llegar a pensar que es la razón del egoísmo de Terry, puedes estar segura, de que condeno cada uno de sus actos, y no culpo a los Andrew por su reacción, conociendo a un hombre como William, seguro no considera saldada la deuda de Terrence, después de todo, le arrebató lo más preciado en su vida, tú, y puedes estar segura de que no interferiré, jamás en lo que decida hacer par que Terry encuentre justicia. He escuchado decir que los Andrew siempre pagan sus deudas, lo mismo sucede con los Grandchester, y yo, estoy endeudado contigo por la forma en que te trató mi hijo, y porque eres la madre de mi nieto, puedes estar completamente segura, de que Terrence no se enterará por mí que Alexander es su hijo, y la decisión de a quién entregarás tu corazón en un futuro, es completamente tuya, aún si decides un día que ese hombre es Terry, yo no interferiré, sin embargo, estaré ahí pare respaldarte en cada una de tus decisiones, eso, es lo que puedes esperar de mí. ¿Qué dices? ¿Quieres mi ayuda?
Candy volteó a ver a Eleanor, buscando consejo, las palabras del duque habían parecido sinceras, pero, ella no conocía al hombre.
El honor, ante todo, querida mía. – le dijo Eleanor, por respuesta, aún sabiendo, que con eso sellaba su propio destino de soledad. Candy respiró profundo, y tomó su tiempo, para hablar, como sopesando sus palabras.
Gracias, por su sinceridad, milord, confío en usted… y en Eleanor… supongo que no puedo seguir siendo Candice White Andrew.
No, querida… lo siento. – le dijo Eleanor tomando su mano.
¿Tienes alguna preferencia en cuanto al nombre? – preguntó Ricard con practicidad.
Candy guardó silencio por unos momentos, reflexionando, pensando, de pronto una idea vino clara a su mente, un nombre que le recordaría el resto de su vida al hombre que amaba, y que, si Albert lo escuchaba, le haría recordar a una persona amada para él, aun que esa persona, no fuese ella.
Rosemary…- dijo, esperando que ninguno de los dos preguntara porqué.
Eres francesa, mi querida Rose…- dijo Richard, como pensando para sí mismo.
Rose Marie…Estelle… Grandchester. – dijo Eleanor suavemente, regalándole a Candy el nombre que ella y Richard habían pensado utilizar cuando estaba embarazada de Terry para nombrar a su bebé, si acaso era una niña. Estelle.
Rose Marie Estelle Grandchester. – repitió la rubia ausente. Richard cruzó su mirada con Eleanor, por supuesto que el también recordaba, y estaba de acuerdo, de alguna forma, Candy, era ahora esa hija, que nunca tuvieron.
Le enseñaron a usar una peluca, contrataron tutores, y cuando Alex cumplió los seis meses, Richard y ella se embarcaron rumbo a Londres, aún había mucho formalismo entre ellos, pero, un día Alex terminó por romper sus reservas.
¿Podría tomar a Alex por un momento, olvidé el parasol?
No estoy seguro de saber cómo se hace… Rose.
Solo tómelo en brazos y no lo deje caer. – le dijo ella pasando al bebé despreocupadamente a los brazos de su abuelo, y caminando con soltura de vuelta a su camarote.
Richard observó al regordete y simpático bebé que se había quedado tranquilo en sus brazos, y su normalmente frío corazón dio un salto. Irían primero a Francia a registrarlo, y para que no hubiese dudas de que el duque de Grandchester regresaba a casa con la viuda de su hermano y su hijo… su heredero.
Los meses transcurridos juntos terminaron por romper los formalismos, Candy, naturalmente propensa a ver lo bueno en los demás, se convirtió en un soplo de aire fresco en la vida del duque, quien en poco tiempo se desvivía porque su nuera y su nieto tuviesen todo lo que pudieran llegar a desear. Lo que en un principio parecía una locura terminó por ser la situación ideal, El duque había encontrado una hija y un nieto con quien reivindicar todos sus errores, y Candy encontró la figura paterna que nunca había tenido.
Por casi un año evitó las noticias, no quería saber nada de su antigua vida, ni de las personas que amaba, era mejor olvidar, olvidar que podría haber sido feliz al lado del príncipe de la colina. Pensar en el dolor que sus madres, Archie, y Albert vivían era desgarrador, y rogó todos los días porque al fin encontraran felicidad.
Un buen día, tal vez por casualidad, o quizá porque Richard lo había dejado a su alcance a propósito, Candy se topó con el anuncio que hizo que le diera un vuelco el corazón, Albert se casaba, por un lado, Candy sentía que un nudo se formaba en su garganta, y que tibias lágrimas comenzaban a correr por sus mejillas, pero a la vez una leve sonrisa curvó sus labios.
¿Qué sucede Rose? – preguntó la suave voz femenina con preocupación, el único eco del pasado que quedaba en su vida.
La pelirroja levantó la mirada hacia la joven castaña, quien pudo de inmediato identificar la mezcla de emociones que se revelaban en su rostro, tomó asiento a su lado y entrelazó sus dedos con los de ella tratando de darle apoyo.
Te has enterado…
¿Será feliz?
Mi madre dice que al parecer si lo será…
Una decidida sonrisa asomó entre las lágrimas.
Entonces yo seré feliz por él.
Lo amas…tal vez haya una forma de…
No Patty, no hay forma, este es el camino que decidí recorrer, y cuando tomé esa decisión renuncié a él… sin embargo…
Nunca dejarás de amarlo, ¿cierto?
No Patty, mi corazón es suyo y de nadie más… aunque nunca pueda decírselo o demostrárselo.
Tal vez un día… al menos él sigue en el mundo de los vivos….
Patty, lo siento… yo…
No, no lo dije por hacerte sentir mal, es solo que la vida da muchas vueltas mi querida amiga, y mientras hay vida, hay esperanza.- Las dos mujeres se fundieron en un apretado abrazo, sus corazones aún sangraban, pero todavía eran muy jóvenes, y quizá un día podrían encontrar el amor una vez que sus corazones hubiesen sanado.
Lakewood 1918
Albert caminó lentamente por los jardines, las manos en los bolsillos, la mirada perdida en el horizonte, rememorando, lo que parecía toda una vida atrás, lejana, ajena a él, recordaba haber vivido de contrabando en esas tierras, y haber observado de lejos, la vida que sus jóvenes sobrinos llevaban, añorando unirse al grupo, pero sobre todo recordaba el tiempo que había pasado junto a ella, Candy… habían pasado un par de años desde su muerte, y el dolor de su ausencia parecía haberse suavizado, pero no había desaparecido, hoy caminando en el bosque podía sentir su presencia y casi podría jurar que escuchaba su risa cantarina un poco más adelante entre las veredas. Pero era inútil tratar de correr a su encuentro, ella ya no estaba en los círculos de este mundo.
Sus pasos lo llevaron al cementerio familiar, el pasto estaba húmedo por el rocía de la mañana, el lugar era silencioso y apacible, en él había muchas tumbas, algunas, le eran ajenas, otras, eran cercanas, la de sus padres, la de Rosemary, Anthony, Stear, y Candy.
Candy… justo frente a su tumba es que sus pies lo habían llevado, sabía bien que su cuerpo no estaba ahí, sino en un sarcófago de metal en el fondo del mar. Y su corazón se contrajo de dolor ante los recuerdos. Sin importar el tiempo que había pasado, su ausencia aun dolía.
Ella, su pequeña princesa había sido su todo, llevaba en sus manos un ramo de dulce Candies que depositó con ternura y reverencia sobre la helada lápida de blanco mármol.
Se arrodilló frente a la blanca lápida de mármol y cerró los ojos por un momento, recordando su sonrisa, sus locuras, la suave sensación de su piel, su delicioso aroma a flores, su menuda figura entre sus brazos, sus labios carnosos que tanto había anhelado probar, sus rebeldes rizos de seda, ella, la encarnación divina del amor… y de pronto su corazón se sintió muy pesado, era consciente de la intensidad de su amor por ella, así como de que por más que lo había intentado, no podía borrarla de su corazón, Candy era una parte definitiva de su vida, una que nunca se iría, su amor por ella no se había muerto, solo estaba en pausa, en pausa hasta que pudiesen encontrarse de nuevo.
Carraspeó un par de veces, las palabras parecían negarse a salir, un enorme nudo atenazaba su garganta, pero él era más fuerte, y necesitaba decirlo en voz alta.
Candy…pequeña… jamás voy a olvidarte, hay una parte de mí que desearía haber ido a tu lado en el auto ese día, para así estar juntos ahora, pero, no fue así, tu te fuiste antes, y yo, estoy aquí, sin ti, he vagado como alma en pena por los pasillos de Lakewood, recordando cada instante a tu lado, convertí el Magnolia en un museo a tu memoria, cerré mi corazón por mucho tiempo, creyendo que lo mantendría fiel a tu memoria por el resto de mis días, pero, mi amor, el destino se coló una vez más, el deber familiar, las obligaciones, el nombre de los Andrew me reclama… mi corazón se parte en dos, porque a decir verdad, gran parte de él es y será siempre tuyo, pero una mujer logró lo imposible, se ha colado en la ínfima fracción de él que no está ocupado por ti, si debo ser completamente honesto, no la amo, no como te amé a ti, eso es imposible, sin embargo, la amo, de una manera completamente distinta, tal vez más sosegada, menos arrebatada… y sé, que si todo hubiese salido como en un principio lo deseaste, si él te hubiera amado, y valorado, este día hubiera llegado de forma diferente… y preferiría mil veces el dolor de saberte ajena, pero feliz, que esta horrible agonía de haberte perdido total, completa y contundentemente. Candy, mi amor, mi princesa, estoy agotado, eternamente lleno de dolor, mi garganta parece atenazada, y si creyera que hay una forma de ir a tu lado hoy mismo, lo haría, pero no la hay, debo ser fuerte, ponerme en pie, levantar la frente en alto, ser el hombre del que tú te sentirías orgullosa… Ella te caería bien… es honesta, transparente, diferente a las demás, tal vez muy parecida a ti… y a la vez, completamente distinta… simplemente porque no eres tú…vine hasta aquí, no para despedirme, sino, para pedirte que compartas este momento de mi vida conmigo… Candy, mi vida, me voy a casar… su nombre es Evelyn…y tal vez, solo tal vez, a su lado un día lograré que tu recuerdo duela un poco menos, y ser feliz… porque debo cumplir con lo que me pediste en tu carta de despedida, para que cuando me veas desde donde quiera que estés te sientas orgullosa de mí… te amo, si, en presente, porque mi amor por ti es mi pasado, mi presente y mi futuro… Adiós, por ahora mi princesa.
Albert se puso de pie, la humedad del césped había dejado sus huellas en sus pantalones, las lágrimas habían rodado, por su rostro, pero, eso a él no le importaba, había venido a decir adiós al pasado, para así, poder ver de frente al presente, y tal vez tomar las riendas de su futuro.
Cuando entró de nuevo en la mansión se dirigió a la biblioteca, George lo recibió con un vaso doble de whiskey y esperó a que lo bebiera para hablar, analizando cada rasgo y gesto de su muchacho, sus ropas eran las de antes, sencillas, prácticas, llevaba barba, sus ojos se veían cansados, y su cabello no estaba perfectamente recortado, hacía dos meses que se había retirado de la vida pública, y él había decidido darle tiempo, sin embargo, era imposible seguir así, era tiempo de regresar al mundo de los vivos, los negocios esperaban por él, pero, sobre todo ahora esperaba por él una mujer, una que no era Candice White Andrew, pero, que sin duda, podría ser buena para su muchacho.
Mañana llegará el barbero para hacerse cargo de ti, también el sastre, y me permití pedir una selección de joyas de donde puedas escoger para regalar a la señorita Evelyn a tu regreso…
George…
¿Prefieres las joyas de la familia?
No, por supuesto que no…tal vez dentro de algunos años, pero no ahora.
No tienes que hacerlo, si no estás seguro.
No se lo hubiese pedido sino estuviera seguro, es solo que ella ha estado en mi mente constantemente.
¿Crees que la estás traicionando?
Es terrible, ¿no lo crees?
Habemos hombres de una sola mujer… o tal vez, de vez en cuando hay mujeres extraordinarias que se quedan tatuadas en el alma… como la señorita Candy…
Como Rosemary…
Así es, ese no es un secreto para ti.
¿Cómo aprendiste a vivir sin ella?
Para mi buena suerte, tenía una misión encomendada por ella, y decidí que cumplirla sería la razón de mi vida, el testimonio tributo de mi amor por ella.
¿Misión?
Tú, mi muchacho, mi misión encomendada por Rose fue cuidar de ti.
Gracias George, pero no era necesario el celibato para hacerlo. – le dijo Albert con una chispa maliciosa producto tal vez del buen whiskey o de su profundo deseo de abandonar su melancolía.
¿Y quien te ha dicho que he sido célibe? Sin embargo, ese no es el tema de nuestra conversación… tienes una misión de parte de la señorita Candy, ¿no es así?
Ser feliz… y cuidar de sus madres.
La segunda la cumples cabalmente, ¿qué hay de la primera?
Evelyn es mi intento de cumplir la primera.
¿Me permites darte un consejo?
Siempre.
No la compares con la señorita Candy, no esperes de ella lo que no puede dar, porque no es Candy, conócela, y amala por ser Evelyn, sin reproches ni a ella, ni a ti mismo, no compares tus sentimientos por ella con los que tuviste o tienes por Candy, eso no es justo para ninguno de los dos.
No lo haré, por eso necesitaba este tiempo, es el duelo que no viví cuando ella partió, porque había demasiadas cosas por arreglar.
Bien, pues el duelo termina mañana, así que ve y pasa la noche en su habitación tal como lo has hecho estos últimos dos meses…
No, pasaré esta última noche en el Magnolia, y te pediré después que hagas lo necesario para convertir el edificio en una residencia para enfermeras que no tienen recursos suficientes… Tal vez podríamos lograr algún convenio con el hospital para que le den estudios a chicas del Hogar de Ponny…
Duerme sobre la idea, tomate tu tiempo, pero, sobre todo, cumple con tu misión.
Seré feliz. - un fantasma de sonrisa apareció en el masculino rostro.
George lo observó marcharse e hizo los arreglos necesarios para que el barbero, el sastre y el joyero se dirigieran a la mansión de Chicago al día siguiente, estaba seguro, de que Albert lograría todo lo que se propusiera en la vida, incluso, ser feliz en nombre de Candy.
Escocia 1923 antes de la boda de Albert y Candy.
Las estrellas brillaron más fuertes ante la oscuridad, la luna llegó a su punto más alto, después todo menguó, y el alba los sorprendió aún abrazados en lo alto de las murallas, hablando, vaciando sus corazones, desnudando sus almas, compartiéndolo todo, derribaron todo aquello que podría un día amenazarlos. Cuando por fin se separaron para lograr dormir un poco, el alba se dibujaba con claridad en el firmamento, pero, sus corazones flotaban llenos de amor.
Gracias por contarme. – le dijo ella recargándose en su pecho.
No tienes nada que agradecer, solo estoy contento de que estar a tu lado y compartir recuerdos tan dolorosos para ambos es posible hoy…
Ella se puso de puntitas y lo besó profundamente, a lo cual el contraatacó con maestría haciendo que su sangre hirviera.
¿Por qué fue eso? – preguntó ella sin aliento.
Por un futuro sin hubieras. – le dijo sonriéndole y besándola una vez más antes de dejarla ir.
Desearía que la boda hubiese llegado ya… que nuestro futuro fuese hoy.
¿Por qué princesa? – él la observó enrojecer y armarse de valor para responderle.
Porque muero porque me hagas tuya, por pasar la noche en tus brazos, amándote, y despertar a tu lado, porque cada vez que nos separamos, siento que una parte de mi alma se queda contigo, me siento, vacía, incompleta, hambrienta de ti, de tu presencia, Albert… te amo.
Escuchar esas palabras de boca de ella conmovían su corazón, porque la amaba, y porque era justo así que se sentía no solo cuando se separaba de ella, sino, como se había sentido todos esos años en que ella había estado ausente.
Mi vida, justo, así es cómo me he sentido yo sin ti todos estos años, y ahora que te tengo conmigo, por supuesto que muero, por estar contigo, solo quiero que sea perfecto, ten un poco más de paciencia, ayúdame a esperar un poco más, porque si me sigues viendo de esa manera, olvidaré que eres una dama, mi princesa, y simplemente te tomaré en mis brazos, te llevaré a mi habitación, te haré el amor, y mandaré al diablo todo, porque ciertamente, pasar tiempo contigo, y no hacerte mía es una tortura más dolorosa cada vez… pero, te amo, y en ese amor encuentro las fuerzas, para esperar, un poco más. –
Gracias Albert…gracias por amarme más que a tus deseos y anhelos. – le dijo ella besándolo con amor.-
Vamos, descansemos un poco, y te prometo que esta tarde, nos dedicaremos a estar juntos por los jardines mientras los demás duermen la siesta. – le dijo con mirada traviesa. Se besaron una vez más, y luego ella entró a su habitación. Sin saberlo, ambos se recargaron en la misma puerta, uno a cada lado, son una sonrisa embobada en los rostros, y anhelando, que el tiempo pasara rápido, para poder despertar nuevamente y poder pasar el tiempo alimentando su amor.
La tarde era preciosa, los pájaros cantaban, las flores en todo su esplendor inundaban el ambiente con sus suaves fragancias, el sol acariciaba con sus tibios rayos la superficie, Rose y Albert jugueteaban por el jardín ignorando los convencionalismos, el hambre de estar juntos era demasiada, no podía ser ignorada, así que se habían saltado la hora de la siesta. Con travesura deambulaban sin rumbo, creyéndose solos, tomando las pausas necesarias para besarse, contemplar algo que llamara su atención, o simplemente caminar tomados de la mano.
Mientras Rose y Albert retozaban por los jardines, pensando estar solos, alguien más había tenido la misma traviesa idea que ellos, Patricia O´Brian caminaba tranquilamente por el largo sendero bordeado de árboles, el jardín del castillo Andrew era hermoso, igual que todos los jardines de las propiedades Andrew. Era una hora que no siempre veía, porque en teoría era la hora de la siesta, y toda buena señorita de alcurnia respetaba esa costumbre, pero, ese día ella no podía dormir. En medio de tan maravillosa calma, Patty se permitió recordar por un momento un pasado lejano donde con certeza sabía que los Andrew serían su familia.
Por un breve momento, recordó la cálida y locuaz sonrisa de Stear, sus ocurrencias, sus muchas veces fallidos inventos, había amado a Alistear con locura, con la pasión que la adolescencia trae, con el desenfreno del primer amor, de tal forma que cuando él había muerto, creyó que era el fin del mundo, tan profunda fue su tristeza que estuvo a punto de quitarse la vida, temió nunca dejar de sentir ese profundo dolor que partía su corazón en dos, y apagaba su alma.
Pero el tiempo, había hecho lo suyo, el tiempo y aquellos que la amaban, de tal forma que hoy a sus veintitantos, era una mujer feliz, tal vez para los estándares sociales era una solterona por no haberse casado a los 18, pero eso a ella no le importaba, había estudiado, y dirigido su vida como mejor le había parecido, desafiando un poco o un mucho las convenciones de la época, dependiendo de cuanto le estorbasen, y estaba segura de que una vez más se presentaba ante ella la oportunidad de escandalizar al mundo… pero más importante, emocionante y maravilloso, la oportunidad de ser feliz… ¿se atrevería a tomarla?
Él no solo era un hombre divorciado, sino el hermano del que hubiera sido su esposo…su cuñado si Stear estuviese con vida. Pero Stear no vivía más, ella nunca había sido su esposa, ni consumado su amor con él, y Archibald… Archibald se había metido en su corazón, en su alma, se había revelado a ella como mucho más que el chico amable y vanidoso de antaño, ahora era un hombre, un hombre cuyas pérdidas lo habían fortalecido, le habían conferido madurez, y cambiado en más de un sentido.
Había intentado en vano poner freno a las mariposas que revoloteaban en su estómago, al rubor que la invadía cuando pensaba en la mirada tierna y amable de sus ojos color miel, pero siendo honesta consigo misma, todo había sido inútil, llevaba a Archiebald Cornwell grabado en la memoria, a pesar de que no habían compartido siquiera un beso… porque después de todo, él estaba o había estado casado con Anne.
Caminó un poco más, pensando, recordando línea por línea la carta que había recibido esa mañana, no habían sido muchas letras, tampoco había sido una declaración de amor, pero ella sabía que él no le hubiese escrito si no hubiera solucionado su situación con Anne primero.
Sumida en sus pensamientos, y sin poder evitar que una intrusa sonrisa soñadora se asomara en su rostro continuó su recorrido. De pronto el ruido de un par de carcajadas detuvo su andar, justo a tiempo para evitar ser arrollada por un torbellino pelirrojo que corría sin pudor alguno riendo abiertamente, seguida por el señor del castillo, que en cuestión de segundos la atrapó y alzó en brazos haciéndola girar sin esfuerzo alguno.
Patricia sonrió ante la dicha de sus amigos, su corazón henchido de alegría al ver que la vida les sonreía al fin. Pensó en escabullirse, para darles privacidad, pero Rose la vio y susurró algo al oído de Albert para que la bajara, mientras su blanca piel competía con el fuego de sus cabellos.
Albert la puso en el suelo, la tomó de la mano y con una sonrisa se dirigieron a donde estaba Patty.
Patty, disculpa… - Comenzó Rose.
No tienen de que disculparse, por Dios, están en sus jardines, y son libres de hacer lo que más les plazca, yo soy quien lamenta haber interrumpido su entretenimiento. – le interrumpió Patty con una sonrisa pícara, que hizo que Rose se ruborizara aún más.
Tampoco tienes que disculparte, más bien puedes acompañarnos a caminar sosegadamente por los jardines, mientras nos cuentas que ha dicho mi querido sobrino en su nota de esta mañana. – le dijo Albert con un guiño travieso mientras le ofrecía el brazo para que caminara con ellos.
¿Cómo sabes que…?- preguntó de pronto apabullada por el conocimiento de Albert sobre su carta.
Jajajaja, lo siento, no debí decirte nada, pero para evitar rumores mandó tu carta dentro de un sobre dirigido a mí. No tienes que contarnos si no quieres. - le dijo Albert disculpándose con su amabilidad y tacto acostumbrados. Patty se encogió de hombros, no le importaba contarles, de hecho, había estado desando hablar con alguien. Aunque tampoco había mucho que contar.
Dice que este fin de semana estará aquí. – dijo tratando de esconder la emoción que embargaba su voz.
¿Te dijo algo sobre Anne? – preguntó Rose un poco ansiosa.
No, pero, no me hubiese escrito para avisar que vendría, si Anne viniera con él.
Tienes razón…- respondió la pelirroja meditabunda por unos momentos - ¿sabes algo Albert? – interrogó directamente al rubio que solo había escuchado con atención, pero guardaba silencio. Antes de que pudiera responder Patty lo interpeló.
Por supuesto que lo sabe, sabe todo, es el patriarca, pero no nos lo dirá. – le dijo provocándolo.
¿Albert? – Rose lo miró penetrantemente y al rubio no le quedó más que responder.
Tengo información. – respondió él evasivamente.- y antes de que me digas que entre nosotros no debe haber secretos, debes recordar que hay cosas que no me corresponde decir a mí.
Lo sé amor, pero al menos dinos que sucedió con Anne.
¿Patty? – preguntó Albert para ver si la morena estaba de acuerdo.
Por favor dinos Albert.
Bien, tal vez debamos sentarnos en el solario y ordenar algo de té. – les dijo Albert dirigiéndose a la hermosa estructura de vidrio y acero del siglo pasado que dominaba el paisaje frente a ellos en ese momento.
Después de un rato de admirar las plantas que ahí crecían y escuchar a Albert contarles la historia del magnífico edificio, por fin tomaron asiento y mientras bebían té Albert las puso al tanto.
El divorcio ha finalizado, la custodia de Stear por supuesto es de Archie, y Anne vivirá por ahora en una casa de campo, con una pensión asignada, siempre y cuando se comporte como es debido.
Albert…
Dime Patty.
¿Cuáles son las implicaciones sociales del divorcio?- sabía que debía preguntar lo que temía escuchar y sabía de sobra, peor también confiaba en Albert, y sabía que él le hablaría con la verdad y le ayudaría a poner las cosas en perspectiva.
Albert, sabía bien porque preguntaba, y se tomó un momento para responder, a verdad es que tenía aprecio por Patty, y quería con todo su corazón que ella y Archiebald fueran felices.
Para Anne son terribles, pero para Archiebald no lo son tanto, sobre todo porque Anne no se comportó de manera honorable. Claro que lo aconsejable es esperar el tiempo prudente para que ustedes puedan comenzar una relación, sin embargo, debes saber que cuentas con todo nuestro apoyo. La familia Andrew los respaldará. Y puedes tener por seguro que haremos lo que sea necesario para que puedas tomar tu lugar dentro de la sociedad, y para que la gente olvide que hubo otra señora Cornwell.
Rose había escuchado en silencio y tomó la mano de su amiga apretándola un poco. Lo que tenía por delante no era sencillo, pero, ella y Albert estarían a su lado.
Por supuesto que como mi amiga será entendible que pases temporadas con nosotros… - le dijo con prudencia y fue sorprendida por una carcajada alegre de parte de su amiga.
Jajajaja, así que los dos le harán de alcahuetes. –
Sólo si eso es lo que quieres Patty. – le dijo Rose con una sonrisa traviesa.
Mejor hablemos de la boda, ¿está todo listo? – el cambio de tema fue evidente, pero a ninguno le molestó.
Todo está listo. – dijo Rose con calma.
Dentro de dos semanas serás la señora Andrew… ¿puedes creerlo? – le dijo Albert tomando su mano y llevándola a sus labios para besarla.
No me importa el glamour de ser la señora Andrew, lo importante es que dentro de dos semanas seré tu esposa. - Se perdieron uno en la mirada del otro por breves segundos, la conexión era evidente, y el amor flotaba en el aire, pero, no querían incomodar a Patty tampoco, después simplemente pasaron el resto de la tarde entre risas, bromas y planes, estar juntos, era recuperar un poco del pasado.
Un par de días después.
Archiebald Cornwell observaba la verde extensión de pasto pasar a través de la ventanilla del coche que había ido a recogerlo a la estación. Por un momento se había sentido inseguro al ver que un chofer era quien lo recibía, y no Patty, cómo él lo había esperado, sin embargo, después de un momento de reflexión se dio cuenta que era completamente lógico que eso hubiese sucedido, ella, era una amiga de la familia, y él un hombre recién divorciado, no hubiese sido propio.
Divisó las murallas del castillo y sonrió, vería a su pequeño Stear y a la dulce mujer que esperaba poder hacer su esposa algún día.
El auto se deslizó con elegancia sobre el largo camino de grava rojiza típica de la región y Archie pudo divisar la bienvenida formal que esperaba por él, la servidumbre formada, su tía, Albert, Rose… un par de pequeños que no podían estarse quietos y mantener su lugar, y ella, su esbelta figura enfundada en un vestido color lavanda, su cabello a la altura del mentón, las gafas que enmarcaban su rostro, y sin siquiera estar a su lado Archie podía ya percibir su suave aroma a jazmines.
El auto se detuvo, él descendió con su porte acostumbrado, recordándose mentalmente que debía saludar primero a la tía, y a Albert… ni siquiera terminó la lista, porque su pequeño hijo se lanzó a sus brazos y gritó con singular alegría.
¡Papá! – Archie lo alzó y lo abrazó con profundo amor, ese pequeño, era al día de hoy su única familia, y su corazón de padre se angustiaba por lo que su hijo pudiese sentir ahora que no vería a su madre.
Stear, mi niño, que gusto verte, ¿cómo te has portado?
Tío Albert me regaló un Pony, y Tía Rose y él nos llevan a montar a Alex y a mí, tía Patty me lee todas las noches, y la tía Abuela me deja comer postres, pero te extrañaba a ti. – le dijo el niño con ternura.
Archie lo abrazó con más fuerza, y de pronto sus ojos se encontraron con los de Patty y la sonrisa tierna en su rostro lo llenó de paz. Mantuvo a Stear en sus brazos para saludar a los presentes, besó las mejillas de su tía, Lady Vivian y Rose, y al final, al final depositó un fugaz beso en la sonrosada mejilla de Patty, deseando en realidad, rodear sus hombros con su brazo, pero sabiendo bien que debía contenerse se limitó a caminar a su lado en dirección al comedor, platicando amenamente sobre el clima.
La comida transcurrió sin pena ni gloria, pero ninguno de los presentes era ajeno al hecho que un par de corazones latían aceleradamente y añoraban encontrarse a solas. Así que cuando terminaron, los niños fueron enviados a dormir, Rose llevó consigo a Patty y Albert le pidió a Archie que lo acompañara.
Ninguno de los dos puso atención de a donde se dirigían, pero de pronto Archiebald se encontró en la biblioteca frente a la mujer que le había robado el sueño últimamente.
Patty… - fue todo lo que pudo pronunciar, antes de obedecer a su instinto y abrazarla con ternura.
Archie… yo… -
Shhhh… solo dame un momento así… no sabes cuantas veces he soñado con abrazarte. Me hiciste falta…- le dijo respirando el fresco aroma de sus cabellos.
Tú a mí… - confesó ella quedamente apoyándose en su pecho.
Se quedaron así por largo rato, el resonar de sus acelerados corazones retumbaba en sus oídos, y la cercanía añorada era por fin una realidad. Archie supo que no podía quedarse con ella entre sus brazos eternamente, porque su cuerpo pedía más, quería probar sus labios, acariciarla suavemente, sin embargo, estaba decidido a tomarse su tiempo, a cortejarla como era debido, la tomó de la mano y la llevó hasta un loveseat de terciopelo azul marino, dónde la invitó a sentarse con suavidad. Para después tomar la palabra.
Patty… soy libre… y espero que ahora sí me permitas hablarte con el corazón. Te prometí que no hablaría contigo hasta que mi situación no estuviese solucionada, y ya lo está, sé que no soy el mejor partido, soy un hombre divorciado, y con un hijo, pero Patty… te amo… descubrí que me atraías en el baile de presentación de Rose, y después, después me di cuenta que eras la mujer con la que quería compartir mi vida… y es por eso que te pido una oportunidad, para cortejarte, para convencerte de que seas mi esposa… la madre de Stear…
Archie… - pensando que el titubeo de ella era producto de una negativa y no de la emoción Archie tomó la palabra de nuevo.
Sé que tal vez es difícil abrir el corazón de nuevo, que lo que te pido puede sonar loco… descabellado… que hay cuestiones de honor… que… -
Shhhh- Patricia había llevado su mano a los labios de Archiebald para hacerlo callar. – no es nada de lo anterior… -
¿Entonces?
Es abrumador… nunca pensé que llegaría el día en que mi corazón sanara de nuevo y pudiera, al fin, ver de frente al amor, con determinación, confianza, con la libertad de entregarlo todo… -
Patty, te juro que no te arrepentirás. –
Estoy segura de que no. – le dijo ella con esa franca sonrisa tan característica de ella, y esa mirada límpida, inocente y honesta que permitía ver lo más profundo de su alma. Archiebald tomó su mano y la llevó a sus labios para besarla profundamente, no era un roce formal, ni una galantería, sino un tierno y apasionado beso, el que él, todo un caballero consideraba apropiado, para una mujer buena y pura como Patricia O´Brian. No se atrevería a rozar sus labios aún, quería regalarle la emoción y la expectativa del cortejo, no precipitarla a probarlo todo de una buena vez, su romance con Patricia O´Brian debía ser memorable, y durar, para toda la vida.
Los días transcurrieron para las dos parejas en una suave bruma de felicidad, sus corazones exultantes, las emociones a flor de piel, la alegría presente en cada momento que pasaban juntos.
Elroy observó desde la ventana con una taza de té en la mano, como sus sobrinos se divertían en los jardines persiguiendo a los pequeños, mientras Rose y Patty preparaban una manta de picnic para los seis, su viejo corazón latía con tranquilidad, por fin, las tragedias parecían haberse terminado, y dos buenos hombres tenían la posibilidad de ser felices.
La puerta detrás de ella se abrió y el mayordomo anunció la presencia de Lord Grandchester, Elroy volteó majestuosa, con su amable sonrisa lista para recibir al duque como la excelente anfitriona que era.
Milord, es un gusto recibirlo, pase, por favor.
Richard, mi querida Elroy, los formalismos sobran entre nosotros, ¿no lo crees?
Por supuesto, pero, debe uno mantener la semblanza de las buenas costumbres. – le dijo ella con una sonrisa indicándole un asiento.
Gracias, aunque me gustaría ver lo que mirabas por la ventana, siento curiosidad ante tu mirada complacida.
Hay cosas en esta vida que me complacen, Richard Grandchester, pocas, es cierto, como estoy segura te sucede a ti también, y como, compartimos un par de esas cosas, me permitiré satisfacer tu curiosidad, ven acá y velo con tus propios ojos.
Richard se acercó a la ventana, apartó suavemente las cortinas de pesado damasco color salvia y contempló el cuadro, era simplemente perfecto, la risa cantarina de Alexander y Stear llegaba hasta sus oídos, la vitalidad de Archi y Albert, así como su abyecta masculinidad estaba abiertamente manifiesta, mientras Rose y Patty disfrutaban riendo, Richard vio como los dos pequeños corrieron hacia ellas para lanzarse a los brazos que esperaban abiertos.
Son felices.
Así es.
Bien, habrá que hacer lo necesario por mantener esa felicidad.
¿Ha sucedido algo?
Nada que no tenga remedio, mi querida Elroy, pero cuéntame, como esté el pequeño Stear sin su madre.
Tú mismo lo has visto… debo confesar que el niño está acostumbrado a no tenerla a su alrededor, y quiere mucho a Patty, por ahora, Archibald y Patricia mantendrán la distancia y en su momento, Archiebald hablará con él, y claro, si pide ver a Anne, y ella ha hecho lo apropiado, pues, lo llevaré a verla.
Parece un buen plan… Alexander adora a William.
Ha comenzado a llamarle papá, William firmó los papeles de adopción frente a Alex, e hicimos una pequeña celebración.
El chico merece tener un padre… - parecía que Richard iba agregar algo más, pero, en ese momento se abrió la puerta y la encantadora Vivian entró al lugar distrayendo su atención. Los tres departieron juntos hasta la hora de la siesta de las damas, cuando Richard aprovechó el momento para hablar con Albert.
Albert observó con atención al duque mientras le extendía un trago, parecía un poco tenso, y la forma en que tocó sus sienes delató un seguro dolor de cabeza. Le extendió un vaso corto con un single malt y decidió ir directo al grano.
¿Qué sucede Richard?
Tenemos que hablar… Terry está en Inglaterra. – le reveló el duque, pero por la expresión impasible de su rostro, Richard pudo darse cuenta de que no era una noticia nueva para él
Lo sé, mis gentes me lo informaron, aunque no me queda claro que hace aquí además de jugar, emborracharse y frecuentar prostitutas, que es todo lo que parece haber hecho desde que llegó.
¿Por eso organizaste este viaje a Escocia?
En parte sí, no le temo, pero, quería evitarle a Rose un encuentro innecesario. Dime, ¿tiene algún proyecto?
Reclamar su herencia… fue a buscarme, para pedirme que lo reconozca legalmente.
¿Lo harás?
No, por supuesto que no.
Está en la quiebra y bastante endeudado, es lo que mis reportes señalan. ¿Hizo alguna amenaza?
Dijo que la herencia sería de él, pero, no sospecha que Rose y Alex…
Es mejor, tendremos que estar pendientes, pero no modificaremos nuestros planes por él.
¿Se lo dirás a ella?
No hay secretos entre nosotros.
Bien, eso me parece inteligente, los secretos en las parejas terminan por destruirlas.
Esa misma noche después de la cena Albert y Rose se escaparon a algún lugar tranquilo para estar a solas por un rato, caminaron tomados de la mano por los jardines por largo rato, disfrutando de los sonidos y aromas de la noche.
¿Vas a decirme lo que atribula tu mente? – pregunto ella con suave voz.
Terrence está en Inglaterra y fue a ver a Richard. – le respondió Albert sin rodeos, mirándola a los ojos-
¿Tienes un plan? – preguntó ella con sencillez, no había miedo en su mirada, Terrence Grandchester no le arrebataría la felicidad dos veces, ya no era una chiquilla ingenua.
Planeo cuidarlos y protegerlos ante todo mi amor.- Rose le creía, confiaba ciegamente en él.
No solo a Alex ya mí, tú también debes tener cuidado… le advirtió, sin embargo,
Te prometo que así será, confía en mí… ¿quieres que hablemos al respecto?
Confío en ti, y no quiero que la sombra de él manche nuestra noche. Las noches son nuestras, sin fantasmas ni intrusiones, y menos la de él.
Albert paró su andar y la atrajo a él con firmeza, ella levantó su rostro con anticipación, y sus labios se unieron, reconociéndose en un profundo y lujurioso beso, él la atrajo más a él, sintiendo sus suaves formas, su menudo cuerpo amoldándose al de él sin pudor alguno, sus lenguas danzaron sensualmente, las manos de él recorrieron su espalda, las de ella dibujaron círculos en el amplio pecho masculino. Sus respiraciones se volvieron entrecortadas y sus corazones se aceleraron, el tiempo pareció no transcurrir, pero la luna cambió de lugar mientras ellos se deshacían en caricias.
Estaban listos, para amarse en cuerpo y alma, se pertenecían, y nada en el mundo volvería a separarlos, ya que ni siquiera la muerte podía luchar contra dos almas, que han sido la una de la otra siempre, como ya lo habían demostrado, el hilo del destino que los ataba, era un cordón de tres dobleces, que sin importar cuantas vueltas diera la vida, o a dónde los llevaran los círculos del mundo, siempre terminaría por reencontrarlos y traerlos de regreso, uno, a los brazos del otro, en las vidas pasadas, en esta, y en las que habría por venir.
