Quiero agradecer a cada una de ustedes que se han tomado el tiempo para escribirme, a algunas alcancé a contestarles en persona, espero lograr hacerlo con todas. Quiero esforzarme por lograr volver a publicar cada semana, pero, es un paso a la vez, ya que la historia no está adelantada. Gracias a todas por su tiempo, y por sus lindas palabras. Gracias a las que tienen una opinión y una crítica, esta nunca ha sido una historia fácil, y las reviews suelen ser polarizadas y apasionadas.

Gracias C por ser mi cómplice en todo esto.

Bendiciones a todas

K

YNTE 24

Tantos años atrás, Candy había llorado amargamente sobre la tibia hierba de la colina, porque lo que ella creía la mayor tragedia de su corta vida acababa de suceder, sin esperarlo, el momento más oscuro de su vida se había vuelto de pronto luminoso, con lo que ella creyó entonces era una mágica aparición, un príncipe encantado, que la consoló y le regaló las palabras que se volverían el mantra de su vida. "Te ves más linda cuando ríes que cuando lloras" con esas palabras, su sonrisa encantadora y cautivadora presencia, el destino de ambos había quedado sellado para siempre, ella viviría una vida buscándolo a él, y él habría de hacer lo que fuera por encargarse de que ella sonriera, aún en los momentos, en los que él no recordaba quien era.

Una y otra vez sus vidas giraron en el mismo sentido, encontrándose, desencontrándose y reencontrándose, hasta que no les quedó más que admitir, aquello que sus almas se habían empeñado en susurrarles a lo largo de sus vidas, se pertenecían, eran uno, para el otro.

De una ilusión infantil, había surgido la más hermosa amistad, y posteriormente, la semilla sembrada floreció, regalándoles frutos de amor. Ahora sabían sin duda alguna que su momento había llegado, no era solo el recuerdo de lo que la vida les había arrebatado siete años atrás, las sombras del hubiera y de lo que nunca fue se habían esfumado hace tiempo.

Se amaban, eso era innegable, con sus virtudes, defectos, aciertos, temores, malas decisiones, con su pasado, su presente y su futuro. Hoy, no eran unos niños, tampoco un par de jóvenes impetuosos que querían tragarse el mundo de una sola vez, ahora, años después de haber sufrido por las ausencias, los errores, e improvisos, sabían que, el amor no era fácil, no se trataba solo de ser feliz, sino del pleno conocimiento de la persona amada, de tal forma que las necesidades del otro se vuelven las propias, así como sus gozos se disfrutan a la par, y sus decepciones se lloran como propias.

Albert y Candy sabían que se pertenecían el uno al otro, que una boda, o papeles legales salían sobrando, porque su amor había pasado ya por las pruebas del tiempo, la distancia, la vida, la muerte, e incluso el olvido, que sus necios corazones se habían negado a permitir que se instalara en ellos.

Volverse una sola carne, hacer el amor, sería para ellos, mucho más que un mero acto carnal, alcanzaría más allá de la lujuria, trascendería como la verdadera entrega de dos almas, que se sabían incompletas sin la otra, sellaría con un acto físico, el pacto que se habían jurado sin palabras, ese que los había unido en el pasado, y que los llevaría de la mano a su futuro.

Albert la atrajo a él y la besó una vez más, con pasión, entrega, determinación, sus manos recorrieron su espalda, su cintura, sus muslos, las de ella encontraron el camino entre los botones de su camisa, para poder acariciar la suave y ardiente piel de su pecho.

Vamos. – le dijo con voz ronca, sabiendo que sus cuerpos vibraban con la misma intensidad, y que el momento justo había llegado.

Ella no preguntó a donde, simplemente lo siguió tomada de su mano, cuando llegaron a los establos Albert ensilló su semental y la ayudó a subir frente a él en la silla, una vez montados, la besó una vez más. El camino hacia la entrega era tan mágico, necesario y natural. Sería la materialización de su pacto de amor, el reconocimiento el uno del otro, una conformación más de lo que siempre habían sabido, estaban predestinados a estar juntos, se pertenecían, el uno al otro.

Te amo princesa. –

Yo a ti, príncipe. –

Disfrutaron de los hermosos parajes que la noche les brindaba, de la cercanía, de los sueños que tejieron juntos durante su cabalgata, e inequívocamente, se dirigieron a su lugar secreto. Antes de comenzar a ascender por las montañas Albert detuvo a su brioso animal y miró a Rose a los ojos.

¿Estás lista?

¿Para que pasemos juntos el resto de nuestras vidas?

Para ver nuestros sueños hechos realidad.

Ansiosa. – le dijo para luego besarlo.

Vamos entonces.

Llegaron a su tan ansiado y hermoso valle, Albert la ayudó a descender y contempló los rayos de la luna jugando con el rojizo de su cabello y su piel de porcelana, su vestido esa noche era precioso, una delicada creación color crema con bordados de pedrería dorada, las capas de seda caían fluyendo suavemente por su cuerpo, la espalda descubierta, sus hombros y brazos desnudos, un delicado escote al frente que mostraba la suave piel de sus cremosos senos.

¿Te he dicho que te ves divina esta noche?

No. – le respondió ella con picardía, ya que ciertamente se lo había dicho muchas veces, si no verbalmente, con su mirada, con el suave roce de sus manos, con el toque posesivo, atrayente con el que la había tratado toda la noche.

Te ves divina, y tenerte a mi lado es intoxicante, te amo Candy.

Te amo Albert, con cada fibra de mi ser, ahora que se lo que es tenerte conmigo, no podría vivir sin ti.

La tomó de la mano, caminaron juntos, expectantes, emocionados, henchidos de anticipación, atravesaron una espesa arboleda, que a simple vista no conducía a nada, sino a un espeso bosque, pero que ambos sabían lo que se escondía en medio de ella.

Candy se abrazó a Albert de emoción, y él la sostuvo cerca de sí. El aroma del bosque, los mágicos sonidos de la naturaleza, sus corazones latiendo al unísono, la cercanía de sus cuerpos, la perfecta intimidad, eran ya de por sí un éxtasis total.

Albert con voz ronca pronunció sus votos de amor, le juró vida eterna a su lado, adoración, fidelidad, declaró su anhelo de tomarla como esposa, en alma y cuerpo, llamando como testigos a las hadas, dríadas y ninfas del bosque, a la luna, las estrellas, la madre tierra y el universo entero, recordándoles, que desde el inicio de los tiempos había un solo destino para ellos, que ella fuera, su mujer, su amiga, su compañera, la madre de sus hijos, el pilar de su existencia, su amada.

Ella devolvió promesa por promesa, jurando con suave voz conmovida por la vehemencia de los sentimientos de él hacia ella, sacudida por su pasión, envuelta con sus suaves palabras de amor. Recitó su propio conjuro, prometiendo caminar a su lado, ser su todo, amarlo sin reservas, entregar por su amor hasta el último aliento, responder a su llamado, porque él era para ella, el hombre de su vida, su príncipe, su cómplice, su amigo, el padre de su hijo, el amor verdadero, su amado.

Sus miradas entrelazadas se fundían en una sola, y al mismo tiempo, se acercaron el uno al otro para perderse en un suave beso de amor, de entrega y de fe. Ella se recargó en su pecho, él la acunó en sus brazos, y permanecieron así, juntos, conmovidos hasta los huesos, tal vez por solo un minuto, o quizá por toda una eternidad.

¿Qué piensas? – le preguntó él besando sus rojizos cabellos.

Todo es perfecto, simplemente perfecto… tal como lo soñamos… y la cabaña está al fin completamente terminada...

Así es, ¿quieres verla por dentro?

Por supuesto que sí… vamos. – ahora ella lo tomó de la mano y lo llevó consigo, era una niña pequeña llena de expectativa, quería verlo todo, explorar cada rincón con él a su lado.

Su valle secreto era maravilloso, y esa cabaña era todo lo que siempre habían soñado para su primera vez juntos, era la conjunción de todos aquellos lugares comunes que compartían, la naturaleza, Escocia, la libertad de ser simplemente Candy y Albert, sin títulos, sin pasados, sin secretos, sin máscaras. El monumento a su amor, a su esencia, y ahí escribirían el testamento de lo que el amor significaba para los dos, la comunión de dos cuerpos, la entrega de dos almas que se han pretendido eternamente, y han renacido en el mundo con el único propósito de estar juntos.

Albert abrió la puerta, el olor a madera nuevo inundó su sentido del olfato, el fuego chisporroteaba alegremente en la chimenea, la estancia se encontraba suavemente iluminada, era acogedor, suave, delicioso, el escenario perfecto para amarse.

Su corazón estaba en paz, relajado, confiado en que después de todo lo que habían pasado, la vida les debía a ellos, y ahora al fin pagaría el saldo pendiente de felicidad. Ambos sabían lo que sucede entre un hombre y una mujer, pero ignoraban que el amor se puede sentir en cada poro, que cuando amas, las caricias y los besos se vuelven sublimes, y que no hay palabras para describir todo lo que sucede entre dos amantes que se entregan por primera vez, sin reservas, ni restricciones, solo con infinito amor.

Sellaron sus votos con besos y caricias, Albert se encargó de borrar con su boca y con sus manos todo el dolor y el pasado que pudiera aún pesar sobre ella, marcó su piel con su amor, reclamó cada centímetro de su cuerpo como su tesoro, la amó con devoción, sin egoísmos, sin reclamos, solo con infinito, y puro amor. Candy le regaló todo su ser, se entregó a él sin reservas, lo amó como siempre soñó hacerlo, sin tapujos, sin temores, sin tabúes, ella era su mujer, su compañera, la diosa que el veneraba con cada beso y caricia, él era su todo, el único capaz de llenarla, complacerla, hacerla sentir segura, y de borrar su pasado con un beso.

Albert plasmó con pasión y ternura nuevas sensaciones, conjugó nuevos versos, escribió poemas en su piel con sus manos, dibujó obras de arte con sus besos, de tal forma que ella nunca se había sentido tan amada, plena y satisfecha. Candy lo probó todo de él, reconoció cada centímetro de su piel, bebió su aroma, sació su hambre, veneró su masculinidad, y ofreció su femineidad en el altar de su amor, su unión era el resultado del amor más puro y maravilloso que pudiera existir.

Esa noche conocieron y reconocieron el paraíso, tomados de la mano, conjugados en uno solo, sin reservas, sin límites, el éxtasis, el nirvana, el cielo, estuvieron a su alcance, y habitaron en ellos por un tiempo.

Yacieron abrazados por un rato, acariciándose suavemente mientras sus agitadas respiraciones y acelerados corazones encontraban de nuevo su ritmo natural, embriagados el uno del otro, sus cuerpos se entrelazaban como uno solo apenas cubiertos por las magníficas sábanas blancas.

Dios… - fue todo lo que ella pudo articular.

¿Eso es bueno o es malo?

No puedo siquiera pensar, fue… sublime… Albert… mi amado.

Solo porque estamos juntos, solo por eso… - la atrajo más a él y la besó. Se dejaron llevar por el deseo una vez más, las oleadas de placer iban y venían, juntos componían una obra maestra, sus cuerpos parecían decididos a recuperar el tiempo perdido.

Si se amaron una, cinco, o más veces no lo supieron, cuando el firmamento comenzaba a clarear Morfeo pudo al fin seducirlos y cerraron los ojos por un breve espacio de tiempo.

Candy abrió los ojos, pensando si todo había sido un sueño, miró a su alrededor, no estaba en su habitación, Albert no estaba a su lado, se puso de pie y la ropa tirada alrededor de la suntuosa cama le confirmó que había sido real, se acercó al enorme ventanal ahora cubierto con pesadas cortinas de terciopelo verde musgo y recorriéndolas pudo apreciar la magnífica vista…estaban en su refugio soñado, Albert había hecho realidad cada uno de los castillos en el aire que habían construido juntos.

El aroma de café llegó hasta ella, recogió la camisa de él del suelo y logró abrocharse algunos botones antes de salir de la habitación, admiró el acogedor hogar que habían construido y fue en busca de su amado.

Has despertado bella durmiente.

Después de la faena de esta noche, no entiendo como es que tu estás despierto. – le dijo ella sin sonrojarse, y acercándose a él para besarlo.

Albert observó su rostro radiante, su rojizo cabello despeinado, su delicado cuerpo perdiéndose dentro de su camisa, las piernas desnudas, era hermosa, su mujer, su amada, su princesa, la causante de sus desvelos, muy pronto su esposa, o más bien desde esa noche su esposa, porque sabía que no le importaba el que dirían, quería dormir con ella en sus brazos cada noche de ahora en adelante. Después de todo sus votos habían sido ya pronunciados, las promesas habían sido hechas, y se habían entregado el uno al otro como culminación de los mismos.

Puedo continuar con faenas semejantes todo el día si así lo deseas amor mío. – le dijo con una sonrisa descarada.

Y yo no deseo nada más, Albert, no quiero nada más que estar en tus brazos, por mí esto es todo, las promesas que intercambiamos anoche entre besos y suspiros son todo lo que necesito de ti.

Lo sé, pienso lo mismo, sin embargo, cumpliremos con lo que ya planeamos, quiero verte vestida de blanco caminando hacia mí por el atrio de la antigua iglesia. Sobre todo, quiero hacerte las promesas correspondientes según el antiguo rito escocés, con los jefes de los clanes presentes, nuestras manos atadas por el tartán de los Andrew, la espada del primer William enterrada frente a nosotros, el sol apenas poniéndose…

Suena mágico, por supuesto que quiero que hagamos eso, quiero verte parado al frente con tu kilt, diciéndome con la mirada que soy la mujer más hermosa que has visto en tu vida.

Lo eres mi amor. He sido tuyo desde siempre, y siempre supe que solo contigo haría ese ritual.– le dijo tomándola por la cintura y alzándola para sentarla sobre el mostrador de granito para besarla más íntimamente. Ella respondió gustosa, y seguramente hubieran hecho el amor una vez más, si el olor a pan quemándose en el fuego no hubiese llegado a ellos.

Desayunemos, pero, no deseches esa fantástica idea. – le dijo ella metiendo su dedo en el frasco de mermelada para llevarlo a su boca.

Debemos reponer fuerzas sin duda, le dijo bajándola del mostrador y dejándola alejarse de él un poco para poner la mesa mientras él terminaba de prepararlo todo.

Decir que, disfrutaron ni siquiera comienza a describir lo que vivieron juntos, en esas horas robadas, llenas de amor, pasión, anhelos al fin alcanzados. Hay quienes dicen que hacer el amor te vuelve una sola carne y une las almas de alguna manera mística, en el caso de ellos, sus almas parecían la mitad de una misma, que por fin se sentía completa al haberse hallado el uno al otro.

Cuando el sol tiñó en suaves tonos cobrizos el firmamento anunciando su partida, Albert montó a Candy en el corcel, y emprendieron el regreso, se besaron una vez más en la entrada escondida a su valle secreto, y cabalgaron de regreso al hogar. Tuvieron poco tiempo para alistarse para la cena y así reunirse con la familia apropiadamente, por supuesto que llegaron un poco tarde al comedor, pero, ninguno de los presentes hizo comentario alguno al respecto, sería inútil preguntar sobre sus andares y razones, era claro, que eran felices, y después de tanto tiempo, eso era lo único que les importaba a los presentes.

Mami, tío Archie me dejó montar un caballo grande a mi solo. – declaró Alexander con emoción provocando que el aludido se atragantara con la sopa ante la mirada inquisidora de los adultos.

Pequeño bribón, habíamos quedado que sería nuestro secreto. – le dijo Archie con una sonrisa, pero sin asomo alguno de culpa en su guapo rostro.

Lo siento tío, para mami no hay secretos. – le dijo el chiquillo con un natural encogimiento de hombros.

¿Qué caballo has montado Alex? – preguntó Albert con interés, no estaba seguro de que opinaban Rose o Richard, pero, sabía bien, que en la familia Andrew era una costumbre natural montar briosos corceles desde pequeños, incluso él había puesto alguna vez al pequeño Stear en lomos de algún corcel lo suficientemente dócil para que el niño no saliera lastimado, pero, un corcel al fin.

Lohengrin, papi. -le respondió Alex con radiante sonrisa.

Es un excelente caballo Alex, si gustas y aprendes a manejarlo con seguridad es tuyo, hijo. – le dijo con tranquilidad, haciéndose una nota mental de ser él quien se asegurara de que el niño aprendiera a manejar el caballo hábilmente.

¿Mami? – preguntó el pequeño buscando la mirada de su madre que había permanecido en silencio hasta ese momento, sobre su pequeña conciencia pesaba el hecho de que en realidad tenía prohibido montar a solas nada que no fuera su fuerte pony galés.

Rose rio ante la mirada suplicante de Alex, ya que el mismo Albert la veía de la misma manera, era un poco extraño compartir las decisiones sobre la vida de su hijo con alguien, Richard siempre la había dejado hacer y deshacer, sin cuestionar nada. De pronto se encontraba con una situación nueva, desconocida, le sonrió al pequeño, y aunque esperó a ver si Richard o la tía Elroy tenían algo que decir al respecto, al parecer, nadie estaba dispuesto a opinar.

¿No es muy pequeño? – preguntó a Albert sin rodeos, quien con ternura tomó su mano y le respondió con una pregunta.

¿A que edad aprendiste a lazar y a montar amor mío? - la sonrisa pícara de Albert y sus palabras le recordaron una vida que hacía mucho parecía perdida para ella, pero, era cierto, sin duda había sido muy intrépida a la edad de Alexander, y ahora veía que de cierta manera había sobreprotegido al niño. El apretón reafirmante en su mano le dio el valor de responder.

Puedes comenzar a aprender, Alex, pero, no montarás solo hasta que papi diga que estás listo.-

Lo prometo mami. – dijo el chiquillo con una radiante sonrisa hacia su madre y un guiño de ojo a su papá.

La cena continuó sin contratiempos, mientras los niños contaban sus aventuras de ese día y los adultos escuchaban pacientemente, a eso de las 8:30 las hayas aparecieron para llevarlos a dormir, y los mayores se retiraron a uno de los salones para disfrutar del postre.

Sentados, uno junto al otro en un sofá, Albert tomó la mano de Rose y la besó con un sentimiento especial.

¿Por qué fue eso mi amor? – preguntó ella un poco extrañada.

Sé lo difícil que fue para ti darle permiso de aprender a montar a Lohengrin a Alex, y te agradezco que hayas apoyado mi propuesta. – le dijo él con humildad.

No tienes nada que agradecer, mi amor, confío en ti, es solo que…

Has sido madre y padre por demasiado tiempo, lo sé.

Pero, ya no estoy sola, y sé que sabes mejor que yo lo que le corresponde aprender a nuestro pequeño hombrecito. – le dijo ella con una sonrisa confiada.

Richard había escuchado sin querer el intercambio de palabras y se acercó para palmear el hombro de Albert y besar a Rose en la mejilla. Albert se sorprendió un poco, Rose, sonrió.

Agradeces al cielo que por fin tenga quien me diga como se cría un pequeño caballerito para que no crezca pegado a las faldas de su madre. – le dijo ella con picardía.

No quiero entrometerme, Rose, sabes que nunca lo hago. Pero, Albert, te agradezco por ser la figura paterna que mi sobrino necesita. –

No tienes nada que agradecer Richard, en realidad, no lo hice por poner a Rose en una situación difícil, sino, porque en la familia es natural que los niños aprendan a manejar los grandes corceles desde pequeños, tuve mi primero a los 4. – explicó Albert con sinceridad, sin esperar que su tía interviniera sorpresivamente.

Jajaja, y tú madre, mi querida cuñada, quería matar a tu padre por darte ese regalo, William. – le dijo la mujer mayor con mirada divertida.

Tía…aún así, madre apoyó a padre.

Por supuesto que lo hizo frente a ti, hijo, pero, a tus espaldas, mi querido hermano recibió una reprimenda fabulosa. Rose, hija, los hombres Andrew son intrépidos, no tomaste la decisión equivocada, pero, es normal que dudaras, así que no creas que siempre debes de ceder.

Confío en que Albert solo quiere lo mejor para Alex tía. – le respondió con sencillez mientras tomaba su mano.

Eso jamás lo dudes, amor mío. – le dijo él rozando sus labios con dulzura.

Por cierto, hija, pedí que mudaran tus cosas a la que será tu habitación cuando te cases, faltan solo tres días para la boda, y los invitados comenzarán a llegar a partir de mañana, así que, necesitaré todas las habitaciones posibles. – le informó casualmente Elroy Andrew, como si el castillo no contase con habitaciones más que suficientes para recibir huéspedes, sin mandarla a la habitación que compartía una puerta interior con la de Albert.

Podemos usar la villa Grandchester para invitados. – respondió Richard solicito, sin caer en cuenta en las razones de Elroy.

Richard, querido, Elroy tiene todo bajo control, tal vez lo mejor será que nos retiremos a dormir, porque me temo que el excelente whisky ha nublado un poco tus sentidos. – le dijo Vivian con picardía mientras se ponía de pie y se despedía de los presentes.

Ustedes también deberían ir a descansar, Rose, no quiero que tengas ojeras el día de la boda. Albert, muéstrale el camino, hijo. – les dijo despidiéndolos sin más.

Albert y Rose obedecieron sin chistar, y caminaron tomados de la mano hasta las habitaciones privadas del señor y la señora del castillo. Una vez que cerraron la puerta tras de sí estallaron en risas.

¿Puedes creer que la tía Elroy nos ha mandado a dormir juntos? – preguntó ella cuando logró sosegarse un poco.

Creo, que a estas alturas nada me sorprende de mi tía, amor, mío, ¿tu cama o la mía?

¿Ambas? – preguntó ella con una pícara sonrisa, mientras sin pudor alguno se deshacía del vestido ante él para quedar en un tentador juego de lencería. Albert, por supuesto, sonrió ante sus ocurrencias, y con determinación se dedicó a complacerla durante gran parte de la noche, habiendo descubierto que las mieles del amor eran más dulces de lo que habían podido imaginar, se declararon adictos a ellas, y simplemente se dejaron llevar.

Rose recargaba su cabeza en el pecho desnudo de Albert, mientras el acariciaba levemente su espalda desnuda, el tiempo, pasaba tan rápido, que apenas podía creer que al día siguiente celebrarían al fin su enlace matrimonial. La felicidad la embargaba, pero, había un pequeño nubarrón rondando por su cabeza, amenazando con derramar su tormenta.

¿Qué sucede amor mío?- preguntó él haciendo gala de ese sexto sentido que siempre había tenido con respecto a ella.

¿Cómo sabes? –

Es inexplicable, mi amor, solo lo sé. – le respondió él encogiéndose de hombros y besando su respingona nariz con ternura.

Estoy nerviosa, por la boda, porque habrá mucha gente… por…-

La seguridad de Alex, y la posibilidad de que Terrence haga acto de presencia, ¿no es cierto?

Sí… -

No tienes de que preocuparte, mi amor, tanto Richard como yo hemos dispuesto medidas de seguridad, mis hombres, y los suyos tienen dos únicas misiones, Alex y tú, además Richard ha prometido, que él se hará cargo de vigilar a Alex, lo mismo han prometido Archie, Patty, Vivian y la tía, mi vida, quiero que disfrutes el día de mañana, pero, si en algún momento sientes que es demasiado, solo tienes que decírmelo y volveremos a las murallas del castillo.

No… también quiero disfrutarlo, al fin, mi sueño se hace realidad, me caso con el príncipe de la colina, y no permitiré que él arruine eso, no viviré el día de nuestra boda con miedo e incertidumbre. – le respondió ella con decisión mientras su mano traviesa viajaba al sur de su anatomía y sus labios de fresa buscaban sus carnosos y deliciosos labios para besarlos provocativamente. No tuvo que pedírselo dos veces, ante sus dos sencillos actos, Albert reaccionó con determinación, mientras la envolvía en un poderoso abrazo y la aprisionaba entre el suave colchón de plumas y su masculina figura, se deshizo de las sábanas y comenzó a degustar el cuerpo de su amada con glotonería.

Solo una vez más amor, mañana debes verte radiante. – le dijo entre besos, y ella solo sonrió, sabiendo, que harían el amor hasta que sus cuerpos cayeran rendidos, entrelazados, en paz.

La mañana llegó muy pronto, y por un par de horas debieron separarse, mientras, las mujeres hacían lo propio para engalanar a la novia, Richard, Albert y George repasaron con sus hombres una vez más las posiciones que debían tomar. Y después Richard los dejó solos por un momento.

Veo los maravillosos efectos de la presencia de la señorita Andrew de regreso en tu vida, mi querido muchacho, y eso, me hace infinitamente feliz.

Y yo confirmo, una vez más que a ti nada puede escondérsete George, dime, ¿cuánto tiempo te tomó darte cuenta?

Justo en este momento acabas de confirmar lo que solo podía nombrar como sospechas, ya que Lord Grandchester fue impecable en cubrir su rastro, hay un árbol genealógico de más de 10 generaciones atrás de Rose Marie Estélle Grandchester, y absolutamente nada que la una con la señorita Candy.

Está de más mencionar que así debe seguir siendo.

Por supuesto que de mi no saldrá mi querido muchacho, es solo que no puedo sino compartir tu felicidad, después de tanta desolación y desamparo. Algún día me contarás la historia completa.

Te prometo que así será mi querido amigo, y me alegra que lo hayas descubierto, porque así puedes entender la necesidad de la seguridad no es por lo que Terrence pueda hacerme a mí, sino a ella o a Alex.

Claro, descuida, no habrá fallas… aunque, si me permites sugerir, debemos dejar que los hombres de Richard lleven la delantera por así decirlo, que si Terrence se presenta se enfrente a los hombres de su padre, no a los nuestros, para no levantar sospechas innecesarias.

Completamente de acuerdo contigo, asegúrate de que así se hará, pero Geroge, he de pedirte otro favor.

Dime.

Disfruta, disfruta de este mágico día, estoy viviendo lo que nunca creí que podría vivir.

Por supuesto que disfrutaré del día de tu boda, mi querido muchacho, y tú hazlo también, ten por seguro que todo estará controlado, si los hombres de Grandchester dejan pasar algo, nuestros hombres irán dos pasos adelante.

Gracias George. – le dijo Albert poniéndose de pie, y dándole un fuerte abrazo al hombre que era un padre y amigo para él. – cabalgarás con nosotros en gala escocesa, eres parte de la familia, tu kilt está ya en tu habitación.

¿Qué dirá la señora Elroy?

Ella misma mandó a hacer tu kilt, así que no tienes como salvarte, y te quiero presente en el handfasting también.

Gracias William. No me digas nada más, ahora vete, debes arreglarte yo afino unos detalles y voy a hacer lo que me corresponde.

Albert partiría montado a caballo acompañado de los demás hombres del clan, todos vestidos en el tradicional kilt de los Andrew seguirían los carruajes de las mujeres, y al final, en una carroza descapotable, Candy, acompañada de Richard, quién la entregaría en el altar.

Su vestido era un sueño de seda blanca y perlas, confeccionado con primor, sencillo, elegante, parecía el sueño de una princesa medieval, Rose se había enamorado del modelo en cuanto lo vio, y pensó que sería perfecto para el rito celta que habrían de celebrar. Sus suaves rizos rojizos estaban sencillamente acomodados, coronados por flores frescas.

Alguien llamó discretamente a la puerta, la doncella abrió y Elroy Andrew entró solemnemente, era claro que la dama mayor se encontraba emocionada, la seguían un par de doncellas cargando un delicado cofre de madreperla que pusieron sobre el tocador y después se retiraron.

Rose, ahora formarás parte de una de las familias mas nobles y antiguas de Escocia, y una de las tradiciones que observamos es llevar el tartán de la familia en eventos importantes, es un gran honor para nosotras, las mujeres Andrew, sé que no te criaste como escocesa, y que tal vez pienses, que arruinará tu vestido… pero William es el patriarca…

Tía, no tienes que convencerme, es un honor para mí que tú seas quien me lo ponga, y te prometo que lo portaré con orgullo siempre. - le dijo suavemente con una radiante sonrisa.

Elroy besó ambas mejillas de Rose y procedió a prender el tartán con un lujoso broche de oro, diamantes, rubíes y esmeraldas con la insignia de los Andrew.

Es precioso tía. –

Es el broche que te corresponde como la matriarca de los Andrew, una verdadera reliquia, pórtala con orgullo y dignidad. Hay muchas joyas, que en su momento te mostraré, y tu deber será además de lucirlas, conocer su historia, y salvaguardarlas para las futuras generaciones.

Así lo haré, gracias por apoyarnos, y por darme mi lugar dentro de la familia.

Hace mucho que había perdido la esperanza de ver a mi sobrino feliz, tu llegada a su vida fue la respuesta inesperada a mis plegarias, hija, pero vamos, se hace tarde.

La procesión hasta la iglesia fue espectacular, todo el camino de la aldea al pueblo estaba lleno de flores, los hombres Andrew montaban briosos caballos, incluidos Stear y Alex, que orgullosos portaban el tartán de los Andrew, las mujeres vestían sus mejores galas, el pueblo aplaudía al ver pasar a la novia, la fresca mañana de primavera, era simplemente hermosa, los pájaros cantaban, todo se veía divinamente verde, lleno de vida, de alegría.

Te ves feliz, mi querida Rose. –

Lo estoy Richard, soy la mujer más dichosa del mundo. –

Disfrútalo, querida mía. – le dijo mientras le ayudaba a descender y le ofrecía caballerosamente su brazo para llevarla a donde su amado esperaba por ella.

Albert vio su etérea silueta dibujándose en la entrada de la hermosa iglesia, y su corazón se aceleró con anticipación, la observó caminar por el pasillo, sin perder por un segundo su dulce mirada, que lo veía con devoción y alegría desde el momento en el que había entrado a la iglesia.

Rose, lo vio parado frente al altar, alto, gallardo, guapo, buscó su mirada y se perdió en la silenciosa declaración de amor que sus ojos color cielo testificaban.

Se tomaron de la mano, dijeron sus promesas, con amor y verdad en sus labios. Intercambiaron anillos, se arrodillaron ante el santísimo, juraron en su nombre, y después sellaron su amor y promesas con un beso.

La música inundó el atrio, un límpido coro de voces los acompañó en su salida, el par de recién casados salieron tomados de la mano, y en la puerta de la iglesia volvieron a besarse a petición de los presentes que no podían sino ser contagiados por la alegría y el entusiasmo que desbordaba de Albert y Rose.

Sería un día completo de festejos, y su primera parada era justo a las afueras del poblado, dónde blancas carpas habían sido dispuestas para la primera celebración, un banquete típico planeado no solo para la familia y amigos, sino para los habitantes del poblado, todos ellos habían vivido bajo la égida de los Andrew por generaciones completas. Por supuesto que los violines y las gaitas rasgaron el aire con sus típicas melodías, Albert y Candy giraron embelesados el uno con el otro y desbordantes de alegría, los licores corrieron libremente, la celebración duró hasta bien entrada la noche, aunque la familia y amigos cercanos se despidieron a media tarde, y emprendieron una procesión más hacia una hermosa colina ubicada en los bosques de los Andrew, esta vez montaban juntos un hermoso caballo blanco, compartiendo besos y confidencias mientras disfrutaban del precioso paisaje, así como de la compañía, no eran muchos los que asistirían a la ceremonia celta, solo el círculo más allegado, George, Archie, Patty, Vivian, Elroy, Richard, Stear y Alex, por supuesto, y los jefes de los clanes con sus esposas, era un rito sagrado, íntimo, en el cuál la pareja uniría sus vidas en una ceremonia tradicional, y recordarían a sus antepasados y seres amados que ya no estaban con ellos. Todos, incluidas Elroy y Vivian montaban bellos corceles, llegaron hasta el círculo de piedra, desmontaron y entraron dentro de él, un sacerdote Celta esperaba por ellos, sobre el suelo una triqueta se encontraba dibujada.

Albert tomó a Rose en brazos y caminaron solemnemente de la mano hasta el centro del anillo de piedra, él desenvainó la enorme espada ancestral de doble hoja y la clavó justo en el centro de la trinidad celta, que simboliza la vida, la muerte y la reencarnación, ambos posaron su mano sobre el magnífico pomo de la espada que ostentaba el águila Andrew, y cuya hoja estaba grabada con símbolos de buen augurio. Sus manos fueron unidas con el tartán, el agua, la sal, el pan, las velas, cumplieron su función y con el ocaso como escenario el par de divinos amantes se juró amor eterno.

Las lágrimas corrían por sus rostros, mientras sonrisas de embeleso iluminaban su fisonomía, las promesas no serían en vano, y su amor era a prueba aún de la misma muerte. Cuando la ceremonia terminó Archie y los pequeños entonaron una dulce melodía con las gaitas, y todos bebieron a la salud de los novios.

Al regreso de los novios al castillo los vítores y peticiones de beso no se hicieron esperar, la alegría era desbordante, y los radiantes novios complacieron a sus invitados besándose una y otra vez, sin embargo, antes de las 12 de la noche, cuando la mayoría de sus invitados estaban aún en plena juerga, Albert tomó de la mano a su flamante esposa y con discreción se escabulleron hasta los establos, emprendieron el camino deseado, con la misteriosa luna llena iluminando sus pasos.

Te amo Candy. – susurró él a su oído, aunque todos sus votos habían sido hechos a nombre de Rose ese día, sus votos personales dos noches atrás habían sido para Candy.

Y yo a ti Albert…- le respondió ella besándolo con toda su alma.

Llegaron al hermoso valle escondido, sus cuerpos clamando por la cercanía del otro, sus corazones extasiados ante tanta felicidad, y ellos desbordantes de alegría.

Albert la tomó de la cintura y la hizo descender del caballo acercándola intencionadamente a él, sus alientos se mezclaron y sus bocas se encontraron en una desenfrenada lucha de placer.

Se besaron vorazmente, explorando con sus lenguas la calidez y humedad de sus bocas, degustando el adictivo sabor de sus besos, abrazados, sus cuerpos pegados el uno al otro, nada a su alrededor existía o importaba, nada más que ellos. El tiempo se detuvo, sus almas en perfecta sincronía disfrutaban sin afán, mientras las manos de Albert acariciaban con suavidad la piel de su cuello, espalda y hombros desnudos. Candy enredó sus manos en el sedoso cabello dorado de él, y se apretó contra su varonil figura, sus suaves senos presionando contra el firme cuerpo masculino, queriendo fundirse con él como uno solo. No le importaba si consumaban su amor sobre el delicioso pasto con la luna y las estrellas como sus testigos, lo que importaba era que al fin estaban solos, pudo sentir, la presencia de su hombría rozando su vientre y se apretó más a él, no era la primera vez, pero conocía de sobra las dulces mieles que habría de probar en brazos de su amado.

Albert la alzó en brazos sin dejar de besarla y caminó con decisión, ella estaba tan perdida en las sensaciones que su lengua rozando su cuello provocaban en ella que ni siquiera se percató de que ya no estaban al aire libre, solo se sobresaltó cuando sintió algo blando debajo de ella, pero no quería averiguar, no le interesaba si estaba sobre una simple manta, o en la cama de la misma reina, solo Albert importaba en ese momento.

Albert besó su boca con determinación, ella enredó sus piernas alrededor de su cintura tratando de acercarlo, mientras sus partes femeninas dolían de deseo, Albert besó su cuello, sus hombros y sus pechos, mordisqueó suavemente por encima de la tela uno de sus endurecidos pezones, y ella gimió deliciosamente, quería probarlos sin restricciones, buscó la mirada de ella, su sonrisa y aliento entrecortado se lo dijeron todo.

Bajó los tirantes del vestido, escuchó como la frágil tela protesto ante su impetuosidad, pero la ignoró, siguió su camino hasta tener frente a él lo que buscaba, con delicadeza torturó con su lengua una de los rosados capullos que se ofrecían a él, su caricia provocó que ella arqueara su espalda mientras sus manos buscaban febrilmente deshacerse de la camisa de él, quería sentir el contacto de su cálida piel contra la de ella, ante su impetuosidad un par de botones de la camisa volaron por el aire y cayeron sobre el suelo de madera, pero ella aún no se percató de donde estaban.

Tiró de la camisa hasta deshacerse de ella, y admiró el masculino pecho desnudo, mientras las yemas de sus dedos acariciaban sus brazos, su espalda desnuda, su firme trasero aún cubierto por los pantalones, sin más, buscó el cinturón mientras sus bocas se enlazaban una vez más en una sensual danza, un jugueteo primitivo sin restricciones había habido demasiadas por muy largo tiempo, el aquí y ahora era todo lo que necesitaban.

Albert sintió que su piel se erizaba al contacto de las suaves manos de ella con su cintura, por una fracción de segundo pensó en ayudarla, pero él tenía su propia tarea, había encontrado los botones de su vestido en la espalda y con habilidad procedió a deshacerse de la estorbosa tela, al tiempo que ella lo liberaba de sus pantalones. La observó con la luz de luna que se filtraba a caudales por la ventana, su blanca piel, sus rosados pezones, su rostro sonrosado, la mirada nublada por el deseo, y sintió que su miembro se endurecía aún más.

Albert se puso de pie para deshacerse por completo de los pantalones que ella había desabrochado, y Candy pudo atisbar en la penumbra su cuerpo de adonis, se paró de la cama, sin siquiera detenerse a preguntarse de donde había salido la cama, en su mente solo había una cosa, o más bien alguien… Albert.

Él observó sus sensuales formas aún envueltas en ropa interior, con reverencia la besó una vez más, y luego la hizo darle la espalda, mientras su boca recorría su cuello y sus hombros, sus manos se paseaban por su vientre, se deshizo con reverencia de su ropa interior, besó su nuca, su espalda, haciendo que millares de descargas eléctricas la inundaran, y que su intimidad se humedeciera por el deseo, las varoniles manos rozaban con suavidad a ratos, estrujaban por momentos, acariciaban con destreza su cuerpo, haciéndola gemir de pasión, y deseo, inadvertidamente la besó para que quedaran de frente nuevamente, y descendió por su anatomía hasta quedar de rodillas frente a ella, para poder degustar su intimidad, la primera caricia intrusiva la hizo abrir los ojos, su lengua, había saboreado la fuente de su feminidad sin pudor, y a ella le gustaba, no era virgen, pero bien podría serlo, porque nada de lo que Albert hacía hoy con su cuerpo le era conocido, sus caricias devotas en tiempos, salvajes a veces, dulces, arrebatadas, llenas de fuego, todo le era completamente desconocido, porque no era sexo y lujuria solamente, sino amor, ella no era un objeto de placer, sino una participante activa de tan divina danza.

Albert estaba de pie frente a ella nuevamente, y ella tomó en su mano con suavidad el orgulloso apéndice, lo acarició de arriba abajo, y ante la sorpresa de Albert, su lengua traviesa se atrevió a probarlo, con el mismo gusto y fruición con el que la había visto comer un helado más de una vez, golosa y hambrienta. Él se estremeció de placer y un gemido gutural escapó de su garganta. Ella se detuvo por un momento, y regresó a los labios de él estaban completamente desnudos, no había restricciones, miedos o dudas, sino infinito amor, deseo acumulado por años, ilusión, anhelo, y ¿por qué no? Lujuria y pasión.

Te amo Albert.

Candy, mi Candy… esto es todo y más de lo que soñé.

Con ternura la llevó a la cama, y la cubrió con su masculina presencia, mientras ella lo invitaba con sus movimientos a hacer aún más profundo el abrazo a consumar su unión, la besó, con un beso de esos que te hace olvidar todo y pone al mundo a girar a tu alrededor, la espalda arqueada de ella y su cadera alzada restregándose contra su miembro le dijeron lo que necesitaba saber, con firmeza irrumpió dentro de ella, deslizándose con facilidad en su intimidad, el suave gemido y las uñas clavadas en su espalda le hablaron del placer que ella sintió, pero Albert no buscaba suaves gemidos, quería escucharla gritar, llorar, verla retorcerse de placer, reducir a su amada a una masa convulsa, con las sensaciones a flor de piel, donde cada suave roce la hiciera estremecerse con miles de placenteras descargas eléctricas. Así que con maestría se dedicó a amarla, y ella lo sorprendió pagando beso con beso y caricia con caricia. Sus cuerpos perfectamente sincronizados encontraron la cadencia oportuna, y en unísono fueron construyendo la armónica melodía, aumentando el crescendo de su obra maestra, hasta que la explosiva oleada de placer los envolvió al tiempo, y los elevó fuera de sí, no solo ella perdió el control de sí misma, sino que él, por fin encontró alivio en su perfecta intimidad.