"En mi tierra desierta, eres tú la última rosa."

—Pablo Neruda

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A finales del primer mes todo parecía marchar bien, pero tuvieron otro ataque. Un señuelo que Levi puso para descartar o confirmar una preocupante sospecha. Anunció el recorrido que un grupo de turistas adinerados harían en el parque, si estaba en lo cierto, atacarían la caravana y así ocurrió.

Él y tres los más experimentados guardias repelieron la agresión, no hubo más que pérdidas materiales. Además de confirmar sus sospechas sopesó la letalidad del enemigo, que fue muy hábil para escapar.

Al llegar al campamento base quiso hablar con Mikasa cuya preocupación era visible sólo si ponías la suficiente atención.

Con la oficina cerrada, se dispuso a iniciar la que sabía sería una discusión que lo dejaría con dolor de cabeza.

— ¿Averiguaste lo que querías? — empleó un tono plano, sin tintes emocionales.

—Primero, es probable que dentro tengas un informante.

— ¿De qué estás hablando? Todos aquí somos un equipo, somos familia.

—Puede que piense de esa manera, directora, pero no es posible que pudiesen interceptar peces tan gordos por casualidad. Alguno de sus guías tiene un empleo doble.

—No se le ocurra mencionar esto, van a odiarlo.

—No serían los primeros. Sé lo que le digo, he visto traiciones más grandes y no quiero que eso estropeé mi trabajo.

Aquello solo acrecentó las sospechas que desde un principio tenía Mikasa, había otra intención, una más importante que preservar su parque.

—Dígame, qué hace aquí capitán, a qué vino.

Le dirigió una mirada gélida, sus ojos azules eran herméticos, un abismo sin fondo.

—Tengo una misión.

—Una que seguramente no incluye preservar la seguridad del parque ni de sus trabajadores. ¿Crees que no he notado que sales después de que el sol se mete? ¿A dónde se dirige, capitán, con ese rifle de alto calibre?

Levi sabía que alguien lo seguía las últimas expediciones, por eso cambió su ruta y se entretuvo perdiendo en la cercanía a su espía. Se había planteado interceptarle alguna de esas veces, se ahorró muchos problemas al no hacerlo.

—Hacia rondas, es un viejo hábito.

— ¿Crees que te creo? ¿También sales de tu departamento a media noche y das vueltas por la manzana sosteniendo un arma?

—Estoy tratando de mantenerte a salvo, ¡No hagas las cosas más difíciles, con una mierda!

— ¿Mikasa? , tienes una llamada importante. —A través de la puerta escuchó a Connie, pasándole el recado.

Caminó hacia la entrada de la oficina, pasando a un lado de Levi que la detuvo tomándole una de sus muñecas.

—Quiero evitar que te hagas daño, pero está siendo una tozuda, mocosa Ackerman.

—Vete al diablo. —En un movimiento desdeñoso se liberó de su agarre y abrió para recibir el teléfono.

Levi estaba furioso pero no lo demostró, se limitó a salir de la oficina a paso firme, haciendo resonar la suela de sus botas militares en la madera del suelo.

La llamada era de un directivo del aeropuerto de Goma, requería una reservación y un trato distinguido para unos visitantes que llegarían al día siguiente: se trataba de una familia australiana, parientes de un mandatario importante en Sidney que estaban ansiosos por conocer el parque.

Era una oportunidad importante para demostrar que la seguridad en el parque había mejorado, era arriesgado cuando recién tenían un ataque pero si no decía nada de este viaje, era probable que todo estuviese a salvo.

Reunió a su gente de confianza y les notificó, después de la cena, que mañana a primera hora partiría como guía de una expedición. Les habló de la importancia de lograr una visita sin incidentes pues atraería donaciones para la permanencia del parque.

Lo que no esperaba fue la reacción de Levi, que también estaba presente:

— Iré contigo.

—No, te necesitan aquí, hay mucha gente en el centro y me preocupa un ataque coordinado.

—Sé que piensas que eres fuerte, mocosa, y lo eres pero no debes excederte.

Mikasa se dio vuelta al sentir que sus mejillas ardían, aquel sujeto no vaciló en ningún momento para halagarla en público. Las miradas se centraron en él pero ni siquiera se dignó a mirarlos, continuó bebiendo su té con parsimonia.

—Iré, es todo.

Armin, detectando la tensión en el ambiente, acertó con su comentario:

—Mañana será un día ocupado, deberíamos dormir, ¡Vamos, vamos!

Empujó por la puerta a Connie y a Jean, que estaba considerablemente molesto. Kitwana y su padre, un líder Ranger, se despidieron con educación y salieron de la cocina.

—Tú también deberías ir a dormir. —Mikasa no se sentía del todo cómoda a solas con Levi.

Con solo mirarla, supo que había perdido la batalla y optó por irse a dormir. No es que verdaderamente estuviese cansado pero no quería ser la comida de los mosquitos y estar a la intemperie era como servirse en una bandeja de plata.

Mikasa no pudo dormir esa noche, cuando pensaba en el soldado su pecho se estremecía ante la duda y el agobio es la peor compañía. Sabía que no podía presentarse ante los visitantes ojerosa y cansada, fue un motivo que le ayudó a conciliar el sueño.

Jean y Connie fueron los encargados de recoger en el aeropuerto a la señora y señor Rogers así como a sus tres hijos: un adolescente, un niño de 8 años y una niña de aproximadamente 3 que iba a todos lados sin soltar una muñeca de trapo.

Levi se levantó temprano para ver cómo los hijos de los Rogers subían al jeep con sus caras llenas de entusiasmo y los padres les seguían a la distancia, tomados de la mano. Todos con el cliché atuendo de turista americano.

Atisbó a Mikasa en la lejanía, llevaba vaqueros claros y algo holgados con una camisa marrón arremangada, un sombrero beige y los binoculares en una mano junto a una desgastada mochila color arena. Estaba despidiéndose de Armin y dando indicaciones a Jean; pobre sujeto, estaba claro que moría por la atención de Mikasa pero también estaba claro que no la tendría.

Antes de que ella pudiese verlo, se alejó de la ventana y regresó a beber su té negro.