Preciosas chicas, una vez más paso por aquí para dejar este capítulo, espero que lo disfruten, sé que están ansiosas porque termine la historia, y que me estoy tomando mi tiempo, espero que me disculpen por la espera y que disfruten de estas letras. Gracias por todos sus comentarios, en verdad disfruto demasiado leerlas y las extraño. Un abrazo a todas.

C, luv ya.

Bendiciones

Key Ag

YNTE 25

Roma, Italia, 1923

Rose contemplaba maravillada las antiguas ruinas del Coliseo romano, abrumada por su imponente altura y por esa exquisita sensación de azoramiento que uno siente cuando está frente a piedras que no solo son más viejas que uno, sino que han sido testigo de demasiadas cosas.

Albert la observó embelesado, su femenina figura exquisitamente enmarcada en pantalones anchos de cintura alta color ladrillo, una ligera blusa color crema, zapatos cómodos, cubría su blanca tez con un sombrero de anchas alas, y trepaba incansable por las gradas del antiguo anfiteatro. Llena de energía, belleza, pasión, segura y confiada, feliz, tal vez como nunca antes lo había sido.

Hacia dos meses que vagaban por Europa continental, sin prisas y en apariencia sin rumbo, llenando sus días de aventuras, sus tardes de exquisitos manjares, sus noches de música, teatro y ópera. Disfrutando sin freno, prisas o reservas las mieles de su amor, entregándose el uno al otro con pasión y deseo, tal vez explorando lo que para algunos son los límites de lo prohibido, pero para dos almas libres como las de ellos era simple y llano amor.

Roma sería una de sus últimas paradas en soledad, Albert era plenamente consciente de que tenían un pequeño que necesitaba de sus padres, y a quien no planeaban dejar con la familia por demasiado tiempo, Rose no lo sabía, pero él tenía una sorpresa preparada para ella.

Albert, ven aquí arriba, mi amor, la vista es magnífica desde aquí. –

La suave voz de su amada lo sacó de su ensoñación y sin siquiera recordarle que él mismo había sido quien le animó a subir para que contemplara la ciudad, comenzó a subir las gradas de dos en dos con sus largas piernas enfundadas en finos pantalones de lino color crudo. Llegó al lado de ella, rodeó su cintura en un abrazo y aprovechando que las gradas ponían el blanco cuello de ella a su alcance lo besó con deseo, de tal forma que la piel de ella se erizó ante la insinuante caricia, y los colores se le subieron al rostro a pesar de que estaban solos.

Estoy de acuerdo contigo amor mío, la vista es simplemente espectacular. – le dijo con voz grave, sin mirar al frente, sino asomándose desvergonzadamente en el escote de su blusa.

¡Albert! Ahora entiendo porque pediste un tour privado por el coliseo, dime, ¿planeas algo más?

¿Además de deleitarme con la preciosa vista y besar tu cuello? Tengo grandes planes amor mío, aunque temo que los italianos se mostrarían poco dispuestos a entender que estamos de luna de miel si yo hiciera más que recorrer tus suaves curvas con mis manos mientras estás vestida. – le respondió tentadoramente, mientras acompañaba sus palabras con acciones, delineando su cintura, y deslizando sus manos hasta los cremosos montes que tan descaradamente había contemplado hacia breves momentos con la intención de tomarlos, aunque fuera brevemente entre sus manos.

Albert… alcanzó a pronunciar ella sin aliento ante su atrevida caricia, así como por la evidente respuesta de cierta parte de la anatomía de él ante el prohibido juego.

Tal vez el día de hoy deberíamos suspender nuestro paseo y volver a nuestra villa. –

Mmmm…

¿En serio lo dudas?

Jajajaja, no, por supuesto que no, solo quería hacer las cosas más interesantes. – confesó ella girando su cuerpo para quedar frente a él y besarlo como si no hubiese un mañana.

Albert la recibió en sus brazos, cálida y delicadamente la envolvió para acercarla a su cuerpo, y corresponder a su beso con pasión, esa pasión insaciable que los consumía día y noche, de la que parecían no poder librarse.

Te amo, esposo mío. – le susurro ella mientras observaba embelesada como los perezosos rayos de sol matutino iluminaban los varoniles rasgos.

Esposo mío… me gusta que me llames así. –

¿No prefieres príncipe de la colina?

Seré lo que tú quieras, mi amor. Así que dime, ¿ya te cansaste de escuchar a estas piedras antiguas susurrar y ahora quieres acompañarme de regreso a nuestra habitación para que yo susurre en tu oído palabras de amor y todo lo que ansío hacerte?

No lo sé, tal vez si me das un ejemplo podría responderte. – le dijo ella con una sonrisa pícara, conocedora de sobra de las visiones que su marido era capaz de conjurar en ella, así como de las sensaciones que él podía despertar.

Albert no se hizo del rogar y se inclinó hasta su oído para susurrar con fervor en su ronca y acariciadora voz todo lo que ansiaba hacerle, provocando que se le subieran los colores al rostro y que un jadeo escapara de sus labios.

La tomó de la mano y prácticamente la arrastro afuera del coliseo, era aún muy temprano, ni siquiera habían desayunado, y, a decir verdad, habían amanecido conjugando el verbo amar entre sábanas, pero, eso no importaba.

Regresaron entre risas a la villa en las afueras de Roma que fungía como su nido de amor, magnífica, lujosa, antigua y llena de tesoros, pero lo mismo les hubiera dado si hubiesen tenido que compartir un sencillo cuarto en alguna vecindad.

Albert ni siquiera esperó a llegar a la habitación, era el día libre de la servidumbre, así que estaban completamente solos, cerró la puerta principal la arrincono entre la antigua y pesada mesa de mármol y forja que se encontraba en el centro del vestíbulo, y su imponente y masculino cuerpo, frente a ellos había un enorme espejo de cuerpo completo enmarcado en fino y pesado latón dorado, Rose lo observó a través de él, sus masculinas manos subiendo por su cintura, acariciando su torso hasta conquistar sus montes, mientras su boca mordisqueaba el lóbulo de su oreja izquierda, el sombrero le estorbó, así que por una fracción de segundo dejó su tarea de retorcer su pezón entre sus dedos para deshacerse de él, haciéndolo volar hacia un lugar indeterminado. Recorrió su cuello con sus besos, se dedicó a darle placer a ambos pechos con una sola mano, mientras la otra la acercaba a él para recargar su pelvis en su respingón trasero femenino, Rose observó su propia boca abrirse en un gesto mezcla de sorpresa y provocación, ante la deliciosa sensación de su masculinidad aún parcialmente erecta contra su suave carne.

Mientras tanto una de las manos de Albert se había colado dentro de la ligera blusa de blanca seda, para apartar la camisola de fino algodón y encaje que cubría su brassiere, y hacer a un lado el satín del mismo, para dejar expuesto su blanco monte con su rosada cumbre.

Albert se dio cuenta de la manera en que ella estaba disfrutando ver el espectáculo que él le estaba proporcionando a través del espejo y con picardía clavó su mirada en la de ella a través del mismo, mientras acariciaba suavemente su expuesto seno e incluso lo rozaba con la punta de la lengua haciéndola estremecerse, al tiempo su rosada protuberancia se tensaba ante su cálido contacto.

La desvistió frente al espejo, dejándola ser voyerista de su propio escarceo amoroso, la mantuvo en pie mientras besaba cada rincón de su cuerpo, comenzando por su frente, dirigiéndose a su boca, trazó con su lengua un camino entre su cuello y sus pechos ahora desnudos, la hizo rodear la mesa para que esta no fuese un obstáculo entre el espejo y ellos, beso su torso, su vientre, se arrodilló frente a ella y separó sus piernas para torturar con su lengua su femenina intimidad.

Rose podía sentir como sus piernas temblaban ante el infinito placer que el adonis, completamente vestido aún, que tenía por esposo la estaba haciendo sentir. Tuvo que sostenerse de la mesa agradeciendo que esta fuese un mueble tan pesado. Albert percibió su debilidad y dejando de brindarle atenciones por un momento, la tomó de la cintura para subirla a la mesa, el frío mármol contra su carne caliente le hizo dar un respingo, pero él acallo el pequeño grito de sorpresa que iba a escapar de sus labios con un beso que les hizo hervir la sangre.

Exijo igualdad de circunstancias- espetó ella en un lastimero jadeo sin aliento.

¿Igualdad de circunstancias? – preguntó el hombre arqueando una ceja dejando de besarla a regañadientes por un breve momento.

Quiero ver tu magnífico trasero y ancha espalda reflejados en ese espejo. -

Tus deseos son órdenes, mi amada esposa. – respondió él sacándose la camisa y el pantalón en tiempo récord, permitiendo que sus paños menores revelaran su completa erección.

También los calzoncillos. – demandó Rose provocando que Albert se carcajeara ante su impaciencia. él la complació.

Se acercó a ella con determinación y atrajo su suave cuerpo desnudo al suyo, ella dejó de mirar en el espejo lo que sucedía y se abrazó a él, enredando sus piernas en la cintura de él y besando hambrientamente su piel, amaba su aroma, su calidez, el tacto de su piel desnuda contra la de ella, sentía su miembro presionar contra la entrada de su secreto jardín, y la ansiedad de ser una sola con él invadió su ser, mientras sus manos recorrían con avidez al hombre que amaba con locura.

Te necesito. – jadeo ella con su entrecortada respiración y él, como siempre la complació deslizándose con firmeza dentro de ella, invadiéndola deliciosamente con toda su enajenante magnitud. Entró y salió de ella con tortuosa lentitud, sin dejar de atender con su boca y sus manos las otras sensibles partes del cuerpo que lo volvían loco, era adicto a ella, por momentos había considerado mandar al diablo el resto del viaje, y simplemente quedarse con ella en un lugar privado, donde la ropa sobrase y entonces él pudiese exigir de ella completa desnudez.

La tumbó sobre la mesa, haciendo que su espalda se arqueara ante el contacto del gélido mármol y expusiera sus tentadores pechos aún mas cerca de su boca, que por supuesto no dudó en cerrar alrededor de uno de sus rozados pezones, succionándolo, primero delicadamente, después con fiereza haciéndola gemir con abandono.

Mira hacia arriba princesa. – le ordenó él mientras aumentaba el ritmo.

Rose obedeció, de pronto se dio cuenta que el techo también los reflejaba y la imagen de ellos amándose la excitó un poco más, rodeo con más fuerza las caderas de Albert y lo atrajo a ella, para besarlo, se entregaron a ese beso y a la rítmica cadencia cada vez más desenfrenada, su piel se veía sonrosada, sus cuerpos comulgaban en perfecta sincronía, la danza amorosa aceleraba sus ritmos cardíacos y el silencio del solitario lugar era rasgado por los gemidos que escapaban de sus gargantas, ella lo sintió ensancharse aun más dentro de ella, y él la sintió estrecharse, sabiendo que la exquisita explosión de placer se acercaba, Rose lo atrajo más a ella, clavando sus uñas en su espalda, Albert rodeó su cintura con un brazo y la alzó sus caderas para profundizar su contacto, sus bocas se unieron una vez más en un ardiente beso que solo rompieron cuando el éxtasis de la pasión los asaltó simultáneamente de manera violenta, obligándolos a dejar salir gritos incoherentes que después se transformaron en un te amo.

Cambiaron el duro y frío mármol de la mesa, por la suavidad de los hilos de seda de la alfombra persa que cubría el suelo y yacieron por un tiempo uno al lado del otro, recuperando el ritmo de su respiración.

Albert, amor mío, regresar a casa ha sido tu idea más brillante en lo que va del día. – le dijo ella con travesura en los ojos, mientras giraba para quedar boca abajo y poder besarlo de nuevo. Se percató de su mirada perdida en el techo e intuyó que ahora era él quien la observaba, así que procedió a besar su cuello y dejar que sus manos vagaran por su anatomía, trazó un camino de besos hacia el sur y se dio cuenta cuando llegó al lugar deseado que bien podrían comenzar de nuevo, así que dedicó amorosas atenciones a su virilidad, deleitándose en la progresiva manifestación de placer por un largo rato, las fuertes manos de Albert acariciaron su rojiza melena que ahora estaba suelta, por un rato él no despegó los ojos del techo, pero, después al igual que ella se rindió a las caricias que le proporcionaba cerrando los ojos, Rose estaba tan concentrada en su embriagante tarea que perdió la noción del tiempo y se sorprendió un poco cuando él la detuvo, lo miró confundida por un momento, pero cuando él la atrajo para besarla, tomar posesivamente sus caderas en sus manos y guiarla para posicionarla sobre su pelvis lo entendió todo. La danza comenzó de nuevo, y ambos se rindieron a ella, consumidos y poseídos por el deseo.

Rose abrió los ojos, se encontraba en la cama de la habitación principal, de como había llegado a ella, ni siquiera estaba segura, observó a través del ventanal que el atardecer teñía de exquisitos colores rosados, naranjas y dorados el cielo.

Sonrió con satisfacción y ensueño mientras un escalofrío recorría su piel al recordar que habían recorrido diferentes habitaciones y lugares de la villa con sus amorosos encuentros, seguramente sus ropas aún estaban regadas por el suelo del vestíbulo. Observó las marcas rojas que la desbocada pasión había dejado en algunos lugares de su blanca piel, su estómago protestó audiblemente la falta de alimento, y sus tensos músculos le trajeron visiones del desenfreno acrobático con el que se habían entregado.

Albert no estaba en la habitación, así que se decidió a ir a buscarlo, buscó por todos lados su sobretodo, y no lo encontró, no le quedó más que resignarse a vestirse, más se encontró con que sus baúles estaban cerrados con llave y la llave misteriosamente había desaparecido. Había una nota en el espejo – Encuéntrame en la piscina. –

De que se trataba el juego, no lo sabía, pero la excitación y anticipación recorrieron su cuerpo cual descarga eléctrica. Salió por la puerta corrediza que daba a los jardines y caminó por el pasto cálido y húmedo hasta los setos que escondían la piscina, no sin dejar de preguntarse que haría para cubrir su completa desnudez si alguien se atravesara en su camino.

Entró a la casi secreta zona, un jardín diferente, más privado, como el secreto oasis de alguna reina de oriente, y lo contempló dar firmes brazadas a lo largo de la piscina, al parecer tampoco se había molestado en vestirse.

Despertaste, y te ves aún más hermosa de lo que soñé te verías entrando desnuda por ese arco. – le dijo él contemplándola descaradamente desde el borde del agua.

Albert, amor… mis cosas… -

No las necesitarás esta semana. –

La audaz respuesta se quedó sin réplica por unos momentos, porque él salió del agua y ella no pudo evitar mirarlo embelesada.

Comamos algo, debes estar famélica. - le dijo besándola suavemente y tomándola de la mano para llevarla a la mesa ya dispuesta con manjares.

Rose tomó asiento, un poco cohibida, quizás por su completa desnudez en la nueva situación que enfrentaba, pero su estómago le recordó que no había comido nada desde el día anterior. Y sucumbió ante la tentación de las viandas expuestas.

¿Lo preparaste tú mismo?

Si, una parte, he despedido a la servidumbre por una semana, y hecho pedidos especiales a nuestros lugares favoritos.

¿Una semana?

Tengo una fantasía que quiero cumplir. – la mirada insinuante y seductora era imposible de pasar por alto. Y Rose se preguntó si debía esperar a que él le explicara o indagar más, lo cierto es que no importaba lo que fuera, moría por hacer los sueños de su amado realidad.

¿Por qué no la compartes conmigo? Y vemos cómo ayudarte a volverla realidad. – Albert sonrió ante la valiente respuesta de ella.

Te quiero una semana completa para mi, sin interrupciones, ni barreras de ningún tipo, no servidumbre, ni paseos, ni compromisos, ni ropa, solo tú y yo, hombre y mujer juntos… Adán y Eva en un paraíso terrenal. ¿Qué dices?

¿Comeremos del fruto prohibido?

En realidad, no creo que nada de lo que hacemos sea prohibido, pero, puedes estar segura de que comeremos el fruto prohibido hasta que no podamos más. ¿Qué dices?

Sabes bien que no hay nada que pueda negarte, pero una vez más exijo igualdad de circunstancias.

Puedes contar con ello, amor mío, ¿algo más?

Pues ya que estamos confesando nuestras fantasías, debo informarte, que yo tengo una que nos incluye a ti y a mí, dentro de esa piscina.

Soy materia dispuesta, princesa mía. – le dijo él poniéndose de pie para tomarla en brazos y aventarse con ella a la alberca, el hambre quedó olvidada, sus cuerpos no querían alimentos, sino más bien anhelaban ser saciados de otra forma, y los dos estaban ansiosos de complacer y satisfacer al otro.

La semana pasó volando, cómplices en la búsqueda del placer no se amaron dos veces de la misma forma, sino que exploraron los límites de su imaginación, expandieron sus horizontes entregándose con abandono a sus apetitos carnales que en vez de verse menguados ante la abundancia parecían crecer con cada momento que pasaban el uno en brazos del otro, de tal forma que al final de la semana Rose se mostró sorprendida cuando Albert le entregó la llave de sus baúles.

Creí que te gustaba verme desnuda.

Soy adicto a ti, cara mía, pero mañana regresa la servidumbre, y tenemos aventuras por realizar.

Ella suspiró evidentemente decepcionada e hizo un puchero.

¿Qué sucede, mi amor?

El tiempo pasó demasiado rápido, y ahora quisiera poder volver atrás.

¿Quieres otra semana de completa reclusión?

Debo sonar malcriada… ninfómana… - la cara de fingida preocupación de ella era verdaderamente cómica

Jajaja ¡jamás! tus deseos son órdenes, pero sólo nos queda esta semana aquí, y sé que aun hay cosas que quieres ver.

¿Volveremos a casa?

No mi vida…. Era una sorpresa, pero no puedo resistir esa mirada tuya, me tienes comiendo de la palma de tu mano, así que me confesaré. Hice una promesa que pretendo cumplir, así que iremos al Cairo…

¿África? Alex y Stear estarían encantados…

Nos encontraremos con la familia ahí… - Albert ni siquiera pudo terminar de detallar su plan, porque ella se lanzó a sus brazos y lo besó sugerentemente, la sangre de Albert se fue a una parte distinta de su anatomía y terminaron por hacer el amor en su lecho, cuando terminaron, y yacían enredados tratando de recuperar la respiración, Albert la besó con ternura y buscó su mirada.

¿Debo suponer que te gustó la sorpresa entonces?

Cómo siempre, mi amor, has adivinado lo que deseaba.

Ver a Alex.

Si, nunca habíamos estado tanto tiempo separados… disfruto enormemente a tu lado y se que él está en buenas manos, es solo que una parte de mi añora regresar y comenzar nuestra vida en familia.

Yo también, mi amor, y también lo extraño.

Albert, mandemos al diablo los planes de esta semana y disfrutemos de nosotros… tal vez no en total reclusión, aunque, a decir verdad, no tengo nada en contra de ello, pero, si sin sirvientes, solo tu y yo…

Tus deseos son órdenes, mi amada esposa.

Siendo así, debo decretar que hagamos de esto nuestra costumbre cada tantos meses.

¿Recluirnos?

Si, y dedicarnos a amarnos de todas las maneras imaginables… y también andar desnudos, porque, adoro verte andar por ahí sin nada encima. – le dijo ella sin pena alguna.

Cada vez que quieras, solo tienes que decírmelo, y yo encontrare el lugar y el espacio para hacerlo, mi amor. –

Ella sonrió satisfecha y procedió a recompensarlo con su boca.

El Cairo, Egipto, tres semanas después.

Albert observó al par de hermosas mujeres caminar entre las arenas del desierto con soltura, mientras contemplaban las enormes construcciones y ruinas del que alguna vez fue un gran imperio, eran tan distintas como el día y la noche, y sus atuendos ese día lo comprobaban, Patricia vestía a la moda europea, con el perfecto traje de explorador imperialista, sosteniendo en su enguantada mano una delicada sombrilla con mango de marfil.

Rose llevaba un atuendo autóctono, parecía una princesa del desierto, cubría su blanca piel con una túnica color marfil de intrincados bordados, un pantalón del mismo tono y material le brindaba libertad de movimientos y su cabello y rostro eran protegidos de las inclemencias de los elementos con un pañuelo grueso de exquisito lino atado a la usanza del país., en la cosmopolita ciudad, el Cairo, que orgullosamente competía con las grandes metrópolis europeas por el título de la mas hermosa, mas de uno había volteado a verla como una curiosidad, en un lugar inundado del mas marcado elitismo blanco, pero, viéndola acompañada por la familia, y reconociendo el porte, poderío e influencias de los Andrew, habían omitido hacer comentario alguno, simplemente lo habían tomado como una excentricidad normal de una dama singularmente hermosa, descaradamente rica, y evidentemente adorada de un hombre poderoso. Ahora en el escenario correcto, Albert podía apreciar con deleite el maravilloso atuendo, que él mismo le había regalado para hacer juego con el suyo, porque el tampoco se rendía a los convencionalismos y encontraba belleza sin límites en la cultura original del continente que los de su clase se habían empeñado "civilizar".

Rose monta con naturalidad envidiable. – le dijo Archie que contemplaba junto a él al par de amigas disfrutar de un paseo en camello.

Ella todo lo hace así… Patricia, no se queda atrás.

Lo sé, jamás imaginé que pudiese ser tan valiente.

Es solo un camello.

No hablo del camello solamente, sino de la forma en que afronta la vida…

Y tu relación contigo… ¿cierto?

Si… no puedo esperar más, Albert, la amo con locura, y sé que hablé de llevar las cosas con calma, pero…

No tienes que explicarme, ni convencerme de nada, si ella está de acuerdo contigo, yo no tengo nada que decir.

Nos casaremos en Marruecos, ahí nos alcanzaran sus padres y su abuela.

Bien, Stear se puede quedar con nosotros para que disfruten del viaje de bodas que ella merece. Y ten por seguro, que como cabeza de los Andrew me haré cargo de que estén protegidos.

No nos importa el qué dirán.

Eso lo sé, pero también sabemos que mantener nuestro buen nombre es importante, te daré un consejo que no me has pedido… pero, que espero te sirva, cuídala para evitar familia por un tiempo… no solo para callar las malas lenguas, sino para que tengan tiempo de conocerse y disfrutarse.

Por supuesto, gracias.

La conversación podría haber seguido por un rato más, pero un par de bribonzuelos que debían dormir la siesta dentro de la tienda dispuesta para su comodidad, salieron y los miraron con ojos suplicantes con tal de conseguir pasear en el camello, ellos también. Y como siempre ninguno de los orgullosos padres fue capaz de resistirse a complacerlos.

Su viaje por el continente fue sencillamente alucinante, debido a la premura del tiempo no sería posible recorrerlo todo, o incluso mostrarles a los pequeños todo lo que ansiaban ver, pero Albert se prometió a si mismo que lo volverían a hacer, se tomarían un año como era debido, y los llevaría hasta ciudad del cabo, pasearían por la sábana africana, y disfrutarían de observar las constelaciones en un cielo exquisitamente estrellado. Por ahora, su destino era Marrakech, la antigua ciudad bereber sería el escenario de la boda de Archibald y Patricia, sería un evento pequeño y discreto, debido al estatus de Archibald de hombre divorciado, pero, Rose y Albert habían encargado que fuera un evento de ensueño.

El escenario sería una blanca villa ubicada asentada en un oasis en el Sahara, la construcción evidenciaba su innegable origen construida de manera exquisita, con líneas armónicas, decorada con exquisitos mosaicos, sus ventanas y puertas mostraban los tradicionales arcos, en el jardín árboles de palma, enmarcaban la exquisita piscina que había sido construida usando parte del manantial original.

¿Qué piensas princesa?

Es hermoso.

Algo te preocupa.

No me preocupa, solo quisiera que Patty y Archie pudieran tener la boda que se merecen, esto no es precisamente su estilo…

¿Es más el nuestro?

No sé, tal vez estoy equivocada, ¿qué piensas?

Ellos escogieron la ciudad mi amor, y la villa pertenece a los padres de Archie…tal vez en otro tiempo, Lakewood hubiese sido su elección natural, pero hay demasiados recuerdos ahí, creo que este es un nuevo comienzo.

Lakewood…alguna vez soñé casarme con el príncipe en ese lugar.

Lo haremos un día si eso quieres.

Hay demasiado recuerdos ahí…¿no es así?

El único recuerdo que me alejaba de ese lugar eras tú… los demás el tiempo se ha encargado de sanarlos… Candy…

Shhh… no debes llamarme así, lo sabes…

¿Sólo tengo permiso de hacerlos cuando estamos desnudos?

Tal vez esos son los momentos más reales de mi existencia… sabes que…

Sé que no quisieras que me confundiera y te llamara así en público, lo sé mi amor, pero estamos solos.

En el jardín, cualquiera puede escucharnos…

Está bien, lo siento, es solo que Lakewood…

Tiene demasiados recuerdos…

Así es bonita, pero ya quita ese ceño y deja de preocuparte, estoy seguro de que Archie y Patty solo tendrán ojos el uno para el otro, y lo que desean es poder estar juntos, así que aquí, una añadía inglesa, Escocia, Lakewood, o donde sea, da lo mismo.

Tienes razón, se ven felices…¿crees que Stear los extrañará mucho?

Creo que no más de lo que Alex te extrañó a ti.

Haremos que su estancia sea entretenida, seguro serán al menos un par de meses ¿no?

Sí, eso me lleva a preguntarte ¿dónde querrás que nos establezcamos?

¿A qué te refieres?

No hemos hablado sobre cuál serpa nuestro hogar.

¿Acaso no tienes que estar en Londres por los negocios?

Eso no importa….

Claro que importa mi amor, no quiero tener que pasar largas temporadas separada de ti, así que prefiero estar donde tú necesites estar.

Pero amas Escocia…

Sí, pero te amo más a ti, viviremos en Londres, en la mansión Andrew, para hacerle compañía a la tía, y porque ese es el lugar donde debe vivir la cabeza de los Andrew.

Jajajajaja, ahora resulta que te importan los convencionalismos sociales.

Sabes que ahora sé que hay ciertas cosas… formas…

No hay nada que tengamos que hacer, haremos lo que queramos, seremos quienes queramos ser…

Bien, aún así, quiero vivir en la mansión Andrew en Londres… Albert, hoy soy quien siempre quise ser sin importar cual sea mi nombre… soy una Andrew, la esposa del príncipe de la colina…y siempre hubo una parte de mi que tomó las clases y se preparó par ser una dama pensando que tal vez un día podría…estar a tu lado…

Londres entonces, mi amada señora Andrew. – le dijo viéndola con infinito amor antes de besar sus labios.

Se hubiesen perdido en sus besos y caricias, si un par de pequeños corriendo traviesamente no los hubiesen interrumpido.

Mamá, papá, llegaron los abuelos de Stear, y también el tío Richard con la tía Vivian.

Bien, entonces vamos a recibirlos, Alex. – le dijo Rose tomándolo de la mano.

Tío Albert.

¿Qué sucede Stear?

¿Me seguirá queriendo?

¿De qué hablas, hijo?

Mi papá… - preguntó el pequeño mirándolo seriamente.

Albert se acuclilló para quedar a la altura del pequeño que todo ese tiempo parecía haber estado perfectamente con la noticia de la boda de su padre, apoyó su mano en el pequeño hombro, y lo miró a los ojos con la misma seriedad con la que él pequeño lo veía. Rose había tomado la mano de Alexander para adelantarse y darles un poco de privacidad.

Stear, tu padre siempre te amará, eso no debes dudarlo jamás.

¿No me enviará a vivir con mamá?

No, Stear, tú lugar es con nosotros, con la familia… al lado de tu padre y de Patty.

¿Puedo tener dos mamás?

Sí hijo, creo que sí puedes tener dos mamás… ¿Por qué te preocupas?

Escuché a alguien en las cocinas decir que tal vez me enviarían a vivir con mamá ahora que papá se case con Patty.

No hijo, esa no es una opción y debo decirte algo que no es agradable, pero debes aprender, a la gente le gusta murmurar, siempre tratamos de que nuestros empleados sean discretos, y buenas personas, pero en la vida, a veces te toparas con gente que dirá cosas desagradables, y cuando eso suceda, debes hacer lo que hiciste hoy, buscarme a mí, a tu padre, a tía Elroy, y preguntarnos, nosotros siempre tendremos respuestas para ti Stear. ¿Entiendes?

Sí, tío… ¿puedo preguntar a tía Rose también?

Por supuesto que sí hijo… ahora vayamos a ver a tus abuelos, ¿quieres?

No los recuerdo.

Lo sé, han vivido en Arabia Saudita, por mucho tiempo, pero, eso no quiere decir que no te quieren… - Albert vio en los ojos del pequeño un asomo de duda - ¿Qué más ronda tu cabecita?

Alex se quedó conmigo cuando tú y tía Candy fueron de viaje de bodas…

Y tú te quedarás con nosotros mientras tu padre y Patty vayan de viaje.

¿Porqué eres el papá de Alex?

Porque me casé con su madre, y lo he adoptado como mi hijo.

¿Lo quieres?

Es mi hijo, Stear, así como tú eres mi sobrino, y los amo a los dos. –

El pequeño se acurrucó en los brazos de su tío, quien lo alzó con facilidad y lo llevó al encuentro de los mayores, haciendo una nota mental de hablar con Archie y con Patty al respecto de la conversación que había tenido con Stear.

Ahora que los viajeros habían llegado, celebrarían la boda dentro de unos días más, y después volverían a Londres, a su vida en familia. Los días pasaron volando, las mujeres hicieron los últimos preparativos de la boda y los caballeros muchas veces llevaban con ellos al par de inquietos niños en sus salidas a montar, en sus paseos por la ciudad, o simplemente cuidaban de ellos en la alberca, ya que las mujeres estaban ocupadas en hacer de la boda un evento inolvidable. Eso era justo lo que hacían ese día, los hombres disfrutaban de un trago vespertino, mientras los niños chapoteaban a su antojo en la alberca bajo su mirada atenta.

Un par de hermanos no le vendría mal a ese par. – comentó el Sr. Cornwall con una sonrisa dirigida intencionalmente a su sobrino y a su hijo. Albert solo sonrió y bebió, así que Archie fue el encargado de responder.

Todo a su tiempo padre, por ahora, se divierten juntos.

Me dijo Rose que vivirán en la mansión Andrew. – comentó Richard dirigiéndose a Albert.

Así es, ella quiere vivir ahí, así que redecoraremos a su gusto. Y cuando Archie y Patty regresen se establecerán en Andrew Lodge.

Esa es una buena idea, así los chicos pueden seguir creciendo juntos. – Aprobó el Sr. Cornwell

Esa es precisamente la idea padre. –

¿Quieres que tu madre y yo nos quedemos por un tiempo en Londres para estar con el pequeño mientras ustedes viajan?

No es necesario papá, Albert y Rose se harán cargo. –

Pero son bienvenidos a pasar una temporada en Londres con nosotros si gustan, sabes, que Janice y tú son siempre bienvenidos. – le dijo Albert antes de ponerse de pie y acercarse a la orilla de la alberca porque los pequeños le habían llamado con la intención de emboscarlo y atacarlo con agua, cosa que, por supuesto a él no le importó, sino que se unió al juego de muy buen grado. Archibald se puso de pie y se unió a Albert y a los niños en la alberca dejando al par de hombres mayores a solas.

Son un buen ejemplo para los pequeños. ¿no lo cree milord?

Por supuesto que sí, y por favor llámame Richard.

William adora a Rose, debo confesar que nos sorprendimos un poco con la invitación de la boda… pensamos que era un caso perdido.

La adoración es mutua, ella tampoco tiene ojos para nadie más.

Lo sé, ella es justo lo que él necesitaba…pero dime Richard… ¿son ciertos los rumores?

No estoy seguro de que hablas Allistear.

Se comenta que te divorciaras de la duquesa.

Así es, he pasado demasiado tiempo viviendo de las apariencias, y no me hago más joven, ahora quiero pasar mi vida al lado de la mujer que amo.

¿Y Henriette irá a vivir a Suiza?

La pensión será lo suficientemente generosa para que viva donde mejor le plazca.

Siempre que no sea Inglaterra.

Sabes cómo es nuestro círculo.

Y también sé que pocos hombres tienen el poder que tu tienes como para divorciarse y no perder su posición y prestigio en el proceso… aunque claro, nunca has sido ajeno a los escándalos. Y lo digo, por supuesto sin afán de ofender.

Nada de lo que has dicho es mentira, así que no me ofende.

¿Crees que mi hijo logre superarlo?

¿Superar que exactamente?

Su divorcio de Anne Britter, pero sobre todo toda la ignominia a la que estar casado con ella lo expuso.

Y ahora un segundo matrimonio.

Así es…

Un segundo matrimonio con una mujer de reputación intachable, con las conexiones correctas, y por supuesto respaldados no solo por los Andrew y los O´Brian, sino también por nosotros. Patricia es parte de nuestra familia también, así que dudo mucho Allistear que la gente cuestione por mucho tiempo una unión que respaldan tres familias poderosas.

Espero que tengas razón, los dos han sufrido mucho, y nosotros la queremos como a una hija… después de todo…iba a serlo…

Deberemos encargarnos de que así sea.

Concuerdo contigo… John, George, vengan y únanse a nosotros. – dijo el Sr. Cornwell al par de hombres que acababan de llegar, John O'Brian y George Johnson habían entrado justo en ese momento y se unieron a Richard y Allistear en la conversación de caballeros.

Un par de días después el jardín había sido suntuosamente decorado, velas, antorchas, flores, lujosas alfombras persas, la luna brillaba en lo alto del cielo tachonado de estrellas, Archibald esperaba al final de un camino iluminado por antorchas, vestía un traje oriental ricamente bordado, hilos de oro sobre fondo color azul marino, Patricia atravesó el arco de flores, y lo observó cálidamente iluminado por el fuego, su corazón se aceleró, la mirada amorosa que Archie le dedicaba hacía que mariposas revolotearan en su estómago, vestía un lujoso atuendo de seda y satín, delicadamente bordado con cristales, no era un vestido de novia tradicional, pero, nada en su relación o en su boda lo era, y la parte rebelde dentro de ella se regocijaba por eso.

Caminó con orgullo del brazo de su padre, con el corazón henchido de alegría, una nube de sueños, y futuras alegrías la acompañaban esa noche, si Patricia antes había soñado con una gran boda, cualquier posible anhelos anterior palidecía ante la belleza que tenía frente a ella, solo familia, un sacerdote bendeciría su unión, sin embargo, la ceremonia sería oficiada por un juez de paz, ya que debido al status de divorciado de Archibald y las dificultades que la burocracia del vaticano no habían obtenido una anulación, pero eso tampoco importaba para los novios, estaban enamorados, más aún se amaban, y las promesas que hicieron habrían de durar toda la vida.

La fiesta fue una verdadera fantasía oriental, habían contratado malabaristas, acróbatas, bailarines, encantadores de serpientes, era una completa algarabía, músicos tocaban melodías contagiosas, y los novios se unieron a los bailarines en su danza, Albert volteó a ver a Rose que sostenía a Alex entre sus brazos porque se había quedado dormido, tomó al pequeño de entre sus brazos y lo acomodó entre los cojines, después extendió su mano a ella y la llevó junto con él en medio de los danzantes, los ondulantes movimientos de ella al ritmo de la música hacían hervir su sangre, el aroma de las velas inundaba el lugar, el alcohol corría por sus sangre, y la lujuria del exótico baile los inundaba, atrajo a Rose a él un poco más, siguiendo con interés el movimiento de su caderas, y susurró en su oído lo que haría con ella en cuanto lograran tener un momento a solas, Rose le sonrió y susurró otro par de ideas al oído de él, eran felices y estaban juntos, no había nada más que pedirle a la vida.

En cuanto fue posible se escaparon de la fiesta, tomados de la mano, entre risas y susurros, ebrios de amor, de deseo, corrieron al encuentro del placer, su lujosa suite estaba iluminada por velas, deliciosos aceites aromáticos inundaban la habitación con su fragancia, pétalos de rosa dentro de la humeante bañera de cobre bruñido, Albert la desvistió lentamente depositando fervientes besos en cada parte que desnudaba, ella lo atrajo, besó sus labios, y tiró de la túnica para ayudarlo a deshacerse de ella, deleitándose descaradamente en su masculino torso y fuertes brazos. Sus labios se encontraron, enlazándose en una ardiente danza, las manos de ella buscaron deshacerse de sus pantalones, él la alzó en brazos y entró a la tina junto con ella, recostándose y manteniéndola sobre él, se amaron con lentitud, atesorando cada instante que habían compartido en la intimidad, sabiendo perfectamente que al día siguiente ya de regreso a casa les esperaban nuevos retos, con la certeza de que juntos eran invencibles y que su unión, fortaleza y amor vencería cualquier obstáculo que tuvieran que enfrentar.

Londres 1923.

Rose circulaba por la fiesta, copa de champagne en mano, vestido de gala, la moda de la época le sentaba de maravilla, un vestido color tinto, ajustado perfectamente a cada una de sus curvas, Albert se había retirado por negocios por un breve momento, Rose caminaba en dirección a su mesa, sonriendo a los conocidos, deteniéndose de vez en cuando con amistades, de pronto, alguien la tomó del brazo, para detener su avance hasta la mesa, antes de que ella pudiese girar, el aroma y la presencia del hombre que la detuvo golpearon sus sentidos, el altanero acento inglés con perfecta pronunciación y profunda voz varonil susurró en sus oídos.

Espero, mi querida marquesa, que pueda concederme una pieza, no es una pregunta, en realidad, ni mi padre, ni su esposo están cerca, y una escena sería inconveniente.

Su estómago se revolvió, su piel se erizó, la garganta se le cerraba y le costaba respirar, pero una vez, años atrás, se había jurado, "nunca más".

Se había preparado para este momento por muchos años, ella ya no era la misma, Candy ya no le tenía miedo a ese hombre que una vez había acabado con su vida. Ahora ella tenía como enfrentarlo y jamás permitiría que ese miserable acabara con todo lo que le había costado una vida atesorar y recuperar, tomó aire lentamente, cuadró los hombros y se preparó mentalmente para la batalla.