"[…] Te espero sin plazo ni tiempo.
No temas noche, neblina ni aguacero.
Acude con sendero o sin sendero.
Llámame a donde tú eres, alma mía,
y marcha recto hacia mí, compañero."
―Gabriela Mistral
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Si Kitwana se hubiese quedado, podría haberlo ayudado a levantar uno de los postes donde se sujetaba la malla y así arrastrarse sin tocar los alambres con corriente, pero había hecho un trato y comprendió la decisión del muchacho: muy pocos querrían morir jóvenes y solos.
Se quitó la camisola y optó por dejarse el chaleco antibalas, se puso la sobaquera cargada a ambos lados con una CZ-75B, 9 mm, confiable y su vieja Glock 17 con alta velocidad de fuego.
Un cuchillo en la cintura y un fusil STEYER AUG, potente pero no tan pesado, con el calor y la humedad no podía permitirse gastar más energía.
Se aseguró de llenas los cargadores y colocarlos en todas las bolsas de su pantalón militar. Después de tanto tiempo al beber de la cantimplora se sintió bendecido, debía cuidar su agua pues en todo el recorrido no había observado ninguna fuente inmediata.
Pasaba ya del medio día, pero dentro del árbol no tenía que luchar con los mosquitos o el sol, aunque tampoco se mantenía tranquilo pues Kitwana podía dar su ubicación precisa y acorralarlo en aquel reducido espacio.
Lo siguiente fueron los paquetes explosivos. Se aseguraría de anunciar su llegada…a lo grande.
Después de la comida no hubo ningún otro mensaje para Mikasa, comenzaba a hartarse y valoró el ponerse quejumbrosa. Nami le había advertido sobre las consecuencias de ello, pero aquel silencio y abandono estaban colmando su paciencia.
No paraba de preguntarse qué interés había detrás de su secuestro. Quienes o quién estaban detrás de esto, sintió que vomitaría cuando rememoró su captura y la rabia subió a su garganta en forma de amarga bilis.
Ni siquiera sabía si fuera era de día o de noche, los segundos se sentían eternos. Aunque no tenía ya las manos atadas, se sentía entumecida, cansada e incapaz de conciliar el sueño, sudada y asqueada del emohecido lugar donde la tenían, con ningún otro aroma que el pescado grasoso que había comido.
Recordó la botella de agua, la inspeccionó: estaba cerrada y aunque tenía sed, prefirió guardarla, aquellos 750 ml constituían un peso contundente para estrellarse en la cara de alguna persona.
La bolsa metálica, también cerrada, crujió cuando la tomó entre sus manos. Un sonido tan similar que no pudo aguantarse las ganas de reír cuando el salado aroma surgió de ella.
― ¿Es una puta broma? ¡No me gustan las saladas pudieron haberme traído unas adobadas! ¡Ja, ja, ja, ja!
― ¡Cállate, bruja!
―¡Váyanse a diablo, imbéciles!
Un plan demente había tomado forma en la cabeza de Mikasa y al parecer iba a funcionar, lo supo cuando el ladrillo/piedra de la choza se movió de su lugar y la cara de uno de los guardias asomó para escupirle.
―Tienes suerte de que no podamos tocarte por ordenes del jefe, perra. ―Una tenue luz anaranjada se coló, empezaba a atardecer.
― ¿En serio? Que mal…―Pasó la mano por su cabello, alborotándolo un poco. ―Saben, he estado muy aburrida aquí dentro, no hay nada interesante y me estaba preguntando si no quieres entrar a hacerme, ya sabes…compañía.
Al coqueteo con el cabello le siguió quitar los tres botones de su camisola.
―No voy a caer en tu trampa, no somos como los monos estúpidos que tanto proteges en tu parque.
― ¿Somos? Creí que estabas solo, si no estás interesado en ese caso puede pasar tu amigo, quizá él no me tenga miedo.
Funcionó. La puerta se abrió, en el marco apareció un muchacho joven con un fusil militar colgado al hombro.
―¿Me llamabas, preciosa?
―Por qué no, tu amigo no ha querido entrar. ― Mikasa se quitó la camisola, quedándose en camiseta, dirigiendo la mirada más lasciva que pudo.
―Hay que ver cómo engañan las apariencias…
―No lo hagas, Kanda, te matarán antes de que pongas una mano encima de esa ramera.
―Ja, ja, ja, ja, Kanda, vamos, no le temas. Nadie está aquí, solo estamos tú y yo, ¿o la bala que te matará saldrá de ahí? ―Señaló el arma del compañero de Kanda.
Antes de que alguno dijese otra cosa, apareció Nami con una charola similar a la primera.
"Debe ser mi cena" pensó Mikasa.
―¿Qué hacen?
―Nada que te importe, Nami, te vimos salir de la cocina y nos adelantamos a tu llegada.
―Háganse a un lado, está caliente.
―No es lo único que lo está aquí.
"Hijo de perra" murmuró la directora y nadie pudo escucharla.
―Váyanse, Ntaganda los necesita. A los dos, yo cerraré la puerta.
―Ni de broma, Nami, eres inútil. La cerraremos antes de irnos.
Así lo hicieron, una vez que la chica se hallaba en el interior de la choza, al lado de la prisionera, cerraron la puerta, pero olvidaron colocar el ladrillo en la pared. Lástima que no ayudase mucho porque ya casi oscurecía del todo.
―¿Te hicieron algo? ―preguntó con cautela la muchacha, al ver que Mikasa tenía puesta menos ropa.
―No, nada.
―Aquí tienes, es la cena, deberías comer para no perder fuerzas.
―¿Quién eres?
―Nami, ya te lo había dicho…
―No me refiero a eso, ¿eres su prisionera?
―No exactamente.
―¿Dónde estamos?
―En una de las bases de los furtivos.
― ¿Qué es lo que quieren de mí?
―No lo sé.
― ¿Para quién trabajas, Nami?
―No me preguntes más, por favor, solo come y usa esto: sacó un paquete de una bolsa que hasta el momento la directora no había notado.
― ¿Qué es esto?
―Ropa, Ntaganda quiere que lo uses, esta noche vas a verlo.
― ¿Quién es ese?
―El jefe.
―No quiero, que se meta la hospitalidad por el ano. Que venga a decirme qué mierda quiere de mí y deje a mi parque en paz, así como a las personas que trabajan en él. No me interesa ni la comida ni los trajes sucios que quiera darme, no seré su esclava, ¡prefiero la muerte!
―Shhh, por favor, no lo haga. No creo que quiera matarte, por lo que sé eres importante y valiosa, pero por favor no lo hagas enojar o te lastimará.
― ¿Como te ha lastimado a ti?
Nami bajó la mirada y juntó sus manos, retorciendo sus dedos con nerviosismo.
―Ninguna otra persona que ha venido aquí se había portado amable conmigo, pero incluso me diste de tu comida y ahora siento que me agradas, no quisiera verte llorar.
―Nami, a mi también me agradas, podemos salir juntas de este lugar. Estoy segura de que están buscándome y aun si no lo hicieran creo ser lo suficientemente fuerte para liberarnos a ambas. Solo tienes que…
― ¡No puedo! Por favor…sólo come y vístete, te ayudaré a anudar las prendas.
No había demasiadas opciones para Mikasa hasta ese momento, optó por demorarse todo lo que pudiera comiendo y luego buscar la manera de ocultar el daga que traía consigo. Nadie debía verlo y quizá esa noche tendría oportunidad de matar al hombre que tanta pena y desgracia había vertido sobre su parque y su gente.
Levi acababa de romper la mochila donde había traído todas las armas, la había dejado como un tapete amorfo de tela gruesa. Lo siguiente fue su camisola, destrozada hasta alcanzar una extensión similar a la de la mochila.
El plan era simple, quedarme medio desnudo no era para darle emoción a la escena, sino una necesidad para crear "el tapete" que le ayudaría a crear un paso sobre la alambrada eléctrica. No estaba seguro de cuánto resistiría la tela, esperaba que fuese lo suficiente para brincar al otro lado.
Mikasa dentro de aquella sombría cabaña, acaba de ponerse el kaftan bordado que Nami había traído para ella. Era una especie de vestido holgado, de cuello cuadrado, hecho con tela ligera y coloridos bordados.
Pese a sus años en África era la primera vez que usaba un atuendo de la región. Más extraño era estar vestida así cuando intuía que aquella no era una preda casual sino un vestuario para algún evento importante.
Nami le ayudó a ajustarse la ropa para no nadar dentro de ella. Todo el cuidado que había tenido hasta ese momento para ocultar el arma de su pierna se fue por la borda cuando se agachó y la chica notó la cinta oscura sobre la pierna nívea que aun en la oscuridad, de tan blanca que era fue visible.
― ¿Qué es eso? ¡Un ar…!
― ¡Shhh! ―Mikasa fue más rápida para taparle la boca y evitar que gritase claro y alto que no estaba desarmada. ―Con esto lograré que seamos libres, solo tienes que esperar.
― ¿Qué…harás? ―preguntó en un susurro la asustada muchacha.
―Cuando tenga al infeliz de tu jefe frente a mí, clavaré esto en su cuello.
―¡Nami! ―Se escuchó en la lejanía, fuera de la choza, Mikasa caminó a la puerta y repentinamente, en un gesto casi automático, la chica se arrodilló y abrazándose a las piernas de la directora imploró:
―No lo hagas, por favor, Ntaganda no es tan malo y aun si lo fuese no puedo permitir que lo maten porque…
―Amar a una basura como esa es repulsivo
―Es mi hermano…la única familia que me queda.
Antes de que Mikasa pudiese terminar de asimilar la frase última, la puerta se abrió y un hombre la sujetó del brazo con firmeza para guiarla a otro lugar.
En medio de la turbación, caminaba cual si estuviera dormida, sin analizar lo que había a su alrededor y que en otro momento le seria de gran ayuda.
En la distancia, Levi observó como la sacaban de una de las chozas, el nudo en su pecho que se había formado en las ultimas horas se aflojó un tanto, aparentemente Mikasa estaba bien aunque llevaba otra ropa y aquello creaba inquietud en su persona.
Tenia un plan y dentro de poco lo pondría en marcha. Le dio un ultimo trago a la cantimplora y el resto lo vació sobre un montículo de fina tierra que fungiría como pintura para ocultar la blancura de su piel, llamativa y perceptible aun en la oscuridad más densa.
Una vez camuflajeado, tanto en brazos como en cara, empezó a descender la colina, con una rapidez no planificada que surgió ante la visión de Mikasa.
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Hi! Gracias por darle una oportunidad a esta historia, lamento actualizar tan poco y tardar taaaaanto pero he de decirles que la universidad es agotadora pero sus mensajes me alientan a tomarme el tiempo de continuar y compartir con ustedes estas locas ideas que surgen en mi mente.
¡Ya casi es Navidad! (pero todavía no veo cerca mis vacaciones ) Asi que coman mucho y rico, tomen ponche y descansen mucho.
¡Hasta la próxima!
