Este es un Albertfic, si eres terryfan abstente de leerlo. This is an Albertfic, do not read if you are a Terryfan. Questo é un Albertfic non leggere se sei un Terryfan. C'est un Albertfic ne lis pas si tu est un Terryfan.
Biank Andrew, Wow! ¡Gracias pro releer la historia y comentar cada capítulo!
Yagui, gracias por todas las porras que nos hechas, un placer leerte siempre.
Chicas, cada una de ustedes hacen de esta historia algo especial y son quienes ponen en mí las ganas de terminar, muchas gracias, ya saben que soy malísima haciendo la lista de sus nombres, porque sufro que se me olvide uno, pero a todas y cada una de ustedes, ¡GRACIAS!
Mio cara amica, pazienza per favore, grazzie mille per leggimi.
C, gracias por encontrar el tiempo en medio de las dos mil cosas que tienes que hacer para ayudarme a continuar con esta historia, por hacerme reír, ayudarme con las decisiones de outfit, y estar ahí para mí. Luv ya.
Paciencia, aún nos falta algo de camino por recorrer.
¡Bendiciones a todas!
YNTE 27
Francia 1925.
Los gemidos de placer inundaban la lujosa habitación, la suave carne contra la masculina firmeza de él, ella se estremecía ante su virilidad, hacía tanto tiempo que nadie la tomaba de la forma en la que él lo hacía, entre la neblina de la lujuria y la pasión observó los rasgos varoniles y jóvenes, era un hombre en la plenitud de su vida, ella recorrió con sus manos sus fuertes brazos pasando por alto que al lado de la tersa piel de él se veían un poco ajadas a pesar de lo blancas que eran. Cuando estaba con él nunca se permitía pensar en ello, era echar a perder una perfecta tarde de placer, después de todo, era plenamente consciente de que él estaba ahí para complacerla, adorarla, y llevarla a ese sitio al que su marido hacía años no le llevaba, detuvo los movimientos frenéticos de él empujando por sus hombros, indicándole lo que quería que le hiciera, vio por su joven rostro relampaguear el fastidio, pero no le quedaba de otra que obedecer, detuvo sus embestidas, y dibujó un camino de besos desde el cuello de ella hasta el sur de su anatomía, ella arqueó la espalda, y se deleitó con la sensación de la erección aun pulsante de él sobre su pierna, había interrumpido su placer, pero él no estaba ahí para obtener placer, sino para complacerla.
Cerró los ojos y se dejó llevar en un mar de sensaciones, el chico sabía lo que hacía, no debía pasar de 30, tal vez menos, su porte aristocrático, su elegante acento británico, era un juguete interesante para que ella una mujer extremadamente rica, olvidada por su esposo y de más de 40 pasara el rato.
Gimió mientras las oleadas de placer la recorrían y no lo dejó moverse de su lugar hasta que estuvo satisfecha, después le permitió embestirla nuevamente, e incluso dejarse llevar hasta el final, cuando hubo terminado se derrumbó al lado de ella, su blanca y musculosa piel perlada de sudor, ella se estiró y tomó un cigarrillo para que él se lo encendiera, él obedeció y después de una larga bocanada se lo pasó.
Ella le sonrió y fumó un poco, mientras una larga uña roja recorría el pecho de él.
Dime querido, ¿aceptarás mi propuesta? – a él su ronca voz le revolvía un poco el estómago, pero era lo bastante inteligente como para saber que si quería cumplir con sus propósitos debía seguir pretendiendo interés por una temporada más, después de todo, ella…su pequeño affaire con ella era el que pagaba todas sus cuentas.
Elise, querida mía, sabes que no puedo. – le dijo tomando su mano y mirándola seductoramente.
¿Qué te detiene? –
Tu marido quizás. – le dijo con una sonrisa socarrona.
¿Mi marido? ¿O la pequeña zorra con aires de grandeza con la que vives?, y que tal vez es una más del repertorio de meretrices que adornan la cama de mi infiel esposo.
La pequeña zorra y yo tenemos mucho en común, un arreglo conveniente, y motivaciones parecidas.
Jajajaja, el amor se esfuma, querido Terrence…
Lo sé… pero hay alianzas oportunas, además, no tengo ganas de que tú cornudo esposo derrame mi aristocrática sangre, porque decidas dejarlo y vivir conmigo.
Jajaja, me diviertes… está bien, puedes tener tu semblanza de libertad, y seguir sirviendo de juguete sexual a unas cuantas damas más, en vez de vivir solo para mí, ya habrá quien acepte mi propuesta. – le dijo poniéndose en pie sin pudor alguno, sabía que no tenía el cuerpo de una chiquilla en sus 20, pero aún era una mujer hermosa, y había algo que tenía en grandes cantidades, dinero, y un jovenzuelo vividor como lo era el que estaba ahora en su cama caería rendido ante ello sin más remedio.
Volveré mañana.- le dijo él tomando sus ropas para vestirse.
No, mañana no, Pierre tiene una cena de negocios y lo acompañaré, te llamaré cuando sea prudente vernos de nuevo. Ahora sé buen chico, y ven y bésame una vez más como si en realidad sintieras algo por mí, o al menos como que estás agradecido de tenerme por mecenas. – le dijo con sonrisa burlona. Él se acercó y la besó con rudeza, a ella le gustaba hacerlo enojar, llevarlo al límite, y él no era precisamente amante de controlar sus impulsos. – tu dinero está donde siempre, ahora sal de aquí Pierre llegará pronto.
Terrence se vistió con rapidez y salió de la habitación sin mirar atrás, la nube de perfume femenino comenzaba a crearle una migraña. Caminó con paso seguro hacia la entrada principal, el departamento estaba siempre vacío a esa hora y su dinero estaba donde siempre, dentro de un sobre, encima de la mesa de centro. Lo tomó, y justo en ese momento la puerta principal se abrió tomando a Terrence por sorpresa.
Veo que he tenido la mala educación de llegar antes de tiempo. – le dijo el elegante hombre que seguramente rondaba la edad de su padre.
Yo ya me iba. – respondió Terry parcamente haciendo acopio de dignidad.
Toma, a Elisse le gusta pretender que soy terriblemente celoso y que no sé nada acerca de sus deslices, así que espero sepas guardar silencio. – le dijo con altanería extendiéndole un fajo de billetes sin siquiera contarlos.
No es necesario, entre caballeros, el honor, ante todo. – respondió Terry con su acostumbrada soberbia.
Jajajaja, caballeros y honor, olvidaba que eres el bastardo de un noble, deberías bajar de tu nube de grandeza y recordar, que no eres un caballero, ni tienes honor, tómalos, o me veré obligado a hacer una escena y asegurarme de que no vuelvas a verte con mi mujer. Tal vez puedas invitar a cenar a tu noviecita y comprar una botella para olvidar que el honor y la dignidad hace mucho que les son ajenos. – el desdén en su voz era palpable, y aunque Terry quería aventarle el dinero en el rostro y salir de ahí dando un portazo sabía de sobra que no estaba en posición de elegir.
Tomó el dinero y salió del lugar sin decir nada, alimentando el profundo rencor que sentía hacia aquellos que lo habían orillado a vivir así, jurando que les haría tragarse su orgullo una y otra vez tal como él tenía que hacerlo a diario.
Anduvo a paso moderado por las calles de París, pasando de la lujosa zona donde vivía Elisse, hasta una zona más modesta, no podía decir que vivía miserablemente, ya que, el lugar no era malo, un sencillo departamento, de un recamara que compartía con Anne Britter.
Abrió la puerta, no muy seguro de que encontraría, nunca sabía qué esperar, y tal vez de no ser por las importantes metas comunes jamás hubiera pensado en pasar sus días al lado de Anne. Para su sorpresa la habitación se encontraba placenteramente caldeada, en la chimenea crepitaba un agradable fuego, la pequeña mesa estaba arreglada y preparada con comida, por un momento se preguntó si Anne habría llevado a algún amigo a casa ese día.
Terry, pasa, no te quedes ahí dejando entrar el frío. – le dijo ella un poco más afablemente de lo normal.
No creí que tuvieras los dones necesarios para hacer de estás míseras estancias un hogar confortable. – le dijo lo más neutralmente posible, después de todo le dolía la cabeza, y sabía perfectamente que Anne podía desatar el infierno si se sentía contrariada.
Soy una mujer llena de sorpresas, querido, toma, tal vez un trago te haga un poco más agradable. – ella tampoco estaba siendo provocadora, si algo habían aprendido en los meses de vivir juntos era que los dos tenían un genio de los mil demonios y que lo más inteligente era no despertar a los ángeles caídos.
Terry tomó la copa y la bebió sorprendiéndose del sabor de buen whisky, se relajó un poco, y tomó asiento a la mesa donde una cena bastante decente, casi lujosa estaba dispuesta, supuso que Anne había obtenido todo de alguno de sus… "amigos" y simplemente se dedicó a comer.
Veo que tuviste un buen día.
Bastante bueno, a decir verdad. – la respuesta era un tanto evasiva, pero Terry no estaba interesado en saber por qué. Y ella permaneció ahí como un gato relamiéndose los bigotes después de haber devorado un ratón.
Elisse me volvió a proponer que viva con ella.
Pierre la dejaría en la calle antes de permitirlo, además, en todo caso la Viuda Jerome es un mejor partido. –
Terry sintió escalofríos tan solo de recordar que al día siguiente debía visitar a Fleur Jerome, una mujer excesivamente rica que pasaba de sus 60 años, y con gustos, digamos peculiares en lo concerniente al sexo.
Fleur no me ha hecho una propuesta, además…
Además, debes hacer acopio de todas tus dotes histriónicas para estar con ella, me queda claro. – el tono burlón no pasó desapercibido.
No creo que tienes el más mínimo derecho a burlarte, después de todo, cualquiera de tus "amigos" son mayores que tu padre, y dudo mucho, que a su edad hagan mucho por complacerte. – La respuesta fue un poco más incisiva esta vez, invariablemente, fraguaban la tormenta perfecta.
Esa era su relación, una mezcla de desprecio y odio, convenientemente mantenidos a raya debido a la enorme sed de venganza que les había impulsado a hacer una alianza. Por supuesto, cada tormenta terminaba por acallarse en medio de apasionados devaneos, que Anne consentía debido a su enfermo deseo de algún día escuchar de la boca de Terry que ella era mejor que Candy. Y Terry porque no podía evitarlo, después de tener sexo con mujeres de edad mediana y tercera edad, que lo usaban a su antojo, era satisfactorio tener en su cama a una joven mujer complaciente, dispuesta a hacer lo que sea que a él se le ocurriera, sin importar cuán perverso, burdo, humillante o degradante pudiese llegar a ser.
Terminaron la cena en silencio, Terrence se puso en pie y se dirigió a los estantes de la cocina para guardar en la inconspicua lata de café el poco dinero extra que su muchas veces extravagante forma de vida les permitía ahorrar, destinado a la búsqueda de su vendetta.
Anne sintió un escalofrío recorrer su cuerpo, había esperado evitarse el drama esa noche, por eso había intentado sin éxito ser agradable, o al menos emborracharlo, pero no había conseguido ninguna de las dos.
La lata se sentía vacía, Terry la abrió con curiosidad aún sin comprender lo que sucedía, el fondo vacío de la misma hizo evidente lo que su peso debió haberle dicho, no había dinero, ni un solo franco dentro de la lata que debía al menos contener unos cuantos cientos. En absoluto silencio volteó a ver a Anne interrogante, la palidez y mirada de terror de la mujer activaron sus sentidos hasta entonces algo aletargados por el alcohol.
¿Quieres explicarme? –
Tal vez hubiese sido mejor para Anne mantener la actitud preocupada, pero una chispa de indignación mal dirigida la orilló a responder con falsa seguridad en un desafiante tono.
No tengo nada que explicar, necesitaba algunas cosas.
¿Algunas cosas? – el tono gélido no pasó desapercibido.
Un nuevo amigo me invitó a la ópera y definitivamente no tengo nada que ponerme para eso.
¿Quieres decir que lo gastaste en vestidos?
Un vestido, no exageres, no alcanza para más, un vestido, un buen par de zapatos, una botella de whisky para ti, y algo decente que comer, no puedes acusarme de egoísta, después de todo, también pensé en ti.
Apenas había terminado de hablar cuando un golpe seco retumbó en el lugar, la fuerza de este la hizo perder el equilibrio y trastabillar hacía atrás, pero no tuvo tiempo siquiera de recomponerse, porque él la tomó de los hombros y la aventó contra la pared, haló de los cabellos con fuerza, obligándola a verlo a los ojos, su aliento alcohólico hacía que su estómago se revolviera mientras su oscura mirada la hizo por primera vez temerle. Vagamente recordó tarde lo que Archiebald le había contado sobre el trato que Candy había sufrido a manos de él.
Terry… -
¡Eres una estúpida! ¡Has creído que puedes burlarte de mí, que soy como él marica de tu exmarido, a quien pudiste dejar en la ruina, ponerle los cuernos, y manejar a tu antojo por varios años! –
¡También es mi dinero!
Otra sonora bofetada hizo que sus dientes chocaran y que el metálico sabor de la sangre se hiciera presente en su boca.
Terry nunca le había golpeado de esa manera, no por consideración a ella, sino porque su imagen les permitía ganar dinero, sin embargo, después del primer golpe algo se desencadenó en él, de pronto un par de bofetadas no eran suficientes, dió rienda suelta a sus más bajos deseos y años de rabia acumulada, así para cuando terminó con ella y salió de la cama no solo la había golpeado brutalmente, sino que la había poseído de las peores formas que se puede tener a una mujer, sin mostrar ningún rastro de piedad o respeto: cuando al fin hubo saciado su hambre de brutalidad, no había parte del cuerpo que no doliera o sangrara y Anne Britter no pudo sino hacerse un ovillo y cerrar los ojos con fuerza deseando morir en ese mismo instante, jamás en su vida había sido tan humillada, rebajada y desvalorizada … la conciencia de que simplemente ella podría morir y a nadie le importaba ya su suerte penetró profundamente en su psique, haciendo aún más miserable y dolorosa su existencia.
A la mañana siguiente Anne se paró con esfuerzo frente al espejo, cada centímetro de su ser le dolía, y la rabia, la impotencia y el odio bullía en su sangre. Su rostro y cuerpo amoratado lo hicieron aún más real, no podía ni siquiera ponerse en pie, sangraba copiosamente de varias partes del cuerpo que no sabía que podían sangrar y recordó vagamente lo que había escuchado que Candy había sufrido en manos de ese salvaje que confundía el amor con el maltrato. Lo odiaba, no podía negarlo, pero lo necesitaba. Sintió deseos de morir al verse sola, acorralada, sin familia o amigos, ya que su padre la había repudiado al enterarse del divorcio y las escandalosas circunstancias que lo habían provocado; mientras que Candy pese a que había sido una golfa entregándose a la Terry en New York, fueron los mismos la Albert y de Archie cuando se enteraron le habían dado a Terry una tremenda golpiza y ambos habían estado dispuestos a casarse con ella para convertirla en una mujer honorable. Annie era consciente de que esta vez nadie pondría en su lugar al bastardo por ella, nadie lucharía por su dignidad, estaba más que sola, mucho más de lo que Candy pudo haber estado hace años atrás, en una ciudad desconocida, huérfana y embarazada; una vez más la vida era injusta con ella, después de todo, Candy aún después de muerta la había vencido.
Deseaba irse lejos, dejar a Grandchester, o mejor aún, asesinarlo con sus propias manos, hacerlo pagar cada golpe, cada humillación, la vejación a la que la había sometido la noche anterior, pero era realista, no podía irse en esas condiciones, no tenía ni un céntimo, y con ese aspecto no conseguiría quien estuviese dispuesto a apoyar su causa, debía aguantar, ser inteligente, usar a Terry para consumar su venganza contra los Andrew y después asegurarse de que el mismo Terrence pagara cada una de los ultrajes que la había hecho sufrir. Los odiaba a todos a los Andrew, a los Grandchester y a los Britter, a la alta sociedad que solo la habían utilizado y cuando la vieron caída, todos, hasta su madre le habían dado la espalda. Ya se encargaría ella de hacerlos pagar a todos sus ultrajes y en medio de todo ese odio guardaba un lugar especial para el inútil bastardo con ínfulas de duque, ya se encargaría ella misma de que la recordará toda la vida y esta humillación, junto con todas las demás la cobraría caro al mismo Terry, ese bastardo aún no sabía quién era ella, pero lo iba a lamentar.
Londres, Inglaterra 1925.
Un hombre elegante, atractivo más allá de las palabras, con el rubio cabello perfectamente recortado, aunque un poco revuelto por tanto pasar sus dedos por él, estaba sentado, detrás del magnífico escritorio, a sus espaldas, por el ventanal de su oficina las luces de la ciudad comenzaban a vislumbrarse mientras la penumbra se cernía, lo que más deseaba en ese momento era ir a casa, pero debía terminar unos cuantos pendientes primero, ya que al final de la semana tomaría a su esposa y a su hijo para juntos escapar por al menos un par de semanas a su amada Escocia.
Tomó aire y continuó con decisión sorteando la montaña de papeles que tenía frente a él, de pronto pensó estar soñando porque un sutil aroma familiar se coló en sus sentidos despertando su cuerpo como solo ella sabía hacerlo.
Levantó la vista y la descubrió parada en el dintel, vestida a la última moda, en color azul marino, con su sedoso cabello rojizo recogido en un elegante moño de lado y un coqueto sombrero sobre su cabeza, sus miradas se encontraron, ella le sonrió, y sin decir nada entró en la oficina, cerrando la puerta tras de sí con seguro. Caminó hasta él, que ya se había puesto de pie para recibirla entre sus brazos, ella rodeó el masculino cuello poniéndose de puntitas, y él la tomó por la cintura, para acercar su cuerpo al suyo.
Sus labios se encontraron en una fracción de segundos, reconociéndose, saboreándose con lentitud, bebiendo el uno del otro, mientras sus alientos se mezclaban y el aroma del perfume de ella y la colonia de él se hacían uno mismo.
Ella pudo sentir la reacción de él ante el beso que se estaban dando, y se dejó llevar por él cuando la tomó en brazos y la llevó hasta el amplio y cómodo sillón de cuero, para acomodarla sobre sus piernas a horcajadas y seguir besándola a su antojo.
Las manos de él abandonaron su cintura, y comenzaron a recorrer la femenina espalda, mientras las de ella desanudaban hábilmente la fina corbata de seda que ella misma había anudado esa mañana.
Él desabrochó uno a uno los botones del vestido, dejando al descubierto su espalda, y con sus manos recorrió la piel desnuda hasta encontrar los broches del sujetador que pudorosamente se escondían debajo de una fina camisola de algodón. Desandó el camino y se deshizo de la parte superior del vestido, prestando atención a la blanca curva de su cuello y a los exquisitos hombros finamente salpicados de suaves pecas, mientras la respiración de ella incrementaba y sus delicadas manos viajaban por el masculino pecho desnudo, la corbata yacía junto al saco, y la fina camisa blanca se encontraba completamente abierta, dando espacio a que las manos de ellas se colaran debajo de la camiseta interior de pulcro color níveo que enmarcaba el amplio y varonil pecho dónde adoraba reposar su cabeza cada noche mientras él la envolvía con sus fuertes brazos y el latido de su corazón la arrullaba.
Él traviesamente besó sus clavículas y su mano acunó uno de los redondos senos de ella inesperadamente provocando un respingo, se había deshecho del sujetador y los erizados pezones eran perfectamente visibles a través del delgado material de la camisola, tomó uno entre sus dientes por encima de la tela y lo mordisqueó con deleite, mientras una mano la tomaba por la cintura y la otra asaltaba su muslo por debajo de la falda, en busca del amado lugar secreto, sintió su calidez y humedad, con decisión y cuidado acarició su intimidad por encima de su ropa interior, provocando en ella un profundo gemido bajo, así como un movimiento de cadera que la acercó más a él, ella por su parte desabrochó el cinturón y los pantalones gris Oxford, liberando así su masculinidad.
La suave mano femenina tomó el pulsante apéndice y casi con reverencia lo acarició con sus largos dedos, sintiendo su grosor, firmeza y calidez con escalofríos que recorrieron su cuerpo y deseo que se acumuló en su bajo vientre de tal forma que la ausencia de él dentro de ella casi dolía.
Desde la primera vez que descubrieron las mieles del amor físico el hambre acallada por tanto tiempo se había vuelto imperante, una especie de deliciosa fuerza magnética que los arrastraba uno hacia el otro, un deseo por explorar, por disfrutar, por encontrar la fuente de placer del otro, y así llegar al cielo tomados de la mano.
Los encuentros en la oficina como el del día de hoy no eran raros, tampoco lo era disfrutarse en la intimidad del hogar, o en su refugio a las afueras de Londres, entre las montañas escocesas, en el castillo, o donde fuera que la necesidad de estar juntos los asaltara, adoraban amarse, entregarse, darse placer el uno al otro, sin reservas o inhibiciones solo el inherente deseo de amarse en todas las formas posibles, con todas las cadencias, ritmos y fantasías a dónde su imaginación pudiese llevarlos, algunas veces era loco y desenfrenado, otras suave, tierno y pausado, ocasionalmente se tornaba rudo y salvaje, mientras la siguiente vez echaban mano de sus inagotables fantasías, no importaba como fuera, la constante entre ellos era confianza infinita y amor sin reservas.
Los amantes siguieron con su devaneo romántico, probando nuevos límites, saboreando cada cadencia y cada roce de sus pieles, sus sentidos completamente obnubilados por la pasión y el deseo, esta vez la primitiva necesidad se apoderó de ellos, y sin siquiera terminar de desvestirse, Albert entró en ella con deliciosa fuerza, cortando su respiración, sus ritmos se hicieron uno, las caricias y besos aumentaron, el calor inundó sus cuerpos y el sudor perló su piel, el deseo de estar lo más juntos posible los apremiaba a presionar sus cuerpos uno al del otro, tensando sus músculos, en una frenética danza extasiante que culminó con un te amo.
Sin aliento y saciados por el momento yacieron semidesnudos, abrazados el rojizo cabello de ella desparramado sobre el pecho desnudo de él, mientras sus corazones latían aceleradamente.
Se besaron una vez más, con los ojos cerrados, entregados total y completamente a ese momento de intimidad robada en medio de un ocupado día de trabajo.
¿Te gustó la sorpresa? –
Sabes que siempre me gustan tus sorpresas amor mío.
¿Me creerías si te digo que en realidad vine a ayudarte para que terminaras más temprano?
Jajaja, entonces me declaro culpable de haber malinterpretado tu mirada.
¿Mi mirada?
La forma en que me miraste cuando te recargaste en la puerta gritaba a todo cuello que morías por que te hiciera el amor. – le dijo él mitad en broma y mitad en serio, disfrutando del pudoroso rubor que cubrió las mejillas de ella, pero a la vez en su mirada había picardía.
No puedo negar que siempre muero por que nos amemos. – le dijo encogiéndose de hombros y deshaciendo el abrazo para comenzar a juntar la ropa y recomponer su apariencia, al menos parcialmente, ya que sus rojizos cabellos se habían salido del bien ordenado moño y ahora descendían en desordenados mechones por sus hombros pecho y espalda, Albert la observó pensando que tenía la apariencia de una mítica ninfa, o de una sirena.
No te vistas… - le dijo tomando su mano y deteniendo su avance.
Si no lo hago no podré ayudarte a terminar pronto. – le dijo besándolo suavemente.
Tienes razón, además prometí a Alex que haría lo posible por llegar a darle las buenas noches antes de que se fuera a dormir.
Pues entonces tenemos una hora para avanzar lo más posible y salir de aquí. – le dijo ella terminando de ponerse presentable y acercándose al escritorio para ver en que trabajaba Albert.
Juntos pusieron manos a la obra, no era la primera vez que ella se aparecía en la oficina con la intención de ayudarlo, de hecho Albert había descubierto antes de que se casaran que Richard le había enseñado bastante al respecto, con la intención de que ella estuviese preparada en caso de que él hiciera falta, y Albert hizo lo mismo, completó la educación financiera y de negocios de ella, por supuesto no trabajaba formalmente, pero, lo apoyaba mucho, se había convertido en parte esencial del círculo íntimo de negocios de los Andrew que lo incluía a él, George, Archie, y ahora a ella.
Lograron terminar a tiempo, y salieron tomados de la mano con rumbo al auto, caminando en completa dicha y armonía, tenían tiempo de llegar a cenar con la familia, y por supuesto de llevar a Alex a la cama juntos, tal como al pequeño le gustaba.
En cuanto cruzaron el umbral de la mansión un par de chiquillos apareció corriendo hacia ellos con caras llenas de alegría, y demandas de atención.
Papá, mamá, llegaron para la cena. - les dijo con una enorme sonrisa el mayor de los dos niños, Alex, de ahora7 años, se veía ahora un poco más maduro, su altura era mayor, sus rasgos se habían alargado un poco, abandonando la redondez característica de los niños pequeños, adquiriendo un poco más de definición, en su loca carrera se había lanzado a los brazos de Albert que lo recibió en el aire con una cálida carcajada.
Un poco más atrás, Stear se acercó a su tía y le extendió los brazos con afecto. Rose lo tomó con afecto en brazos y besó sus oscuros cabellos, Patty y Archie estaban de viaje de bodas, así que ella y Albert se hacían cargo del pequeño como si fuera propio.
Tía, ¿terminarás de contarnos el cuento esta noche?
Solo si comes todas tus verduras en la cena.
Mmmmm… está bien, pero tío Albert y tú deben actuarlo entonces. –
Jajajajaja, llevas la sangre de los Andrew sin duda. - le respondió Albert con una enorme sonrisa ante la atrevida negociación del pequeño.
Está bien, lo actuaremos si te comes todo… incluido el postre. – le respondió Rose con un guiño travieso.
Prometido. – respondió valientemente Stear.
Los cuatro entraron al salón donde la matrona de los Andrew esperaba por ellos. Elroy Andrew observó con una leve sonrisa el perfecto cuarteto, los niños iban felices en brazos, mientras el par de adultos disfrutaba genuinamente de sus ocurrencias y travesuras, sin duda eran otros tiempos, o al menos, sus sobrinos pensaban de manera distinta, los niños eran educados con menos formalidad que antes, y eran incluidos en los eventos familiares, que incluso a veces se planeaban en torno a ellos, cuando antaño, los niños apenas y hacían una aparición de minutos ante los adultos, para después ser llevados a sus aposentos y ser cuidados por sirvientes.
Buenas noches tía. –
Albert se inclinó y besó a la mujer mayor con el afecto de un hijo, seguido de Rose, que pidió sirvieran los aperitivos correspondientes. Era una pequeña reunión íntima, pero sabía que a la tía Elroy le gustaba que las cosas se dieran con la formalidad correspondiente, y no le molestaba complacerla, claro, que todo sería mucho más relajado en cuanto estuviesen en Escocia.
Que bueno que han llegado, los niños los esperaban con ansias por ustedes, pero dime hijo, ¿cómo te ha ido?
Todo excelente, tía, casi concluido para poder marcharnos el fin de semana.
¿Llevarán a Stear con ustedes?
Por su puesto tía, y si tu gustas venir con nosotros eres bienvenida. – le respondió Rose mientras le extendía una copa de vino de Madeira.
Gracias querida, pero sé que necesitan su espacio solos, así que vayan y disfruten, incluso les diría que dejen a los niños aquí, pero sé que será inútil mi sugerencia.
Gracias tía, pero no es necesario, sabes que nos gusta llevar a Alex y a Stear con nosotros. – le contestó la pelirroja con una sonrisa.
Lo sé hija, lo sé, solo me gustaría ver pronto un heredero de los Andrew en tus brazos.
Ese era un tema recurrente con Elroy, pero ambos estaban acostumbrados a sobrellevarlo, después de todo, su decisión de solo disfrutarse el uno al otro por algunos años había sido tomada con plena conciencia.
Tía, ya te hemos dicho que todo sucederá en el momento correcto, pero mejor cuéntanos como te fue en el té con las damas de la Cruz Roja.
Fue bueno, una mañana productiva, por supuesto que espero que en un futuro seas tú Rose quien se haga cargo de esas cosas.
Te acompañaré cuando gustes tía, para aprender de ti, pero tendrá que esperar a que Albert y yo regresemos. –
Como siempre, que la escuchaba darle ese nombre a su sobrino Elroy sintió un escalofrío, normalmente Rose lo llamaba William frente a todos, pero de vez en cuando el nombre más intimo se le escapaba y Elroy Andrew recordaba a una chiquilla rubia de ojos verdes que miraba con adoración a su querido Anthony…. Ella nunca vio a Candy con William, pero no podía evitar pensar en ella, Candice White Andrew era un fantasma que nunca la dejaría.
5 días después, Highlands, Escocia.
El verde pasto parecía una marea frente a ellos, el cielo azul se extendía infinito, las suaves colinas los invitaban tumbarse en ellas y contemplar el firmamento, regodeándose en su felicidad, esa perfecta e inmaculada felicidad que sentían al estar juntos.
Albert y Rose estaban sentados sobre la hierba, la ancha espalda de él recargada sobre el añejo tronco de un árbol, y la menuda figura de ella sentada entre las piernas de él, su espalda recargada sobre su amplio pecho y sus brazos la envolvían suavemente. A pocos metros de ahí Alex y Stear jugaban con sus perros, explorando, correteándose el uno al otro.
Rose suspiró profundo, su corazón se henchía de alegría, estaba en paz, dónde pertenecía.
¿A que debemos el profundo suspiro?
Soy inmensamente feliz, mi amor, solo eso… ¿Tú no lo eres, acaso?
Sabes que sí…amor mío, por supuesto que sí… - tomó su mano y besó su muñeca. – pensaba que cuando Patty y Archie lleguen tú y yo podemos ir unos días a nuestro lugar secreto.
Nada me gustaría más amor mío. –
Vamos, es hora de regresar tras las murallas del castillo, princesa. –
Ambos e se pusieron de pie, él llevaba el kilt de los Andrew y una sencilla camisa color blanca, su cabello revuelto por el viento, su magnífica altura, Rose lo observó con admiración, los rayos del sol iluminando su gallarda figura, pertenecía a ese lugar, la sangre escocesa se hacía patente, pero no era solo el físico, sino que tenía frente a ella al amor de su vida, el mejor hombre, un hombre bueno, fuerte, increíblemente guapo, generoso, amable… Rose sonrió para si misma, la lista de cualidades era larga, su sonrisa se amplió aún más cuando lo vio correr tras los niños, su pecho se llenó de orgullo, William Albert Andrew no era cualquier hombre… era su esposo.
Se puso de pie y fue al encuentro de ellos, caminaron tomados de la mano mientras los niños y los perros corrían frente a ellos, el sol comenzaba a ocultarse, y la dicha aún se cernía en el aire.
Cada uno de los días perfectos que pasaron uno al lado del otro, toda esa maravillosa felicidad que al fin les había sido concedida, cada momento de intimidad que compartieron desde que se confesaron el uno al otro el amor que los consumía, se transformaron en el acervo de fortaleza del que echaron mano para resistir las tempestades que vinieron después, así como todas las pruebas que un día superarían con tal de tener la oportunidad de vivir su amor.
En ese momento de perfecta armonía, ellos aún no lo sabían, pero la vida, el odio y el desamor les tenían preparado el más cruel de los destinos, y los días que pasaron amándose se convirtieron en la trémula luz que iluminó su más densa oscuridad donde hasta la esperanza de una vida juntos pareció esfumarse.
