"Pero aunque toda herida deja una cicatriz, no importa la hoja seca de una rama florida, si el dolor de esa hoja no llega a la raíz."

―José ángel Buesa

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Salieron del agua en silencio sin dirigirse palabra o mirada alguna.

—Caminaremos hacia esa colina. Dejé ahí armas, necesitas secarte.

Mikasa no dijo nada, solo siguió al soldado en cuanto comenzó a avanzar. No les tomó mucho llegar frente al árbol.

—Ahí hay una manta, encenderé una fogata así que avísame cuando acabes de quitarte la ropa mojada.

Acto seguido, abandonó el lugar. Mikasa quiso decirle: no te vayas. Pero habría sonado como una chiquilla pues al final era obvio que no iba a dejarla, estaría fuera del tronco sin dejar de empuñar la Glock.

Cuando intentó quitarse la ropa sintió una abrumadora pesadez, la adrenalina se agotó como el combustible de una camioneta dejándola sin fuerza. Con dificultad se quitó los pantaloncillos, la camisa y el sostén, dubitativa se despojó de las bragas y se envolvió rápidamente en la manta que para su suerte era lo suficientemente grande para cubrirla toda.

Sintió más frío que antes e irónicamente tenía la garganta seca, articular un "puedes entrar" le costó horrores.

Levi entró silencioso, con algunos troncos cargando. Siguiendo el cliché de la situación Mikasa pensó que golpearía algunas rocas o tallaría troncos hasta que una hermosa y cálida fogata apareciera ante ellos, pero no. Lo observó recorrer el tronco hasta una ventanilla semicubierta por enredaderas, se agachó y comenzó a rascar la tierra con las manos, pronto volvió con un paquete o eso es lo que parecía con la escasa luz de luna que entraba desde la punta del viejo árbol.

El aroma le resultó familiar: gasolina. Arrojó el liquido sobre los troncos y las ramas, volvió a acomodar el paquete en su escondite y posterior a encender un fósforo la luz se hizo frente a ellos.

Cuando las llamas empezaron a danzar el cuerpo de Levi se volvió mayormente visible: el torso desnudo estaba lleno de escoriaciones y en los brazos tenía brillantes líneas rojas producto de los múltiples encuentros con los cuchillos.

No pudo protestar cuando lo vio tomar su ropa y ponerla en un soporte improvisado cerca del fuego, tomaba las bragas como si de una simple franela se tratase "Probablemente haya tenido muchas otras entre sus manos, antes."

Lo observó acomodar los troncos, Con la mirada fija en el fuego, aquellos ojos eran de otro mundo, eran bellos y atemorizantes. Las llamas danzantes sobre su blanca piel eran hipnotizantes, su cabello mojado pegándose a su frente un extraño juego de sombras y entonces, lo que vio la hizo recordar la situación actual: un líquido rojo escurrió por su mejilla.

—¿Estás bien? ―La sorprendió la voz ronca y áspera de Levi, que no parecía tener la más mínima intención de mirarla.

―Creo que esa era mi línea, estás sangrando. ― él no se inmutó, se levantó y comenzó a buscar otra cosa sin hacer caso a lo señalado.

Su espalda desnuda era aun más impresionante porque era el sujeto anatómico ideal para estudiar los músculos del cuerpo, cada uno perfectamente delimitado como si estuviese pintado, eso distrajo a Mikasa y debió verse como una tonta cuando Levi volteó de súbito con una cantimplora en las manos.

―Está vacía, así que no te emociones, tengo que llenarla. No tardaré sólo…

—¿Por qué lo dejaste vivir? ―Lo que en realidad quería decirle era "¡No! Es peligroso", pero ya bastante frágil se había mostrado esa noche, no era una niña asustada, no. Era una mujer fuerte y decidida…en una muy mala circunstancia.

—¿Querías que le matara?

—Sí.

—Tenías razón, no estaba aquí solo por el parque.

Si Mikasa había sentido la imperiosa necesidad de agradecerle por sacarla de ahí, ahora se sentía furiosa porque no sólo la había arrojado al agua enfrentándola con su mayor temor, ¡No! la había llevado a la profundidad en todos los sentidos y encima le había mentido.

Recordar el momento no fue de ayuda, sintió en el cuerpo un extraño estremecimiento, quizá era una técnica de salvamento bien extraña, o sofisticada según su creador, pero sentir aquellos labios sobre los suyos la tomó totalmente desprevenida, sintió que caía en un vacío donde no podía aferrarse a nada que no fuese el hombre frente a ella.

Nunca había sentido algo así antes, quizá era porque hace mucho que besaba a alguien, eso no era lo importante, solo sabía que estaba furiosa y no encontraba razones.

—Lo sabía, eres un bastardo mentiroso, ¿Es por él? ¿Lo busca tu gobierno?

—Creí que también eras norteamericana, pero hablas como si odiases a todos los americanos.

—No me importa serlo, nunca me ha traído nada bueno y no es que odie a los latinos, odio a la gente blanca como tú. Que miente para conseguir lo que quiere.

―Iré por agua, quédate aquí.

―No voy a recibir tus malditas órdenes.

―Claro, entonces ve caminando por la selva desnuda y sin calzado, sin luz y sin armas. O sostienes esa manta para cubrir tu cuerpo o cargas el arma y me disparas porque no pienso dejarte por más molesta que seas, mi trabajo es también llevarte a salvo hasta el parque…―todo ello lo soltó como si de un trabalenguas se tratara, sin tomar aire, de pronto llevó su mano a un costado de su cabeza justo donde Nami lo había golpeado. ― ¡Maldición, niña! Haces las cosas demasiado difíciles

―Espera, te duel…―no la dejó continuar la frase, salió del tronco con la cantimplora en la mano.

Los minutos que siguieron se hicieron cada vez más insoportables, Mikasa contaba cada segundo, temerosa de que no volviera.

"40 Mississippi,

41 Mississippi,

43 Mississippi,

44 Missi…."

― ¡Esto no tiene sentido, Dios! Claro que puedo dispararle y cubrirme al mismo tiempo, vaya idiota si cree que no.

Buscó entre las cosas que había ahí y encontró otro cuchillo de caza. Con él hizo un agujero a la manta, justo a la mitad y lo suficientemente grande para que cupiese su cabeza en él. Lo que necesitaba era una soga, una que estaba justo debajo de un fusil. Anudándolo a su cintura puso fin a su atuendo monacal, tenía frio porque había muchas aperturas y si se movía mucho es probable que fuese a soltarse y mostrar todo.

―No sabía que eras diseñadora de modas.

―Tú… ―Era jodidamente silencioso, más que un gato.

―Toma, ―Le lanzó la garrafa y ella no lo pensó en lo absoluto, tenía bastante sed. Él se sentó cerca de la entrada del tronco y aunque quería disimularlo entrecerraba los ojos como si tuviese sueño. Mikasa se alarmó.

―Aquí tienes.

―Pudiste haberla arrojado de regreso.

―Deja que te revise ese golpe en la cabeza.

―Estoy bien, no es la primera vez y sé lo que hay que hacer…―Ella no le dejó terminar sus peroratas, vertió agua de la garrafa en la cabeza de Levi haciendo que se sobresaltara pero en vez de apartarse se quedó quieto dejando que Mikasa examinara la herida.

―No está bien, es una herida abierta y tendrán que revisarla con más cuidado en la clínica de la ciudad, debe ser muy dolorosa….Dame la linterna.

― ¿Qué?

―Dame la linterna, estoy segura de que habrá por aquí algo que podría ayudarnos.

―No voy a dejar que vayas por ahí iluminando nuestra posición.

―No soy tonta, como usted cree, capitán. ―Reconoció que había sido muy despectivo y altanero, tampoco es que Mikasa fuese una mujer débil, ni boba, decidió confiar y le entregó la linterna.

No demoró mucho y desde "la puerta" la vio buscar entre las hierbas.

―Aquí, están. ―Traía un montón de hojas alargadas y de verde brillante que comenzó a lavar con agua.

― ¿qué es eso?

―Se llama Warburgia salutaris, aunque la gente de aquí también le dice árbol de corteza de pimienta. Cada vez hay menos, porque es famosa por sus propiedades medicinales, se vende bien y creen que su efecto más potente se obtiene de la raíz, aunque los estudios nos dicen que también de las hojas. Sería mejor su pudiéramos hacer un té o algo y ponerla sobre la herida, pero la pasta debería bastar por ahora. ―mientras explicaba, Mikasa machacaba con sus manos las hojas, a modo de obtener una papilla verde que esparció en la cabeza de él.

―Conoces bien este lugar, ¿no es así? ―Cortó un trozo de manta a modo de venda.

—Mi madre era etóloga y mi padre biólogo. Ambos enamorados de la fauna de este lugar establecieron su campamento en la montaña. Viví en medio de esta selva, con los animales como mis amigos y mi pasatiempo era andar tras mis padres atendiendo sus lecciones sobre las plantas. Era muy feliz.

Pero un día la cabaña donde vivíamos fue atacada por unos ladrones o eso es lo que creí en ese entonces, hoy pienso que podrían haber sido hombres como los que me secuestraron. Después de todo mis padres investigaban para demostrar al mundo que valía la pena proteger este lugar. Asesinaron a mi padre y cuando quisieron llevarnos a mi madre y a mí, ella también murió. Creí que sería mi fin, me quedé paralizada y entonces… una silueta apareció en la puerta. Un enorme gorila lomo plateado entró y atacó a los ladrones. En el forcejeo uno de ellos dejó caer el cuchillo que asesinó a mi padre, lo tomé y lo encajé en uno de sus costados.

El animal debió reconocerme porque no me hizo daño, fue tras el otro hombre que se dio a la fuga.

Cuando llegaron los guardias, levantaron los cadáveres y me llevaron a la ciudad. Me enviaron a Londres, con un viejo amigo de mi padre: el Dr. Jeagër.

Me gradúe, trabajé algunos años en Europa, pero regresé a este lugar porque sentí que tenía que continuar la labor que mis padres iniciaron. Este siempre fue mi hogar y tenía que protegerlo. Y hoy siento que les he fallado. Terminé.

Se sentó a un lado de él y miró a la fogata.

―Gracias. ―No sabia con exactitud qué es lo que agradecía, si su amabilidad o su confiada honestidad por haberle contado su vida, extrañamente sentía que debía decirle algo también.

―Yo no conocí a mi padre, asumo que fue un bastardo porque dejó a mi madre enferma y sola conmigo. Ella era una prostituta que quiso a su hijo por sobre todas las cosas hasta que murió. Su hermano era un mercenario que me enseño de cierto modo a sobrevivir en este mundo, solo que no se quedó a verme matar y robar. Un mal día fui atrapado, en prisión notaron que podía serles de ayuda y me ofrecieron trabajar para el ejército. Ya sabes qué decisión tomé. ―Por primera vez en toda la noche, miró a Mikasa directamente a los ojos y continuo su relato ―A lo mejor no te importa la opinión de un norteamericano idiota, pero creo que lo ha hecho bien, Mikasa, protegiendo la selva y a tu gente…eres una necia malcriada pero también eres una buena mujer, una mujer muy bella…me siento raro…―Mikasa detuvo su caída y lo acomodó en su regazo.

―Lo siento capitán, olvidé mencionar el efecto sedante de la planta.

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