"La cobardía es asunto de los hombres, no de los amantes. Los amores cobardes no llegan a amores, ni a historias, se quedan allí."

―Silvio Rodríguez

.

.

.

.

.

.

.

―Lo siento, capitán, lo…lo siento. Es solo que yo no quiero ser un cobarde toda mi vida…

― ¿No te siguieron?

―No, si ustedes no me vieron ellos tampoco.

― ¿Nunca te fuiste?

―No, volví con mi padre cuando lo había dejado en la campamento pero esa misma noche huí, dudé sobre si debía o no continuar y me quedé en una caseta a 10 km. Me asustaron las detonaciones y temí que estuvieran…

―Bien, ya no importa cómo pasó todo…―Levi no paraba de mirar hacia todos lados: estaba siendo precavido, no podía confiar del todo en las personas pero al no encontrar ningún otro indicio de preocupación optó por creerle. Reparó en la mochila que abrazaba el joven― ¿qué tienes ahí?

―Es comida, deben tener hambre ¡y también traje un botiquín!

―Vamos. ―Lo levantó del brazo y lo arrastró rápido hacia el escondrijo.

Mikasa ahogó un grito cuando lo vio aparecer, pero el gorila sintió su temor y se despertó con un brinco.

―Kitwana…―pegó más hacia su pecho al gorila bebé.

―Hola, directora. ―Apenas la vio un segundo, agachó la mirada y se mantuvo así aun después de que el capitán entró, acabando de enjuagarse el barro.

―Levi, ¿qué está pasando?

―Vino a visitarnos.

―Yo…lamento en verdad todo lo que pasó. Nunca fue mi intención que la lastimaran, tenía que hacer lo que ellos me pedían para mantener a salvo a mi familia, yo…

―Está bien, lo entiendo, aunque no deja de ser decepcionante que no confiaras en nosotros. ―expresó a la vez que trataba de calmar a la cría.

―Antes éramos débiles, por eso caí tan bajo y traicioné a mi familia…―levantó el rostro ―pero el capitán me hizo ver que existe una posibilidad de ganar. De hacer justicia.

―Traes comida, ¿No es así?

―Sí, tomen.

De la mochila sacó unos paquetes con galletas y latas de atún. Se ofreció a cuidar al animal para que la directora pudiese comer, no era la primera vez que tenía a una cría en sus brazos. Este era uno más de los tantos huérfanos que recogían cada año tras la matanza de los furtivos.

Levi y Mikasa se lavaron las manos y comieron sin cubiertos o recato alguno, a él le pareció asombrosa la manera nada cohibida en que ella tomaba los alimentos e ingería casi con disciplina militar. Extrañamente tierna.

―También dejé oculto el Land-Rover que usa mi padre.

A eso último reaccionaron con suma atención los que comían. Era el fin de sus problemas.

―Es magnífico, podremos llegar al campamento antes.

Para cuando la segunda lata de atún quedó limpia, la lluvia se había detenido, pero Levi optó por pasar la noche ahí y continuar mañana dado que el tramo que faltaba lo harían en auto, simplificando las cosas.

―Yo cuidaré esta noche, pueden descansar.

Ella iba a replicar, pero bastó en la mirada de Levi la detuvo. Era como si sus ojos azules hubieran perdido brillo, melancólicos y necesitados de soledad. Se quedó sentada, recargando la espalda sobre la roca, cubierta por una de las mantas que Kitwana trajo consigo. Al poco de cerrar sus ojos se dejó llevar por la calidez irradiada desde su regazo que "Akin", así es como había resulto ponerle al gorila, le proveía. El joven ranger dormía en otra de las esquinas del escondrijo.

No supo cuánto tiempo pasó pero aún estaba oscuro cuando despertó, parpadeó un par de veces hasta enfocar y cuando lo hizo se exaltó al sentir que Akin no estaba. Antes de alertar a todos lo buscó en la cercanía y su sorpresa fue grande cuando lo miró a un lado de Levi que cuidaba la entrada.

― ¿Qué? ―susurró.

―Gateo hasta aquí y aunque no estoy de acuerdo con que lo lleves, no dejaría que se fuera. Vuelve a dormir.

―Ya descansé, es tu turno.

―Está bien, pronto nos iremos.

Haciendo caso omiso, abrió la bolsa de Kitwana y sacó el botiquín.

―Esa venda es un desastre.

Él inhaló profundo y la miró fijamente para después hacer un gesto de desinterés. Mikasa se acercó cuidando no pisar a Akin. Hincada frene a él quitó la venda improvisada, limpió con unas gasas y alcohol la herida que aún no cerraba y cuyos bordes se veían más hinchados que antes. Él no se quejó en ningún momento, ni siquiera cuando arrojaba chorros de antiséptico. Solo cerró los ojos y ella contempló la palidez de su piel, tal delgada la que la formaba sus parpados que se distinguían algunas vénulas.

Para atar la nueva venda, levantó algunos mechones de cabello, pasó sus manos sobre las hebras negras, tan oscuras como el de ella: era suave y olía bien. No supo de donde surgió la osadía de pasar más allá de la herida, de recorrer el resto de la cabeza, de descender por su nuca rapada, él no dijo nada y tampoco abrió los ojos. En silencio ambos continuaron el extraño rito, él quieto y ella ascendiendo por detrás de las orejas hasta palpar parte de sus mejillas y regresar a la nuca. Había algo satisfactorio y excitante en el acto; se sentía como una niña traviesa, curiosa, alegre. Se detuvo cuando una expresión cruzó la cara de él.

― ¿Eso es bueno o malo? ―se atrevió a preguntar, en un susurró.

―Muy bueno. ―Se pegó a su pecho, enterrando la nariz en la clavícula, respirando cada vez más lento hasta quedarse dormido.

Mikasa continuó danzando sobre las hebras oscuras, así hasta que la bruma comenzó a dispersarse y los primeros rayos del sol se colaron entre las copas formadas por aquellos colosales árboles.

En un momento se preocupó, pensando que el golpe en la cabeza era más serio de lo que creyó y comprobaba su respiración cada cierto tiempo.

Cuando ya no había más resto de niebla, Mikasa supo que era hora de regresar a la realidad. El cuerpo sobre ella comenzó a moverse y nerviosa no atinó a hacer otra cosa que cerrar los ojos y fingirse dormida.

Levi se levantó sin acabar de asimilar lo que había hecho esa noche, no es que fuera un pecado pero se sentía como tal. La miró, el pecho sobre el que había dormido, subía y bajaba acompasado. Quiso ponerse de pie y el traqueteo el pequeño Akin se despertó sobresaltando a todos.

―Creo que la criatura sabe mejor que nosotros que debemos irnos.

―No es "la criatura", se llama Akin. ―Le interrumpió con hosquedad la directora.

―Iré a comprobar que todo esté en orden allá afuera, levanten todo. Nos vamos. ―La ignoró.

Se sintió un tanto furiosa pero más triste porque parecía que él no tenía la mínima intención de pensar en lo sucedido. Quizá no lo recordaba, quizá había estado alucinando, sí… "No te mientas, Mikasa".

―Está limpio, vámonos.

Kitwana al frente, como una prueba de confianza, Levi en la retaguardia y Mikasa al medio. Así avanzó la diminuta caravana que debía llegar antes del mediodía a la caseta y de ahí al campamento Kibumba.

Akin miraba con curiosidad todo lo que rozaba su cabeza mientras avanzaban y de vez en cuando miraba con curiosidad a Levi, ocultándose en el cabello de su protectora cuando el soldado le dedicaba un ceño fruncido. Era algo estúpido pero a Levi le gustó la reacción que provocaba, así que lo hacía con más frecuencia hasta que de pronto Mikasa volteó de súbito y lo atrapó en el acto. Por primera vez en su vida se sintió avergonzado, más cuando ella rió con soltura, como nunca la había escuchado. Nadie le enseño a lidiar con aquello, le habían enseñado a desarmar bombas y armar una pistola con los ojos vendados pero nadie le preparó para esa risa, ni esos ojos. Metió la pata.

—Nadie dudará que eres su madre, se parecen bastante. —Mikasa se sorprendió por lo atrevido e inusual del comentario aunque igual quiso golpearlo.

―Realmente empiezo a preocuparme por el golpe en su cabeza, está muy extraño desde ayer, capitán.

Un tanto contrariado, tragó fuerte y replicó.

—Tenemos que seguir avanzando. ―Akin jadeó maravillado por una mariposa que se posaba en su nariz ―Dile al enano que se calle, no me arriesgaré a que nos descubran por sus aullidos.

— ¿Enano? Creo que no estás en altura de decir eso— y sonrió asestando un fuerte golpe a la estabilidad emocional del hombre blanco.

Acabaron de beber el agua de las cantimploras; en reiteradas ocasiones Kitwana se ofreció a cargar al gorilita, Mikasa se negó enérgica.

Todos se sintieron aliviados cuando avistaron una antena de radio. Habían llegado a la caseta.

Kitwana se adelantó, corriendo. Levi colocó su mano sobre el hombro de ella, pidiéndole que esperase.

―Tengo que asegurarme de que esto no sea una trampa.

Ella asintió levemente, y lo observó salir de la espesa maleza cargando el fusil en todo momento.

Llegó a la puerta y le hizo una seña para que se acercara. No había nadie en el lugar. Kitwana les dijo dónde estaba el auto y ambos hombres se dispusieron a quitar los restos vegetales que lo mantenían oculto.

―Hay suficiente combustible para llegar a Kibumba pero no a Tchegera.

―Está bien, ahí nos esperan.

Subieron al auto, Mikasa no podía creer que finalmente irían a casa. Abrazó con más fuerza al pequeño Akin, que tan bien se había portado en todo el camino, y suspiro aliviada. Se permitió mirar con calidez al capitán sentado junto a ella en el asiento trasero y que éste le correspondiera con toda la honestidad que sus endurecidos rasgos le permitían.

El camino descuidado y atropellado como la mayoría de las que no eran rutas principales fue clemente comparado al recorrido que realizaron a pie y al poco fue mejorando cuando se integraron a la vía principal. Fue entonces cuando Mikasa se exaltó:

―Esperen, ¿cómo sabemos que no están en Kibumba, esperándonos?

―No lo creo, saben que todos se fueron a Tchegera.

―Sí, pero es el lugar más cercano.

―No podemos ir a Tchegera, la gasolina no alcanzará.

―Escuché a mi padre decir que acompañaría al Dr. Arlet y al Sr. Kirschtein, estaremos bien.

La intranquilidad duró hasta que atisbaron las cabañas del centro de control y dos autos estacionados frente a ellas. Prontos a estacionarse dos cabeza rubias, una más clara que la otra, y un semblante oscuro aparecieron en la puerta.

― ¡Armin!

Mikasa no pudo contener su emoción, el biólogo era la familia más cercana que tenía, un amigo incondicional.

―Cuidaré de Akin, ve a verle.

La directora aceptó la propuesta de Levi y salió del auto apenas se detuvo. Corrió verdaderamente emocionada de volver a su campamento, con sus amigos, con su familia. Su amigo la esperaba con los brazos abiertos.

―Bienvenida. ―Se abrazaron fuertemente como si no se hubiesen visto en años.

―Oh, Armin, no sabes cuánto me alegra verte.

―A mí también y más aún el saber que estás bien.

Extasiada compartió su alegría estrechando a Jean, que de la emoción correspondió torpemente al gesto, también a Tafari el padre de Kitwana.

―Tengo un pequeño en el auto.

Armin observó al capitán lidiando con algo parecido a un enorme oso de peluche negro. Kitwana ya bajaba del Land-Rover.

―Podría llevarlo a Senkwekwe Mountain una vez que revise al capitán, lo siento no pudimos conseguir un médico. Dijo que estaba demasiado ocupado pero que vendría pasado mañana. Veré la herida y si creo que es serio lo llevaremos rápido a Goma.

―Pasado mañana es mucho tiempo, no ha sangrado, pero ha estado mareado y un tanto extraño desde ayer.

― ¿Extraño?

―Luego te cuento, pondré a Akin en mi oficina hasta que podamos llevarlo a un lugar seguro.

―De acuerdo, le diré a Jean que me ayude a llevarlo. Mientras, puedes ir a cambiarte.

Fue entonces que Mikasa reparó en lo desastroso de su apariencia, estaba llena de lodo seco y el cabello enmarañado por Akin, con múltiples ramas.

―Capitán, me alegra verlo. Muchas gracias, no sé cómo agradecerle.

―Con que me quites a este pequeñajo será suficiente. ―Levi intentaba librarse de Akin que tiraba de sus cabellos con diversión y más fuerza que un niño de 8 años. ―No quiero quedarme calvo.

El veterinario sonrió con pena, atrajo al gorilita con unas bananas que Jean traía y ya en brazos le indicó al soldado:

―Espéreme en su cabaña, iré a revisarle enseguida, hemos dispuesto baldes de agua limpia y fresca para que disponga de ellos como le plazca.

―Gracias.

Salió del auto y se estiró, el crujir de sus huesos evidenció el cansancio acumulado. Observó a Mikasa entrar en su dormitorio, apresurada, y optó por imitarla aunque sin tanta premura.

No importaba que el agua estuviese fría, era un deleite el limpiar su cuerpo de las hojas secas, el barro, la sangre y el sudor. Le ardió cuando pasó el jabón por sus heridas, pero reconoció el sacrificio cuando se calzó y vistió con ropa limpia. Optó por unos pantalones ligeros color arena y una playera blanca. Se sentó en la orilla del catre y despacio se fue acostando.

Abrió los ojos y se encontró en el medio de la selva, una selva llena de humo rojizo, al instante los disparos pasaron sobre su cabeza, viniendo en todas direcciones. Buscó su arma pero no la tenía, no había muchas opciones, sin un arma estaba indefenso en esas condiciones. Se resignó a esperar su momento, si tenía la oportunidad lucharía cuerpo a cuerpo con su oponente y con sus propias manos arañaría la vida hasta el último instante. Eso pensaba, sí, hasta que de pronto una idea pobló su mente: para qué. ¿Qué le esperaba allá afuera? ¿Había alguien en casa para recibirle? ¿Cartas que contestar, mensajes en el teléfono?

Se estaba asfixiando, aun pecho tierra, por toda esa niebla tóxica cuando escuchó su nombre en un susurro primero y luego cada vez más fuerte, primero una voz de mujer y luego la de un hombre.

Tardó en reconocerles y cuando lo hizo, tuvo la sensación de que ya era tarde. Se levantó sin importarle que fuese acribillado, corrió en la dirección que venían los gritos, cada vez más tenues.

― ¡Isabel! ¡Farlan! ¡Isabel! ¡Dónde están!

Ya no hubo más gritos, la maleza disminuía y entonces llegó a un claro donde iluminados por la luna dos cuerpos yacían sin vida.

Abrió la boca y gritó pero nada salió, siguió intentándolo, con desesperación. Creyó que estaba muerto, porque nada de lo que pasaba era lógico, después pensó que era el infierno y solo estaba pagando por todas las vidas que a lo largo de los años había arrebatado porque aunque la mayoría eran malditos, él no era Dios para quitarles las vidas. Continuó creyendo que se volvería loco porque su voz no salía, se quedaba retumbando en su mente, hasta que su cuerpo comenzó a sacudirse violentamente. Cerró los ojos, sintió que caía a un abismo y despertó.

Frente a él Mikasa y Armin le miraban con mucha preocupación.

.

.

.

.

.

.

.

.

.