"Bravo león, mi corazón tiene apetitos, no razón."
―Alfonsina Storni
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—Qué…yo…
El veterinario iluminó sus pupilas.
— ¿Está bien?
—Lo estoy.
—No te estoy preguntando a ti.
—Neurológicamente no hay indicios de afectación grave. ¿Me permite revisar su herida, capitán?
— ¿Nada grave? ¿Y eso qué fue?
—Una pesadilla, ¿Nunca has tenido una? —replicó Levi mientras se incorporaba, despacio, contemplando el atardecer entrar por sus puertas y ventanas. Reparó en Mikasa bañada y vestida apropiadamente: unos pantalones azul marino, estilo militar aunque más ligeros y una camisa blanca que llevaba arremangada.
Armin revisó la herida y constató los mismos hallazgos que su amiga refirió. Pensó que los bordes no estaban cerrando bien pero suturar sin anestesia era un martirio al que no quería someter al hombre. Podían esperar. Sólo colocó nuevamente el vendaje.
—Si no le molesta, el médico llegará a Tchegera hasta pasado mañana.
—No tengo inconveniente.
—Bien, iré a encargarme de la cena. —cerró su maletín y miró a Mikasa. —Estaré en la cocina, si necesitas algo.
Ella asintió suavemente, sin despegar la mirada del suelo. Cuando el sonido de pasos dejó de ser audible, Levi fue el primero en romper el silencio:
—Estoy bien, siento si te asusté hace rato.
—Sí me asusté, creí que estabas teniendo un ataque o algo parecido. No despertabas sin importar cuan fuerte te sacudíamos. Pero tú te ves tan tranquilo y eso es lo que peor me sienta.
Se miraron a los ojos por primera vez desde que llegaron.
—No tengo ningún mueble para ofrecerte asiento, así que si quieres...—se movió haciendo espacio en el catre y señaló el espacio vacío.
En realidad dudaba que aceptase la oferta pero nadie iba a decir que no intentó ser cortés. Abrió de más los ojos cuando ella se sentó a su lado y empezó a hablar.
— ¿Te pasa seguido?
— ¿El qué, las pesadillas?
Ella movió la cabeza arriba y abajo suavemente.
—Sí, desde hace algunos años.
— ¿Quién era Isabel? ¿Tú esposa?
A él le tomó por sorpresa la pregunta. Ahora entendía que en su sueño no escuchaba nada pero en la realidad había lanzado gritos terroríficos.
―Era mi hermana.
Mikasa que hasta ese momento se mantenía mirando la puerta, giró el rostro y le miró otra vez a los ojos, sorprendida.
— ¿Tu hermana? No mencionaste nada de eso la otra noche.
—Sí, ella no era hija de mi madre, nos conocimos en el ejército. En la academia también conocí a Farlan, sus padres eran de España y tras el sueño americano se quedaron atrapados en Chicago o eso es lo que él decía. Tocaba muy bien la guitarra.
Éramos jóvenes, atrevidos, no teníamos un hogar o una familia que nos esperara así que llevábamos a cabo las misiones más locas y suicidas de todas. Un día algo salió mal: creí que podía solo y me alejé del grupo. Cuando volví…bueno, no recuerdo si grité o no, simplemente desperté en un hospital lleno de tubos y conectado a muchos aparatos.
Ellos no lo lograron, nadie lo logró. Tarde me di cuenta de que ellos eran mi familia, la única familia que tuve y no pude proteger. Sentí como si yo los hubiese matado y quizá no estoy tan equivocado, mi arrogancia los ma….
— ¡No! —las níveas manos tomaron su cara con violencia y enmarcaron su rostro con ternura. — Querías protegerlos…pero no siempre podemos salvar a quienes amamos, casi nunca…
Comenzó a llorar, agachó la mirada para que no viese las lágrimas surgiendo en abundancia. Levi la atrajo, la abrazó, temeroso al principio y luego muy fuerte, como si quisiera fusionarse con ella.
Hundió la barbilla entre las oscuras hebras y aspiró, luego depositó besos tiernos, silenciosos. En eso estaba cuando Mikasa tiró de su camiseta y buscó con desesperación sus labios.
Fue un beso atropellado, de labios cerrados, donde ella reverenciaba, ofrecía sus caricias, se presentaba.
Para ambos era ridículo que en las películas los protagonistas tuvieran sexo en las situaciones más complejas, pero ahora eso no importaba y estaban a punto de hacer lo mismo.
Dicen que cuando uno tiene experiencias llenas de adrenalina es común sentirse atraído por la persona que acompaña. Eso a Mikasa no le constaba, solo tenía la certeza de no querer pensar en nada más, de querer ser abrazada por esos fuertes brazos, en palpar la integridad de la espalda ancha que contemplaba desde el día de su rescate, en escuchar de cerca el tum-ta del corazón ajeno y la respiración golpeando contra sus pechos.
Dejó de jalar la tela blanca y comenzó a bajar por los pectorales firmes frente a ella. Descendía, a medida que sus bocas iban conociéndose mejor, que sus labios aprisionaban con más fuerza y eran cautivos de la misma manera.
Llegó al borde de la playera, metió los dedos, tocó con las yemas y luego la mano entera paseaba por los rectos del abdomen. A esas alturas, Levi no daba más besos tiernos, eran demandantes, empujando la cabellera sedosa contra sí, combatiendo con sus labios, decidiendo si perdía o dominaba cuando ambas opciones resultaban benéficas para él.
Ella estaba desabrochándole los pantalones cuando la detuvo.
—No, no tengo nada…nada como un preservativo en este lugar y así no es correcto.
Mikasa disimuló una carcajada con una sonrisa. Estaban a punto de cruzar la línea de jefa-empleado, protector-encargo, no tenía idea de cuál era su status, pero a él eso no le parecía malo. Malo era tener sexo sin protección. Bendito Dios por hacer hombres conscientes, se dijo, y le miró a los ojos acostumbrándose a la oscuridad que inundaba la estancia.
—¿Temes un embarazo o hay algo más que deba saber?
—Soy sano por lo que puedes ver y respecto a lo otro, definitivamente no sería un buen padre. —se pasó la mano por el cabello, despejando su frente. —Por eso debemos dejar esto aquí.
—Tú dices eso, pero tu cuerpo no piensa lo mismo.
Una enorme erección presionaba la cremallera del pantalón arena. Mikasa no sintió vergüenza cuando la recorrió con la punta de sus dedos: caliente, dura. Él jadeó.
—No hagas eso.
—No tengo problema con los embarazos— el soldado parpadeó tres veces seguidas, enterneciendo aún más a la directora que se puso de pie y caminó hasta la puerta. —Yo tampoco quiero uno ahora, tengo el implante.
Cerró la puerta y aquello fue como un interruptor. Levi se sacó la playera y ella se quitó la camisa.
La alcanzó en la puerta, uniéndose en un beso mientas ella retomaba su labor de desabrochar los pantalones y él desabrochaba su sostén.
Bajó el cierre y el miembro saltó frente a ella, apuntándole la entrepierna. Sintió el calor ascender desde la punta de sus pies hasta la parte baja de su vientre. Enredó una pierna alrededor del hombre que besaba y mordía su cuello. Ambos se apretujaban, con desesperación. Las respiraciones se aceleraban. Se sobresaltó cuando sintió las manos en sus nalgas y luego el tirón sobre sus muslos. La cargó hasta el catre pero luego cambió de dirección. Mikasa estaba extasiada y sonreía.
— ¿Qué haces? —preguntó cuándo la dejaba sobre la mesa cubierta con un paño de lino gris.
—Ese catre no aguantará.
Le sacó los pantalones y la ropa interior de un tirón. Abrió los muslos y sintió los dedos deslizarse por su íntima entrada, arqueó la espalda cuando el primero de los dedos se introducía.
No recordaba la última vez que lo había hecho, porque básicamente no podía pensar en nada que no fuese la lengua ardiente que recorría sus pechos o los espasmos que la sacudían. Estaba cerca de tener un orgasmo.
Tiraba de su cabello, lo revolvía, aquella era una imagen celestial a los ojos del capitán que se concentraba más en mover con destreza sus dedos. Hubo un grito, agitó las manos y cayó sobre la madera así como una taza que también estaba sobre la mesa y acabó haciéndose pedazos en el suelo.
—Eso fue…grandioso.
—Me debes una taza.
En la cocina Armin pelaba papas y cuidaba el arroz que hervía sobre la pequeña estufa eléctrica. Jean apareció por la puerta, con una expresión de pena en la cara.
— ¿Les dijiste que ya casi está lista la cena?
—No creo que vayan a venir pronto.
— ¿Eh?
—Escuché mucho ruido, muebles moviéndose y cosas rompiéndose. Creo que discuten.
—Ah…siendo así, creo que es mejor dejarles todo listo para cuando vengan.
El más alto asintió y se ofreció a pelar los tubérculos.
Levi ya estaba dentro, empujando a un ritmo desquiciante: constante y fuerte. Mikasa se aferró a los bordes de la mesa pero no bastaba. Cada vez que sentía aquella enérgica presencia dentro de ella, creía que moriría y sin embargo, lo apretaba con sus piernas y algo más.
Se estiró para poder satisfacer la curiosidad de navegar en esa espalda, esos músculos que se tensaban maravillosamente con cada embestida y entre besos lo atrajo hacia sí. Cubiertos en un sudor distinto al de la batalla, porque era uno mucho más dulce, mezcla de los dos, que les permitía recorrer sus cuerpos con facilidad.
—Ya no puedo…es...¡Nn! ¡Ah! —Mikasa comprobó que las mujeres eran multiorgásmicas. —Me siento extraña… ¡Ah!
Levi le besó y aceleró los movimientos de sus caderas. A ella se le fue el alma al cielo. Él tocaba el orgasmo y quiso retirarse del cuerpo de ella, pero lo detuvo, tirando de su mano.
—Está bien, puedes…puedes hacerlo dentro.
Con esa mujer había conocido la vergüenza y ahora se ponía rojo, eran muchas sus primeras veces que se estaba quedando. Tembló cuando dejó salir el líquido caliente. Creyó que no podría mantenerse en pie y la abrazó.
Ese era el momento en que debían decir que se amaban, o eso es lo que siempre se dice. Pero ellos fueron prudentes al callar, un te amo en medio de jadeos o al final de aquello perdía su validez si era la primera vez que se pronunciaba. Amor es una palabra muy usada y sobretodo desperdiciada.
Se permitió mirarla y se asombró: estaba sonriente, plena, con las mejillas enrojecidas y los labios más sobresalientes. Sonrío también, contra la tersa piel.
—Te llevaré a tu cabaña.
—Puedo caminar, gracias. —Ella tenía sumas ganas de molestarlo, de que le mostrase más y más expresiones. Con él sentía avivar su sentido explorador, volvía a ser la niña tras la mariposa de exuberantes colores. — ¿Y tú?
No dijo nada, abrochó sus pantalones y la tomó con todo y paño de lino, envolviéndola. Cargándola como recién casados, salió de la cabaña.
— ¡Estás loco! Van a vernos
—No si no haces ruido.
Le ayudó a abrir la puerta de su cabaña, pasaron sonriendo pero la pena les impidió verse.
―Iré a bañarme. Puedes quedarte, si quieres.
No esperó su respuesta, huyó hacia su modesto baño con calentador solar. Acabó de vestirse y al salir lo observó sentado en una silla, mirando por la ventana. Cuando reparó en su presencia, se ofreció a secar su cabello. Caminaba toalla en mano, sonriendo en la tenue oscuridad que la lámpara ofrecía cuando el infierno cayó sobre ellos como la realidad que habían ignorado en las últimas horas.
Una ráfaga de disparos los alertó, helándoles la sangre. Él fue el primero en ponerse de pie, con auténtico terror en su mirada porque estaba desarmado. Mikasa se preocupó al instante por sus amigos en la cocina y quiso salir para alertarlos, él la detuvo justo cuando un altavoz transmitió el mensaje.
― ¡Hombre blanco, sal!
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Espero que mantengan la cordura lo más posible, en este caótico ambiente mundial y que estos breves capitulos les distraigan un rato.
¿Qué les pareció el lemmon? Pensé advertirles pero...eso arruinaba la sorpresa. Déjenme sus comentarios, siempre me animan aqui y en la vida diaria.
Peace love. xoxo
