Sin derecho a matarme, todo tiene una explicación. besos. K.
C, eres la mejor beta del mundo.
YNTE 33
Rumbo a NYC
Sentada en la esquina de su catre maloliente Anne cubría sus oídos con las manos, tratando en vano de ahogar el continuo tormento al que estaba sometida, no podía resistir seguir escuchando más los gritos de dolor, ni podía seguir soportando las noches en vela tratando de impedir que Terry saliera a donde quiera que se le ocurriera ir en sus momentos de delirio, tampoco era capaz de contenerlo, y le aterraba acercarse a él por lo cruel que podía llegar a ser tanto lúcido como delirante, no seguía a su lado por elección, sino por falta de opciones, parecía que había sido condenada a purgar cada uno de sus crímenes de esta manera. Lo observó de reojo, tratando de no ver demasiado fijamente, de no mover ni siquiera un músculo, incluso de no respirar, no quería atraer su atención, en estos días Anne hacía hasta lo imposible por hacerse invisible.
La otrora soberbia figura del actor yacía desmadejada sobre el paupérrimo lecho, la fiebre era demasiado alta y lo mantenía en un constante estado semi inconsciente, se encontraba a la deriva entre el letargo, el delirio, y muy raramente pisaba la realidad, las marcas en su piel eran evidentes, el médico le había dicho a Anne que sin lugar a dudas "su esposo" presentaba un avanzado cuadro de sífilis más lo que parecía una rara enfermedad desconocida, que llenaba grandes partes de su cuerpo con pústulas dolorosas y supurantes, para Anne estar en el mismo camarote era una verdadera tortura, no soportaba el pungente olor emanado de las yagas, los gritos de dolor ni la distorsionada visión del hombre que un día había sido epítome de belleza masculina, faltaba poco para llegar a New York, pero aún ahí no sabría qué hacer, tal vez, Terrence podía ir a un hospital de desahuciados y ella podría ser libre, ¿libre para qué? ¿para mendigar en las calles? O tal vez para vender su cuerpo una vez más… se estremeció tan solo de pensarlo, y ese fue su error, al parecer su movimiento captó la atención de él.
Muchacha, tráeme un whiskey doble. - la voz se escuchaba débil, áspera, imperativa.
Terry… - intentó con voz cansada, aunque sabía bien que no había forma de razonar con él, él la interrumpió increpándola de mal humor.
Anda, no te quedes ahí viendo, además debes preparar el baño, he quedado de cenar con Candy y no puedo llegar tarde.
Terry, duerme, estás delirando por la fiebre… -
¡No te pago para que me digas que hacer, y no soy Terry, para ti soy el duque de Grandchester, así que dirígete a mí con respeto!
Anne se mordió la lengua para no responderle justo lo que pensaba, deseaba con todo su ser salir huyendo, pero era imposible, estaba presa en esa diminuta buhardilla con un moribundo, cruel, loco y delirante, había intentado exigir su propio camarote, pero había sido en vano, simplemente la habían mirado con cara de sorpresa ante la osadía de una simple mujerzuela de exigirle algo al médico del barco, después suplicó, no le importaba humillarse, ni tener que trabajar de lo que fuera, también fue rechazada y si Anne hubiese creído que ofrecer su cuerpo hubiera valido de algo lo habría hecho, pero el evidente gesto de asco de parte de los hombres le hizo saber que hubiera sido inútil, debido a la terrible condición de la enfermedad de Terry, el médico le había prohibido salir del camarote, solamente ya muy entrada la noche cuando las cubiertas estaban prácticamente vacías y no podía tener contacto con nadie, entonces le permitían salir a tomar un poco de aire, siempre vigilada, para que no fuese a esconderse, y solo por unos pocos minutos, después era escoltada de vuelta a su infierno particular.
Anne lo miró fijamente, quería ignorarlo o insultarlo, escupir en su rostro, bajarlo de su alto corcel en el que el delirio lo había instalado haciéndolo creer que era el duque de Grandchester, y obligarlo a ser consciente de su terrible condición, pero le daba pavor que en un arranque de rabia Terrence se le acercara y le hiciera algo, tan solo pensar en que la tocara era suficiente para lanzar arcadas de asco por todo su cuerpo, así que era imperativo mantener la distancia con él. Respiró profundo rogando que la droga que el médico había mezclado tuviera efecto pronto y lo dejara inconsciente. Mientras tanto seguiría su juego.
Milord, disculpe mi atrevimiento, en seguida prepararé su baño. - le dijo ella viendo la oportunidad de escapar de su constante mirada e importunantes órdenes.
Apúrate mujer, no quiero dejar a Candy esperando, además el capitán nos ha invitado a su mesa. - le dijo él un poco más calmado.
Por supuesto milord, enseguida le llamo. -
Ella se escurrió hasta la pequeña letrina y desapareció dentro del sofocante cuartucho hediondo, que en esos momentos le parecía un paraíso. El médico no le daba esperanzas de recuperación a Terry, y ella había noches en que lo único que deseaba era saltar por la borda, lo había perdido todo, y pensar que su muerte pudiera ser como la de Terry le hacía sentir que una helada mano atenazaba su garganta y le impedía respirar.
Anne se sentó en una esquina resignada, los gritos de Terry disminuían en vigor y frecuencia, lo cual quería decir que la droga hacía efecto y pronto solo tendría que escuchar su delirio, su constante y desesperante delirio, escucharlo divagar día y noche en una realidad donde por lo que podía entender el duque lo había nombrado heredero, había muerto además y Candy estaba a su lado era simplemente imposible de soportar.
Por un lado, Anne envidiaba un poco el escape de Terry, sin embargo, la degradación física de la que estaba siendo testigo no era para nada agradable. Había veces que el actor recitaba algunas líneas de una de sus obras, otras, tenía conversaciones con su padre, o con Candy, incluso en alguna ocasión lo había escuchado conversar con Albert y restregarle en el rostro que Candy estaba a su lado, al principio había sido cómico e irónico observar a Terry tener conversaciones serias con el duque, durante las cuales él hacía las dos partes y pronunciaba las súplicas de perdón que seguramente había anhelado escuchar siempre de boca del duque, pero que evidentemente jamás llegarían. Pero después del inicial asombro y el constante deterioro físico de Terrence, observarlo tener esas conversaciones con personas inexistentes, haciendo él ambas voces, repitiendo a viva voz lo que ansiaba escuchar de ellos, se volvió terrorífico, parecía poseído por sus propios demonios internos.
Suponía que las alucinaciones eran producto de las altas fiebres que consumían su cuerpo lenta y dolorosamente y tal vez también de las drogas que el médico de abordo le había estado suministrando para intentar mantener la situación bajo control, lo último que quería era pánico en el barco y por supuesto que una enfermedad desconocida que desfiguraba a la persona y lo sumía en el delirio y la locura podía ocasionar un motín a bordo. Las órdenes del capitán habían sido completo hermetismo y confinamiento riguroso, incluso los habían cambiado de camarote a una zona aislada prácticamente en la bodega de carga reservada para casos como ese.
Los días se antojaban largos y miserables, las cuatro paredes del reducido lugar parecían colapsarse sobre ella, por primera vez en mucho tiempo Anne estaba sola con su miseria, condenada a recordar cada uno de los errores que había cometido, sin otra alternativa sino contemplar las ruinas de su vida, esa vida que ella misma había destruido con sus propias manos, el recuerdo de su pequeño hijo la asediaba sin misericordia, ese niño al que nunca le había prestado demasiada atención hoy era la fuente de sus pesadillas y su herida más profunda provenía de la mañana en que contempló a los Cornwell abordar el barco que los llevaría de vuelta a América.
Un mes atrás.
Era una mañana fría y lluviosa, ella caminaba entre la muchedumbre, apenas vestida en harapos, nunca pensó caer tan bajo, pero el hambre era más de lo que podía soportar, no era una pequeña punzada, sino un dolor constante que le hacía creer que sus entrañas se carcomían a sí mismas con tal de encontrar saciedad.
El muelle de Southampton estaba repleto de viajeros, algunos modestas familias que abordarían el navío en busca del sueño de libertad, madres con una ristra de chiquillos cada quién cargando toda su vida en un pequeño bulto, parejas jóvenes que emprendían una aventura soñando con iniciar una familia en un mundo más justo, grandes señoras y señores, vestidos elegantemente, con ese aire de indiferencia ante la miseria del resto del mundo, Anne reconoció a unos cuantos, pero ni siquiera se inmutó, sabía que para los ricos y poderosos las clases bajas eran más que una amalgama de seres desafortunados y malolientes, por supuesto que algunos soltarían un par de monedas, pero usualmente estas eran para los niños, ella caminó entre ellos con la capa de invisibilidad en la que su miseria la cubría, la vista baja, la mano extendida y la mirada gacha la mayoría de las veces, las calles del puerto eran salvajes, la competencia entre los mendigos, ladrones y prostitutas era más fiero que un cotillón de la alta sociedad, por lo pronto, Gerald la "protegía" y por supuesto no vagaba por las calles solo porque sí, debía llevar información de regreso, Anne se encontraba en un callejón sin salida, deseando con todo su ser una probada de la maravillosa sustancia blanca que le permitía escapar de su realidad, pero de eso no habría nada hasta que Gerald obtuviera la información deseada. Un sudor frío y pegajoso comenzaba a cubrir su piel y escalofríos la recorrían, era lo que sucedía siempre que pasaba un tiempo sin la droga.
Caminaba por inercia, tal vez debía haber aceptado la otra propuesta de Gerald, pero le había aterrado pensar en estar a merced de los hombres sin control, porque aunque una parte de su ser gritaba que ya no había diferencia, que hacía demasiado tiempo que ella era precisamente eso, una puta barata, tan solo pensar ser poseída por algún bruto marinero borracho y maloliente, era simplemente más de lo que podía soportar, había conocido hombres brutales en su paso como la querida de hombre poderosos, de alguna manera ella había escogido siempre con quien estar, claro, hasta que Terrence la entregó a Gerald como amortización de sus deudas fue cuando perdió el control de sí misma… los ruidos a su alrededor así como los olores parecían asaltarla, había de todo y nada en los muelles, mientras caminaba así, ausente, hambrienta, sumida en la ausencia, en la desesperación, en el anonimato, pensándolo bien, no solo en el anonimato, eso hubiese sido bueno, sino más bien en la inexistencia, a nadie le importaba quién era ella, no importaba que su padre fuera un hombre rico, ni que su ex esposo pudiera pagarle una pensión y sacarla de ahí, tampoco el hecho de que era madre, madre de un chiquillo de… por Dios, - ¿cuántos años tenía Stear? ¿era aún un niño? ¿Hacía cuánto que no lo veía? ¿Aún la recordaría él? - Anne sacudió la cabeza, en un intento por alejar de ella los pensamientos que la asaltaban inesperadamente, hacía mucho tiempo que no pensaba en Stear… de pronto una voz clara y cristalina sobresalió del bullicio que parecía consumirla y atontarla.
Mamá. -
Esa pequeña palabra hizo que un escalofrío corriera por su cuerpo. Buscó al dueño de la voz con desesperación hasta encontrarlo, ahí estaban, los autos con chofer con el emblema de los Andrew, cerca un barco de lujo, Anne se arrastró por en medio de la muchedumbre, tenía que verlo, sin pensar que haría Archibald si ella se acercaba, o cual sería la reacción de Stear de pronto estaba frente a ellos, por supuesto un corro de mendigos se arremolinaban alrededor, parecía que hasta la gente del bajo mundo sabía quiénes eran los Andrew, lo generosos que podían ser con sus donaciones, no salieron decepcionados, un par de mozos cargaron sendas canastas de pan así como té caliente y se dispusieron a alimentar a la muchedumbre que se arremolinaba a su alrededor, Anne río dentro de sí,- ¿cómo pensaban controlar a la turba? - no hubo necesidad, en cuanto la elegante dama que iba dentro del auto puso un pie afuera del vehículo el zumbido pareció calmarse, la mujer iba completamente vestida de negro, excelente gusto, ropas elegantes y caras, su rostro cubierto por el velo hablaba del profundo luto en el que se encontraba sumida la familia, por un segundo Anne se preguntó si William descendería de alguno de los otros autos, pero no sucedió, después de Patricia descendió el pequeño dueño de la voz.
Mamá, ¿puedo ayudar a Mario a repartir el pan? -
-Era absurdo… eso no se hacía, podía ser peligroso para el pequeño. - esas hubiesen sido sus respuestas, pero Patricia Cornwell no era como ella, Patricia había tomado de la mano al pequeño y se había dirigido con él junto a uno de los empleados y simplemente se había unido a la tarea de alimentar a los hambrientos mientras las niñeras y trabajadores se hacían cargo del equipaje e incluso de la pequeña cesta donde seguramente dormía su hija.
En contra de su voluntad, como atraída cual polilla a la luz, Anne se encontró formada con los demás, sin siquiera preguntarse qué haría si el pequeño la reconocía, llegó al frente de la fila, un par de pequeñas manos pusieron en las suyas un pedazo de pan, unos claros ojos infantiles la vieron y la tierna boca le sonrió tímidamente, pero el destello de conocimiento jamás llegó, Mario, el mozo con quien ella algunas veces había coqueteado infructuosamente por ser un muchacho apuesto, puso en sus ajadas manos té caliente, y la suave voz de la mujer que en un tiempo demasiado lejano como para recordar había sido su amiga le dijo - Dios te bendiga mujer. - se movió a un lado, sus entrañas rugían así que vorazmente devoró el pan y se atragantó con el dulce té caliente, de pronto un aroma conocido llegó a sus fosas nasales, la masculina loción le recordó las noches que pasó en sus brazos, su presencia en su alcoba, en su vida, alguna vez lo amó, quedó deslumbrada por él cuando era solo una niña, amaba sus modales elegantes, su impecable vestimenta, todo de él… alguna vez, antes de que los celos, la ambición y la lujuria la lanzaran en el espiral de autodestrucción en el que se encontraba, Anne Britter había amado a Archibald Cornwell con todo su ser.
Por un segundo pensó en revelarle a él su identidad, seguro se compadecería de ella y … era una tontería, ella había destruido con sus propias manos el hogar que una vez formó al lado de Archibald, y hoy el recuerdo de la mirada de completa indiferencia y asco de parte de él la última vez que la había visto era suficiente para hacerle saber que estaba perdida.
No sé quedó para verlos abordar el barco, el pan de pronto se volvió aserrín en su boca y el té se antojó amargo, no pudo siquiera seguir comiendo, los suaves tonos entusiastas del pequeño la volvían loca de ira, la loción de Archie la hizo sentir una oleada de vómito y la presencia de Patricia era insoportable, dejó caer al suelo los restos del almuerzo y dándoles la espalda se alejó de los muelles en busca del tugurio de mala muerte donde las prostitutas de Gerald trabajaban, ya no tenía nada más por perder.
Anne no quiso recordar más, definitivamente lo que seguía no era agradable, y prefería olvidarlo al igual que el resto de su vida, por eso cuando Gerald le ordenó acompañar a Terry ella simplemente obedeció, no era una mejora, era un infierno por otro, pero si se detenía a reflexionar se daría cuenta que en eso consistía su vida desde hacía largo tiempo, pasar de un infierno a otro, atrás habían quedado los tiempos cuando siendo una hermosa mujer joven podía conseguir lo que quisiera de los hombres y comandar un ejército de admiradores, en algún punto de su descenso al Hades lo había perdido todo.
Lakewood.
El joven señor de los Andrew caminaba vigorosamente desde los establos hasta la casa atravesando el amplio parque trasero, su imponente figura masculina se dibujaba gallarda en el elegante traje de montar, pantalones blancos ceñidos a sus poderosas piernas, botas de montar color miel, camisa blanca, chaleco y saco azul marino. Recorría con tranquilidad los familiares prados, inundados de suave belleza señorial, su alma reaccionaba involuntariamente a la majestuosidad que Lakewood, sus bosques, y jardines reflejaban a su alrededor, cerca de una década de otoños habían cubierto con su alegre alfombra multicolor los bosques y los campos de la antigua mansión, el silencio había sido amo y señor de la misma durante ese periodo en el que solo los empleados encargados de mantenerla en perfectas condiciones eran quienes solían habitarla, porque los señores no habían vuelto ahí desde el funeral de la señora Evelyn.
El sonido de los cascos de los caballos galopando por el parque o por el bosque, los gritos de los niños, las risas, el bullicio normal de familia, por largo tiempo no habían sido sino fantasmas de lo que alguna vez había sido una numerosa familia. Sin embargo, a pesar de todo los recuerdos tristes que Lakewood podía encerrar, el ancestral palacete era en realidad dónde las raíces de los Andrew se asentaban en América y era lógico que volvieran ahí cuando fue necesario abandonar el viejo mundo, era su refugio natural, la bóveda que salvaguardaba las memorias familiares, y aunque alguna vez pensó que era un lugar maldito, él le había prometido a ella que haría hasta lo imposible por llevarla de vuelta al lugar que tanto amaba.
Hoy se respiraba un aire diferente en el lugar, no había más sombras, ni silencio, el bullicio del inicio de la mañana comenzaba a escucharse, en la enorme cocina una vez más se preparaban exquisitos platos, Madame Elroy estaba de vuelta y todo debía estar a la perfección. Pero no era solo eso, sino que la vida había vuelto al lugar, había un par de apuestos chiquillos que corrían por la casa, un nuevo heredero reposaba cada noche en la cuna ancestral e intentaba por las mañanas explorar gateando el salón, una hermosa princesa iluminaba con sus sonrisas la vida de los pequeños caballeros, la pequeña Martha era la adoración de su hermano y sus primos, una nueva primavera parecía anticiparse. Todo parecía hermoso, perfecto, lleno de luz, las sombras y la oscuridad en la que habían vivido parecían lejanas, cosa del pasado, hoy la felicidad era la constante de sus vidas, y el tiempo tan largamente anhelado y merecido había llegado al fin. Y en medio de toda esa sublime belleza, caminaba él, seguro de sí mismo, encantador, masculino, llevaba al caballo al paso, tomado de las riendas, mientras disfrutaba de la calidez de la mañana, su cabello revuelto por las locas carreras que de seguro había emprendido le confería un irresistible aire salvaje que hacía que el corazón de ella brincara de alegría tan solo de verlo.
Ella lo observó desde su lugar privilegiado en el desayunador con paredes y techo de cristal, la divina estructura de forja francesa y finos cristales venecianos era íntima, acogedora, y el lugar favorito de reunión de la familia. Su corazón se aceleró al verlo andar hasta ella, masculino, atractivo, seguro de sí mismo, bueno, cariñoso, todo lo que Albert siempre había sido y mucho más, bajó los escalones a prisa, no queriendo estar más tiempo separada de él, la vaporosa falda de su vestido de día se arremolinaba en sus piernas, sus rebeldes rizos se alborotaban, llevaba el cabello muy corto, siguiendo una de las modas más atrevidas de la época, era una manera de marcar la nueva etapa de su vida, y a la vez, había sido mucho más sencillo cortar el largo cabello teñido de rojo y volver al rubio dorado con el que había nacido que teñirlo nuevamente, ahora de dorado. Llegó hasta él, sintiendo que le faltaba un poco el aire por su andar apresurado, pero no le importaba, ahora podía refugiarse en su lugar favorito, entre sus brazos.
Él la recibió con gusto, la apretó contra sí, bebiendo la dulzura de su aroma y presencia, ella rodeó su cuello con sus brazos y buscó sus labios con avidez, las palabras que pudieran describir las emociones de ellos en ese momento de perfecta armonía simplemente no son de este mundo, la pasión y el amor desbordaban de cada uno de los poros de su ser, su amor era una fuerte y poderosa marea que nada podía detener, que lo había vencido todo, incluyendo a la muerte.
¿No deberías seguir en la cama? - le preguntó él con ternura.
Sabes bien que el doctor me dio de alta. - le respondió ella con un brillo travieso en la mirada.
Sí, pero creo que eso no incluía salir corriendo a mi encuentro. - le dijo él con una enorme sonrisa, no podía reprocharle nada.
¿Cómo evitarlo? Si lo que más deseo es pasar cada segundo a tu lado. - su tono de voz coqueto y su rostro de absoluta felicidad lo decían todo, no había reproche, pero él se sintió un poco culpable.
Lo siento amor mío, no quería despertarte. - dijo él a manera de disculpa.
Otra vez no podías dormir. - su rostro se volvió serio de pronto, pero no se soltó de su abrazo.
No podré hacerlo hasta que acabemos con esto. - confesó el con seriedad, a lo que ella respondió con suavidad.
Pronto, muy pronto terminaremos con todo. - le respondió ella acariciando suavemente las firmes líneas de su rostro. - Te amo Albert...
Y yo a ti Candy… nuestro amor es lo que me mantuvo con vida y cuerdo. -
Mi vida… - el doloroso recuerdo se agolpaba en su garganta… y las sombras amenazaban con ahogarla.
Shhh… estoy a tu lado y nada podrá separarnos de nuevo jamás, te lo juro mi amor. - respondió él con vehemencia, nada podría nunca más amenazarlos o robarles la felicidad, de eso se haría cargo él.
Albert la tomó de la mano y la guio de regreso al desayunador mientras ella recordaba lo que sintió cuando al fin se encontró en sus brazos nuevamente y supo que todo estaría bien sin importar lo horrible que se vislumbrara el panorama en ese momento, su esposo, su amado, su Albert estaba a su lado nuevamente.
1 semana después del secuestro de Alexander.
Rose salió de la mansión por la puerta trasera, un lujoso auto color negro esperaba por ella, el hombre le indicó que entrara y cerró la puerta tras de ella, estaba sola, movió con cuidado la cortina de la ventana, tratando de averiguar a dónde se dirigían, lo cual no fue nada sencillo, ya que el chofer dio vueltas por un par de horas, cuando por fin se dirigieron a las afueras de la ciudad, Rose estaba totalmente perdida. Aun así, siguió observando los árboles pasar, de pronto, llegaron a su destino, descendió rechazando la ayuda del chofer que sospechosamente amable le dijo.
La esperan dentro milady. -
Ella observó frente a sí la encantadora estructura de cuento de hadas, y su corazón se aceleró al ser asaltada por la multitud de recuerdos, ¿cómo era que el bastardo había dado con ese lugar? Odiaba pensar que ahora todas sus memorias conectadas a esa pequeña cabaña serían manchadas por lo que sea que estaba a punto de suceder, no cabía duda de que la ponzoña del insecto rastrero que era el hombre del que alguna vez se había enamorado, hacía mucho tiempo que no se lo decía, pero nunca había dejado de pensarlo, había sido una soberana estúpida al infatuarse con semejante esperpento, no cabía duda.
Caminó hacia la cabaña con paso decidido, después de todo esta era una prueba más de que Terrence tenía todo que ver con la desaparición de Albert, -lo haría pagar al maldito-, observó a su alrededor, además del chofer había un par de hombres abiertamente armados, y seguramente habría algunos más escondidos entre los árboles, se preguntó si su escolta había logrado seguirla, aunque era consciente que todas las vueltas que habían dado eran con el fin de perderlos.
Puso su mano sobre el pomo de la puerta, obligándose a hacer a un lado todas las maravillosas horas que había compartido con Albert en ese lugar, no permitiría jamás que Terrence viera cuanto le afectaba encontrarlo ahí, seguramente era parte de plan para torturarla. Abrió la puerta con decisión, espalda recta, mirada al frente, segura de sí misma, lista para enfrentar lo que viniera, sin importar cuan doloroso pudiera llegar a ser.
Entró, la sala estaba semi oscura, el fuego crepitaba en la chimenea, el aroma era agradable, las maderas finas, y algo de la esencia de Albert aún flotaba en el aire, ella no había estado ahí en mucho tiempo. Sintió la presencia de él tras de ella, su piel se erizó y todo su ser se estremeció, él cerró la puerta, y se recargó en ella, observando la menuda espalda y marcada cintura de la mujer que tenía frente a él, definitivamente ella era su perdición.
Al fin has llegado, Candy. - la masculina voz hizo estremecer cada fibra de su ser, su corazón se aceleró escuchar su nombre en sus labios, no, seguramente escuchó mal, seguramente estaba alucinando, eso no era posible, su característico aroma llegó hasta su nariz, sintió el peso de sus manos sobre sus hombros, tuvo que repetirse mil veces que no debía perder el conocimiento, no podía ser débil en esos momentos, debía girar y enfrentar la verdad cara a cara, no había otra forma posible.
Sus brazos fuertes rodearon su cintura, mientras ella sentía como su cuerpo comenzaba a temblar ante el contacto. Las lágrimas calientes bañaron sus mejillas, giró para tenerlo frente a ella.
Albert... - ella observó su rostro más delgado, las líneas de expresión un poco más marcadas, la mirada de devoción hacia ella, las manos de él cobraron vida propia, la atrajo hacia él, buscó sus labios hambrientos, sus alientos se juntaron las caricias anhelantes tomaron el control del momento, ella sintió por primera vez en mucho tiempo las fuertes y expertas manos de él recorriendo su cuerpo.
Había demasiado en su mente, su corazón estaba cargado, pero tener a Albert a su lado hacía todo diferente, de pronto había futuro, y la oscuridad que amenazaba con tragársela se veía obligada a retroceder. Sus almas estaban henchidas de amor, la separación había sido larga, tortuosa, asfixiante, ellos, que respiraban el uno a través del otro, que ciertamente eran dos mitades de un todo, habían sufrido lo indecible.
Candy, completamente agobiada por el dolor de saber que Alexander estaba en manos de Terry, supo de inmediato que Albert no lo sabía aún, de ser así no estaría besándola de esa enloquecedora manera, y buscando con sus manos la manera de encontrar su piel desnuda, sino, yendo al fin del mundo para rescatar a Alexander y deshacerse de Terry de una vez por todas.
Su ser estaba en una lucha campal, por un lado el indescriptible alivio, exhilarante gozo y desbordante deseo la inundaban, Albert, su príncipe de la colina, su amigo, su amante, el amor de su vida, su todo, estaba de vuelta, con vida, sano… no era tonta, sabía que había pasado por mucho, aún había rastros de moretones en su rostro, una cortada en la ceja, y sabría Dios qué más en el resto de su cuerpo, pero todo eso sanaría, las cicatrices serían testimonio de fortaleza, de amor y resiliencia, y su espíritu como siempre permanecería inquebrantable. Él estaba con ella, y eso era suficiente para elevarla a alturas inimaginables, mientras que cargaba a la vez la angustia de no conocer el paradero de Alex, así como el saber que darle esa noticia a Albert le robaría la alegría y el alivio del reencuentro.
En una fracción de segundo lo decidió, él la necesitaba y ella lo necesitaba, en todos los sentidos, el poder fundir sus cuerpos y amarse como tanto lo habían anhelado era tan necesario como respirar, una vez que Albert supiera todo, probablemente se iría en búsqueda de Alex, así que hizo a un lado su corazón de madre y se concentró en amarlo, en demostrar con su cuerpo y caricias lo que las palabras no alcanzaban a expresar, en regalarle unos momentos de paz, que tanto necesitaban los dos.
Lo besó con intensidad, consciente de la sensación de sus ásperos labios rozando los de ella, saboreando sus besos mientras se aferraba a él no quería que hubiese entre sus cuerpos ni un centímetro de distancia, las ropas, estorbaban, quería sentirlo suyo, piel con piel, aliento con aliento, ser invadida por su aplastante masculinidad. Volverlo loco a él, borrar de su mente la angustia, beber de su piel, de su aroma, del magnífico cuerpo que amaba, pero sobre todo tocar su alma. La mística unión que los había mantenido juntos toda su vida, que los reencontraba una y otra vez, en esta vida y seguramente había hecho lo mismo en todas las que vivieron antes, así como en las que habrían de vivir después, era más fuerte que nunca, palpable, tangible, indestructible.
La necesidad el uno del otro se hizo cargo de la situación, las manos de ella viajaron hasta su pecho, buscando la manera de desabrochar los botones de su camisa, y recorrer así su piel desnuda y tibia, lo besó con infinita ternura, aspirando el masculino aroma que ella tanto amaba, Albert sintió como su piel se erizaba, se sentía tan bien tenerla en sus brazos, su frágil figura se amoldaba a su poderoso cuerpo como la mitad de un todo. Ella sintió sus desacostumbradamente ásperas manos recorriendo su suave piel de terciopelo, no importaba ahora porque se sentían así, era delicioso, ser recorrida por ellas.
La besó y la alzó en sus brazos, mientras recorría su cuello con su lengua, saboreando su piel, estrujando su carne, quería tomarla, amarla con dulzura, con pasión desbordante, borrar con sus besos la preocupación que todo el tiempo de su ausencia debió traer, y sanar su corazón herido, pero también sabía que tenían que hablar…
Mi amor...- intentó él por un momento, haciendo uso de toda la fuerza de voluntad que había en su ser para forzarse a parar por un momento, más no pudo siquiera terminar su pensamiento, ella lo interrumpió.
No, no ahora, necesito sentirte, necesito amarte, olvidar todo en tus brazos, saber que eres real, que estás bien, que eres mío, es cierto, tenemos mucho de qué hablar, pero, por favor, solo por un par de horas, olvidemos todo, seamos solo tu y yo, Albert y Candy...y el amor que será capaz de vencerlo todo.
Él no podía negarle nada, y su propio cuerpo gemía por ella, la llevó hasta el lecho y la depositó en él con infinita ternura, mientras tomaba su tiempo para reconocer el cuerpo de su mujer, deshizo uno a uno los botones de la espalda de su vestido, mientras depositaba infinitos besos en su sensible espalda haciéndola estremecer, ella se abandonó al mar de sensaciones que él provocaba en ella, una suave bruma se apoderó de sus sentidos, y por momentos solo se dejó hacer, después tomó el control de la situación, lo desnudó con maestría, lo atacó con sensualidad y degustó cada centímetro de su piel, regodeándose en la perfecta visión del hombre que amaba con todo su corazón, el hombre que hacía vibrar cada poro de su piel, el hombre cuya pasión terminó por desbordarlo y hábilmente invirtió las posiciones y aprisionó su cuerpo entre el suave colchón y su dura musculatura.
Albert…. -gimió ella con voz irreconocible mientras las manos y lengua de él la llevaban al éxtasis. Todo su cuerpo se estremecía ante sus atenciones, el embate de sus caricias la hacían flotar, en ese momento su boca atendía diligentemente sus pechos, cuyas puntas se erguían como pidiendo más, mientras su blanca piel mostraba el paso de su boca y dientes con rosados caminos.
Eres aún más hermosa de lo que mi mente recordaba, y muchas veces pensé que tanta perfección era sólo producto de mi imaginación, sin embargo, te tengo entre mis brazos y me doy cuenta de que mi imaginación fue incapaz de hacerte justicia.
Ella se derretía en sus palabras, en sus caricias, que la llevaban al borde de la locura y la hacían gemir sin pudor alguno, no importaba quien pudiera escucharla. Pero además no era suficiente ser amada, necesitaba seguir reconociendo su cuerpo, se irguió para besarlo atrapando sus labios en los de ella, mientras sus delicadas manos recorrían el firme cuerpo masculino hasta alcanzar la prueba fehaciente de su deseo por ella, dibujó un camino de besos, deleitándose en los gemidos guturales que escapaban de su garganta, lo tenía a su merced, esa sensación siempre le había gustado, saber que podía llevar a un hombre tan poderoso como William Albert Andrew a la locura con el simple roce de sus labios contra su piel, era el paraíso.
Mi amor, te extrañé tanto, Albert, no puedo creer que esto es real, que no es un sueño del que pronto despertaré, como tantas otras veces. - le dijo ella apenas tomando aliento después de degustar por un rato una de las partes favoritas de su anatomía.
No lo es mi vida, no es un sueño.- le respondió él mirando con los ojos nublados por el deseo a su hermosa esposa, el rojizo cabello alborotado cayendo en ondas infinitas a su alrededor, su blanca piel sonrosada por las faenas amorosas que él había hecho descender sobre ella, sus labios hinchados de tanto ser besados, así como por la lluvia de caricias que ella acababa de hacer descender sobre su intimidad que pulsaba cargada de deseo, anhelando entrar en ella. - ¿dime, un sueño se siente como esto? - preguntó él mientras la tomaba con toda la pasión contenida durante meses de ausencia, cautiverio y amnesia.
Su magnífica masculinidad invadió su cuerpo, callando el dolor crónico que su ausencia había provocado, sanando con cada roce, y vigoroso embiste, la soledad, la incertidumbre, el hambre, pintando su mundo gris de los colores más hermosos, vívidos y surrealistas que pudiesen existir, de pronto su alrededor era un hermoso cuadro de Monet, la luz llenaba cada rincón, y etérea paz los rodeaba.
No supieron cuánto tiempo había transcurrido, pero ciertamente toda una vida no sería suficiente, habían hecho el amor frenéticamente, tomando y dándolo todo, adorando el cuerpo del otro, venerando el tiempo que tenían para estar juntos, ella yacía recostada en su pecho, sus rizos rojizos desparramados, mientras los dedos de él dibujaban círculos en su espalda.
Albert por primera vez procesaba todo lo que había visto, sentido y tocado, no habían pasado más de 5 días desde que pactara su liberación, y posterior venganza con el mafioso, había sido llevado hasta ahí por esos mismos hombres, y después lo primero que había hecho había sido mandar a buscarla a ella, no había leído diarios, no se había mostrado en ningún lado, nadie le había dicho nada, y de pronto recordó el dulce néctar que acababa de beber de sus pechos, y una idea que podría parecer descabellada llegaba a su mente de repente.
Mi amor…- preguntó con tacto, no podía creer que ella lo hubiese olvidado y rehecho su vida, más bien… no tuvo que formular la pregunta, ella la leyó en sus ojos, se separó de su dulce abrazo y tomó asiento a su lado, buscando su mirada, y tomando su mano.
Han pasado demasiadas cosas… y una de ellas es maravillosa... tenemos un hijo. - fue la dulce respuesta de ella, que como siempre lo leía como un libro abierto. Albert sintió que la emoción lo inundaba, estaba feliz, tenían un hijo, pero ella había estado sola una vez más. Intentó ponerlo en palabras.
Princesa… estar a tu lado es demasiado, y saber que tenemos un hijo… mi vida, lamento haberme perdido eso, no haber estado a tu lado…
Shhh… ahora lo estás, lo verás crecer, y le enseñarás a ser un hombre… se llama William… como tú…- le informó ella con una dulce sonrisa.
Seguiste la tradición. - le dijo él un poco sorprendido.
Es el futuro patriarca de los Andrew. - Respondió ella con lógica.
William Anthony como lo habíamos soñado. - completó él con certeza.
Sí, William Anthony, pero no puedo llamarlo Anthony...lo llamo Will, es tuyo, tu copia exacta… Albert…- de pronto una idea tal vez descabellada se formó en la mente de él y simplemente le preguntó.
¿Quieres tomar a nuestros hijos y huir hasta el fin del mundo? - Nada le importaba ahora, había un plan de venganza en marcha, pero haría lo que ella le pidiera, solo ella y sus hijos le importaban. Rose lo miró a los ojos, anhelaba poder responder que sí y perderse con él en algún lugar anónimo, pero era imposible.
Mi amor… - de pronto ella se quebró, y lo que había logrado olvidar por unos momentos amenazó con llenar de sombras su tiempo juntos.
¿Qué sucede, cariño? Lo digo en serio, el nombre no me importa, el dinero mucho menos, trabajaré por ustedes, les daré todo lo que soy y todo lo que tengo, te juro que los mantendré a salvo. -
Oh, Albert, mi amor… - los sollozos de ella comenzaron a convulsionar su cuerpo y Albert se dio cuenta de que algo verdaderamente grave sucedía.
Princesa, amor mío… -
Él tiene a Alexander. - pudo ella articular al fin entre sollozos.
Albert la tomó en sus brazos acunándola con dulzura mientras su sangre hervía y se juraba así mismo que Terrence Grandchester pagaría por cada uno de sus crímenes, aunque ahora tuvieran que esperar hasta tener a Alexander con ellos.
Mi vida, debes volver a la mansión, y nadie puede saber que nos hemos visto.
Pero Albert… la tía, Archie…
Escúchame, debo encontrar a Alexander, y Terry no puede saber de dónde vendrá el golpe que acabará con él...mi amor, escucha con atención, debemos planear que hacer.
Candy sintió como la fuerza que no tenía de pronto comenzaba a surgir, todo iba a estar bien, harían lo que fuera necesario, Albert encontraría a Alexander, y ella se encargaría de distraer a Terrence mientras tanto.
Lakewood.
Elroy los observó una vez más caminar tranquilamente hacia el jardín, habían desayunado en familia, y ahora ambos se entretenían con los niños al aire libre, Albert llevaba a Will en brazos, mientras su otro brazo reposaba en los hombros de Candy. Una leve sonrisa se asomó en el rostro de la mujer que escuchó pasos familiares detrás de ella y supo al instante que el paraíso estaba por nublarse.
¿George? - preguntó ella girando para vera al hombre que había sido el aliado de su hermano y la única figura paterna de su sobrino.
Madame Elroy. - le saludó él tan formal como siempre.
Ya han tenido noticias. - lo atajó ella, la paciencia no era uno de sus dones, pero el hombre no se sorprendió por ello, simplemente respondió con serenidad.
Así es, ya vienen en camino. -
George… hazte cargo, desaparécelos, y después les diremos que el barco se hundió en el medio del mar… o que se los tragó la tierra... lo que sea. - le dijo ella con un toque de desesperación en su acostumbrada voz de mando, porque sabía que esta vez George no podía concederle lo que pedía.
Madame, aunque nada me daría más placer que acatar sus órdenes, él ya no es un niño, es el patriarca de los Andrew… y yo debo obedecer sus órdenes.
¿Y ella?
¿Acaso le queda duda alguna de que tiene todo para ser la matriarca?
No, solo esperaba apelar a tu lado sensible...merecen ser felices. - confesó la matrona con descaro.
Lo serán, todo está a su favor, esto es solo el paso final, su venganza no es ir a encontrarlo en este momento, la mano poderosa del patriarca se ha hecho sentir sobre la vida de esos miserables de maneras que no lo esperaban, ir a encontrarlos es solo para dejar claro que nada ni nadie podrá separarlos. Piense en la cara del actorsete cuando se dé cuenta que cada una de sus miserias fueron acarreadas por mano de los Andrew una vez más, y que la mujer que creyó matar...
Dos veces…
Bueno él piensa que mató a dos mujeres… pero imagine cuando se dé cuenta que la mujer que se dedicó a humillar por meses no es otra que Candy, que, además, solo fingió ser humillada y fue ella quien jugó con él, mientras Albert recuperaba al señorito Alexander…
Ellos no pueden mancharse las manos George.
No lo harán… sé que William ha pensado llegar a eso, pero, por lo que mis informantes me dicen no será necesario.
¿Está enfermo?
Desquiciado, y probablemente moribundo, si llega al puerto será mucha su suerte.
¿Y ella?
Creo que hasta usted se compadecería de ella si la viera. - respondió con cautela el fiel hombre de negocios.
Lo dudo, fue demasiado el daño que hizo, a Archibald, a William, a Candy… ella lo sabía todo y… ya no importa George. ¿Cuándo tienen que partir? - repuso Elroy resignada, no tenía caso dedicar tiempo a cosas que no tenían solución.
Ellos decidirán, solo les daré la fecha de llegada, puede que vayan a recibirlos al puerto, o que simplemente den instrucciones, lo que sea que ellos prefieran. ¿Cómo está ella? - pregunta con cautela George a lo que Madame Elroy responde encogiéndose de hombros.
Recuperada, pero ya sabes cómo puede ser de imprudente, así que prefiero que piense que aún convalece, míralos tú mismo. - Le dijo Elroy señalando por la ventana.
George se acercó hasta el ventanal y contempló a la joven familia con orgullo, tendidos en una manta sobre el pasto jugaban con los niños, sabía que cuando menos acordaran ya estarían enseñándoles a trepar árboles ya nadar en el río o en el lago, el futuro se vislumbraba agradable, y estaba de acuerdo con Elroy, no tenía caso -
Hablaré con ellos después de la comida, no tiene caso interrumpirlos.
Lo mismo pensaba… pero dime, como van las inversiones alternas, el escenario mundial es complicado.
William ha tomado las medidas necesarias, estaremos bien.
Hemos sobrevivido a tanto…
Y sobreviviremos a todo lo demás qué tenga que venir, educó jóvenes fuertes, inteligentes y determinados, Madame Elroy, puede estar tranquila.
Educamos, George, estoy perfectamente consciente de que tomaste el lugar de mi hermano siempre que fue necesario… - respondió la elegante mujer clavando su mirada en él con un inconfundible e inesperado dejo de gratitud.
Siempre lo consideré un privilegio Madame. Si me disculpa atenderé algunos pendientes en la biblioteca. - le dijo el hombre ocultando una leve sonrisa y haciendo una reverencia y dejándola una vez más sumida en sus pensamientos.
En el jardín el par de pequeños correteaba detrás de los perros, mientras los adultos los observaban tranquilamente, Patty acariciaba con delicadeza el suave cabello de la pequeña Martha, quien dormía plácidamente sobre la manta junto al pequeño Will, para ella esa era la felicidad, el mundo perfecto que había anhelado y ni siquiera ponía atención a lo que decían a su alrededor, hasta que la vehemencia en las palabras de su esposo la hizo volver su atención a los adultos.
No puedo perdonarles semejante engaño… gatita...usaste a mi mujer en mi contra…
Jajajajaja, no usé a tu mujer en tu contra, solo nos encontramos en momentos en los que más nos necesitábamos y ella guardó mi secreto, además lo sospechabas.
No lo sospechaba, solo que había algo, algo familiar en ti… aún no puedo creerlo.
Bueno, créelo hombre y deja de reclamar lo mismo cada dos días. - le dijo Albert con tono de fastidio.
Es muy fácil para ti decirlo querido tío. - le respondió a propósito el joven.
Archibald, puedes llamarme como quieras, ya entendimos que estás molesto, pero debes dejar de reclamarle a Candy. Y tú princesa debes ir a descansar un poco, hoy has excedido el tiempo en que puedes estar en pie.
No Albert, puedo aún estar un rato más junto a ustedes, todo es tan bellos a nuestro alrededor…
Creo que debes dejar de preguntar mi querido sobrino y simplemente llevarla a descansar como es debido. - le dijo con voz imperiosa Elroy que llegaba a sus espaldas.
Pero tía…
Nada Candice, que no me pasé noches en vela a tu lado en Londres e incluso en medio del Atlántico, rogando porque te bajara la fiebre, y porque no dejarás este mundo, como para que por un poco de testarudez de tu parte terminemos por perderte. - le respondió con fingida mirada adusta la matrona.
Albert se puso en pie y le ofreció la mano a Candy para ayudarla a levantarse, mirando a su tía con humor.
Vamos amor mío, órdenes de tía Elroy. - le dijo con un brillo pícaro en la mirada.
Nada de eso William, en verdad debe descansar. - le dijo la tía con fingido enojo.
Por supuesto tía, y me haré cargo de ello personalmente. Vamos amor mío. - dijo viendo a Candy a los ojos con una enorme sonrisa.
Claro - le dijo ella sonriendo y dando un beso de paso en la mejilla de la tía.
No puedes conquistarme con esas cursilerías. - respondió Elroy a la inesperada caricia con fingida voz adusta.
Jajajaja, tía, sabes de sobra que es inútil que pretendas enojarte con ella, la adoras. - le dijo Archibald riendo.
Por supuesto que la adoro, Archibald, pero alguien debe pretender tener mano firme en esta casa, anden terminen por irse, yo me quedo en su lugar, Patricia y Archibald me ayudarán a llevar a los niños a casa en un rato. - respondió la mujer mayor con cara de fastidio.
Gracias, tía. - le dijo Candy dulcemente, mientras se dejaba abrazar por Albert en su camino de regreso a la casa.
Caminaron a paso tranquilo, respirando profundamente el dulce aroma de la naturaleza a su alrededor, él llevaba su brazo alrededor de sus hombros, ella rodeaba su cintura con el suyo, ascendieron las escaleras hasta su suite de habitaciones, sabiendo de sobra que nadie les molestaría.
Una vez dentro, Albert la acercó a él con cautela, habían pasado alrededor de 12 semanas desde que creyó que la perdería para siempre esta vez, y hacía tan solo un par de semanas que los médicos la habían declarado fuera de peligro, habían regresado a Lakewood con ella aun debatiéndose entre la vida y la muerte porque ella se lo había pedido, quería ver una vez más la mansión de las rosas, la colina de Pony, el Padre Árbol , pero sobre todo a la señorita Pony y a la hermana María.
Albert como siempre había movido cielo, mar y tierra con tal de complacerla, el funeral no había sido sino estrategia, la forma de gritarle al mundo que la marquesa estaba muerta, la forma de explicar porque toda la familia abandonaba de pronto el reino, para refugiarse en su casa de campo, los rumores corrían como reguero de pólvora, se hablaba de la posible locura del patriarca, de una enemistad con el duque por llevarse sin su permiso a su único heredero, de que los Andrew habían puesto precio a la cabeza de Terrence, lo cierto es que nadie lo había visto embarcar ni a él, ni a sus hijos o a Madame Elroy, había quienes aseguraban que aún se encontraban en la mansión que parecía deshabitada solo con el fin de despistar a los reporteros y chismosos, o bien, que la marquesa en realidad no había muerto, sino que se había escapado con Terrence por haberse enamorado de él.
Ni Albert ni Candy eran ajenos a los rumores, los conocían uno a uno, y ninguno les importaba ahora, Albert había guardado silencio mientras ella convalecía, pero una vez que ella se sintió con fuerzas, una tarde tomó su mano y le pidió que le dijera cómo estaban las cosas, al principio él había querido negarse, pero ella había tomado su rostro con ambas manos, y mirándolo con esos hipnotizantes ojos verdes le dijo: - Somos uno, me corresponde una parte de tus cargas amor mío, permíteme hacerlas más ligeras. Juntos haremos frente y resolveremos todo lo que haya por venir. - Albert, por supuesto no se había negado, y poco a poco habían terminado de fraguar su futuro juntos.
No quiero esconderme más, no quiero ser Rose, quiero ser Candice, caminar a tu lado abierta y descaradamente, no me importa si la sociedad se vuelve loca, o sí me acepta o no, una vez hui por tratar de protegernos, esta vez, quiero enfrentar lo que haya de venir. -
¿Estás segura?
Sí mi amor, no más fingir un acento, teñir mi cabello, ni fingir ser alguien que no soy, solo soy Candice White Andrew, tu esposa, al diablo con todo lo demás…-
¿Qué hay de Alexander? - había preguntado él con cautela.
Él sabe que… -
Él sabe que pretendimos enterrarte para sacarte de Inglaterra con seguridad., sabe que has estado grave, y que somos su familia, pero mi amor, ese malnacido contó su propia historia, nuestro hijo tiene preguntas…
¿Te dijo algo?
Sí mi amor, cuando fui a rescatarlo… aunque creo que parte de eso lo olvidó por el trauma de todo lo que sucedió, cuando regresamos a Londres noté su distancia con Richard y le dije que siempre responderíamos sus preguntas, a lo que él me preguntó si con la verdad…-.
Dios, Albert, mi niño… ¿qué te preguntó cuando lo rescataste? -
Calma mi amor, le dije que sí y me preguntó si Richard era su padre, a lo que respondí que no… pero la siguiente pregunta fue si Maximilien había sido su padre, y también tuve que responder que no…-
¿Qué más le dijiste?
Me preguntó si conocí a su padre, y le dije que sí, mucho tiempo atrás y le prometí que, si tu no vivías para contarle la historia que solo a ti te corresponde contarle, entonces, lo haría yo, solo le pedí un poco de tiempo. -
Mi niño, valiente y hermoso… Albert, temo que su inocencia ha sido destruida para siempre. -
Le han tocado vivir cosas muy duras mi amor, pero lograremos sanar sus heridas… también le dije que no importaba quien fue su padre, sino que era mi hijo, y que estoy dispuesto a dar la vida por él. -
¿Qué te dijo? -
"Lo sé, tú me rescataste." y me dio un abrazo, todo va a estar bien mi amor, solo quiero que estés segura de lo que quieres, yo lucharé porque su futuro no se vea afectado… -
Quiero volver a ser Candy, Rose puede quedarse enterrada… pero supongo que para que yo pueda ser Candy tu esposa, debe pasar cierto tiempo de duelo… -
Tengo un par de hijos que necesitan una madre, el mundo perdonará que me case pronto con una vieja amiga… sobre todo una tan hermosa como tú, y que adoptes legalmente a nuestros hijos. -
¿Qué dicen los abogados? -
George ya trabaja en ello. Ahora descansa, hoy has sobrepasado el tiempo que deberías estar en pie. -
Quédate conmigo… quiero dormir en tus brazos. - había suplicado ella, y él por supuesto la había complacido.
De vuelta al presente.
Candy respiró profundamente el característico aroma de su loción, mientras recargaba su cabeza en el amplio y fuerte pecho de Albert.
Te amo. - le dijo ella casi en un susurro.
Y yo a ti, princesa. -
George ya tiene noticias, ¿cierto? -
No he hablado con él, pero es muy probable que si… no tenemos que ir, George puede hacerse cargo. -
¿George ó tú?
Solo quiero terminar lo que debí terminar años atrás. Este hombre nos alejó por años, me secuestró, secuestró a nuestro hijo, y casi me hace perderte para siempre en esta vida, no dejaré la solución de esto en manos de nadie más, me voy a asegurar de que nunca más pueda hacernos daño. -
Tenemos las mismas razones… lo haremos juntos Albert, pero no quiero pensar en eso en estos momentos, más bien quiero que vengas conmigo a la cama, y que me dejes mimarte un poco. - le dijo ella buscando deshacer los botones de su chaqueta de montar. Él tomó sus dos manos, las besó, y la miró profundamente a los ojos.
Se supone que vinimos para que descansaras mi amor. -
Nunca dije que sí, solo acepté venir contigo a la habitación. -
No quiero que te hagas daño… o hacerte daño… -
Estoy bien, perfectamente bien, y muero por estar en tus brazos no solo para dormir, Albert, hemos pasado tanto tiempo lejos… - le dijo ella suplicante.
Shhhh, no tienes que convencerme, tenerte así de cerca es una tortura mi amor…-
¿Y entonces? - le dijo ella dando un paso atrás y desabrochando uno a uno los botones delanteros de su vestido. -
¿Estás segura? -
Completamente. - le dijo ella dejando caer al suelo su vestimenta.
Candice… - le dijo él con voz ronca tomándola en sus brazos y llevándola a la cama con el cuidado que se le da a lo más valioso y frágil que se tiene en la vida. - Iremos despacio, y si necesitas que paremos… -
Shhh… lo único que necesito es sentirte dentro de mí. - le dijo ella mientras lo besaba y lo atraía a ella con desesperación. -
Albert estaba sobre ella, manteniendo el peso de su cuerpo sobre sus fuertes brazos, para evitar lastimarla, la bala había tocado órganos importantes, ella había perdido mucha sangre, y estaba viva de milagro, así que nadie podía culparlo por querer evitar que siquiera el viento la rozara. Giró sobre la cama quedando sobre su espalda, y con premura la puso sobre él, disfrutando del placer reflejado en el rostro de ella, mientras sus manos traviesas terminaban de desnudarla, observó con devoción su menudo cuerpo, acariciando con suavidad la roja cicatriz de su costado, se incorporó para cubrirla de besos, ascendió hasta sus pechos desnudos y atrapó uno de sus pezones con su boca, mientras la cadera de ella se movía rítmicamente sobre su erección.
Me vuelves loco. - gimió con voz profunda al sentir la humedad de ella sobre su miembro.
¿Y qué crees que me haces tú a mí? Con ese cuerpo de Adonis, con tus besos, con las caricias de tus manos que me hacen perder la noción de la realidad. - le respondió ella mientras él besaba su cuello y con sus fuertes manos alzaba sus caderas para hundirse dentro de ella con ahínco. La invasión se sentía deliciosa, él sentado en la cama, adorándola con su cuerpo, y marcando el ritmo de su encuentro mientras ella a horcajadas sobre él se dejaba llevar por la deliciosa sensación de sus besos sobre su piel. Sintió crecer el fuego en su interior, la deliciosa cadencia la llevaba fuera de este mundo, el deseo mutuo los elevaba al infinito, y de pronto un gemido de placer escapó de su boca, Albert se adentró en ella aún con más profundidad y sintió como su propio placer la invadía con fuertes oleadas, sus cuerpos estaban bañados en sudor, sus respiraciones agitadas, sus corazones latiendo a mil por hora, y juntos disfrutaron el dulce vaivén del éxtasis alcanzado.
La abrazó, mientras seguía besándola, ella apenas respondía, preguntándose si así se sentía morir de amor.
Creo que avisaré que descansarás el resto del día y que me quedaré a cuidarte. - le dijo mientras mordisqueaba su oreja y la sentía temblar ante su caricia.
Estoy completamente de acuerdo contigo… de hecho, pedí que no nos esperaran a comer… antes de ir tras de ti al jardín… - le dijo ella entre jadeos.
¿Así que nos alimentaremos de amor? -
¿No es acaso suficiente? -
Jajajajaja, para mí sí, pero tú… -
¿Yoooo?
Me refiero que es importante que mantengamos tus fuerzas…-
Jajajaja, soy una glotona, lo sé… nos dejarán bocadillos en el salón de esta suite. -
Así que tenías planeado tomarme prisionero… -
Tenía planeado pasar toda la tarde junto a mi esposo, recuperando el tiempo perdido… espero que no te importe. -
No hay nada que quiera hacer más que estar contigo, por mí el mundo puede rodar…-
Mañana lo enfrentaremos juntos, esta tarde… seamos solo nosotros, amándonos, hasta saciarnos. -
Tendríamos que quedarnos aquí toda la vida, porque jamás tendré suficiente de ti… - le dijo él mientras la besaba con insistencia y sentía el deseo renacer en él.
La amaba con locura, de alguna forma, era la primera vez que le hacía el amor a Candy, había algo místico en la rubia y corta cabellera rizada, algo salvaje en la mujer que tenía en su cama, tal vez era el aire, Lakewood, haber trepado las ramas bajas del Padre Árbol… o tal vez era simplemente que no había más temor, y ella era libre de ser ella, sin subterfugios ni artificios. No podía explicarlo, pero era palpable, su matrimonio con Rose había sido feliz, apasionado, pero tenerla a ella, a Candy, en su cama, a su lado, como siempre debió ser, en Lakewood, como la dueña y señora de su corazón era un cantar completamente distinto.
Candy sintió en él una pasión diferente, durante años había tenido a William Albert Andrew en su cama, el hombre poderoso, protector, excelente amante, caballero consumado, pero hoy con el cabello un poco más largo, ropas informales, barba de tres días, abrumadora sencillez y devoción a ella, de pronto supo que la última vez que había tenido esa sensación al estar con él había sido en el Magnolia, no estaba con el poderoso empresario, sino con el hombre sencillo que la amaba más allá de la razón y sin reservas.
La perfecta sincronía de sus caricias, la pasión desbordada, el encuentro de dos almas que se anhelaban, de dos cuerpos que se complementaban los llevó a alcanzar el más puro placer más de una vez durante ese día, el tipo de placer que solo se consigue con la confianza, la intimidad, la rendición sin acuerdos ni fronteras, sus cuerpos se pertenecían, ellos eran el uno para el otro, y tenían la certeza de que esta vida no les alcanzaría para amarse y terminarían por encontrarse infinitamente en las siguientes.
Muy entrada la noche, mientras ella dormía profundamente Albert se puso de pie y se vistió, necesitaba salir, ella era su paz, pero no ignoraba que aún había una batalla por pelear, la última… y no estaba dispuesto a perderla. Salió al balcón, no quería despertarla, pero su alma estaba inquieta, y los recuerdos no dejaban de acosarlo. Respiró profundo, se tendió en uno de los sillones de la terraza, y dejó que los recuerdos lo asaltaran, lo permitía de vez en cuando, porque se había jurado a sí mismo no olvidar, no volvería a creer que su felicidad estaba asegurada hasta no deshacerse de Terry, de pronto el olor a sal inundó sus sentidos, y el momento justo donde su suerte cambió por primera vez volvió a él.
Podía escuchar las voces de los hombres discutiendo con claridad… recordaba todo como si lo estuviese viviendo de nuevo...
¿Un médico para una piltrafa humana?
¡Un médico para Sir William Albert Andrew! - le respondió Harrison perdiendo la paciencia.
William Albert Andrew… el nombre generó una reacción en cadena en su cerebro, intentó ponerse en pie, ahora sabía porque tenía que huir, y a dónde debía regresar, el punzante dolor se volvió insoportable, una avalancha de imágenes lo ahogó, y con un grito infrahumano todo alrededor de él se volvió oscuridad una vez más.
¡CANDY! -
¿Qué has dicho Andrew?
De pronto supo que ese era ciertamente su nombre, el nombre familiar que lo había llenado de orgullos y responsabilidades, de pronto, todo se volvió claro, y a pesar del horrible dolor de cabeza que parecía lo partiría en dos, William Albert Andrew supo que tenía el sartén por el mango y debía jugar muy bien sus cartas, se puso de pie con dignidad y porte, no importaba que sus ropas estuviesen sucias y raídas, la autoridad con que les habló a los hombres los dejó pasmados.
Tráeme a tu jefe… y espero sea pronto, porque estoy seguro de que si estoy con vida es por órdenes de él, y sin temor a equivocarme supongo que espera un beneficio de esto, así que no creo que le agrade saber que has interferido en sus planes. -
Tú no eres nadie para darme órdenes mozalbete.
Soy William Albert Andrew, y puedo hacerte muy rico, a ti y a tu jefe, o bien muy miserable, tú decides. - le dijo el rubio sin amilanarse, con la autoridad y porte que años de educación y buena cuna le conferían aún en el estado en el que se encontraba.
Muy bien señor. - le respondió el hombre haciendo una reverencia inconscientemente.
También necesito agua y un lugar donde asearme. -
Por supuesto, daré órdenes de que le den una comida caliente también. -
¿Cuándo podré verlo?
Esta tarde señor, ahora mismo mando por él… - respondió titubeante el hombre, no estaba seguro de las consecuencias que tendría por prometer eso, o por no poder cumplirlo, pero, por ahora le parecía lo más sensato.
Bien, retírate entonces. - le respondió Albert con sequedad haciendo un ademán elegante con la mano.
Albert lo observó salir sin darle la espalda y cuando se quedó solo analizó la situación, estaba seguro de que quien fuera el responsable de que él estuviera ahí ya no tenía nada que ver con Terrence, así que era hora de tomar las medidas necesarias para regresar a su casa. Tal como le habían prometido le llevaron comida, bebida y sencillas ropas limpias, así como agua caliente y jabón para asearse, un muchacho, se encargó de prepararle el baño. En un par de horas Albert esperaba caminando de un lado al otro del lugar, sabía que la puerta estaba abierta, pero se mantenía alerta, no tentaría al destino, además de que las cosas podrían cambiar de un momento a otro sin lugar a dudas, rebuscó en el cuarto y encontró un par de cosas con las que podría dar batalla si la situación se volvía en su contra, pero de algo estaba seguro, que todo esa odisea terminaría ese mismo día. Volvería a casa y a ella a su amada.
La puerta se abrió y un hombre bien vestido de rasgos irlandeses y modales carentes de elegancia entró al lugar. Albert conocía a este tipo de hombres y sabía bien que tenía frente a él a un hombre dispuesto a negociar con el mejor postor, así que, para él, al parecer la partida ya estaba ganada si lo que quería era dinero.
Señor Andrew. - le dijo señalando una de las sillas de la mesa para que tomara asiento, y haciendo lo mismo en la otra, uno de sus hombres puso una botella de buen whiskey y un par de vasos sobre ella. Esperó a que sus hombres salieran del lugar para hablar con privacidad. - Me contaron que exigió verme, muy bien aquí estoy para escuchar su oferta y lo que el gran Sr. William Andrew es capaz de ofrecer - le dijo dando un sorbo a su bebida con algo de mofa en la mirada.
Así es...-
Gerald, así puede llamarme. - completó el hombre al darse cuenta de que no se había presentado cuando llegó.
Gerald, seré concreto ¿Cuál es el precio que, para usted, tiene mi libertad?
Jajajaja, me ofende señor Andrew, nosotros solo hemos cuidado de usted en los últimos meses.
No soy ningún ingenuo y sé muy bien quién es mi peor enemigo, así que sé perfectamente que Grandchester está detrás de todo esto y que fue usted, quien hizo el trabajo sucio por él, que fueron sus hombres los que muchas veces me detuvieron como saco de boxeo para que el bastardo tratara de demostrar su hombría, que su interés conmigo es netamente económico y que si sigo vivo es justamente porque sabe que a diferencia de ese bastardo, yo si estoy en capacidad de negociar con dinero, inmunidad y contactos, que de no haber sido así, hace un buen tiempo que yo hubiera dejado de respirar.-
Lo reconozco Sir Andrew, confieso que fue un grave error de cálculos y en mis alianzas comerciales, que me dejé engañar por falsas promesas de riqueza y que la ambición de recuperar mi dinero y un poco más, me llevó a tomar pésimas decisiones con respecto a usted, sin embargo, cuando comprendí cuán equivocado estaba me apresuré a enmendarlo, mis hombres pueden ser unos brutos y se les pasó la mano…y…
Mi amnesia, complicó las cosas.
Así es…
Pudo haber sido más listo y haber cobrado un verdadero rescate por mí.
Sí, pero no me fío de usted y de su familia, sé que pueden ser implacables y si le soy honesto prefiero hablar directamente con usted y llegar a un acuerdo razonable en el que los dos salgamos beneficiados, además nuestros intereses están momentáneamente alineados, porque sé que quiere la cabeza de Grandchester tanto como yo, así que mejor podemos ser socios y salir ganando los dos.
Debe saber que no soy un hombre de negocios sucios y que el bajo mundo tiene demasiados matices, que no deseo en mi vida ni personal y mucho menos en mis negocios, siempre he sido un hombre respetable y de principios inquebrantables.
Lo sé, sé que los Andrew no se venden, pero tenemos un enemigo en común...verá… el bastardo como lo llama me debe mucho más que dinero y he indagado en su pasado, fue difícil hallar información, pero nada es imposible con los contactos correctos y sé que sus problemas con él tienen años e involucra a su antigua pupila, así como a su actual esposa la marquesa.
No soy afecto a los formalismos… pero deténgase, ¿quieres venganza? O ¿las deudas de juego?
Soy un hombre de honor… a mi manera, quiero las deudas de juego, pero sospecho que usted querrá venganza, y yo tengo los medios para dársela.
No se equivoque, No necesito de sus hombres ni de usted, lo único que necesito es que me diga su precio por mi libertad y la certeza de que no volverá a cruzarse en mi camino ni el de mi familia, porque soy un hombre correcto, pero toda esta situación me ha vuelto despiadado y estoy harto de que crean que el honor, es señal de debilidad, créame que puedo llegar a ser su peor pesadilla con tan sólo proponérmelo, reconozco que nuestros intereses por ahora se encuentran alineados y requiero de mi libertad, de su silencio y su lealtad, así como también es cierto que requiero de sus talentos. Necesito que se encargue de ciertas cosas que ni yo ni mis hombres podemos ejecutar, pero no tendrá carta blanca, necesito que trabaje para mí y para mis hombres de confianza, sé que todo tiene un precio y estoy dispuesto a pagarlo, cubrir las deudas del bastardo, a ser generoso por mi libertad, por el trabajo bien hecho y después, cuando todo pase para que desaparezca de nuestras vidas para siempre.
Soy consciente que tiene a sus hombres y sus medios, se también que un hombre como usted, no suele mezclar este tipo de negocios, además, sabe perfectamente que Terrence...juega sucio, que sus planes incluían a su esposa y a su hijo y que planea el peor de los finales para él y para la ramera que alguna vez fue parte de su familia y que para eso me necesita, tanto como yo necesito la inyección de capital a nuestros negocios.
Dígame su precio, el cual estaré dispuesto a aceptar con condiciones, por supuesto con un contrato firmado, no me fío de usted, como bien sabe, soy un hombre de negocios y si bien me no voy a comprometer a financiar sus operaciones de manera directa, si quiero garantías, perfección y profesionalismo de su parte, no quiero los errores y pasos en falso como los que hasta ahora se ha caracterizado por cometer, habrá límites. Quiero mi nombre y el de mi familia limpio, que jamás nos volvamos siquiera a cruzar en el mismo espacio y sus negocios lo más alejados de los míos, además, sabe que lo mantendré vigilado y si se le ocurre traicionarme o volver a sobornarme, su cabeza jamás volverá a estar unida a su cuerpo. Quiero que comprenda que soy un hombre de principios y valores férreos, pero que tiene sus límites. Por eso, es que estoy siendo generoso con mi oferta, para que comprenda que, una vez lleguemos a este acuerdo, no hay marcha atrás y que, si algo me sucede a partir de hoy, usted será el único responsable y nunca más podrá volver a caminar tranquilo ni usted ni su familia sin mirar su espalda.
Lo crea o no Sir. Andrew, soy un hombre de palabra, de honor, aunque usted no lo pueda concebir estoy de su lado, si bien el dinero me interesa y mucho, tengo el orgullo herido por causa de ese remedo de actor, mi asunto con él, así como el de usted es personal, he decidido aceptar su oferta, porque cuando eres bueno en algo no lo haces gratis, así como usted soy un hombre de negocios y Grandchester me hizo perder mucho dinero. Comprendo que debamos tener garantías, pero tiene que saber que soy un hombre con el que no se juega, aunque sé que estamos entre caballeros. Esta es la cantidad, - le dijo extendiéndole un papel, Albert la abrió y no respingó siquiera.
Estoy dispuesto a darle el doble si lo hace desaparecer de la manera más lenta y dolorosa posible, y sí además, casi al final de su sufrimiento, le hace saber un par de cosas que en su momento le informaré, espero que el bastardo esté consciente todo el tiempo, que sepa que es gracias a mí que su vida día a día es miserable, también quiero a la zorra de su amante a Annie Britter destruida, que corra la misma trágica suerte que él, que no tengan paz ni descanso un solo día a partir de hoy. Quiero su dolor, su sufrimiento y su vida. Soy un hombre asquerosamente rico, con mucho poder y contactos en América, Europa, Asia y África, suelo ser muy generoso con quienes bien me sirven, puedo financiar un par de negocios legales, con los cuales dejaría de rondar los bajos mundos, puedo garantizar incluso su entrada en los negocios y la sociedad en cualquiera de esos continentes, pero por ahora necesito de sus talentos de reputación dudosa, para llevar a cabo esta tarea y su compromiso con el trabajo bien hecho. Le garantizo un adelanto del dinero una vez lleguemos a puerto, y yo esté escondido, a salvo, lo demás lo tendrá, cuando el trabajo esté terminado conforme a mis deseos.
Muy bien, supongo que un apretón de manos será suficiente.
He aquí la cuestión, lo quiero acorralado, arrastrándose por el fango, pero, el golpe final es nuestro, nosotros decidimos como y cuando.
¿Nosotros?
Si, mi esposa y yo.
Bien, estamos un poco lejos, pero hay afuera un auto esperándolo y algunos de mis hombres, a su disposición. Le tomará un par de días llegar a Londres, y una vez ahí, mis hombres te lo llevarán.
La venganza es un plato que se come frío y debo ser cauteloso, quiero toda la información que tenga de sus últimos movimientos y los de la zorra, sé que es su amante y exijo que la bote a la calle y se consiga a otra, cualquiera me da igual, pero le exijo que Annie Britter comience a padecer a partir de hoy.
Se la haré llegar y cuente con lo de la zorra hoy mismo.
¿Sus hombres son confiables?
Darian su vida por usted.
Estamos en Irlanda…¿cierto?
Sí.
Puedo ir a Dublín para facilitarle los fondos.
Bien será su primera parada, deje la orden en el banco.
Albert se puso de pie, Gerald hizo lo mismo y le extendió un par de pistolas.
Está asociado con una de nuestras bandas rivales, así que no está demás la protección.
Gracias.
Albert salió del lugar y aspiró el aroma del mar una vez más, después abordó el auto y dio órdenes de dirigirse a Dublín. No podía creerlo, era libre, lo único que quería era correr a los brazos de ella, pero a decir verdad su mente aún estaba un poco revuelta, debía ser cauteloso, recabar información, y planear su siguiente paso. Observó a través de la ventanilla el agreste paisaje del puerto lejano, y una vez más el olor salado inundó sus sentidos…
¿Albert? - la voz de ella interrumpió su tren de pensamientos. Albert se puso en pie y regresó a la habitación, recargó su larga figura en el marco de la puerta.
¿Qué sucede princesa? - preguntó con ternura al verla sentada apenas envuelta en la sábana con los rizos despeinados.
Me hiciste falta, ¿estás bien? - preguntó tallando sus ojos y haciendo ademán de ponerse en pie para ir hasta él.
No te levantes…-
Entonces ven a mi lado y déjame consentirte, tal vez pueda encontrar la forma de deshacerme de los demonios que te atormentan. - le dijo palmeando el lugar junto al suyo.
Debes dormir mi amor. -
Lo dice el hombre que no ha logrado dormir una noche completa… - le respondió ella haciendo un puchero que él no pudo resistir así que caminó indolentemente hasta la cama, llevaba puesto solo el pantalón de su pijama de seda, y Candy contempló atenta su andar varonil, anchos hombros y pecho desnudo, pero más allá del deseo, había amor, amor por ese magnífico hombre que le demostraba día a día de las maneras más sencillas y más extravagantes que él también la amaba. Llegó hasta la cama y se inclinó para besarla apasionadamente, ella respondió de igual manera y sintió como poco a poco el cuerpo de él se relajaba ante sus caricias, la tensión que minutos atrás era palpable, de pronto se esfumaba, y él se dejaba hacer por ella, Candy sabía que eso no duraría mucho, él terminaría por tomar el control y borraría con pasión las horas o minutos que le quedaban a la noche, pero a ella no le importaba mantenerse en vela mientras fuera entre sus brazos, así que simplemente continuó amándolo con cada centímetro de su piel, despertando cada uno de sus sentidos, llevándolo al borde de perder la razón, y justo cuando creyó que está vez ganaría la partida y tendría el control absoluto de su encuentro, él invirtió los papeles y ella se dejó llevar. La noche fue testigo de los suspiros, besos, caricias, y gemidos que escaparon de sus labios anhelantes de beber del otro. El alba tiñó con su dorada luz el horizonte, y Albert aún con los ojos abiertos pudo escuchar los sonidos característicos de la casa al despertar, una cosa en especial captó su atención, la voz de Alexander hablando con Archie mientras lo llevaba a montar.
Tío… ¿tú conoces el secreto que mamá me dirá cuando sea lo suficiente mayor para entender?
Sí, Alex, pero como tu padre te dijo, es algo que solo tu mamá puede contarte…
¿Por qué todos la llaman Candy?... ¿Ella es la princesa del cuento de Stear?
¿La princesa del cuento?
Stear cuenta una historia sobre su tía Candy…-
Si, entiendo… Alex, no puedo responder todo, pero… si, ella es la princesa…-
Debe ser una historia fascinante. - le respondió el pequeño con ensoñación cargada de cuentos de hadas, e inocencia aún imperturbada gracias a Albert y a la familia, a pesar de todo lo que había vivido en los últimos meses.
Albert no alcanzó a escuchar la respuesta de Archie, ya que los cascos de los caballos las sofocaron, pero estaba seguro de que Archie haría lo mejor posible, por ahora, pronto llegaría el momento de contarle la verdad, o al menos lo que él pudiera digerir de la verdad… una vez más su mente voló, podía percibir el olor a humedad, y la oscuridad espesa a su alrededor, escuchó el quedo llanto del pequeño…
Albert supo que había llegado… y su pecho se llenó de alivio y orgullo, porque los sonidos ahogados le decían dos cosas, una; Alexander estaba vivo, y dos; estaba haciendo un esfuerzo supremo por no llorar y ser valiente. Encendió la linterna que llevaba con él, afuera todo estaba oscuro, él y sus hombres habían acabado con los que custodiaban el mísero tejaban donde Terry había encerrado a Alex, pero no estaban seguros de que no hubiese más en los bosques, no les importaba enfrascarse en combate, pero ahora que iba a rescatar a Alex, era importante que el niño saliera ileso, localizó la puerta y volvió a apagar la linterna, y caminó hasta ahí, sus ojos se adaptaban a la oscuridad. Según sus informantes Alex estaba solo en la habitación, pero no quería correr ningún riesgo, corrió al pasador que cerraba la puerta por fuera y abrió con cautela, el rechinido alertó al niño, quien guardó completo silencio.
Alex, soy papá… ¿Alex? - Por toda respuesta escuchó un pequeño susurro que decía.
Shhh, es un sueño Alex...shhh… -
No hijo, en verdad soy yo. - le dijo Albert iluminando la habitación para que Alex pudiera verlo. La impresión que la linterna le brindó hizo que su sangre hirviera, el pequeño estaba acurrucado sobre una manta sucia, en el suelo, hecho un ovillo viendo a la pared y repitiendo una y otra vez lo mismo. Albert no pudo resistirlo y se arrastró hasta su lado para tomarlo entre sus brazos. - Hijo, aquí estoy, he venido por ti… no es un sueño. - la luz atenuada le permitió ver la sorpresa en el rostro de Alex.
Pensé que no vendrías… que nadie vendría.
Mi niño, juro que te explicaré todo, que responderé todas tus preguntas, pero ahora debemos salir de aquí… ¿confías en mí?
¿No, me odias?
Te amo…-
El niño observó los profundos ojos azules y supo que no mentía, hizo ademán de separarse y ponerse de pie, pero Albert le dijo, te llevaré en brazos. Alexander rodeó el cuello de Albert con sus manitas infantiles y recargó su rostro en su hombro. Albert apuró el paso y subió al auto, algunos hombres con él, otros cubriendo la retaguardia, de pronto se escucharon disparos, los hombres del auto trasero se detuvieron para cubrir la retirada, y el hombre que manejaba el auto volteó a verlo de reojo.
Tendrá más oportunidad si huye usted solo con el niño mientras nos enfrentamos a ellos, que piensen que van en el auto con nosotros… ¿Conoce los bosques?
Sí, puedo llegar yo mismo... -
Si logramos deshacernos de ellos lo veremos en el punto de encuentro, pero parecen ser muchos. -
Descuida, Brad, cuídense, si cuando llegue al punto de encuentro ustedes no están seguiré mi camino, el tiempo apremia. -le dijo mientras se echaba al hombro el saco que reposaba en el piso y apretaba la mano de Alex… escuchó el silbido del tren, esa era su oportunidad, se bajaron cerca de las vías y se ocultaron en unos arbustos, Alex sea aferraba fuertemente a él, pero no emitió ni un pequeño ruido, ni aun cuando los hombres que los seguían se acercaron bastante. El cañón del arma se encontraba a escasos centímetros de ellos, pero ambos contuvieron la respiración.
Te dije que se fueron en el auto.
Vi dos sombras...
Ahora les hemos dado ventaja, vamos, imbécil, el jefe nos desollará vivos, además si se fueron por los bosques los atraparan los demás hombres.
El sujeto cercano a ellos maldijo a gritos mientras abordaba el auto mientras Albert y Alex se quedaban ahí en silencio esperando que se alejaran, Albert agradeció al cielo la información que sin querer había llegado a ellos, el tren aún pasaba lentamente, y supo que ese era su camino, no sería la primera vez que abordaba un tren como polizonte, así que con cautela se dirigió a la parte de las vías oculta por arbustos, y buscó su oportunidad, la puerta abierta de un vagón de carga lleno de paja, aventó el saco con comestibles y dinero dentro, dio rápidas indicaciones a Alex sobre qué hacer, antes de arrojarlo para que entrara y tuvo que correr un poco para dar el salto necesario para abordar, pero lo logró sin más contratiempos, pasarían largas horas en ese tren, pero los llevaría hasta Londres, buscó un rincón e hizo una cama con la paja sacó de la bolsa una manta que colocó sobre la paja, le ofreció una a Alex quien la devoró con rapidez, sin dejar siquiera el tallo.
Duerme hijo… - le dijo Albert recostándolo y cubriéndolo del frío.
Papá… - comenzó el niño con voz temblorosa, como si necesitara tomar valor para decir lo que pensaba.
Dime, puedes confiar en mí, Alex. - Le respondió Albert con cariño pasando su mano por el cabello enmarañado y sucio.
¿Es cierto que el tío Richard es mi padre? - preguntó al fin Alex después de una pausa enorme, desviando su mirada de la de Albert, Albert buscó su rostro para mirarlo a los ojos e incluso trató de que el rayo de luz de la linterna les permitiera tener contacto.
No, hijo, Richard no es tu padre. - le contestó con seguridad y firmeza, sabiendo que la conversación no terminaría ahí, pero que el niño necesitaba urgentemente poder descansar agregó -Alex, escucharé todas tus preguntas, tenemos muchas horas por delante, pero debes dormir y recobrar fuerzas, bebe un poco de agua y descansa, yo cuidaré que nada te pase. -
Y después yo cuidaré de ti. - le dijo el chiquillo con valentía.
No es necesario Alex, ya estoy aquí, todo va a estar bien, duerme y después hablaremos sobre todo lo que quieras y necesites saber.
El niño obedeció y se recostó recargando su cabeza en la almohada improvisada que Albert le había hecho, la oscuridad era aún su cobijo, y Albert esperó a que durmiera para recargar la cabeza en la madera del vagón, llevaba un par de pistolas ceñidas al cinto, pero prefería pasar desapercibido, sabía que este tren en particular no haría paradas hasta llegar a Londres, pero también era consciente de que ellos debían bajar antes, por si alguien sospechaba y los estaban esperando en la estación de trenes. Albert apretó los puños recordando la mirada de dolor en los ojos de Alexander, no quería obligarlo a revivir el infierno que debió haber vivido durante su cautiverio, Albert sabía bien que Alex a su corta edad no conocía la maldad, su madre se había hecho cargo de protegerlo a toda costa mientras el poder del duque se había extendido como manto de protección sobre ellos, y cuando Albert lo adoptó redobló esa protección, era un chico varonil, valiente, arrojado, hábil en todos los deportes considerados nobles, como el tiro, montar e incluso había iniciado su entrenamiento de polo, pero también tenía un alma buena, sensible, al igual que su madre era curioso, amante de la naturaleza y era capaz de proteger a los necesitados con todo su ser sin importar las consecuencias, era un niño seguro de sí mismo, que siempre había tenido la certeza de haber sido amado y por lo poco que pudo ver, se dio cuenta que todo eso se había derrumbado en esos horribles meses que había pasado secuestrado, aunque Albert albergaba la esperanza de que el amor y la seguridad terminarían por sanar las heridas.
Dormitó un poco, pero sus sentidos se mantuvieron por completo en alerta, y no osó
moverse para no despertar a Alex, así que después de un tiempo sus propios músculos estaban tensos y fatigados, no podía esperar a volver a Londres, de cierta manera tenían prisa, anhelaba ver a su esposa, pero además debía interrumpir la boda, no podía permitir que Terry fuera a aprovecharse de ella y a lastimarla, le parecía que el tren no se movía con la suficiente rapidez, pero lo cierto era que ese era el método más rápido en ese momento.
Una pequeña mano buscó la suya y Albert bajó la mirada hasta Alex que lo observaba con esos enormes ojos verdes tan parecidos a los de ella, ahora con la luz que se filtraba pudo ver el rostro demacrado del chiquillo, estaba más delgado, sucio e incluso la huella de un par de cardenales se adivinaban en su rostro. Albert tomó la pequeña mano y le sonrió, jurando en silencio que Terry pagaría cara su osadía, la vida no iba a alcanzarle al cabroncete ese para saldar su cuenta por lo que había hecho sufrir a su propio hijo.
¿Tienes hambre?
Un poco… -
Jajajaja, eres igual que tu madre debes tener mucha, anda hijo vamos a desayunar, tenemos suficientes provisiones, le dijo sacando del saco pan, queso, manzanas, un poco de miel y agua.
Anda, come, todo lo que quieras, esto es solo el desayuno, ya comeremos de verdad en unas cuantas horas. Pero creo que primero debemos lavar tus manos y limpiar tu cara. - Le dijo mientras mojaba un paño y con cuidado de no lastimar el área amoratada o su labio aún roto, limpió con amor el pequeño rostro. Después le ayudó con las manos y entonces lo dejó comer. El chiquillo comió con voracidad, Albert tomó solo una manzana y lo observó deleitarse en los sencillos manjares que tenía frente a él. De pronto hizo una pausa y lo miró intensamente.
Mamá no debe verme así. - le dijo con preocupación que hizo sonreír a Albert con ternura.
Creo que a tu madre lo único que le importa es verte de nuevo. - le dijo alargando la mano para acariciar la mejilla del niño.
Lo sé, pero… él quiere lastimarla, por eso me llevó con él, y si le permitimos que me vea así él gana. - Le explicó Alexander con seriedad.
Alexander, escúchame bien, hijo, ese maldito no va a ganar, de ninguna manera, pero sí es importante para ti darte un baño antes de ver a tu madre entonces trataré de que así sea. Te lo prometo. -
Gracias… ¿y los moretones? - preguntó el chiquillo aún preocupado.
Son tu medalla de honor, testimonio de que fuiste muy valiente, también tengo unos cuantos, mira. - le dijo enseñando una cicatriz en su hombro provocando en Alex una sonrisa momentánea, pero no esperaba la próxima pregunta.
¿Dónde estabas? ¿qué tal estuvo tu aventura? - preguntó con curiosidad. - ¿porque nos abandonaste, si prometiste que iríamos los tres de viaje de aventuras? - soltó tratando de contener las lágrimas de dolor.
No sé bien a qué te refieres hijo… ¿te dijo tu madre que estaba yo de viaje? - preguntó Albert de pronto un poco confundido ante la pregunta.
No, mamá nunca me dijo eso, pero él… él me dijo que nos habías abandonado porque nunca te gusto ser el señor Andrew, que te cansaste de nosotros, te diste cuenta de que había sido un error casarte con una… una… con mamá, él no la llamó así… -
¿Qué más te dijo? - indagó Albert lo más suavemente posible, pero con ganas de tener a Terrence enfrente para darle su merecido con sus propias manos.
No recuerdo todo, después de un tiempo dejé de escucharlo ...sé que dijo cosas horribles… y le gustaba verme llorar, así que dejé de hacerlo cuando él estaba presente …, no le daría el gusto de saber que me dolía lo que decía de mí, de mi abuelo, de mamá y de ti ¿estabas en una aventura?, porque ese hombre nos odia tanto a ti y a mí? ¿Qué le hicimos que se comporta como un infeliz y sólo le gusta ver llorar a mamá?
No hijo, no me fui de aventura, mi niño, al igual que tú, él me secuestró… y nada de lo que ha sucedido es culpa tuya. -
¿También te dijo cosas horribles? -
Sé, que cada cosa que sale de su boca es mentira, así que al igual que tú dejé de escucharlo, es un hombre lleno de dolor, resentimiento e infelicidad.
¿Quién es?
Es hijo de Richard, su hijo mayor.
Es el próximo duque, ¿Porque nos odia?, ¿porque Richard no lo quiere?
Porque nunca nada ha sido suficiente para él, es un hombre que no sabe lo que quiere, porque se odia a sí mismo y siente que todos le debemos cosas… siempre ha sido un ser muy infeliz-
Entonces si es mi familia… es hijo del tío Richard… creí que él no tenía hijos que todos habían muerto y que por eso yo era su heredero…
Richard siempre supo que no podía darle la herencia a él, porque no se trata solo de dinero, y que Terrence no haría nada bueno con todo ese poder, ambos cometieron muchos errores y la vida siguió su curso y todo se volvió muy complicado …. por eso es por lo que tú eres su heredero.
Sí Richard no es mi padre, entonces, ¿Maximilian?
Tampoco hijo.
¿Conoces a mi padre?
Lo conocí alguna vez, pero… - Albert titubeó, era muy delicado saber que decir, quería responder con la verdad, pero también quería protegerlo, mientras buscaba las palabras adecuadas Alex lo interrumpió.
Papá, no quiero saber más, dijiste que hay cosas que me dirás después…
Y hay cosas que tu madre querrá contarte…. pero debes saber que los amo, y que haré todo porque el nunca vuelva acercarse a ustedes.
Gracias por venir por mí, quiero dormir, de pronto me siento muy cansado.
Es normal, duerme, aún faltan un par de días para llegar a nuestro destino. -
No habían vuelto a tocar el tema, Alex había dormido mucho, y había comido con apetito, pero poco a poco se veía de mejor semblante, y cuando llegó el momento de bajar del tren lo hizo él mismo de un salto. Ante lo que sucedió después Albert no estaba seguro de que llevar a Alexander a la mansión Andrew para que cuidaran de él antes de dirigirse a interrumpir la boda había sido la mejor decisión, pero había tenido que tomar una decisión, así que había enviado un mensajero por delante, sabiendo que no podía arriesgar al niño llevándolo con él… aunque visto a la luz del ahora, esa decisión casi le había costado la vida a ella... a su Candy …
Una mano traviesa que acariciaba con tortuosa lentitud uno de sus pezones le obligó a abrir los ojos, no se había movido del lado de ella, porque no quería despertarla, pero el movimiento de su mano y su boca besando su pecho le hizo saber que estaba despierta, abrió los ojos, y la atrajo para besarla.
¿Una vez más antes de enfrentarnos al mundo? - preguntó ella coqueta para después añadir. - Además estoy lista para volver a ser madre …. quiero tener otro hijo tuyo - le dijo entre besos con voz sensualmente ronca, él no podía negarle nada, así que simplemente ahondó las caricias y la llevó al cielo.
Después del almuerzo Albert y Candy se dirigieron a la biblioteca con George, habían dado indicaciones de que ellos se harían cargo y que no querían a nadie más involucrado, tomaron asiento frente a George, ambos muy juntos, con las manos entrelazadas, aunque algo serios. George les extendió un legajo que ellos tomaron y examinaron con detenimiento, al principio Candy no entendía que debía ver en las fotografías, pero cuando reconoció la figura femenina vulgarmente vestida en los muelles londinenses se llevó la mano a la boca.
Ella… -
Así es señora… incluso estuvo en los muelles el día que Archibald y la señora Patricia abordaron el barco rumbo a New York. -
Albert le pasó la foto correspondiente y un par de lágrimas resbalaron por la mejilla de Candy al observar cómo Stear le daba el pan… nadie la había reconocido, ni siquiera su propio hijo.
También viene en el barco…- Candy parecía sopesar la situación.
¿Qué quieres hacer mi amor? - preguntó Albert con tacto.
Nos han hecho tanto daño… debemos seguir con el plan, no podemos arriesgar a nuestra familia de nuevo, pero sí ha sido impresionante ver en lo que se ha convertido. -
Si me lo permiten el señor Archibald aún tiene derecho a decidir su futuro, aunque sea su exesposa, es la madre de su hijo, y podría enviarla a una clínica psiquiátrica…-
Supongo que tienes algunas ya vistas. - aseveró Albert siempre consciente de la eficiencia de su equipo de trabajo y de la minuciosidad de George para lidiar con las cosas.
Están ahí mismo en el legajo. -
¿Qué hay de Terrence? - preguntó Albert pensativo.
Está enfermo, muy enfermo al parecer… los hombres del señor Gerald…- intentó aventurar George, pero fue interrumpido por Albert tajantemente.
No George, no dejaremos que ellos se hagan cargo, porque yo mismo quiero acabar con todo esto, son nuestros hombres los que deben recibirlos y llevarlos con discreción a algún lugar… después decidiremos qué hacer. - le dijo Albert, por supuesto quería hacerlos pagar, y sobre todo asegurar que nunca más les volverían a hacer daño, pero en medio de la paz que habían encontrado, era consciente que ninguno de los dos podría con la culpa de matarlos… tal vez era esa la razón de su insomnio, la certeza de tener que matar al bastardo con sus propias manos para asegurarse de que jamás pudiera volver a tocarlos… lamentablemente la conclusión siempre era la misma, Terrence Grandchester tenía que morir y prefería hacerlo él mismo, no solo porque el bastardo merecía que lo mataran sin piedad, sino que además jamás se perdonaría que Candy lo hiciera.
¿Cuándo debemos partir a Nueva York? - preguntó Candy con practicidad.
Mañana temprano si quieren llegar e instalarse un par de días antes de que llegue el barco… pero, si no quieren viajar, yo puedo hacerme cargo, creo que saben que pueden confiar en mí.
No George, esto es nuestro asunto y no permitiremos que tú te manches las manos con ello, suficiente has hecho ya.
Albert, eres el hijo que no he tenido aún, y que tal vez nunca tenga y Candy también eres como mi hija, es mi deber como padre cuidar de ustedes, son mi familia.
Te lo agradecemos George, pero somos la cabeza de los Andrew y nos corresponde hacernos cargo. Prepara todo para salir mañana temprano, a veces hay que aprender a hacer lo necesario para proteger lo que se ama y la vida que tenemos, no podemos decir que es algo que soñamos con hacer, pero la vida nos puso en estas circunstancias y por no hacerlo antes casi perdemos todo lo que es importante para nosotros. Quiero que te des cuenta que nosotros nunca quisimos cargar con este peso, con la decisión final sobre sus vidas, pero ellos con todo lo que nos hicieron nos llevaron por este camino sin retorno y los dos hemos jurado hacer lo que sea necesario para mantener la paz y felicidad en nuestra familia, así que eso es justamente lo que haremos… hacerlo todo y esto sólo se va a terminar cuando los dos dejen de respirar el mismo aire que nosotros…. a veces hay que bailar con el diablo para salir del infierno, y nosotros nos prometimos que nunca más permitiríamos que nos hicieran daño y si se debe hacer … simplemente lo haremos, es una decisión tomada y nada nos hará cambiar de opinión, ni siquiera nuestros hijos, porque es por ellos justamente que tomaremos las medidas necesarias y nos haremos responsables hasta las últimas consecuencias. No hay más que decir. Por hoy pasaremos el día en familia, sin que nada interrumpa nuestra alegría de estar juntos. -
Bien, se hará como ustedes digan. -
Vamos amor mío, prepararemos un picnic y llevaremos a todos hasta la cascada, para pasar el día ahí. - le dijo Albert sabiendo que eso le encantaría a ella.
Alex será feliz nadando, vamos George, apúrate, debes acompañarnos, iré a pedir que nos preparen una gran canasta en la cocina. - besó fugazmente a su marido en los labios y salió con una enorme sonrisa, Albert cerró la puerta tras de ella y tomó el vaso de Whiskey que George le extendía.
No sabes si quieres matarlo. -
Quiero que no nos dañe nunca más George, eso quiero, pero definitivamente pensar en ir y matarlo a sangre fría no es placentero.
No tienes que hacerlo en persona.
No somos ese tipo de familia George.
Puedo arreglarlo…
No, ya te he dicho que no, solo que aún no decido qué haré.
Y tampoco quieres que ella lo haga.
No lo sé viejo amigo, no lo sé, si quiere hacerlo no la culpo y no la juzgo, pero no sé si podrá vivir con ello, y no estoy dispuesto a que perdamos nuestras almas en esto.
William, si me lo permites… deja de martirizarte, cuando estemos ahí sabrás que hacer, por ahora, solamente disfruta del hermoso día y ve a ayudarla a tener todo listo, sabes que la paciencia no es su fuerte.
Tienes razón, viejo amigo, ve a cambiarte, sé que tienes todo listo y que tú viajarás con nosotros. - le dijo dando el último sorbo a su whiskey con un ademán de brindar con George. George esbozó su acostumbrada y casi inexistente sonrisa reservada, y lo observó salir, preguntándose si lo que la señora Elroy le había sugerido el día anterior no sería lo mejor.
Rumbo a NYC, a dos días de llegar al puerto, aún en el Atlántico.
El asco, y la impotencia amenazaban con ahogarla, se había defendido con ahínco, y el deformado rostro de Terry lo demostraba, sin embargo, en medio de uno de sus ataques de ira, él seguía siendo mucho más fuerte que ella, así que terminó por someterla en el colchón maloliente, mientras la penetraba brutalmente, farfullaba líneas incoherentes de todos su grandes papeles con voz rasposa e inconexa, nada quedaba de la reverberante entonación de antaño del actor shakesperiano consumado, ahora su voz era más un rasposo susurro, Anne no quería verlo, las arcadas comenzaban a invadir su cuerpo que ya se cubría de sangre en algunos lugares, pero no era su sangre, sino la de él quien en esos momentos de delirio no era consciente de que se hacía daño a sí mismo con cada movimiento.
Basta Terry… - suplicó ella.
Cállate, tú estás aquí con un solo propósito, darme placer - le dijo mientras la tomaba de los cabellos y la obligaba a tomar su miembro sangrante y virulento con la boca, eso era más de lo que podía resistir, su mano encontró la botella y con todas sus fuerzas la arremetió contra su cabeza haciendo que perdiera el sentido, corrió a la letrina, y escupió mientras sus entrañas se vaciaban se dio cuenta de que no había solo sangre, sino trozos de carne… él se deshacía en pedazos, y ella sabía que sin duda estaba condenada, como pudo lavó su cuerpo, lo escuchó moverse y gemir, al parecer había vuelto la debilidad y el dolor, pero no se expondría de nuevo, salió decidida y mientras él aún estaba semiinconsciente y lo ató con las sábanas antes de que recobrara las fuerzas, lo amordazó y apretó con todas su fuerzas, requirió todo lo que tenía en ella, pero mientras lo hacía recordó todas las humillaciones que él la había hecho pasar, los ojos azules de él fijos en ella, se abrieron de par en par, pero esta vez ella era más fuerte. Tomó la botella y la quebró en la mesa, nadie se acercaría a la habitación sino hasta el día siguiente y entonces sería demasiado tarde. Así que decidió tomarse su tiempo.
Morirás, esta noche, pensaba dejarles la venganza a ellos, pero conociendo a ese par tendrán misericordia y te internaran en un sanatorio, no mereces la dignidad de morir en paz en un lecho limpio, sino en esta inmundicia, tampoco mereces una tumba como última morada ...y sabes… nada de lo que hiciste importó, porque hoy él y ella están juntos, y no me refiero a la marquesa, sino a Candy…, si tu amada Candy White Andrew jajajaja, no lo sabias, siempre supe que eras un imbécil, pero tú incapacidad para darte cuenta de la única verdad, me lo demostró todos los días y yo, debido al odio que siempre le tuve a ella, siempre callé la verdad para que tú mismo te encargaras con tus propias manos de hacerla sufrir, verla llorar, humillarla y de reafirmar su desprecio por ti, Albert debería agradecerme que fue siempre gracias a mí, que tu jamás pudiste ser feliz con ella, la odie siempre y tú fuiste el medio que encontré para hacerla infeliz, tú que decías amarla y venerarla sólo te dedicaste a hacerla miserable en todas las posibles vidas que pudiste tener a su lado, eres tan estúpido e ingenuo, que en tu infinita soberbia nunca te diste cuenta, y yo, preferí callarlo porque así convenía a mis planes de venganza y manipulación, pero todo era tan obvio, nunca te diste cuenta maldito bastardo que no era ninguna marquesa, que era la mismísima Candy… que ella no murió en el trágico accidente, que nadie podría haber hecho que William sonriera de esa forma sino era ella, su único y verdadero amor y que tu amada y virginal Candy, jamás te amo, que solo fue una estúpida que se dejó impresionar por el chico rebelde de la clase y que como idiota persiguió sueños irreales, cuando su único y verdadero amor ha sido y siempre será el insípido de Albert, eres tan imbécil que fuiste el único que jamás la conoció de verdad, por eso no pudiste distinguirla cuando la tuviste cerca y sólo te dedicabas a humillarla como siempre, porque es lo único que sabes hacer, estas vacío por dentro - Terry gimió con ira tratando de zafarse. - sabes, eso no lo es todo, el chiquillo que secuestraste, golpeaste y torturaste… no era ningún hijo del duque, ni de su hermano marica, sino tu carta para obtener todo lo que soñaste… Alexander es un bastardo, sí, pero no el de tu padre, sino el tuyo, es tu hijo, el maldito hijo que no debía nacer, pero que te negaste siempre a ver…. jajajaja ...eres tan poca cosa, eres una piltrafa humana que no vale la pena, siempre fuiste terrible, ni siquiera como amante lograste satisfacer a ninguna mujer, nunca lograste hacerme sentir nada, solo fuiste el medio de mi perdición y de mi estúpida venganza para Candy, así que hoy le haré un servicio a la humanidad y libraré al mundo de tu inútil existencia, de tu minúsculo miembro… y de todo tu ser, agradece que te voy a hacer un favor a ti y al mundo, mereces morir, eres el peor ser humano que he conocido jamás, no vales nada como persona, eres un pseudo hombre que nunca sirvió para nada y su única misión en el mundo siempre fue lastimar, porque estas vacío por dentro y no mereces el aire que aún respiras, mereces morir y mi último placer será matarte como hace años he soñado hacerlo.
Terrence se retorció, pero ella no le prestó atención, tomó el cuello roto de la botella y enajenadamente procedió a desprender el maltrecho apéndice del cuerpo de Terry mientras el olor metálico de la sangre llenaba aún más el lugar, él aún no había perdido el sentido, movió un poco la mordaza y antes de que pudiera gritar, hizo con él justo lo que él había hecho con ella, regresó la mordaza a su lugar, y lo cubrió con una sábana, regresó a la letrina, se lavó y cambió sus ropas, observó su cuerpo, y vio los primeros signos de la erupción, no sufriría más indignidad en su vida, de eso estaba segura. Se cambió le dio un último vistazo a la figura que yacía grotescamente sobre la cama, sus ojos abiertos, parecía ahogarse, pero las fuertes ataduras lo mantenían en su lugar. Salió de la habitación y la cerró con llave, caminó hasta la popa del barco, nadie la molestaría, la llave apretada en la palma de la mano laceraba su piel, iba descalza, su cabello enmarañado, sintió la brisa del mar sobre su rostro una última vez, no había marcha atrás, esta era la única dignidad que le quedaba, escoger la forma de morir, trepó el barandal, escuchó el grito del vigía que le ordenaba detenerse, pero estaba demasiado lejos como para impedírselo. El helado mar se la tragó en un instante, el peso de las enaguas la jalaron hacia abajo e irónicamente su tumba sería aquella que había deseado para la que alguna vez había sido su mejor amiga.
Cuando el marinero llegó hasta ahí solo pudo contemplar el ancho mar en calma. Debía reportarlo, pero no había nada que hacer.
¿Qué sucede Douglas? - preguntó el primer oficial.
La mujer saltó al mar… debo avisar al capitán. - le dijo el chico aún impresionado.
No es necesario que lo hagas esta noche Douglas, mañana yo le informaré, no quiero un alboroto, después de todo nadie se aflige por una meretriz menos en este mundo. -
Fin.
