"La felicidad del amor está en su acción; su prueba es lo que uno está dispuesto a hacer por los demás."
―Levis Wallace
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Akin no dejó de patalear aun en brazos de Mikasa, intuía que algo no estaba bien y no quería subir a los carros. Armin la acompañó en el mismo auto donde Ntaganda hacía de copiloto.
Dejaron Kibumba cuando el sol empezaba a salir. Increíblemente ninguno de los hombres que fue tras Levi había regresado y después de una hora la paciencia del mercenario se agotó, ordenó que los hombres restantes se marcharan con él y los que se quedaran le llevaran el cuerpo de Levi a Tcheguera.
Mikasa odiaba que lo llamara muerto, porque no lo estaba, no aun. No podía apartar de su mente la imagen desastrosa del mismo, lo mal que había huido y que si pensaba de manera objetiva…no tenía muchas posibilidades de sobrevivir pero…era él, no un hombre cualquiera así que todo, absolutamente todo era posible.
―No te mortifiques, dejaré que te despidas de su cuerpo frío antes de que lo sirva a mis perros. Sube al auto.
Si no tuviera rehenes, Mikasa habría saltado sobre él y habría luchado hasta la muerte, pero no se trataba de ella o de Levi, había mucha gente involucrada. Temblaba al pensar en lo que sucedería cuando llegaran a Tcheguera donde el resto de los rangers y los trabajadores del parque se encontraban "resguardados".
El camino no era realmente largo si se contaba con un auto y un bote, al amanecer avistaron la isla y al fondo en cálidos colores Nyiragongo y Nyamuragira arrojaban lava matinal. Aunque menos ostentoso que Kibumba, Tcheguera era famoso por la impresionante vista de los volcanes más grandes del parque: Karisimbi y Mikeno, en cuyas faldas deambularon los días previos. Era tan hermoso que pasaba desapercibido el aroma a muerte que aquellas aguas turquesa habían tenido en algún momento de la historia. También pudo ver más tiendas montadas.
Al sonido del motor del bote precedió un grupo de rangers que cargando sus armas se preparaban para recibir a los recién llegados. Ntaganda tomó del pelo a Mikasa para brincar sobre los márgenes del rio, Akin trató de morderlo pero el hombre le amenazó con pegarle.
―Bajen sus armas, nadie querrá limpiar los sesos de su directora recogiendo cada pedazo del suelo. Hemos venido a saludarlos y a pasar un rato agradable con ustedes.
Un hombre maduro, con facciones adustas que portaba el uniforme verde y la boina característica del equipo ranger dio un paso al frente, provocando que todos levantaran sus armas nuevamente.
―Directora, ¿está usted bien?
Mikasa sabía que no era una pregunta tan sencilla, ese hombre era el padre de Kitwana y con esa frase había querido preguntar por su hijo también.
―Lo estoy, lo estamos. Bajen sus armas, no quiero que nadie más salga herido.
Ofuscados y recelosos los hombres de verde dejaron de apuntar con sus armas. No tenía mucho que había recuperado la esperanza y ahora, como un monzón, amplio y sin salvación, caía sobre ellos la derrota.
― ¡Bien, así es como se soluciona todo!
―Saquen a los otros y enciérrelos a todos en….la bodega de allá. ―Señaló una tienda de hules verdes que presumiblemente fungía como bodega.
― ¿Jefe no quiere que saquemos lo que haya dentro primero?
― ¿No, qué te parece que somos? ¿Ladrones? Ahora ya no hay necesidad de hacer cosas como esa, todo lo que ven aquí es nuestro y podremos disponer de ello cuando queramos. A quien le parezca y a quien no, denle un tiro.
Entre miradas de odio y uno que otro insulto los hombres que cuidaban el campo fueron encerrados en la bodega. Armin fue obligado a punta de pistola a traer sus materiales y empezar a dosificar los dardos para poner a dormir a Akin que no paraba de escupir a todos los que se acercaban a Mikasa una vez que Ntaganda la dejó sentarse en la recepción del campamento.
Armin hacia todo con lentitud disimulada, no sabía qué esperaba, quizá a sí mismo formular una solución intrépida pero por más vueltas que le daba no encontraba ni la mínima pista.
En el otro campamento los hombres se hartaron de rondar, era increíble: la tierra se había tragado al hombre que buscaban. Aunque lo cierto era que en un hueco tronco mohoso, aprovechando su talla pequeña, Levi se metió y aguardó hasta que los rondines de los furtivos cesaron.
En ese lapso creyó haber perdido la consciencia dos veces al menos, sus manos se sentían ásperas con la sangre seca y el barro. Al mínimo movimiento ráfagas de profundo dolor recorrían su cuerpo. Cuánto contraste en una sola noche, del estremecimiento placentero al tortuoso, en tan poco tiempo.
Ya su corazón no latía tan fuerte y así escuchaba mejor a su alrededor, se arriesgó a salir aunque la tentación de quedarse tumbado ahí y rendirse era grande. Toda su vida era un constante bucle: verse en situaciones como esa tras seguir fielmente las órdenes de su superior, no había nada que temiera abandonar en esta vida, ni siquiera su propia existencia.
Y de pronto, esa noche descubrió una inquietud en su pecho. Si lo pensaba con objetividad la respuesta era obvia: en esos parajes salvajes y con esa gente de duro carácter como el suyo encontró la motivación que nunca tuvo en su vida. Por un momento había considerado el que realmente fuese un adicto a la adrenalina, pero ahora lo sabía, si tenía que poner su vida en riesgo o incluso entregarla lo haría por esa tierra y su gente.
Se arrastró, cuidando que el cuchillo no se moviera, no lo quitó porque si estaba tapando un vaso, al quitarlo se desangraría rápido hasta morir. Pero el moverse con eso clavado era más que complicado. Necesitaba llegar hasta su cuarto, ahí en su maleta debajo de la cama había inyecciones de morfina, con eso podría moverse por un tiempo, el suficiente para ir por Ntaganda.
Tuvo que apoyarse en los árboles para avanzar, su voluntad era más fuerte que nunca pero físicamente se sentía devastado. Con cautela asomó su cabeza al camino que conducía a su choza. En apariencia estaba despejado.
El cielo era un poco más claro, pero aún podía ver las estrellas. Entró al cuarto y parecía que no habían revisado pues se mantenía el orden. Volteó el catre, se apoyó con una mano en la pared y con la otra levantó su maleta sin agacharse mucho, tenía que inyectarse rápido y comer porque su vista cada vez era menos nítida.
Pocas veces había usado un opiáceo, no le agrada la idea de una droga en su cuerpo, pero esta vez no era opción. La medicina era rápida, poco a poco pudo mover mejor su pierna; era algo terrorífico el que pudiese moverse con su cuchillo clavado, aún sentía dolor pero era tolerable. La tentación de aumentar la dosis es grande con medicamentos como ese, sientes que es la cura de todos los males pero si te excedes podrías acabar muerto al no poder respirar más.
Tenía una semiautomática y la glock, pero no era suficiente, aunque si de equipo se trataba confiaba en que el depósito bajo la oficina de Mikasa siguiera intacto. Ya no era solo la directora, o la mujer que debía proteger por órdenes superiores, era alguien preciado para él. No era su amiga, ni su amante, pero era especial y por ahora eso le bastaba. Primero tenía que ayudarla y después pensaría sobre cómo le gustaría llamarla, se lo preguntaría. Recordó sus ojos sollozantes, lo vulnerable que se mostró solo para que lo dejasen ir. De alguna forma lo compensaría, de la forma en que ella quisiera, solo tenía que pedirlo y pronto podría.
Interrumpió el hilo de sus pensamientos cuando escuchó el mecánico rugir de un auto. Sacó el arma y salió de la casa, apostándose en una posición segura. Ya no estaba de humor para ceder y no había nada ahí que lo pusiera en desventaja, salvo el hecho de que estaba herido. Aun así apuntó entre los árboles cuando de una camioneta gris observó una reluciente y engominada cabellera dorada.
En paralelo levantaron las cejas y cuando el rubio se disponía a sacar su arma, Levi le interrumpió dejándose ver.
―Con una mierda, ¿qué diablos sucedió aquí? ―replicó su superior al contemplar la casi fantasmagórica apariencia de su amigo.
―Algo muy malo si has tenido que venir a apoyar mi trasero.
Conforme se acercaba la expresión preocupada del comandante Smith aumentaba, el ceño apretado llegó al clímax cuando notó el cuchillo.
―No deberías estarte moviendo con eso ahí.
― ¿Cómo llegaste? ¿Qué haces aquí?
Levi dio un traspié y antes de caerse, su comandante y amigo, le ayudó a llegar hasta el capó de la camioneta para que pudiese recargarse.
―En realidad nunca dejé Goma, me hospedé en un hotel malísimo para no llamar la atención y desde ahí preparaba todo para sacar del país a Ntaganda pero supe que necesitaban un médico aquí. Dijeron que era para ti. Usualmente nunca necesitas uno, intuí que no iba bien el asunto. No me equivoqué. ¿Qué demonios pasó?
―Visité al bastardo en su campamento, volé una que otra cosa, me robé a su prometida o eso creo que quería con Mikasa y finalmente me atrapó aquí. Me dirijo a hacer lo mismo, por segunda vez.
En la cara de Erwin se escondió una sonrisa amarga, era la primera vez que veía en tal estado a su amigo y tan desconcertado se encontraba que no decidía si era bueno o malo.
―No puedes, ¿cuánta morfina tienes dentro?
―La suficiente, pero no durará mucho.
―Necesitas cirugía o podrías perder la extremidad si es que no mueres antes.
―Conozco mis limites aunque el médico seas tú, todavía puedo, deja que atrape al bastardo y cuando esté en ese avión rumbo a una fría prisión dejaré que me vea un médico. Puedes ayudarme en esto o dejar de estorbar.
―Estás demente.
Con los años y al observar el crecimiento de aquel delincuente, conocía sus capacidades y sus límites. Estaba cerca pero no había llegado, lo mejor era ayudarlo. Suspiró fuerte, lo miró a los ojos y afirmó:
―Maldición, lo haremos, pero definitivamente no solos. Haré unas llamadas.
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