YNTE Epílogo.
NYC, 1946
El puerto vibraba con el bullicio de la gente, la guerra había terminado, y algunos comenzaban a volver a casa, otros tantos lo harían años después, y muchos otros jamás regresarían, un lujoso buque había atracado en el muelle y de él descendían sus pasajeros, hombres y mujeres que anhelaban escapar de la desolación y la destrucción que el blitzkrieg había dejado en sus tierras y que veían en América la esperanza de una nueva vida tal vez, o tan solo la oportunidad de olvidar por un poco de tiempo todos los horrores vividos. Entre los pasajeros, un apuesto oficial de la Royal Air Force descendía a paso lento por la barandilla del buque de primera clase, su porte atlético y marcial atraía las miradas de los transeúntes, sobre todo de las damas, no era un jovenzuelo, sino un hombre, seguramente rondaba los treinta, y en sus facciones se adivinaba la tensión de la guerra apenas culminada, portaba orgullosamente el uniforme, y en su pecho colgaban las medallas que atestiguaban su valor y coraje. En su brazo se apoyaba un hombre mayor, cabellos grises, porte de caballero, que aún en su andar cansino se adivinaba que en sus tiempos debió haber sido un hombre apuesto.
Ella los observó desde el muelle, era una mujer hermosa, de esas que si uno no presta la atención debida pasa por una jovencita, pero cuya edad real era más cercana al medio siglo que a los años de adolescencia. Su mirada de adoración lo decía todo, mientras las lágrimas de gratitud corrían por sus mejillas, y esperaba cambiando el peso de su cuerpo de un lado a otro con impaciencia, moría por empujar a la muchedumbre y encontrarse al fin de frente con el amado hijo que no había visto en lo que parecía una eternidad y por quién había rezado fielmente prácticamente a cada momento para que se mantuviera con vida y regresara a casa sano y salvo.
Calma, amor mío, en un momento más lo tendrás en tus brazos. - le dijo al oído el dueño de sus suspiros.
Albert… se ve tan guapo… es todo un hombre…
Ya era un hombre cuando se fue, querida mía. - le responde él con una sonrisa tierna, conociendo de sobra las debilidades de su corazón de madre.
Lo sé, pero… ahhh… ¡nuestro niño está en casa! - le dijo dando un par de brincos de alegría mientras maldecía internamente a la muchedumbre que no le abría paso a un héroe de guerra y a un venerable anciano (Si Richard la escuchara llamarlo así, seguramente le daría algo)
Jajajaja, mi amor, nunca cambiarás, vamos, acerquémonos más, no quiero que mueras de ansias.
Lo dices solo porque tú pudiste verlo en Londres todas esas veces que viajaste. - le dijo ella en obvio tono de reproche que sin lugar a duda delataba una discusión antigua.
Princesa, ahora que es seguro te llevaré a Londres todas las veces que quieras. -
Ella le respondió con un puchero, y estaba a punto de añadir algo, cuando se percató que Alexander se acercaba a ellos al fin, salió corriendo del lado de su amado esposo y se lanzó a los brazos de su hijo sin miramiento alguno, Richard que había visto toda su intención se había separado de Alexander y observó a los dos con una enorme sonrisa, mientras el muchacho la hacía girar en el aire.
Richard, bienvenido. - le dijo Albert estrechando la mano del viejo duque con afecto.
William, gracias por recibirnos. - Respondió con su acostumbrada impecabilidad el hombre, que ciertamente no era el mismo que años atrás, el peso del pasado había dejado su huella, en él, y el haber perdido a Vivian tan solo un año atrás sin duda había hecho mella en su salud, pero, tal como él decía, no podía morirse sin ver al próximo heredero de los Grandchester y con la misma insolencia con la que había vivido siempre, se aferraba a seguir haciéndolo.
No tienes nada que agradecer, este es el hogar de Alexander, y por supuesto que siempre eres bienvenido. - le respondió Albert con sinceridad, pero su plática no pudo continuar porque su amada esposa no cabía en sí de emoción.
¡Dios mío! No puedo creer que al fin estés aquí, te ves tan apuesto, aunque seguramente Mary hará algo por engordarte, pero… - la mente de Candy volaba sin control. Era su estilo cuando estaba emocionada, y Albert no podía evitar derretirse de ternura ante ello.
Calma madre. - le dijo el joven un poco sonrojado por la evidente felicidad de su madre en pleno muelle, sin embargo, nadie la juzgaría los años de guerra habían sido duros, y más de una mujer a su alrededor sabía que si su hijo hubiese vuelto ella hubiera hecho lo mismo para recibirlo. - Papá. - dijo Alexander antes de fundirse en un afectuoso abrazo con el hombre que lo había inspirado a servir honorablemente a su patria, aunque eso pareciera contradictorio, ya que Albert Andrew era un consumado pacifista y filántropo.
Hijo, es bueno tenerte de vuelta en casa, pero vamos, nos esperan para festejar tu regreso.
Antes de partir debo decirles algo… o más bien… esperen un momento por favor. - dijo el joven regresando por donde había venido. Candy estaba a punto de interrogar a Richard, aunque seguramente hubiese sido en vano, pero entonces vio en lo alto de la pasarela la razón por la que su hijo había regresado, una menuda mujer, de hermoso cabello castaño con un pequeño de unos dos años en brazos.
Dios mío… -
Escúchalo primero Candice. - dijo Richard con suavidad mientras le apretaba afectuosamente el brazo.
Alexander observó a su madre y a su padre, ella tenía escrito en su rostro la sorpresa de la revelación, y él, como siempre, le sonreía con seguridad, con esa mirada que le decía que todo estaría bien.
Vamos cariño, es hora de presentarte. - le dijo orgulloso el joven a la que él consideraba la mujer más hermosa del mundo.
Pensé que tu tío sería un reto, pero tu madre… - el nerviosismo era evidente, y Alexander no podía terminar de entender como una mujer dulce y afectuosa como lo era su madre podía causar esa sensación.
Es un amor, te lo juro. - le dijo con afecto, tratando de infundirle confianza.
Alex… -
Confía en mí, todo estará bien. Vamos. -
Él tomó al pequeño en brazos, y la dio- de la mano para descender, sus ropas eran elegantes, sin duda lo mejor que el dinero podía comprar a pesar de la escasez de la posguerra, pero Candy adivinó en la chica el nerviosismo característico de alguien que no se siente a gusto con su propia piel. Así que respiró profundo y puso una sonrisa radiante en su rostro. Recordaba lo que era sentirse así, y reconocía en su hijo y en ella los signos del amor, así que haría lo que fuera necesario por hacerla sentir bienvenida.
Mamá, papá, ella es Magritte, y este pequeño es nuestro hijo, Jean. - dijo con orgullo y mirada de adoración Alexander.
Candy le sonrió a la joven, no debía tener más de 21 o 22 años, y observó al pequeño bebé pelirrojo que su hijo llevaba en brazos.
Bienvenida a casa, Magritte. - le dijo mientras la abrazaba.
Enchanteé Madame. - balbuceó la joven sorprendida. - Lo siento, aún no me acostumbro al idioma.
No te preocupes, podemos charlar en francés si es más fácil para ti. - Le ofreció Albert mientras besaba sus dos mejillas a la usanza francesa.
No, gracias, debo acostumbrarme. - respondió ella sin poder evitar que sus mejillas se sonrojaran, si había pensado que el tío Richard era imponente, no tenía cómo describir al padre de Alexander, a decir verdad, ambos la intimidaban un poco, lucían como la pareja perfecta, y por lo que Alexander le había contado en realidad lo eran.
Vamos al auto, deben estar cansados. Ya el equipaje fue cargado, y podemos dirigirnos a casa. - les dijo Albert con una enorme sonrisa después de hacer reír al pequeño que tímidamente se escondía en el cuello de Alexander.
Candy observó con ternura a su esposo, quien mientras caminaban rumbo a su vehículo hacía todo tipo de gestos al pequeño, que como todo el mundo terminó por rendirse ante los encantos de Albert Andrew y le extendió los brazos.
Vamos abuelo Albert, tu nieto pide que lo cargues. - le dijo Candy con una enorme sonrisa conocedora de sobra que Albert no sería muy feliz ante la conciencia de que era abuelo a tan temprana edad.
Jajajajaja, mi querida señora Andrew, ¿acaso no te das cuenta, que también eres abuela ahora? - le respondió él con una sonrisa burlona.
En todo caso, eres el abuelo más apuesto del mundo. - le dijo ella coqueta.
Y tú la más hermosa, amor mío. - respondió él, haciendo una pausa para besarla, sin importar que se encontraban en plena calle.
Alexander y Richard estaban acostumbrados a ellos, pero para Magritte, su comportamiento fue toda una revelación. El viaje en auto fue ameno, sin embargo, Magritte no podía dejar de observar a la madre de Alexander, hermosa y elegante, aunque su atuendo era engañosamente sencillo, había tenido una idea del estilo de vida al que Alex había estado acostumbrado en Londres cuando conoció al duque, pero nada la había preparado para la hermosa mansión a orillas del mar que era la residencia de los Andrew en New York. Y no por primera vez se preguntó si el amor sería suficiente para mantener unidas a dos personas con pasados tan distintos. Amaba a Alexander con locura, pero era consciente de que ella no era sino una sencilla francesita de campo.
La familia estará encantada de conocerte. - le dijo Candy con dulzura, sacándola de sus cavilaciones.
Gracias… - alcanzó a responder la joven, reprochándose no ser capaz de pronunciar dos palabras seguidas ante la mujer que ella bien sabía era la adoración de su esposo.
Dime, ¿cuántos años tiene Jean? - intentó una vez más Candy, con lo que parecía una pregunta inofensiva, pero que sin duda puso nerviosa a la joven.
Dos años y medio. - respondió escueta, esperando la siguiente pregunta obvia, pero esta nunca llegó.
Es hermoso, y muy fuerte. - alabó ella en un esfuerzo más, mientras permitía que el pequeño jugueteara con su largo collar de perlas.
Sí lo es, estamos muy orgullosos de él, madre, y estoy seguro de que una vez que se acostumbre a ustedes, se divertirán mucho. - le dijo Alex radiante, recordando las locuras y aventuras que había vivido al lado de sus padres cuando niño.
Estoy segura de que así será cariño, será grato tener un pequeño correteando por la casa de nuevo. - respondió la rubia con mirada soñadora.
Tal vez podamos hacer que alguien más le haga compañía. - le respondió Albert insinuante, mientras Alexander ponía los ojos en blanco y Richard soltaba una carcajada.
Por Dios querido, es una locura siquiera pensarlo, me temo que después de 15 años ya no tengo idea ni de cómo cambiar un pañal, pero si te sientes decidido, amor mío, siempre podemos practicar. - le respondió ella con un guiño travieso.
Para Alexander no era ningún secreto que sus padres no eran convencionales, y que antes que padre y madre, eran Albert y Candy, un par de locos enamorados que odiaban los formalismos, y eran capaces de gritar a los cuatro vientos que se amaban con locura. Había veces que Alexander se preguntaba cómo era que su locuaz madre había logrado jugar el papel de una compuesta, tradicional y sosegada marquesa durante tanto tiempo.
Te acostumbrarás a ellos y terminarás por adorarlos. - le dijo al oído a Magritte, mientras la tomaba de la mano y le sonreía. Ella simplemente sonrió de regreso, consciente de que Alexander tenía razón.
Albert estacionó el vehículo a las afueras de la enorme mansión, era una propiedad magnífica de construcción relativamente reciente, diseñada al gusto de Candy y equipada con todas las amenidades modernas, había sido terminada justo antes del inicio de la guerra, su construcción había comenzado con un proyecto impulsador de la economía, el propósito había sido brindar trabajo directo a más de 500 familias. Así mismo habían apoyado la construcción de hospitales, orfanatos, e infraestructura general en el país, el resultado había sido no solo estabilidad, sino el crecimiento de la fortuna familiar, sin embargo, si de algo era consciente Alexander era que para sus padres el dinero era simplemente un medio de mejorar el mundo y no un fin en sus vidas. Esperaba poder seguir sus pasos y ejemplo cuando se hiciera cargo del ducado.
La llegada a casa fue todo lo que esperaba y más, por supuesto que la primera en lanzarse a su brazos fue su hermana, Estelle, una hermosa jovencita rubia, copia de su madre por supuesto, la princesa mimada de la casa por ser la única niña, tenía 15 años había sido tan solo una niña de 8 años cuando él partió para la guerra, en su mente aún era una chiquilla de dos coletas rubias que corría tras de él, William y Stear para que la defendieran de Ethan, James y Albert, sus otros hermanos. Alexander abrazó con ternura a su hermana, tratando de reconocer en ella a la niña que aún habitaba en sus memorias.
Estelle, estás hermosa. - le dijo con toda sinceridad a su pequeña hermanita, haciéndola sonrojar.
Papá dice que me parezco a mamá. - dijo la chiquilla encogiéndose de hombros.
Y tiene toda la razón, es como volver a ver a Candy a tu edad. - le dijo Richard con una sonrisa galante en su ajado rostro mientras le besaba la mano.
¡Tío Richard! Qué bueno que has venido, recibí tu último paquete y no podía creerlo.
Sabía que te gustaría. - le dijo el hombre mayor con orgullo. Mientras le ofrecía el brazo galantemente a la chiquilla para escoltarla al interior de la casa.
Richard era el tío de todos los chicos Andrew y Cornwell, sin proponérselo abrir las puertas de su hogar a Candy y Alexander tantos años atrás le habían regalado la oportunidad de tener una familia como nunca la tuvo, Albert y Candy eran hijos de los cuales podía sentirse orgulloso, Alexander era su todo, no solo su heredero, sino su redención. Los demás chicos simplemente habían caído en la costumbre del mayor, llamándolo tío, compensando con creces sin ellos saberlo la pérdida de todos sus hijos.
Los siguientes en acercarse fueron sus hermanos, William, por supuesto la viva imagen de su padre, alto, rubio, con esa presencia elegante y sencilla que caracterizaba a los hombres Andrew, a pesar de su juventud era serio y formal, bastante hábil en los negocios por lo que había escuchado, había querido enlistarse también cuando cumplió 18, pero sus padres habían sido firmes y se lo habían negado. Y Alexander entendía porque, a pesar de la diferencia de edad, Alexander y William tenían una relación excelente, y a nadie le sorprendió cuando sin que Alex hubiera mencionado el nombre de Magritte, William la saludó con familiaridad, era evidente que él había tenido noticias de ella, aún antes que sus padres.
Alexander sabía que de haber sido posible sus padres también hubieran impedido que se enlistara en la RAF, la diferencia había sido que él había partido a estudiar en Londres y vivir con Richard a los 18, como heredero del duque era necesario que hiciera su servicio militar, y lo que siguió fue simplemente el curso normal de la historia, si bien Richard podría haber evitado que sirviera activamente, su respuesta había sido contundente para el viejo duque. "El honor ante todo" y aunque su madre no había estado de acuerdo, su padre, había viajado a Londres para tener una charla con él, de hombre a hombre.
Alexander, debes entender que para tu madre y para mí, la guerra es un despropósito, y creemos que hay mejores maneras de ayudar a la gente, hijo.
Lo sé papá, lo entiendo, y sé también que la historia del tío Stear pesa sobre ustedes, pero debes entender, que no puedo dar la espalda a mi país, que creo que lo correcto es luchar, y quiero hacerlo.
Hijo… tu madre está destrozada, no ha tomado el primer buque solo porque… le he prometido que haría todo por convencerte.
Y lo estás haciendo papá, no faltarás a tu promesa.
Eres un hombre, y respeto lo que decidas, pero debes prometerme que harás lo que sea necesario para volver con vida. - le dijo Albert con seriedad al darse cuenta de que la decisión ya estaba tomada.
Es una guerra papá…-
Sí, pero tú y yo sabemos que hay formas de mantenerse a salvo y que se lucha hasta el final, por regresar a casa, por hacer lo que sea necesario para que ella no sufra... -
Papá, te juro que haré lo que sea necesario para volver a casa… -
Bien, confío en tu palabra, no me obligues a ir a buscarte al frente, porque sabes que lo haré. -
No, papá, no debes hacerlo, no soy un niño, y ambos sabemos que ella podría resistir mi pérdida, la de cualquiera, menos la tuya, así que solo te prometeré que haré lo que sea por volver a casa, pero también te pido que me prometas que no me buscarás.
Está bien, tienes razón, si tú cumples tu promesa, yo cumpliré la mía, y ahora escribe una carta bastante elocuente para tu madre, porque si no la que irá a buscarte será ella.
Sus hermanos llamándolo lo devolvieron a la realidad, Ethan y James eran gemelos, apenas un par de años menores que William, y Albert uno menor que ellos, por supuesto que lo atacaron con rudos juegos, eran también unos adolescentes, 17 y 18 años apenas, Alex respondió de la misma manera, como si no llevara a cuestas una horrorosa guerra, muerte y destrucción. Sin darse cuenta el par de imberbes mozalbetes eran un bálsamo para el oficial que se sentía orgulloso de haber luchado por preservar la paz y el bienestar de su familia que se encontraba a al otro lado del océano. En medio de la algarabía llegaron sus primos, Stear con su característico gesto amable le dio un fuerte abrazo, habían crecido como hermanos, y solo se llevaban un par de años, el suyo era el lazo más estrecho de todos. Al igual que William, Stear saludó a Magritte sin necesidad de que los presentaran y Candy, como buena madre observadora no pudo dejar de preguntarse por cuánto tiempo le habían guardado el secreto.
Despejó su mente y se dedicó a ser la perfecta anfitriona, ya tendrían tiempo para hablar después, recibió con una sonrisa a sus invitados, Patty y Archie, a quienes no había visto en un par de meses porque habían tenido que atender negocios en la costa oeste, así como a sus hijos, sus adorados sobrinos. Poco después de ellos llegó George con su esposa y su único hijo, un apuesto joven de la edad de los gemelos. Candy suspiró feliz, la algarabía de la casa era un bálsamo para su espíritu que había vivido años de angustia ante la ausencia de su hijo mayor y la siempre latente posibilidad de que alguno de sus hijos menores decidiera enlistarse sin decirles nada tal como lo había hecho su querido Allistear, tantos años atrás.
Aún disfrutaban de aperitivos y tragos en el jardín cuando una hermosa mujer de suaves cabellos platinados, modales elegantes y ropa al último grito de la moda apareció en lo alto de las escaleras que llevaban al jardín. Archibald fue el primero en darse cuenta, y se dirigió hasta ella para ofrecerle su brazo como el eterno caballero que era, lejos había quedado su infatuación adolescente, pero Eleanor Baker guardaba un lugar especial en su corazón, porque su recuerdo siempre lo llevaba de regreso a las memorias de su hermano. Al igual que Richard, Eleanor era reconocida dentro de la familia como una tía más, y se dedicaba a mimarlos a todos, especialmente a las chicas, de las cuales, Estelle, era por supuesto su adoración.
Es hermosa. - dijo Eleanor con un suspiro.
Es igualita a su madre a esa edad. - respondió Richard recordando la visión de la chiquilla rubia que se había atrevido a decirle en su cara al poderoso duque lo que nadie le había dicho antes, tal vez si hubiera escuchado entonces… sacudió la cabeza, no permitiría que los fantasmas lo acosaran, nada quedaba por hacer, sino lo que ya había hecho, enmendar sus errores.
Sí, pero tiene un aire que Candy nunca tuvo.
Seguridad querida mía, ella nunca ha vivido lo que Candy vivió, solo ha conocido el amor, y la dicha.
Tal vez… ¿crees que la vida le sonría por siempre?
Probablemente no, pero, tiene el temple de sus padres, lo que haya de venir lo superará sin duda. - le dijo el duque con una sonrisa mientras le pasaba una copa a Eleanor.
Un poco más allá en el jardín una pareja contemplaba la algarabía de los jóvenes que jugaban tenis en el jardín y pasaban de unos brazos a otros al pequeño Jean, mimándolo como seguramente nunca había sido mimado en su vida, las chicas lo tomaban con maternal ternura, los muchachos lo alzaban por los aires mientras el chiquillo carcajeaba felizmente.
Jajaja, pobre pequeño, no sabe si viene o va… - dijo ella con simpatía.
No importa si viene o va, se sabe amado. - le respondió él con aparente indiferencia en sus elegantes modales.
¿Crees que hemos hecho un buen trabajo?
¿Con nuestros hijos?
Claro que, con nuestros hijos, Archibald, y con nuestros sobrinos, ellos son la siguiente generación, y a pesar de lo crudos que han sido estos años, los únicos que parecen entender todo lo que ha sucedido son Alex y Stear.
Patty, amor mío, ellos son mayores, Alex vivió la guerra de primera mano, y Stear… Stear temí que fuera a repetir la historia de mi hermano… no sé qué lo detuvo… o más bien, sé bien que fuiste tú quien lo hizo, pero no sé cómo lo lograste.
¿Y te preguntas porque si lo logré con tu hijo, no lo logré con tu hermano?
No mi amor, solo agradezco que lo hayas logrado.
Lo chantajee con mi dolor de madre…
Y te sientes culpable.
No, jamás, no hubiera podido perderlo.
¿Entonces porque dudas si hemos hecho bien?
Tal vez porque es lo que toda madre hace, me pregunto si Stear es tan feliz como sus hermanos… o si le dimos a él algo que nunca les dimos a los otros… si hemos hecho suficiente o demás. - una pequeña arruga de preocupación se asomó en la frente de la morena y Archibald se puso de pie para sentarse a sus pies.
Patricia, escúchame bien, deja de dudar, saben que son amados, que cuentan con nosotros, y yo sé que mi vida y la de Stear es lo que es, solamente porque tuvimos a la mujer más maravillosa a nuestro lado. Así que deja las preocupaciones, porque si no esa arruga hará su morada en tu frente.
Jajajaja, y entonces dejarás de amarme.
Jamás, preciosa, jamás, tú me aceptas tal como soy, vanidoso, exigente, superfluo a veces…
Jajajaja, eres mucho más que eso, eres bondadoso, amable, caballeroso, y no todo el crédito de nuestra maravillosa familia es mío, tú y Stear sanaron mis heridas.
Él se sentó en la misma silla que ella, tomándola en su regazo y besándola con intensidad, los chicos hicieron un pequeño alborozo, estaban acostumbrados a las abiertas muestras de afecto de sus tíos y sus padres, no era lo común, y mucho menos en su estrato social, donde aún muchos matrimonios eran arreglados, pero en el caso de los matrimonios Andrew y Cornwell las cosas eran muy distintas.
Mira nada más ese par de tórtolos imprudentes quieren hacernos competencia. - le dijo Albert al oído a su esposa que en ese momento daba instrucciones para que sirvieran la comida.
Jajajaja, señor Andrew, creo que puede abstenerse por unos momentos, mientras termino de dar indicaciones.
Mary y Dorothy saben perfectamente qué hacer. - le dijo rodeando su cintura con sus brazos y besando levemente la curva de su cuello.
¡William!
¡Candice!
Jajajajaja, eres un descarado.
Me tienes loco princesa, y eso es un secreto a voces. - Ella buscó sus labios con complicidad y se perdieron por un momento en su mundo particular.
Un cuarteto de chicas observaba con discreción a sus padres.
¿Crees que seremos tan felices como ellos? - preguntó Estelle con ensoñación.
No hay forma de saberlo… seguro tú lo serás, Clive te adora… -
Shhh Martha, eso es un secreto si nuestros padres se enteran. -
Sí sus padres se enteran brincarán de felicidad, lo sabes bien primita, tus padres adoran a Clive, y tío George y tía Diane también te adoran, así que no creo que tengan problemas. - le dijo Jessica quien era solo unos meses más grande que ella con tono de persona mayor.
¿Tú que piensas Patty? - preguntó Estelle dudosa, como si necesitara la confirmación de la tercera prima.
Que mis hermanos y los tuyos deberían haber traído algunos amigos a casa. - le respondió la hermosa chica con un brillo travieso en la mirada.
Jajajajaja, son unos celosos, no nos presentarán a sus amigos. - les respondió Martha.
Pero, para eso iremos nosotras mismas a la universidad. - el brillo pícaro en la mirada de Jessica les hizo estallar de risa. El pequeño Jean caminó hasta ellas y las chicas olvidaron por un rato su conversación.
Un chico de cabellos negros se distrajo por un momento con la risa de las chicas, especialmente con una de ellas, eso lo hizo perder el punto, y James en vez de celebrar el punto siguió la mirada del moreno.
¡Johnson, tal vez si dejarás de admirar a mi hermanita podrías presentar batalla! - le gritó el rubio sin consideraciones.
Jajaja, hermanito, deberías aprovechar entonces, tal vez logres ganar por primera vez. - le respondió Albert con la insolencia acostumbrada por ser el menor.
Clive no dijo nada, solo respondió el saque y anotó un punto.
¿Es todo lo que tienes James? - preguntó con moderación el moreno, pero con una sonrisa provocativa, ya que se dio cuenta que Estelle lo miraba.
Vamos chicos, dejen de alardear y terminen el juego, los demás también queremos jugar les reclamó William con tono de hermano mayor.
Deberíamos hacer una fogata esta noche en la playa. - propuso Ethan entusiasmado, estaba feliz de tenerlos a todos en casa.
Supongo que ni Stear ni Alex participarán. - respondió James a su gemelo, viendo de lejos a su hermano y primo mayores, sentados con sus respectivas esposas un poco aparte.
Probablemente no, pero nosotros podemos divertirnos. - aventuró Albert apoyando la idea de su hermano.
Sin chicas. - dijo William con son firmeza.
Lo dices solo porque eres un celoso, Andrew. - respondió Clive mientras anotaba otro punto. - pero accedo, fogata sin chicas.
Es bueno que te quede claro, que Estelle tiene quien cuide de ella, Johnson. Respondió William quien a pesar de querer a Clive como a un hermano no podía acostumbrarse a pensar en su hermanita en otros términos que no fueran los de la pequeña de la casa. Los primos Cornwell, Steve, Dylan y Robert se unieron a la algarabía, dispuestos a defender el honor de su pequeña prima si era necesario.
La comida en sí fue un evento familiar, sencillo, delicioso y sin pretensiones, por supuesto que los platillos favoritos de Alexander se hicieron presentes, comieron y brindaron a su salud, como la gran familia que eran, el tiempo corrió presuroso y cuando menos acordaron el firmamento se encontraba tachonado de estrellas, cada quién encontró la habitación que ocuparían, por supuesto las chicas, Martha, Estelle, Jessica y Patricia, sonrieron cómplices ante la oportunidad de pasar una velada intercambiando secretos y fotografías de pretendientes y actores de moda, de alguna forma las primas eran como hermanas, y Estelle nunca habían echado de menos la compañía femenina que la falta de una hermana podía representar. Los muchachos se despidieron también pasarían la noche acampando a orillas del mar, así que pusieron manos a la obra para instalar su campamento.
Los mayores se quedaron un rato más disfrutando de la velada y junto con ellos Alexander y Stear con sus respectivas parejas, sus vidas ya no eran las mismas, y por supuesto no dejarían a sus esposas por ir a pasar la noche con los alborozados chicos. William se burló un poco de ellos y después se dirigió rumbo a la playa donde ya se vislumbraban los cálidos tonos naranjas de la enorme fogata que seguramente Albert, el más hábil de todos para ese tipo de cosas, debía haber encendido.
Cuando fue obvio que el cansancio estaba a punto de vencerla Alexander acompañó a Magritte hasta la habitación que compartirían, ella había tratado de resistir lo más posible, pero la travesía había sido larga y el cúmulo de emociones vividas ese día terminó por pasarle factura, después de asegurarse que tanto ella como Jean estaban cómodos y disfrutando de un sueño reparador, Alexander salió de nuevo, sabía que encontraría a sus padres en la biblioteca y hacia allá se dirigió sin titubear. Llamó a la puerta con discreción, y escuchó la masculina voz de su padre autorizando su entrada, entró a paso lento, se había cambiado, vestía de civil, pero la rigidez de sus hombros aún hablaba de sus años en el ejército, sin saber que sería algo que conservaría con él hasta el final de sus días.
Pasa hijo, toma asiento. - le dijo Albert mientras le extendía un vaso corto de whiskey y se servía uno para sí, le extendió a Candy una copa de vino tinto de Madeira, y tomó asiento a su lado, pasando su brazo por sobre su hombro, Alexander dio un trago a su bebida, y los observó por un momento, la imagen misma de la felicidad, siempre habían sido así, y eso lo llenaba de orgullo y de dudas a la vez, ahora sabía que era tiempo de responder a sus preguntas, y una parte de él se rebelaba. Era un hombre, el heredero del duque de Grandchester, comandante de un escuadrón de hombres honorables, esposo y padre, sin embargo, ante Albert y Candy, los padres más amorosos que cualquiera pudiera desear tener, se sentía de pronto como un chiquillo que había sido llamado a cuentas.
Es bueno tenerte en casa, cariño. - le dijo su madre con una sonrisa mientras cubría su mano con la suya, en su dedo anular destellaba el anillo de compromiso y la banda matrimonial, Alexander no pudo evitar que su mente vagara al día en el que Albert le había pedido la mano de su madre, y lo que él llamó el privilegio de ser su papá, una sonrisa involuntaria se asomó en su rostro.
Gracias, mamá, ha sido un día de locos. - respondió él, respondiendo al gesto de su madre con un apretón.
Lo sé cariño, y en cierta forma me arrepiento de no haber esperado un par de días antes de hacer una reunión. - le dijo ella en tono de disculpa, la verdad era que la emoción la había embargado y simplemente había decidido celebrar.
Está bien mamá fue bueno verlos a todos...y bien ¿comenzará el interrogatorio? - soltó Alex, no pudiendo esperar más tiempo, e impaciente por hacerles partícipe de sus razones.
No es un interrogatorio. - le dijo Albert con tranquilidad mientras abrazaba un poco más a Candy, sabía que ella quería evitar toda posible confrontación, pero de los dos, ella era la más temperamental. - solo queremos escuchar tu historia. -
Cuando supimos que venías no podíamos creerlo, pensamos que pasaría aún este año antes de que pudieras deslindarte de tus obligaciones... - le dijo su madre con tacto había dos mil preguntas en su cabeza, y moría por hacerlas, sin embargo, era consciente que frente a ella ya no tenía al pequeño que había sido una vez su todo, sino a un joven que sin saberlo había crecido al lado del hombre que era su abuelo desde los 18 y que después había decidido pelear una guerra, Candy era más que consciente de que había muchas cosas que su hijo jamás le contaría con tal de no lastimarla.
Alexander se relajó un poco en su lugar, y bebió un sorbo de su trago, respiró profundo y sopesó con cuidado sus palabras.
Ustedes me enseñaron que nuestra primera obligación es la familia… así que le pedí ayuda a tío Richard para poder conseguir mi baja, y ofrecerle un hogar a Margritte y a Jean, han vivido tantos horrores, carencia, que creo que lo correcto y lo que me corresponde es preocuparme porque nunca más les falte nada, así como de darles una vida llena de paz. - explicó con sencillez. Su madre lo tomó desprevenido con su próxima pregunta.
¿Qué sucedió con el padre de Jean? - preguntó Candy con suavidad.
Yo soy el padre de Jean, madre. - Respondió Alex con vehemencia, casi ofendido ante la pregunta, aunque sabía de sobra que su madre tenía razones para hacerla.
Hijo, creo que la pregunta de tu madre se refiere al padre biológico de Jean. - intentó Albert con cautela, no querían enemistarse, pero necesitaban respuestas.
Papá, ¿qué respondes cuando te preguntan eso sobre mí? ¿mamá? Nunca te he escuchado contarle la historia a nadie, ni siquiera a mí, sé que hay quienes la conocen, sé que tío Richard la sabe, tío Archie, George, tía Elroy sin duda lo sabía, Eleanor también, y tal vez hay partes que puedo adivinar, después de todo, cuando me rescataste papá, tú mismo me dijiste que Maximilian no era mi padre… pero ante los demás, yo soy tu hijo y punto, nunca has permitido que nadie lo cuestione, has movido cada influencia necesaria para asentarme en este mundo como un Andrew más, así como Richard lo ha hecho para declararme su heredero legítimo, siendo, que seguramente no soy ni lo uno ni lo otro.
Hasta cierto punto hay verdad en lo que dices Alex, y deseo que te quede claro que eres parte de la familia Andrew, aunque yo no te hubiera adoptado hubieses sido parte de ella, porque tu madre siempre ha sido una Andrew, y en cuanto a ser el heredero legítimo del ducado, tampoco hay duda de ello...sin embargo, nada de eso está a discusión, sólo preguntamos por qué es necesario, eres nuestro hijo, las cosas entre tu madre y yo son una historia distinta a la tuya con Magritte - le dijo Albert con gravedad.
¿Por qué? ¿Porque mamá es el amor de tu vida? ¿porque ustedes lo han superado todo, incluida la muerte? Magritte es el amor de mi vida también, y si no les cuento la historia completa, es porque duele demasiado recordarla, pero pueden estar seguros de que nuestro amor también ha vencido a la muerte, así que no veo porque son distintas las cosas para nosotros.
Hijo… - intentó Candy conciliadora, la pasión en las palabras de su hijo no la había tomado por sorpresa, después de todo era digno hijo de Albert y de ella, la aristocrática mesura inglesa había salido perdiendo ante la apasionada vehemencia con la que el chico había sido educado por su madre americana y su padre escocés.
No madre, nunca te he juzgado, pero hay cosas evidentes, me tuviste no siendo mucho mayor de lo que Estelle es el día de hoy, es obvio que no soy el hijo legítimo de Maximilian Grandchester, porque si algo me ha quedado claro es que en tu corazón solamente ha habido un hombre, William Albert Andrew, mi padre, y toda la historia de tu periodo como marquesa, era pequeño, pero hay cosas que puedo recordar, cabos que si quisiera tal vez podría atar, ante el mundo soy un huérfano adoptado por ambos, porque mi madre la marquesa murió a manos de un desgraciado…. cuando sé perfectamente que siempre has sido tú, mi madre…que tú eras Rose Marie, la marquesa de Northampton, pero que antes de ser ella, fuiste Candice White Andrew, y después por lo que sea que haya sucedido decidiste que era tiempo de resucitar de los muertos, de asumir tu verdadera identidad…vi el peso desaparecer de sus hombros después de ese viaje a New York… en algún lugar de mí, sé mucho más de lo que quisiera saber, no puedes pedirme que… - No pudo continuar, su padre lo interrumpió, intervino, como siempre lo hacía cuando era necesario, su temperamento era muy distinto al de él y al de Candy, Albert era más sosegado, y siempre había sabido mediar entre sus pasiones exaltadas.
Hijo, solo queremos conocer tu historia, no queremos juzgarla, solo saber, saber qué podemos esperar. Estar preparados, si alguien va a reclamar a ese pequeño como suyo, si hemos de luchar a tu lado como siempre lo hemos hecho, tenemos que saber, por la simple y sencilla razón de que no eres un don nadie, eres el futuro duque, heredero de parte de la fortuna de la familia Andrew, albacea junto con William de la fortuna de tus hermanos menores en caso de que nosotros faltemos, y ante todo eso, no podemos simplemente aceptar que nos digas es mi hijo y punto. No solo está en juego tu futuro, sino también el de tus hermanos, creemos en el amor, y no nos importa si ella no tiene un céntimo a su nombre, o sí es una heredera francesa. Pero debemos estar prevenidos, porque si el padre de ese niño es un hombre poderoso, o un maldito en busca de fortuna, puede un día regresar y hacerlos vivir el mismo infierno, y definitivamente no es algo que queremos que vivas. - le dijo Albert aún sereno, pero con firmeza.
Alexander guardó silencio pensativo, todo lo que Albert acababa de decirle era cierto, y él aún podía recordar cosas que por muchos años había pretendido haber olvidado, y que en definitiva prefería no traer de regreso a su mente, mucho tiempo atrás, había en algún lugar de su inconsciente atado los cabos que lo explicaban todo, a veces bastaba con verse en un espejo para entender qué… pero no, no pensaría en ello, ése malnacido no lo merecía...sin embargo, Albert era aún a sus casi 30 años su héroe, el hombre que más respeto le inspiraba en el mundo, su padre, no por accidente, ni por obligación, sino por elección,
Tienes razón papá… lo siento… - respondió con humildad ante el hombre que había sido su más grande ejemplo.
Ahora, si hay algo que quieras saber, con gusto te lo diremos, eres un hombre, hace mucho que tienes derecho a conocer la historia completa...y sabes bien que por años intentamos tener esta conversación contigo...pero nunca pareciste interesado. - Candy lo miró a los ojos con esa infinita paciencia y amor de madre que siempre tenía para cada uno de sus hijos, y terminó por desarmarlo.
No mamá, la verdad es una, tú eres mi madre, y estoy seguro que hiciste lo que fuera necesario por mantenerme a salvo, y Albert es mi padre, no tengo otro, en 28 años no he conocido a otro hombre dispuesto a dar su vida por mí, así que no quiero, tienes razón, no me interesaba conocer la verdad, no me interesa conocer la historia… no importa, sé que si él hubiese sido un buen hombre, jamás me hubieran permitido olvidarlo, aunque estuviese muerto cuando yo nací, así que para mí y para el mundo mi padre es William Albert Andrew, y eso es justo lo que quiero que Jean diga de mí cuando sea mayor. - había una nota de orgullo en la voz del joven, que ni Albert ni Candy podían pasar por alto, pero sus experiencias vividas los hacían ser precavidos.
Eso lo aceptamos y te apoyamos... - le dijo Albert aún dudoso de algunas cosas, y mientras pensaba cómo expresarlas, Alexander se le adelantó.
Pero también sé que seguramente George ya tiene un investigador privado siguiendo la pista necesaria para saber todo lo que sea necesario de Margritte y Jean, porque ese es tu estilo y no serías el patriarca si no lo hicieras, después de todo, quieres cuidarme, así que les contaré la historia en términos simples, la conocí en Francia, tiene 21 años, me enamoré de ella porque de cierta manera me recuerda a ti mamá, no sé, algo en su forma de ser, inocencia, dulzura y valentía, ante un mundo imposiblemente cruel, que solo vi en ti antes… lo recuerdo perfecto… como si solo fuéramos tu y yo contra todo y todos, antes de que papá llegara… ella fue quien me escondió cuando mi avión cayó, arriesgó su vida para salvarme, me mantuvo a salvo, curó mis heridas, la diaria convivencia, su delicadeza, y ternura me hizo enamorarme, ¿qué vio ella en mí? Tendrían que preguntárselo a ella, yo no era sino un amargado y miserable soldado, muerto por dentro a pesar de aún respirar, había visto demasiada maldad, y estaba convencido de que no existía otra cosas sino eso, sin embargo, ella me demostró que aún había amor y belleza en un mundo definitivamente caído…¿cómo no habría de enamorarme de la mujer que me regresó a la vida? viene de una humilde aldea, está sola en el mundo, su padre y su hermano murieron en la guerra, a su madre nunca la conoció, quedó sola a los 16, era una niña, así como Estelle, cuando su padre y su hermano vivían, ella lo había tenido todo, pero en un segundo, una maldita bomba alemana terminó con todo, y la dejó a ella preguntándose porque no se la había llevado a ella también, arriesgó su vida y la de su hijo al esconderme, estaba embarazada, cuando me rescató, y cuidó de mí, éramos dos almas perdidas, dos seres arrojados al infierno, pasaron meses antes de recuperarme, y tuve el privilegio de ver nacer a Jean, de estar junto a ellos los primeros meses de vida, anhelé con todo mi ser perderme, y no tener como regresar al frente nunca más, fantasee con fugarnos, pero no había camino seguro, y eventualmente un regimiento británico llegó hasta nosotros y me" rescató" aunque sin saberlo, en realidad, me estaban condenando, pague por su seguridad, logré sacarlos de ese lugar, mantenerlos ocultos, y luego debí regresar al frente a jugarme la vida una vez más, pero creyendo cada vez menos en la honorabilidad de esa maldita guerra, no hay honor en jugarse la vida en una absurda lucha de poderes que es completamente ajena a la mayoría de los mortales...ahora lo entiendo, pero no me arrepiento, porque si no hubiese ido, jamás hubiera conocido a Magritte y a Jean...en cuanto a el padre de Jean...no hay mucho que decir, un soldado más que se aprovechó de ella al verla sola, y cuando se cansó se fue, tengo un nombre, no sé si es real o no, y ya hay alguien investigando… pero no importa, porque él es mi hijo ahora, y lo amo, por eso los traje conmigo, por eso me casé con ella antes de volver al frente, y por eso en mi testamento en caso de que algo me sucediera, ellos son los herederos…-
¿Te casaste con ella? - Candy no pudo evitar el tono de sorpresa en su voz, no había reproche, pero sí un poco de dolor, era su hijo mayor, y ella había soñado con verlo casarse y formar una familia feliz, al parecer, solo podría hacer lo segundo.
Sí mamá, en una iglesia medio derruida en medio del frente francés, darles mi nombre era un acto de amor, la única forma de protegerlos no sería una francesita desconocida, sino la esposa y el hijo de un oficial británico, heredero de uno de los ducados más importantes del reino. -
Mi amor… - le dijo ella extendiendo su mano para acariciar su rostro, mientras luchaba por contener las lágrimas, esas dos palabras contenían todo su corazón de madre.
Albert se puso en pie y se acercó hasta el muchacho que se encontraba encorvado en su silla, mirando al infinito, viendo sin ver, derramando su corazón ante ellos, sus padres. Puso su mano en su hombro, y buscó su mirada, tal cual lo había hecho con él desde niño se acuclilló frente a él, para hablarle directamente.
Estoy orgulloso del hombre en el que te has convertido Alexander, y por supuesto que tú y tu familia son bienvenidos en casa, cumpliste tu promesa de volver, y no lo has hecho solo, sino que nos has traído contigo una hija y un nieto… cumpliste con creces. -
Gracias, papá, y gracias por enseñarme a ser un buen hombre, por todo lo que has hecho, por la inspiración que has sido… porque no sería el hombre que soy hoy sin ti. -
Ambos hombres se pusieron en pie y se abrazaron profundamente. El corazón de Candy estallaba de alegría, tenía a su hijo en casa, y lo veía abrazar a su amado esposo como lo que era, su padre, el único padre que siempre reconocería.
Debes permitirnos celebrar… - sugirió ella con timidez
Por supuesto que sí mamá, no esperaba menos de ti. -
Le dijo él con una enorme sonrisa, mientras la abrazaba con todas sus fuerzas, Candy se separó un momento de él y observó su apuesto rostro, era un hombre muy guapo, tenía sus ojos verdes, y sus pecas, pero en realidad eran los dos únicos rasgos de ella, la coloración del que fuera su padre, piel blanca, cabello oscuro, pero al verlo de cerca Candy se dio cuenta una vez más, que Richard Alexander Grandchester Andrew se parecía cada día más a su verdadero padre, el porte sereno, los ojos bondadosos, los ademanes elegantes, incluso el timbre de voz eran inconfundiblemente de Albert.
Los amo a los dos. - dijo con suavidad antes de fundirse en el abrazo que sus dos hombres le ofrecían.
Lo sabemos - respondieron ambos con una sonrisa similar, y ese enloquecedor tono de voz.
Creo que es tiempo de descansar. - dijo Albert tomando a su mujer de la mano y después de despedirse de Alexander se encaminaron los dos a su habitación.
Alexander los observó salir, como siempre que iban juntos era imposible que caminaran separados, los brazos de ella iban enganchados en la cintura de él, mientras él la rodeaba por los hombros, iban sumidos en su propio mundo cómplices incansables, Alex muchas veces se había preguntado si en algún momento no habían sido una sola alma que por alguna mala fortuna se había roto en dos. No había forma de poner en palabras el amor de sus padres. Estaba a punto de irse cuando una figura familiar llegó hasta él de uno de los pasillos.
¿Un trago antes de volver al lado de tu mujer?
¿No dirá nada la tuya?
Jajajaja, he cumplido, se ha quedado dormida, y después de nuestra charla, puedo intentarlo de nuevo.
Alex regresó a la biblioteca y sirvió un par de tragos, le pasó uno a Stear y después tomó asiento.
¿Cómo se lo han tomado?
Son Albert y Candy… ¿Cómo crees que se lo han tomado?
Tus padres y los míos nunca dejarán de sorprenderme. ¿Has dejado que te lo cuenten todo?
No Stear, no tiene ningún caso, o dime ¿Has dejado de pretender que la única madre que recuerdas es Patricia?
No, por supuesto que no… aunque aún tengo la vieja pesadilla.
La mujer del muelle… ¿cómo sabes que fue una pesadilla y no una realidad?
Todo ese tiempo es muy confuso, sucedieron demasiadas cosas, tu secuestro, el disparo a tu madre, de regreso a Lakewood… ¿Crees que ellos le hubiesen permitido acercarse a mi? ¿Qué mi padre la hubiese dejado ir en esas condiciones?
Archibald Cornwell puede ser terrible, al igual que Albert Andrew…
Sí, pero Patty no se lo hubiera permitido jamás.
¿Encontraste algo más?
Sí, su certificado de defunción, pero no hay una tumba...nunca la habrá.
Murió en medio del océano…
Al igual que…
Calla, no lo menciones, gente como ellos no merecen ser recordados… los egipcios creían que la peor condena de un muerto era el olvido, por eso erigieron grandes tumbas para sus faraones, y por eso mismo se esforzaron por borrar de la memoria colectiva a algunos otros, como su hijastro lo hizo con Hatsheput, la primera faraona, borró su nombre y legado intencionalmente… bajo esa premisa...
Les estamos dando su merecido al jamás pronunciar sus nombres.
Así es…
Richard no…
Jamás, no se atrevería, adora a Candy y a Albert, jamás sería desleal a ellos, además de que creo que, para él, su hijo murió mucho antes. ¿Qué me dices de Patty?
Ella nunca diría nada tampoco, además… sabes bien que ellos siguen creyendo que yo no lo sé… ese fue mi regalo de bodas a ellos, hacerles creer que no recuerdo otro tiempo, ni a nadie más.
Por nuestros padres entonces. - le dijo Alexander levantando su copa.
Por los mejores padres del mundo, que con su amor fueron capaces de borrar un par de desalmados bastardos de este mundo.
Los dos jóvenes alzaron la copa, eran cómplices, amigos, hermanos, tal vez los únicos dos capaces de entender como un par de huérfanos habían sido redimidos por el amor. Apuraron sus tragos y volvieron con sus esposas, hacía mucho tiempo atrás habían jurado protegerse el uno al otro, ser confidentes de un mismo dolor y partícipes de una misma alegría, ni el tiempo, ni la distancia, ni la misma guerra, ni los años posteriores borraría la amistad que había comenzado cuando eran dos pequeños solitarios, anhelante uno de un padre y el otro de una madre, dos niños que sin saberlo habían encontrado en los brazos del destino al hermano y cómplice que no habían esperado tener jamás.
Candy y Albert llegaron a su habitación, una vez solos, ella se acercó a él y lo besó en los labios con intención de una manera profunda, urgente, como queriendo comunicar algo en ese beso. Apoyando su suave figura contra la de él insinuando con cada poro de su ser lo que anhelaba con toda su alma. Él la envolvió en sus brazos, mientras sus manos recorrían su espalda con delicadeza, buscando el zipper de su vestido, sin poder encontrarlo porque ella lo estaba volviendo loco con sus labios.
¿Quieres decirme porque fue eso? - preguntó él coqueto, cuando ella se separó para tomar aliento por un segundo, pero sin que él le permitiera alejarse.
¿Acaso debo tener razones para besarte? - respondió ella con una sonrisa insinuante mientras sus finas manos buscaban desfajarlo y después desabrochar uno a uno los botones de su camisa para depositar un par de besos en su pecho.
No, pero sospecho que este beso si tiene una razón. - insistió él con mirada traviesa
Bien, si debes saberlo, y viéndome obligada a confesarlo, la razón es sencilla… te amo… y eres el hombre más increíble del mundo. - le dijo ella antes de buscar sus labios nuevamente, mientras deslizaba sus manos dentro de los pantalones de él para tomar con firmeza su delicioso derriere.
Él la acercó más a él, mientras deslizaba lentamente el cierre de su vestido, sabía que ella se desesperaría, la conocía demasiado bien, había noches llenas de lentas caricias, pero esta noche había un incendio en ella, y él anhelaba saciarla, sentía cada fibra de su ser reaccionar a su sensualidad, y anhelaba con la misma intensidad del ayer cubrir su piel con sus caricias, y encontrar a su lado como siempre lo había hecho el camino al paraíso.
La besó con fuerza, respondiendo a sus caricias urgentes con el mismo apremio, con él que ella luchaba con el cinturón y sus pantalones. Pero no dejaría que todo terminara demasiado rápido, quería disfrutarla, la obligó a detenerse por un momento, para hacerla girar y besar palmo a palmo su espalda mientras la desnudaba, trazó constelaciones con su lengua en las pecas de su espalda y hombros, subiendo con besos hasta su lóbulo, mientras sus manos acunaban sus pechos ya desnudos, ella arqueó la espalda, recargándose en la pelvis de él, soltó un gemido apenas ahogado por un beso al sentir su erección rozando sus glúteos.
Dios, Albert... - fueron las dos palabras inconexas que lograron salir de su boca.
Dime que quieres. - le susurró él con voz ronca al oído.
Todo de ti...vuélveme loca...hazme perder la conciencia… - su voz era apenas un jadeo, él sonrió, adoraba hacerle el amor a su mujer.
La giró hacia sí y la levantó en brazos, ella enrolló sus piernas en su cintura atrayéndolo a ella, mientras él prodigaba besos y caricias a sus pechos. La depositó en el lecho y con deliciosa pericia procedió a hacerla perder la razón con su cuerpo, ella respondía a él, como suave barro siendo moldeado en manos de un alfarero, toda su piel gemía por él, su alma suavemente entrelazada con la suya la elevaba a lugares insospechados, su conexión era carnal, sensual, deliciosa, pero más allá de ello, sus almas se pertenecían la una a la otra y se fundían como una sola. Ella sintió la calidez de su cuerpo cubrirla, siempre había disfrutado sentir su masculina presencia sobre ella, sabía que la torturaba a propósito y ella lo disfrutaba, empujó con sus piernas su pelvis hacia ella, quería sentirlo dentro, y entre ellos no había necesidad de palabras, él entendió a la perfección y solo se rio de ella.
¿Tanto me necesitas?
Más que al aire para vivir, por Dios, hombre, ¿acaso no lo sabes ya? - le dijo ella con un mohín ante la tortuosa lentitud….
Dímelo una vez más princesa, que nunca me cansaré de escucharlo. -
Candy lo vio con ternura y pasión entremezclada, ese rostro varonilmente guapo, su amado, su príncipe de la colina, su Albert.
Eres mi todo, y te necesito, con cada poro de mi ser, cada uno de mis alientos, te amo Albert, por favor deja de torturarme y hazme sentir completa, porque juro que mientras no estás en mi soy una simple mitad.
Él le sonrió orgulloso, besó sus labios suavemente, y con tentadora lentitud comenzó a llenarla con su ser, Candy gimió al sentirlo deslizarse dentro de ella, lo tomó de los cabellos para obligarlo a profundizar el beso que él divertido había jugado a mantener fuera de su alcance. Albert la complació, invadió su boca con su lengua y su interior con su masculinidad. El mantuvo el suave vaivén por un tiempo disfrutando de los besos y caricias de ellas, después se volvió más rápido, arrancando de su boca gemidos y suspiros, al final frenético, la mirada del uno en el otro, entregados a ese precioso espacio de tiempo en el maravilloso infinito que era su amor. No importaba que fuera tarde, ni que el día hubiese sido largo y cansado, la oportunidad de disfrutar uno en los brazos del otro era una que nunca dejaban pasar, después de todo eran adictos el uno a la piel del otro, las caricias eran para ellos tan necesarias como el aire que respiraban, hacer el amor, era la manifestación física de su credo personal, su amor, ante todo.
Lakewood, 1955.
Las campanas doblan en la iglesia por ella, mi orgullo, fiel reflejo de todo lo que su madre es, mi pequeña princesa, mi hija, y por el hombre que ha elegido como compañero de vida, yo, William Albert Andrew, he llegado a la conclusión de que el amor, la felicidad y la vida en familia, son mis más grandes bendiciones, si alguna vez me creí maldito, por perder a mis padres, luego mi única hermana, Anthony, Stear, la realidad es que todo me fue pagado con creces, cuando misericordiosamente, los hados del destino me devolvieron a mi amada, no una, sino dos veces, y nos regalaron, vida, abundancia, maravillosos hijos, un matrimonio que sé pocos tienen, y la certeza de que nada ni nadie, podrá nunca separarnos.
Me veo una última vez en el espejo y camino rumbo a las escaleras, mi hija, mi Estelle, espera en su habitación, junto con mi amada esposa, ellas son junto con mis hijos la luz de mis días, lo más valioso y lo que definitivamente no estoy dispuesto a perder.
Lakewood, está inundado de flores multicolores, testimonio de felicidad y amor, tal vez, o quizá mero formalismo social, ¿qué más da? Lo cierto es que mientras ellas sean felices, por mí pueden hacer lo que gusten, tirar la casa por la ventana, vaciar los invernaderos del mundo entero, lo que sea por ver a mi amada esposa y a nuestra pequeña princesa felices. En el portal de rosas las flores lucen en todo su esplendor como cada vez que Candy está en casa, creo que este lugar es el inicio de nuestro todo, y ahora parece lleno de magia y de luz, aunque tal vez siempre lo ha estado.
Lakewood la bella mansión que encierra tantos recuerdos… recuerdos trágicos y tristes, sí, algunos, pero ahora que lo pienso mejor, los momentos de alegría que vienen a mi mente de este lugar sobrepasan toda la tristeza y el dolor que alguna vez sentí, aquí nuestros caminos se juntaron por primera vez, aquí reencontramos la paz y el bálsamo a nuestras heridas que tanto necesitábamos, mis hijos dieron sus primeros pasos, el jardín fue escenario de batallas de piratas, juegos de cricket, picnics, locas carreras, travesuras sin fin, en esta misma casa, dimos la bienvenida a nuestra única princesa, y vimos crecer a nuestra familia, sí, creo que amo este lugar y hoy deseo con todo mi corazón poder seguir creando memorias, y que las generaciones que han de venir puedan disfrutar la magia encerrada aquí, si estamos nosotros o no ¿qué más da? después de todo la familia es mucha más grande que nosotros dos, nuestro legado más fuerte, y sé que nuestros hijos continuaran con él. Muchos herederos de los Andrew en línea directa crecerán aquí, guardando el recuerdo, de las generaciones pasadas, y nuestra historia de amor, esa que está destinada a vivir más allá de nosotros, porque nosotros, Albert y Candy ya no esperamos el uno por el otro, somos uno, y no podemos vivir, si no está el otro. Alguna vez me negué a sentir de nuevo, cerré mi corazón al amor, juré no volver a amar, ni nunca más enamorarme, maldije a cupido, por hechizarme dos veces, solo para burlarse de mí, de mi dolor, de mis esperanzas y sueños… y llegué a pensar el amor no estaba hecho para mí, y entonces, la fortuna me desengañó, el amor si estaba hecho para mí, y tenía nombre y apellido, Candice White Andrew.
Camino hasta la habitación de Estelle, mi esposa me mira radiante, y se acerca a mí con lágrimas en los ojos, me abraza, y sin importarle el maquillaje besa mis labios con suavidad mientras Estelle nos observa embelesada, tal vez porque lo ha visto demasiadas veces, o tal vez porque algo hicimos bien, y nuestro amor le ha dado certeza que ella también será feliz, ellos, nuestros hijos son el motivo por el cual luchamos a toda costa por mantener este gran legado, nuestro amor, que no solo fue el bálsamo que curó mis heridas, sino que al parecer lleva consigo alegría y esperanza.
Hoy a mis 63 años, sé que soy feliz, mi amada y yo lo vencimos todo, la desesperanza, la derrota, la ausencia, las crisis que vinieron, la guerra, luchamos contra quien buscó destruirnos, y salimos triunfantes de cada una de las pruebas, por una simple y sencilla razón, nuestro amor es más grande.
El legado familiar está a salvo, Alexander es ahora el duque de Grandchester, es feliz con su familia, vive en Inglaterra, y vive bajo el lema que Richard le hizo memorizar, y que tal como él me lo ha dicho, yo le enseñé a hacerlo realidad, "El honor, ante todo." solo que ese lema ha dejado de ser una mentira y es hoy templado por el amor. William, nuestro primogénito, se ha hecho cargo de los negocios, al igual que yo, tiene el don de Midas, y un día no muy lejano, será quien tome las responsabilidades que le corresponden como patriarca de los Andrew, porque yo no quiero serlo hasta el último de mis días, si no quiero tomar a mi esposa y vagar por el mundo a su lado. Pero sobre todo lo anterior, William es feliz, también ha encontrado al amor de su vida, formado su familia, y nos hace a su madre y a mí infinitamente felices, al igual que Ethan y James, los gemelos, ayudan a William con los negocios, se casaron y son felices, persiguen pequeños por el jardín, y les enseñan a montar, trepar y pescar... además está Albert… Albert es lo que yo siempre quise ser, y seguramente hubiese sido si el peso del legado familiar no hubiese descansado sobre mis hombros, vive en África, lucha por la conservación de la naturaleza, y es un alma libre, aún no se ha casado, pero sé que el día que encuentre a la mujer adecuada lo hará, y llevarán una vida única. Por último, mi preciosa princesita, Estelle, hoy va a desposarse con un hombre del que estamos todos orgullosos, Clive Johnson, es el único hijo de mi mejor amigo y mentor, George, él encontró el amor cuando se dio cuenta que no tenía que preocuparse más por mí, se casó con una maravillosa mujer, unos tantos años menor que él y Clive es de la edad de los gemelos, por supuesto al igual que su padre lo hizo por muchos años, Clive trabaja en los negocios de los Andrew, después de todo, como socio son también suyos, la vida da muchas vueltas, y al parecer, el destino termina por cumplirse, George, siempre estuvo destinado a ser parte de la familia, alguna vez soñó con ser mi cuñado, pero de haber sido así, no tendríamos hoy la dicha de ver a nuestros hijos unir sus vidas.
Hoy en medio de este maravilloso día y por última vez en mucho tiempo celebraremos un enlace nupcial, Estelle, mi nenita, es la última de las chicas en casarse, y sospecho que cuando Albert lo haga lo hará en algún lugar exótico. Hoy el mundo parece alegrarse con Estelle, todo resplandece con una suave luz dorada, hoy tengo la dichosa tarea de caminar con ella hasta el altar, de verla feliz jurar amor eterno al hombre que sé es el indicado, hoy el destino nos ha regalado un hijo más, y estamos listos para celebrarlo.
A ella, la pequeña pecosa que se metió en mi corazón sin que yo lo supiera, a ella le debo la vida, la amo cada día un poco más, aunque parezca imposible, y cuando la veo, y la tengo en mis brazos como ahora, no puedo dejar de agradecer al universo por todo lo que nos ha dado.
No hay forma de negar que soy extremadamente bendecido... pero no puedo seguir perdiendo el tiempo, es hora de ir a la iglesia, mi hija me lo recuerda con una enorme sonrisa, y yo ofrezco mi brazo galantemente a las dos mujeres de mi vida.
Abordamos los autos entre risas, en poco tiempo llegamos a la iglesia, descendemos sin prisas, bebiendo la belleza de nuestro alrededor, la capilla está a reventar, Candy saluda con un beso en la mejilla a George quien la acompañará hasta su lugar, ya que Diane ha comenzado ya el camino hasta el altar con Clive, entro orgulloso con mi hija del brazo, se ve preciosa, una multitud de recuerdos me asaltan, todos ellos hermosos, pero los rechazo y me concentro en el ahora, soy un hombre dichoso, miro al frente, y sonrío, mientras modero mis pasos para que ella no tropiece con el largo vestido, con una sonrisa susurro en su oído, - Te ves hermosa mi niña. - y ella que parecía no poder sonreír más, me ve con orgullo y me dice - Gracias papi. - por supuesto que las lágrimas nublan mi visión.
Tomo mi lugar en la primera banca, consciente de que mi rostro refleja todo lo que siento, tal vez, pensarán que soy un poco cursi, que es inapropiado que un hombre derrame un par de lágrimas, que estoy intoxicado, pero igual que siempre, el qué dirán me tiene sin cuidado. Cubro la mano de mi amada con la mía, entrelazando nuestros dedos, al igual que yo desborda de emoción, ella alza su rostro y compartimos un fugaz roce de labios, después de todo, no queremos desviar la atención de los novios.
El rito nupcial me pasa de noche, es como si viviera si flotara en una nube, las escenas se repiten y se entremezclan en mi cabeza, el suave olor a velas aromáticas y flores inundan mis sentidos, mi mente vuela, y recuerdo el día en que Candy y yo nos casamos, aún puedo revivir con claridad cada minuto de ese día, y por supuesto sonrío embelesado.
Hoy la iglesia está atiborrada, igual que tantos años atrás en Escocia, y confío en que mi hija será tan bendecida como nosotros, que su matrimonio será largo, que formará una gran familia, y que Candy yo disfrutaremos de nuestros nietos hasta una edad avanzada.
Me obligo a volver al presente, elevamos los rezos correspondientes, y después llega el final, los novios se dan un casto beso, y el recinto estalla en vítores, estoy segura de que tía Elroy hubiese estado encantada de verla, Estelle era su debilidad.
Estelle, mi hermosa princesa de cabellos dorados, aún recuerdo el día en que te conocí, habían pasado un par de años desde el nacimiento de Albert, llegamos a pensar que nunca tendríamos una princesa, y entonces, llegaste tú, con esa mirada tan parecida a la de tu madre, la risa cantarina, la picardía que me derretía el corazón, y me supe perdido, siempre pude imponer disciplina cuando era necesario a tus hermanos, pero tú, tú al igual que tu madre pueden hacer conmigo lo que quieran, me tienen en la palma de su mano con una mirada, un puchero basta para que les ofrezca el mundo entero, par de hechiceras de ojos verdes, no sé qué me han dado, pero tampoco me importa, dichoso me someto a su voluntad con tal de verlas sonreír.
Llegamos a la fiesta, y los observo bailar, mientras abrazo a mi amada, ella me sonríe, y susurra en mi oído, juntos hasta el final de los tiempos, amor mío. Ella está segura de ello, nada podrá separarnos.
Y yo creo exactamente lo mismo.
Alpes suizos, 1965.
Por fin terminé mi turno, hoy se me hizo eterno, sé que soy una testaruda, pero amo venir un par de veces a la semana como voluntaria del pequeño orfanato que me recuerda tanto al hogar de Pony… estamos tan lejos de él, pero la verdad es que una vez que la hermana María y la Señorita Pony se fueron, me fue imposible volver, por supuesto que la fundación Andrew se hace cargo del lugar, pero para mí nunca será lo mismo, así que sin importar lo que mis hijos digan, me encuentro en medio de un glorioso paisaje alpino, y mientras tenga fuerzas, y me encuentre en este exquisito rincón del mundo seguiré viniendo a pasar la mañana junto a estos preciosos niños, me despido con una sonrisa, salgo del pintoresco lugar y contemplo mi alrededor, llenando de aire mis pulmones, bebiendo la belleza del paraíso donde hemos decidido parar por un tiempo, durante años nos hemos dedicado a viajar, a vagar sin rumbo como dirían los muchachos, a vivir de amor, como decimos nosotros, siendo simplemente Candy y Albert, una pareja de locos que en vez de sentarse junto al fuego en alguna de las mansiones Andrew, y cuidar de nuestros nietos, nos lanzamos por los lugares más exóticos del mundo a vivir una aventura más, la más larga, la más hermosa, tal vez la última de nuestras vidas, pero cuando se ha vivido tanto, eso no importa, somos felices, nos mantenemos bien, y adoramos por igual las largas caminatas por la naturaleza como una lujosa estancia en algún hotel de ensueño, el mundo ha cambiado tanto a nuestro alrededor, que no podemos dejar de maravillarnos.
Apuro un poco el paso mientras Lancelot, el pequeño Highland terrier que adoptamos en un refugio en Lucerna me sigue los pasos, brincando de alegría y disfrutando estar por fin libre de los abrazos de los chicos, es un amor, pero a veces puede ser un pequeño cascarrabias, hoy, como siempre, muero por llegar a casa y ver a Albert, regresar a él es la mejor parte de mi día, así ha sido siempre y siempre lo será, es tan reconfortante tenerlo cerca, siempre está ahí para mí, es amoroso, tierno, el hombre perfecto, mi esposo, mi amado, mi todo, espero con ansias su recuperación del resfriado que pescó la otra noche cuando nadamos desnudos en el lago, por eso es que no me ha acompañado hoy, en realidad, si por él hubiera sido estaría aquí, a mi lado, tomando mi mano mientras caminamos embelesados por el increíble paisaje de nuestro alrededor, pero he insistido con firmeza en que se quede a descansar un poco, quiero que pronto me acompañe de nuevo a recorrer los maravillosos senderos, si bien es cierto que ya no podemos trepar árboles, o correr como lo hacíamos antes, aún disfrutamos de la naturaleza, y adoramos la sencillez de nuestras vidas, en este pequeño lugar, el chalet lo compramos años atrás durante una escapada romántica, pensando que sería un maravilloso lugar para que los chicos esquiaran, y ahora, cada vez que nos cansamos de nuestros andares, aquí es a donde decidimos volver, mientras camino a casa, no queda más que recordar con una enorme sonrisa cada locura que hemos hecho juntos, todas esas veces que hemos roto los convencionalismos y que sin duda hemos vuelto locos a nuestros hijos, quienes a veces piensan que ya no estamos en edad de andar por el mundo como vagabundos, y después invariablemente mi mente me lleva a mis parajes favoritos, cada momento en él ha estado ahí para mí, para rescatarme, para cuidarme, para abrazarme, para amarme. Hoy, 40 años después de que nos juramos amor eterno, sigo suspirando por el gallardo príncipe escocés que se robó mis suspiros cuando era tan solo una niña, quien llenó mi vida de sueños, mis días de luz y mi futuro de eternidad.
Entro alegremente a casa y anuncio, "Albert, ya llegué" – él me recibe con esa sonrisa luminosa que hace que una noche sin estrellas se vuelva brillante, me envuelve en un apretado abrazo y besa mis labios con la misma pasión que teníamos cuando no éramos más que un par de jóvenes enfrentándonos a toda la maldad del mundo.
Hola princesa, ¿cómo te han tratado hoy los chiquillos?
Igual que siempre, les fue imposible vencerme en el lazo. - replico con orgullo.
Jajajaja, jamás podrán hacerlo vida mía. - me dice mirándome con esos preciosos ojos azules cargados de amor.
Pero dime, mi príncipe que escondes tras esa sonrisa traviesa. - pregunto, porque lo conozco, y muere por darme noticias.
Hay carta de Patty y Archie, brinco de felicidad por supuesto en sentido figurado, mis años ya no me permiten tanta extravagancia, pero aún puedo hacer una de mis cosas favoritas, me aviento a sus brazos y seguro lo aturdo con mis gritos de emoción, él me sostiene, sonríe con ternura, sé que así como yo veo en él al apuesto y vigoroso hombre con el que me casé, él ve en mí a la doncella joven y bella a la que eligió como compañera de sus días, después le beso en los labios con intención, no puedo evitarlo, este hombre me vuelve loca. Él responde con el mismo ímpetu, y por un rato nos olvidamos de todo.
Me lleva hasta el comedor donde el almuerzo está listo y abre la silla para mí con galantería, cuidando de que no tropiece, ya que mi nariz está enterrada en la carta que me acaba de dar.
Están organizando el bautizo del más pequeño de los nietos. - le digo con una sonrisa a Albert.
Lo sé cariño, ya reservé los boletos para que viajemos. - me responde con esa seguridad y practicidad de siempre. Seguro Archie le llamó, pero Patty adora escribir.
Vuelvo a mi carta, Patty me cuenta de todo, ellos viven en Londres, y a través de estas epístolas me mantiene al tanto de los andares de cada uno de nuestros sobrinos y de los sobrinos nietos, aún no puedo creer que entre sus hijos y los nuestros sumamos 13 maravillosos descendientes, todos casados ahora, y por lo tanto tenemos 39 pequeños, entre nietos y sobrinos nietos , es una locura por supuesto, lejos quedaron los días cuando nuestras reuniones familiares consistían de menos de diez personas, ahora cada festejo es todo un evento que reúne a más de 50, y como esas fiestas son las excusas perfectas para hacernos volver, siempre duran semanas enteras. Si en algún punto alguien pensó que los Andrew terminarían por extinguirse, definitivamente no podía estar más equivocado, entre nosotros 4, hicimos renacer a la familia, y hoy orgullosamente vemos a nuestros hijos y nietos vivir sus vidas, crear sus familias, incluso, tal vez, un día no muy lejano veremos también a nuestros bisnietos. Aunque en mi opinión somos demasiado jóvenes para eso.
¿Qué hay en esa mentecita traviesa? - pregunta Albert, ya que me he quedado callada recordando.
Pensaba que mi vida a tu lado ha sido maravillosa.
¿Ya no lo es?
Siempre lo será… y por tu cara sé que tienes un par de sorpresas planeadas.
Jajajaja, mejor cuéntame cómo te fue hoy. - me dice esquivando mi afirmación, señal segura de que las sorpresas son grandes, extravagantes, quizá. Pero cedo, y procedo a contarle un poco de mi día.
Debiste ver lo que se le ocurrió a Pietr el día de hoy… - le digo a Albert mientras comemos y procedo a relatarle la última travesura del pequeño demonio del orfanato, Albert se burla un poco de que sabe la historia de memoria, no porque sea la misma, sino porque según me dice le recuerda a una chiquilla pecosa que sacó canas verdes a la señorita Ponny y a la hermana María. Hago un puchero, y pretendo enojarme, él solo se ríe un poco más y me abre los brazos haciendo una invitación que no puedo rechazar, con cuidado me acerco a su silla y ocupo el lugar que me ofrece, justo en su regazo, nuestros hijos dicen que somos imposibles, y que nunca cambiaremos, no tenemos como contradecirlos, hoy, estoy más enamorada de mi esposo que ayer, sigo siendo adicta a sus besos, a sus caricias, a su aroma, adicta a él.
Pasamos la tarde en completa complicidad, un rato en el pequeño huerto que tenemos, una pequeña caminata con Lancelot alrededor del pueblo, los lugareños nos saludan con afecto, después de 10 años aunque sé que seguimos siendo un par de excéntricos para ellos, nos topamos con un grupo de turistas, mujeres, tal vez de unos 40 y no puedo evitar pescar a un par de ellas viendo a mi amado esposo con ojos interesados, no importa la edad que tenga, Albert siempre se ve mucho más joven de lo que es, no puedo evitarlo, paro en medio del camino y lo beso descarada y apasionadamente. Él no pregunta solo me rodea con sus brazos y nos dejamos llevar, las turistas pasan a nuestro lado, un par de ellas lanzan silbidos apreciativos. Atraigo a Albert más hacia mí.
¿Quieres explicar? ¿mueres por pescar un resfriado? - me pregunta burlón, aunque estoy segura de que me ha descubierto.
Muero por dejarle claro a unas cuantas mujeres que tienes a alguien tu lado.
Jajajajaja, princesa, no tienes nada de qué estar celosa-
Son jóvenes…
Tienen una gran desventaja, amor mío.
¿Un rostro sin arrugas? -
No son tú, y tú eres la única mujer para mí, pero si te hace feliz, vienen de nuevo hacia acá y con gusto les demostraré que mi corazón tiene dueña. - me besa de nuevo e incluso me levanta un poco del suelo, estoy en el tercer cielo, nos encantan este tipo de juegos … nos amamos sin límites.
Vamos de regreso a casa, yo insisto que él no deben esforzarse mucho y trato de cuidarlo, y él en que solo es un resfriado, y por supuesto los dos somos igual de tercos, terminamos por pasar el resto de la tarde en la biblioteca, que es el nombre que hemos dado al salón que acondicionamos con nuestros libros favoritos, y sillones cómodos, por supuesto que a pesar de ser un hermosos lugar no es siquiera una tercera parte del tamaño que la biblioteca de cualquiera de las mansiones Andrew, pero esto es justo lo que deseábamos, por fin tenemos el lujo de vivir con la sencillez que siempre anhelamos. Estoy sumida en una de mis novelas favoritas, casi llego a la parte más interesante, de pronto.
- Candy… - él interrumpe mi lectura, su voz se escucha seria. Alzó la mirada para ver su rostro.
- ¿Sí Albert? ¿Quieres que pida la merienda? O ¿te preparo un poco de té? - su mirada parece críptica, incluso se burla un poco de mi preocupación.
- No princesa, te tengo una sorpresa.- me dice con una de sus enormes sonrisas, se pone de pie y sale por unos momentos, para después volver con un paquete, no parece más que una simple caja color blanco, pero conociéndolo puede haber cualquier cosa dentro, lo abro con manos temblorosas por la emoción, no puedo evitarlo, siempre ha sido así, encuentro un hermoso vestido color verde, precisamente el que hace meses admiré en una tienda en París un día que íbamos de paseo, el que pensé en comprar y no encontré al día siguiente cuando volvimos. -
- Albert… lo recordaste... - le digo con una enorme sonrisa, a mi amado príncipe que nunca dejará de sorprenderme.
- Por supuesto que lo recordé pequeña. – me responde como si tal cosa, estoy segura de que lo ha guardado durante meses, pero no puedo entender en qué momento lo compró, porque no recuerdo un segundo en el que hayamos estado separados. Me mira embelesado.
Claro que lo recordó, este hombre que conozco a profundidad, y que me sigue robando el aliento como cuando era solo una chiquilla, siempre recuerda todo, y tiene las palabras adecuadas para cada momento, sé que nuestros hijos y nietos lo adoran, así como nuestros sobrinos, y yo, yo no dejo de preguntarme ¿qué hice para merecer tanta dicha? Mi amado príncipe, el hombre del que he estado enamorada desde que era solo una niña, me fue concedido, y aún hoy en su edad madura, su seguridad, su porte, lo que sabe, la forma en que me ama, sé que soy extremadamente bendecida, aun ahora que llevamos una vida diferente y sus ropas son más sencillas, Albert comanda respeto con su sola presencia…. Albert… mi amado, mi esposo, mi todo.
Dejo la caja a un lado y me levanto para abrazarlo, él me envuelve en sus cálidos brazos, yo pego un gritito agudo de emoción justo en su oído, pero él no se queja, después de toda una vida está acostumbrado.
- Gracias, es perfecto, pero no debiste…
- Candy, quise hacerlo, ¿cuándo aprenderás que mi más grande placer es hacerte feliz? -
- Tengo miles de vestidos, lo sabes. -
- Amo verte en ese color, y ahora tienes la excusa perfecta para estrenarlo, el bautizo de la pequeña Reneé, quiero que te veas como una princesa, porque eso eres, mi princesa, la mujer más hermosa del lugar, porque lo serás, además tu sonrisa todo lo ilumina. - me dice con galantería que me hace creerle, y olvidar que ya no soy una jovencita.
- Y tú el más guapo, debes usar un kilt. -
- Jajajaja, lo dices solo porque quieres ver mis piernas. - me acusa el muy bribón.
- No solo quiero ver tus piernas, sino también disfrutar que no llevarás nada debajo. - le digo pícaramente mientras lo beso una vez más, y recorro con mis manos su amada anatomía, nunca me cansaré de hacerlo, adoro a este hombre, y espero la vida nos regale muchos años más juntos.
Si bien el mundo es distinto, la vida ha cambiado, así como nuestras circunstancias y presente no son las mismas de hace algunos años, no somos más que unos chiquillos, hoy vivimos en paz y sencillez, pero mañana se nos puede ocurrir recrear las mil y una noches, tomar un barco, un avión, un tren, montar a caballo, no hay nada que nos detenga, somos libres, felices, la loca chispa de la aventura no ha muerto ni morirá nunca en nosotros, en un par de semanas viajaremos a Londres, pasaremos una temporada ahí, veremos a nuestros hijos y nietos, llevaremos una vida distinta, habrá ocasión para el vestido que hoy me regaló y para muchos otros que hoy acumulan polvo en nuestra habitación en la mansión Andrew en Londres, seguro nos escaparemos un par de días a nuestra cabaña de cuento de hadas, y otro tanto a Escocia, después en un par de meses iremos con nuestro hijo Albert a África, debemos ver el continente una vez más, mientras nuestras fuerzas aún nos lo permitan… y después… después no importa, porque si de algo estamos seguros, es que nuestro amor, ha trascendido la barrera del tiempo, y nunca más desde que nos reencontramos hace ya tantos años en esa fiesta en Londres, hemos vuelto esperar por él. –
Fin
Unos cuantos pensamientos random en medio de tantas cosas.
Escribir unas palabras para cerrar esta historia no ha sido nada sencillo, hubo tantas preguntas en el capítulo anterior, y quiero pensar que la mayoría fueron resueltas en el epílogo, estoy completamente consciente que hay algunas cosas que parecen quedar sin respuesta. La razón es muy sencilla… intencionalmente decidí no mencionarlo a ellos en este capítulo porque esta nunca fue una historia de redención, no hay arrepentimiento en ellos, nada cambió en el momento en el que supo la verdad, para Albert y Candy, lo único importante es sacarlos de sus vidas a ambos, una vez fuera, son libres de ser felices.
¿Cómo lo logró? No habría historia si no hubiese logrado dar rienda suelta a su maldad.
¿De qué se enfermó? Una enfermedad sin nombre es la responsable de las pústulas, parte imaginación, parte de una película… la verdad merecía morir de la forma más grotesca posible ¿cómo le dio sifilis? Mi pregunta sería ¿cómo no le dio antes?
¿Cómo lo sabía Anne? Hay una parte donde Albert le dice a Gerald que quiere que casi al final él lo sepa todo…en resumen Gerald se encargó con cumplir con su parte del trato, llevando a cabo el plan detallado por Albert.
A las que se han quejado de los saltos en tiempo, e incluso a quien pidió una guía sobre como leerla lineal… la historia no tiene sentido si la lees linealmente y no fue como que la escribimos en orden y dijimos ahora deconstruyámosla y pongámosla en desorden, no tengo la más mínima idea de como leerla de otra manera, lo siento.
Agradezco de todo corazón cada una de sus palabras, pero sobre todo el tiempo que se tomaron en leer, la espera, el entusiasmo, las vivencias compartidas, cada una de estas cosas hizo especial esta historia… humildemente mil gracias.
Como siempre y con todo el cariño del mundo, C, gracias, primero por tu amistad, por tu tiempo, por tu compañía en este viaje.
Bendiciones para todas, Deseo que sus familias estén bien, y que la esperanza sea una luz en medio de las tinieblas.
Con todo cariño, ha sido un placer escribir.
Key Ag.
Hoy después de casi dos años y medio, llegamos al final de esta compleja historia que nació de una idea mientras escuchaba la canción de Silvio Rodríguez que tiene el mismo nombre y me pregunte ... qué pasaría si Albert por alguna razón deja de esperar a su amada Candy, que destino tan cruel tuvo que suceder para que él simplemente se diera por vencido y dejara de luchar por su amor ... lo hablamos con Keyag y nació este fic, después de muchas discusiones e ideas, quedó establecido que esta sería nuestra única colaboración y que "Resistiéndose al amor", el fic que nació el mismo día que este ... sería únicamente tuyo ... sobra decir que nunca sucedió simplemente porque la imaginación en ambas historias no paraba de atacarnos y cada idea que nos asaltaba, debía ser escrita y puesta en marcha en las dos historias.
Siempre tuvimos en mente que esta historia, debía ser contada por capítulos discontinuos que nos llevaran al futuro, luego al pasado y luego presente, sin perder el hilo narrativo, sobra decir que fue una tarea titánica que requirió de un plan de escritura que delineara los alcances y límites de cada capítulo, aunque muchas veces no pareciera o ustedes lectoras se sintieran perdidas, cada palabra y hecho fue premeditado. Debido a muchas circunstancias narrativas estuvimos a punto de dejarla sin concluir, cuando Keyag retomó la escritura después de muchos meses, decidimos que pese a las críticas, los odios manifestados, las acusaciones de mi mala influencia y todo lo demás, la idea de que Candy y Albert al final de los tiempos debían terminar juntos, que de alguna manera ellos con su amor lo superarían todo, siempre estuvo presente y jamás lo dudamos ni por un solo segundo, aun cuando pedían a gritos que Candy debía morir porque no merecía a su Albert, nunca nos planteamos la posibilidad de privarlos de un final feliz en el que juntos formarían la familia que merecieron siempre como las almas gemelas que son.
Keyag, te pido mil excusas por ser una tirana con cada nuevo capítulo que debía ver la luz, que el proceso de escritura de este fic en especial, se podría considerar una tortura, muchas veces se reescribió todo en los capítulos y que al final siempre supimos que nunca llenaríamos las expectativas de todas las que resolvieron continuar con la historia y de las que simplemente la dejaron de lado por considerarla la peor de todos los fic que se han escrito y a mí, como la peor colaboradora en la historia de las betas.
Obviamente nunca nada es completo, todo depende de la óptica con la que veamos y entendamos el mundo; la naturaleza humana es compleja, tiende demasiado a la crítica de todo aquello que hacen los demás y que no comparte el mismo sistema de valores e ideas propias, por esta razón es que debemos asumir las críticas como lo que son, puntos de vista hechos desde otra óptica y más bien intentar adivinar cuáles son las razones que llevan a ese otro a decir lo que dice y a escribirlo de esa manera, que nunca alcanzaremos la grandeza de complacer a todos los lectores que siempre algo nos hizo falta por contemplar o prever.
Para todos aquellas que esperaban una redención final de algunos personajes o perdones carentes de sentido después de toda esta tragedia, soy una convencida que la vida no es justamente una parábola, que los desencuentros existen, que tenemos que vivir con perdones jamás pronunciados, con arrepentimientos que nunca llegan y con las consecuencias de cada decisión tomada y que la realidad de la vida es imperfecta y que vivimos acorde a la idea que construimos de lo real y lo que debe ser. Si hubiésemos escrito lo que cada una de nosotras deseó que fuera este fic, me pregunto ... donde estaría la sorpresa y los puntos de inflexión.
Pese a todo y las opiniones presentes o futuras que lleguen, lo que en verdad agradezco de los ya cuatro fic que tenemos a cuestas, tú escribiendo las locuras que se nos ocurren y yo dándole perspectiva ... es la honesta y sincera amistad que tenemos, sobra decir que eres mi única amiga de verdad pese a que vivimos en continentes diferentes de distancia.
Muchas gracias por todos los espacios y momentos construidos y por todos los que sé que vendrán, eres una maravillosa escritora y espero que algún día lo hagas de forma profesional y como modo de vida.
Candyfan777, C.
