"El ave canta, aunque la rama cruja, porque conoce lo que son sus alas."
―Salvador Díaz Mirón
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―No hay mucha vegetación, básicamente es un terreno descubierto. El campamento se encuentra en una isla con forma de media luna que en realidad forma el borde del cráter de un volcán extinto, es fascinante. La única forma es llegar por bote y en tu estado no podrás nadar.
―No pero puedes arrastrarme. ―Levantó la ceja incrédulo pero dejó que continuará su explicación alternando una mordida a las barras de chocolate que Erwin trajo consigo además del botiquín. ― Me ataré de la cintura y me dejaré llevar por ti mientras bordeas la orilla, ahí me liberaré y saldré a tierra.
―Imposible, con la pierna así meterte al agua será infección segura.
―Entonces tendrás que cerrar la herida.
―Sabes bien por qué no puedo sin tener una imagen radiológica antes.
―Es un riesgo que estoy dispuesto a tomar.
―Maldición, Levi, operarte así y aquí no es un opción. Ese cuchillo mide al menos 15 centímetros y quizá diez están dentro de tu muslo. ―Se levantó y comenzó a cortar la tela del pantalón militar hasta la mitad del muslo. En su camino palpó detrás de su tobillo y de la rodilla en búsqueda de signos graves como la disminución de pulsos distales, pero aún podía percibirlos normales. Observó la herida y al arrojar sobre ella solución salina para limpiarla comprobó la ausencia de hemorragia activa o hematoma expansivo. ―Bien quizá solo siete centímetros, el bastardo no tenía tanta fuerza. Suponiendo que eres como el sujeto anatómico al estar atravesando el recto femoral es probable que haya sorteado la vena homónima y safena mayor, si todavía puedes moverte asumo que el nervio está bien, pero la arteria no está del todo lejos. ¡Es un jodido caso especial el que esté en medio del muslo! Si estaba taponeando y la sacamos…
―Moriré, lo sé.
―Aun si no es el caso, este lugar es todo menos estéril, pescarás una infección.
―Ya lo sé, todo eso ya lo sé. No tenemos el maldito tiempo, lo sacas tú o lo hago yo.
Los ojos azules resplandecían con ardor, se preguntó si no tendría fiebre ya. Igual dudaba que existiera algo o alguien capaz de detenerlo. Era una realidad que él solo no podría hacerlo. Al parecer habían subestimado a Ntaganda, si había dejado en tal estado a un hombre como Levi.
―De acuerdo, entremos a esa oficina. Si mueres no sentiré ni un poco de culpa, imbécil.
―Bien.
Aun bajo los efectos de la morfina algunas lágrimas rodaron por el canto de sus ojos cuando el filo salió de su carne de un tirón. Al instante brotó la sangre y Erwin palideció. Irrigó con fuerza y constancia limpiando. Los bordes de la carne cercenada resoplaban en medio de la sangre pero poco a poco y para alivio de ambos la cantidad era menor.
―Todavía estoy preocupado, no ha pasado mucho y las secuelas no son tan evidentes, menos porque estás dopado. Cerraré esto provisionalmente así que no te quejes si luce mal.
―Tch, tampoco quiero un dragón en mi pierna, hazlo decente.
Erwin quiso reírse, pero todavía estaba nervioso, por un momento creyó que habían tomado la decisión equivocada. Acabó de cerrar la herida en dos planos, esperando que eso y el vendaje mantuvieran los bordes en su lugar el tiempo necesario.
―Iré a traerte otra muda de ropa.
Levi asintió mientras arrojaba sobre si un bote de agua, estaba harto de la sensación arenosa sobre sí.
Erwin volvió con un uniforme en cuyo hombro podía verse el águila dorada sosteniendo el tridente que identificaba al portador como un SEAL y una pequeña mochila.
―Traje esto, pensé que te gustaría verla.
Le pasó la mochila que Levi abrió al instante.
―Tienes razón, me alegra verla. Pero la armaré en el camino.
Dentro de la mochila estaban las piezas de una M40A3 el fusil de francotirador predilecto de los marines. Era un arma al que Levi guardaba aprecio y nostalgia por ser su única compañera en múltiples misiones sobre todo cuando era más joven.
Pesaba poco más de siete kilos y medio, con una longitud de un metro y doce centímetros. Su disparo a 760 m/s tenía un alcance efectivo de hasta 800 metros. La isla Tcheguera no contaba con terrenos altos y la vegetación era escasa pero dada sus condiciones no podría entrar como lo hizo antes. Ahí no habría suficiente espacio.
Puestos en el auto Erwin conducía rápido pero las manos de Levi eran más firmes que aquel traqueteo.
―Desearía haber traído un mejor traje, uno más adecuado al menos pero no tenía idea de que deberías bucear.
―Bueno es cierto que hace tiempo dejamos de estar solo en el mar.
Aparcaron detrás de los últimos densos árboles que encontraron, para su suerte avistaron un bote cercano. Erwin se adelantó para comprobar si tenía combustible. Arrojó su maletín dentro como una señal para que Levi se acercara.
Dentro de la maleta había también un tarro de pintura de camuflaje de 3 colores. No era una cuestión de estética, aparte de complicar que tu enemigo te reconozca es un aliado contra el sol, lo untó generosamente en toda su cara y brazos así como el cuello o lo que no cubriera el chaleco táctico que llevaba puesto.
Fue rápido hasta el agua donde ya flotaba la cuerda que Erwin arrojó sobre el agua.
―Creo que es de lo más descabellado que hemos hecho. Espero que funcione.
―No saques el arma bajo ninguna circunstancia si no has llegado hasta ella.
―Bien, sé lo que debo hacer. ¿Estarás bien?
―Sí, mamá.
Por primera vez Levi se permitió una sonrisa. Erwin encendió el motor.
―Sé prudente.
―Me mantendré bajo el bote hasta que te acerques a la orilla.
Comenzaron a avanzar por el lago, dejaría a Levi en la porción convexa de la media luna. Las tiendas miraban hacia la concavidad. Planeaban llegar por detrás. En la superficie, Erwin a simple vista contó 10 hombres rondando a pie que pronto fijaron su atención en él pero para entonces el ondulante movimiento del agua en paralelo al rastro del motor indicaba que Levi se había separado del bote. Perfecto.
―Traigan la jaula.
―Espera, no tienes que hacer esto. Sacarás mucho dinero si vendes todo lo que hay aquí, deja que se vaya.
Si Akin era puesto en esa jaula y enviado como una carta o un paquete cualquiera, Mikasa no dormiría tranquila nunca más. En sus recuerdos todavía rondaba el cadáver de Pomme.
―No soy estúpido, sé cuánto pueden valer cada una de esas cabezas peludas. Este será el primero de muchos envíos, todos saldrán de aquel refugio en la montaña.
La directora se estremeció ante la sola idea. Tenía que detenerlo, ya no podía depender de la esperanza en su corazón.
A punta de cañón Armin se acercó con una jeringa. En sus ojos vidriosos reflejó la culpa y pidió perdón a su amiga por contribuir a la aberrante acción.
Akin fue arrebatado de los brazos de Mikasa por dos hombres grandes y fuertes, mientras otros dos la sostenían de los brazos.
―Maldito bastardo, te vas a arrepentir. ―rugió la directora.
Ntaganda, regocijándose lanzó una carcajada y habría durado mucho si sus hombres no hubiesen entrado en atropellada premura.
―Señor, un bote se aproxima.
― ¿Cuántas personas?
―Un solo pasajero, ondeó una bata blanca, creo que es doctor.
― ¿Crees? ¡Crees!
Furibundo Ntaganda interrogó a Mikasa.
― ¿Pediste ayuda? Si encontraste la maldita forma de pedir ayuda, te juro que mataré a cada uno de tus hombres encerrados en esa tienda. Los mataré como perros delante de tus ojos…
― ¡No pedí ayuda! No podría…
―Debe ser el médico que solicitamos para que atendiera las heridas de Levi.
La voz de Armin se hizo escuchar en medio de las amenazas.
―Tiene sentido, lo tiene. Tráiganlo.
Los hombres salieron de la tienda y al poco rato regresaron escoltando al supuesto médico.
Mikasa contuvo el aliento y forzó sus músculos faciales para no mostrar expresión alguna. Le era difícil porque el hombre que frente a ellos se presentó como el Dr. Misth no era otro que Erwin Smith.
Levi salió del agua arrastrándose sobre el fango de los márgenes del río, levantó la cabeza para asegurarse de que no hubiese nadie cerca y cuando estuvo seguro de ello se levantó apoyándose sobre su pierna buena aunque el esfuerzo le provocó muecas de dolor.
Según el mapa estaba en la punta más gruesa de la media luna, Una ligera colina se alzaba frente a él debía cruzarla para avistar la primera de las tiendas de huéspedes o seguir el camino de tierra hasta el complejo principal.
Era molesto seguir usando las botas mojadas pero las de Erwin le quedaban como zapatos de payaso. Al menos había cambiado sus calcetines.
Se apostó detrás de un arbusto al tiempo que vio un hombre orinando cerca de otro, de espaldas a él. Sacó la M4 0 y enroscó el silenciador a la boca del arma. La apoyó sobre un montículo de piedras.
No es que creyera al cien en todo lo que el gobierno demandaba pero había algo en los SEALs que valoraba y por eso quizá muchas partes del juramento de dicha organización le gustaban.
"La capacidad de controlar mis emociones y mis acciones, independientemente de las circunstancias, me distingue de los demás hombres. Integridad absoluta es mi norma. Mi personaje y mi honor son firmes. Mi palabra es mi garantía."
Jaló el gatillo y el hombre cayó muerto, la bala se alojó en el tronco con un ruido sordo tras atravesar la cabeza del individuo.
Buscó a los otros, halló dos bebiendo en la entrada de una de las tiendas. Giró un poco la punta de su M40, repasó mentalmente otro fragmento del juramento:
"[…] Nunca abandonaré mis objetivos. Perseveraré y prosperaré en la adversidad. Si alguna vez caigo, volveré a levantarme cada vez que sea necesario. Me basaré en cada brizna de fuerza restante para proteger a mis compañeros de equipo y para lograr nuestra misión."
Tras un silbido ligero de la bala cortando el aire, la mano del hombre liberó la botella oscura. Su compañero no reaccionó tan rápido, solo alcanzó a mirar en dirección a Levi pero no podría haber visto la pupila naval al inicio de la mirilla. Cayó muerto de un tiro en el pecho.
Todo tan silencioso, nadie lo había descubierto aún. Se acercó a la tienda, estaba cerrada desde afuera pero ningún sonido se emitía desde el interior.
Dejó el fusil a un lado y sacó la CZ 75 que guardaba en su chaleco. Cortó las cuerdas y abrió en un movimiento apuntando al interior. Un tanto deslumbrado por el sol tardó un momento en identificar los rostros hasta que una voz familiar lo llamó.
―Capitán… ¿Es….es usted?
Eran los rangers apilados unos sobre otros, con las manos atadas. Kitwana era quien lo había reconocido pese a la pintura.
― ¡Es usted! ¡Sí es usted!
― ¡Shhhh! ― el resto de los hombres se encontraban igual de emocionados pero no olvidaban sus condiciones.
― Lo siento, lo siento…es solo que me alegra verlo, creí que estábamos perdidos.
―Me disculpo por la demora.
Desató a algunos y estos desataron a otros. Le contaron lo que había ocurrido a la llegada de Ntaganda y sus secuaces. Se mostraban prestos a ayudar en la misión pero rechazó su ayuda.
―Lo importante ahora es que no haya más heridos. Aunque convendría tener un plan de contención.
―Las armas están en otra tienda, podríamos intentar recuperarlas. ―Comentó uno de los hombres más grandes y corpulentos. Si mal no recordaba, era el mismo que se había opuesto a Levi en su presentación inicial. ―Haremos lo que usted ordene, capitán.
―Sí, ya no somos como antes, ahora sabemos qué hacer y que podemos lograr grandes cosas.
El reconocimiento y la confianza que le entregaban esos fieros hombres conmovieron a Levi, sabía que querían ayudarles no solo a él sino a Mikasa y por ende a sus familias, a su tierra, a su pueblo. Pero no quería que nadie más saliera herido.
― ¿Kitwana dónde está tu padre?
―No lo sé, se lo llevaron con otros hombres y el señor Jean. Deben tenerlos en alguna de las tiendas más cercanas a la recepción.
―Les tomaré la palabra, haremos que esto arda y esos infelices conozcan el infierno. Primero, tomaremos las armas. No sería efectivo que atacáramos tienda por tienda todos juntos. Vamos a dividirnos en cuatro grupos. Quedan cinco tiendas antes de llegar al complejo principal.
Designó a un líder de escuadrón por cada 6 hombres y les dio a los cabecillas un arma. Solo traía tres además de su fusil que entregó al cuarto grupo.
―Cielos, es pesada, muy pesada.
―Espero que los proteja. Evitaremos crear alboroto, nada de ruido de ser posible. Queremos atrapar al imbécil desprevenido.
Todos asintieron. Armado con su cuchillo táctico. Partió hacia la quinta, y más cercana al complejo, tienda. No había nadie, pero antes de aventurarse al complejo sin otra cosa que el cuchillo, giró para encontrarse con un agitado pero sonriente Kitwana que le tendía la CZ 75 que le confió cuando lo volvió líder de un escuadrón.
―Encontramos las armas. Ya todos tienen una y esperan sus órdenes. Tenemos a cuatro furtivos bien atados. Todo sin el mínimo ruido pero no encontramos a mi padre ni a los otros cinco que faltan.
―Lo más seguro es que estén donde Mikasa, dile a los hombres que preparen los botes y se vayan.
― ¿Qué? ¿A dónde?
―Regresen a Kibumba. Nos reuniremos ahí más tarde.
Había dos tiendas más alrededor de la recepción en forma de kiosco. Fue cuestión de suerte que al acercarse avistara desde la ventana la mata marrón de Jean.
Tenía las manos atadas al igual que el jefe Ranger y los otros.
Disponía de 20 balas en la pistola y 20 más en el cargador guardado dentro del chaleco. La pregunta era cuántos hombres había en la recepción y si no le harían algo a Mikasa en represalia. Confiaba en que Erwin ya estuviera con ella pero igual resultaba arriesgado.
Cuando los guardias salieron aprovechó para llamar la atención del joven guía. Le mostró una expresión asustada y desconcertada al principio, después de todo, la última vez que se vieron Levi estaba prácticamente muerto.
Rajó con dificultad la pared de lona. Era bastante gruesa, podría decir que Mikasa "no reparó en gastos". Se conformó con una abertura por donde entraría a gatas, hacerla más grande implicaba aumentar el riesgo de ser descubierto por el ruido.
Doblarse era un martirio y sintió las suturas estirarse, gatear no era algo que debiera hacer en su condición.
―Capitán Levi, ¿es usted verdad? ―susurró estupefacto Jean, las chicas aterrorizadas ahogaron un grito.
―Sí, voy a desatarte rápido y después haz lo mismo con los demás.
―Los guardias no volverán en un rato acaban de supervisarnos, lo hacen más o menos cada 10 minutos. Dijeron que éramos peligrosos y por eso nos apartaron del resto. ¿Cómo está Mikasa?
―No lo sé, voy por ella. Necesito tu ayuda.
― ¿Eh?
Aquella aparición la inundó de alegría, nunca antes había sentido tanta dicha de ver a ese hombre, aunque bueno, solo se habían visto dos veces incluyendo la actual.
―Buenas, buenas, doctor
―Buenos días, me llamaron para atender un herido…
―Sí, pero desafortunadamente murió. Ya lo enterramos. ― el hombre ni siquiera se esforzó en fingir pena, había evidente alegría en su declaración.
―Lo lamento. Si no es indiscreción, ¿de qué murió?
― Sí es indiscreción. No lo había visto antes por aquí, doctor.
―No llegué hace mucho y casi siempre estaba fuera por eso es que no me vio en Goma ni yo tuve el placer de conocerle antes.
Erwin no dirigió la vista a Mikasa en ningún momento, sus ojos se mantenían fijos en Ntaganda y sus manos. Nada de lo que habían dicho hasta ahora tenía sentido. ¿Se habría encontrado con Levi? De pronto Erwin fijó su vista en la jeringa que el estático biólogo sostenía, solo un segundo pero el mercenario en jefe lo notó.
―Creo que igual podríamos requerir sus servicios doctor, en algún momento… ―con un cabeceo los hombres que sujetaban a Mikasa la soltaron para ir tras Erwin pero este no retrocedió. Ni siquiera parpadeó, sostuvo la mirada del mercenario y se atrevió a sonreírle al hombre que lo apuntaba con un arma. La irritación que aquellos gestos le causaron pugnaron en Ntaganda con otro estímulo que al final predominó: los vellos de su nuca sobresaliendo firmes ante el gélido contacto metálico y pesado.
―Estás arrestado, Ntaganda Mobutu.
Pero lo que a continuación ocurrió fue vertiginoso. El estridente grito de una mujer y los platos rompiéndose sacaron del estupor a todos. Akin mordió a uno de sus captores, engullendo casi por completo la mano. El otro intentó dispararle pero Armin lo derribó arrojándose con la cabeza por delante y el cuerpo como jugador de americano. Ya no era un enclenque después de todo.
― ¡No! ¡No! ¡Tú estás muerto! ¡Muerto!
Era Nami, la hermana de Ntaganda que continuaba gritando tras el susto inicial que le provocó el símil en la apariencia de Levi el día que le dejó caer una piedra. Salió corriendo de la recepción hacia el lago.
La fracción de segundo que duro el grito bastó a Ntaganda para golpear con el puño el muslo derecho de Levi y hacer que dejase de apuntarle con el arma. Tomó de los cabellos a Mikasa y le apuntó la cabeza con el revolver que nunca dejó de sostener en las manos.
Erwin se batía a puño limpio con dos hombres.
―No creí que volvería a verte.
―Déjala ir, ¡se acabó mis hombres tienen el lugar rodeado! ―enunció Levi con potente, para que los hombres que luchaban con Erwin se detuvieran. ―Le dispararán a cualquiera en cuanto yo de la orden.
La inseguridad cruzó los ojos del mercenario, tan solo un segundo, pero pronto recobró su odiosa seguridad.
―No soy estúpido has venido solo. Es imposible que…
― ¡Manos arriba! ―Jean, los cinco Ranger y el padre de Kitwana apuntaban sus rifles.
Los secuaces de Ntaganda miraron a su jefe y contra todo pronóstico abrieron fuego. Jean increíblemente previó el movimiento y ordenó el repliegue.
Levi tuvo que fijar su atención en los secuaces y matarlos. Ntaganda arrastró a Mikasa por el suelo tirando fuertemente de su cabello aprovechando la situación. Armin quiso impedirlo y recibió un disparo en el costado.
― ¡Ve, Levi, yo me encargo de esto! ―Erwin forcejeaba aun con un sujeto pero ya estaba por someterlo.
Levi vio a Mikasa pegando patadas luchando por liberarse del agarre brutal que la arrastraba hacia un bote pero no funcionaba, el hombre le golpeó el rostro con el arma y así ella dejó de moverse.
Levi rugió el nombre de su enemigo. La descarga de adrenalina le brindó ligereza a su cuerpo cansado. Pero correr aún era complicado, optó por detenerse y logró darle a la mano que sostenía el arma de Ntaganda. La desintegró.
― ¡Ah! ¡Perro infeliz, ven por mí!
El capitán soltó el arma y se arrojó sobre el mercenario en el borde del pequeño muelle, cayeron al agua donde iniciaron el intercambio de cabezazos y la lucha por ahogarse entre sí.
La visión de Levi se alternaba entre el paisaje de las montañas y las turbias aguas del río. No era su misión matarlo, su misión era entregarlo a las autoridades y que fuera juzgado por las leyes pero justo ahora solo sentía la necesidad de aniquilarlo o morir en el intento.
Ntaganda sonreía complaciente cuando sumergía a su oponente, convencido de que pronto todo acabaría.
―Dicen que si quieres que las cosas salgan bien, debes hacerlas por ti mismo.
―Eres patético.
―El único que no sabe nada aquí eres tú. Aun si muero no soy yo quien controla la organización.
Lo siguiente que Levi escuchó fue el agua entrando por sus oídos una vez más. Cuando salió a la superficie cuestionó aunque creía que no era más que una artimaña para ganar tiempo.
― ¿De qué mierda estás hablando? ¡Habla!
―El verdadero líder de todo esto es….
El agua se tornó roja y sobre el rostro de Levi salpicó la sangre. Cuando la cabeza de Ntaganda cayó sobre su hombro pudo ver quien había disparado.
―Así es, capitán. El jefe soy yo, en todos los sentidos.
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