Gui: ¡Y siguiente! Gracias por los reviews a Rebeca, Alpha, Katie D. B, Paulys y Cullen1234567890

Reto del Tarot: Nivel 1. 8 de copas: un giro inesperado, un viaje hacia lo desconocido, una búsqueda de significado.

Advertencia: Las relaciones tóxicas existen. Sufrir en pareja es malo. Ahí lo dejo.

Disclaimer: Stephenie Meyer tuvo ideas mejores que esta.


Una Nueva Luna


Abejorro

Como todas las mañanas, Bella se dejó llevar por sus pies a la cocina, y sus manos le abrieron la silla en la que se sentó para tomarse el desayuno. Un zumbido lejano le llegaba al cerebro mientras que sus dedos cortaban un poco del pan que había sobre la mesa. Pero de repente la mesa tembló de forma violenta, como atravesada por las ondas de un puñetazo. Eso justo había hecho Charlie.

–¡Basta ya!

Los oídos de Bella estaban reacios a trabajar y no había estado escuchando a su padre. Pero el grito le había perforado el tímpano y le había estimulado algo. Se dio cuenta de que le debía ese esfuerzo a su padre.

Sin embargo, Charlie hablaba de cosas dolorosas. De: yo también he pasado por aquí y me sobrepuse, pero tú no. Tú no. Te arrastras sin vida por los rincones. La apatía te envuelve entera. A Charlie le dolía mirar a Bella pero era hombre de pocas palabras y llevaba cuatro meses mirando y callando, mirando de nuevo, pensando muy fuerte y manteniéndose en silencio. En boca cerrada no entran moscas. En oído cerrado no entra lo que no quieres oír.

Bella no quería irse de Forks.

Forks era lo único que le quedaba de él. En Forks había alcanzado la felicidad (falsa felicidad) y sólo en Forks podía sufrir así. El sufrimiento era lo único que le quedaba.

En Forks estaba el hilo rojo que la había atado un instante a Edward. Era un hilo quiebro, de mala calidad, unilateral. Pero la había atado al suelo.

Nunca había llorado como en Forks, y eso significaba que su amor había sido verdadero. Había sido real y tangible.

No podía irse a Jacksonville, a que hiciese sol (¿sol?), a que nadie hubiese oído hablar de los Cullen, a que su dolor fuese engullido por una marabunta de personas dispuestas a ayudar.

No quería dejarlo ir. Necesitaba castigarse así.

–Si quieres que haga algo saldré con Jess o Ángela.

–No es eso. Los dos sabemos lo que está pasando aquí. No puedes seguir esperándole.

–No estoy esperando a nadie.

No. Bella estaba haciendo un esfuerzo. Sacaba buenas notas. Era una empleada modelo. Una hija modelo. No podía ser que Charlie se hubiese dado cuenta. No. No. Ese tema estaba prohibido.

–Bella... –Charlie, padre patoso, había intentado dar un paso. Le había supuesto toda su energía del año, ¡hablar directamente de un tema delicado! Y Bella le había abofeteado.

–Tengo que ir al instituto.

Testaruda, adolescente. Vivía hasta el final en su desgracia, y además hacía los deberes. Si me porto bien no me harán preguntas. Sus amigos habían dejado de hablarle (menos Mike, claro). Todo el mundo lo sabía. Bella, sin poder soportarlo, y haciendo como si nada, era perfectamente consciente. Por eso tembló al ir a ver a Jessica.

–¿Jess?

–¿Me estás hablando a mí, Bella? –preguntó la aludida.

–Claro.

Vete con el cuento a otra persona, eso decían los ojos de Jessica. Pero ella también llevaba cuatro meses con su propia lucha: Bella se arrastraría y le pediría perdón. Acabaría por darse cuenta de hasta qué punto la había abandonado. De hasta qué punto era una amiga incalculable a la que había tratado como no se merecía. Este era el primer paso hacia la capitulación, y Jess no era insensible a sus deseos narcisistas. Aceptó el plan del cine y sólo alzó las cejas cuando Bella se decantó por la película de zombis. Extraña elección.

Bella se subió al coche de Jess esa misma noche y se dejó llevar por las carreteras, por los haces de luz nocturna. Salió de Forks por primera vez en cuatro meses. Puso rap en la radio, para no oír la música prohibida. Y vio una película de zombis.

O bueno, lo intentó, porque los primeros minutos resultaron ser de idilio rosa. Ella quería sangre y horror, susto y miedo y adrenalina. No diabetes. No recuerdos. Las ganas de vomitar fueron paliando conforme la gente huía y moría.

Pero ocurría algo. Algo molesto e indefinido. Los zombis arrastraban los pies por el asfalto y los humanos corrían despavoridos, y Bella ahí en medio empezó a verse a sí misma.

El zombi perseguía al último superviviente que pegaba alaridos desgarradores y se tropezaba al huir. El avance lento, doloroso, pero constante, de la criatura marcaba el ritmo del corazón de Bella. Ahí estaba ella, con esa cara de muerto, con un ojo salido de su cuenca y sin darse cuenta, con un brazo muerto en el costado y la rodilla doblada al revés, avanzando como una enferma hacia algo que no tenía sentido. Sin pensamientos, sin sensaciones, sin sentimientos, sin emociones, sólo arrastrándose, arrastrándose (¡No me arrastro! –le había dicho a Charlie. Y él había rectificado: estás sin vida). Arrastrándose sin vida por un mundo en descomposición.

Allí estaba ella. De todas las criaturas mágicas del mundo que podía ser – que había intentado ser... Había querido ser la heroína. ¡La protagonista!

Bella era el zombi.


Y tarán, eso es todo por hoy. A ver si consigo hacer esto más rápido!

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Gui
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