Capítulo 1

Cuando Gyro acudió a su desesperado pedido de auxilio, Johnny se encontraba sentado entre los pastizales duros y secos, rígido como muñeco de madera, con los pantalones un poco flojos, la respiración notablemente agitada por el esfuerzo de gritar y por el susto.

—¡Me picó! ¡Creo que me picó! —exclamaba como toda respuesta a sus preguntas mientras señalaba una pila de rocas rojizas—. ¡Una serpiente…!

Le costó obtener una descripción del animal pues Johnny continuaba temblando y repitiendo como un loco que había sido picado, hasta que logró tranquilizarlo lo suficiente (a través de una sonora cachetada) como para que le explicara que su atacante había sido una alimaña de unos cincuenta centímetros de largo, de rayas naranjas, negras y amarillas.

Gyro guardó silencio por unos segundos, pero procuró no mostrarse preocupado para evitar alterarlo más. Lo cargó con cuidado hacia donde aguardaban los caballos, y tras recostarlo con cuidado en el suelo improvisó un campamento rápido. Una vez acomodados, se propuso revisarlo.

Johnny se había alejado de él durante unos minutos para orinar. Al oír sus gritos imaginó el ataque de un terrorista, pero el enemigo esta vez era considerablemente más pequeño de lo habitual. La descripción coincidía con uno de los reptiles más venenosos del continente... Sin embargo, lo que menos deseaba era asustarlo prematuramente. Uno de los inconvenientes que enfrentaban era la falta de sensibilidad de Johnny en la mitad de su cuerpo, por lo que tuvo que inspeccionar sus piernas en busca de la posible herida. Lo mejor que podía pasar era que el animal hubiera mordido el cuero del calzado, o que no hubiera llegado a morder nada.

A medida que le bajaba los pantalones, revisaba su piel con la concentración de un dedicado médico; se sentía suave y cálida bajo las yemas de sus dedos. Los muslos parecían estar bien, descontando algunos rasguños y costras producto de tantas horas de cabalgata o de la incomodidad de dormir a la intemperie. Ambas rodillas, intactas. Las espinillas se veían sanas al igual que sus gemelos cuando lo hizo girarse boca abajo. Estuvo a punto de suspirar de alivio, pero en cuanto observó con detenimiento el tobillo derecho reconoció dos pequeñas perforaciones, la marca dejada por un par de colmillos.

Se tomó su tiempo para comunicarle su hallazgo. No sabía qué ni cómo decírselo, pero por su semblante y su silencio Johnny no tardó en adivinarlo. Lo que no tuvo fue el valor para preguntar, pero Gyro no lo dejó esperando demasiado tiempo hasta que logró reunir aire y las palabras que consideró adecuadas.

—Tienes lo que parece ser una mordedura de serpiente en el tobillo derecho. La descripción coincide con una coral. Pero...

—Es venenosa, ¿verdad? —lo interrumpió sin permitirle terminar—. Lo sabía, lo supe en cuanto la vi que me había mordido, que me había envenenado…

—Johnny, tranquilízate, ¿quieres?

Tenía buenas razones para pedirle aquello: su compañero se había puesto inmediatamente pálido tras las malas nuevas, y su forma de hablar era atropellada.

—¿Me estás diciendo que me tranquilice después de haberme dicho que me mordió una coral?

—Sí, te estoy diciendo que te tranquilices. Escúchame bien: tienes dos cosas a tu favor. La primera, las corales necesitan inyectar una buena cantidad de veneno para matar a un humano adulto. La segunda, existe otro animal llamado "falsa coral", de los mismos colores de la verdadera, que ni siquiera es venenosa. ¡Puede que todo esté bien!

Para Johnny, no parecía estar nada bien. Las "dos cosas" que, según Gyro, tenía a su favor no lo habían convencido mucho, si es que siquiera las había oído. El hecho de no poder percibir dolor o cualquier otra sensación en su herida aumentaba su preocupación. Él ya estaba paralizado así que cualquier tipo de parálisis causada por el veneno resultaría indetectable. Por otro lado, se encontraban a varios días de distancia del pueblo más cercano. No llegarían a tiempo por ningún antídoto.

Al fin tomó valor y procedió a revisarse el tobillo ayudándose con las manos a mover su pierna inútil. Allí donde Gyro había observado las dos marcas de la mordida también detectó una ligera hinchazón acompañada del color violáceo que comenzaba a adquirir su piel alrededor de los dos diminutos puntos.

—Es un hematoma por el trauma, no significa necesariamente que sea causa del veneno.

—Tú lo has dicho: no necesariamente, pero podría serlo. —Johnny no parecía querer ceder en su pesimismo. Tal vez se había acostumbrado demasiado a sentirse pesimista.

Decidieron que no retomarían la marcha hasta el día siguiente. No tenían muchas otras opciones dado que en menos de una hora les caería encima la noche. Gyro encendió el fuego y calentó un poco de comida, pero Johnny no quiso probar bocado. Solo bebió un poco de agua después de mucha insistencia.

Cuando todo fue oscuridad a su alrededor, Johnny se encontraba cubierto por su manta hasta la barbilla y temblaba ligeramente. Un poco de sudor le perlaba la frente a pesar de que el clima a esa hora distaba mucho de ser caluroso. Gyro se había resignado de darle ánimos; se limitaba a pasarle en silencio un paño húmedo por el rostro. Por sus conocimientos de medicina sabía que ninguno de esos síntomas tenía que ver con la mordedura de una serpiente de coral y que su compañero podía estar desarrollándolos a causa del miedo, del autoconvencimiento de haber sido envenenado, pero intentar convencerlo de ello había sido inútil hasta el momento. O quizás él estaba demasiado empeñado en convencerse de que Johnny iba a estar bien.

—Creí que estaba listo para morir —comenzó a hablar el convaleciente después de algunas horas de silenciosos temblores o meros gimoteos—. Pensé que moriría olvidado en esa camilla deplorable del hospital después del disparo, o que me dejaría vencer por la inanición al comprender que jamás volvería a caminar o a montar. También imaginé que valdría la pena arriesgar mi vida siguiéndote en la carrera si eso significaba alguna esperanza de volver a estar completo… No le temía al desierto, a ser golpeado en el cráneo por mi propio caballo si caía accidentalmente, a ser asesinado por un enemigo. Pero ahora… Ahora parece tan real, y tengo mucho miedo. No quiero morir. No así, incompleto pero esperanzado, por una tontería tan grande como la mordedura de un animal tan pequeño. Mi hermano, Nicholas… Su muerte fue tan estúpida. Y la forma en la que me quedé sin piernas también fue estúpida.

Gyro no sabía qué decirle. Sospechaba que podía estar delirando, pero igual se sintió mal por él. Hasta se arrepintió de haberlo cacheteado más temprano esa tarde. Se dio cuenta de que, tras los pocos días que llevaban cabalgando juntos, cuidándose la espalda, enfrentándose a impensados peligros, se había encariñado con el joven jinete. No quiso pensar en cómo se pondría si efectivamente estuviera padeciendo un envenenamiento grave.

—No quiero sentirme solo. La soledad es lo peor que existe.

—No estás solo. Yo estoy aquí, contigo.

Lo habría tomado de las manos si no hubiera estado enroscado en la manta como oruga en su crisálida. En cambio, le acarició algunos mechones rubios que asomaban por su gorro, y parte de la mejilla.

—Aquella chica… La que me acompañaba aquel día, cuando íbamos a ver la obra de teatro. Ya olvidé su nombre. Pero sus besos eran agradables.

—Era una chica atractiva, ¿verdad? —le siguió la conversación para intentar distraerlo de su malestar.

—Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que alguien quiso besarme.

Los labios de Johnny se movieron de manera similar a cuando un pez intenta respirar fuera del agua pero más sutilmente, separándose y volviéndose a cerrar algunas veces. A Gyro se le hizo un gesto bastante tierno; podría incluso haber llegado a considerarlo gracioso de no haber sido por la desafortunada situación que transitaban.

—¿Y si yo te besara?

Lo comentó como uno de sus tantos chistes, una nueva tentativa de quitarle angustia y pesadez al momento. Hasta puso esa expresión tan típica de él de excesiva confianza, casi odiosa, en la que entrecerraba los párpados y mostraba su dorada dentadura en una gran sonrisa.

—¿Lo harías?

La sonrisa se le desvaneció un poco, no por disgusto sino por la respuesta inesperada. Dudó entre si le estaba pidiendo un favor, si le seguía la broma o si simplemente continuaba delirando.

—Gyro, ¿me darías un beso?

Tras la insistencia, Gyro se encogió un poco de hombros y terminó de transformar su sonrisa en un gesto amable. Inclinándose hacia adelante, dejó un beso refrescante en el centro de su frente afiebrada. Johnny se quedó muy quieto por unos segundos, pero luego pareció disconforme con lo recibido pues inclinó la cabeza hacia atrás en búsqueda de los labios cercanos de su compañero.

Continuará...