Aclaración:
Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la historia.
La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor. Hay OOC
VUELVE CONMIGO
«3»
Naruto arqueó las cejas.
— Para lo que haga falta —dijo, con mucha calma.
— ¡Gracias por tranquilizarme¡ ¿Es que esperas que tengamos algún problema? Creí haberte entendido que el edificio estaba completamente cerrado.
— Está cerrado, sí, y no creo que tengamos ningún problema. Pero eso no significa que no deba estar preparado por si lo tenemos. No te preocupes. Siempre voy armado, de una u otra forma. Simplemente, no lo habías notado hasta ahora.
Hinata lo miro.
— Tú no sueles llevar pistola.
— Siempre la llevo. Y no lo habrías notado si no me hubiera quitado la chaqueta.
— Pero no la llevabas la noche en que...
Hinata no terminó la frase. Naruto lo hizo por ella, mirándola con sus ojos azules.
— ¿La noche en que hicimos el amor? No. Esa noche no la llevaba. Sabía que haríamos el amor, y no quería asustarte. Así que guardé la pistola en la guantera antes de ir a buscarte. Pero tenía un cuchillo en la bota. Como hoy.
Respirar resultaba difícil. Se esforzó por aspirar un poco de aire, olvidando el asunto de la pistola. Le parecía aún más sorprendente lo que acababa de decir.
— ¿Sabías que íbamos a hacer el amor?
Naruto la obsequio con otra de sus miradas pensativas.
— Supongo que no querrás hablar de eso en este momento. Salgamos de aquí y volvamos al vestíbulo antes de que anochezca. Así no gastaremos demasiado las pilas de las linternas.
Era otra sugerencia lógica, excepto por el hecho de que no anochecía hasta las nueve, lo cual les daba tiempo de sobra. Hinata se apoyó en el escritorio, y se cruzó de brazos.
—¿Por qué no iba a querer hablar de eso?
—Supuse que no querrías. Te has pasado medio año evitándome, así que no creo que de repente quieras discutir el asunto en profundidad. Pero si me equivoco, por mí podemos hablar.
Sus ojos brillaron peligrosamente, y continúo.
—¿Fui demasiado duro? ¿Cinco veces fueron demasiadas? No lo creo, porque pude sentir tus orgasmos —dijo con brusquedad—. Por no mencionar la forma en que cerrabas las piernas sobre mí, tan fuertemente que apenas podía moverme. Y sé muy bien que no ronco, ni hablo en sueños. De modo que ¿qué pasó para que te fueras corriendo?
Naruto hablaba en voz baja y seca, y se había acercado tanto a ella que Hinata se veía obligada a subir la vista. Nunca lo había visto perder los nervios, pero supo por la rabia que había en sus ojos que estaba más cerca de perderlos de lo que nunca habría imaginado. Se sobresaltó un poco. No porque le tuviera miedo, o al menos no de aquel modo, sino porque no había pensado que hubiera dado tanta importancia a aquello.
Hinata se incorporó, dispuesta a no permitir que Naruto llevase el peso de la conversación, haciéndola responsable a ella de todo, como en otras ocasiones.
—¿Qué quieres decir? ¿Sabías que íbamos a hacer el amor esa noche? —pregunto, volviendo a la conversación original
—Eso es lo que he dicho.
—¿Cómo podías estar tan seguro? Desde luego, yo no había planeado que ocurriera.
—No. Pero sabía que no me rechazarías.
—Eres muy listo, ¿no? —Espeto, irritada por su permanente confianza en sí mismo.
—Sí. Pero no sé por qué desapareciste después de esa manera ¿por qué no quieres decírmelo?. Podríamos arreglar el problema y volver al punto donde lo dejamos.
Hinata lo miro, sin moverse. Él se pasó la mano por el pelo, rubio. Tenía tal control sobre sí mismo, que aquel había sido uno de los pocos gestos de irritación que podía recordar en él.
—De acuerdo —murmuro Naruto —. Sabía que me ocultabas algunas cosas, tal vez porque no confiabas en lo que estaba pasando entre nosotros. Pero pensé que una vez que hiciéramos el amor, cuando ya me pertenecieras, confiarías en mí y dejarías de comportarte de ese modo.
Sin mirar, Hinata dejó caer los brazos y gritó:—¿Qué yo te pertenezco? ¿Qué quieres decir con eso? ¿Es que acaso me has comprado y no lo sé?
—¡Sí, me pertenecías¡ —respondió, también gritando —. Creía que nos casaríamos; que tendríamos hijos, y todo eso, pero te alejaste de mí. Yo no sabía por qué. De hecho, sigo sin saberlo.
—¿Casarnos? ¿Tener hijos? —Estaba tan sorprendida que casi no podía hablar—. Y ni si quiera se te ocurrió decirme lo que estabas planeando, ¿no? No, no hace falta que contestes. Lo decidiste tú y sólo tú, sin que te importaran mis sentimientos.
—Sabía cómo te sentías. Estabas enamorada de mí, y todavía sigues estándolo. Por eso no tiene ningún sentido lo que dices.
—Tal vez no para ti, pero yo lo tengo muy claro.
Hinata miro hacia otro lado, sonrojada. No había notado hasta qué punto resultaban evidentes sus sentimientos a Naruto, aunque supo que se había enamorado de él casi de inmediato. Pero cuanto más difíciles habían resultado las cosas, más había luchado por olvidar la intensidad de sus sentimientos.
—Entonces, ¿por qué no me lo explicas? Estoy cansado. Dímelo, sea lo que sea. Te pido disculpas por lo que haya hecho. Estamos perdiendo el tiempo.
Su arrogancia le resultaba increíble, aunque desde el principio sabía que formaba parte de su carácter. Naruto era, generalmente, un hombre tranquilo, pero con la tranquilidad de quien sabe que no tiene que demostrar nada, ni a sí mismo ni a nadie más. Él había decidido poner fin a aquella situación y aquello era todo, al menos bajo su punto de vista. No bajo el de Hinata.
—Escúchame, Naruto Uzumaki —dijo, furiosa—. No me importan los planes que hayas hecho. Bórrame de ellos. No quiero...
—No puedo —interrumpió.
—¿Por qué no?
—Por esto.
Vio el brillo de sus ojos y de forma inmediata se separó del escritorio, intentando escapar. Lo hizo rápidamente, pero él fue aún más rápido. Naruto la agarró de las muñecas y le puso los brazos en la espalda, abrazándola al mismo tiempo. La fuerza de sus musculosos brazos la apretó contra su cuerpo. Lo había visto desnudo, de modo que sabía que su ropa ocultaba su verdadera fuerza, y que no tenía ninguna oportunidad de escaparse hasta que él no quisiera. Considero que era mejor no luchar, y se contentó con mirarlo enfurecida.
—Ojos de luna —murmuro él —. La primera vez que te vi, supe que no eras una dama. Tus ojos te traicionaban. Y tenía razón, gracias a Dios. La noche que pasamos juntos prueba que no te importa en absoluto lo que sea propio o no de una verdadera dama. Tienes algo salvaje dentro, y salió a la luz en mi cama. Deberías saber que de ninguna manera te dejare escapar.
Naruto estaba excitado. Podía notar su erección movía las caderas de forma suave, intentando que abriese las piernas para recibirlo. Resultaba tentador. Muy tentador. No podía negar que lo deseaba. Nunca lo había intentado. Pero tenia razón: no confiaba en él.
—No funcionara —dijo ella.
—Ya ha funcionado.
Sus palabras eran suaves, casi en un murmullo. Pudo sentir su aliento caliente, un segundo antes de que los labios de Naruto se posaran en los suyos, inclinando la cabeza para conseguir que lo besara, que abriera la boca para él. No tenía intención de hacerlo, pero no pudo evitarlo. Desde el principio, sus besos le habían hecho sentir un intenso placer. Su confianza en sí mismo era evidente incluso en aquello. No dudaba; lo hacía como sí tuviera todo el derecho del mundo. La besó en la boca como si le perteneciera, introduciéndole la lengua hasta el fondo. Un escalofrío de placer recorrió el cuerpo de Hinata.
Apretada contra él, podía sentir la tensión de su cuerpo, notar su sexo. Nunca se había esforzado por ocultar su excitación. Aunque era algo evidente desde su primera cita, nunca la había presionado. Tal vez Hinata se enamoró de él entonces, porque le parecía tan natural como divertido que se excitase con tanta frecuencia, como si fuese una reacción lógica a su presencia. Nunca se había sentido amenazada. De hecho, no tenía más remedio que admitir que Naruto se había apartado de su camino para evitar que se alarmara. Nunca se había comportado de forma agresiva en lo relativo al sexo, a pesar de la evidente atracción que sentía. Y a ella nunca le había desagradado su actitud.
Incluso la noche en la que hicieron el amor, Hinata no había imaginado la seriedad de sus besos hasta que se encontró desnuda con él en la cama. Sólo después descubrió que Naruto quería algo más que acostarse con ella.
Sintió pánico al recordarlo, y separo su boca de la de Naruto. Sabía que si no lo detenía a tiempo, estaría haciendo el amor con él antes de cinco minutos. La sensualidad de sus besos le parecía engañosa, puesto que la excitaba más y con mayor rapidez de lo que cabría esperar. Lo mismo había ocurrido aquella noche. La beso, y antes de que se diera cuenta, se había vuelto loca por él. Hasta entonces, no habría imaginado que pudiera sentir un placer tan intenso, tan cálido.
—¿Qué ocurre? —Murmuro Naruto, mientras la besaba suave y repetidamente—. ¿No te gusta? ¿O es que te gusta demasiado?
Naruto era muy perceptivo, y eso la asustaba aún más. Intento liberarse, y, para su sorpresa, la soltó de inmediato, aunque sin alejarse.
—Dime cual es el problema, mi amor —su tono era amable—. No puedo hacerlo bien si no sé qué te pasa.
Hinata le puso las manos en el pecho para separase de él, y en aquel instante sintió su cuerpo cálido, cubierto sólo por una camisa de algodón. Podía sentir su respiración, la fuerza de su corazón que latía contra sus dedos.
Uzumaki...
—Dime —dijo, besándola otra vez.
Volvió a intentar zafarse de su abrazo, desesperadamente. Se sentía completamente excitada. Si no se lo decía, insistiría en seducirla, y no sabía cuánto tiempo podría resistirse.
—De acuerdo —dijo.
Le debía una explicación, al menos. No quería cambiar de opinión en cuanto a no verlo, pero merecía conocer sus motivos. Debería habérselo dicho antes, pero entonces lo único que quería era mantenerse lo más lejos posible de él.
—Pero te lo diré... Después. No ahora. Tenemos que arreglarlo todo y bajar al vestíbulo.
—¿Dónde he odio eso antes? —Dijo Naruto enderezándose, algo divertido.
—Eso que acabas de decir no es muy educado.
—Tal vez no, pero es enormemente satisfactorio.
Hinata estaba nerviosa. Naruto estaba sorprendido por la profundidad de sus miedos, porque no era algo que asociara con Hinata. Se preguntó cuál sería la causa, del mismo modo en que se había preguntado durante seis meses por qué se había alejado de él de forma tan abrupta, después de pasar aquella noche en sus brazos. No le tenía miedo. Era una de las cosas que más le gustaban de ella. Para que encontrase atractiva a una mujer, tenía que ser inteligente, pero desafortunadamente su inteligencia iba acompañada por una extraña percepción que las alejaba de él.
No podía hacer nada para borrar su imagen de hombre peligroso, porque no era capaz de perder las características, los hábitos, y los instintos que lo habían convertido en lo que era. Ni siquiera quería hacerlo. Formaba parte de él, tanto como sus huesos. Había tenido muchas relaciones superficiales y rápidas por la mera satisfacción física, pero en el fondo esperaba algo distinto.
A pesar de que a veces la vida le había hecho pensar que sólo existían unas personas que podían ver lo que en realidad pasaba a su alrededor, y que la mayor parte de la gente estaba ciega, ahora quería sentir en su vida parte de la normalidad de la que disfrutaba la gente corriente. Quería tener una esposa y una familia, llevar una vida cómoda y segura. Y en cuanto conoció a Hinata, supo que había encontrado a la persona adecuada.
No se trataba sólo de su aspecto, aunque se enamoró de ella en cuanto la vio. Era un un poco baja que la media, voluptuosa, con el pelo liso y oscuro, normalmente recogido con un moño. Tenía el temperamento de una pura sangre, y hasta que la conoció, nunca pensó que aquello le resultaría tan atractivo. Pero fueron sus ojos los que lo cautivaron. Ojos de luna, le había dicho, y era verdad. La naturaleza de Hinata se mostraba con claridad en aquellos ojos. Su aspecto distante, fuerte y frío, parecía decir que no le tenía miedo.
La excitación fue creciendo en su interior. Cuanto más la conocía, más apremiante era la necesidad de tenerla. Era inteligente, rápida, sarcástica, y con un gran sentido del humor que en ocasiones lo sorprendía con la guardia bajada, aunque le encantaba. Podía captar en ella una intensidad interior que lo atraía como un imán al hierro.
La intensidad de aquella atracción lo cogió desprevenido. Quería saberlo todo sobre ella, hasta sus recuerdos de infancia, aunque sólo fuera porque era un periodo de su vida que siempre le estaría vetado. Quería tener hijos con ella, y la posibilidad de tener una hija como Hinata, un querubín pequeño, de lengua rápida, fuerte y precioso, le parecía fascinante. El pensar sobre la infancia de Hinata hacia que esa posibilidad pareciera demasiado real.
Al principio, Hinata hablaba abiertamente, con la leve arrogancia de quien no tiene nada que ocultar. Pero después se dio cuenta de que ocultaba algo. No era nada concreto, nada definido. Era como si se apartara de él, como si hubiera levantado una barrera y no estuviera dispuesta a permitir que llegara más allá de cierto punto.
Pero su naturaleza y su formación le impedían mantenerse al margen. El distanciamiento de Hinata no tenía sentido, porque sabía de manera instintiva que ella sentía lo mismo que él. Lo amaba. Y si estaba escondiendo algo, quería saber de que se trataba. Contaba con suficientes recursos como para averiguarlo todo sobre la vida de cualquier persona. Investigó y se enteró de que había estado casada, pero su matrimonio había sido tan típico como breve, la clase de cosas que suelen hacer los universitarios, hasta que se dan cuenta de que no congenian.
Él también se había casado a aquella edad, de modo que entendía lo ocurrido. Pero se daba cuenta de que Hinata nunca hablaba de su matrimonio; ni siquiera lo había mencionado. Era demasiado bueno en su trabajo como para no darse cuenta de la importancia de aquel hecho, y había estado buscando una respuesta que le explicase el paréntesis en que Hinata encerraba aquellos dos años. Al mismo tiempo, sintiendo que intentaba alejarse de él, había hecho todo lo posible para cimentar su relación y llevarla a la cama, confiando en que el sexo derribaría sus barreras e hiciera que confiase en él por completo.
Pero no funcionó. Hinata se marchó a la mañana siguiente, cuando él estaba en la ducha, y aquella fue la última vez que estuvo a solas con ella.
Medio año perdido. Casi siete largos meses de noches interminables y frustrantes, tanto física como mentalmente. Ahora la tenía, a solas, y antes de que abandonaran el edificio habría averiguado qué había ocurrido y lograría que volviera al lugar que le correspondía, junto a él.
.
.
Continuará...
