Aclaración:

Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la historia.

La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor. Hay OOC

DIME QUE SI


«Final»


El timbre de la puerta sonó un poco antes de las cinco de la mañana del domingo. Hinata se levantó sobresaltada, y se quedó de pie frente al despertador, aturdida. Al fin reconoció el sonido, pero creyó que estaba equivocada. ¿quién podría llamar a la puerta a las cinco menos seis minutos de la mañana?

— Naruto —murmuró, mientras recorría con rapidez el pasillo.

Hinata echó un vistazo a través de la mirilla para asegurarse, aunque no tenía dudas. Bostezando, quito la cadena y abrió la puerta.

—¿no podrías haber esperado unas cuantas horas más? —pregunto gruñendo, mientras se dirigía a la cocina para preparar un café. Si tenía que hablar con él a aquellas horas, tenía que estar un poco más despierta.

—No —dijo Naruto—. No he dormido, y me gustaría poder arreglar esto cuanto antes.

Tampoco ella había dormido mucho. Después de la partida de Naruto, la mañana anterior, había estado paseando todo el tiempo por la casa, sintiéndose perdida e incapaz de concentrase en nada le había costado identificar aquella sensación, pero al final se dio cuenta de que se sentía sola. Habían pasado juntos treinta y seis horas seguidas durmiendo abrazados, haciendo el amor, hablando, discutiendo y riendo. El apagón la había obligado a permanecer con él en una intimidad calurosa, y también a explorar viejas pesadillas.

La cama le parecía demasiado grande, demasiado vacía y fría. Por primera vez empezaba a preguntarse si había tomado la decisión adecuada al romper con él. Naruto no era en modo alguno Sasori Landers. Físicamente, se sentía totalmente a salvo con él. Al menos a aquel nivel estaba segura de que nunca le haría daño.

Era otra faceta de su personalidad que la preocupaba. Se trataba de su carácter reservado y de su inclinación a tenerlo todo bajo control. Algo que entendía muy bien, porque también Era un poco fanática al respecto. El problema en que había tenido que luchar mucho para recuperarse de su relación anterior, y no se atrevía a arriesgar su identidad de nuevo. Naruto era enormemente obstinado. Poca gente podía resistírsele. Ella no conocía casi nada acerca de su vida, de lo que había hecho de él la persona que era. Tal vez le estuviera ocultando algo que a ella le pareciera imperdonable. Le resultaba imposible estar segura de que nunca descubriría una faceta oscura que Naruto hubiera mantenido bajo control hasta que fuera demasiado tarde para ella.

No se hacía muchas ilusiones respecto al matrimonio. Incluso en pleno siglo veinte, el marido tenía cierta autoridad sobre la mujer. A la gente no le gustaba mucho verse envuelta en las disputas domésticas, aunque si la disputa consistiera en que un hombre pegaba a su mujer. En algunas comisarías empezaban a tomárselo más en serio, pero tenían tanto trabajo con la delincuencia callejera, con las drogas y con los accidentes de tráfico, que podía entender que la cara magullada o el brazo roto de una mujer no les pareciera un asunto tan importante.

Pero lo que Naruto quería era casarse. Si llegase a un acuerdo con él, podría no mencionarlo durante cierto tiempo, tal vez durante una semana, pero seguiría empeñado en ello. Lo amaba tanto que sabía que tal vez lograría convencerla, de modo que tenía que tomar una decisión definitiva cuanto antes. Y podría hacerlo perfectamente, si la respuesta fuera no. Aún tenía bastante fuerza como para separarse de él, por el bien de los dos. Si esperaba, cada día resultaría más difícil.

Naruto permaneció en silencio mientras Hinata recorría la cocina, preparando la cafetera y encendiéndola. El agua hirvió con su sonido característico, y después empezó a caer llenando la habitación con el delicioso aroma del café.

—Vamos a sentarnos —dijo Naruto, dejando el maletín en la mesa.

Hinata negó con la cabeza y dijo:—Si voy a tener que pensar, prefiero tomarme un café antes.

—No lo sé —dijo, temblándole la boca—. Creo que sería mejor que mantuvieses la cabeza al margen de este asunto y te dejases guiar por tus instintos.

—Por mis hormonas, quieres decir.

—Tampoco tengo nada en su contra —dijo, acariciándose la barba, y suspirando—. Pero supongo que a mí también me vendrá bien una taza de café.

Hinata noto que se había tomado la molestia de cambiarse de ropa. Llevaba unos vaqueros que parecían tener diez años y una camisa blanca de algodón. Pero tenía ojeras, y sus ojos estaban enrojecidos por la falta de sueño. No se había afeitado desde la mañana del apagón. La barba de varios días le daba aspecto de rufián. De hecho, parecía uno de sus propios empleados.

Cuando termino de salir el café, Hinata lleno dos tazas y le paso una mientras se sentaba a la mesa. Bebió un trago con precaución preguntándose cuanto tardaría en actuar sobre su sistema circulatorio.

Naruto cogió el maletín y saco de él dos carpetas, una bastante fina y otra algo más ancha. Tomo la primera y se la entrego.

—De acuerdo. Lee primero ésta.

Hinata la abrió y subió las cejas reprendida al ver que se trataba de un informe muy parecido al que él había hecho sobre ella, con la diferencia de que éste hablaba sobre el mismo. Parecía sólo un esbozo. Incluso así faltaban algunas partes importantes. Mencionaba su nombre, su fecha y lugar de nacimiento, su número de la seguridad social, su descripción física, sus estudios y su empleo actual, así como algunos detalles breves sobre su breve matrimonio. Pero por otra parte daba la impresión de que no había existido desde su divorcio hasta que organizo la agencia de seguridad.

—¿Estuviste congelado durante diez años? — Preguntó finalmente, devolviéndole el informe—. Aprecio el gesto, pero si se supone que era un intento de hacer que te conociera mejor, falta bastante.

La miro y luego, sonrió.

—No hay mucha gente que pueda ser sarcástica a las cinco de la mañana.

—A las cinco en punto no sé comportarme de otra forma.

—Lo tendré en cuenta —murmuro mientras le acercaba la otra carpeta—. Esta es la información que no podrías conseguir si me investigases.

El interés de Hinata se reflejó, y abrió la carpeta. Los documentos que tenía ante sí no eran originales, sino una mezcla de fotocopias y faxes. Examinó el membrete de la parte superior de uno de ellos y lo miro sorprendida.

—¿El gobierno?

—Tuve que recurrir a un amigo para que me lo enviaran. No hay nada en esos papeles que pueda revelar secretos de estado, pero se trata de información confidencial, para mi seguridad. Podría haberme metido en su red de comunicaciones desde el ordenador, pero no quiero que me metan en la cárcel, de modo que me ha llevado cierto tiempo conseguirlo.

—¿Que hacías exactamente? —pregunto, no muy segura de querer saberlo.

Después de haberse sentido tan frustrada por no saber nada de él, ahora que tenía todos los detalles frente a ella, no estaba segura de querer conocerlos. Si le hubieran pegado un tiro, si hubiera corrido algún peligro, podría tener otro tipo de pesadillas muy distinto.

—No es como en Hollywood —le aseguro con una sonrisa.

—Que desilusión —dijo aliviada—. ¿Quieres decir que no eres un agente secreto?

—Hablas en términos cinematográficos. Nosotros llamábamos a este trabajo Operador de Campo. Y no; no es lo que hacía. Conseguir información y colocaba sistemas de vigilancia y de seguridad, en colaboración con unidades antiterroristas. No era la clase de empleo del que se habla con los amigos en la barra de un bar, después de salir del trabajo.

—Lo comprendo. Te acostumbrase a no hablar de ti ni de lo que hacías.

—Era más que una costumbre; si me hubiera ido de la lengua, eso podría haber significado la muerte de algunas personas. Sigo sin hablar de ellos, porque aun conozco gente que se decida a eso. La información es el mayor poder que puede tener un gobierno, y el más peligroso.

Hinata golpeo la carpeta.

—Entonces, ¿por que me enseñas esto?

—Porque confió en ti —dijo tranquilamente, sonriendo —. Y porque no pensé que me creyeses si te hubiera dicho: "no puedo hablar de mi mismo, porque son cosas del gobierno". Te habrías reído de mí. Es la clase de tonterías que oyes en los bares de solteros, lo que dicen los individuos que intentan impresionar a las estúpidas. Tú no eres ninguna estúpida.

Hinata pasó unas cuantas páginas, leyéndolas por encima.

—Tienes razón. Nunca te habría creído. Hay muy poca gente que se dedique a este tipo de trabajo.

Naruto se encogió de hombros.

—Como te dije, estudie en Cal system, y era bastante bueno en lo que hacía.

—¿En lo que hacías? —Pregunto con incredulidad—. Es lo que sigues haciendo. Con la diferencia de que ahora trabajas para ti mismo, y no para el gobierno —una idea le cruzó la cabeza—. La gente con la que trabajas...

—Algunos —admitió Naruto.

—¿Cómo el motorista?

—Como el motorista —respondió Naruto, riendo—. ¿Crees que contrataría a alguien con ese aspecto si no lo conociera personalmente? Si; era operador. Muy bueno, por cierto.

—¿Vienen a pedirte trabajo cuando se retiran?

—No, nada de eso. No regento un asilo para jubilados del gobierno. Sigo en contacto con mucha gente, y de vez en cuando pregunto a alguien si le interesa trabajar para mí. Casi todos son personas normales, y se trata sólo de cambiar de un trabajo a otro parecido.

Hinata cerró la carpeta y la apartó. Naruto la miro preocupado.

—¿No vas a leerla?

—No. No necesito conocer todos los detalles de tu vida. Con una idea general es suficiente.

Naruto respiro profundamente y se reclino en el asiento.

—Bien. Eso es todo. He hecho todo lo que he podido. No puedo darte ninguna prueba de que nunca te tratare como Sasori Landers. Yo sé que no lo haré, pero eres tú quien debe creerlo. Hinata, amor, ¿te quieres casar conmigo?

No podía evitarlo. Sabía que no era la forma habitual en que una mujer debía contestar a una proposición de matrimonio, pero la tozudez de Naruto Uzumaki era tal que no pudo evitar reírse.

Probablemente, tendría que oír aquella pregunta día tras día hasta que le diera una respuesta positiva, o hasta que la volviera loca. Pero ya no se sentía presionada, como le ocurría antes. Ahora sabía que se podía fiar de él en cierta medida. Aquel informe había significado más para ella de lo que él imaginaba. No era sólo que hubiese llenado los huecos que desconocía, sino que significaba que confiaba en ella.

Intento guardar las formas y lo miro con seriedad. De alguna manera, lo que había pasado durante el apagón había hecho que disminuyera el poder que Sasori Landers seguía teniendo sobre ella, a pesar del tiempo transcurrido. Durante las largas horas de aquella noche se había visto forzada a enfrentarse a lo ocurrido, a hablar sobre ello, y por primera vez se había dado cuenta de que aún era prisionera de Sasori Landers. Por su culpa había tenido miedo de disfrutar de la vida. Y seguía teniéndolo, pero de repente le daba más miedo perder lo que tenía. Porque era posible perder a Naruto, pensó, mirándolo con ternura. Podía perderlo si no apreciaba el valor de lo que le ofrecía.

Había llegado el momento de arriesgarse o perderlo todo.

Empezaba a sentirse hincado bajo su silenciosa mirada. Hinata respiro profundamente.

—¿Matrimonio, eh? ¿No crees que Sera mejor que vivamos juntos una temporada, para ver si funciona?

—Matrimonio. Una promesa de amor y fidelidad, hasta que la muerte nos separe.

Hinata lo miro confundida. Era tan duro como una roca cuando algo se le metía en la cabeza.

—Tu muerte puede estar más cerca de lo que piensas.

—No me importa, si eres tú la que me mata. Me parece que sé qué método vas a utilizar.

Un gesto de deseo cruzo su rostro. Dudo un momento, hizo acopio de fuerzas y levanto la mano derecha.

—Juro que seré un marido absolutamente dócil. Una mujer como tú necesita espacio.

Al oír aquello, Hinata se tragó de golpe el café que tenía en la boca. Tosió un poco y lo miro con incredulidad.

—Entonces, ¿por qué antes no me dejaste nada de espacio?

—Porque tenía miedo de que te alejases de mí —explico con una sonrisa levemente vulnerable—También tú me dabas miedo. Estaba aterrorizado ante la posibilidad de que no quisieras estar conmigo.

Le tendió la mano. Hinata se cruzó de brazos y lo miro, rechazando el gesto.

—Si crees que vas a tener una esclava te vas a llevar una desilusión. No me gusta recoger lo que otros desordenan, y no pienso tolerar que dejes ropa sucia por todas partes.

Una mueca cruzo la cara de Naruto mientras hablaba, demostrando su júbilo.

—Soy algo limpio, para ser un hombre —dijo con timidez.

—No es bastante. Ya he oído eso antes.

—De acuerdo —suspiro—. Lo incluiremos como una cláusula del contrato matrimonial. Mantendré mi ropa ordenada, lavaré los platos y no dejare subida la tapa del retrete. También cuidare de los niños y...

—¿Niños? —Pregunto con delicadeza.

Naruto subió las cejas, y ella le devolvió una sonrisa. Tratar con él siempre resultaba muy divertido.

—Muy bien —dijo Hinata lentamente—. Si quieres, tendremos hijos, pero no más de dos.

—Dos me parece bien ¿trato hecho?

Hinata callo un momento, como si se lo estuviera pensado, antes de decir:—Trato hecho.

Se dieron un apretón de manos, con solemnidad.

Naruto suspiró satisfecho. Se levanto y cogió en brazos a Hinata, por encima de la mesa. Una taza de café cayó al suelo. La sentó en su regazo y se besaron hasta que no pudieron más. Cuando levanto la cabeza, una gran sonrisa le cruzaba la cara.

—Por cierto —dijo—, siempre sé cómo desactivar mis sistemas de seguridad.

Hinata puso la mano en su mandíbula y lo beso de nuevo.

—Ya lo sé —dijo.

Más de una hora después Naruto alzo la cabeza de la almohada y la miro.

—Es imposible que lo supieras.

—Lo sospechaba.

Se estiro, sintiéndose tan colmada como perezosa. Todo su cuerpo sentía un calor placentero y persistente.

Naruto se acercó a ella y la beso en la cabeza.

—Seis meses —se quejó—. E hizo falta un maldito apagón para que hablaras conmigo.

—Casi me alegro de lo del apagón —murmuro—. Si no hubiera ocurrido, no me habría visto obligada a pasar tanto tiempo contigo.

—¿Quieres decir que nunca lo hubiéramos arreglado de no ser por el apagón?

—No te habría dado la oportunidad —respondió con sinceridad—. No estaba jugando, Naruto. Me dabas mucho miedo, y también me daba miedo la posibilidad de volver a perder mi independencia. No habrías tenido ninguna oportunidad de convencerme, si no hubiera sido por el apagón.

—Entonces, es que Dios provoco el corte de corriente —murmuro—. Pero lo habría conseguido, de una manera u otra.

—No sé cómo. Tendrías que haberme raptado —replico con sarcasmo.

Naruto no respondió. Hinata alzo la cabeza para mirarlo con cierta desconfianza. Naruto intentó parecer inocente, pero desistió al ver que ella no le creía.

—Es precisamente lo que estaba planeando para el fin de semana, si te hubieras negado a cenar conmigo el jueves por la noche —admitió con reticencia.

—¿Ves? Estaba convencida de que te habías quedado a esperarme.

—Un hombre tiene que hacer algo cuando la mujer a la que ama no le concede ni un minuto —dijo—.Estaba desesperado.

—Son las seis y media —comento Hinata.

Un gesto de confusión cruzo el semblante de Naruto. Luego miro el reloj y sonrió.

—Cierto —dijo con satisfacción.

La mujer a la que amaba le había concedido mucho más que un minuto. Con un pequeño movimiento de su cuerpo la tuvo entre las sabanas alborotadas y se colocó sobre ella.

—Te amo —dijo—. Y aun no he oído el sí que espero.

—He accedido. Hemos hecho un pacto.

—Ya lo sé, pero soy algo tradicional. Hinata Hyuga, ¿quieres casarte conmigo?

Ella dudó por un momento. Ya no era la victima de Sasori Landers.

—Sí, Naruto Uzumaki. Quiero casarme contigo.

Él bajo la cabeza para besarla. Cuando la miro, los dos jadeaban, y supo que aun tardarían bastante en levantarse. Volvió a mirar el reloj.

—Recuérdame que tengo que hacer un par de llamadas a las nueve —murmuró—. Tengo que cancelar los planes para raptarte.

Hinata rió, y siguió riendo hasta que las caricias de Naruto hicieron que la risa se convirtiera en un dulce grito de placer, mientras él concentraba su obstinación en la consecución del éxtasis que sólo sentían estando juntos. Había tenido miedo de aquella faceta de su carácter. Pero ahora sabía que era precisamente aquello lo que hacía que quisiera pasar el resto de su vida con él. Mientras se abrazaba a sus hombros, un eco salto en su cabeza: "Dios bendiga las sobrecargas eléctricas".

.

.

Fin