Kushina, duquesa de Kingston, sacó a su nieto de la bañera en la habitación infantil y lo envolvió con una suave toalla blanca. El bebé gorjeó y tensó sus robustas piernas para ponerse en pie en su regazo. Al mismo tiempo, exploró la cara de su abuela con las manos mojadas, intentando agarrarse a su pelo.

—Sé bueno, Stephen —dijo kushina entre risas, con cariño, e hizo una mueca cuando la criatura se aferró a la doble hilera de perlas que le rodeaba el cuello—. Oh, ya sabía yo que no debería haber venido a la hora del baño con el collar puesto. Demasiada te... tentación. —Siempre había tenido un ligero tartamudeo, aunque resultaba muy leve comparado con lo que había sido en su juventud.

—Excelencia —exclamó la joven doncella, Ona, corriendo hacia ella—. Debería haber sacado yo al señorito Stephen de la bañera. Pesa mucho. Es sólido como un ladrillo.

—No hay ningún problema —aseguró Kushina, besando las rosadas mejillas del bebé mientras intentaba que soltara las perlas.

—Su excelencia es muy amable al echar una mano con los niños en el día libre de la niñera. —La doncella recogió con suavidad al bebé de los brazos de Kushina—. Si usted tiene cosas que atender, cualquiera de las criadas estará encantada de ayudarme.

—No hay na... nada más importante que mis nietos. Me gusta pasar tiempo en la habitación de los niños... Me recuerda la época en la que mis hijos eran pequeños.

Ona se rio cuando Stephen le agarró la cofia de volantes.

—Voy a echarle los polvos de talco y a vestirlo.

—Yo ordenaré las cosas del baño —dijo Kushina.

—Su excelencia, no debería. —Era evidente que la doncella trataba de lograr imprimir a su tono un equilibrio eficaz entre severidad y súplica—. Lleva un elegante vestido de seda, debería estar sentada en el salón leyendo un libro o bordando. —Cuando Kushina abrió la boca para protestar, Ona añadió de forma significativa—: la niñera me mataría si supiera que le he permitido hacer todo esto.

Jaque mate.

Sabiendo que la niñera pediría la cabeza de ambas, Kushina hizo un gesto de resignación.

—Llevo delantal —murmuró, incapaz de reprimirse.

La doncella salió del cuarto de baño con una sonrisa de satisfacción para llevarse a Stephen a la nursery.

Aún de rodillas sobre la alfombra, delante de la bañera, Kushina se llevó la mano a la espalda para deshacer los lazos del delantal de franela. Pensó con pesar que no era tarea fácil satisfacer las expectativas de la servidumbre sobre cómo debía comportarse una duquesa. Estaban decididos a impedir que hiciera cualquier cosa más agotadora que revolver el té con una cucharilla de plata. Pero, aunque tenía ya dos nietos, seguía estando en forma y esbelta, y era perfectamente capaz de levantar a un resbaladizo bebé de la bañera o de entretener a los niños en el jardín. Incluso la semana anterior le había reprendido el jefe de jardineros por subirse a un muro de piedra para recuperar unas flechas de juguete de la calle. Mientras buscaba con obstinación el nudo del delantal, escuchó pasos a su espalda. A pesar de que el visitante no hizo ningún otro sonido y no mostró ninguna señal de identidad, supo quién era antes de que se arrodillara detrás de ella. Unos fuertes dedos apartaron los suyos y notó que el nudo se soltaba con habilidad. Un sedoso y ronco murmullo le acarició la sensible piel de la nuca.

—Veo que hemos contratado a una nueva niñera. Delicioso... —Las experimentadas manos masculinas se movieron por debajo del faldón que acababan de aflojar y se deslizaron con la suavidad de una pluma desde la cintura hasta sus pechos—. Una moza con curvas. Estoy seguro de que lo harás muy bien aquí.

Kushina cerró los ojos, inclinándose hacia atrás entre aquellos muslos separados. Una boca tierna y diseñada para el pecado y las tentaciones vagó por su cuello con ligereza.

—Probablemente debería advertirte —continuó la seductora voz— que te mantengas alejada del amo. Es un infame libertino.

Kushina esbozó una sonrisa.

—Eso he oído. ¿Es tan malo como dicen?

—No. Es todavía peor. En especial cuando se trata de mujeres con el pelo rojo.

—Le quitó un par de horquillas del peinado hasta que la larga trenza le cayó sobre el hombro—. Pobre chica, me temo que no voy a poder dejarte en paz.

Kushina se estremeció de placer mientras sentía cómo la besaba en el lateral del cuello.

—¿C... cómo debo tratarlo?

—Con frecuencia —dijo él entre besos.

A ella se le escapó una risita al tiempo que se retorcía entre sus brazos hacia él. Incluso después de treinta años de matrimonio, a Kushina le daba un vuelco el corazón cada vez que veía a su marido, antiguo lord Saint Namikaze y actual duque de Kingston. Minato había madurado hasta convertirse en un hombre magnífico, con una presencia que intimidaba y deslumbraba a la vez. Desde que

heredó el ducado, diez años atrás, había adquirido el barniz de dignidad que correspondía a un hombre de su considerable poder. Sin embargo, nadie podía mirar aquellos notables ojos azules, claros y vivaces, capaces de mostrar el mayor ardor y el más frío hielo, sin recordar que una vez había sido el libertino más pervertido de Inglaterra. Kushina podía dar fe de que todavía lo era. El tiempo había tratado amablemente a Minato, y siempre lo haría. Era un hombre atractivo, delgado y elegante, con el cabello dorado y canoso en las sienes. Un león en invierno, al que nadie se enfrentaría salvo que lo hiciera bajo su propio riesgo. La madurez le había dado un aspecto de fría e incisiva autoridad, y transmitía la sensación de que lo había visto y experimentado todo, de forma que rara vez —o nunca— se le podía pillar por sorpresa. Pero cuando algo le divertía o le importaba, su sonrisa era a la vez irresistible y estaba llena de encanto.

—¡Oh, eres tú! —exclamó Minato en tono de leve sorpresa, como si estuviera reflexionando para sí acerca de cómo había terminado de rodillas sobre la alfombra del baño con su esposa entre los brazos—. Estaba preparado para corromper a una frágil niñera, pero tú eres un caso más complicado.

—Puedes corromperme igual —aseguró Kushina con tono divertido.

Él sonrió al tiempo que deslizaba su resplandeciente mirada por los rasgos de Kushina, alisándole hacia atrás los rizos que se le habían escapado del peinado. Los años habían aclarado el intenso rubí de sus cabellos hasta un suave tono melocotón.

—Mi amor, llevo intentándolo desde hace tres décadas. Pero a pesar de mis delicados esfuerzos... —le rozó los labios con erótica dulzura— todavía tienes la inocente mirada de la tímida florero que se fugó conmigo. ¿No puedes tratar de parecer al menos un poco hastiada? ¿Desilusionada, quizá? —preguntó, riéndose de los esfuerzos de Kushina y la besó de nuevo, esta vez con una juguetona presión sensual que hizo que se le acelerara el pulso.

—¿Por qué has venido a buscarme? —preguntó Kushina con languidez, echandola cabeza hacia atrás mientras él deslizaba los labios por su garganta.

—He recibido noticias sobre tu hijo.

—¿Cuál de ellos?

—Naruto. Está relacionado con un escándalo.

—¿Por qué es tu hijo cuando estás satisfecho con él y el mío cada vez que mete la pata? —preguntó Kushina cuando Minato le quitó el delantal y empezó a desabrocharle la parte delantera del corpiño.

—Porque soy un padre virtuoso —replicó él—, así que, por lógica, su mal hacer tiene que venir de ti.

—Sabes q... que es e... exactamente al revés —le informó ella.

—¿Lo sé? —Minato la acarició lánguidamente mientras sopesaba sus palabras—. ¿Soy malo? No, cielo, eso no puede ser cierto. Estoy seguro de que es por ti.

—Por ti —afirmó ella con decisión antes de que se le acelerara la respiración cuando sus caricias se volvieron más íntimas.

—Mmm... Esto tiene que quedar claro de una vez por todas. Te voy a llevar directamente a la cama.

—Espera, quiero saber más sobre Naruto. ¿El escándalo tiene algo que ver con... con esa mujer? —Todo el mundo sabía de forma más o menos pública que Naruto estaba manteniendo una aventura con la esposa del embajador de Estados Unidos. Kushina había desaprobado la relación desde el principio, por supuesto, y esperaba de todo corazón que concluyera pronto. Pero habían pasado ya dos años.

Minato levantó la cabeza y la miró con el ceño algo fruncido. Suspiró.

—Se las ha arreglado para poner en peligro a la hija de un conde. Una de las Hyuga.

Kushina frunció el ceño, pensando que el nombre le resultaba muy familiar.

—¿Qué sabemos de esa familia?

—Trataba con el viejo conde, lord de Byakugan. Su esposa era una mujer muy frívola y superficial. La conociste en una exposición de flores y te habló sin cesar de su colección de orquídeas.

—Sí, la recuerdo. —Por desgracia, no le había gustado nada aquella mujer—. ¿Tuvieron una hija?

—Mellizas. Este año es su primera temporada. Al parecer, pillaron in fraganti al idiota de tu hijo con ella.

—Se parece a su padre —concluyó Kushina. Minato se levantó con un grácil movimiento y tiró de ella. Parecía sentirse muy insultado.

—A su padre no le pillaron nunca.

—Salvo conmigo —replicó ella con aire de suficiencia.

—Cierto. —Minato se echó a reír.

—¿Qué significa exactamente in fraganti?

—¿Su definición literal? «En el mismo momento en el que se está cometiendo el delito o realizando una acción censurable.» —La tomó en brazos con facilidad—. Creo que te haré una demostración práctica.

—Pero... ¿qué pasa con el e... escándalo? ¿Qué le ocurrió a Naruto con esa chica de los Hyuga...?

—El resto del mundo puede esperar —declaró Minato con firmeza—. Te voy a corromper por enésima vez, Kushina, y quiero que por una vez prestes atención.

—Sí, señor —replicó ella recatadamente, rodeando con los brazos el cuello de su marido mientras la llevaba al dormitorio