Londres, 1876

Dos días antes...

Lady Hinata Hyuga estaba aburrida.

Muy aburrida.

Aburrida de estar aburrida.

Y la temporada londinense apenas acababa de empezar. Tendría que soportar cuatro meses de bailes, veladas, conciertos y cenas antes de que el Parlamento cerrara las puertas y las familias de la nobleza pudieran regresar a sus mansiones en el campo. Habría al menos sesenta cenas, cincuenta bailes y solo Dios sabía cuántas veladas.

No iba a sobrevivir.

Hundió los hombros y se reclinó en la silla para mirar la escena que se desarrollaba en el atestado salón de baile. Había caballeros vestidos formalmente de negro y blanco, oficiales con uniforme y botas, y damas envueltas en seda y tul. ¿Por qué estaban allí? ¿Qué podían decirse los unos a los otros que no se hubieran dicho en el último baile?

Era la peor clase de soledad, pensó de mal humor: ser la única persona que no se lo estaba pasando bien de esa multitud.

En algún lugar del montón de parejas que bailaban el vals se encontraba su hermana melliza, danzando con elegancia en brazos de un esperanzado pretendiente. Hasta ese momento, Hanabi había encontrado la temporada casi tan aburrida y decepcionante como ella, pero se mostraba mucho más dispuesta a participar en el juego.

—¿No preferirías moverte por el salón y hablar con la gente en vez de quedarte en un rincón? —le había preguntado Hanabi antes de llegar al baile.

—No, al menos cuando estoy sentada puedo pensar en cosas interesantes. No sé cómo eres capaz de soportar la compañía de esa gente tan tediosa durante horas.

—No todos son tediosos —había protestado Hanabi. Hinata la había mirado con escepticismo—. De los caballeros que has conocido hasta el momento, ¿hay alguno al que te gustaría ver de nuevo?

—Conocido uno —había replicado ella con aire sombrío—, conocidos todos.

Hanabi se encogió de hombros.

—Hablar hace que las noches pasen más rápido. Deberías probar.

Por desgracia, a Hinata se le daba fatal charlar. Le resultaba imposible fingir interés cuando algún pomposo patán comenzaba a presumir de sí mismo y de sus logros, de lo buenos que eran sus amigos con él y de lo mucho que lo admiraban. Ella no sería capaz de tratar con paciencia a ninguno de esos nobles, ya en la decadencia, que querían una chica joven como compañera y cuidadora, o un viudo que buscaba, obviamente, un buen linaje con el que reproducirse. La idea de que la rozaran siquiera, incluso con las manos cubiertas por guantes, le ponía la piel de gallina. Y la idea de mantener una conversación con ellos le recordaba lo aburrida que se encontraba.

Clavó la mirada en el brillante suelo de madera, tratando pensar qué palabras podía formar con las letras de la palabra «aburrida»: burrada, rabuda, brida, arriba...

—Hinata... —Era la nítida voz de su chaperona—. ¿Por qué estás otra vez sentada en un rincón? Déjame ver tu carnet de baile.

Hinata levantó la mirada hacia Tsunade, lady Senju, y le entregó de mala gana la pequeña tarjeta en forma de abanico.

La condesa, una mujer alta que poseía una extraordinaria presencia y una columna vertebral que competía en rigidez con un palo de escoba, desplegó las cubiertas de madreperla del carnet de baile y examinó con una mirada de acero las finas páginas color crema.

Estaban todas en blanco.

Lady Senju apretó los labios como si se los hubieran cosido.

—Deberías haberlas rellenado.

—Me he torcido el tobillo —replicó ella sin mirarla a los ojos. Fingir una lesión menor era la única manera de poder estar sentada a salvo en un rincón y, al mismo tiempo, evitaba cometer un grave error social. De acuerdo con las reglas de la etiqueta, cuando una dama se negaba a bailar por culpa de la fatiga o de una lesión, no podía aceptar ninguna invitación durante el resto de la noche.

—¿Es así como piensas devolver la generosidad de lord Byakugan? —La desaprobación era patente en la helada voz de la matrona—. Todos esos vestidos nuevos y sus costosos complementos... ¿Por qué le has permitido que los adquiriera para ti, si ya tenías pensado no aprovechar la temporada?

Ya que estaba, Hinata se sentía mal por ello. Su primo Neji, lord de Byakugan, había heredado el título el año pasado, después de que su hermano muriera, y había sido muy amable con ella y Hanabi. No solo les había pagado los vestidos necesarios para afrontar la temporada, también había previsto unas dotes lo suficientemente sustanciales como para garantizar el interés de cualquier soltero interesante. Estaba segura de que sus padres, que habían fallecido hacía ya algunos años, habrían sido mucho menos generosos.

—No tenía intención de no aprovechar la temporada —murmuró—. Aunque no sabía lo dura que iba a ser.

En especial en lo referente a bailes.

Algunas danzas, como la marcha real y la cuadrilla, eran abordables. Incluso podía enfrentarse a un galop, siempre y cuando su pareja no girara demasiado rápido. Pero el vals presentaba un peligro en cada paso... literalmente. Ella perdía el equilibrio cada vez que la hacían dar una curva cerrada. Además, también se veía despojada del sentido de la orientación en la oscuridad, cuando no podía depender de la visión para orientarse. Lady Senju no conocía su problema y, por razones de orgullo y vergüenza, no pensaba decírselo. Solo Hanabi conocía su secreto y la historia que había detrás, de hecho, llevaba años ayudándola a ocultarlo.

—Solo te resulta dura porque quieres —repuso lady Senju con severidad.

—No entiendo por qué tengo que hacer todo esto para pescar a un marido que nunca me va a gustar.

—El hecho de que te guste o no tu marido es intrascendente. El matrimonio no tiene nada que ver con sentimientos personales. Es una mera unión de intereses.

Hinata se mordió la lengua, a pesar de que no estaba de acuerdo. Hacía aproximadamente un año que su hermana mayor, Shion, se había casado con el señor Taruho, un galés de baja cuna, y vivían la mar de felices. Y también estaban enamorados su primo Neji y su esposa, Tenten. Era posible que fuera poco frecuente encontrar el amor en el seno del matrimonio, pero no resultaba imposible.

Aun así, Hinata no lograba imaginar ese tipo de futuro para ella. A diferencia de Hanabi, que era una romántica incurable, ella nunca había soñado con casarse y tener hijos. No quería pertenecer a nadie y, sobre todo, no quería que nadie le perteneciera. No importaba cuánto intentara obligarse a desearla, sabía que nunca sería feliz con una vida convencional.

Lady Senju se sentó a su lado con un suspiro, con la espalda tan rígida que quedaba paralela al respaldo de la silla.

—Ha comenzado el mes de mayo. ¿Recuerdas lo que te comenté al respecto?

—Es el mes más importante de la temporada, en el que suceden todos los grandes acontecimientos.

—Exacto. —Lady Senju le entregó de nuevo el carnet de baile—. Espero que después de esta noche hagas un esfuerzo. Se lo debes a lord y a lady Byakugan, y también a ti misma. Y del mismo modo me atrevería a decir que después de todos mis esfuerzos para mejorar tu predisposición, me lo debes también a mí.

—Tiene razón —reconoció Hinata en voz baja—. Lo siento, de verdad que lo siento. Lamento todas las molestias que le he causado. Pero a mí me ha quedado muy claro que no estoy destinada a nada de esto. No quiero casarme con nadie. He hecho planes para ganarme la vida por mí misma y vivir de forma independiente. Con un poco de suerte, tendré éxito, y nadie tendrá que preocuparse más tiempo por mí.

—¿Te refieres a ese juego de mesa sin sentido? —preguntó la condesa, con cierta inflexión de desprecio en la voz.

—No es un juego sin sentido. Es real. Me han dado la patente. Pregúntele al señor Taruho.

El año anterior, Hinata, que siempre había adorado los juegos y entretenimientos de mesa, había diseñado su propio juego. Con el apoyo del señor Taruho, había inscrito la patente con la intención de producirlo y distribuirlo. El señor Taruho poseía los grandes almacenes más importantes del mundo, y ya le había dicho que le haría un pedido de quinientos ejemplares. El juego tenía el éxito garantizado, aunque solo fuera porque no había prácticamente ninguna competencia. En Estados Unidos, y gracias a los esfuerzos de la empresa Milton Bradley, estaba floreciendo una industria basada en juegos de mesa, pero en Gran Bretaña todavía se encontraba en pañales. Hinata había desarrollado dos juegos más y estaba casi preparada para pedir las patentes. Algún día ganaría el dinero suficiente para trazar su propio camino en la vida.

—A pesar del aprecio que le tengo al señor Taruho —aseveró lady Senju—, comete un error al alentar esta locura.

—Él piensa que tengo lo que hace falta para llegar a ser una excelente mujer de negocios.

La condesa se retorció en la silla como si le hubiera picado una avispa.

—Hinata, eres hija de un conde. Ya sería atroz que te casaras con un comerciante o el dueño de una fábrica, pero que tú misma te conviertas en ello es impensable por completo. No te recibirían en ningún lugar. Estarías condenada al ostracismo.

—¿Por qué a cualquiera de estas personas —echó un rápido vistazo a la multitud que llenaba el salón— le debe importar lo que yo quiero hacer?

—Porque eres una de ellos. Un hecho que, seguramente, les gusta tan poco como a ti. —La condesa negó con la cabeza—. No soy capaz de entenderte, muchacha. Tu cerebro siempre me ha parecido como esos fuegos artificiales que giran de esa manera alocada.

—Girándulas.

—Sí, esas mismas. Que giran lanzando chispas, llenas de luz y de ruido. Haces juicios sin molestarte en averiguar los detalles. No es malo ser inteligente, pero si se es en exceso acaba produciendo, por lo general, el mismo resultado que la ignorancia. ¿Por qué crees que puedes pasar por alto la opinión de todo el mundo? ¿Esperas que la gente te admire por ser diferente?

—Por supuesto que no. —Hinata jugueteó con su carnet de baile en blanco, abanicándose con él tras abrirlo y cerrarlo varias veces—. Pero podrían, al menos, tratar de ser tolerantes.

—Tonterías, niña, ¿por qué habrían de hacerlo? La inconformidad es consecuencia del interés en ocultar algo. —A pesar de que era obvio que a la condesa le hubiera gustado soltarle un sermón en toda regla, cerró la boca de golpe y se levantó—. Continuaremos esta discusión más tarde. —Lady Senju se volvió y lanzó una penetrante y avinagrada mirada hacia el extremo opuesto del salón.

En ese momento, Hinata percibió un sonido metálico en la oreja izquierda, como cuando vibra un hilo de cobre; algo que le solía ocurrir cuando se ponía nerviosa. Para su horror, sintió que los ojos comenzaban a picarle por las lágrimas de frustración que los inundaban. ¡Oh, Dios santo! Eso sería la humillación absoluta: la torpe y excéntrica florero, lady Hinata, llorando en un rincón del salón de baile. No, eso no iba a ocurrir. Se puso en pie tan rápido que la silla casi cayó hacia atrás.

—Hinata —la llamaron con urgencia desde algún lugar cercano—. Necesito que me ayudes.

Perpleja, se volvió justo cuando Ashina, lady Colwick, la alcanzaba.

Ashina, una vivaz chica de cabello rubio oscuro, era la menor de las dos hijas de lady Senju. Las familias habían trabado amistad después de que lady Senju se hubiera comprometido a enseñar etiqueta y comportamiento a Hinata y Hanabi. Ashina era guapa y muy querida, además de haberse comportado con amabilidad con ella cuando otras jóvenes se habían mostrado indiferentes o le habían hecho objeto de burla. El año anterior, durante su primera temporada, Ashina se había convertido en la debutante más destacable; en los eventos siempre se veía rodeada por multitud de caballeros solteros. Se había casado hacía muy poco tiempo con Arthur, lord Colwick, que, a pesar de ser unos veinte años mayor que ella, disponía de una fortuna considerable y heredaría un marquesado.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Hinata, preocupada.

—Antes de nada, debes prometerme que no le dirás nada a mi madre.

Hinata sonrió con ironía.

—Sabes de sobra que jamás hablo con ella si puedo evitarlo. ¿Qué ha ocurrido? —repitió.

—He perdido un pendiente.

—Oh, bueno... —repuso Hinata con simpatía—. Eso le podría pasar a cualquiera. Yo me paso el día perdiendo cosas.

—No, no lo entiendes. Lord Colwick sacó los pendientes de zafiros de su madre de la caja fuerte para que me los pusiera esta noche. —Ashina movió la cabeza para enseñarle el pendiente con un contundente zafiro que todavía colgaba en una de sus orejas—. El problema no es que lo haya perdido —continuó con tristeza—, sino dónde desapareció. Me alejé de la casa durante unos minutos con uno de mis antiguos pretendientes, el señor Hayhurst. Lord Colwick se pondrá furioso si llega a enterarse.

Hinata abrió los ojos como platos.

—¿Por qué has hecho eso?

—Bueno... Es que el señor Hayhurst siempre ha sido mi pretendiente favorito. Y el pobre muchacho tiene el corazón roto desde que me casé con lord Colwick. Me persigue insistentemente, así que tuve que aplacarlo con un rendezvous. Fuimos a un cenador que hay un poco más allá de las terrazas de la parte trasera. Estoy segura de que se me cayó el pendiente cuando estábamos en el sofá. —Las lágrimas hicieron brillar sus ojos—. No puedo regresar a buscarlo, he estado ausente demasiado tiempo. Y como mi marido se dé cuenta de que lo he perdido... No quiero ni imaginarme lo que puede pasar.

Hubo un momento de expectante silencio.

Hinata miró por las ventanas del salón de baile, donde los cristales reflejaban las fulgurantes luces. Fuera estaba muy oscuro.

Le bajó por la espalda un escalofrío de inquietud. No le gustaba salir de noche, y menos sola. Pero Ashina parecía desesperada y había sido siempre muy amable con ella. No podía negarse.

—¿Quieres que vaya a ver si lo encuentro? —se ofreció a regañadientes.

—¿Lo harías? No tardarías nada en ir al cenador, recuperar el pendiente y regresar de nuevo. Es fácil de encontrar, solo tienes que seguir el camino de grava que hay entre el césped. Por favor, por favor, mi querida Hinata, te debo la vida.

—No es necesario que me lo ruegues —dijo Hinata, entre perturbada y divertida—. Haré todo lo que esté en mi mano para encontrar ese pendiente. Sin embargo, Ashina, ahora que estás casada, no creo que debas tener más encuentros con el señor Hayhurst. El riesgo es demasiado alto, y no creo que él lo valga.

Ashina le dirigió una mirada de pesar.

—No me disgusta lord Colwick, pero jamás me hará sentir como el señor Hayhurst.

—Entonces ¿por qué no te casaste con él?

—Porque el señor Hayhurst es el tercer hijo y jamás heredará el título.

—Pero es el hombre que amas...

—No seas tonta, Hinata. El amor es para las muchachas de clase media. —Ashina escudriñó la estancia con una mirada de ansiedad—. Nadie mira —anunció—. Si eres rápida, puedes salir ahora mismo.

¡Oh, sí! Iba a ser tan rápida como una liebre. No pasaría más tiempo del necesario en el exterior por la noche. Ojalá pudiera decirle a Hanabi que la acompañara; su hermana siempre era una conspiradora dispuesta a secundarla. Sin embargo, para Hanabi sería mucho mejor continuar bailando; así lady Senju estaría distraída.

Recorrió un lateral del salón de baile de forma casual, sin participar en ninguna conversación sobre la ópera, los jardines o la «última novedad». Cuando pasó por detrás de la espalda de lady Senju, medio esperaba que su dama de compañía se volviese y la pescara como a un salmonete. Por fortuna, lady Senju continuó observando a las parejas que bailaban en la pista, dando al ambiente un colorido caos de faldas tornasoladas y piernas enfundadas en pantalones oscuros.

En lo que a ella respectaba, su salida del salón de baile pasó absolutamente desapercibida. Bajó corriendo la enorme escalinata y atravesó la sala de balcones hasta llegar a una galería iluminada que se extendía a lo largo de la fachada de la mansión. Había filas de retratos en las paredes; generaciones de aristócratas la miraban mientras recorría el suelo taraceado.

Al llegar a la puerta que conducía a la terraza trasera, se detuvo en el umbral y miró hacia el exterior como haría un pasajero en la barandilla de un barco en alta mar. La noche era oscura, fresca y profunda. Odiaba abandonar la seguridad de la casa, pero se sintió más tranquila al ver la procesión de antorchas de aceite que, colocadas en unos cuencos sobre altos postes de hierro, iluminaban los jardines, alineadas junto al camino que recorría el extenso césped.

Hinata se centró en su misión y se deslizó por la terraza hacia la hierba. Una espesa arboleda de abetos escoceses inundaba el aire con su agradable e intenso aroma. Eso ayudaba a enmascarar el olor que desprendía el Támesis, que discurría paralelo al borde de los terrenos de la propiedad.

Desde el camino que había junto al río, llegaban las voces masculinas y los poderosos martillazos de los obreros que reforzaban los andamios para el espectáculo de fuegos artificiales. Al final de la velada, los invitados se reunirían en la terraza trasera y a lo largo de los balcones de la planta superior para ver la pirotecnia.

El sendero de grava serpenteaba alrededor de una enorme estatua del antiguo dios del río de Londres, el Padre Támesis. Enorme y robusta en su construcción, la gran figura estaba reclinada en un pedestal de piedra, sujetando descuidadamente un tridente con la mano. Estaba completamente desnuda, salvo una tela, lo que hizo pensar a Hinata que mostraba una imagen muy estúpida.

—¿Au natural en público? —se preguntó con ligereza mientras pasaba junto a la estatua—. Se puede esperar de una escultura clásica, pero usted, señor, no tiene excusa.

Continuó su camino hasta el cenador, que quedaba parcialmente protegido por un seto de tejo y una profusión de hortensias. La edificación, abierta por los lados y con paredes a media altura que unían la mitad de las columnas, estaba levantada sobre una base de ladrillo, y decorada con paneles de vidrio de colores. La única iluminación era una pequeña lámpara de estilo marroquí, que colgaba del techo.

Subió vacilante los dos escalones de madera y accedió al interior de la estructura. El mobiliario se limitaba a un sofá con el respaldo de rejilla, que parecía haber sido atornillado a las columnas más cercanas.

Mientras buscaba el pendiente perdido, trató de subir el borde de la falda para que el vestido no se ensuciara. Llevaba sus mejores galas, un modelo de iridiscente seda tornasolada, que parecía plateado desde un ángulo y color lavanda desde otro, realizado especialmente para los bailes de la temporada. Por delante, el diseño era sencillo; tenía un corpiño liso y bien ajustado y el escote bajo. Una red de intrincados pliegues en la espalda desembocaba en una cascada de seda que se agitaba y brillaba cada vez que se movía.

Después de mirar debajo de los cojines, se subió al asiento. Rebuscó en el espacio que quedaba entre el sofá y la pared curva. Esbozó una sonrisa de satisfacción cuando apreció un brillo en el borde de la moldura que adornaba la unión entre la pared y el suelo.

La cuestión ahora era cómo recuperar la joya. Si se arrodillaba en el suelo, regresaría al salón de baile tan sucia como un deshollinador.

El respaldo del sofá estaba tallado siguiendo un patrón de adornos y florituras, pero con espacios lo suficientemente grandes como para meter la mano. Hinata se quitó los guantes y los guardó en el bolsillo oculto del vestido. Luego se subió las faldas, se arrodilló sobre el asiento y metió el brazo por uno de los huecos, sin detenerse hasta llegar al codo. Sin embargo, las yemas de sus dedos no llegaban al suelo.

Se inclinó más hacia el espacio, empujando también la cabeza, y sintió un ligero tirón en el peinado, seguido por el tintineo de una horquilla al caer al suelo.

—Maldición... —susurró. Inclinó el torso y retorció los hombros para adaptarse a la abertura, bajando la mano hasta que pudo cerrar los dedos en torno al pendiente.

Sin embargo, cuando trató de incorporarse, se encontró con unas dificultades inesperadas. Las tallas de madera del sofá parecían haberse cerrado a su alrededor como si fueran las mandíbulas de un tiburón. Retrocedió con fuerza, hasta que sintió que el vestido se enganchaba y oyó que se rompían unas puntadas. Se quedó inmóvil. No iba a poder regresar al salón de baile con el vestido roto.

Se esforzó para llegar a la parte trasera del vestido, pero se detuvo de nuevo al oír que la frágil seda comenzaba a romperse. Quizá si se deslizaba un poco hacia delante y trataba de inclinarse en un ángulo diferente... Pero la maniobra solo sirvió para quedarse atrapada más firmemente y que los dentados bordes de madera se le clavaran en la piel. Después de forcejear y retorcerse durante un minuto, Hinata se quedó quieta, salvo por los compulsivos movimientos de sus pulmones.

—No es posible que esté atascada —murmuró—. No puede ser. —Intentó moverse sin éxito—. ¡Oh, Dios! Sí, estoy atascada. ¡No! ¡No!

Si la encontraban así, significaría su ruina más absoluta. Ella encontraría la manera de vivir con ello, pero el hecho acabaría afectando a su familia, y arruinaría la temporada de Hanabi, lo que resultaba inaceptable.

—¡Cáspita! —Estaba tan desesperada y frustrada que soltó la peor palabra que conocía.

Al momento, se quedó rígida de horror al oír que un hombre se aclaraba la garganta.

¿Sería un sirviente? ¿Un jardinero?

«Por favor, Dios, por favor, que no sea uno de los invitados.»

Escuchó unos pasos en el interior del cenador.

—Parece estar teniendo algunas dificultadas con el sofá —comentó el desconocido—. Por lo general, no recomiendo meter la cabeza, ya que tiende a complicar el proceso. —La voz contenía una ronca y fría resonancia que consiguió enervarla de una forma muy agradable. Notó que se le ponía la piel de gallina.

—Estoy segura de que todo esto debe parecerle muy divertido —dijo ella con cautela, intentando conseguir echar un vistazo a aquel hombre a través de la madera tallada. Estaba vestido de gala. Sin duda se trataba de un invitado.

—De eso nada. ¿Por qué me iba a parecer divertido encontrarme a una joven posando boca abajo sobre un mueble?

—No estoy posando. Se me ha quedado enganchado el vestido. Le quedaría muy agradecida si me ayudara a liberarme.

—¿Del vestido o del sofá? —preguntó el desconocido, sonando muy interesado.

—Del sofá —replicó ella, irritada—. Me he quedado enredada en estos... —vaciló, preguntándose cómo debía llamar a las elaboradas curvas de madera y los recovecos tallados en el respaldo del sofá— recocurvas —concluyó.

—Volutas de acanto —dijo el hombre a la vez. Pasó un segundo antes de que él preguntara—: ¿Cómo las ha llamado?

—Da igual —repuso ella con evidente disgusto—. Tengo el mal hábito de inventarme palabras, pero se supone que no debo decirlas en público.

—¿Por qué?

—Porque la gente puede llegar a pensar que soy un tanto excéntrica.

La tranquila risa le hizo sentir mariposas en el estómago.

—En este momento, querida, inventarse palabras es el menor de sus problemas.

Hinata parpadeó al escuchar el casual término cariñoso, y se tensó cuando él se sentó a su lado. Fue suficiente esa cercanía para que oliera su fragancia, una especie de aroma ambarino con esencia de cedro, envuelto en el frescor de la tierra húmeda. Olía como un bosque caro.

—¿Va a ayudarme? —le preguntó.

—Es posible. Si antes me dice qué estaba haciendo en el sofá.

—¿Es necesario que lo sepa?

—Sí —aseguró él.

Hinata frunció el ceño.

—Quería alcanzar algo.

Él apoyó un largo brazo por el borde del respaldo del sofá.

—Me temo que tendrá que ser más específica.

Aquel hombre no estaba siendo precisamente un caballero, pensó Hinata con fastidio.

—Un pendiente.

—¿Cómo ha perdido el pendiente?

—No es mío. Pertenece a una amiga y tengo que devolvérselo lo antes posible.

—¿Una amiga? —repitió él con escepticismo—. ¿Cómo se llama?

—No puedo decírselo.

—Una pena. Bueno, que tenga buena suerte. —Él empezó a marcharse.

—Espere. —Hinata se retorció, consiguiendo que se estallaran más puntadas. Se detuvo con exasperación al escuchar los sonidos—. Es un pendiente de lady Colwick.

—Ah. ¿Puedo suponer que ha estado aquí con Hayhurst?

—¿Cómo lo sabe?

—Lo sabe todo el mundo, incluyendo a lord Colwick. Es posible que más adelante le dé igual que Ashina tenga sus affaires, pero ahora es un poco pronto. Todavía no le ha dado un hijo legítimo.

Ningún caballero le había hablado a Hinata con tanta franqueza, y le resultó impactante. También era la primera conversación realmente interesante que había mantenido en un baile.

—Ella no tiene un affaire con él —aseguró Hinata—. Solo fue un rendezvous.

—¿Sabe lo que es un rendezvous?

—Por supuesto que sí —dijo ella con gran dignidad—. He tenido clases de francés. Significa que han tenido un encuentro.

—Según el contexto —le explicó él—, significa mucho más que eso.

Hinata se retorció una vez más.

—Me importa un pepino lo que Ashina estuviera haciendo con el señor Hayhurst en este sofá, solo quiero salir de aquí. ¿Puede ayudarme o no?

—Supongo que es mi deber. La novedad de estar hablando con un derrière comienza a desaparecer.

Hinata se puso rígida, y el corazón se le aceleró cuando sintió que él se inclinaba sobre ella.

—No se preocupe —la tranquilizó él—. No la molestaré. No siento inclinación por las jovencitas.

—Tengo veintiún años —replicó ella, indignada.

—¿En serio?

—Sí, ¿por qué parece tan escéptico?

—No esperaba encontrar en tal situación a una mujer de su edad.

—Casi siempre acabo metida en situaciones complicadas. —Se estremeció al sentir una suave presión en la espalda.

—Estese quieta. Tiene el vestido enganchado en tres puntos diferentes. —Él estuvo tirando con destreza de los pliegues de seda y de los volantes—. ¿Cómo ha conseguido atravesar un espacio tan pequeño?

—Meterme fue fácil. Pero no tuve en cuenta todas esas malditas recocur... Es decir, cuando retrocedí, se convirtieron en púas.

—He liberado el vestido. Intente salir.

Hinata empezó a retroceder, pero soltó un grito cuando la madera volvió a clavarse en su carne.

—Todavía no puedo. ¡Oh, no!

—No se asuste. Mueva los hombros... No, de esa manera no, al revés. Espere… —El extraño sonaba divertido—. Esto es como tratar de abrir un puzle japonés.

—¿Qué es eso?

—Se trata de una caja de madera realizada con piezas que encajan entre sí. Solo se puede abrir si se conocen los movimientos necesarios para desbloquearla. —Notó una cálida palma en su hombro desnudo, obligándola a inclinarse con suavidad.

Su contacto la hizo estremecerse. Respiró profundamente, llenando de aire fresco sus ardientes pulmones.

—Relájese —le dijo él—, enseguida la libero.

—No me puedo relajar si tiene ahí la mano. —Su voz salió más aguda de lo habitual.

—Si coopera, esto irá mucho más rápido.

—Lo intento, pero la posición es realmente incómoda.

—La posición es suya, no mía —le recordó.

—Sí, pero... ¡Ay! —Un borde de la madera le arañó la parte superior del brazo. La situación estaba volviéndose intolerable. Estimulada por una creciente alarmase movió sin descanso en los límites punzantes de las volutas talladas—. ¡Oh, esto es horrículo!

—Tranquila. Permita que le guíe la cabeza.

Los dos se quedaron paralizados cuando llegó un áspero grito desde el exterior del cenador.

—¡¿Qué está pasando ahí dentro?!

El hombre que estaba inclinado sobre Hinata maldijo por lo bajo. Ella no conocía la palabra, pero estaba segura de que significaba algo mucho peor que «cáspita».

—¡Sinvergüenza! —continuó su diatriba el enfurecido recién llegado—. No me habría esperado esto ni siquiera de usted. Está obligando a una mujer indefensa y abusando de mi hospitalidad durante un baile benéfico.

—Milord —intervino Hinata con autoridad—, ¡no ha entendido la situación!

—Estoy seguro de que la he comprendido perfectamente. Suéltela.

—Pero sigo atascada —expuso Hinata con voz lastimera.

—¡Qué vergüenza! Por lo que parece, pillados in fraganti —comentó el viejo cascarrabias a lo que parecía un tercer extraño.

Desconcertada, Hinata notó que el desconocido se levantaba del sofá y que le cubría la cara brevemente para protegerla de los rasguños. Su tacto era suave, pero muy inquietante, y le hizo sentir un ardiente escalofrío en todo el cuerpo.

En cuanto se sintió libre de las volutas de madera, Hinata se levantó con rapidez. La cabeza le dio vueltas después de haber estado inclinada tanto tiempo, y perdió el equilibrio. Sin pensar, el desconocido la sostuvo contra su cuerpo cuando se tambaleó. Ella tuvo la breve y vertiginosa impresión de estar pegada a un duro pecho formado por muchos músculos antes de que él la soltara. El aflojado peinado le cayó sobre la frente cuando bajó la vista para evaluar los daños. Tenía las faldas sucias y arrugadas, y profundas marcas rojas en los hombros y la parte superior de los brazos.

—¡Maldición! —dijo entre dientes el hombre que se encontraba frente a ella—. ¿Quién es usted?

—Lady Hinata Hyuga Y debo decirle que... —Su voz se apagó al

encontrarse mirando a un joven y arrogante dios, alto y grande, con una elegante figura repleta de gracia felina. La pequeña lámpara del techo arrancaba reflejos dorados a los espesos mechones del bien cortado cabello color ámbar. Tenía los ojos azul oscuro, y los pómulos altos y prominentes. La línea de su mandíbula parecía lo suficientemente dura como para estar cincelada en mármol. Las curvas sensuales y llenas de sus labios dotaban a sus rasgos de una discordancia erótica.Un solo vistazo fue más que suficiente para hacer que se sintiera como si le faltara el aire. ¿Cómo era posible que un hombre fuera tan sobrecogedoramente guapo? Eso no podía ser bueno.

Presa de la sorpresa, Hinata metió la mano en el bolsillo del vestido y dejó caer el pendiente en el interior.

—Les aseguraré que no pasó nada. Es la verdad, después de todo.

—La verdad no va a importar —fue la seca respuesta.

Él le indicó que lo precediera fuera del cenador, donde se tuvieron que enfrentar inmediatamente a lord Haruno, el anfitrión del baile y propietario de la finca. Dado que era amigo de los Senju, era una de las últimas personas que Hinata hubiera querido que la encontrara en una situación comprometida.Estaba acompañado por otro hombre de pelo oscuro que no había visto nunca.

Haruno era bajo y fornido, con el tronco en forma de manzana. Las patillas blancas y la barba parecían estremecerse alrededor de su cara cuando hablaba.

—El conde y yo estábamos caminando junto al río para ver cómo iban los preparativos de los fuegos artificiales cuando hemos oído los gritos de la joven pidiendo auxilio.

—Yo no he gritado —protestó Hinata.

—Allí es donde he ido yo para hablar con el contratista —explicó el joven que la había liberado—. Cuando regresaba a la mansión, me he encontrado con que lady Hinata necesitaba ayuda, pues parte de su vestido estaba atrapado en el sofá. Así que estaba tratando de resolver su problema.

Las nevadas cejas de Haruno subieron casi hasta el nacimiento del pelo cuando se volvió hacia ella.

—¿Es cierto?

—Sí, milord.

—Bien, para empezar, ¿dígame qué hacía aquí fuera? —Hinata vaciló, poco dispuesta a dejar en evidencia a Ashina—. Estaba tomando un poco de aire fresco. Allí dentro me... Aburría.

—¿Se aburría? —repitió Haruno con indignación—. ¿Con una orquesta de veinte músicos y un salón de baile lleno de caballeros elegibles?

—Nadie me ha invitado a bailar —reconoció Hinata entre dientes.

—Posiblemente lo hubieran hecho si no hubiera estado aquí, relacionándose con un notorio donjuán.

—Haruno —intervino el hombre del pelo oscuro en voz baja—, si me permite un momento...

El orador era bastante atractivo, con rasgos bien labrados y la tez bronceada de un hombre que pasaba tiempo al aire libre. A pesar de que no era joven —sus cabellos negros estaban salpicados de canas y el tiempo había profundizado las líneas de la risa alrededor de los ojos, la nariz y la boca—, tampoco podía considerársele un anciano. Poseía un aire demasiado saludable, y la apariencia de un hombre con considerable autoridad.

—Conozco a este muchacho desde el día en que nació —continuó el hombre con la voz profunda y un poco ronca—. Como bien sabe, su padre es un buen amigo mío. Si me lo permite, voy a responder por su carácter y su palabra. Por el bien de esta joven, le sugiero que mantengamos silencio y manejemos este asunto con discreción.

—Yo también conozco a su padre —manifestó lord Haruno—, en su día arrancó muchas flores hermosas. Es evidente que el hijo sigue sus pasos. No, Uchiha, no pienso guardar silencio, debe rendir cuentas por sus acciones.

¿Uchiha? Hinata lo miró con interés. Había oído hablar del conde de Uchiha, el hombre que, después del duque de Norfolk, poseía el título más antiguo y respetado de Inglaterra. Su enorme finca en Hampshire, Stony Cross Park, era famosa por las actividades de pesca, caza y tiro.

Uchiha buscó sus ojos.

—¿Su padre era lord de Byakugan? —preguntó, sin parecer sorprendido.

—Sí, milord.

—Lo conocía. Acostumbraba a venir a cazar a mi propiedad. —El conde la miró con atención—. Lo invité numerosas veces a acudir con su familia, pero siempre prefirió venir solo.

No era una sorpresa. Su padre siempre había considerado que sus tres hijas eran parásitos. Además, su madre también había mostrado poco interés por ellas. Como resultado, Hanabi, Shion y ella se pasaban meses sin ver a sus padres.

Le sorprendió que aquel recuerdo todavía pudiera hacerle daño.

—Mi padre quería vernos lo menos posible —repuso Hinata sin andarse con rodeos—. Nos consideraba una molestia. —Bajó la cabeza—. Es evidente que he confirmado que tenía razón —murmuró.

—Yo no diría eso. —Había un toque de simpatía en la voz del conde—. Mis hijas me han asegurado, más de una vez, que cualquier chica bien intencionada puede meterse en problemas de vez en cuando.

—Este problema en particular —intervino lord Haruno— debe quedar resuelto de inmediato. Iré a buscar a la acompañante de lady Hinata. —Se volvió hacia el joven—. Y a usted, le sugiero que acuda a la casa de los Hyuga de inmediato, que se reúna con la familia y agilice los trámites correspondientes.

—¿Qué trámites? —preguntó Hinata.

—Se refiere a los arreglos matrimoniales —dijo secamente el joven con una fría mirada. Ella notó un escalofrío de alarma por la espalda.

—¿Qué? No. No. No pienso casarme. —Se dio cuenta de que él podía tomárselo como algo personal—. No tiene nada que ver con usted —añadió en tono conciliador—, es solo que no deseo casarme.

—Imagino que saber que el hombre que tiene delante es Naruto, lord Saint Namikaze, heredero de un ducado, acabará con sus objeciones —intervino lord Haruno con aire de suficiencia.

Hinata negó con la cabeza.

—Prefiero ser fregona que la esposa de un noble.

La fría mirada de lord Saint Namikaze se deslizó por sus hombros llenos de arañazos y por su vestido rasgado antes de regresar a su cara.

—El hecho es —dijo él en voz baja— que ha estado ausente del salón de baile el tiempo suficiente como para que se haya percibido su ausencia.

Hinata comenzó a darse cuenta de que estaba metida en un serio problema, de esos que no se pueden resolver con explicaciones superficiales o dinero, ni siquiera con la influencia de su familia. El pulso le comenzó a resonar como un coro de tambores en los oídos.

—No, si me dejan regresar en este mismo momento. Nadie se da cuenta de si estoy o existo.

—Me parece imposible creerlo.

La forma en que lo dijo no parecía un cumplido.

—Es cierto —aseguró ella desesperadamente, hablando con rapidez, pero pensando todavía más deprisa—. Soy una florero. Solo accedí a participar en la temporada para ayudar a mi hermana Hanabi. Mi melliza es mucho más guapa que yo, y usted es el tipo de marido que está esperando. Si me dejara presentársela, podría comprometerse con ella, luego desapareceré del mapa. —Al ver su inexpresiva mirada, siguió con la explicación—: La gente no puede pretender que se case con las dos.

—Me temo que nunca arruinaría a más de una joven en la misma noche. —Su tono manifestaba una burla cortés—. Un hombre tiene sus límites.

Hinata decidió cambiar de estrategia.

—No es posible que quiera casarse conmigo, milord. Sería la peor esposa imaginable. Soy olvidadiza y muy terca, y no logro quedarme quieta más de cinco minutos. Siempre estoy haciendo cosas que no debería. Espío a otras personas, grito y corro en público y se me da muy mal bailar. Además, me gusta muchísimo leer toda clase de lecturas inapropiadas. —Cuando hizo una pausa para tomar aliento, se dio cuenta de que lord Saint Namikaze no parecía impresionado por su lista de fallos—. Y tengo las piernas tan flacas como las patas de una cigüeña.

Ante la indecente mención de las partes del cuerpo, lord Haruno jadeó de forma audible, mientras que lord Uchiha desarrollaba un repentino interés por las rosas de un rosal cercano.

Hinata notó que Saint Namikaze contraía los labios, como si estuviera divirtiéndole a su pesar.

—Aprecio su franqueza —dijo él después de un momento. Luego lanzó una mirada helada a lord Haruno—. Sin embargo, ante la heroica insistencia de lord Haruno en que se haga justicia, no me queda más remedio que discutir la situación con su familia.

—¿Cuándo? —preguntó Hinata con ansiedad.

—Esta noche. —Saint Namikaze dio un paso adelante, cerrando la distancia entre ellos. Inclinó la cabeza hacia ella—. Vaya con Haruno —dijo—, y comuníquele a su acompañante que iré inmediatamente a Hyuga House. Y, por el amor de Dios, trate de no ser vista. No me gustaría que la gente pensara que hice un trabajo tan sumamente incompetente a la hora de arruinar a alguien. Además —añadió en voz baja después de una pausa—, todavía tiene que devolverle el pendiente a Ashina. Arrégleselas para que se lo entregue un criado.

Hinata cometió el error de levantar la vista. Cualquier mujer se habría visto afectada al ver la cara de aquel arcángel por encima de la de ella. Hasta el momento, todos los jóvenes que había conocido durante la temporada parecían estar intentando alcanzar cierto ideal, una especie de fría confianza aristocrática.

Pero ninguno de ellos llegaba, ni remotamente, a la altura de ese deslumbrante extraño que, sin duda, había sido admirado durante toda su vida.

—No puedo casarme con usted —repitió una vez más, aturdida—. Lo perdería todo.

Se apartó y, agarrándose al brazo de Haruno, lo acompañó de regreso a la casa mientras que los otros dos hombres hablaban en privado.

Haruno se rio con exasperante satisfacción.

—Por Dios, qué ganas tengo de ver la reacción de lady Senju cuando le dé la noticia.

—Me va a asesinar —alcanzó a decir Hinata, que estaba ahogándose en la desesperación y la tristeza.

—¿Por qué? —preguntó el anciano con incredulidad.

—Por haberme visto comprometida.

Haruno soltó una carcajada.

—Querida, me sorprendería que no baile una giga. ¡Acabo de ayudarla a pescar al mejor partido de la temporada!