Naruto soltó una maldición y se metió los puños en los bolsillos.

—Lo siento —dijo Uchiha con sinceridad—. Si no hubiera sido por Haruno...

—Lo sé. —Naruto caminó de un lado para otro frente al cenador como un tigre enjaulado. No podía creerlo. Después de eludir con facilidad unas cuantas trampas elaboradas e inteligentes para pescarle, le habían capturado finalmente. Y no había sido una mundana seductora o una bella debutante pulida para brillar en sociedad. Su caída había llegado de la mano de una excéntrica florero.

Hinata era hija de un conde, lo que significaba que incluso aunque estuviera loca (lo que por cierto no estaba fuera de lo posible), él debía redimir su honor.

Transmitía la abrumadora impresión de una constante energía nerviosa, como un pura sangre esperando para salir disparado. Incluso sus más pequeños movimientos parecían contener una potencial acción explosiva. El efecto era inquietante, pero, al mismo tiempo, se había encontrado queriendo capturar todo ese fuego desatado y domarlo hasta que ella estuviera exhausta, agotada debajo de su cuerpo.

Sin duda, acostarse con ella no sería ningún problema.

Lo sería todo lo demás.

Con el ceño fruncido, Naruto volvió a apoyar la espalda contra una de las columnas del cenador.

—¿Qué quiso decir cuando mencionó que iba a perderlo todo si se casaba conmigo? —preguntó en voz alta—. Quizás está enamorada de alguien. Si es así...

—Hay algunas jóvenes —señaló Uchiha con sequedad—, que tienen objetivos distintos a encontrar un marido.

Naruto cruzó los brazos antes de lanzarle una mirada mordaz.

—¿Existen? No he conocido a ninguna.

—Creo que es posible que sí que lo hayas hecho. —El conde volvió la vista en la dirección en la que había desaparecido lady Hinata—. Una florero... —musitó por lo bajo con una sonrisa tierna en los labios.

Además de su propio padre, no había hombre en el que Naruto confiara más que en Uchiha; siempre había sido como un tío para él. El conde era el tipo de hombre que siempre actuaría según le dictara su moral, daba igual lo difícil que fuera.

—Ya conozco tu opinión sobre lo que debería hacer —murmuró Naruto.

—Una chica con la reputación arruinada está a merced del mundo —dijo Uchiha—. Eres consciente de tu obligación como caballero.

Naruto negó con la cabeza mientras se le escapaba una risita incrédula.

—¿Cómo voy a casarme con una chica así? —No encajaría en su vida. Terminarían matándose el uno al otro—. Apenas está civilizada.

—Parece que lady Hinata no ha alternado en sociedad el tiempo suficiente como para estar familiarizada con sus reglas —admitió Uchiha.

Naruto observó una polilla amarilla que parecía seducida por la luz de las antorchas que iluminaban la zona exterior del cenador.

—Le importan un comino las reglas sociales —aseguró con certeza. La polilla volaba trazando círculos cada vez más pequeños, escapando en varias ocasiones de la vacilante llama en su danza fatal—. ¿Qué tipo de familia son los Hyuga?

—El apellido es antiguo y respetado, pero perdieron su fortuna hace algunos años. Lady Hinata tenía un hermano mayor, Hoheto, que heredó el condado después del fallecimiento de su padre. Por desgracia, no tardó mucho en morir en un accidente de equitación.

—Lo conocí —dijo Naruto, frunciendo el ceño de forma pensativa—. Hace dos... No, tres años, en Uzumaki's.

La familia de Naruto era propietaria de una casa de juego privada, un club de caballeros frecuentado por la realeza, la aristocracia y otros hombres influyentes. Antes de heredar el ducado, su padre, Minato, había dirigido y gestionado personalmente el club, que se había convertido en uno de los establecimientos de moda en Londres.

Durante los últimos años, muchos intereses comerciales de la familia habían recaído sobre los hombros de Naruto, incluyendo Uzumaki's. Desde entonces, siempre había mantenido una estrecha vigilancia sobre el lugar, sabiendo que era una de las preocupaciones de su padre. Una noche, Hoheto, lord de Byakugan, había visitado el club. Hoheto había sido un hombre robusto y apuesto, castaño y de ojos grises. Aparentemente, resultaba encantador, pero reprimía en su interior una fuerza explosiva.

—Acudió a Uzumaki's con algunos amigos una noche que yo estaba allí —continuó Naruto—, y se pasó casi toda la noche en la mesa de juego. No sabía apostar, era el típico hombre que hacía más grandes las pérdidas en lugar de saber cuándo debía dejarlo. Antes de marcharse, solicitó convertirse en miembro del club, así que el gerente vino a verme, un tanto agitado, y me pidió que tratara yo con él directamente, dado su rango.

—¿Tuviste que rechazarlo? —preguntó Uchiha, haciendo una mueca ostensible.

Naruto asintió.

—Tenía mal crédito, y la familia estaba ahogada por las deudas. Lo rechacé en privado, de la manera más civilizada posible. Sin embargo... —Negó con la cabeza al recordar.

—Se puso rabioso —supuso Uchiha.

—Como un toro delante de un capote —dijo Naruto con tristeza, recordando cómo se había lanzado Hoheto a por él sin avisar—. No se detuvo hasta que lo lancé al suelo. He conocido a algunos hombres que no podían controlar su temperamento, en especial cuando bebían. Pero jamás había visto a nadie explotar de esa manera.

—Los Hyuga son conocidos por su temperamento volátil.

—Gracias por la noticia —comentó Naruto con acritud—. Espero que no te sorprendas cuando mi futura descendencia tenga cuernos y cola.

Uchiha sonrió.

—Por experiencia propia, te diré que todo está en la forma de tratarlos. —El conde era un hombre tranquilo, referencia constante de su ruidosa familia, que incluía una esposa con mucho espíritu y una camada bulliciosa.

Y lady Hinata hacía que todos le parecieran sosegados.

Naruto se pellizcó el puente de la nariz entre el dedo índice y el pulgar.

—No tengo ni pizca de paciencia, Uchiha —murmuró. Un momento después, se dio cuenta de que la polilla se había aventurado finalmente demasiado cerca de la llama. Las delicadas alas empezaron a arder y la criatura desapareció en el aire—. ¿Conoces al nuevo lord Byakugan?

—Se llama Neji Hyuga. Por lo que cuentan, es un hombre muy querido en Hampshire, y está gestionando la finca con una enorme competencia. —Uchiha hizo una pausa—. Parece que se casó con la viuda del conde anterior, algo que, aunque no es ilegal, hizo enarcar algunas cejas.

—Debía tener una buena dote —reflexionó Naruto con cinismo.

—Es posible. En cualquier caso, si fuera tú, no esperaría que Byakugan se opusiera a un enlace entre lady Hinata y tú.

Naruto torció los labios.

—Créeme, va a alegrarse de que se la quite de las manos.

La mayoría de las mansiones de South Audley, una calle en el corazón de Mayfair, estaban construidas en estilo georgiano, con varias columnas en el porche. Hyuga House, sin embargo, respondía al estilo jacobino. Se erigía en tres pisos desde el suelo y estaba coronada con un tejado a cuatro aguas repleto de esbeltas chimeneas.

El enorme vestíbulo tenía las paredes cubiertas con paneles de roble tallado, y el techo de escayola blanca estaba adornado con figuras mitológicas. Había ricos tapices y jarrones franceses llenos de flores frescas recién cortadas. A juzgar por el ambiente tranquilo, Hinata no había regresado todavía.

El mayordomo le condujo hasta un salón bien equipado, donde le anunció pomposamente. Cuando Naruto dio un paso adelante y se inclinó en una venia, Neji Hyuga se puso en pie.

El nuevo conde de Byakugan era un hombre delgado, con los hombros anchos, y no parecía tener más de treinta años. Poseía asimismo una abundante cabellera castaña y una mirada astuta. El aire que lo envolvía vibraba de forma agradable, atransmitiendo una relajada confianza que a Naruto le gustó de inmediato.

Su esposa Tente, lady de Byakugan, se mantuvo sentada en el sofá.

—Bienvenido, milord.

Una mirada fue suficiente para darse cuenta de que no se sostenía su suposición de que Byakugan se había casado con ella para obtener ganancias financieras. O, al menos, no era la única razón. Lady Byakugan era una mujer hermosa, de delicadeza felina. Tenía los ojos rasgados, y la forma en que sus rizos marrones intentaban liberarse de sus horquillas le hacía recordar a su madre y a su hermana mayor.

—Antes de nada me gustaría pedirles disculpas por entrometerme en su privacidad —dijo Naruto.

—No es necesario —respondió Byakugan con amabilidad—. Es un placer conocerlo.

—Es posible que no piense así después de que le explique por qué estoy aquí. —Naruto sintió que enrojecía al encontrarse con sus miradas de curiosidad. Furioso y sorprendido al verse enredado en ese dilema que parecía más una charada, continuó hablando mientras intentaba no mostrar sus sentimientos—. Acabo de llegar del baile en casa de los Haruno. Allí ha ocurrido una situación inesperada... Que debe ser resuelta con la debida celeridad. Parece que... —Se interrumpió para aclararse la garganta—. Parece que he comprometido el honor de lady Hinata.

Sobre la estancia cayó un silencio absoluto.

Lady Byakun fue la primera en romperlo.

—¿Qué quiere decir con que «ha comprometido», milord? ¿Ocurrió por casualidad al coquetear con ella? ¿Quizá discutieron sobre algún tema inapropiado?

—Me descubrieron a solas con ella. En el cenador que hay detrás de la mansión.

Otro elocuente silencio.

—¿Qué estaban haciendo allí? —preguntó el conde sin andarse con rodeos.

—Estaba ayudándola a liberarse de un sofá.

Lady Byakugan parecía cada vez más desconcertada.

—Eso fue muy amable por su parte, pero ¿qué...?

—Concretamente estaba ayudándola a salir de él —continuó Naruto—. Es decir, tuve que sacarla a través del sofá. Lady Hinata se las arregló de alguna manera para introducir la mitad superior de su cuerpo a través del respaldo del mueble, tallado en madera, y no era capaz de liberarse sin que se le rompiera el vestido.

Byakugan se frotó la frente y apretó brevemente el dorso de sus manos contra los ojos.

—Sí, parece algo propio de Hinata —murmuró—. Voy a servirme un brandy.

—Que sean tres vasos —le dijo su esposa antes de volver a mirar preocupada a Naruto—. Lord Saint Namikaze, venga, siéntese a mi lado, por favor, y empiece desde el principio. —Mientras él seguía su sugerencia, ella recogió distraídamente un dedal, un carrete de hilo y unos trozos de tela, que guardó en la cesta de costura que tenía a los pies.

Naruto les explicó los acontecimientos de la noche lo más sucintamente que pudo, omitiendo, claro está, la parte del pendiente de Ashina. A pesar de que no tenía obligación de guardar ese secreto, sabía que Hinata querría que él mantuviera silencio sobre ese punto.

Byakugan se sentó al lado de su esposa y lo escuchó con atención.

Poco tiempo después, apareció un criado con una bandeja en la que llevaba tres vasos cortos de brandy; le ofreció uno a Naruto.

Después de tomar un buen trago, Naruto sintió en la garganta el ardor provocado por el licor.

—Incluso si Haruno no estuviera tan decidido a seguir adelante —dijo—, la reputación de lady Hinata estaba comprometida. No debería haber salido del salón de baile.

Lady Byakugan hundió los hombros como si fuera una colegiala cansada.

—Todo esto es culpa mía. Fui yo quien convenció a Hinata para que participara en la temporada.

—No empieces con eso, por el amor de Dios —repuso el conde con ternura antes de mirarlo a él—. No es culpa suya por mucho que le guste pensar lo contrario. Todos hemos animado a Hinata a frecuentar la sociedad. La alternativa era permitir que se quedara en casa mientras Hanabi iba a bailes y fiestas.

—Como se vea obligada a casarse, su espíritu se marchitará.

Byakugan cogió la pequeña mano de su esposa y entrelazó sus dedos con los de él.

—Nadie va a obligarla a hacer nada. Pase lo que pase, tanto ella como Hanabi pueden contar siempre con mi protección.

Los ojos marrón de su esposa tenían una mirada tan radiante como tierna cuando le sonrió.

—Querido mío, ni siquiera quieres pensar sobre ello, ¿verdad?

—Por supuesto que no.

Naruto estaba desconcertado.

Bueno, entre desconcertado e intrigado por la forma en la que discutían la situación, como si no hubiera ninguna decisión que tomar. ¡Santo Dios!, ¿es que iba a tener que explicarles la desgracia que arrojaría eso sobre toda la familia? ¿Que les negarían la amistad y cortarían cualquier conexión con los Hyuga? ¿Que la melliza de Hinata no tendría ninguna posibilidad de encontrar un pretendiente decente?

Lady Byakugan volvió a concentrar en él su atención.

—Milord, quizá deberíamos explicarle que Hinata no es una chica normal y corriente —dijo lentamente la condesa al ver su expresión confusa—. Posee un espíritu libre, una mente original. Y... bueno, es evidente que se trata de una muchacha un poco impulsiva.

La descripción era tan contraria al ideal de una adecuada prometida inglesa, que Naruto sintió que se le encogía el estómago.

—... ella y sus hermanas... —estaba diciendo lady Byakugan— crecieron en el extremo aislamiento de la finca familiar. Todas recibieron una educación adecuada, pero poco mundana. Las conocí el día que me casé con su hermano Hoheto. Me parecieron un trío de espíritus de la naturaleza, ninfas del bosque sería más adecuado, como salidas de un cuento de hadas. Shion, la mayor, era tranquila y tímida, pero las mellizas habían crecido salvajes en la finca, sin ser sometidas a ninguna vigilancia durante la mayor parte de su vida.

—¿Por qué sus padres permitieron tal cosa? —preguntó Naruto.

—Sus hijas no les resultaban útiles —respondió el conde en voz baja—. Solo valoraban a su hijo.

—Lo que tratamos de transmitirle —intervino lady Byakugan con expresión seria— es que Hinata no sería feliz con un marido que esperara que fuera... er… convencional. Necesita a alguien que aprecie sus cualidades únicas.

Después de hacer girar el brandy en el vaso, Naruto se lo terminó en dos tragos, esperando que el licor aliviaría el aterrador frío que inundaba sus entrañas.

No lo hizo.

Nada conseguiría que se sintiera mejor ante el desastroso traspié que acababa de dar su vida.

Nunca había esperado poder disfrutar de un matrimonio como el de sus padres, poca gente lo conseguía. Pero, al menos, tenía la esperanza de casarse con una mujer sensata y respetable que llevaría su casa de forma eficiente y criaría correctamente a sus hijos.

En su lugar, iba a casarse con una ninfa del bosque. Con una mujer con una mente original.

No quería ni imaginar las consecuencias que eso tendría para las propiedades, arrendatarios y sirvientes de la familia. Por no hablar de su descendencia. ¡Santo Dios!, Hinata no sabría cómo actuaba una madre.

Dejó a un lado la copa vacía mientras decidía que se iría a su casa en busca de una botella para él solo. O mejor todavía, iría a visitar a su amante; en sus brazos encontraría un olvido temporal. Cualquier cosa sería mejor que quedarse allí, hablando de la peculiar jovencita que en tan solo diez minutos había logrado arruinar su existencia.

—Byakugan —dijo con gravedad—, si se puede encontrar una solución que no sea el matrimonio, le juro que bailaré al son de un violinista sobre los escalones de Saint Paul. Sin embargo, lo más probable sea que escuchemos la Marcha Nupcial. —Metió la mano en el bolsillo interior de la chaqueta y sacó una tarjeta—. Esperaré su decisión en mi residencia de Londres.

—La decisión es mía, y ya he dicho que no —dijo alto y claro una desafiante voz desde el umbral.

Naruto se levantó de forma automática, igual que Byakugan, cuando Hinata irrumpió en la sala. Iba seguida por su melliza, una joven castaña y bonita, y por Tsunade, lady Senju.

El vestido de Hinata estaba hecho un desastre, con el corpiño retorcido, y sus guantes habían desaparecido. Unos arañazos rojos estropeaban la piel del hombro y las horquillas que le quedaban la última vez que la vio, se habían volatilizado en el viaje en el carruaje, lo que permitía que una profusión de pesados rizos oscuros cayera sobre su espalda hasta la altura de la cintura formando ondas. Toda ella se estremecía como una criatura salvaje sometida a restricciones. Desprendía una especie de... energía, de... no encontraba la palabra adecuada, pero Naruto notaba la irresistible tensión que flotaba en el espacio que los separaba. Cada célula de su cuerpo parecía alerta, concienciada de la presencia de esa joven.

¡Dios mío! Para arrancar de ella su fascinada mirada tuvo que hacer un enorme esfuerzo. Finalmente, se inclinó ante lady Senju.

—Condesa —murmuró—. Un placer, como siempre.

—Lord Saint Namikaze... —No cabía ninguna duda ante el brillo de satisfacción que brillaba en los ojos de la matrona mientras lo miraba. El soltero escurridizo que por fin había sido capturado—. Obviamente, ya conoce a lady Hinata. —Señaló a la chica Castaña—. Le presento a su hermana, lady Hanabi.

La joven hizo una grácil reverencia con un ensayado movimiento.

—Milord... —Era guapa, tranquila, y llevaba todos los rizos en su lugar.

Mantenía la mirada modestamente abatida, y no levantaba los ojos por encima de su corbata. Sin duda, una chica preciosa. Pero no despertaba su interés.

Hinata se acercó a él de una forma directa. Ninguna muchacha de su rango se hubiera atrevido a hacerlo. Ella tenía unos ojos extraordinarios, de color perla gris y bordeados de un gris un poco mas obscuro, como . viñeta sus cejas eran como dos alas negras que destacaban con fuerza en su pálida tez invernal. Olía al aire de la noche, a flores blancas y a un leve toque de sudor. Aquella fragancia lo excitaba y sus músculos se tensaron como las cuerdas de un arco.

—Sé que está tratando de hacer lo correcto, milord —indicó ella—. Pero no necesito que me proteja, ni que se ocupe de reparar mi reputación. Por favor, regrese a su casa.

—Cállate —le dijo lady Senju a Hinata en tono ominoso—. ¿Es que te has vuelto loca?

Hinata se giró hacia ella.

—No he hecho nada malo —insistió—. O al menos no he hecho nada lo suficientemente terrible como para tener que casarme con él.

—Son tus mayores los que decidirán lo que va a pasar —aseguró la matrona.

—Pero es mi futuro. —Hinata clavó los ojos en Naruto —. Por favor, váyase —le sugirió con urgencia—. Por favor...

Ella estaba tratando de controlar la situación desesperadamente. No entendía —o no aceptaba— que eso sería como tratar de detener una locomotora fuera de control.

Él no sabía cómo responder. Había sido criado por una madre amorosa, y había crecido con dos hermanas, por lo que comprendía a las mujeres todo lo bien que podía comprenderlas un hombre. Sin embargo, esa chica escapaba a su entendimiento.

—Sí, me iré —claudicó—. Sin embargo, esta situación no es algo que vayamos a poder ignorar durante mucho tiempo. —Le tendió a Byakugan su tarjeta—. Milord, es evidente que tiene mucho que discutir con su familia. Confíe en mi honor, la oferta que le he hecho a lady Hinata es indefinida.

Sin embargo, antes de que Byakugan pudiera reaccionar, Hinata le arrebató la cartulina de los dedos.

—No me voy a casar, ¿entiende? Prefiero que me lancen al sol con un cañón.—Y procedió a romper la tarjeta en pedazos muy pequeños.

—Hinata —intervino lady Senju ominosamente mientras los confetis blancos de papel revoloteaban hasta el suelo.

Ni Hinata ni Naruto le hicieron caso. Cuando sus miradas se encontraron parecieron enredarse, y el resto de la habitación desapareció.

—Mire —dijo Hinata en tono serio—, el matrimonio no está sobre la mesa.

¿Mire? «¿Mire?» Naruto se sintió a la vez divertido e insultado. ¿De verdad estaba dirigiéndose a él como si fuera el chico de los recados?

—Jamás he querido casarme —continuó Hinata—. Puede decírselo cualquier persona que me conozca. Cuando era pequeña, no me gustaban las historias de princesas que necesitaban ser rescatadas. No pedí ningún deseo a una estrella fugaz, ni deshojé margaritas mientras decía «me ama, no me ama». En la boda de mi hermano, repartieron trozos de la tarta nupcial a todas las muchachas solteras y dijeron que si los poníamos debajo de la almohada, soñaríamos con nuestro futuro marido. Yo me lo comí. Hasta la última miga. Los planes que he hecho para mi vida, no incluyen convertirme en la esposa de nadie.

—¿Qué planes? —preguntó Naruto. ¿Cómo podía una chica de su posición, con su aspecto, hacer planes que no incluían la posibilidad de casarse?

—Eso no es asunto suyo —replicó ella con elegancia.

—De acuerdo —dijo él—. Solo me gustaría preguntarle una cosa: ¿qué demonios hacía en el baile si no quiere casarse?

—Se me ocurrió que me aburriría menos que si me quedaba en casa.

—Cualquier persona que se oponga al matrimonio tanto como usted no debería tomar parte en la temporada.

—No todas las chicas que asisten a un baile quieren ser la Cenicienta.

—Si estamos en la temporada de caza del urogallo —señaló Naruto en tono ácido—, y está en un páramo, rodeada de aves, resulta un poco ingenuo que le pida a un cazador que finja que no ve ningún urogallo.

—¿Es eso lo que opinan los hombres de la temporada? No es de extrañar que yo odie los bailes. —Hinata se mostró desdeñosa—. Lamento mucho haberme entrometido en su coto de caza.

—No estoy buscando esposa —espetó él—. No estoy más interesado que usted en casarme.

—Entonces ¿por qué estaba en el baile?

—¡Quería ver los fuegos artificiales! —Después de un breve silencio cargado de tensión, Hinata agachó la cabeza. Él notó que le temblaban los hombros y, por un alarmante momento, pensó que había empezado a llorar. Pero entonces oyó un delicado resoplido y un tintineante sonido...Y supo que estaba ¿riéndose?

—Bien —murmuró ella—, pues parece que lo ha logrado.

Antes de que Naruto supiera lo que estaba haciendo, se acercó y le levantó la barbilla con los dedos. Ella estaba intentando contener su diversión, pero se le escapó una risa disimulada, puntuada con hipidos, mientras en sus ojos perla brillaban unas chispas que parecían tímidas estrellas. Aquella sonrisa le hizo sentirse mareado.

«¡Maldición!»

Cualquier signo de molestia desapareció, desplazado por un alboroto de calor y placer. El corazón comenzó a latirle con redoblada intensidad, impulsado por una fuerte necesidad de estar con ella a solas. Todo su cuerpo se había encendido como una hoguera, y la deseó. La deseó con una arbitraria necesidad que, por lo general, se las arreglaba para mantener contenida. Eso no tenía sentido. Él era un hombre con experiencia, un tipo experimentado con gustos sofisticados, y ella era... ¡Dios! ¿Qué era ella?

Deseó no tener tantas ganas de averiguarlo.

La diversión que mostraba Hinata desapareció. Fue como si lo que ella vio en sus ojos provocara que un suave color rosado se extendiera por su cara. Y él notó que se le calentaba la piel.

Naruto retiró la mano de mala gana.

—No soy su enemigo —aseguró.

—Pero tampoco es mi prometido.

—Aún no.

—Jamás.

Naruto quiso caer sobre ella. Quiso tomarla entre sus brazos y besarla hasta que perdiera el sentido.

—Dígame eso de nuevo dentro de unos días —replicó él, con calma—. Mientras tanto... —volvió a meterse la mano en el bolsillo para sacar otra tarjeta—, le entregaré esto a Byakugan.

Deliberadamente, le lanzó una mirada burlona, de esas que siempre volvían locas a sus hermanas..., y sostuvo la tarjeta delante de ella.

Como había supuesto, Hinata no pudo resistir el desafío, e intentó coger la cartulina.

Naruto la hizo desaparecer, aparentemente en el aire, antes de que pudiera tocarla. Cuando era pequeño, había aprendido juegos de manos con los tahúres cuando visitaba Uzumaki's.

Hinata lo miró con los ojos muy abiertos. Su expresión había cambiado por completo.

—¿Cómo ha hecho eso?

Él hizo aparecer de nuevo la tarjeta en un alarde de habilidad.

—Aprenda a pedírmelo como Dios manda —le sugirió—, y quizá se lo enseñe algún día.

Ella frunció el ceño.

—No importa. No me interesa.

Pero él supo que era mentira. La verdad brillaba en sus ojos.

Estaba interesada, daba igual que intentara negarlo. Y que Dios le ayudara... ¡él también!