Dos noches después del baile de los Haruno, Naruto jugaba al billar en las estancias privadas de la planta superior de Uzumaki's. Las lujosas habitaciones, que en otros tiempos habían sido ocupadas por sus padres durante los primeros días de su matrimonio, estaban ahora destinadas a la comodidad de la familia Namikaze. Menma, uno de sus hermanos pequeños, acostumbraba a vivir en el club, pero en ese momento se encontraba de viaje por el extranjero, concretamente en América. Había ido para comprar una gran cantidad de madera de pino en nombre de una de las compañías familiares, dedicada a la construcción de líneas ferroviarias. El pino americano era muy apreciado por su dureza y elasticidad, y se utilizaba en las traviesas de las vías del ferrocarril.
Ahora que la madera nativa escaseaba, estaba muy demandada en Gran Bretaña.
El club no era lo mismo sin la presencia de Menma, pero al mismo tiempo poder estar allí a solas era mejor que la bien ordenada quietud de su residencia de soltero en Queen's Gate. Naruto disfrutaba de la atmósfera masculina aderezada con aroma a licor caro, tabaco de pipa, tapicerías de cuero engrasado de Marruecos y el tacto áspero del paño verde. Aquel aroma nunca dejaba de recordarle sus años mozos, cuando acompañaba a su padre al club.
Durante años, el duque había acudido casi todas las semanas a Uzumaki's para reunirse con los gerentes y mirar los asientos contables. Kushina, su esposa, había heredado el club de su padre, Ivo Uzumaki, un antiguo boxeador profesional. El club era el inagotable motor financiero de la familia; sus enormes beneficios habían permitido que el duque hiciera mejoras importantes en sus propiedades agrícolas y que levantara un imperio, todavía en expansión, con sus inversiones. El juego estaba prohibido por ley, por supuesto, pero la mitad de los miembros del Parlamento lo eran también de Uzumaki's, así que estaban virtualmente exentos de cualquier enjuiciamiento.
Visitar Uzumaki's con su padre había supuesto toda una conmoción para un niño protegido. Siempre había cosas nuevas que ver y aprender, y los hombres que había conocido allí eran muy diferentes de los respetables sirvientes e inquilinosde la finca. Los clientes y el personal del club utilizaban un lenguaje grosero y contaban chistes subidos de tono, además le habían enseñado a hacer trucos con las cartas y otras florituras. A veces, Naruto se había sentado en un alto taburete junto a una mesa circular de juegos de azar, con el brazo de su padre casualmente sobre los hombros. Protegido contra el cuerpo del duque, Naruto había visto a hombres ganar o perder fortunas enteras en una sola noche cuando caían los dados.
Al crecer, los croupiers le habían enseñado las leyes matemáticas de la probabilidad. También le habían mostrado cómo detectar si alguien usaba dados trucados o cartas marcadas. Además, se había familiarizado con las señales de complicidad como guiños, encogimientos de hombros u otras técnicas sutiles que utilizaban los estafadores. Conocía todas las formas posibles de hacer trampas, sabía cómo se marcaban las cartas, de qué manera se ocultaban y cómo se cambiaban. Durante esas visitas al club, había aprendido mucho sobre la naturaleza humana sin ni siquiera ser consciente de ello.
No fue hasta muchos años después, que descubrió que llevarlo a Izumaki's había sido la forma que tuvo su padre de hacerlo un poco más mundano, de prepararlo para todas las ocasiones en las que la gente intentaría aprovecharse de él en el futuro. Esas lecciones le habían servido de mucho. Cuando por fin abandonó el ambiente seguro de la casa familiar, descubrió con rapidez que, como heredero del duque de Kingston, era objetivo de todo el mundo.
Tras alinear las cinco bolas blancas, Naruto colocó la bola roja en la esquina opuesta. Después, de forma metódica, fue metiendo cada una de las bolas limpia y ordenadamente en las bolsas de red. Siempre le había gustado jugar al billar; los ángulos y movimientos le ayudaban a desatascar su cerebro cuando necesitaba pensar con claridad.
Después de hacer el último tiro, notó una presencia en la puerta. Todavíabinclinado sobre la mesa, alzó la vista y sus ojos se encontraron con la vibrante mirada de su padre. Esbozó una sonrisa.
—Me preguntaba cuánto tiempo tardarías en enterarte.
Minato, duque de Kingston, entró en la estancia con aparente indiferencia. Siempre parecía saber todo lo que ocurría en Londres, a pesar de que vivía en Sussex durante meses.
—Hasta ahora he oído tres versiones diferentes de la historia.
—Elige la peor y seguro que aciertas —dijo Naruto con sequedad, dejando el taco a un lado. Era un alivio ver a su padre; siempre había resultado para él una fuente inagotable de tranquilidad y confort. Estrecharon las manos con un movimiento firme y luego se abrazaron durante un instante con el brazo libre.
Tales demostraciones de afecto no eran comunes entre padres e hijos de su estrato social, pero, claro, ellos nunca habían sido una familia convencional.
Después de darle algunas palmadas en la espalda, Minato se echó hacia atrás y lo miró con la preocupación que formaba parte de los primeros recuerdos de Naruto. Sabía que tenía huellas de cansancio en su rostro, y su padre le revolvió el pelo de la misma forma que cuando era niño.
—No has dormido bien.
—Me fui de juerga con algunos amigos la noche pasada —confesó Naruto—. No regresamos hasta que todos estábamos demasiado borrachos para hacer la O con un canuto.
Minato sonrió y se quitó la chaqueta exquisitamente hecha a medida, dejándola en una silla cercana.
—Disfrutando de tus últimos días de soltería, ¿no?
—Sería más exacto decir que estoy intentando mantenerme a flote como una rata.
—Es lo mismo. —Minato se desabrochó los puños y empezó a subirse las mangas de la camisa. La activa vida que llevaba en Heron's Point, la propiedad familiar en Sussex, lo mantenía tan en forma y ágil como un hombre con la mitad de su edad. La frecuente exposición a la luz del sol había aclarado su cabello y bronceado su tez, por lo que destacaban mucho más sus brillantes y pálidos ojos.
Mientras otros hombres de su generación se habían vuelto mesurados y se habían retirado de la vida pública, el duque estaba más vigoroso que nunca, en parte porque su hijo más pequeño tenía todavía once años. La duquesa, Kushina, había concebido de forma inesperada mucho después de creer que habían pasado sus años reproductivos. Como resultado, el benjamín era ocho años más joven que Ino, la hermana anterior. Kushina se había sentido un poco avergonzada al tener un hijo a su edad, sobre todo por las burlas constantes de su marido, afirmando que ella era un anuncio andante de su potencia. Y, en efecto, Minato había mostrado un poco más que su arrogancia habitual en el último embarazo de su esposa.
El quinto hijo era un niño muy guapo con el pelo rojizo. Le habían bautizado con el nombre de Ivo Nagato, pero de alguna manera, el segundo nombre le iba mejor que el primero. En la actualidad, Nagato era un muchacho animado y alegre que acompañaba a su padre a casi todas partes.
—Tú sacas —dijo Minato, acercándose al bastidor de tacos de billar y eligiendo su favorito—. Necesito ventaja.
—Sí, ya —respondió Naruto con ironía, preparando la partida—. La única razón por la que perdiste la última vez que jugaste contra mí fue porque permitiste que Nagato hiciera muchos de tus tiros.
—Dado que perder era una conclusión inevitable, decidí utilizar a tu hermano como excusa.
—¿Dónde está Nagato? No me creo que te permitiera abandonar Heron's Point sin él.
—Casi pilló una rabieta —explicó Minato con pesar—. Pero le expliqué que tu situación requería de toda mi atención. Como de costumbre, vengo repleto de consejos prácticos.
—¡Oh, Dios! —Naruto se inclinó sobre la mesa para hacer el tiro de apertura. En esa posición, golpeó la bola blanca que a su vez dio en la amarilla, que cayó en la red. Dos puntos. En el siguiente golpe, introdujo la roja.
—Bien hecho —le felicitó su padre—. Qué agudo estás.
Naruto resopló.
—No dirías eso si me hubieras visto hace dos noches en el baile de los Haruno. Allí me hubieras dado el premio al más idiota, y con razón, por haberme visto atrapado por una jovencita ingenua.
—Ah, bueno... Es que no hay toro que pueda evitar el yugo para siempre. —Minato se movió alrededor de la mesa para elegir su tiro, que ejecutó con perfección—. ¿Cómo se llama esa chica?
—Lady Hinata Hyuga. —Según seguían jugando, Naruto siguió hablando con palpable mal humor—. Para empezar, ni siquiera quería ir a ese condenado baile. Pero algunos amigos me convencieron, diciéndome que Haruno se había gastado una fortuna en unos fuegos artificiales artesanos. Se suponía que habría una exhibición a última hora. Como no tenía interés en el baile, me acerqué al río para ver cómo preparaban los cohetes. Al regresar —se detuvo para ejecutar una carambola, un tiro que le daría tres puntos al hacer caer simultáneamente dos bolas—, escuché a una chica maldiciendo en un cenador. Se había metido por el respaldo de un sofá y tenía el vestido atrapado en las volutas talladas.
Percibió el brillo divertido en los ojos de su padre.
—Un señuelo tan diabólico como inteligente. ¿Qué hombre podría resistirlo?
—Así que me acerqué a ayudarla como un zoquete. Lord Haruno y Uchiha nos encontraron antes de que pudiera liberarla. Uchiha se ofreció a mantener la boca cerrada, por supuesto, pero Haruno estaba determinado a que actuara como corresponde. —Naruto lanzó a su padre una mirada penetrante—. Casi como si tuviera alguna vieja cuenta que saldar.
Minato pareció algo avergonzado.
—Puede que haya tenido un breve coqueteo con su esposa —admitió—algunos años antes de casarme con tu madre.
Naruto hizo un disparo sin medirlo, por lo que la bola rodó sin rumbo por la mesa.
—Ahora, esa chica está arruinada y tengo que casarme con ella. Por cierto, la mera sugerencia, hizo que ella aullara en protesta.
—¿Por qué?
—Probablemente porque no le caigo bien. Como te puedes imaginar, dadas las circunstancias, mi comportamiento no fue demasiado encantador.
—No, estoy preguntándote por qué tienes que casarte con ella.
—Porque es lo único honorable. —Naruto se quedó paralizado—. ¿No es eso lo que se espera de mí?
—En absoluto. Tu madre quizás espera que hagas lo más honorable. Yo, sin embargo, me sentiría feliz de que hicieras algo deshonroso si así puedes salirte con la tuya. —Minato se inclinó y evaluó una jugada con los ojos entrecerrados, apuntó y acertó a la bola roja—. Alguien tiene que casarse con esa chica —dijo como si tal cosa—, pero no tienes por qué ser tú. —Recuperando la bola roja, volvió a ponerla en la mesa—. Vamos a comprar un marido para ella. Hoy en día, las familias nobles están endeudadas hasta las cejas. Por la suma correcta, podremos ofrecer uno de sus herederos con más pedigrí.
Naruto consideró la idea mientras estudiaba a su padre. Podría imponer otro hombre a Hinata y descargar su problema en otra persona. Ella no se vería obligada a vivir como una apestada y él sería libre de seguir con su vida como antes.
Sin embargo...
Sin embargo, él no podía dejar de pensar en Hinata. Era como una música pegadiza que no abandonaba su cabeza. Se había obsesionado tanto con ella, que ni siquiera había visitado a su amante, consciente de que el extenso repertorio de Fūka no serviría para distraerlo.
—¿Y bien? —le presionó su padre.
Cuando estaba preocupado, Naruto tardaba en responder.
—La idea tiene su mérito.
Minato lo miró con curiosidad.
—Creo que esperaba algo tipo: «Sí, por Dios, haré lo que sea para evitar pasarme la vida encadenado a una chica con la que no puedo cumplir.»
—No he dicho que no pueda cumplir con ella —replicó Naruto con irritación.
Minato lo miró con una leve sonrisa.
—¿Es agradable a la vista? —dedujo.
Naruto se acercó a un aparador para servirse una copa de brandy.
—Es condenadamente impresionante —murmuró.
—Entonces ¿cuál es el problema? —preguntó su padre, que parecía cada vez más impresionado.
—Es un poco salvaje. Parece genéticamente incapaz de morderse la lengua. Por no hablar de otras peculiaridades. Va a los bailes, pero nunca baila, solo está sentada en un rincón. Dos de los tipos con los que me emborraché anoche me contaron que le habían pedido bailar el vals con ellos en otras ocasiones. A uno le dijo que un caballo del carruaje le había pisado el pie, y al otro que uno de los lacayos le había golpeado sin querer la pierna con la puerta. —Naruto tomó un trago de brandy antes de seguir—. No es de extrañar que sea una florero.
Minato, que había comenzado a reírse, pareció afectado por el último comentario.
—Ahhh... —dijo por lo bajo—. Eso lo explica todo. —Guardó silencio durante un momento, perdido en un recuerdo lejano y placentero—. Son criaturas peligrosas las florero... Hay que aproximarse a ellas con la máxima cautela. Se quedan silenciosas en los rincones, pareciendo abandonadas y tristes, cuando en realidad son sirenas que hacen caer a los hombres. Ni siquiera te darás cuenta de en qué momento te arranca el corazón. Y una florero no te lo devuelve nunca.
—¿Has terminado de divertirte? —preguntó Naruto, impaciente con las ensoñaciones de su padre—. Porque tengo problemas muy reales.
Sin dejar de sonreír, Minato cogió la tiza y la aplicó en la punta del taco.
—Perdona. Esa palabra me pone sentimental. Sigue.
—A todos los efectos prácticos, Hinata solo me sería de utilidad en la cama. Sería una novedad, cierto, pero cuando eso desapareciera, me aburriría en una semana. Es más, resulta temperamentalmente inadecuada para ser mi esposa. La esposa de nadie. —Tuvo que terminarse el brandy antes de seguir—. A pesar de todo... No quiero que la toque nadie más —admitió con voz ronca, apoyando las manos en el borde de la mesa mientras miraba sin ver el paño verde.
La reacción de su padre fue inesperada y optimista.
—Voy a ejercer de abogado del diablo, ¿se te ha ocurrido que lady Hinata podría madurar?
—Me sorprendería —murmuró Naruto, recordando aquellos ojos azul pagano.
—Mi querido muchacho, claro que lo hará. Siempre te sorprenderá lo que es capaz de hacer una mujer. Puedes pasarte la vida tratando de descubrir lo que le excita e interesa, pero nunca lo sabrás todo. Siempre hay más. Cada mujer es un misterio, no es necesario entenderlo, sino disfrutarlo. —Minato cogió una bola de billar, la arrojó al aire y la atrapó con habilidad—. Lady Hinata es joven, pero el tiempo remediará eso. Es virgen, bien, eso es un problema fácil de resolver. Prevés hastío conyugal, algo que, perdona que te lo diga, es el summum de la arrogancia, solo igualada por mí cuando tenía tu edad. La chica parece cualquier cosa menos aburrida. Si le das la oportunidad, quizá pueda complacerte más que la señora Black.
Naruto le lanzó una mirada de advertencia.
No era ningún secreto que su padre desaprobaba a su amante, cuyo marido era el embajador de Estados Unidos. Dado que sus heridas de guerra como ex oficial del ejército de la Unión impedían que satisficiera a su esposa en el dormitorio, la hermosa y joven señora Fūka Black disfrutaba de los placeres donde los encontraba.
Durante los últimos dos años, Fūka había satisfecho todos los deseos de Naruto, permitiendo unos encuentros que no se habían visto obstaculizados por la moral ni las inhibiciones. Ella siempre encontraba un límite más atrevido que superar, nuevos trucos que despertaban su interés y sabía complacer sus complejos deseos. A él no le gustaba que estuviera casada, y le molestaba su temperamento y el afán de posesión que mostraba por él. Por no hablar que empezaba a darse cuenta de que aquel asunto le estaba convirtiendo en la peor versión posible de sí mismo.
Sin embargo, seguía acudiendo a ella en busca de más.
—El problema es —reconoció con dificultad— que nadie me complace más que la señora Black.
Su padre dejó muy despacio el taco sobre la mesa con una expresión impasible.
—¿Estás enamorado de ella?
—No. ¡Dios, no! Es solo que yo... —Naruto bajó la cabeza y se frotó la nuca, que empezaba a molestarle. A pesar de que hablaba con su padre sobre una gran variedad de temas, rara vez discutían sobre cuestiones sexuales personales. Minato, gracias a Dios, no se entrometía en la vida privada de sus hijos.
Naruto era consciente de que no existía una manera fácil de describir el lado oscuro de su naturaleza, y tampoco quería concederle especial o hijo mayor de la familia Namikaze, siempre se había esforzado en cumplir las altas expectativas propias y ajenas. Desde temprana edad, había sido consciente de que, a causa de su apellido, riqueza e influencia, era mucha la gente que quería que fracasara. Decidido a demostrar su valía, había alcanzado buenas calificaciones en Eton y Oxford. Cuando otros niños habían buscado pelea o intentado ser mejores que él en atletismo, había tenido que probarse ante los demás en repetidas ocasiones. Cada vez que había percibido una debilidad en él mismo, había trabajado para superarla. Después de graduarse, se había ocupado de los asuntos financieros de su familia de forma competente, y había hecho sus propias inversiones en nuevas empresas, que luego habían tenido éxito. En la mayoría de las áreas de su vida, se regía por la disciplina y el trabajo. Era, en resumen, un hombre que tomaba muy en serio sus responsabilidades.
Pero luego estaba su otro lado. Sexual, descarnado y salvaje, como si estuviera condenadamente cansado de intentar ser perfecto. Y le hacía sentirse muy culpable.
Naruto todavía no había encontrado la manera de reconciliar las dos mitades opuestas de su naturaleza, al ángel y al diablo que llevaba dentro. Dudaba de que llegara a conseguirlo. Lo único que sabía con certeza era que Fūka Black estaba dispuesta a hacer lo que él quisiera, tan a menudo como necesitara, y que nunca había encontrado ese tipo de alivio con nadie más.
Avergonzado, tenía problemas para explicarlo sin que pareciera un monstruo depravado de la naturaleza.
—El problema es que requiero en particular... Es decir... Ella me permite... — Se interrumpió con una maldición gutural.
—Cada uno tiene sus gustos —aseguró Minato con sensatez—. Dudo que los tuyos sean tan chocantes.
—Es muy probable que lo que tu generación consideraba chocante, no lo sea para la mía.
Hubo un corto silencio. Cuando Minato respondió, su voz seca hacía saber que se sentía ofendido.
—A pesar de ser un antiguo y decrépito fósil, creo que las ruinas de mi cerebro senil pueden llegar a comprender lo que estás tratando de transmitir. Te has entregado al exceso carnal desenfrenado durante tanto tiempo, que te sientes desencantado. Las menudencias que excitan a otros hombres, te dejan indiferente. Y los encantos de una pálida virgen no serán capaces de competir con los perversos talentos de tu amante.
Naruto lo miró con sorpresa.
Su padre sonrió con ironía.
—Te aseguro, muchacho, que el libertinaje sexual estaba inventado mucho antes de tu generación. Los libertinos actos que se cometían en tiempos de mi abuelo harían sonrojar a un sátiro. Los hombres de nuestro linaje buscan el placer desde que nacen. Obviamente, no fui un santo antes de casarme, y Dios sabe bien que no esperaba encontrar satisfacción entre los brazos de una sola mujer durante el resto de mi vida. Pero así fue. Lo que significa que no hay razón para que no te ocurra lo mismo.
—Si tú lo dices...
—Lo digo. —Minato tardó un tiempo de contemplativo silencio en volver a hablar—. ¿Por qué no invitas a los Hyuga a Heron's Point durante una semana? Dale a esa chica una oportunidad, y familiarízate con ella antes de tomar una decisión.
—No es necesario invitar a su familia a Sussex para eso. Es más conveniente para mí visitarla en Londres.
Su padre negó con la cabeza.
—Es necesario que pases unos días alejado de tu amante —le dijo con franqueza—. Un hombre con tu desarrollado paladar disfrutará más de su próximo bocado si se eliminan los sabores de la competencia.
Naruto apoyó las manos en el borde de la mesa mientras consideraba la sugerencia con el ceño fruncido. Cada día que pasaba, más gente le perseguía para hablarle del escándalo incipiente. En especial Fūka, que le había enviado ya media docena de mensajes exigiendo saber si los rumores eran ciertos. Los Hyuga debían estar defendiéndose de las mismas cuestiones, y seguramente darían la bienvenida a la oportunidad de escapar de Londres. La propiedad de Heron's Point, con sus once mil acres de bosques, cultivos y costa virgen, ofrecía una absoluta privacidad.
Entrecerró los ojos cuando vio la expresión de su padre.
—¿Por qué estás animándome a hacer tal cosa? ¿No deberías ser un poco más exigente cuando se trata de la potencial madre de tus nietos?
—Tienes veintiocho años y todavía no has engendrado un heredero. Llegados a este punto, no creo que deba ser especialmente exigente con respecto a con quien te casas. Lo único que te pido es que nos des algunos nietos antes de que tu madre y yo estemos demasiado decrépitos para tomarlos en brazos.
Naruto le lanzó una mirada irónica.
—No pongas todas tus esperanzas en lady Hinata. Según me ha hecho saber,casarse conmigo sería lo peor que podría pasarle.
Minato sonrió.
—Por lo general, el matrimonio es lo peor que podría pasarle a cualquier mujer. Por fortuna, eso no las detiene nunca.
