Sentada en el suelo de la salita del piso de arriba de Hyuga House, Hinata cepillaba el pelaje del cocker negro que llevaba diez años con la familia. Josefina permanecía sentada a su lado, obedientemente, mientras le deslizaba las suaves cerdas sobre las orejas. Napoleón descansaba no muy lejos, con el hocico apoyado en el suelo, entre sus patas.

—¿Estás preparada? —preguntó Hanabi desde el umbral—. No podemos perder el tren. ¡Oh, no hagas eso! Acabarás cubierta de pelos de perro. Tienes que estar presentable cuando conozcas a los duques. Y cuando veas a lord Saint Namikaze, por supuesto.

—¿Qué más da? —Se levantó—. Ya sé lo que van a pensar de mí. —Pero se quedó inmóvil mientras Hanabi la rodeaba, sacudiéndole las faldas, lo que hizo que un montón de pelos negros flotaran en el aire.

—Vas a gustarles —¡Zas!—, solo tienes que —¡Zas! ¡Zas!— mostrarte agradable con ellos.

El vestido de viaje de Hinata estaba confeccionado con lana de batista verde y tenía una chaqueta a juego sin mangas, adornada con un encaje Medici blanco que estaba elevado en la parte posterior del cuello y disminuía de forma progresiva hasta un punto del corpiño. Era un conjunto elegante y estiloso, que se completaba con un pequeño sombrerito adornado con plumas de terciopelo color esmeralda combinadas con la faja. Hanabi lucía un modelo similar en tonos azul pálido, con el sombrerito azul zafiro.

—Seré tan agradable como pueda —aseguró Hinata—. Pero ¿recuerdas lo que ocurrió en Byakugan Priory cuando una gansa construyó su nido en el terreno de los cisnes? El animal pensó que sería suficiente con comportarse como ellos. Solo que tenía el cuello demasiado corto, las patas demasiado largas y sus plumas no eran las adecuadas, por lo que los cisnes siguieron atacándola y persiguiéndola hasta que por fin la expulsaron.

—Pero tú no eres una gansa.

Hinata hizo un gesto con la boca.

—Entonces soy un cisne deficiente.

Hanabi suspiró y la atrajo hacia su cuerpo.

—No quiero que te cases con lord Saint Namikaze por mí —dijo por enésima vez.

Hinata apoyó la cabeza en el hombro de su melliza.

—Jamás podría vivir conmigo misma si tienes que sufrir las consecuencias de un error que cometí yo.

—No voy a sufrir nada.

—Si me convierto en una paria, ningún caballero elegible te ofrecerá matrimonio.

—Podría ser feliz sin eso —aseguró Hanabi con firmeza.

—No, no es cierto. ¿No quieres casarte algún día? ¿Tener un hogar y unos hijos propios? —suspiró Hanabi—. Me gustaría que pudieras ser la esposa de lord Saint Namikaze. Estáis hechos el uno para el otro.

—Saint Namikaze no me miró dos veces. Lo único que hizo fue fijarse en ti.

—Con absoluto horror.

—Creo que el horror solo fue por tu parte —dijo Hanabi—. Él estaba tratando de manejar la situación. —Alisó con suavidad el cabello de Hinata—. Dicen que es el elegible de la temporada. El año pasado, lady Senju intentó que se interesara por Ashina, pero él no quiso saber nada.

Hanabi pasó la mano demasiado cerca de su oreja, y Hinata se echó hacia atrás por reflejo. Ciertas partes de la oreja, tanto dentro como fuera, eran dolorosamente sensibles.

—¿Cómo te has enterado? Ashina no me ha mencionado nada.

—Es solo un chisme de salón. Y Ashina no quiere hablar de ello, porque resultó una gran decepción.

—¿Por qué no me lo habías contado antes?

—No pensé que pudiera interesarte; no habíamos visto nunca a lord Saint Namikaze, y me dijiste que no querías saber nada de caballeros elegibles.

—¡Ahora sí quiero! Cuéntame todo lo que sepas de él.

—Corre el rumor —dijo Hanabi, bajando la voz después de echar un vistazo a la puerta vacía— de que tiene una amante.

Hinata la miró con los ojos abiertos como platos.

—¿Alguien te ha dicho eso en un salón de baile? ¿Durante una velada?

—No abiertamente, solo es un rumor. ¿De qué piensas que cotorrea la gente durante los bailes?

—De cosas como el clima.

—No se cotorrea sobre el clima, solo son chismes cuando se trata de algo de lo que no deberías estar hablando.

Hinata se indignó al pensar que habría podido enterarse de toda esa interesante información durante aquellas ocasiones que tan mortalmente aburridas le habían parecido.

—¿Quién es su amante?

—Nadie mencionó su nombre.

—Pues apuesto algo a que tiene sífilis —comentó con amargura, cruzando los brazos sobre el pecho.

Hanabi pareció desconcertada.

—¿Qué?

—Mucha —añadió Hinata con aire serio—. Después de todo, es un libertino. Es lo que dice la canción.

Hanabi gimió y movió la cabeza; sabía perfectamente a qué canción se refería. La habían oído cantar en una ocasión a uno de los mozos de cuadras. Era un tema que se titulaba El desafortunado libertino, y el muchacho había entonado unos versos para divertir a sus compañeros. La letra, muy subida de tono, contaba la desaparición de un libertino por culpa de una enfermedad no identificada tras haber dormido con una mujer de mala reputación.

Más tarde, tanto Hinata como Hanabi habían acosado a Tokuma para que les explicara en qué consistía aquella misteriosa enfermedad. Finalmente, él respondió de mala gana que se trataba de sífilis. No era una enfermedad usual, sino una en particular que solo infectaba a los hombres y mujer promiscuos. Con el tiempo, al parecer volvía locos a los que la padecían y hacía que se les cayera la nariz. Era conocida también como el mal francés y otros la llamaban el mal inglés. Tokama les había pedido que no repitieran sus palabras o Tenten le arrancaría la cabeza.

—Estoy segura de que lord Saint Namikaze no tiene sífilis —dijo Hanabi—.Por lo que vi la otra noche, tiene una nariz perfecta.

—Pues la pillará algún día —insistió Hinata con aire ominoso—, si es que no la ha pillado ya. Y luego me la transmitirá a mí.

—Estás siendo muy dramática. Y no todos los libertinos tienen sífilis.

—Le pienso preguntar.

—¡Hinata, no lo hagas! Ese pobre hombre se asustará.

—También me asustaré yo si termino perdiendo la nariz.

Los Hyuga se acomodaron en un compartimento privado de primera clase de la línea que unía Londres y Brighton, atravesando la costa sur. Cada kilómetro que pasaban, acercándolos más a su destino, Hinata estaba más tensa. Ojalá aquel tren avanzara en dirección contraria, rumbo a cualquier otro lugar que no fuera Heron's Point.

No podía decidir si estaba más preocupada por cómo se comportaría la familia Namikaze o por cómo lo haría ella. No cabía ninguna duda de que lord Saint Namikaze se veía resentido por la situación en la que lo había puesto, a pesar de que hubiera sido de forma accidental por su parte.

¡Dios!, estaba cansada de provocar problemas y de luego sentirse culpable por ello. A partir de ese momento, se comportaría como una dama correcta y respetable. La gente se maravillaría por su moderación y dignidad. Puede que incluso llegara a desconcertarlos un poco: «¿Se encuentra bien, Hinata? Siempre es tan prudente.» Incluso lady Senju podría ufanarse orgullosa y asesorar a otras chicas para que emularan la notable reserva de la que hacía gala su pupila. Llegaría a ser conocida por eso.

Sentada junto a la ventana, Hinata observó el cambiante paisaje y, en ocasiones, lanzaba una mirada a Tenten, que estaba sentada enfrente, con el pequeño Iroha en el regazo. A pesar de que habían llevado a una niñera para que ayudara con el niño, Tenten prefería estar con él todo el tiempo posible. El bebé de pelo marrón estaba entretenido con una serie de carretes, investigando los diferentes tamaños y texturas, y llevándolos a la boca para roerlos con toda su concentración. Neji descansaba junto a ellos, entretenido por las travesuras del niño, con un brazo apoyado en el borde del respaldo.

Mientras Hanabi estaba ocupada tejiendo unas zapatillas con lana de Berlín, Hinata introdujo la mano en la maleta y sacó el diario, un volumen con las cubiertas de cuero. Sus páginas de lino estaban llenas de recortes, dibujos, flores prensadas, entradas, tarjetas postales y todo tipo de cosas que habían estimulado su imaginación. Había llenado al menos la mitad con toda clase de ideas y bocetos para juegos de mesa. De la cuerda que envolvía el libro para mantenerlo cerrado, colgaba un lápiz mecánico plateado.

Después de soltar la cuerda, Hinata abrió el diario en una de las páginas en blanco que quedaban al final. Hizo girar la mitad inferior del lápiz hasta que surgió la punta por el extremo y pudo comenzar a escribir.

VIAJE A HERON'S POINT

O

La inminente condena de lady Hinata Hyuga al matrimonio

Hechos y observaciones:

Núm. 1: Si la gente piensa que estás deshonrada, no es diferente a haber sido deshonrada de verdad, solo que sigues sin saber nada jugoso.

Núm. 2: Una vez que estás deshonrada, solo tienes dos opciones: la muerte o el matrimonio.

Núm. 3: Puesto que estoy sana como una manzana, la primera opción no es probable.

Núm. 4: Por otra parte, no se puede descartar el ritual del autosacrificio en Islandia.

Núm. 5: Lady Senju aconseja el matrimonio y comenta que lord Saint Namikaze es «un buen ejemplar». Dado que una vez hizo la misma observación acerca de un semental que lord Senju y ella compraron para sus establos, me pregunto si le habrá mirado los dientes.

Núm. 6: Parece que lord Saint Namikaze tiene una amante.

Núm. 7: La palabra «amante» parece surgir del cruce entre «amor» y «diamante».

—Estamos atravesando Sussex —comentó Hanabi—. Y es una tierra todavía más bonita de lo que esperaba por lo que dice la guía.

—Su hermana había adquirido la Guía popular y direcciones a visitar en Heron's Point en un quiosco de la estación, y había insistido en leer partes en voz alta durante la primera hora de viaje.

Conocida como «la tierra de la salud», Sussex era la región más soleada de Inglaterra, donde se encontraba el agua más pura y los pozos de caliza más profundos. De acuerdo con la guía, el condado poseía ochenta kilómetros de costa. Los turistas acudían a la localidad de Heron's Point para disfrutar de su aire suave y dulce, las propiedades curativas del agua de mar y los baños termales.

La guía estaba dedicada al duque de Kingston que, al parecer, había construido un dique para proteger la costa de la erosión, así como un hotel, una plaza pública y un muelle comercial de más de treinta metros para proporcionar refugio a los barcos de vapor para recreo, los buques de pesca y su propio yate privado.

Núm. 8: La guía local no incluye ni un solo detalle desfavorable sobre Heron's Point. Debe de ser el lugar más perfecto de la tierra.

Núm. 9: O el autor de la misma estaba adulando a los Namikaze, que son los dueños de la mitad de Sussex.

Núm. 10: ¡Santo Dios! Van a ser insoportables.

Mientras Hinata miraba por la ventanilla del tren, su atención se vio atraída por una banda de estorninos que parecían fluir a través del cielo con sus movimientos sincronizados, que dividían al conjunto como una gota de agua antes de volver a unirse para continuar su trayectoria en una forma similar a una cinta.

El tren siguió su camino a través de una miríada de pueblos pintorescos, dedicados a la lana, con casas de entramado de madera, iglesias ancestrales, ricas tierras de cultivos y suaves laderas que parecían enmoquetadas por las flores púrpuras del brezo. El cielo estaba despejado, salvo algunas nubes esponjosas que parecían algodón recién lavado y puesto a secar.

Núm. 11: Sussex tiene muchas vistas con encanto.

Núm. 12: Observar la naturaleza es aburrido.

Cuando el tren se acercó a la estación, pasó junto a un depósito de agua, un puñado de tiendas, una oficina de correos, una ordenada fila de almacenes y un punto de recogida donde se mantenían refrigerados los productos lácteos y de mercado hasta que fueran transportados.

—Allí está la propiedad Namikaze —murmuró Hanabi.

Hinata siguió su mirada y vio una mansión blanca en una colina distante, casi en la cima, con vistas al océano. Un imponente palacio de mármol habitado por arrogantes aristócratas.

El tren llegó a la estación y se detuvo. El aire —tan cálido que olía como la habitación de la plancha— estaba inundado de muchos sonidos: el de las campanas en la lejanía, el de las voces de los guardagujas y los maquinistas, el de la apertura de puertas o el de los maleteros que manejaban los carritos por los andenes. Cuando bajaron del vagón, la familia se encontró con un hombre de mediana edad, semblante agradable y maneras corteses. Después de presentarse como señor Kakashi, administrador del duque, ordenó a los porteros y criados que recogieran el equipaje de los Hyuga, que incluía un cochecito infantil realizado en mimbre para Iroha.

—Señor Kakashi, ¿siempre hace tanto calor en esta época del año? —preguntó Tenten mientras el administrador los guiaba hasta debajo de un toldo abovedado, al otro lado de la estación.

Kakashi se secó el sudor que le cubría la frente con un pañuelo blanco doblado.

—No, milady, esta temperatura es inusualmente alta incluso en Heron's Point. Ha llegado un cálido viento del sur desde el continente después de un período de sequía, a pesar de que se mantiene la refrescante brisa marina en la bahía. Por otra parte, el promontorio —señaló un alto acantilado que sobresalía sobre el océano— ayuda a que haya un clima único en esta zona.

La familia Hyuga y su séquito de sirvientes procedieron a atravesar la sala de espera de la estación para llegar a los vehículos aparcados junto a la torre del reloj. El duque había enviado tres carruajes de reluciente color negro, con el interior tapizado con brillante cuero de Marruecos en color marfil y adornos en palo de rosa. Después de subirse al primer vehículo, Hinata se puso a investigar una bandeja con compartimentos divididos. Al instante, se desplegó un pequeño toldo junto a la puerta, y apareció un estuche rectangular de cuero escondido junto a un apoyabrazos abatible. En el interior había unos binoculares. No se trataba de los anteojos que utilizaría una dama en la ópera, sino de un potente conjunto de lentes para el campo.

—Lo siento... —empezó a disculparse Hinata cuando el señor Kakashi llegó hasta la puerta del coche y la vio con los prismáticos.

—Estaba a punto de enseñárselos, milady —repuso el administrador, que no parecía molesto en absoluto—. El océano es visible desde la mayor parte de los terrenos de la finca. Esos prismáticos de aluminio son uno de los últimos diseños; resultan mucho más ligeros que los de latón. Le permitirán ver con claridad hasta una distancia de seis kilómetros. Es posible observar las aves marinas, e incluso las manadas de marsopas.

Hinata se llevó los prismáticos a los ojos con rapidez. Sí, la naturaleza podía ser aburrida, pero resultaba mucho más entretenida con la ayuda de aparatos tecnológicos.

—Se pueden ajustar con la rueda que hay en el centro —explicó el señor Kakashi con una sonrisa—. Lord Saint Namikaze ha pensado que disfrutaría con ellos.

Las lentes se llenaron brevemente de imágenes sin definición ante los ojos de Hinata antes de que bajara los prismáticos a toda prisa.

—¿Los ha puesto él aquí para mí?

—Sí, milady.

Después de que el administrador desapareciera, Hinata frunció el ceño y le pasó los prismáticos a Hanabi.

—¿Por qué lord Saint Namikaze ha supuesto que me podrían gustar? ¿Acaso se cree que necesito que me distraigan con juguetitos, como el pequeño Iroha con sus carretes?

—Solo es un detalle considerado por su parte —repuso Hanabi con suavidad.

A la antigua Hinata le hubiera gustado utilizar los prismáticos durante el trayecto hasta la casa. A la nueva, digna, respetable y adecuada Hinata, sin embargo, le parecía mejor entretenerse sola con sus propios pensamientos. Los pensamientos de una dama.

¿En qué solían pensar las damas? En organización de eventos benéficos, en visitas a sus arrendatarios, en recetas de blancmange... Sí, las damas siempre estaban llevando blancmange a la gente. Y ¿qué era el blancmange? No tenía sabor ni color. En el mejor de los casos se lo podía considerar un flan de crema. ¿Seguiría siendo blancmange si se lo rellenaba con algo? ¿Quizá bayas, o salsa de limón?

Al darse cuenta de que estaba dejándose llevar por sus pensamientos, Hinata se obligó a concentrarse en la conversación con Hanabi.

—La cuestión es —dijo a su hermana con gran dignidad— que no necesito juguetes que me mantengan ocupada.

Hanabi estaba mirando por la ventana abierta con los prismáticos.

—Puedo ver una mariposa del camino tan claramente como si estuviera posada en mi dedo —comentó su hermana sorprendida.

Hinata se incorporó al instante.

—Déjame echar un vistazo.

Hanabi mantuvo los binoculares fuera de su alcance.

—Pensaba que no los querías —se burló, sonriente.

—Ahora sí que los quiero. ¡Devuélvemelos!

—Todavía no he terminado. —Hanabi se negó a entregárselos durante al menos cinco minutos, hasta que Hinata, exasperada, amenazó con entregarla a los piratas.

En el momento en que recuperó los prismáticos, el carruaje estaba iniciando el ascenso a la larga y suave colina. Logró fijarse en una gaviota en vuelo, en un barco de pesca que navegaba cerca del cabo y en una liebre que desapareció debajo de un arbusto de enebro. De vez en cuando, una fresca brisa del océano entraba por una de las ventanillas, trayendo consigo un momentáneo alivio al calor. Hinata había comenzado a transpirar y el sudor se reunía debajo del corsé consiguiendo que la lana del vestido de viaje le irritara la piel. Por fin, aburrida y muerta de calor, dejó los prismáticos de nuevo en la funda de cuero.

—Es como si fuera verano —comentó, llevando a la frente una de las mangas largas—. Cuando lleguemos, voy a estar roja como un camarón.

—Yo ya lo estoy —afirmó Hanabi, tratando de utilizar la guía como abanico.

—Ya casi hemos llegado —las consoló Tente, recolocando a Iroha en su hombro—. En cuanto lleguemos a la mansión, nos pondremos unos vestidos más ligeros. —Miró a Hinata—. E intenta no preocuparte, querida. Vas a pasar unos días estupendos.

—Me dijiste lo mismo justo antes de que saliera para el baile de los Haruno.

—¿En serio? —Tenten sonrió—. Bueno, supongo que de vez en cuando me equivoco. —Hizo una pausa—. Sé que te sentirías más segura y cómoda en casa, Hinata, pero me alegra que hayas accedido a venir.

Hinata asintió mientras se retorcía incómodamente para mover las mangas del vestido de lana, que estaba pegándosele a la piel.

—La gente como yo debe evitar nuevas experiencias —dijo—. Nunca le salen bien.

—No digas eso —protestó Hanabi.

—Todo el mundo tiene sus defectos, Hinata —intervino Neji en tono suave—. No seas tan dura contigo misma. Hanabi y tú partís con desventaja, después de que crecierais en un lugar aislado. Pero estáis aprendiendo muy rápido. —Sonrió a Tenten—. Como puedo dar fe personalmente, cometer errores forma parte del proceso de aprendizaje.

A medida que el carruaje se acercaba a la puerta principal, fue quedando a la vista la mansión. Al contrario de lo que esperaba Hinata, no resultaba fría ni imponente. Era una residencia elegante, de dos pisos de altura, por lo que no parecía demasiado alta y se adaptaba a los terreros con armónica fluidez. Las líneas clásicas quedaban suavizadas por una abundante hiedra verde que salpicaba la fachada de estuco color crema, y por una pérgola de rosales que se arqueaban sobre la entrada al patio. Dos alas se extendían a ambos lados de los jardines delanteros, como si la casa hubiera decidido abrazar los árboles. Muy cerca, había una suave ladera con un bosque oscuro, dormido bajo un manto de luz solar.

El interés de Hinata se vio atrapado por la imagen que ofrecía un hombre caminando hacia la casa. Llevaba a un niño pequeño sobre los hombros, mientras que un muchacho pelirrojo algo más mayor caminaba a su lado. Un arrendatario, quizá, con sus dos hijos. Lo extraño era que atravesaba el jardín delantero con suma audacia.

Vestía solo unos pantalones, una camisa fina y un chaleco abierto. No llevaba ni sombrero ni corbata. Caminaba con la grácil elegancia de alguien que pasaba mucho tiempo al aire libre. Resultaba obvio que aquellas prendas sencillas que cubrían ligeramente las poderosas líneas musculosas de su cuerpo eran las más convenientes. Y cargaba al niño sobre los hombros como si no pesara nada.

Hanabi se acercó a mirar por la ventanilla.

—¿Es un trabajador? —preguntó—. ¿Un granjero?

—Creo que sí. Con esa vestimenta no podría ser más que... —Se interrumpió cuando el carruaje trazó el amplio arco hacia la entrada, ofreciendo una vista mejor. El cabello de aquel hombre era de un color peculiar que solo había visto una vez antes, el dorado oscuro de las antiguas monedas de oro. Sus entrañas comenzaron a revolverse como si hubieran decidido jugar a las sillas.

El hombre alcanzó el vehículo cuando se detuvo delante del pórtico principal. El conductor le dijo algo, y él respondió con una relajada y profunda voz de barítono.

Era lord Saint Namikaze.