Después de hacer bajar al niño con facilidad desde los hombros al suelo, lord Saint Namikaze abrió la puerta del vehículo por el lado donde estaba Hinata. La luz plena del mediodía iluminaba sus rasgos perfectos y arrancaba brillantes luces de su cabello entre bronce y dorado.
Hecho núm. 13 —quiso escribir—. Lord Saint Namikaze posee su propia aureola personal.
Aquel hombre tenía demasiado de todo. Apariencia, riqueza, inteligencia, pedigrí y buena salud.
Hecho núm. 14: Algunas personas son la prueba viviente de que el universo es injusto.
—Bienvenidos a Heron's Point —saludó Saint Namikaze, abarcando con la mirada a todo el mundo—. Pido disculpas, pero he acompañado a mi hermano pequeño hasta la orilla para probar un nuevo diseño de cometa, y nos hemos entretenido más tiempo del que esperábamos. Mi intención era regresar antes de que llegaran.
—No pasa nada —aseguró Tenten alegremente.
—La cuestión más importante es —intervino Neji—, ¿qué tal vuela la cometa?
El muchacho pelirrojo se acercó a la puerta del carruaje y mostró con pesar una larga cuerda con retazos de tela roja y una cola para que Neji la viera.
—Se desintegró en pleno vuelo, milord. Es necesario que haga algunas modificaciones en su diseño.
—Les presento a mi hermano, lord Ivo —dijo Saint Namikaze—. Aunque le llamamos por su segundo nombre, Nagato.
Nagato era un apuesto muchacho de unos diez u once años, con el cabello profundamente rojizo, los ojos de un azul tan intenso como el cielo y una sonrisa ganadora. Realizó ante ellos una torpe reverencia, usual en alguien que acababa de tener un estirón y trataba de acostumbrarse a la nueva longitud de sus brazos y sus piernas.
—¿Y yo qué? —exigió el niño descalzo que lord Saint Namikaze acababa de dejar en el suelo. Era robusto, de pelo blanco y tenía las mejillas rosadas. No aparentaba más de cuatro años. Al igual que Nagato estaba vestido con un albornoz ceñido a la cintura y unos pantalones cortos.
Saint Namikaze curvó los labios mientras miraba al impaciente niño.
—Tú eres mi sobrino —replicó con gravedad.
—¡Yo ya lo sé! —replicó el crío con exasperado desparpajo—, pero se supone que tienes que decírselo a ellos.
Con la cara muy seria, lord Saint Namikaze se volvió hacia los Hyuga.
—Permítanme presentarles a mi sobrino Mangetsu, lord Hōzuki.
Llegó un coro de saludos desde el interior del carruaje. En ese momento se abrió la puerta del otro lado del vehículo y todos comenzaron a salir del interior con la ayuda de un par de lacayos.
Hinata se estremeció un poco cuando la inescrutable mirada de lord Saint Namikaze se encontró con la de ella; sus ojos eran tan brillantes y penetrantes como los rayos del sol.
Él le tendió la mano sin decir una palabra.
Con la respiración entrecortada, Hinata buscó a tientas sus guantes, pero estos parecían haber desaparecido junto con su maleta. Un lacayo estaba ayudando a Tenten y a Hanabi mientras bajaban por el otro lado, así que se volvió de mala gana hacia Saint Namikaze y aceptó su mano antes de dar un paso fuera del vehículo.
Era todavía más alto de lo que recordaba, más grande, con los hombros más anchos. Las otras ocasiones en las que lo vio estaba apresado dentro de la ropa negra y blanca más formal que usaban los caballeros en los bailes, perfectamente arreglado de pies a cabeza. Sin embargo, ahora estaba en un chocante estado de semidesnudez, sin chaqueta ni sombrero, y con la camisa abierta en el cuello. Su pelo estaba despeinado por el viento y las capas de cabello se oscurecían a la altura de la nuca, húmedas por el sudor. Una agradable fragancia inundó las fosas nasales de Hinata, el olor a sol, a árboles, que recordaba de su encuentro anterior, estaba ahora mezclado con el intenso aroma salobre de la brisa del mar.
Hubo una gran actividad a su alrededor cuando los criados se bajaron de los otros carruajes y los lacayos retiraron el equipaje. Con el rabillo del ojo, Hinata vio que su familia entraba en el interior de la casa. Lord Saint Namikaze, sin embargo, no parecía tener prisa por seguirlos.
—Perdóneme —se disculpó él en voz baja, mirándola con intensidad—. Tenía la intención de estar esperándola, debidamente ataviado, cuando llegara. No quiero que piense que su visita no es importante para mí.
—¡Oh, pero no lo es! —repuso Hinata con torpeza—. Es decir, no me esperaba demasiada fanfarria a mi llegada. No tenía que estar esperándome, ni vestido ni nada. Me refiero a bien vestido. —Nada de lo que decía parecía correcto—. Esperaba que llevara ropa, por supuesto. —Notó que se ponía roja y agachó la cabeza—. ¡Agg! —murmuró.
Oyó la profunda risa de Saint Namikaze, un sonido que erizó la piel de sus brazos sudorosos.
—Hemos llegado tarde por mi culpa —los interrumpió Nagato, que parecía muy contrito—. Tuve que encontrar todas las piezas de la cometa.
—¿Por qué se ha roto? —preguntó Hinata.
—El pegamento no resistió.
Hinata había aprendido mucho sobre los diferentes pegamentos mientras desarrollaba un prototipo para el juego de mesa que había diseñado, así que estaba en disposición de preguntar qué tipo había usado. Sin embargo, Mangetsu empezó a hablar antes de que ella pudiera decir una palabra.
—También fue culpa mía. Perdí los zapatos y tuvimos que buscarlos.
Hinata se agachó para que su cara quedara a la altura de la de él, sin importarle que la falda se amontonara sobre el polvoriento camino de grava.
—¿No los habéis encontrado? —preguntó con simpatía, fijándose en sus pies desnudos.
Mangetsu negó con la cabeza mientras emitía un suspiro, como si fuera un adulto en miniatura cargado de preocupaciones mundanas.
—A mamá no le va a gustar nada.
—¿Qué crees que puede haber ocurrido?
—Los dejé en la arena y desaparecieron.
—Quizá te los haya robado un pulpo. —Al instante, Hinata se arrepintió de su observación; era precisamente el tipo de comentario excéntrico que lady Senju le habría reprochado.
—Si fue un pulpo —intervino sin embargo lord Saint Namikaze con el ceño fruncido, como si el asunto fuera bastante grave—, no se detendrá hasta conseguir ocho zapatos.
Hinata esbozó una vacilante sonrisa.
—No tengo tantos —protestó Mangetsu—. ¿Qué podemos hacer para detenerlo?
—Podríamos inventar un repelente para pulpos —sugirió Hinata.
—¿Cómo? —Los ojos del niño brillaron con interés.
—Bueno —comenzó Hinata—, estoy segura de que necesitaríamos... ¡Uf! —No llegó a terminar la frase porque se vio sorprendida por una criatura que llegó corriendo a toda velocidad desde un lado del carruaje. Una fugaz visión de unas orejas y unos alegres ojos castaños llenó su vista antes de que el perro se abalanzara de forma entusiasta con tanto ímpetu que ella, que estaba en cuclillas, acabó sentada en el suelo. Aterrizó sobre su trasero y el impacto hizo que su sombrerito se cayera también. Se le soltó un mechón de cabello y se le deslizó por la cara mientras que un cachorro de retriever marrón y negro saltaba a su alrededor como si le hubiera dado un ataque de éxtasis. Ella sintió los jadeos del perro en la oreja antes de que el animal le lamiera la mejilla.
—¡Ajax, no! —Oyó que exclamaba Nagato.
Al darse cuenta del lío que había formado en cuestión de segundos, Hinata experimentó una profunda desesperación, que fue seguida al instante por una sensación de rendición. Estaba claro que ocurriría algo así. Por supuesto, tendría que conocer a los duques después de caerse al suelo como si fuera idiota. Se trataba de algo tan terrible que comenzó a reírse mientras el perro empujaba su cabeza contra la de ella.
Al momento siguiente, Hinata se vio puesta en pie y apoyada con firmeza contra una dura superficie. El impulso le hizo perder el equilibrio, por lo que se aferró a Saint Namikaze con frenesí. Él la mantuvo anclada con firmeza contra su cuerpo tras rodearle la espalda con un brazo.
—¡Abajo, idiota! —ordenó Saint Namikaze. El perro se tranquilizó un poco, aunque siguió jadeando, tan feliz.
—Debe de haberse escapado por la puerta —dedujo Nagato.
Saint Namikaze le retiró el pelo de la cara.
—¿Está herida? —preguntó, recorriéndola de arriba abajo con rapidez.
—No... No... —Le costaba retener la risa que burbujeaba en su interior como resultado de la tensión nerviosa. Trató de sofocar los vertiginosos sonidos contra su hombro—. Estaba... intentando comportarme como una dama...
A él se le escapó también una risita al tiempo que trazaba un círculo en su espalda con la mano intentando tranquilizarla.
—Imagino que no es fácil intentar ser una dama con un perro tan apabullante alrededor.
—Milord... —intervino un lacayo cercano—, ¿la joven ha sufrido algún daño?
Ella no pudo escuchar la respuesta de lord Saint Namikaze, solo oía los latidos de su corazón. Su cercanía, el brazo protector con que la rodeaba, la mano que vagaba itinerante por su espalda... Todo se unía para despertar partes de ella de las que jamás había sido consciente. Un extraño y novedoso placer la atravesó, estimulando cada una de sus terminaciones nerviosas como si fueran pequeñas velas de cumpleaños. Clavó la mirada en la pechera de la camisa; la fina capa de lino blanco hacía muy poco para ocultar las contundentes prominencias y depresiones de los músculos que había debajo. Se puso roja al vislumbrar un poco de vello rubio en el triángulo que tenía abierto en el cuello, así que retrocedió, presa de la confusión.
Se llevó una mano a la cabeza.
—El sombrerito... —dijo vagamente, pasándose los dedos por el pelo.
Miró por encima del hombro, para encontrarse con que Ajax había hallado el sombrero de terciopelo y se había sentido tentado por las plumas. El perro lo había capturado con la boca y lo sacudía de forma juguetona.
—Ajax, ven aquí —lo llamó al instante Saint Namikaze, pero el rebelde retriever estaba demasiado concentrado retozando y saltando fuera de su alcance.
Nagato se acercó al perro poco a poco.
—Ajax, déjame cogerlo, anda... —dijo al animal en tono persuasivo—. Venga, muchacho... —Pero el cachorro se volvió y echó a correr—. Voy a recuperarlo —prometió Nagato, alejándose detrás del perro.
—¡Y yo! —Mangetsu lo siguió sobre sus cortas piernas—. Pero va a acabar empapado. —Advirtió por encima del hombro.
Saint Namikaze negó con la cabeza mientras miraba al retriever corretear por el césped.
—Le debo un sombrero nuevo —dijo a Hinata—. Ese volverá hecho pedazos.
—Da igual. Ajax todavía es un cachorro.
—Es un caso perdido —repuso él con rotundidad—. No escucha ni obedece órdenes. Intenta hacer agujeros en las alfombras y, por lo que he observado, no sabe caminar en línea recta.
Hinata sonrió.
—Rara vez camino en línea recta —confesó—. Soy demasiado distraída para mantener la dirección, siempre me desvío a uno y otro lado para asegurarme de que no me falta nada. Así que aunque quiera dirigirme a un nuevo lugar, siempre termino donde empecé.
Lord Saint Namikaze se volvió hacia ella y la examinó con sus hermosos ojos azules.
—¿Adónde quiere llegar?
La pregunta hizo que Hinata parpadeara sorprendida. Solo había estado haciendo unos comentarios tontos, de esos a los que nadie presta atención.
—Da igual —dijo prosaicamente—. Dado que me muevo trazando círculos, jamás llegaré a mi destino.
Él clavó los ojos en su cara.
—Siempre podría hacer los círculos más grandes.
Aquella observación resultaba perspicaz y lúdica a la vez, como si de alguna manera entendiera en qué forma funcionaba su mente. O quizá solo se estaba burlando de ella.
Cuando los carruajes estuvieron vacíos y se alejaron en dirección a las cocheras, lord Saint Namikaze la guio hasta la entrada.
—¿Qué tal el viaje? —le preguntó.
—No es necesario que charle conmigo —dijo ella—. No me gusta y no se me da demasiado bien.
Se detuvieron a la sombra del pórtico, junto a una glorieta envuelta en un dulce aroma a rosas. Saint Namikaze apoyó el hombro de forma casual contra una columna color crema, y curvó los labios lentamente mientras la miraba.
—¿No le ha enseñado lady Senju?
—Lo ha intentado. Pero no me gusta verme obligada a charlar sobre el tiempo. ¿De verdad le importa a alguien qué temperatura hay? Prefiero hablar de cosas como... Como...
—¿Como qué? —la presionó él cuando ella vaciló.
—Darwin. El sufragio femenino. Las casas de trabajo, la guerra. Por qué estamos vivos, si cree en las sesiones de espiritismo, si ha llorado alguna vez escuchando música, qué verdura es la que más odia... —Se encogió de hombros antes de levantar la mirada hacia él, esperando encontrarse con la rígida y familiar expresión de un hombre a punto de huir como si le fuera la vida en ello. En cambio, se vio atrapada por su mirada interesada mientras el silencio los envolvía.
—Zanahorias —repuso él en voz baja, un momento después.
Desconcertada, Hinata intentó responderle.
—¿Esa es la verdura que más odia? ¿Zanahorias cocidas?
—De cualquier forma.
—¿Entre todas las verduras? —insistió ella con un movimiento de cabeza—. ¿Qué le parece la tarta de zanahoria?
—No.
—Pero es tarta.
Él sonrió de oreja a oreja.
—Pero lleva zanahoria.
Ella quiso discutir la superioridad de las zanahorias sobre otros vegetales realmente atroces, como las coles de Bruselas, pero la conversación fue interrumpida por una sedosa voz masculina.
—Oh, aquí estás. Me han enviado a buscarte.
Hinata se encogió al ver acercarse a un hombre alto a elegantes zancadas. Supo al instante que era el padre de lord Saint Namikaze porque el parecido era sorprendente. Tenía la tez bronceada y se notaba en ella el paso del tiempo, como las marcadas líneas de la risa en las comisuras de los ojos azules. Su pelo poseía un tono dorado, generosamente plateado en las sienes. Habiendo oído hablar de su antigua reputación de libertino, había esperado a un viejo verde, de rasgos toscos y mirada torva... No ese magnífico espécimen que vestía su formidable presencia con un elegante traje a medida.
—Hijo mío, ¿cómo se te ocurre mantener a esta encantadora criatura bajo el calor del mediodía? Y, ¿por qué está tan desaliñada? ¿Ha ocurrido algún accidente?
—La atacaron y derribaron al suelo... —comenzó a explicar Saint Namikaze.
—Estoy seguro de que tú todavía no la conoces lo suficiente para hacer eso.
—Fue el perro —aclaró Saint Namikaze con acritud—. ¿No deberías estar entrenándolo?
—Lo está entrenando Nagato —fue la inmediata respuesta de su padre.
Saint Namikaze lanzó una mirada a la distancia, donde se veía a su hermano pelirrojo persiguiendo al cachorro.
—Da la impresión de que es el perro el que entrena a Nagato.
El duque sonrió y ladeó la cabeza, concediéndole la observación, antes de concentrarse en ella.
Hinata recordó de repente sus modales, e hizo una reverencia un tanto desesperada.
—Su excelencia... —murmuró.
Las arruguitas que rodeaban sus ojos se profundizaron sutilmente cuando sonrió.
—Me da la impresión de que necesita ser rescatada. ¿Por qué no me acompaña al interior, lejos de esta gentuza? Mi duquesa está ansiosa por conocerla. Puede confiar en mí —añadió, al darse cuenta de que Hinata dudaba y que se sentía completamente intimidada—. De hecho, soy casi un ángel. Acabará adorándome.
—No se fíe —aconsejó Saint Namikaze a Hinata con sarcasmo mientras se abrochaba el chaleco—. Mi padre es el flautista de Hamelín de las mujeres crédulas.
—Eso no es cierto —replicó el duque—. Las incrédulas también me adoran.
Hinata no pudo reprimir la risa, y notó que los ojos azules estaban iluminados por unas chispas de humor y picardía. Había algo tranquilizador en él, como si transmitiera que era un hombre que realmente apreciaba a las mujeres.
Cuando Hanabi y ella eran niñas, habían deseado tener un padre guapo que les prodigara a ellas afecto y consejos, que las mimara y consintiera un poco, aunque no demasiado. Un padre que dejara que se subieran a sus pies para bailar.
El hombre que tenía delante se parecía mucho al que se había imaginado.
Se adelantó y lo tomó del brazo.
—¿Qué tal ha resultado el viaje, querida? —le preguntó el duque mientras la acompañaba a la casa.
—Papá, a lady Hinata no le gusta la charla intrascendente —informó lord Saint Namikaze desde atrás antes de que Hinata pudiera responder—. Prefiere discutir de temas como Darwin o el voto femenino.
—Naturalmente, cualquier joven inteligente prefiere pasar por alto las tonterías —aseveró el duque al tiempo que miraba a Hinata con un brillo aprobatorio en los ojos—. Sin embargo —continuó, pensativamente—, la mayoría de las personas necesitan sentirse seguras antes de atreverse a revelar sus opiniones a alguien que acaban de conocer. Después de todo, cada cosa tiene un principio. Cada ópera tiene su preludio, cada soneto su apertura. La charla intrascendente es una manera de ayudar a un extraño a confiar en ti, encontrando previamente algo en lo que se pueda estar de acuerdo.
—Nadie me lo había explicado así antes —aseguró Hinata sorprendida—. En realidad, desde esa óptica, tiene sentido. Pero ¿por qué siempre versa sobre el clima? ¿No hay otra cosa en la que estemos todos de acuerdo? Las cucharas tenedor le gustan a todo el mundo, ¿verdad? Y la hora del té, o dar de comer a los patos.
—Y la tinta azul —añadió el duque—, o el ronroneo de un gato. Y las tormentas de verano, aunque imagino que eso nos lleva de vuelta al tiempo.
—No me importaría hablar sobre el clima con usted, excelencia —dijo Hinata con ingenuidad.
El duque se rio por lo bajo.
—Es usted una chica encantadora.
Cuando llegaron al vestíbulo, que era espacioso y luminoso, con molduras de yeso y suelos de madera de roble, vio una doble escalinata curva que conducía al primer piso, con un amplio pasamanos —perfecto para lanzarse por él—. Olía a cera de abeja y aire fresco, y al aroma de las grandes gardenias blancas que habían dispuesto en jarrones, sobre pedestales en forma de columna.
Para sorpresa de Hinata, la duquesa estaba esperándolos en el pasillo.
Brillaba como una llama en aquel entorno blanco con su tez dorada y llena de pecas, y una espesa mata de pelo color cobre que había recogido en una masa trenzada. Su forma voluptuosa pero contenida estaba cubierta con un vestido de muselina azul, ceñido a su esbelta cintura con un cinturón. Transmitía una sensación cálida, atenta y tierna.
El duque se acercó a su mujer y le puso la mano en la parte baja de la espalda. Parecía considerar su presencia un lujo, y disfrutaba de ella como un gato panza arriba.
—Querida —murmuró—, te presento a lady Hinata.
—Por fin —comentó la duquesa en tono alegre, tomando sus manos con las de ella—. Me pregunta... taba qué habían hecho con usted.
Hinata habría hecho una reverencia, pero la duquesa seguía sosteniendo sus manos. De todas formas, ¿se suponía que debía hacer una reverencia?
—¿Por qué habéis tardado tanto, Naruto? —preguntó la duquesa, apretando ligeramente sus manos antes de soltárselas. Hinata hizo entonces una tardía reverencia, aunque acabó balanceándose como un pato en un charco de barro.
Lord Saint Namikaze describió el percance sufrido con Ajax, haciendo hincapié en la falta de disciplina del perro con gran comicidad.
La duquesa se rio.
—Pobrecilla. Venga, vamos a relajarnos tomando una limonada helada en la sala de verano. Es mi lugar favorito de la casa. Llega una brisa fresca desde el océano a través de las ventanas de re... rejilla. —Un leve tartamudeo interrumpió el ritmo de su discurso, pero fue muy leve y ella no pareció darse cuenta de él.
—Sí, su excelencia —susurró Hinata, decidida a no cometer ningún error. Quería ser perfecta para esa mujer.
Comenzaron a caminar por el pasillo, debajo de la escalinata, hacia la parte posterior de la casa mientras los hombres las seguían.
—Bien, si puedo hacer algo para que su visita sea más agradable —dijo la duquesa a Hinata—, quiero que me lo haga saber en cuanto se le ocurra. Hemos puesto rosas en su habitación, pero si tiene otra flor fa... favorita, solo tiene que decírnoslo. Mi hija pequeña, Ino, ha seleccionado algunos libros y los ha dejado en la mesilla, aunque puede haber algo más fiel a sus gustos en la biblioteca. Si es así, los cambiaremos de inmediato.
Hinata asintió en silencio. Después de pensar laboriosamente sobre el tema, por fin se le ocurrió algo apropiado para una dama.
—Milady, tiene una casa preciosa.
La duquesa esbozó una radiante sonrisa.
—Si le apetece, puedo enseñársela esta tarde. Tenemos algunas piezas interesantes de arte, y varios muebles a... antiguos. Además, las vistas desde el segundo piso son muy bonitas.
—Oh, eso sería... —empezó a decir, pero lord Saint Namikaze la interrumpió desde atrás.
—He planeado llevar a lady Hinata de excursión esta tarde. Ella lo miró por encima del hombro con el ceño fruncido.
—Preferiría visitar la casa con la duquesa.
—No me fío de usted cerca de muebles que no le resultan familiares —se burló Saint Namikaze—. Podría ser desastroso. ¿Y si la tengo que sacar de un armario o, Dios no lo quiera, de un aparador?
—No sería apropiado que fuera de excursión con usted sin acompañante — dijo Hinata, avergonzada por la forma en que él le había recordado cómo se habían conocido.
—No le preocupará que pueda comprometerla, ¿verdad? —indagó él—. Porque ya lo he hecho. Olvidando cualquier resolución de comportarse con la mayor dignidad posible, Hinata se detuvo y se volvió para mirar a aquel hombre que tantas ganas tenía de provocarla.
—No, no lo hizo. Me comprometió el sofá. Usted solo pasaba por allí.
Lord Saint Namikaze parecía disfrutar de su indignación.
—Lo que sea —añadió él—, no es algo que ahora deba preocuparla.
—Naruto... —intervino la duquesa, aunque se interrumpió cuando él le lanzó una mirada llena de picardía.
El duque observó a su hijo con recelo.
—Si estás tratando de ser encantador —intervino—, debo decirte que no lo estás consiguiendo.
—No es necesario que sea encantador —respondió lord Saint Namikaze—. Lady Hinata solo está fingiendo desinterés. Debajo de esa capa de indiferencia está enamorada de mí.
Hinata le lanzó una mirada irritada.
—¡Eso es lo más ridimposo que he oído en mi vida! —Antes de terminar la frase, vio sin embargo la malicia que brillaba en los ojos de lord Saint Namikaze, y se dio cuenta de que él estaba tomándole el pelo. Sonrojada y confusa, bajó la cabeza. Solo hacía unos minutos que había llegado a Heron's Point, pero ya se había caído, había perdido el sombrero y el temperamento ecuánime, y había usado una palabra inventada. Menos mal que lady Senju no estaba allí; le habría dado una apoplejía.
Mientras seguían avanzando, lord Saint Namikaze se colocó a su lado mientras que la duquesa se acercaba al duque.
—Ridimposo —murmuró él con una sonrisa—. Esa me gusta.
—Le agradecería que no se burlara de mí —susurró ella—. Ya me resulta suficientemente difícil comportarme como una dama.
—No tiene que hacerlo.
Ella suspiró, su momentánea irritación se había convertido en resignación.
—No lo hago —afirmó con vehemencia—. Jamás se me dará bien, pero lo importante es que seguiré intentándolo.
Era la declaración de una joven consciente de sus limitaciones, pero decidida a no verse derrotada por ellas. Naruto no tenía que mirar a sus padres para saber que Hinata les encantaba. En cuanto a él...
La reacción que había tenido ante ella no era propia de él. Ella estaba llena de vida y la quemaba como los girasoles bajo la escarcha de las heladas del otoño.Si la comparaba con las lánguidas y tímidas debutantes del mercado londinense del matrimonio, Hinata parecía pertenecer a otra especie. Era tan hermosa como recordaba e igual de impredecible. Se había reído después de que el perro saltara sobre ella, cuando cualquier otra joven se habría enfadado o avergonzado. Y en el momento en el que se había puesto a discutir con él sobre zanahorias, lo único en lo que Naruto había podido pensar era en lo mucho que quería llevarla a un lugar fresco, oscuro y tranquilo, donde poder disfrutar con ella a solas.
Pero a pesar de los convincentes atractivos de Hinata, no había duda de que ella no se había adaptado bien a la única clase de vida que él podía ofrecerle. La vida para la que había nacido. No podía renunciar a su título, ni podía dar la espalda a las familias y empleados que dependían de él. Su responsabilidad era administrar las tierras ancestrales de los Namikaze y preservar su patrimonio para futuras generaciones. Su esposa debería encargarse de gestionar múltiples hogares, desempeñar funciones en la corte, asistir a las reuniones del comité de caridad y otras fundaciones varias... Y así sucesivamente.
Hinata odiaría eso. Incluso aunque hubiera sido criada para adaptarse a ese papel, jamás lo desempeñaría con comodidad. Entraron en la sala de verano donde los demás Hyuga charlaban amigablemente con sus hermanas, Karin e Ino
Karin, la mayor de todos los hermanos, había heredado la calidez y la naturaleza cariñosa de su madre, así como el ingenio mordaz de su padre. Se había casado hacía cinco años con su novio de toda la vida, Suigetsu, lord Hōzuki, el cual había sufrido una enfermedad crónica durante la mayor parte de su existencia. Cuando la dolencia empeoró, Hōzuki se vio gradualmente reducido a ser la sombra del hombre que había sido, y al final, sucumbió a ella cuando Karin estaba embarazada de su segundo hijo. Aunque ya había pasado el primer año de luto, Karin no había vuelto a ser ella misma. Pasaba tan poco tiempo al aire libre que sus pecas habían desaparecido, y estaba pálida y más delgada. El fantasma de la pena todavía brillaba en su mirada.
Su hermana menor, Ino, una efervescente chica de dieciocho años con el pelo rubio, estaba hablando con Hanabi. Aunque tenía edad suficiente para haber sido presentada en sociedad, los duques la habían convencido para que esperara un año más. Una chica con ese dulce carácter, guapa y con una dote enorme, sería blanco de todos los hombres elegibles de Europa y más allá. Para Ino, la temporada londinense sería todo un desafío, y cuanto más preparada estuviera, mejor.
Después de hacer las presentaciones pertinentes, Hinata aceptó un vaso de limonada helada y se mantuvo tranquila, ya que la conversación fluía a su alrededor. Cuando la discusión se centró en la economía de Heron's Point, en la industria del turismo y la pesca, fue obvio para él que los pensamientos de Hinata se habían movido en una dirección que no tenía nada que ver con aquel momento. ¿Qué estaba pasando por aquel cerebro inquieto?
Naruto se acercó a ella.
—¿Ha ido alguna vez a la playa? —le preguntó en voz baja—. ¿Se ha bañado en el océano y sentido la arena bajo sus pies?
Hinata levantó la mirada hacia él, abandonando la expresión vacía que había en su rostro.
—No. ¿Hay por aquí cerca alguna playa de arena? Pensaba que todas estaban llenas de guijarros y piedras.
—La finca cuenta con una cala privada de arena. Iremos por una hondonada.
—¿Qué es una hondonada?
—Es la forma en la que se conocen los caminos hundidos en los condados del sur. —A Naruto le encantó la forma en la que ella movió los labios para decir la palabra «hondonada», saboreándola como si fuera un bombón—. Esta tarde iré con lady Hinata a la cala —dijo mirando a Ino, que estaba de pie, muy cerca—. Espero que Nagato nos acompañe, ¿te gustaría venir con nosotros?
Hinata frunció el ceño.
—No he dicho que...
—Me encantaría —exclamó su hermana, volviéndose hacia Hanabi—.Tiene que venir. Un día como este darse un chapuzón en el océano resulta muy refrescante.
—En realidad —se disculpó Hanabi—, preferiría echar una siesta.
—¿Cómo es posible que quieras echar una siesta? —exigió Hinata, mirándola con incredulidad—. Durante todo el día no hemos hecho otra cosa que estar sentadas.
Hanabi se puso a la defensiva.
—No hacer nada también es agotador. Necesito descansar por si acaso no hacemos nada nuevo más tarde.
Hinata se volvió hacia Naruto.
—Yo tampoco puedo ir. No tengo traje de baño.
—Puede usar uno de los míos —se ofreció Ino.
—Gracias, pero no puedo ir sin carabina.
—Karin ha aceptado ser su acompañante —intervino Naruto.
Su hermana mayor, que estaba escuchando con interés el intercambio, enarcó las cejas.
—¿De verdad? —preguntó con frialdad.
Naruto le lanzó una mirada significativa.
—Lo hemos hablado esta mañana, ¿no lo recuerdas?
Karin entrecerró sus ojos carmesí.
—En realidad, no.
—Añadiste que habías pasado demasiado tiempo dentro de casa últimamente —dijo él—. Que te vendría bien un paseo y un poco de aire fresco.
—Bueno, sí que estaba habladora —comentó Karin en tono cáustico mientras lo miraba prometiendo venganza. Sin embargo, no discutió más.
Naruto sonrió al ver la expresión rebelde de Hinata.
—No sea terca —la engatusó en voz baja—. Le prometo que disfrutará. Y, si no lo hiciera...,tendría la satisfacción de demostrar que estaba equivocado.
