Después de que la condujeran a una habitación con paredes de delicado color rosado y amplias ventanas con vistas al océano, Hinata se puso el traje de baño que le había llevado la doncella de Ino. El conjunto consistía en un vestido de mangas cortas y abullonadas con una falda que resultaba sorprendentemente corta, y se completaba con unos pantalones turcos debajo.
Confeccionado en franela de color azul claro con adornos trenzados en blanco, la prenda resultaba muy ligera y cómoda.
—Ojalá las mujeres pudieran vestir así todo el tiempo —deseó Hinata con entusiasmo, dando vueltas de forma experimental. Perdió el equilibrio y cayó de forma dramática de espaldas sobre la cama con las medias blancas en el aire como si fuera una mesita para el té con las patas para arriba—. Me siento muy libre sin un apretado y anticuado corsé.
Su doncella, una corpulenta joven con el pelo negro que respondía al nombre de Hanare, la miró con recelo.
—Las damas necesitan corsés para sujetar su débil espalda.
—Yo no tengo la espalda débil.
—Pues debería fingirlo. Los caballeros prefieren a las mujeres delicadas. —Hanare acostumbraba a estudiar minuciosamente cientos de publicaciones sobre los modos y maneras de las damas—. Siga mi consejo —continuó con autoridad—, y encuentre una razón para desmayarse cuando esté en la playa, así lord Saint Namikaze podrá tomarla en brazos.
—¿Que me desmaye con qué?
—Diga que la asustó un cangrejo.
Todavía tendida en la cama, Hinata comenzó a reírse.
—¡Me persiguió! —exclamó ella teatralmente, abriendo y cerrando las manos como si fueran tenazas.
—Y no resople, por favor —dijo Ida con acritud—. Suena como una trompeta.
Hinata se apoyó en los codos y la miró con una sonrisa de medio lado.
Habían contratado a Hanare a principios de temporada, cuando se decidió que las mellizas necesitaban una doncella propia. Tanto Hanare como la otra joven, Haori, habían competido con entusiasmo por conseguir el privilegio de asistir a Hanabi, que tenía una preciosa melena castaña y una disposición mucho más dócil que Hinata.
Sin embargo, Hanabi había elegido a Haori, lo que había obligado a que Hanare se convirtiera en la doncella de Hinata. La joven no se había reservado la decepción que le había supuesto tal hecho. Para diversión de Hinata, Ida había prescindido de la mayoría de las atenciones y cortesías habituales, mostrándose hosca y cortante desde entonces. De hecho, cuando las dos estaban solas, sus observaciones rozaban la insolencia. A pesar de todo, Ida era eficiente y trabajadora, y estaba decidida a que su señora se convirtiera en un éxito. Hacía todo lo posible para que la ropa estuviera en perfecto estado, y era experta a la hora de organizar su pesado y escurridizo pelo, llegando a conseguir que se le mantuvieran los peinados.
—Hanare, tu tono carece de la debida deferencia —dijo Hinata.
—La trataré con toda la deferencia del mundo, milady, si logra pescar a lord Saint Namikaze. Entre los sirvientes de los Namikaze corre el rumor de que están arreglándolo todo para que se case con otro hombre si no se adapta a lord Saint Namikaze.
Repentinamente molesta, Hinata se bajó de la cama y se alisó el traje de baño.
—¿Como si se tratara de un juego tipo «pasa el paquete»? Solo que en este caso el paquete soy yo.
—No lo ha dicho lord Saint Namikaze —la interrumpió Hanare. Le ofreció una túnica con capucha, que también era un préstamo de Ino—. Se comentaba entre los criados, y solo estaban especulando.
—¿Cómo sabes lo que dicen sus criados? —Hinata se volvió, airada, y metió los brazos bajo el manto—. Solo llevamos aquí una hora.
—Era lo único de lo que hablaban allí abajo. —Hanare le aseguró la túnica a la cintura. Hacía juego con el resto del traje de baño y dotaba a su apariencia de un aspecto adecuado—. Bien, ya está presentable. —Se arrodilló y le puso unas zapatillas de lona—. No diga en voz alta todo lo que se le pase por la mente, estarán presentes las hermanas de milord y pueden contárselo a sus padres.
—¡Qué fastidio! —se quejó Hinata—. Me gustaría no tener que ir. —Frunció el ceño mientras se colocaba un sombrero de paja con el ala ancha sobre el pelo y salió de la habitación.
Finalmente, el grupo que iba a la playa estaba compuesto por lord Saint Namikaze, Ino, Nagato, Karin y su hijo Mangetsu, Hinata y Ajax, que correteaba por delante y ladraba como si los estuviera instando a darse prisa. Los más pequeños hacían gala de muy buen humor y llevaban consigo un surtido de cubos de hojalata, espadas y cometas.
La hondonada no solo era lo suficientemente ancha como para que cupiera un carro o una carreta, sino que estaba tan hundida en algunos lugares que las bancadas laterales eran más altas que la propia Hinata. A lo largo de las paredes, crecían matas de hierba verde grisácea, salpicada de flores de tallo largo, y arbustos espinosos de color amarillo, cargados de brillantes bayas naranja. Las gaviotas blancas y grises sobrevolaban el extenso mar trazando espirales con la brisa, con las alas extendidas en el plácido cielo.
Como todavía seguía rumiando la idea de que lord Saint Namikaze estaba evaluándola y que lo más probable era que pagara a alguien para que ocupara su lugar, Hinata apenas decía palabra. Para su desconcierto, el resto del grupo parecía inclinado a alejarse de ellos dos. Karin no hacía ningún esfuerzo para velar por ellos, al contrario, encabezaba la expedición llevando a Mangetsu de la mano.
Obligada a seguir el ritmo más relajado de las zancadas de lord Saint Namikaze, Hinata vio cómo aumentaba la distancia entre ellos y el resto de sus compañeros.
—Deberíamos tratar de alcanzar a los demás —sugirió.
Él no alteró el ritmo.
—Saben que acabaremos llegando.
Hinata frunció el ceño.
—¿Lady Hōzuki no sabe qué hacen las carabinas? No nos presta ninguna atención.
—Sabe que lo último que necesitamos es estar sometidos a una estrecha supervisión, a fin de cuentas, estamos tratando de conocernos.
—Pero eso es una pérdida de tiempo, ¿verdad? —No pudo resistirse a soltarlo—. Dados sus planes.
Lord Saint Namikaze la miró alarmado.
—¿Qué planes?
—Los de casarme con otro hombre —espetó ella—, para no tener que hacerlo usted.
Lord Saint Namikaze se detuvo en mitad de la hondonada, obligándola a hacer lo mismo.
—¿Dónde ha oído eso?
—Un chisme de criados. Y si es cierto...
—No lo es —la interrumpió.
—... No necesito que me busque un novio dispuesto en ninguna parte y lo intimide para que se case conmigo en vez de usted. Mi primo Neji dice que no tengo que casarme con nadie si no quiero. Y no quiero. Por otra parte, tampoco quiero pasarme toda la visita tratando de ganarme su aprobación, con la esperanza de... —Se interrumpió, sorprendida, cuando lord Saint Namikaze se acercó a ella con dos fluidas zancadas. Instintivamente, retrocedió hasta que sus hombros chocaron con una de las bancadas laterales de la hondonada.
Lord Saint Namikaze se cernió sobre ella, apoyando una mano contra la raíz expuesta de un árbol que asomaba en la pared de tierra.
—No estoy planeando entregarla a otro hombre —dijo él de forma uniforme—. Además, no sería capaz, aunque estuviera en peligro mi vida, de pensar en un solo conocido que supiera cómo manejarla.
Ella entrecerró los ojos.
—¿Es que usted puede?
Lord Saint Namikaze no respondió, pero hizo una mueca con los labios con la que pareció dar a entender que la respuesta era obvia. Cuando él vio que ella había cerrado el puño entre los pliegues de su túnica, suavizó la expresión.
—No está aquí para ganar mi aprobación. La he invitado para conocerla un poco mejor.
—Bueno, eso no le llevará mucho tiempo —murmuró Hinata—. Nunca he estado en ningún lado —continuó ella ante su mirada interrogativa— ni he hecho ninguna de las cosas que siempre he soñado. Todavía no he terminado de convertirme en mí misma y, si me casara con usted, solo sería la peculiar esposa de lord Saint Namikaze, que habla demasiado rápido y nunca sabe el orden de importancia de sus invitados a cenar. —Agachó la cabeza e intentó tragar el nudo que le atenazaba la garganta.
Tras un silencio especulativo, él le sujetó la barbilla con sus largos y elegantes dedos, obligándola a levantar la cara.
—¿Qué le parece si bajamos los dos la guardia? —preguntó él con suavidad—. Una tregua temporal.
Inquieta, Hinata apartó la mirada y clavó los ojos en una planta cercana, que tenía una enorme flor de color rosa en forma de copa con una estrella blanca en el centro.
—¿Qué clase de flor es esa?
—Es una campanilla de playa. —Lord Saint Namikaze la obligó a volver a mirarlo—. ¿Está tratando de distraerme o es que esa pregunta apareció sin más en su cabeza?
—¿Las dos cosas? —tanteó ella tímidamente.
Él elevó una de las comisuras de su boca en una sonrisa ladeada.
—¿Qué es necesario para que concentre en mí toda su atención?
Hinata se puso rígida cuando él le trazó el borde de la barbilla con los dedos, dejando a su paso un rastro cálido y hormigueante. Notaba la boca seca, como si acabara de tragar una cucharada de miel.
—Le estoy prestando toda mi atención.
—No toda.
—Sí, le estoy mirando y... —Se le escapó un suspiro tembloroso al recordar que lord Haruno había afirmado que ese hombre era un conocido libertino—.¡Oh, no! Espero que no vaya a intentar besarme. Es eso, ¿verdad?
Él enarcó una ceja.
—¿Quiere que lo haga?
—No —respondió ella rápidamente—. No, gracias. No.
Lord Saint Namikaze rio por lo bajo.
—Con que me rechace una vez es suficiente, querida —aseguró, pasando el dorso de sus dedos por el lugar donde su pulso palpitaba frenéticamente en la base de la garganta—. El hecho es que a finales de semana tenemos que tomar una decisión.
—No necesito una semana. Puedo decidirlo ahora mismo.
—No, no hasta que tenga más información sobre lo que podríamos estar rechazando. Eso significa que vamos a tener que condensar seis meses de cortejo en seis días. —Él emitió un suspiro de triste diversión al ver su expresión—. Parece un paciente al que acaban de decirle que necesita cirugía.
—Es que no quiero que me corteje.
—¿Podría ayudarme a entender por qué? —preguntó él, paciente y relajado.
—Solo sé que acabaría saliendo mal porque... —Hinata vaciló, sin saber cómo explicar aquel aspecto de sí misma que nunca le había gustado, pero que parecía no poder cambiar. Un lado que percibía como una amenaza en la intimidad y que hacía que temiera ser controlada. Manipulada. Herida—. No quiero que sepa más de mí, cuando son tantas mis facetas imperfectas. Nunca he sido capaz de pensar o comportarme como las demás chicas. Incluso soy diferente de mi propia melliza. La gente siempre ha dicho que somos una molestia, pero la verdad es que solo yo soy un demonio. Deberían sujetarme con una correa. Mi hermana solo es culpable de estar conmigo. Pobre Hanabi. — Notó que se le cerraba la garganta dolorosamente—. Y ahora, he provocado un escándalo y ella también se verá arruinada... Acabará siendo una solterona. Y mi familia también sufrirá. Todo es culpa mía. Ojalá no hubiera pasado nada de esto. Ojalá...
—Tranquilícese, chiquilla. Por Dios, no es necesario que se flagele. Venga aquí. —Antes de que ella supiera lo que estaba pasando, se encontró entre sus brazos, estrechada contra su cálida fuerza, percibiendo su respiración. Cuando él le atrajo la cabeza contra su hombro, se le desprendió el sombrero y cayó al suelo. Sorprendida y desconcertada, Hinata sintió su figura masculina contra ella, y unos clarines de alarma resonaron en su sangre. ¿Qué estaba haciendo? ¿Por qué le estaba permitiendo aquello?
Pero él estaba hablando con ella en voz baja y tierna, y resultaba tan reconfortante que la tensión estaba disolviéndose como un trozo de hielo bajo el sol.
—Su familia no es tan frágil como parece pensar. Byakugan es más que capaz de velar por el bienestar de todos. Su hermana es una chica atractiva, de buena cuna y con una suculenta dote, incluso aunque sobre su familia se cierna la sombra de un escándalo, no se quedará soltera.
Saint Namikaze le pasó la mano por la espalda dibujando unas líneas sencillas e hipnóticas que hicieron que ella comenzara a sentirse como una gata a la que estuvieran acariciando el pelaje. Poco a poco, dejó que su mejilla reposara sobre el suave lino de su chaleco, con los ojos entrecerrados mientras inhalaba el aroma a jabón para la ropa y la esencia a resina que dejaba la colonia en su piel caliente.
—Por supuesto que no encaja en la sociedad londinense —estaba diciendo él—. La mayoría de los que la conforman no tienen más imaginación u originalidad que una oveja. Solo entienden de apariencias y, por lo tanto, a pesar de que eso pueda volverla loca, va a tener que seguir algunas de sus reglas y rituales para que se sientan cómodos. Desafortunadamente, lo único peor que formar parte de la sociedad es estar fuera de ella. Por eso es posible que tenga que permitir que la ayude a salir de esa situación, igual que la liberé del sofá.
—Si por ayuda quiere decir matrimonio, milord —dijo Hinata con la voz amortiguada contra su hombro—, preferiría no hacerlo. Tengo razones para ello que no conoce.
Lord Saint Namikaze estudió su cara medio oculta.
—Me interesaría escucharlas. —Le apartó con suavidad un mechón de pelo de la sien y se lo alisó con los dedos—. De ahora en adelante, creo que deberíamos tutearnos —sugirió—. Vamos a tener que hablar mucho y tenemos poco tiempo. Cuanto más directos y sinceros seamos el uno con el otro, mejor. Sin secretos ni evasivas. ¿Te parece bien?
Ella levantó la cabeza de mala gana y le miró con vacilación.
—No quiero que se trate de una disposición unilateral —explicó ella—, en la que yo te digo todos mis secretos, y tú retienes los tuyos.
Él esbozó una sonrisa.
—Te prometo que te los revelaré todos.
—¿Y guardaremos el secreto de todo lo que nos contemos?
—Dios, espero que sí —repuso él—. Estoy seguro de que los míos son mucho más impactantes que los tuyos.
Hinata no lo dudaba. Saint Namikaze era un hombre experimentado, seguro de sí mismo, familiarizado con el mundo y sus vicios. Transmitía una sensación de superioridad casi sobrenatural, algo que no podía ser más diferente que cualquier comportamiento que ella hubiera percibido en su propio padre y en su hermano Hoheto.
Era la primera vez que había sido capaz de relajarse de verdad después de unos días horribles llenos de culpa y angustia. Él era tan grande e intenso que ella se sentía como una pequeña criatura salvaje que acabara de encontrar refugio. Dejó escapar un tembloroso suspiro de alivio, un sonido lamentablemente infantil, y él volvió a acariciarle de nuevo.
—Pobrecita —murmuró él—. No has tenido ni un momento de alivio estos días, ¿verdad? Relájate. No tienes que preocuparte de nada.
Hinata no se lo creyó, por supuesto, pero resultaba tan maravilloso ser tratada así, mimada y cuidada de buen grado que trató de absorber cada sensación, cada detalle, para poder recordarlo más tarde.
La piel de Saint Namikaze era suave por todas partes, salvo la áspera textura de su barba incipiente. Había un intrigante triángulo en la base de la garganta, entre las clavículas. Su cuello desnudo parecía muy fuerte salvo ese punto sombreado, un lugar vulnerable en medio de la robusta construcción de músculos y huesos.
Se le ocurrió una idea absurda. ¿Cómo sería besarlo justo allí?
Estaba segura de que sería como sentir satén contra los labios. Que su piel tendría un sabor tan agradable como su olor.
Se mordió el interior de la mejilla.
La tentación era mayor cada segundo que pasaba, resultando imposible de ignorar. Era aquella sensación que a veces se apoderaba de ella, cuando un impulso era tan abrumador que tenía que obedecer o morir. Aquel hueco levemente sombreado tenía su propia gravedad, así que fue acercándose más y más hacia él. Parpadeando, Hinata sintió que su cuerpo caía hacia delante.
«¡Oh, no!»
Ese impulso era demasiado intenso para poder resistirse a él. Impotente, se inclinó hacia delante, cerró los ojos y... simplemente lo hizo. Lo besó justo allí, y encontrar su vibrante y cálido pulso con la boca fue incluso más satisfactorio de lo que había pensado que sería.
Naruto contuvo el aliento y se estremeció. Él le hundió los dedos en el pelo y la obligó a echar la cabeza hacia atrás para mirarla a los ojos.
Ella lo vio separar los labios para decir algo.
A Hinata le ardía la cara.
—Lo siento mucho.
—No, es que... —Parecía tan jadeante como ella—. No importa. Es que me has... sorprendido.
—No puedo controlar mis impulsos —dijo ella de forma apresurada—. No soy responsable de lo que acaba de ocurrir. Soy de condición nerviosa.
—De condición nerviosa —repitió Naruto, apresándose el labio inferior con unos dientes blanquísimos, en el preludio de una sonrisa. Por un momento, pareció muy joven—. ¿Es un diagnóstico oficial?
—No, pero según un libro que leí una vez, Fenómenos producidos por enfermedades del sistema nervioso, probablemente sufro hiperestesia o manía persecutoria, o ambas. —Hinata se interrumpió con el ceño fruncido—. ¿De qué te ríes? No está bien burlarse de las dolencias de la gente.
—Estaba recordando la noche en que nos conocimos, cuando me dijiste que sueles leer libros inadecuados. —Naruto le puso una mano en la parte baja de la espalda, y le deslizó la otra alrededor de la nuca, posando los dedos en los finos músculos—. ¿Te han besado alguna vez, cielo?
Hinata notó una sensación extraña en el estómago, como si estuviera cayéndose. Lo miró en silencio. Se había quedado sin palabras. En su cabeza no había más que algunos mecanismos sueltos.
Naruto sonrió ligeramente ante aquel devastador silencio.
—Voy a suponer que eso significa que no. —Cuando la mirada masculina cayó en su boca, ella bajó las pestañas—. Respira hondo, es posible que, si no lo haces, te desmayes por falta de oxígeno y te pierdas todo el asunto.
Ella obedeció muy despacio.
Hecho núm. 15 —escribiría en su diario posteriormente—. Hoy descubrí por qué se inventaron las carabinas.
Al oír el silbido ansioso de su respiración, Naruto le masajeó con suavidad los músculos del cuello.
—No tengas miedo. Si no quieres, no te besaré ahora...
—No... —saltó Hinata, logrando encontrar su voz—. No, si eso es lo que va a pasar, preferiría que siguiéramos adelante y lo hicieras ahora. Así ya estará hecho y no estaré temiéndolo todo el rato. No es que debiera temer nada —se apresuró a decir al darse cuenta de lo mal que sonaban sus palabras—, estoy segura de que tus besos están muy por encima de la media, y que muchas damas se sentirían encantadas ante la perspectiva.
Notó que él se estremecía por la risa.
—Mis besos están por encima de la media —admitió—, pero yo no diría que muy por encima. Es posible que eso fuera exagerar mi capacidad, y no me gustaría que te sintieras decepcionada.
Hinata lo miró con recelo, preguntándose si estaba tomándole el pelo de nuevo. Su expresión era tierna.
—Estoy segura de que no me sentiré decepcionada —replicó ella, y se armó de valor—. Estoy lista —dijo con valentía—. Puedes hacerlo ahora.
Contra toda lógica, Naruto no hizo ningún movimiento para besarla.
—Por lo que recuerdo, estás interesada en la obra de Charles Darwin. ¿Has leído su último libro?
—No. —¿Por qué estaba hablando de libros? Estaba muy nerviosa y le irritaba que él estuviera alargando todo el asunto de esa manera.
—En La expresión de las emociones en el hombre y los animales —continuó Naruto— Darwin escribe que la costumbre de besar no debe ser considerada como una conducta humana innata, ya que no se extiende a todas las culturas. Los neozelandeses, por ejemplo, se frotan la nariz en lugar de besarse. También hace referencia a una sociedad tribal en la que se saludan soplándose suavemente en la cara. —Él le dirigió una mirada llena de inocencia—. Si lo deseas, podríamos empezar de esa manera.
Hinata no supo qué responder.
—¿Me estás tomando el pelo? —preguntó.
—Hinata... —la reprendió él con la risa bailando en sus ojos—, ¿es que no sabes distinguir cuando alguien está coqueteando contigo?
—No. Lo único que sé es que me miras como si fuera muy divertida, como un mono entrenado para tocar la pandereta.
Con la mano todavía apoyada en su nuca, Naruto acercó los labios a su frente y le intentó relajar el ceño fruncido.
—Flirtear es como jugar. Se trata de una promesa que se puede o no mantener. Podría ser una mirada provocativa... Una sonrisa... El roce de un dedo... o un susurro. —Su cara estaba justo sobre la de ella, tan cerca que podía ver las puntas doradas de sus pestañas negras—. ¿Quieres que nos frotemos ahora las narices? —susurró.
Hinata negó con la cabeza. Tuvo el repentino deseo de burlarse de él, de pillarlo con la guardia baja. Así que frunció los labios y sopló con suavidad contra su barbilla.
Para su satisfacción, Naruto reaccionó abriendo y cerrando los ojos con sorpresa. En sus ojos apareció un brillo febril, y sus pupilas se dilataron con diversión.
—Ganas esta ronda de flirteo —reconoció él, y movió la mano con la que le sostenía la barbilla para acariciarle la mejilla con el pulgar.
Hinata se tensó cuando sintió su boca sobre la de ella, tan ligera como el roce de la seda o la brisa. Fue casi un primer tanteo, por lo que no hubo ningún tipo de demanda, solo sintió los contornos de su boca. Él movió los labios suave, muy suavemente, sobre los de ella, con sensuales roces que calmaron el habitual caos en el que estaba sumido su cerebro. Hipnotizada, respondió con una presión vacilante, y él tomó nota de su respuesta, jugueteando con ella hasta que empezó a disolverse bajo las lentas burlas sin fin. No interfirió ningún pensamiento, ni la hora, no había pasado ni futuro. Solo existía ese momento, los dos besándose en un camino que parecía no tener fin, con flores y dulce hierba seca a su alrededor.
Él le apresó con suavidad el labio inferior y luego el superior, cuando se puso a mordisquearlos, ella sintió que vibraba de pies a cabeza. Al presionar más profundamente, él la convenció para que abriera los labios, haciéndola sentir una limpia y suave agitación desconocida. Notó la punta de su lengua, una cálida intrusión en un espacio privado que siempre había sido solo de ella. Desconcertada, y estremeciéndose de sorpresa, se abrió a él por completo.
Él separó los dedos sobre la parte posterior de su cabeza, ahuecando la mano sobre su cráneo, e interrumpió el beso para abrirse paso por su cuello. Ella empezó a jadear ante la sensación que provocaban sus labios al moverse lentamente por las zonas más sensibles, por su piel más delicada. La fricción que provocaba el húmedo terciopelo de su lengua le puso la piel de gallina. Hinata sintió como si sus huesos se licuaran, como si se hundiera en él, mientras el placer se acumulaba en la boca de su estómago.
Al llegar al punto en el que el cuello se une con el hombro, Naruto se detuvo allí, rozándolo con la lengua. Cuando empezó a usar los bordes de los dientes para pellizcar la piel suave, ella se estremeció indefensa. Él recorrió el camino a la inversa con ligeros besitos. En el momento en el que llegó a su boca otra vez, Hinata no pudo reprimir un grito de mortificante avidez. Sentía los labios hinchados y la suave presión supuso un exquisito alivio. Rodeó con los brazos el cuello de Naruto y le obligó a bajar la cabeza, instándolo a besarla con más pasión. Se atrevió a explorar su boca de la misma forma en que él exploraba la de ella mientras emitía un ronroneo con la garganta. Resultaba tan delicioso y suave, que tuvo que poner las manos a ambos lados de su cara, reclamándolo de forma más agresiva. Entonces, lo besó con más dureza, con más fuerza, disfrutando de un banquete en el interior de su deliciosa boca con una incontrolable codicia.
Naruto echó la cabeza hacia atrás con una risa ahogada al tiempo que le ponía una mano en el pelo. Estaba tan jadeante como ella.
—Hinata, cielo... —dijo con una mirada brillante en la que se mezclaban calor y diversión—. Besas como un pirata.
No le importaba.
Necesitaba más de él.
Vibraba de pies a cabeza, poseída por un hambre que no sabía satisfacer. Se apoyó en sus hombros, buscando de nuevo su boca y se arqueó hacia los duros contornos masculinos. No era suficiente... Quería aplastarlo con su cuerpo, tumbarlo en la tierra y sujetarlo allí con su peso.
Naruto mantuvo el beso bajo control, tratando de ser gentil.
—Tranquila, mi pequeña salvaje —susurró. Cuando ella se negó a calmarse, todavía temblorosa, él cedió y le ofreció lo que quería, posando la boca sobre la de ella y estimulando el placer con eróticos y suaves tirones.
—¡Oh, por el amor de Dios! —La exasperada voz de una mujer llegó desde cierta distancia, sorprendiendo a Hinata como si le hubieran arrojado encima un cubo de agua fría.
Era Karin, que había regresado para buscarlos. Se había quitado la túnica y estaba vestida con el traje de baño. Tenía las manos apoyadas en las delgadas caderas.
—¿Vienes a la playa —le preguntó con irritación a su hermano— o piensas seducir a la pobre chica en medio de la hondonada?
Desorientada, Hinata notó una serie de movimientos frenéticos alrededor de sus piernas. Ajax había retrocedido siguiendo a Karin y daba cabriolas a su alrededor subiendo las patas por el vuelo de su túnica.
Al sentir que estaba temblando, Naruto apartó al animal sin retirar la palma de la mano de su espalda, manteniéndola apoyada entre sus omóplatos.
—Karin, el hecho de que te pidiera que actuaras como carabina debería haberte indicado que no quería que lo fueras de verdad —contestó él con la voz serena y tranquila, a pesar de que su pecho subía y bajaba con su respiración entrecortada.
—Tampoco tengo ganas de serlo —replicó Karin—. Sin embargo, los niños están preguntando por qué tardáis tanto tiempo, y no puedo explicarles que eres una cabra libidinosa.
—No —aseveró Naruto—, porque eso te haría parecer una pedante.
Hinata se sintió perpleja ante las sonrisas que intercambiaron ambos hermanos después de aquellas palabras tan punzantes.
Karin puso los ojos en blanco antes de volverse y alejarse. Ajax la siguió con el sombrero de Hinata en la boca.
—Ese perro me va a hacer gastar una fortuna en sombreros —comentó Naruto con sequedad mientras seguía acariciándole la espalda y el cuello, acallando lentamente el frenético ritmo acelerado de su corazón.
Hinata tardó al menos medio minuto en poder hablar.
—Tu hermana nos ha visto...
—No te preocupes, no dirá una palabra a nadie. Va a pincharme sobre ello, eso sí. Ven, vamos. —Levantándole la barbilla, le robó un último beso y luego la apretó contra su costado para recorrer el resto del camino.
