Cuando salieron de la hondonada, se asomaron a un paisaje diferente a cualquier cosa que Hinata hubiera visto, salvo en fotografías o grabados. Ante ella se extendía una ancha franja de arena pálida, un océano con olas de espuma blanca y un cielo intensamente azul.

La zona de la pleamar estaba marcada por las dunas, que permanecían ancladas por una vegetación baja y por plantas con flores puntiagudas. Hacia el oeste, la arena se mezclaba con grava y guijarros antes de llegar al acantilado de caliza que bordeaba el promontorio. El aire estaba lleno del rítmico colapso de las olas, así como el suave movimiento de los juncos en el agua. Un trío de gaviotas picoteaban un poco de comida, que se disputaban con agudos gritos.

No se parecía a Hampshire o Londres. De hecho, ni siquiera parecía Inglaterra.

Karin y los dos niños estaban en la orilla, concentrados en desenrollar la cuerda de una cometa. Ino se mojaba los pies y, cuando los vio, corrió hacia ellos. Se había quitado los zapatos y las medias, por lo que tenía las piernas al aire por debajo de las rodillas. Su cabello rubio estaba recogido en una trenza que colgaba por encima de su hombro.

—¿Te gusta la cala? —preguntó Ino, señalando el entorno con un gesto.

Hinata asintió; de hecho estaba asombrada por el paisaje, que observaba sin descanso.

—Te enseñaré dónde dejar la túnica. —Ino la condujo a una caseta de baño portátil que habían dejado cerca de una duna. Se trataba de un pequeño cubículo cerrado con altas ruedas y unos escalones que llevaban hasta la puerta. En una de las paredes exteriores había unas escaleras plegables.

—Las había visto en imágenes —comentó Hinata, mirando de forma dubitativa aquel artilugio—, pero jamás he estado dentro de una.

—No la usamos nunca, a menos que tengamos invitados. Entonces la enganchamos a un caballo para acercarla a la orilla. De esa forma, la dama en cuestión puede introducirse en el océano por el otro lado sin que nadie la vea. Es una molestia estúpida, ya que el traje de baño cubre tanto como otro vestido cualquiera. —Ino abrió la puerta de la caseta—. Puedes dejar ahí tus cosas.

Cuando Hinata entró en el cubículo, vio que estaba provisto de estantes y una fila de ganchos. Se quitó las zapatillas de lona, la bata y las medias. Al salir al exterior vestida con el traje de baño, con la faldita y el pantalón que dejaban al aire los tobillos y los pies, se puso tan roja como si estuviera desnuda. Por suerte, Naruto había ido a ayudar a volar la cometa y estaba a cierta distancia con los dos niños.

Ino sonrió y movió un pequeño cubo metálico.

—Venga, vamos a buscar conchas.

Mientras se acercaban a la orilla, a Hinata la sorprendió la sensación que provocaba la arena calentada por el sol bajo las plantas de sus pies, y cómo se deslizaba entre sus dedos. Cuando estaban más próximas al océano, la arena estaba mojada y era más firme. Se detuvo para mirar el rastro de huellas por encima del hombro.

Entonces, saltó hacia delante sobre un solo pie durante unos metros y se volvió para estudiar sus pasos.

En ese momento, Mangetsu corrió hacia ellas con algo encerrado entre sus manos ahuecadas, con Ajax trotando tras él.

—Hinata, pon la mano.

—¿Qué es?

—Un cangrejo ermitaño.

Ella expuso la palma de la mano con cautela, y el niño depositó encima un objeto redondo, una concha del tamaño de la punta de su dedo pulgar. Poco a poco, surgió del interior un conjunto de garras diminutas seguido por unas antenas tan delgadas como un hilo y unos ojos negros que parecían cabezas de alfiler.

Hinata inspeccionó la pequeña criatura antes de devolvérsela a Mangetsu.

—¿Hay muchos en el agua? —preguntó. A pesar de que un solo cangrejo ermitaño resultaba adorable, no quería vadear el agua por encima de un montón de ellos.

Una sombra cruzó sobre ella y un par de pies masculinos desnudos entró en su campo de visión.

—No —fue la tranquilizadora respuesta de Naruto—. Viven debajo de las piedras, en la grava que hay al otro lado de la cala.

—Mamá me ha dicho que tengo que devolverlo allí más tarde —explicó Mangetsu—. Pero antes le voy a construir un castillo de arena.

—Yo te ayudaré —le dijo Ino, arrodillándose para llenar el cubo con arena húmeda—. Ve a buscar más cubos y palas a la caseta. Hinata, ¿nos echas una mano?

—Sí, pero... —Hinata echó un vistazo a las agitadas olas que rompían formando guirnaldas de espuma en la orilla—. Si es posible, antes me gustaría explorar un poco.

—Por supuesto —repuso Ino mientras usaba las dos manos para llenar el cubo de arena—. No tienes que pedirme permiso.

Hinata se sentía a la vez divertida e irritada.

—Después de estar un año siguiendo las instrucciones de lady Senju, me siento como si debiera pedir permiso para hacer cualquier cosa. —Miró a Karin, que estaba por lo menos a diez metros, mirando el mar. Era evidente que no podía importarle menos lo que ella quisiera hacer.

Naruto siguió el rumbo de su mirada.

—Tienes permiso de Karin —aseguró en tono seco—. Te acompañaré a dar un paseo.

Después del encuentro anterior, Hinata seguía sintiéndose tímida mientras lo acompañaba por la arena fría y compacta. Sus sentidos estaban viéndose desbordados por una avalancha de imágenes, sonidos y sensaciones. Cada vez que llenaba los pulmones, sentía que el aire vivificante le dejaba sabor a sal en los labios. Más lejos, el viento formaba olas más grandes, adornadas por volantes de espuma blanca. Hizo una pausa para mirar el vasto azul infinito, y trató de imaginar lo que podía haber oculto en sus misteriosas profundidades, desde naufragios y ballenas hasta otras criaturas exóticas. Se estremeció y se inclinó para recoger una pequeña concha en forma de copa que se había incrustado parcialmente en la arena.

—¿Qué es esto? —preguntó, frotando con el pulgar la rugosa superficie de rayas grises antes de mostrársela a Naruto.

—Una concha de lapa.

Encontró otra cáscara, esta vez más redonda y estriada.

—¿Y esta? ¿Es una vieira?

—No, es una almeja. Se diferencian en la línea de la bisagra. La vieira tiene un triángulo a cada lado.

Hinata siguió recogiendo conchas —caracoles de mar, mejillones, ermitaños— y se las daba a Naruto, que las guardaba en uno de los bolsillos del pantalón. Se fijó en que él había doblado el borde de los pantalones hasta la mitad de las pantorrillas, y que estas estaban cubiertas por un brillante vello rubio.

—¿No tienes traje de baño? —se atrevió a preguntar con timidez.

—Sí, pero no es apto para estar en compañía femenina. —Ella le lanzó una mirada interrogativa—. Los bañadores masculinos no son como los que usan Nagato y Mangetsu. Consiste en un pantalón corto de franela que se asegura a la cintura con una cuerda. Cuando se moja, deja tan poco a la imaginación, que es como si no se llevara nada. La mayoría de los hombres de la finca no nos molestamos en usarlos cuando vamos a nadar.

—¿Nadas desnudo? —preguntó Hinata, tan nerviosa que se le cayó una concha de los dedos.

Naruto se inclinó para recuperarla.

—Por supuesto, no cuando hay damas presentes. —Sonrió al ver que se ponía roja—. Acostumbro a ir por las mañanas.

—El agua debe de estar helada.

—Lo está. Sin embargo, bañarse en el mar frío tiene sus beneficios. Entre otras cosas, estimula la circulación.

La idea de que él pudiera nadar sin ropa afectaba, sin duda, a su circulación. Se acercó a la orilla del agua, donde la arena era más brillante. Allí estaba tan anegada de agua que era imposible dejar huella; en cuanto daba un paso, el limo fluía en la depresión. Se acercó una ola hasta rozarle los dedos de los pies. Notó el frío cortante, pero dio unos pasos hacia delante. La siguiente ola subió por encima de sus tobillos hasta casi las rodillas en un recorrido frío y burbujeante. Soltó un pequeño chillido seguido de una risa ante la sensación. La ola retrocedió y ella avanzó un poco más.

A medida que el agua se retiraba en un largo trazo, arrastrando con ella la arena, Hinata tuvo la sensación de estar deslizándose hacia atrás a pesar de estar parada. Al mismo tiempo, el mar erosionó la arena bajo sus pies, como si alguien estuviera tirando de una alfombra sobre la que estaba de pie.

El suelo se inclinó bruscamente y Hinata se tambaleó, perdiendo el equilibrio. La sujetaron por detrás un par de manos fuertes. En un instante, se encontró recostada contra el duro y cálido pecho de Naruto, que había abierto las piernas a ambos lados de ella. Oyó su voz de barítono, pero él se había inclinado sobre su oído malo y el sonido de las olas amortiguaba sus palabras.

—¿Q... qué? —preguntó, girando la cabeza hacia un lado.

—He dicho que yo te sujeto —murmuró Naruto en su otra oreja. El roce de sus labios en el delicado borde exterior hizo que la recorriera un escalofrío—. Debería haberte avisado. Cuando las olas se retiran, pueden hacer que parezca que estás en movimiento aunque estés parada.

Al ver que se acercaba otra ola, Hinata se puso tensa y apretó la espalda contra él con más fuerza. Se sintió vagamente irritada al sentir su risa.

—No dejaré que te caigas. —La rodeó de forma segura con los brazos—.Relájate.

La sostuvo mientras la ola rompía y subía alrededor de sus piernas, llevando consigo remolinos de arena y conchas. Cuando el agua se retiró, Hinata consideró huir a una posición donde no llegara el agua, pero resultaba tan agradable apoyarse contra el poderoso cuerpo de Naruto que vaciló y, al instante, se acercó otra ola. Se agarró a su brazo con fuerza, y él los apretó sobre su cintura, intentando tranquilizarla. Las aguas subieron y rompieron a su alrededor con un sonido tintineante, que fue seguido por un susurro cuando la resaca las alejó. Una y otra vez, con un ritmo hipnótico. Poco a poco, su respiración se volvió profunda y regular.

La experiencia comenzó a parecerle mágica. El mundo se había convertido en un lugar donde solo había frío, calor, sol, arena, olor a sal y minerales. El torso de Naruto formaba una pared de músculos a su espalda. Él se inclinaba un poco para afianzarse y mantener el equilibrio, dejándola a salvo. La mente de Hinata se llenó de pensamientos al azar, como ocurría también por las mañanas, cuando se encontraba entre el sueño y la vigilia. La brisa llevó hasta ellos el sonido de la risa de los niños, los ladridos del perro, las voces de Karin e Ino, pero todos parecían muy lejos de lo que estaba ocurriéndole.

Olvidándose por completo de sí misma, Hinata dejó caer hacia atrás la cabeza, contra el hombro de Naruto.

—¿Qué tipo de pegamento usa Nagato? —preguntó ella con languidez.

—¿Pegamento? —repitió él un momento después, con la boca pegada a su sien y rozándola con suavidad.

—En las cometas.

—Ah... —Hizo una pausa mientras se retiraba una ola—. Creo que cola para madera.

—No es lo suficientemente fuerte —le confió Hinata, con un aire relajado y pensativo—. Debería utilizar pegamento de cromo.

—¿Dónde puede encontrarlo? —preguntó él, acariciándole el costado.

—Puede hacerlo cualquier farmacéutico. Una parte de ácido de cromo y cinco de gelatina.

—¿Tu mente no descansa nunca, cariño? —La sorpresa era patente en su voz.

—Ni siquiera para dormir —confesó ella.

Naruto la sostuvo durante otra ola.

—¿Cómo sabes tanto de pegamento?

El agradable trance empezó a desvanecerse mientras Hinata consideraba qué responderle.

Al ver su larga vacilación, Naruto inclinó la cabeza para lanzarle una mirada de soslayo.

—Supongo que el tema del pegamento es complicado.

«Voy a tener que decírselo en algún momento —pensó ella—. Bien podría ser ahora.»

Respiró hondo.

—Diseño y construyo juegos de mesa —soltó—. He investigado todos los tipos posibles de pegamento para tenerlos en cuenta en la fabricación. No solo cuál es el mejor tipo para las cajas, sino también para adherir las litografías a las juntas y tapas. He registrado una patente del primer juego, y tengo intención de solicitar dos más.

Naruto absorbió la información en un tiempo notablemente corto.

—¿Has considerado vender las patentes a un fabricante?

—No, quiero construirlos yo. En mi propia fábrica. Tengo un programa de producción. La primera remesa saldrá por Navidad. Mi cuñado, el señor Taruho, me ha ayudado a elaborar un plan de negocios. El mercado de los juegos de mesa es bastante nuevo y cree que mi empresa puede tener éxito.

—Estoy seguro de que así será. Sin embargo, una joven de tu posición no necesita ganarse la vida.

—Quiero ser autosuficiente.

—Sin duda la seguridad del matrimonio es preferible al trabajo de ser propietaria de una empresa.

Hinata se volvió hacia él.

—No si «seguridad» significa ser propiedad de otra persona. Tal y como está ahora mi situación, tengo libertad para trabajar y mantener mis ingresos. Pero si me caso contigo, todo lo que tengo, incluyendo mi empresa, pasaría a ser tuyo. Tendrías plena autoridad sobre mí. Cada chelín que ganara iría directamente a tus manos sin pasar por las mías. Nunca podría firmar un contrato, contratar a mis empleados o comprar una propiedad. Ante los ojos de la ley, marido y mujer son una sola persona, y esa persona es el marido. No puedo soportar esa idea. Por eso no quiero casarme.

El discurso era asombroso. Era, con creces, la conversación más transgresora que Naruto hubiera oído nunca a una mujer. En cierta forma, era todavía más impactante que cualquier palabra y los actos más provocativos de su amante.

En nombre de Dios, ¿en qué había estado pensando la familia de Hinata para animar sus ambiciones? De acuerdo, era necesario para una viuda de clase media sacar adelante un negocio heredado de su difunto marido, o para una modista o una costurera administrar su propia tienda. Pero era poco menos que impensable cuando se trataba de la hija de un noble.

Una ola se precipitó sobre Hinata desde atrás y la impulsó contra él. Naruto la estabilizó, sujetándola con las manos en la cintura. Cuando el agua se retiró, le puso una mano en la parte baja de la espalda y la condujo de nuevo hacia la orilla, donde estaban sentadas sus hermanas.

—Una esposa intercambia su independencia a cambio de la protección y el apoyo de un marido —dijo, con la mente llena de preguntas y argumentos—. Ese es el propósito del matrimonio.

—Creo que sería ya no tonta, sino estúpida, si doy el visto bueno a una negociación en la que quedaría en peor situación que antes.

—¿Cómo vas a estar peor? Hay poca libertad en las largas horas de trabajo y en estar constantemente preocupada por las ganancias y gastos. Como mi esposa, disfrutarías de seguridad y confort. Poseo una fortuna de la que podrías disponer como desearas. Tendrías tu propio carruaje y conductor, una casa llena de sirvientes que te facilitarían la vida. Tu posición social sería la envidia de cualquier mujer. No puedes pasar por alto todo eso para centrarte en aspectos técnicos.

—Si fueran tus derechos legales los que estuvieran en juego —argumentó Hinata—, no los descartarías como unos aspectos técnicos sin importancia.

—Pero tú eres una mujer.

—¿Eso significa que soy inferior?

—No —respondió Naruto con rapidez. Había sido criado para respetar la inteligencia femenina. En su casa, su madre poseía tanta autoridad como su padre—. Cualquier hombre que prefiera pensar que las mujeres tienen un cerebro inferior está subestimándolas. Sin embargo, la naturaleza impone algunas cuestiones domésticas, haciendo que las mujeres den a luz los niños. Dicho eso, creo que ningún hombre tiene derecho a convertir su matrimonio en una dictadura.

—Pero lo hacen. De acuerdo con la ley, un marido puede comportarse como le plazca.

—Cualquier hombre decente trata a su esposa como una socia, como es el caso de mis padres.

—No me cabe duda —aseveró Hinata—. Pero ese es el espíritu de su matrimonio, no la realidad jurídica. Si tu padre decidiera tratar injustamente a tu madre, nadie podría detenerlo.

—Yo no se lo permitiría, maldición. —Naruto notó con irritación que se le contraía un músculo de la barbilla.

—Pero ¿por qué el bienestar de tu madre debería estar o dejar de estar a su merced? ¿Por qué no puede tener el derecho a decidir cómo quiere ser tratada?

Naruto quiso discutir la posición de Hinata, señalarle la rigidez y escaso sentido práctico de su argumento. También estaba a punto de preguntarle por qué millones de mujeres habían aceptado de buen grado la unión matrimonial que ella encontraba tan ofensiva.

Pero no podía hacerlo. Por mucho que odiara admitirlo... Su lógica tenía sentido.

—No estás... Equivocada por completo —se obligó a decir, casi atragantándose con las palabras—. Sin embargo, independientemente de la ley, todo se reduce a una cuestión de confianza.

—Pero estás diciéndome que debería confiar en un hombre durante toda mi vida, que sea él quien tome la decisión sobre de qué forma deberían fabricarse mis juegos, cuando preferiría hacerlo yo. ¿Por qué debería ceder? —preguntó Hinata, con sincero desconcierto.

—Porque el matrimonio es algo más que un acuerdo legal. Se trata de compañerismo, de seguridad, deseo, amor... ¿Es que ninguna de esas cosas es importante para ti?

—Lo son —replicó Hinata, bajando la mirada al suelo—. Por eso nunca podría sentirlas por un hombre si yo fuera de su propiedad.

«Bueno... ¡Joder!»

Las objeciones que tenía Hinata al matrimonio eran mucho más profundas de lo que él había imaginado. Había asumido que se trataba de una inconformista, pero era una maldita insurrecta.

Casi habían llegado junto a sus hermanas, que estaban sentadas en la arena, mientras Nagato y Mangetsu se habían alejado a llenar los cubos con más arena húmeda.

—¿De qué estáis hablando? —preguntó Ino a Naruto.

—Es algo privado —replicó él de forma cortante.

Karin se inclinó hacia Ino.

—Creo que nuestro hermanito está teniendo un momento de iluminación —le dijo en voz baja.

—¿De verdad? —Ino observó a Naruto como si fuera una forma particularmente interesante de vida salvaje que quisiera salir de su caparazón.

Naruto le lanzó una mirada llena de ironía antes de concentrar su atención en la cara rebelde de Hinata. Le tocó el codo y la llevó a un lado.

—Voy a averiguar cuáles son las opciones legales —murmuró—. Es posible que haya algún resquicio que permita que una mujer casada sea dueña de un negocio sin que tenga que estar controlada por su marido.

Para mayor irritación, Hinata no pareció nada impresionada ni pareció reconocer lo enorme de su concesión.

—No lo hay —aseguró con rotundidad—. Pero incluso si lo hubiera, todavía me encontraría en peores condiciones que si no me hubiera casado.

Durante la hora siguiente, el tema de los negocios de Hinata con los juegos de mesa quedó olvidado mientras construían castillos de arena. Se detuvieron de forma periódica a saciar su sed con las jarras de agua fría y limonada que habían enviado desde la casa.

Hinata se entregó al proyecto con entusiasmo, consultando en todo momento a Mangetsu, que había decidido que el castillo debía de tener un foso, torres cuadradas en las esquinas, una puerta de entrada con puente levadizo y muros con almenas, desde las que los ocupantes podrían tirar agua hirviendo o alquitrán fundido para frenar el avance enemigo.

Naruto, que era el encargado de cavar el foso, lanzó frecuentes miradas a Hinata, que parecía tener la energía de diez personas. Su rostro brillaba por debajo del maltratado sombrero de paja, que habían conseguido quitarle a Ajax.

Estaba sudorosa y cubierta de arena, y algunos mechones de pelo se le habían soltado y le caían por el cuello y la espalda. Aquella mujer de pensamientos y ambiciones radicales jugaba con la intensidad de una niña inconsciente. Era hermosa, compleja, frustrante... Nunca había conocido a una mujer tan resuelta y segura de sí misma.

¿Qué demonios iba a hacer con ella?

—Quiero decorar el castillo con conchas y algas —dijo Ino.

—Vas a conseguir que parezca el castillo de una chica —protestó Mangetsu.

—Es que el cangrejo podría ser una cangreja —señaló Ino.

Mangetsu se quedó claramente consternado ante tal sugerencia.

—¡No lo es! ¡No es una chica!

—Hermana, definitivamente es un cangrejo macho —intervino Nagato al ver el disgusto del pequeño.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Ino.

—Porque él... Porque... —Nagato hizo una pausa para pensar una explicación.

—Porque... —intervino Hinata en tono confidencial, bajando la voz—. Mientras estábamos planeando el diseño del castillo, el cangrejo me preguntó discretamente si podíamos incluir una sala de fumadores. Yo me quedé un poco sorprendida, pues lo consideraba demasiado pequeño para tal vicio, pero ese detalle no deja duda alguna sobre su masculinidad.

Mangetsu la miró embelesado.

—¿Qué más te dijo? —exigió—. ¿Cómo se llama? ¿Le gusta el castillo? ¿Y el foso?

Hinata hizo una descripción detallada sobre la conversación que había mantenido con el cangrejo, informando que se llamaba Shelley, como el poeta, cuya obra admiraba. Era un crustáceo muy viajado, que había llegado desde tierras lejanas aferrado a la pata de una gaviota, a la que no le gustaba el marisco y prefería comer avellanas y pan rallado. Un día, la gaviota —que poseía el alma de un actor de teatro de la época isabelina— había llevado a Shelley a ver Hamlet en el teatro de Drury Lane. Durante la actuación, se había posado en un tejado y se habían pasado todo el segundo acto jugando con una gárgola. Shelley había disfrutado mucho de la experiencia, pero no tenía vocación para seguir la carrera teatral, porque las calientes luces del escenario casi lo habían dejado frito.

Naruto dejó de cavar y escuchó, transportado y maravillado por la fantástica imaginación de Hinata. En menos de nada, había creado un mundo de fantasía en el que los animales hablaban y era posible cualquier cosa. Se había quedado prendado por ella de una forma que estaba fuera de toda razón, y mientras la miraba —despeinada, llena de arena mientras narraba como una sirena—, le pareció que era suya y, sin embargo, no tenía nada que ver con él. El corazón se le aceleró con un ritmo extraño, como si estuviera luchando para adaptarse a una nueva marca de metrónomo.

¿Qué estaba pasándole?

Las reglas de la lógica que siempre habían regido su vida le habían llevado a la conclusión de que casarse con lady Hinata Hyuga era el único resultado aceptable. No estaba preparado para esa chica, para esa sensación, para esa irritante incertidumbre de que Hinata podría no acabar con la única persona que tenía que estar con ella.

Pero ¿cómo demonios podía conseguir que el matrimonio fuera una perspectiva agradable para ella? No tenía ningún deseo de intimidarla, y dudaba de que fuera posible. Tampoco quería despojarla de sus opciones.

Quería que lo eligiera. ¡Maldición!, no disponía de tiempo. Si no se habían comprometido ya cuando regresaran a Londres, el escándalo estallaría con toda su fuerza, y los Hyuga tendrían que actuar. Hinata seguramente abandonaría Inglaterra y establecería su residencia en algún lugar en el que pudiera producir sus juegos. Naruto no sentía ningún deseo de perseguirla por todo el continente o, posiblemente, hasta Estados Unidos. No, tenía que convencerla ahora para que se casara con él.

Pero ¿qué podía ofrecerle él que significara más que su libertad?

En el momento en el que terminó la historia, ya habían finalizado el castillo. Mangetsu miró al pequeño cangrejo con asombro. Exigió que Hinata le contara más aventuras de Shelley con la gaviota, y Hinata se rio.

—Mientras lo llevamos a las rocas donde lo encontrasteis —dijo ella—, te contaré otra historia. Estoy segura de que ahora echa de menos a su familia. —Se levantaron de la arena, y Mangetsu recogió con cuidado al cangrejo de su torre en el castillo. Cuando se acercaron al agua, Ajax salió de la sombra de la caseta de baño y corrió tras ellos.

—Me gusta —anunció Nagato, cuando Hinata no podía oírles. Ino sonrió a su hermano pequeño.

—La semana pasada dijiste que habías terminado con las chicas.

—Hinata es una chica distinta. No es como esas que les da miedo tocar a las ranas y que siempre están hablando de su cabello.

Naruto apenas se fijó en aquella conversación mientras clavaba los ojos en la forma cada vez más lejana de Hinata. Ella se acercó al borde de la marea, donde la arena era brillante y se detuvo a recoger una concha interesante. Al momento, vio otra, y otra... Y se agachó para cogerlas. Habría continuado así si Mangetsu no le hubiera cogido la mano y tirado de ella.

Por Dios, ella caminaba trazando círculos. Naruto sintió una punzada de ternura casi dolorosa en el pecho.

Quería que todos los círculos de Hinata la condujeran a él.

—Debemos regresar ya —comentó Karin—. Si no, no nos va a dar tiempo de lavarnos y vestirnos para la cena.

Ino se levantó y se miró con una mueca las manos y los brazos cubiertos de arena.

—Estoy llena de arena y pegajosa de pies a cabeza. Antes de irnos voy a aclararme lo que pueda en el mar.

—Yo voy a recoger las cometas y los cubos —dijo Nagato.

Karin esperó hasta que sus hermanos pequeños desaparecieron antes de hablar.

—He oído parte de tu conversación con Hinata —dijo—. Vuestras voces llegaban con la brisa.

Melancólico, Naruto se inclinó para colocarle el sombrero.

—¿Y qué opinas, cardenal? —Era un apodo que solo utilizaban él y su padre.

Karin alisó una de las paredes del castillo con la palma de la mano mientras fruncía el ceño pensativa.

—Creo que si querías un matrimonio pacífico y un hogar ordenado, deberías habérselo propuesto a cualquiera de las debutantes insulsas que te han perseguido durante años. Como bien ha dicho Nagato, Hinata es una chica diferente. Es extraña y maravillosa. Y me atrevería a decir que impredecible. —Se interrumpió cuando lo vio observando la lejana figura de Hinata—. Idiota, ni siquiera estás escuchándome. Ya has decidido casarte con ella y al infierno con las consecuencias.

—Ni siquiera es una decisión —replicó Naruto, de malos modos—. No se me ocurre ni una buena razón para justificar por qué la deseo tanto.

Karin sonrió, mirando hacia el agua.

—¿Alguna vez te conté lo que me dijo Suigetsu cuando me propuso matrimonio, aun sabiendo que tendríamos poco tiempo? «El matrimonio es un asunto demasiado importante para decidirlo siguiendo la razón.» Y estaba en lo cierto, por supuesto.

Naruto tomó un puñado de arena seca y caliente, y dejó que se escurriera entre sus dedos.

—Los Hyuga pronto se encontrarán con un escándalo que la obligará a casarse. Y como bien has escuchado, se opone, no solo a mí, sino a la institución del matrimonio en sí misma.

—¿Cómo alguien podría resistirse a ti? —preguntó Karin medio en broma medio en serio.

Él le lanzó una mirada ominosa.

—Al parecer, ella no tiene ningún problema. Mi título, mi fortuna, la finca, mi posición social... Para ella todo eso son impedimentos. Pero de alguna manera tengo que convencerla para que se case conmigo a pesar de todo eso. Y, maldita sea, ni siquiera sé quién soy sin tenerlo en cuenta —agregó con brutal sinceridad.

—¡Oh, querido...! —lo consoló Karin con ternura—. Eres el hermano que enseñó a Menma a navegar, quien le explicó a Mangetsu cómo atarse los zapatos. Eres el hombre que llevó a Suigetsu a pescar truchas cuando quiso hacerlo por última vez. —Tragó saliva y suspiró mientras clavaba los talones en la arena y empujaba los pies hacia delante, creando un par de surcos—. ¿Quieres que te diga qué problema tienes?

—¿Es una pregunta?

—Tu problema —continuó su hermana— es que se te da demasiado bien mantener esa fachada de perfección divina. Siempre has odiado que te puedan ver como un simple mortal. Pero no vas a conseguir conquistar a esa chica de esa manera. —Comenzó a sacudirse la arena de las manos—. Enséñale algún defecto para que pueda redimirte, querido. Le gustarás mucho más.