A lo largo de los dos días siguientes, lord Saint Namikaze —Naruto— no intentó besar más a Hinata. Fue un perfecto, respetuoso y atento caballero, y se aseguró de que estaban acompañados o a la vista de los demás en todo momento.
Hinata estaba muy contenta por ello.
Contentísima.
Más o menos contenta.
Hecho núm. 34: Besar es como uno de esos experimentos con la electricidad en los que se hace un nuevo y fascinante descubrimiento, pero uno acaba frito como un filete de cordero.
Aun así, no pudo evitar preguntarse por qué Naruto no había intentado volver a besarla desde el primer día.
Era cierto que, para empezar, ella no debería habérselo permitido. Lady Senju le había dicho en una ocasión que a veces un caballero ponía a prueba a una dama haciendo un avance inadecuado para juzgarla con severidad si ella no se resistía. Aunque no veía a Naruto haciendo algo por el estilo, no conocía lo suficiente a los hombres para descartar esa posibilidad por completo.
Pero la razón más consistente por la que Naruto no había tratado de besarla de nuevo era que lo hacía mal. No tenía ni idea de besar, de qué hacer con los labios o con la lengua. Sin embargo, las sensaciones habían sido tan extraordinarias que su carácter imprevisible había tomado el mando y, prácticamente, se había abalanzado sobre él. Entonces, Naruto la había llamado pirata, lo que la había desconcertado todavía más. ¿Lo había hecho de forma despectiva? Lo cierto era que no había sonado exactamente como una queja, aun así, ¿podía tomarlo como un cumplido?
Hecho núm. 35: No existe ninguna lista de cualidades femeninas que incluya la frase «besas como un pirata».
Aunque se sentía mortificada y a la defensiva cada vez que pensaba en el besástrofe, Naruto se había comportado de forma tan encantadora durante los últimos dos días que no pudo evitar disfrutar de su compañía. Habían pasado mucho tiempo juntos, hablando, caminando, montando a caballo, jugando al tenis, al croquet y a otras actividades al aire libre, aunque siempre en compañía de otros miembros de la familia.
De alguna forma, Naruto le recordaba a Neji, con el que parecía haber hecho buenas migas. Los dos hombres eran de mente ágil e irreverente, y tendían a ver el mundo con una mezcla de ironía y pragmatismo. Pero mientras que su primo Neji era espontáneo y, en ocasiones, volátil, Naruto era más cuidadoso y considerado, y su carácter estaba templado con una madurez que resultaba rara en un hombre relativamente joven.
Como hijo mayor del duque, Naruto era el futuro de los Namikaze, la persona sobre la que recaería la finca, el título y las propiedades de la familia. Estaba bien educado, poseía una compleja comprensión de las finanzas y las transacciones comerciales, y un exhaustivo conocimiento de la gestión de inmuebles. En esa época de desarrollo industrial y tecnológico, la nobleza no podía permitirse el lujo de depender del rendimiento de sus tierras. Cada vez se conocían más casos de nobles empobrecidos porque no habían sido capaces de adaptarse a los nuevos avances, y ahora se veían obligados a abandonar sus tierras y vender sus propiedades.
Para Hinata no cabía duda de que Naruto superaría los desafíos de aquel mundo en constante cambio. Era astuto, inteligente, tenía la cabeza fría y era un líder natural. Aun así, pensó, debía de ser difícil para cualquier hombre vivir bajo el peso de esas expectativas y responsabilidades. ¿Alguna vez le preocuparía cometer algún error, hacer una tontería o mostrar algún defecto?
El tercer día de la visita, Hinata pasó la tarde en el recinto de tiro con arco de la finca, donde disfrutó de la compañía de Hanabi, Nagato e Ino. Cuando se dieron cuenta de que era hora de entrar y cambiarse para la cena, el grupo recogió sus flechas en la fila de objetivos, que tenían a la espalda unos montículos cubiertos de hierba.
—No te olvides —advirtió Ino— de que la cena de hoy es un poco más formal de lo habitual. Hemos invitado a dos familias locales a acompañarnos.
—¿Muy formal? —preguntó Hanabi, preocupada—. ¿Qué vas a ponerte tú?
—Bueno —dijo Nagato, pensativo, como si la pregunta fuera dirigida a él—, pensaba recurrir a los pantalones de pana negra y el chaleco con botones dorados...
—¡Nagato! —exclamó Ino con fingida solemnidad—. No es el mejor momento para bromear. La moda es un asunto muy serio.
—No sé por qué las chicas cambian la moda cada pocos meses y hacen tanto alboroto sobre ello —reflexionó Nagato—. nosotros, los hombres, tuvimos una reunión hace mucho tiempo y decidimos ponernos pantalones. Y eso es lo que hemos usado desde entonces.
—¿Y qué pasa con los escoceses? —preguntó con malicia Ino.
—No consiguieron dejar de ponerse faldas —explicó Nagato, razonable—, porque se habían acostumbrado a sentir un remolino de aire alrededor de las...
—... rodillas —interrumpió Naruto con una amplia sonrisa, revolviendo el brillante pelo rojo de Nagato—. Ya te recojo yo las flechas, pequeño. Ve a casa y ponte los pantalones de pana.
Nagato sonrió a su hermano y salió corriendo.
—Vamos, deprisa —le dijo Hanabi a Ino—, tenemos el tiempo justo para que te enseñe mi vestido.
Hanabi echó una mirada de preocupación al objetivo al que había disparado, donde todavía seguían clavadas sus flechas.
—Yo recogeré tus flechas —intervino Hinata—. Nunca necesito más que unos minutos para cambiarme para la cena.
Hanabi sonrió y le lanzó un beso antes de correr hacia la casa acompañada de Ino.
—¡Las damas no galopan como caballos! —gritó Hinata con una sonrisa, ahuecando las manos alrededor de la boca e imitando a lady Senju.
—¡Y las damas no chillan como buitres! —replicó Hanabi en la distancia.
Riendo, Hinata se volvió y se encontró la intensa mirada de Naruto clavada en ella. Parecía fascinado por... algo. Aunque ella no alcanzaba a imaginar qué encontraba tan interesante en ella. Inconscientemente, se pasó los dedos por las mejillas, preguntándose si tendría alguna mancha.
Naruto sonrió con aire ausente, antes de encogerse de hombros.
—¿Estaba mirándote con demasiada intensidad? Perdona. Es que adoro la forma en que te ríes.
Hinata se sonrojó hasta la raíz del pelo. Se dirigió al objetivo más cercano y comenzó a arrancar las flechas clavadas.
—Por favor, no me halagues.
Naruto se dirigió a la diana siguiente.
—¿No te gustan los halagos?
—No, me hacen sentir incómoda. Me da la impresión de que no son sinceros.
—Quizá no te lo parezcan, pero eso no quiere decir que no lo sean. —Después de meter las flechas en un carcaj de cuero, Naruto se acercó para ayudarla con las de ella.
—En este caso —dijo Hinata—, definitivamente no son ciertos. Mi risa suena como una rana dando una serenata en una puerta oxidada.
Naruto sonrió.
—Como campanas plateadas en una brisa de verano.
—No suena así ni en broma —se burló Hinata.
—Pero eso es lo que me haces sentir. —La nota íntima que detectó en su voz hizo vibrar todas sus terminaciones nerviosas.
Negándose a mirarlo, Hinata fue a buscar más flechas. Los disparos se habían clavado tan profundamente que las varillas estaban encajadas entre el relleno de haces de lino y virutas. Ese había sido el objetivo de Naruto, por supuesto. Había lanzado las flechas con una facilidad casi indiferente, acertando en el centro dorado cada vez.
Hinata retorció las flechas para liberarlas, intentando no romper las varillas de álamo. Después de sacar la última y entregársela a Naruto, comenzó a quitarse el guante, que consistía en una pieza de cuero con vainas para los dedos que se unían por algunas correas planas que acababan ajustándose alrededor de la muñeca.
—Eres un tirador excelente —dijo ella mientras intentaba soltar la rígida hebilla.
—Años de práctica. —Naruto se acercó para ayudarla con la correa.
—Y bastante capacidad natural —añadió Hinata, negándose a permitir que fuera modesto—. De hecho, parece que lo haces todo a la perfección. —Ella se mantuvo inmóvil mientras él alcanzaba el otro guante—. Supongo que es lo que la gente espera de ti —añadió vacilante.
—No mi familia. Pero el mundo exterior... —Naruto vaciló—. La gente tiende a anotar mis errores y a recordarlos.
—¿Te consideran en un nivel superior? —aventuró Hinata—. ¿Debido a tu posición y tu apellido?
Naruto le lanzó una mirada evasiva, y supo que era reacio a decir nada que pudiera sonar una protesta.
—He descubierto que es mejor tener cuidado y no revelar mis debilidades.
—¿Tienes debilidades? —preguntó Hinata con fingida sorpresa, solo medio en broma.
—Muchas —confesó Naruto con tristeza. Con cuidado, sacó una flecha y la dejó caer en el carcaj.
Estaban tan cerca que Hinata podía ver los pequeños hilos plateados estriados que había en las traslúcidas profundidades de sus iris.
—Cuéntame lo peor de ti mismo —le pidió de forma impulsiva.
Vio que una expresión extraña atravesaba la cara de Naruto, parecía incómodo y casi... ¿avergonzado?
—Lo haré —aseguró él en voz baja—, pero prefiero hacerlo más tarde, en privado.
El enfermo peso del miedo se instaló en la parte baja de su estómago. ¿Sería verdad la peor de sus sospechas sobre él?
—¿Tiene algo que ver con las mujeres? —se vio impulsada a preguntar mientras el pulso acelerado le golpeaba con rapidez en la base de la garganta y en las muñecas.
Él la miró de soslayo.
—Sí.
¡Oh, Dios, no, no!
—¡Lo sabía! ¡Tienes sífilis! —espetó, demasiado enfadada para contener la lengua.
Naruto la miró sorprendido. Tan sorprendido que el carcaj de flechas se le cayó al suelo con estrépito.
—¿Qué?
—Sabía que, a estas alturas, tenías que haberla pillado ya —añadió Hinata distraídamente, mientras se desplazaba al blanco más cercano, que estaba detrás de un montículo de tierra, donde quedaban ocultos de la vista de la casa—. Y Dios sabe cuántos tipos. El mal inglés, el francés, el de Baviera, el turco...
—Hinata, espera un momento. —Naruto hizo un leve movimiento para captar su atención, pero las palabras surgieron a borbotones.
—... el español, el alemán, el australiano...
—Jamás he tenido sífilis —la interrumpió él.
—¿Cuál de ellas?
—Todas.
Ella abrió mucho los ojos.
—¿Las has tenido todas?
—No, ¡maldita sea! —Naruto se interrumpió y, volviéndose, empezó a toser, o al menos le temblaban los hombros. Cuando lo vio subir la mano para cubrirse los ojos, pensó con una punzada de horror que estaba llorando. Pero, al instante,se dio cuenta de que estaba riéndose. Cada vez que él miraba su expresión indignada, comenzaba una nueva ronda de carcajadas incontenibles. Hinata se vio obligada a esperar, molesta de ser objeto de hilaridad mientras luchaba por controlarse.
Por fin, Naruto se tranquilizó un poco.
—No he tenido ninguna. Y solo existe una clase de sífilis.
Hinata sintió una oleada de alivio que barrió cualquier irritación.
—Entonces ¿por qué la llaman de tantas formas diferentes?
La risa de Naruto se calmó con una última respiración entrecortada, y luego se secó las esquinas húmedas de los ojos.
—Los ingleses comenzaron a llamarla el mal francés cuando estábamos en guerra con ellos. Naturalmente, nos devolvieron el favor, refiriéndose a ella como el mal inglés. Dudo que alguien la haya llamado el mal de Baviera, pero si lo hizo alguien, habrán sido los austríacos. La cuestión es que no la tengo porque siempre he usado protección.
—¿Eso qué significa?
—Que he utilizado profilácticos. Vísceras de ovis aries. —Su tono se había vuelto algo cáustico—. Cartas francesas, capuchón inglés, baudruches... Elige el nombre que quieras.
Hinata se sintió desconcertada al oír la palabra francesa, que le resultaba familiar.
—¿Baudruche no es la tela hecha de... er... tripas de oveja... que se utiliza para fabricar globos de aire caliente? ¿Qué tienen que ver los globos de ciego de oveja con la protección ante la sífilis?
—No es un globo de tripa de oveja —replicó él—. Te lo explicaré cuando pienses que estás preparada para ese nivel de detalle anatómico.
—Da igual —repuso ella con rapidez; no tenía ganas de avergonzarse más.
Naruto hizo un lento movimiento de cabeza.
—¿Cómo demonios se te ha ocurrido que tenía sífilis?
—Porque eres un notorio libertino.
—No, no lo soy.
—Lord Haruno dijo que lo eres.
—Mi padre sí era un notorio libertino —informó Naruto con mal contenida exasperación—, pero eso fue antes de casarse con mi madre. Como me parezco a él, muchos han asumido que también lo soy. Además he heredado su antiguo título. Pero incluso aunque quisiera acumular legiones de conquistas amorosas, que no quiero, no tengo tiempo.
—Pero tú has conocido a muchas mujeres, ¿verdad? Me refiero al sentido bíblico.
—Define «muchas» —indicó Naruto con los ojos entrecerrados.
—No tengo un número particular en mente —protestó Hinata—. Ni siquiera lo sé.
—Di un número.
Hinata puso los ojos en blanco y suspiró como dando a entender que estaba siguiéndole la corriente.
—Veintitrés.
—Bien, pues conozco a menos de veintitrés mujeres en el sentido bíblico —repuso Naruto con prontitud. Parecía pensar que eso pondría fin a la discusión—. Ahora, creo que hemos pasado suficiente tiempo en la pista del tiro con arco. Regresemos a la casa.
—¿Has estado con veintidós mujeres? —insistió Hinata, negándose a moverse.
Por la cara de Naruto pasaron una rápida sucesión de emociones: irritación, diversión, deseo, advertencia.
—No.
—¿Veintiuna?
Hubo un momento de quietud absoluta. Después, algo pareció romperse en el interior de Naruto. Se abalanzó sobre ella con una especie de deleite depredador, y se apoderó de su boca. Ella chilló de sorpresa, intentando zafarse de su abrazo, pero él la sujetó con facilidad con aquellos músculos tan sólidos como un roble. La besó de forma posesiva, al principio casi con violencia, y luego más gentilmente. El cuerpo de Hinata se rindió sin darle a su cerebro la oportunidad de oponerse, entregándose con impaciencia a lo que él dispusiera. La calidez y dureza masculina alimentaron un hambre desgarradora que no había sentido hasta entonces. También le proporcionó aquella sensación de cercanía —pero no lo suficientemente cerca— que recordaba de antes. ¡Oh, qué confuso era todo! Esa alocada necesidad de quitarle la ropa, de meterse debajo de su piel.
Deslizó los dedos por la áspera piel de las mejillas y la mandíbula de Naruto, por la forma ordenada de sus orejas, por la tensa suavidad del cuello. Como él no protestó, enredó los dedos en su espeso y vibrante cabello con una mueca de satisfacción. Él buscó su lengua, para juguetear con ella y acariciarla de una forma tan íntima que su corazón se aceleró hasta convertirse en un tumulto de anhelo. Un dulce y doloroso vacío que la invadía por completo. Era vagamente consciente de que iba a perder el control, de que estaba a punto de desmayarse o de agredir de nuevo a Naruto, pero se las arregló para interrumpir el beso y apartar la cara con un jadeo.
—No —dijo con un hilo de voz.
Él le rozó la barbilla con los labios, calentándole la piel con el aliento.
—¿Por qué? ¿Sigues preocupada por el mal australiano?
Poco a poco, ella se dio cuenta de que ya no estaban de pie. Naruto se encontraba sentado en el suelo con la espalda apoyada en el montículo de hierba y, ¡que el Cielo la ayudara!, ella estaba en su regazo. Miró a su alrededor con desconcierto. ¿Cómo había ocurrido eso?
—No —repuso, entre desconcertada y perturbada—, pero es que acabo de recordar que me dijiste que beso como un pirata.
Naruto la miró sin entender.
—¡Ah, eso! —recordó—. Fue un cumplido.
Hinata frunció el ceño.
—Solo sería un cumplido si yo tuviera barba y una pata de palo.
Él reprimió una sonrisa mientras le acariciaba el pelo con ternura.
—Perdona la mala elección de las palabras. Lo que quería decir era que me encanta tu entusiasmo.
—¿En serio? —Hinata se puso roja. Hundió la cabeza en su hombro—. Porque durante los tres últimos días he estado preocupada sin saber qué había hecho mal —añadió con la voz apagada.
—No, de eso nada, querida. —Naruto se incorporó un poco y la acunó contra su cuerpo—. ¿No es obvio que todo lo que haces me produce placer? —susurró al tiempo que le acariciaba la mejilla.
—¿Incluso aunque sea como un vikingo en pleno saqueo y pillaje? —preguntó ella, ominosamente.
—Mi pirata. Sí, sobre todo entonces. —Naruto desplazó los labios con suavidad por el borde de su oreja derecha—. Cielo, hay demasiadas damas respetables en el mundo. La oferta ha superado con creces a la demanda. Sin embargo, existe una terrible escasez de piratas atractivas, y tú pareces tener un don para el saqueo y el pillaje. Creo que hemos encontrado tu verdadera vocación.
—Estás burlándote de mí —supuso Hinata con resignación.
Se sobresaltó cuando él le pellizcó con los dientes el lóbulo de la oreja.
Sonriendo, Naruto le encerró la cara entre las manos y la miró a los ojos.
—Tu beso me encantó más allá de lo imaginable —susurró—. Cada noche, durante el resto de mi vida, soñaré con esa tarde en la hondonada, cuando me via tacado por una belleza de pelo negro azulado que me dejó devastado con el calor de un millón de estrellas, haciendo cenizas mi alma. Incluso cuando sea viejo y mi cerebro esté totalmente decrépito y arruinado, recordaré el dulce fuego de tus labios en los míos mientras me digo a mí mismo: «¡Menudo beso!»
«Es un demonio con lengua de plata», pensó Hinata, incapaz de reprimir una sonrisa de medio lado. El día anterior, sin ir más lejos, había oído cómo Naruto se burlaba de su padre, que era aficionado a expresarse con elaborados giros casi laberínticos en cada frase. Era evidente que aquel don lo había heredado su hijo.
Sintió la necesidad de poner un poco de distancia entre ellos, por lo que se levantó de su regazo.
—Me alegro de que no tengas la sífilis —aseguró, poniéndose en pie y alisando el salvaje desorden de sus faldas—. Y tu futura esposa, sea quien sea, sin duda se alegrará también.
El comentario no pasó desapercibido, y él le lanzó una mirada mordaz al tiempo que se incorporaba con un fluido movimiento.
—Sí —replicó con sequedad, sacudiéndose sus propios pantalones antes de pasarse la mano por las brillantes capas del pelo—. Gracias a Dios por los globos de tripa de oveja.
