Las familias de la zona que habían invitado a cenar eran bastante numerosas. En cada una había niños de diferentes edades. Fue una reunión alegre, en la que la animada conversación fluyó a lo largo de la mesa donde estaban sentados los adultos. Los niños más pequeños estaban comiendo arriba, en la habitación infantil, mientras que los que eran un poco mayores, ocupaban su propia mesa en una habitación contigua al comedor principal. El ambiente estaba acompañado por la suave música de un arpa y una flauta, interpretada por músicos locales.
La cocinera y el personal de cocina de los Namikaze se habían superado a sí mismos con una variedad de platos realizados con verduras de primavera y pescados locales. A pesar de que la cocinera de Byakugan Priory era excelente, la comida de Heron's Point era superior. Había verdura de colores cortada en juliana, tiernos corazones de alcachofa asados con mantequilla, cangrejos al vapor con salsa de borgoña blanco y trufas, y delicados filetes de lenguado recubiertos con crujiente pan rallado. Faisán con tiras de beicon en su punto, perfectamente jugoso, con una guarnición de patatas cocidas batidas con crema y mantequilla salada. Carne asada a la pimienta con crujientes. Todo fue servido en enormes fuentes y acompañado por minúsculos bollos y macarrones con gruyère al horno que ocupaban platos más pequeños.
Hinata estaba inmóvil, no solo por el temor a decir algo torpe, sino también porque estaba decidida a disfrutar de la deliciosa comida tanto como le fuera posible. Por desgracia, usar corsé era un impedimento para cualquier aficionado a la buena mesa. Ingerir un solo bocado más, una vez traspasado el punto de saciedad, causaría agudos dolores en las costillas y le dificultaría la respiración. Para la cena se había puesto su mejor vestido, confeccionado en seda teñida en el tono de moda, que recibía el nombre de Bois de Rose, una especie de rosa terroso que favorecía su tez pálida. El modelo poseía un estilo severamente sencillo, con un corpiño de corte cuadrado y faldas agrupadas en la espalda para dejar a la vista la forma de la cintura y las caderas.
Para su disgusto, Naruto no estaba sentado junto a ella como las últimas noches, sino que ocupaba un lugar en el extremo de la mesa, cerca del duque, con una matrona con su hija a ambos lados. Las mujeres se reían y conversaban con facilidad, encantadas de poseer la atención de dos hombres tan deslumbrantes.
A la delgada figura de Naruto le favorecía la ropa formal, aunque el color negro de la levita y los pantalones quedaba suavizado por el chaleco y la corbata almidonada en tonos blancos. Su apariencia era impecable, fría como el hielo y completamente controlada. La iluminación de las velas caía sobre él, arrancando chispas doradas de su pelo y creando un juego de luces y sombras en sus altos y firmes pómulos, así como en las curvas de sus labios.
Hecho núm. 63: No podría casarme con lord Saint Namikaze aunque solo fuera por su apariencia. La gente pensaría que soy poco profunda.
Recordó la erótica presión de sus labios contra los de ella tan solo dos horas antes, y se retorció un poco en la silla al tiempo que apartaba la mirada de él.
Hinata ocupaba un lugar cerca del extremo de la mesa donde estaba sentada la duquesa, entre un joven no mucho mayor que ella y un señor de edad que parecía enamorado de la duquesa y se esforzaba por monopolizar su atención. No tenía esperanza de conversar con Karin, que, sentada enfrente de ella, parecía ensimismada en sus pensamientos y apenas picoteaba su comida.
Se arriesgó a mirar al estirado joven que tenía al lado —¿cómo se llamaba? ¿Señor Arthurson? ¿Señor Arterton?—, y decidió intentar entablar conversación.
—Qué buen clima tuvimos hoy, ¿verdad? —dijo.
Él dejó su cubierto y se secó las comisuras de la boca con la servilleta antes de responder.
—Sí, muy bueno.
—¿Qué tipo de nube le gusta más? ¿Los cúmulos o los estratocúmulos? —preguntó Hinata, alentada.
Él la miró con el ceño fruncido.
—¿En qué se diferencian? —indagó él, después de una larga pausa.
—Bueno, los cúmulos son nubes mullidas, más redondeadas, como el montón de patatas que hay en mi plato. —Usando el tenedor, Hinata movió las patatas y las acumuló en el centro del plato—. Los estratocúmulos son más planas y pueden formar líneas u ondas. También pueden formar una masa grande o romperse en pedazos más pequeños.
Él la miró impasible.
—Prefiero las nubes planas que parecen una manta.
—¿Los altoestratos? —preguntó Hinata sorprendida, dejando caer el tenedor—. Pero esas son las nubes más aburridas. ¿Por qué le gustan?
—Por lo general, significan que va a llover. Me gusta la lluvia.
Eso prometía una agradable conversación.
—¡A mí también me gusta caminar bajo la lluvia! —exclamó Hinata.
—No, no me gusta caminar cuando llueve. Me gusta estar en casa. —Después de echar una mirada de desaprobación a su plato, el hombre volvió a centrarse en el suyo.
Escarmentada, Hinata emitió un suspiro silencioso. Tomó el tenedor y volvió a empujar las patatas hasta formar de nuevo un montón adecuado.
Hecho núm. 64: No uses nunca la comida para ilustrar un punto durante una charla. A los hombres no les gusta.
Cuando levantó la vista, descubrió que Karin estaba mirándola. Se preparó para un comentario sarcástico.
—Suigetsu y yo vimos una vez una nube en forma de cilindro perfecto sobre el Canal —dijo Karin con voz suave—. Era perfecta. Como si alguien hubiera enrollado una alfombra y la hubiera puesto en el cielo.
Era la primera vez que Hinata oía a Karin mencionar a su difunto marido.
—¿Os gustaba buscar formas en las nubes? —preguntó tentativamente.
—Oh, todo el tiempo. Suigetsu era muy inteligente y lograba ver delfines, barcos, elefantes y gallos. Yo nunca podía ver una forma hasta que él me la señalaba. Pero, entonces, aparecía como por arte de magia. —En los cristalinos ojos rojos de Karin apareció una infinita variación de ternura y melancolía.
A pesar de que Hinata había experimentado el dolor, tras haber perdido a sus padres y a un hermano, comprendió que lo que había sufrido Karin era un tipo diferente de pérdida. Un sufrimiento mucho más intenso.
—Parece... parecía un hombre encantador —se atrevió a decir Hinata con compasión y simpatía.
Karin sonrió y hubo un momento de muda comprensión cuando sus ojos se encontraron.
—Lo era —aseguró—. Algún día te hablaré de él.
Y, por fin, Hinata entendió adónde podía llevar una pequeña charla sobre el clima.
Una vez terminada la cena, en lugar de separarse por sexos, como era habitual, todos los invitados se retiraron junto a la sala de visitas de la casa, una amplia zona en el primer piso con grupos de mesas y sillas. Al igual que la sala de verano de la planta baja, frente al mar había una hilera de ventanas con mosquitera para tamizar la brisa. Los criados llevaron bandejas con té, platos de dulces, oporto y brandy, así como una caja de cigarros cerca del balcón por si algún caballero quería fumar. Tras la cena formal, el ambiente estaba maravillosamente relajado. De vez en cuando, alguien se acercaba al piano de pared y tocaba una melodía.
Hinata se sentó en un grupo donde también estaban Hanabi y otras jóvenes, pero se vio obligada a dejar de prestarles atención cuando unos cálidos dedos masculinos se cerraron alrededor de su muñeca.
—¿Qué estabas explicándole tan afanosamente al señor Arterson cuando colocabas las patatas con diligencia? —le dijo Naruto al oído.
Hinata se volvió y lo miró, deseando no sentir esa alegría ante el hecho de que él la hubiera buscado.
—¿Cómo te diste cuenta de lo que hacía desde el otro lado de la mesa?
—Casi me lesioné intentando ver lo que hacías y lo que decías durante toda la cena.
Mientras miraba los sonrientes ojos de Naruto, Hinata sintió como si su corazón se abriera.
—Estaba explicándole las formas de las clases de nubes con las patatas —explicó—, pero no creo que el señor Arterson apreciara mis estratocúmulos.
—Me temo que todos somos demasiado frívolos para él.
—No, no se le puede culpar. Sabía que no debía jugar con la comida, y he decidido no volver a hacerlo de nuevo.
—¡Qué lástima! —repuso él con los ojos brillantes—. Estaba a punto de demostrarte lo único para lo que son buenas las zanahorias.
—¿Para qué? —preguntó ella, interesada.
—Ven, acompáñame.
Hinata lo siguió hasta el otro lado de la habitación. Sus pasos fueron interrumpidos brevemente cuando media docena de niños cruzaron por delante de ellos para robar unos dulces del aparador.
—No cojáis la zanahoria —dijo Naruto, cuando una multitud de pequeñas manos cayeron sobre las pastas de almendra y grosella, las pegajosas galletas cuadradas de membrillo, los merengues, tan crujientes como la nieve, y las minúsculas porciones de chocolate.
Nagato se volvió hacia él y le respondió con la mejilla abultada por el chocolate.
—Nadie está pensando en tomar la zanahoria —le dijo a Naruto. Es la zanahoria más segura del mundo.
—No por mucho tiempo —replicó él, inclinándose por encima de la manada de niños que estaban dándose un festín para recuperar la única zanahoria cruda que había en la bandeja con postres.
—¡Oh, vas a hacer eso! —adivinó Nagato—. ¿Puedo mirar?
—Claro.
—¿Qué va a hacer? —le preguntó Hinata a Nagato, presa de la curiosidad. Pero el niño no pudo responder porque una matrona se acercó para espantar a los pequeños y alejarlos de las bandejas de dulces.
—¡Fuera de aquí! —exclamó la madre—. ¡Venga, fuera! Esos dulces son demasiado finos para vosotros, por eso os dieron bizcocho al final de la cena.
—Pero el bizcocho estaba demasiado seco —se quejó uno de los críos mientras se apoderaba de una pasta de almendra.
Naruto reprimió una sonrisa.
—Nagato, ¿no estabas a cargo de los niños? —le dijo a su hermano en tono tranquilo—. Pues ha llegado el momento de demostrar tu liderazgo.
—Este es mi liderazgo —replicó Nagato—. ¿Quién te crees que los ha traído aquí?
Hinata intercambió una risueña mirada con Naruto.
—A nadie le gusta el bizcocho seco —dijo en defensa de Nagato—. Yo prefiero comer algo más jugoso.
—Nos iremos dentro de un minuto —prometió Nagato—, pero antes iré en busca de lord Byakugan, él también quiere ver el truco de la zanahoria. —Salió corriendo antes de que nadie pudiera responder. El muchacho había desarrollado un fuerte afecto por Neji, cuyo carácter y vivaz sentido del humor había logrado conectar con Nagato.
Después de tranquilizar a la matrona y de advertir a los niños que no debían comer más dulces, Naruto condujo a Hinata hasta una mesa estrecha que había en un rincón de la habitación.
—¿Para qué haces eso? —preguntó ella, mirando cómo sacaba una navaja del bolsillo y recortaba el final de la zanahoria.
—Forma parte de un truco de cartas —explicó Naruto mientras dejaba el tubérculo en un candelabro que había sobre la mesa—. En ausencia de un talento más valorado como cantar o tocar el piano, he tenido que desarrollar otras cualidades. Sobre todo porque durante la mayor parte de mi juventud —había elevado la voz lo suficiente para que su padre, que jugaba al whist en una mesa cercana con otros caballeros, pudiera escucharlo— me obligaron a frecuentar la malsana compañía de los estafadores y delincuentes que formaban parte de la clientela en el club de mi padre.
El duque lo miró por encima del hombro enarcando una ceja.
—Pensé que sería beneficioso para ti aprender de primera mano todo lo que pudieras sobre el lado más mundano de la vida, así sabrías qué deberías evitar en el futuro.
Naruto se volvió hacia Hinata con un brillo de diversión en los ojos.
—Ahora nunca sabré qué podría haber aprendido desperdiciando la juventud por mi cuenta en vez de disfrutarla en bandeja de plata.
—¿Qué vas a hacer con la zanahoria? —insistió ella.
—Paciencia —advirtió él mientras tomaba un nuevo mazo de cartas de una bandeja cercana. Abrió la baraja y la dejó a un lado. Alardeando, Naruto cortó el mazo por la mitad y empezó a barajar las cartas en cascada.
Hinata abrió los ojos como platos.
—¿Cómo eres capaz de hacer eso sin una mesa? —preguntó.
—El truco está en cómo agarras los naipes. —Con una mano dividió la baraja y volcó una de las mitades en el dorso de la mano. Con una destreza impresionante, arrojó los mazos al aire de tal manera que dieron una vuelta completa y aterrizaron en perfecto orden en su palma. Continuó haciendo una rápida sucesión de florituras, por lo que las cartas volaron de un lado a otro en una fluida corriente hasta que finalmente formó dos abanicos y los cerró. Todo fue mágico, elegante y muy rápido.
Neji, que había llegado con Nagato para ver la demostración, soltó un silbido de admiración.
—Recuérdame que nunca juegue a las cartas con él —le dijo a Nagato—, perdería mi finca en unos minutos.
—Soy un jugador mediocre en el mejor de los casos —repuso Naruto, haciendo girar una sola carta con un dedo como si fuera un molinillo—. Mi talento con las cartas se limita a unos malabares sin sentido.
Neji se acercó a Hinata.
—Todos los virtuosos de las cartas —le dijo Neji como si la hiciera partícipe de un gran secreto— comienzan ganándose tu confianza haciéndote sentir una falsa sensación de superioridad.
Hinata estaba tan hipnotizada por los movimientos de Naruto que apenas anotó sus palabras.
—Puede que no sea capaz de hacer esto directamente —advirtió Naruto—.Por lo general, necesito un poco de práctica antes. —Se retiró unos cinco metros aproximadamente de la mesa, e incluso se interrumpió la cercana partida de whist para que los caballeros observaran la actuación.
Naruto echó el brazo hacia atrás sosteniendo la esquina de una carta entre el dedo índice y el corazón como si fuera a lanzarla por encima de la cabeza. Luego miró la zanahoria con los ojos entrecerrados y movió la muñeca con rapidez, haciendo que la tarjeta saliera disparada por el aire. Al instante, se cortó una sección de un par de centímetros de la zanahoria. Con la velocidad del rayo, lanzó una segunda carta y el resto del tubérculo se dividió por la mitad.
Llegaron risas y aplausos de todos los rincones de la sala, y los niños lanzaron gritos de alegría.
—Impresionante —dijo Neji a Naruto con una sonrisa—. Si pudiera hacer eso en una taberna, nunca tendría que pagar por la bebida. ¿Cuánto tiempo has tenido que ensayarlo?
—Lamentablemente, muchas pobres e inocentes zanahorias se vieron sacrificadas a lo largo de los años.
—Bien, yo diría que valió la pena —añadió Neji al tiempo que echaba un vistazo a Hinata, que miraba a Naruto con los ojos brillantes—. Con vuestro permiso, voy a reincorporarme a la partida de whist antes de que me expulsen.
—Por supuesto —repuso Naruto.
Nagato observó al grupo de niños que seguían en el aparador de los postres y lanzó un suspiro.
—Están fuera de control —reconoció—. Supongo que tendré que hacer algo al respecto. —Hizo una reverencia—. Está muy guapa esta noche, lady Hinata.
—Gracias, Nagato —replicó ella con modestia, y sonrió mientras el niño se alejaba para sacar a sus amigos de la sala—. Es un pequeño granuja —comentó Hinata.
—Creo que nuestro abuelo, de quien ha heredado el nombre, lo habría adorado—respondió Naruto—. Hay más Uzumaki que Namikaze en Nagato, es decir, más fuego que hielo.
—Los Hyuga son demasiado ardientes —confesó Hinata con pesar.
—Eso me han dicho. —Naruto parecía divertido—. ¿Eso te incluye también a ti?
—Sí, pero no suelo enfadarme con frecuencia, en mi caso se trata de que soy… nerviosa.
—Me gustan las mujeres de naturaleza vivaz.
—Es una buena manera de decirlo, pero en mi caso no solo estoy viva.
—Ya, también eres hermosa.
—No. —Hinata se rio, incómoda—. Nada de cumplidos, ¿recuerdas? He dicho que no solo soy vivaz porque quiero dar a entender que poseo otras cualidades. Entre ellas que me pongo muy nerviosa por las cosas menos convenientes, lo que hace que sea difícil convivir conmigo.
—No para mí.
Ella lo miró con incertidumbre. Algo en su voz le hacía sentir un aleteo en el estómago, como unos delicados zarcillos que buscaran un lugar en el que adherirse.
—¿Te apetece jugar al whist? —preguntó él.
—¿Solo nosotros dos?
—Hay una mesa pequeña junto a la ventana. Estaremos vigilados por al menos dos docenas de personas —la presionó al ver que vacilaba.
No podía haber ningún mal en ello.
—Sí, pero antes debo advertirte una cosa: mi primo Tokuma me enseñó a jugar y soy muy buena.
Él sonrió.
—Entonces, esperaré que me desplumes.
Después de que Naruto se hiciera con un nuevo mazo de cartas, se dirigieron hacia la ventana. La mesa era una pequeña joya realizada con maderas preciosas taraceadas que representaban un bonsái japonés y una pagoda, en la que había farolas de madreperla.
Naruto abrió las cartas, las barajó como un experto y repartió trece a cada uno. Dejó el resto de la baraja boca abajo sobre la mesa y dio la vuelta a la primera carta. El whist era un juego con dos etapas: en la primera, los jugadores tratabande recopilar los mejores naipes, y en la segunda, competían para ganar la mayor cantidad de puntos.
Para su satisfacción, Hinata había conseguido una buena mano, con numerosos triunfos y cartas altas. Le gustaba correr riesgos mientras que Naruto, como era previsible, prefería ser más cuidadoso y conservador. Mientras hablaban, la entretuvo con historias sobre el club de juego de su familia. A ella le gustó especialmente una de un tramposo que siempre pedía sándwiches durante las partidas. Al final resultó que metía en el pan las cartas que no le iban bien. El plan había sido descubierto cuando otro jugador intentó comer un bocado de un sándwich de jamón y queso con pan de centeno y terminó con un dos de espadas atrapado entre los dientes.
Hinata tuvo que taparse la boca para no reírse demasiado alto.
—El juego es ilegal, ¿verdad? ¿Nunca hay redadas en el club?
—Por lo general, los respetables clubes del West End son ignorados. En especial Uzumaki's, ya que la mitad de los jueces de Inglaterra son miembros. Sin embargo, hemos tomado precauciones por si acaso hubiera alguna.
—¿Cómo?
—Hemos instalado placas metálicas en las puertas de tal manera que se pueden cerrar hasta que nos deshagamos de las evidencias. Además, hay túneles para que escapen los miembros del club que no deben ser vistos. Para mayor seguridad, se untan unas cuantas manos en el cuerpo de policía para tener la certeza de que recibiremos una advertencia antes de una redada.
—¿Sobornáis a la policía? —susurró Hinata sorprendida, intentando que no la oyeran.
—Es una práctica común.
La información no era apropiada para los oídos de una joven, lo que la hacía, por supuesto, mucho más fascinante. Era una visión de un lado de la vida que resultaba completamente ajeno a ella.
—Gracias por ser tan franco conmigo —le dijo de forma espontánea—. Me gusta que me traten como a una adulta. Aunque no siempre me comporte como tal —agregó con una risa incómoda.
—Ser imaginativa y divertida no te hace menos adulta —replicó Naruto con suavidad—. Solo más interesante.
Nadie le había dicho eso antes, nadie había alabado sus defectos como si fueran virtudes. ¿Lo diría en serio? Hinata ocultó su expresión perpleja clavando los ojos en sus cartas.
Naruto se quedó quieto.
—Ya que estamos hablando de Uzumaki's —dijo lentamente—, quiero decirte algo. No es que sea importante, pero siento que debo mencionártelo. Conocí a tu hermano hace algunos años —explicó ante su silencio inquisitivo.
Estupefacta por la revelación, Hinata se limitó a mirarlo. Trató de imaginar a Hoheto en compañía de ese hombre. Habían tenido muchas cosas en común, hechos evidentes como que los dos eran altos, de buena cuna, guapos... Pero bajo la superficie no podían ser más diferentes.
—Visitó el club con un amigo —continuó Naruto—. Y decidió presentar una solicitud para hacerse socio. El gerente vino a decírmelo. —Se interrumpió con una expresión indescifrable—. Me temo que tuvimos que rechazarlo.
—¿Por su falta de crédito? —Hinata vaciló—. ¿O por su temperamento? —El largo silencio que siguió le dio la respuesta—. Por las dos cosas —dijo con ansiedad—. ¡Oh, Dios! Hoheto no se lo tomó bien, ¿verdad? ¿Hubo una discusión?
—Algo así.
Lo que significaba que su volátil hermano había montado un buen espectáculo. Notó que se le calentaba la cara por la vergüenza.
—Lo siento —se disculpó—. Hoheto siempre estaba cruzando espadas con la gente que no podía intimidar. Y tú eres el tipo de hombre que siempre quiso ser.
—No te lo he dicho para hacerte sentir incómoda. —Naruto utilizó el pretexto de coger una carta para rozarle discretamente el dorso de la mano—. Bien sabe Dios que su comportamiento no era una reflexión sobre ti.
—Creo que en su interior se sentía un fraude —dijo ella pensativamente—, y eso hacía que siempre estuviera enfadado. Era conde, pero su finca estaba terriblemente endeudada y era caótica, y apenas sabía cómo manejarla.
—¿Solías discutir con él?
Hinata sonrió sin humor.
—No, Hoheto no discutía conmigo, ni tampoco con Hanabi o con Shion. Mi familia no se parecía nada a la tuya. Éramos como... —vaciló, pensativa—, bueno, una vez leí una cosa...
—Dime —la instó Naruto en voz baja.
—Era un libro de astronomía que decía que en la mayoría de las constelaciones las estrellas no están cerca unas de otras. Solo lo parecen. Desde donde estamos, es como si estuvieran cerca, pero algunas están incluso en extremos opuestos de la galaxia. Así era mi familia. Parece que pertenecemos a un mismo grupo, pero estábamos muy separados. Salvo Hanabi y yo, por supuesto.
—¿Y lady Shion?
—Siempre ha sido muy cariñosa y amable, pero vivía en su propio mundo. En realidad, ahora tenemos una relación mucho más cercana. —Hinata hizo una pausa, mirándolo con intensidad mientras pensaba que podría intentar describir durante horas a su familia y ni siquiera así sería capaz de transmitir cómo era realmente. La forma en la que se amaban sus padres había acabado siendo una guerra. La resplandeciente e intocable belleza de su madre, que desaparecía en Londres durante largos períodos de tiempo. Su padre, con aquella impredecible mezcla de violencia e indiferencia. Shion, que aparecía en raras ocasiones como si fuera un espectro, y Hoheto, que mostraba ocasionales momentos de descuidada bondad.
—La vida que llevabais en Byakugan Priory era muy aislada —comentó Naruto.
Hinata asintió ausente.
—Solía fantasear sobre ser presentada en sociedad. Tener cientos de amigos, ir a todas partes y verlo todo. Pero si vives aislada tanto tiempo, la soledad se vuelve parte de ti. Y luego, cuando intentas cambiar, es como mirar hacia el sol. No se puede soportar demasiado tiempo.
—Es solo cuestión de práctica —la animó él con suavidad.
Continuaron la partida, que terminó ganando Hinata, y luego otra, que perdió ante Naruto.
—¿Lo dejamos ahora? ¿En empate? —preguntó después de felicitarlo por su victoria.
Él enarcó las cejas.
—¿Sin un ganador?
—Soy mejor que tú —le recordó ella con amabilidad—. Estoy tratando de evitarte una derrota.
Naruto sonrió.
—Ahora insisto, debemos jugar una tercera partida. —Deslizó la baraja hacia ella—. Te toca repartir. —Mientras ella barajaba, él se reclinó en la silla y la miró de forma especulativa—. ¿Qué te parece si hacemos el juego más interesante y el perdedor paga una prenda?
—¿Qué clase de prenda?
—La que decida el ganador.
Hinata se mordió el labio inferior mientras sopesaba las posibilidades.
—¿Cantas tan mal como has dicho antes? —preguntó con una maliciosa sonrisa.
—Mi forma de cantar es un insulto para el propio aire.
—Entonces, si yo gano, tú tendrás que cantar Dios salve a la reina en el vestíbulo de entrada.
—¿Donde habrá incluso eco? —Naruto le lanzó una mirada de alarma—.Santo Dios. No me imaginaba que pudieras ser tan cruel.
—Soy una pirata —le recordó con fingido pesar mientras repartía.
Naruto recogió sus cartas.
—Iba a sugerirte una prenda más fácil, pero ahora voy a tener que pensar en algo más complicado.
—Ve a por todas —dijo Hinata alegremente—. Estoy acostumbrada a hacer el ridículo. Nada de lo que propongas me molestará.
Pero como debería haber esperado, resultó no ser cierto.
Naruto alzó la mirada lentamente de sus cartas; sus ojos brillaban de una manera que le erizó el pelo de la nuca.
—Si gano —dijo en voz baja—, te reunirás conmigo aquí a las doce y media. Los dos solos.
—¿Por qué? —preguntó Hinata, desconcertada.
—Tendremos una cita a medianoche.
Ella lo miró sin comprender.
—He pensado que te gustaría tener una —agregó él.
Su aturdida mente recordó la noche que se conocieron, cuando habían hablado sobre la cita que había tenido Ashina con el señor Hayhurst. Se ruborizó. Él había sido muy agradable, la había hecho sentirse cómoda, y ahora le hacía una proposición que cualquier mujer decente encontraría un insulto.
—Se supone que debes comportarte como un caballero —susurró bruscamente.
Naruto intentó dirigirle una mirada de disculpa, pero falló de forma estrepitosa.
—He tenido un lapsus.
—No es posible que acceda a eso.
Para mayor irritación, él la miraba como si ella tuviera la misma experiencia que un huevo recién puesto.
—Entiendo.
Ella entrecerró los ojos.
—¿Qué entiendes?
—Tienes miedo.
—¡No lo tengo! Pero prefiero otra prenda —agregó con toda la dignidad que pudo reunir.
—No.
Hinata lo miró incrédula mientras su temperamento Hyuga ardía como carbones recién avivados.
—He intentado con todas mis fuerzas que no me gustaras —le dijo ominosamente—. Y por fin está funcionando.
—Puedes cancelar la última partida si quieres —propuso Naruto en tono decisivo—. Pero si eliges jugar y pierdes, la prenda será esa. —Se reclinó en su silla y la observó mientras ella se esforzaba por recuperar su compostura.
¿Por qué la desafiaba de esa manera? Y ¿por qué estaba dudando?
Un alocado impulso le impedía retroceder. No tenía sentido. No se entendía a sí misma. Su confusión desaparecía y cada vez le resultaba más atractiva la idea.Echó un vistazo a Naruto, vio que a pesar de que parecía relajado, su mirada era penetrante, como si estudiara cada una de sus reacciones. De alguna forma, él sabía que a ella le iba a costar rechazarlo.
En la sala flotaban una mezcla de ambientes: conversaciones, música de piano, risas, el tintineo de las tazas de té y los platillos, el choque de botellas y vasos de cristal, el susurro de las cartas en las partidas de whist, el discreto murmullo de los invitados, los caballeros que entraban después de fumar un cigarro en el balcón. Le resultó casi imposible creer que Naruto y ella estaban discutiendo algo tan escandaloso en medio de una respetable reunión familiar.
Sí. Tenía miedo. Estaba jugando a algo de adultos, con riesgos y consecuencias reales.
Miró a través de la ventana y vio que el balcón estaba vacío y sombrío, anunciando el final de la noche.
—¿Podemos salir un momento? —preguntó en voz baja.
Naruto se levantó y le separó la silla.
Salieron al balcón cubierto, que se extendía por toda la longitud de la fachada principal de la casa, aunque algunas partes estaban enmarcadas por una celosía y rosas trepadoras. De tácito acuerdo, se alejaron todo lo posible de las ventanas del salón familiar. La brisa de poniente llevaba los sonidos de las olas y los gritos de las aves marinas, mientras alejaba los últimos vestigios del acre humo del tabaco.
Hinata se apoyó contra una de las columnas pintadas de blanco al tiempo que cruzaba los brazos sobre el pecho.
Naruto se colocó a su lado, pero en dirección opuesta, con las manos apoyadas en la barandilla del balcón mientras miraba hacia el mar.
—Se acerca una tormenta —comentó.
—¿Cómo lo sabes?
—Por las nubes que hay en el horizonte y cómo se mueven con el viento. Esta noche dejará de hacer calor.
Hinata observó su perfil, recortado contra el intenso color rojo de la puesta de sol. Era el tipo de figura fantástica que poblaba los sueños de otras chicas. No los suyos. Antes de ir a Heron's Point sabía exactamente lo que quería y lo que no. Pero ahora todo estaba confuso. Pensaba que Naruto estaba tratando de convencerse a sí mismo de que le gustaba lo suficiente para casarse con ella. Sin embargo, ella había llegado a entender el compromiso que tenía con su familia y sus responsabilidades para saber que no elegiría libremente a alguien como ella como esposa. No, a menos que fuera una cuestión de honor, para salvar una reputación arruinada. Incluso aunque la persona afectada no quisiera ser salvada.
Enderezó los hombros y se volvió hacia él.
—¿Vas a tratar de seducirme?
Naruto tuvo el descaro de sonreír ante su franqueza.
—Podría intentar tentarte. Sin embargo, la elección sería tuya. —Hizo una pausa—. ¿Te preocupa no desear que me detenga?
Ella resopló.
—Después de lo que mi hermana Shion me contó sobre los abrazos conyugales, no puedo entender por qué cualquier mujer estaría dispuesta a dar su consentimiento para ello. Pero supongo que si alguien puede hacer que sea un poco menos repulsivo, eres tú.
—Gracias —dijo Naruto, aunque parecía bastante aturdido—. Creo.
—Pero no importa lo poco repulsivo que puedas conseguir que me parezca —continuó Hinata—, sigo sin querer probarlo.
—¿Incluso con un marido? —preguntó en voz baja.
Hinata esperaba que las sombras ayudaran a ocultar su rostro sonrojado.
—Si nos casamos, no tendría más remedio que cumplir con mi obligación. Pero eso no querría decir que me gustara.
—No estés tan segura. Poseo cualidades persuasivas que ni siquiera imaginas.—Curvó los labios al ver su expresión—. ¿Entramos y acabamos la partida?
—No. Me has exigido una prenda que va contra todos mis principios.
—A ti no te preocupan los principios. —Naruto se acercó más, obligándola a mover la espalda contra la columna—. Lo que te preocupa es la posibilidad de hacer algo malo conmigo y disfrutarlo —susurró, y su aliento se enroscó a su oreja como una voluta de humo.
Hinata se quedó en silencio. Le sorprendió estremecerse por la lenta combustión de la excitación que se había despertado en todos los lugares íntimos de su cuerpo.
—Deja que el destino decida —la animó Naruto—. ¿Qué es lo peor que puede pasarte?
—Podría quedarme sin la posibilidad de elegir —fue su sincera y estremecida respuesta.
—Seguirás siendo virgen, solo que un poco menos inocente. —Naruto buscó su pulso en la muñeca y lo acarició suvemente con los dedos—. Hinata, no estás a la altura de tu reputación como melliza mala. Corre el riesgo. Ten una aventura conmigo.
Hinata no se había imaginado ser vulnerable a ese tipo de tentación, nunca se imaginó lo difícil que sería resistirse a reunirse con él en secreto, por la noche.
Era lo más genuinamente vergonzoso que hubiera hecho nunca, y no estaba del todo segura de que él cumpliera su promesa. Pero su conciencia estaba debilitándose, sus defensas caían ante un deseo que parecía humillantemente poderoso.
Debilitada por los nervios, la necesidad y la ira, tomó una decisión demasiado rápido, de la misma forma en que tomaba la mayoría de sus decisiones.
—Terminaré la partida —le dijo en tono seco—. Y antes de que termine la noche, en el vestíbulo de entrada resonará el eco de tu emotiva interpretación del himno nacional. Las seis estrofas.
—Solo sé la primera, por lo que tendrás que conformarte con escuchar la misma seis veces —repuso con los ojos brillantes de satisfacción.
Mirándolo en retrospectiva, Hinata no debería haberse sorprendido al ver que la última mano de whist se desarrollaba de una forma totalmente diferente a las dos primeras partidas. El estilo de juego de Naruto se vio alterado; ya no era prudente, sino agresivo y rápido. Ganó punto a punto, con milagrosa facilidad.
No fue una victoria. Fue una masacre.
—¿Están marcadas las cartas? —preguntó Hinata irritada, examinando las cartas sin revelar su mano.
Naruto pareció ofendido.
—No, era una baraja nueva. Me viste abrirla. ¿Quieres que estrenemos otro mazo?
—No te molestes. —Concluyó el resto de la mano, sabiendo ya cómo iba a terminar.
No había necesidad de contar los puntos. Naruto había ganado por un margen tan amplio que habría sido perder el tiempo.
—El primo Neji hizo bien en avisarme —murmuró Hinata con irritación—. Me has engañado. No eres un jugador mediocre, ¿verdad?
—Cariño —replicó él con suavidad—. Aprendí a jugar a las cartas con los mejores estafadores de Londres cuando todavía llevaba pantalones cortos.
—Júrame que las cartas no estaban marcadas —exigió ella—. Y que no escondías nada en la manga.
Él le sostuvo la mirada.
—Lo juro.
Hinata se apartó de la mesa y se puso en pie antes de que él pudiera moverse para ayudarla, envuelta en un torbellino de ansiedad, ira y sensación de culpa.
—Ya he tenido suficientes juegos por el momento. Iré a sentarme con mi hermana y el resto de las chicas.
—No seas así —la aduló Naruto, levantándose—. Puedes retirarte si así lo deseas.
A pesar de que sabía que su oferta era conciliadora, Hinata se sintió insultada.
—Me tomo los juegos en serio, milord. Pagar una deuda es una cuestión de honor, ¿o es que supones que como soy mujer, mi palabra significa menos que la tuya?
—No —replicó apresuradamente.
Ella le miró con frialdad.
—Nos veremos más tarde.
Se giró sobre los talones y se alejó, tratando de mantener un paso relajado y el rostro inexpresivo. Pero por dentro se había quedado helada por culpa del miedo al pensar en lo que se iba a enfrentar próximamente.
Tenía una cita... A solas con Naruto... Por la noche... En la oscuridad...
«¡Oh, Dios! ¿Qué he hecho?»
