Hinata agarró un candelabro de bronce y metió el dedo por el anillo que tenía en la base antes de abrirse paso lentamente por el largo pasillo del piso de arriba. Las sombras negras parecían deslizarse por el suelo, pero ella ignoró aquella ilusión de movimiento, determinada a mantener el equilibrio.
El parpadeo de la llama de la vela era todo lo que se interponía entre ella y el desastre. Se habían apagado todas las luces, incluyendo la lámpara colgante del vestíbulo central. Salvo algún destello ocasional de los relámpagos lejanos, la única fuente de iluminación era el débil resplandor que provenía de las puertas de la sala. Como Naruto había predicho, la tormenta había llegado desde el océano. En ese momento caía con furia sobre la casa, luchando en el jardín con los árboles y las ramas, que se movían en todas direcciones. La edificación, construida baja y robusta para resistir el clima de la costa, soportaba estoica el temporal, ignorando las cortinas de lluvia que caían sobre el tejado. Aun así, el sonido de un trueno la hizo estremecer.
Estaba vestida con un camisón de muselina y una simple bata de franela que se cerraba por el frente, asegurándose con una cinta trenzada. A pesar de que le hubiera gustado ponerse un vestido de día, no pudo evitar el ritual nocturno de bañarse y soltarse el pelo sin que Hanare sospechara algo.
Había calzado los pies en las zapatillas de lana de Berlín que le había hecho Hanabi y que, debido a una mala interpretación del patrón, eran cada una de un tamaño. La del pie derecho le quedaba perfecta, pero la izquierda estaba más floja. Hanabi se había disculpado tantas veces que Hinata había insistido en usarlas, diciendo que eran las zapatillas más cómodas que se había puesto nunca.
Permaneció cerca de la pared que, en ocasiones, llegaba a rozar con los dedos. Cuanta más oscuridad la rodeaba, peor era su equilibrio, parecía como si las señales que recibía su cerebro se negaran a coincidir con las que enviaba su cuerpo. En algunos momentos, el suelo, las paredes y el techo parecían cambiar bruscamente de lugar sin ninguna razón, haciéndola sentir agitada. Siempre había dependido de Hanabi para que la ayudara si tenían que ir a alguna parte por la noche, pero no podía pedirle a su melliza que la acompañara a un encuentro ilícito con un hombre.
Se obligó a tomar aire mientras miraba fijamente el resplandor ámbar que iluminaba el pasillo. La moqueta se extendía como un océano negro entre ella y la sala. Sostuvo la vacilante luz de la vela tan lejos como pudo de su cuerpo y se obligó a dar un paso tras otro, tratando de guiarse entre las sombras. Alguien había dejado una ventana abierta en alguna parte, y el aire húmedo con aroma a lluvia impactaba contra su cara y sus tobillos desnudos como si la casa estuviera respirando a su alrededor.
Se suponía que una cita a medianoche era algo romántico y atrevido, algo que no tenían las florero. Pero, en realidad, estaba pareciéndole un ejercicio de sufrimiento. Luchar para mantener el equilibrio en la oscuridad estaba dejándola agotada y preocupada. Lo único que deseaba era volver a estar a salvo en su cama.
Cuando dio otro paso, la zapatilla floja del pie izquierdo se resbaló lo suficiente como para hacerla tropezar, cayendo de rodillas. De alguna manera, se las arregló para recuperar el equilibrio, pero el candelabro salió volando de su mano. La mecha se apagó en el instante en el que chocó contra el suelo.
Jadeante y desorientada, Hinata quedó sumida en la oscuridad. No se atrevía a moverse, y mantuvo los brazos suspendidos en el aire, con los dedos abiertos como bigotes de gato. Las sombras y las corrientes de aire fluían a su alrededor, haciéndola perder el equilibrio. Se tensó para soportar aquel impulso intangible.
—¡Oh, cáspita! —susurró. Una pátina de sudor frío le cubrió la frente mientras intentaba superar aquella primera oleada de pánico.
La pared estaba a su izquierda; tenía que llegar a ella. Necesitaba estabilidad. Pero el primer paso cauteloso hizo que el frío suelo se zozobrara bajo sus pies y el mundo se movió hasta quedarse en una inclinación en diagonal. Se tambaleó y cayó con un ruido sordo en el suelo... ¿O era la pared? ¿Estaba recostada en posición vertical u horizontal? Vertical, decidió. Había perdido la zapatilla izquierda y notaba una superficie dura contra los dedos descalzos del pie. Sí, ahí estaba el suelo. Mientras apretaba la mejilla húmeda contra la pared, intentó reubicarse, a pesar del agudo tono que inundaba su oído izquierdo.
El corazón le latía demasiado rápido. No le dejaba respirar. Cada vez que tomaba aire, parecía emitir un ahogado sollozo.
De repente, una forma grande y oscura se acercó a ella con tanta rapidez que se encogió contra la pared.
—¡Hinata! —Unos brazos se cerraron a su alrededor. Se estremeció al oír la voz grave de Naruto y notó cómo la invadía la tranquilidad que transmitía su cuerpo—. ¿Qué te ha pasado? Dios mío, si estás temblando... ¿Te da miedo la oscuridad? ¿La tormenta? —La besó en la frente húmeda y murmuró palabras consoladoras contra su cabello—. Tranquila, tranquila, ya estás bien. En mis brazos estás a salvo. Nadie te va a hacer daño, cariño. —Se había quitado la chaqueta negra y desabrochado el cuello de la camisa. Podía oler la sal de su jabón para afeitar en la piel, el olor más acre de la ropa almidonada y el rastro de humo de cigarro que había absorbido el chaleco de seda. La fragancia era masculina y reconfortante, y la hacía estremecer.
—Es que... Se me cayó la vela —jadeó.
—No te preocupes por eso. —Le puso una mano en la nuca y se la masajeó con ternura—. Ven conmigo a la sala.
Ella se quiso morir. No se movió, solo dejó escapar un suspiro de derrota.
—No puedo —confesó.
—¿Por qué? —preguntó él en voz baja.
—No me puedo mover. En la oscuridad pierdo el equilibrio.
Él le rozó de nuevo la frente con los labios y los mantuvo allí durante un buen rato.
—Rodéame el cuello con los brazos —le pidió finalmente. Después de que ella obedeciera, la levantó con facilidad y la apretó contra su pecho.
Hinata mantuvo los ojos cerrados mientras la llevaba por el pasillo. Naruto era fuerte y de movimientos coordinados, andaba con zancadas firmes como un gato que le hicieron sentir una punzada de envidia. No podía recordar lo que era moverse con tanta seguridad a través de la noche, sin ningún tipo de temor.
El salón familiar solo estaba iluminado por el fuego del hogar. Naruto la llevó hasta un sofá de estilo imperio, con el respaldo curvado y tapizado igual que los apoyabrazos, y se sentó con ella en el regazo. Al principio, su orgullo la hizo oponerse por la manera en la que la sostenía, como si fuera una niña asustada. Pero su duro torso era demasiado reconfortante, y la forma en la que le recorría lentamente las extremidades con las manos era la sensación más cálida y placentera que hubiera conocido nunca. Lo necesitaba. Aunque solo fuera unos minutos.
Naruto se estiró hacia una mesita de caoba que había junto al sofá y agarró un vaso corto de cristal tallado medio lleno de un líquido oscuro. Sin decir una palabra, le apretó el vaso contra los labios, como si no creyera que ella pudiera sostenerlo por sí misma sin derramarlo.
Hinata bebió con cautela. El licor era delicioso, con una nota a caramelo y aciruela que dejó un suave calor en su lengua. Tomó otro sorbo más grande, y movió las manos para sujetar el vaso.
—¿Qué es?
—Oporto. Acábalo —la animó al tiempo que doblaba el brazo libre alrededor de sus rodillas.
Ella lo bebió despacio, relajándose con el calor que el oporto enviaba a cada rincón de su cuerpo. La tormenta silbaba con impaciencia, haciendo vibrar las ventanas una y otra vez con el mismo ritmo que el mar, que parecía saltar en rugientes colinas de líquido. Pero ella estaba caliente y seca, acurrucada entre los brazos de Naruto mientras la luz del fuego jugaba sobre ellos.
Él metió la mano en el bolsillo del chaleco y sacó un pañuelo doblado, con el que hizo desaparecer cualquier rastro de sudor de su cara y su cuello. Después de dejar la tela a un lado, le acarició un mechón de pelo oscuro antes de ponerlo con cuidado detrás de su oreja izquierda.
—Ya me he dado cuenta de que no oyes bien de este lado —dijo él en voz baja—. ¿Forma parte del mismo problema?
Ella parpadeó asombrada. En tan solo unos días, él había detectado algo que ni siquiera su familia, las personas que vivían con ella, habían percibido, pues ellas solo se habían limitado a aceptar que era descuidada y despistada.
Asintió.
—Por ese oído solo oigo la mitad que por el otro. Por la noche, o en la oscuridad, todo me da vueltas y no sé qué está arriba y qué abajo. Si me giro demasiado rápido, me caigo al suelo. No puedo controlarlo; es como si me empujaran unas manos invisibles.
Naruto le acunó la mejilla con la palma de la mano y la miró con una ternura que hizo que su pulso se disparara.
—Por eso no bailas.
—Puedo manejar los bailes más lentos, pero el vals me resulta imposible. Solo se dan vueltas y vueltas. —Apartó la mirada con timidez y apuró las últimas gotas de oporto.
Él tomó el vaso vacío y lo dejó a un lado.
—Debiste decírmelo. Jamás te hubiera pedido que salieras a mi encuentro por la noche si lo hubiera sabido.
—No era el momento. Además, me pareció que con una vela sería suficiente.—Jugueteó con el cinturón de la bata de franela—. No contaba tropezarme con las zapatillas. —Estiró su desnudo pie izquierdo desde debajo del camisón y frunció el ceño—. He perdido una.
—Luego la buscaré. —Naruto apresó una de sus manos entre las de él y se la llevó a los labios, tejiendo sobre sus dedos un patrón de besos suaves—. Hinata..., ¿qué fue lo que te pasó en ese oído?
Sintió que su alma se rebelaba ante la posibilidad de hablarlo con él.
Girándole la mano, Naruto le besó la palma y le apretó los dedos contra la mejilla. Su piel afeitada era suave en una dirección y algo áspera en la otra, como la lengua de un gato. La luz del fuego hacía que él pareciera dorado de pies a cabeza salvo por el color de sus ojos, de un azul muy claro, como una estrella ártica. Él esperó, terriblemente paciente, mientras ella buscaba las palabras con las que responder.
—Es que... Es que no puedo hablar de ello si te estoy tocando. —Hinata arrastró la mano por su mejilla hasta dejarla en el regazo. Sintió un persistente y agudo zumbido en el oído. Se lo cubrió con la palma al tiempo que se daba un par de golpecitos en el cráneo. Por suerte, funcionó.
—Acúfenos —dijo Naruto, mirándola fijamente—. Uno de los abogados de la familia los tiene. ¿Te dan problemas con frecuencia?
—Solo de vez en cuando, cuando estoy nerviosa.
—Ahora no tienes que estar nerviosa.
Hinata le dirigió una sonrisa breve y distraída mientras enredaba los dedos de una mano con los de la otra hasta formar una bola apretada.
—Yo misma me lo busqué. ¿Recuerdas que te conté que me gusta escuchar a escondidas? Pues en realidad no lo hago tanto como antes, pero cuando era pequeña, me parecía la única manera de descubrir todo lo que estaba ocurriendo en nuestro hogar. Hanabi y yo comíamos siempre en la habitación de los niños y jugábamos solas. A veces, pasaban semanas sin que viéramos a alguien que no fueran Shion o los criados. A mi madre le gustaba pasar largas temporadas en Londres, mi padre la acompañaba o iba de caza, y Hoheto estaba interno. Cuando mis padres estaban en casa, la única manera de atraer su atención era portándose mal. Y yo era la peor, por supuesto. Arrastraba a Hanabi siempre a mis enredos, pero todo el mundo sabía que ella era la melliza buena. La pobre Shion se pasaba la mayor parte del tiempo con la nariz hundida en los libros, tratando de volverse invisible. Sin embargo, yo prefería causar problemas que verme ignorada.
Naruto le cogió la trenza y jugueteó con ella mientras la escuchaba.
—Cuando ocurrió, yo tenía doce años —continuó ella—. O quizás once. Mis padres estaban discutiendo en el dormitorio principal con la puerta cerrada. Cada vez que tenían un enfrentamiento era terrible. Se gritaban y se tiraban o es natural, metí las narices en lo que no me importaba y me puse a escuchar a escondidas. Discutían sobre un hombre con el que estaba… involucrada mi madre. Mi padre gritaba, cada una de sus palabras sonaba como si estuviera rompiéndose algo. Hanabi intentó apartarme de la puerta. Pero esta se abrió de repente y apareció él, hecho una furia. Debía de haber percibido mis movimientos por las sombras que se veían por debajo de la hoja. Se acercó a mí y, con la rapidez de un rayo, me golpeó las dos orejas a la vez con las palmas de las manos. Lo único que recuerdo es que el mundo explotó. Hanabi dice que me ayudó a regresar a nuestra habitación y que me salía sangre por la oreja izquierda. Tardé un par de días en oír bien por el lado derecho, pero no recuperé toda la audición en la otra, y sentía un dolor sordo en lo más profundo. Poco tiempo después, empecé a tener fiebre. Mi madre dijo que no tenía nada que ver con el oído, pero yo creo que fue por eso.
Hinata se interrumpió, incapaz de proporcionar los detalles más desagradables, como todo lo que le había supurado el oído. Miró a Naruto con cautela, porque, hasta entonces, había evitado su cara. Ya no jugaba con su trenza, sino que había cerrado el puño alrededor de ella con tanta fuerza que se le marcaban todos los músculos de los antebrazos y la muñeca.
—Incluso después de recuperarme de la fiebre —continuó ella— no volví a oír bien. Pero lo peor de todo fue que seguía perdiendo el equilibrio, en especial por la noche. Eso me hizo sentir miedo en la oscuridad desde entonces. —Se detuvo cuando Naruto levantó la cabeza.
Su expresión era dura y brutal. Sus ojos mostraban una mirada tan helada que la aterró más de lo que hubiera hecho nunca la furia de su padre.
—Jodido hijo de puta —maldijo él por lo bajo—. Si estuviera vivo, lo azotaría con un látigo.
Hinata se acercó tentativamente, acariciando el aire que lo envolvía.
—No —jadeó—, no, no es eso lo que quiero. Lo odié durante mucho tiempo, pero ahora lo lamento por él.
Naruto le cogió la mano en el aire con rápida suavidad, como si fuera un pájaro que quisiera conservar sin lesionar. Se le habían dilatado tanto las pupilas que ella se pudo ver reflejada en los centros oscuros.
—¿Por qué? —susurró él después de un momento.
—Porque herirme a mí era la única forma de ocultar su propio dolor.
