Naruto se sintió sorprendido por la compasión que mostraba Hinata por un hombre que le había causado tanto daño. Negó con la cabeza con asombro mientras la miraba a los ojos, tan resplandecientes como la luna.
—Eso no lo excusa —dijo con la voz ronca.
—No, pero me ayudó a perdonarlo.
Él, por su parte, jamás perdonaría a ese bastardo. Quería vengarse. Quería arrancar la carne de su cadáver y colgar el esqueleto para asustar a los cuervos.
Le temblaban sutilmente los dedos cuando los acercó a la cara de Hinata para dibujar el elegante borde de su rostro, los altos picos de sus pómulos.
—¿Qué te dijo el médico sobre el oído? ¿Qué tratamiento te dieron?
—No fue necesario llamar a un médico.
Un nuevo flujo de rabia ardió en sus venas cuando asimiló las palabras.
—Te rompió el tímpano. ¿Cómo es posible, en nombre de Dios, que no llamaran a un médico? —A pesar de que había logrado no gritar, su tono estaba lejos de ser civilizado.
Hinata se estremeció de inquietud y se echó hacia atrás. Él se dio cuenta de que lo último que ella necesitaba era una muestra de su temperamento. Contuvo sus desbocadas emociones y movió el brazo para atraerla de nuevo.
—No, no te alejes. Cuéntame lo que pasó.
—La fiebre había remitido —explicó ella después de una larga vacilación—, y... tienes que entender a mi familia. Si ocurría algo desagradable, se ignoraba, y no se volvía a hablar de ello. En especial si se trataba de algo que mi padre había hecho cuando perdía los estribos. Después de un tiempo, nadie recordaba realmente lo que había ocurrido. La historia familiar se borraba y reescribía una y mil veces. Pero ignorar el problema que tenía en el oído no lo hizo desaparecer. Siempre que no oía algo, o cuando me tropezaba o caía, mi madre se enfadaba. Decía que había sido torpe por culpa de la prisa o de un descuido.No podía admitir que me pasara algo en la audición. Incluso se negaba a hablar de ello. —Hinata se detuvo y se mordisqueó de forma pensativa el labio inferior—. Estoy haciendo que parezca terrible, y no era así. Había momentos en los que era cariñosa y amable. Nadie es solo bueno o malo. —Lanzó una mirada temerosa hacia él—. ¡Oh, Dios! No vas a tenerme lástima, ¿verdad?
—No. —Naruto se sentía angustiado por ella, y también indignado. Pero mantuvo la voz tranquila—. ¿Por eso lo guardas en secreto? ¿Temes que te compadezcan?
—Eso por una parte, y además... Es una vergüenza que prefiero reservar en privado.
—No eres tú quien debería sentirse avergonzada, sino tu padre.
—Yo la siento como mía. Si no hubiera estado escuchando, mi padre no me hubiera castigado.
—Eras una niña —dijo él con brusquedad—. No te castigó, te atacó brutalmente.
Para su sorpresa, ella curvó los labios con una pizca de diversión, algo que la hizo parecer satisfecha de sí misma.
—Ni siquiera eso hizo que dejara de escuchar a escondidas. Solo consiguió que me volviera más cuidadosa para que no me descubrieran.
Resultaba tan entrañable, tan indomable, que Naruto se vio sorprendido por un sentimiento que no había conocido antes, como si una extrema alegría y una ponderable desesperación se hubieran comprimido en una nueva emoción que amenazaba con romperle las paredes del corazón.
Hinata nunca se plegaría a la voluntad de otra persona, nunca se rendiría… Solo se quebraría. Había visto lo que les hacía el mundo a las mujeres enérgicas y ambiciosas. Ella debía dejar que la protegiera, que la tomara por esposa, pero no sabía cómo convencerla. Las reglas habituales no se aplicaban a alguien que vivía sometido a su propia lógica.
Se inclinó hacia ella y la estrechó contra su acelerado corazón. Se estremeció al notar que ella se relajaba de forma automática.
—¿Naruto?
—¿Sí?
—¿Cómo ganaste la última partida de whist?
—Conté las cartas —admitió.
—¿Eso es hacer trampa?
—No, pero tampoco quiere decir que fuera justo. —Él le apartó los caprichosos mechones que le caían sobre la frente—. Mi única excusa es que llevo días queriendo estar contigo a solas. No podía dejarlo en manos del azar.
—Porque quieres ser honorable —dijo Hinata muy seria.
Él enarcó las cejas mientras la miraba de reojo.
—Quieres salvarme a mí y a mi familia del escándalo —explicó ella—. Seducirme es el camino más corto.
Naruto esbozó una sonrisa irónica.
—Tanto tú como yo sabemos que esto no tiene nada que ver con el honor. No finjas que no te das cuenta de cuándo te desea un hombre —agregó él ante su mirada perpleja—. Ni siquiera tú eres tan ingenua.
Ella lo siguió mirando mientras aparecía una arruguita de preocupación entre sus cejas al percatarse de que había algo que se suponía que debía saber, algo que debería haber entendido.
¡Dios! Era demasiado ingenua. No había disfrutado de coqueteos o intereses románticos que le hubieran mostrado cómo interpretar las señales de interés sexual de un hombre.
Desde luego, no iba a tener ningún problema en enseñárselo. Inclinó la cabeza para besarla y dejó que su boca se moviera sobre la de ella hasta que separó los labios temblorosos. Sus lenguas se encontraron en un húmedo y sedoso abrazo. Según profundizaba el beso, este se volvía más y más delicioso, la boca de Hinata era exuberante, indagadora e inocentemente erótica.
Con cuidado, la inclinó sobre los suaves cojines de brocado, pero mantuvo un brazo debajo de su cuello. Naruto se sentía sofocado bajo las capas de ropa, incómodo y excitado sintió la urgente necesidad de acomodarse mejor.
—Cariño... Estar cerca de ti me excita. Pensaba que era obvio.
Hinata enrojeció y hundió la cara en su hombro.
—Nada relacionado con los hombres me resulta obvio —expresó con la voz apagada.
Él sonrió de medio lado.
—Qué suerte tienes, entonces, de que esté aquí para enseñarte cada detalle. —Consciente de la inquietud de Hinata, él bajó la mirada y vio que estaba tratando de tirar del borde de la bata, que se le había subido hasta las rodillas. Una vez que lo logró, se quedó inmóvil, como si estuviera conteniendo un fuego en plena ebullición.
Naruto le acercó los labios a la oreja.
—Me deslumbras, Hinata —dijo en voz muy baja—. Cada hermosa y fascinante molécula de ti. La noche que nos conocimos, sentí como si hubiera sufrido una descarga eléctrica. Hay algo en ti que llama al diablo que llevo dentro. Quiero llevarte a la cama y no levantarme por lo menos en diez días. Quiero adorar cada centímetro de tu cuerpo mientras los minutos arden como polillas demasiado cerca de las llamas. Quiero sentir tus manos sobre mí para… ¿Qué dices, cariño? —se interrumpió al escuchar su murmullo.
Hinata se volvió y lo miró con irritación.
—Te decía que me estás hablando en el oído malo. No puedo oír lo que dices.
Naruto le lanzó una mirada intensa, pero luego dejó caer la cabeza con una risa entrecortada.
—Lo siento. Ya me había dado cuenta. —Respiró hondo para tranquilizarse—. Quizá sea mejor, se me ha ocurrido otra manera de demostrarte mi punto de vista. —Se levantó de los cojines y llevó consigo a Hinata. Deslizó los brazos por debajo de su cuerpo delgado y la levantó con facilidad.
—¿Qué haces? —preguntó ella, tambaleándose.
Como única respuesta, él la puso sobre su regazo. Hinata frunció el ceño y se retorció incómoda.
—No entiendo por qué...
De repente, abrió mucho los ojos y se quedó quieta. Por su rostro pasó una rápida sucesión de expresiones: asombro, curiosidad, mortificación... Y la conciencia de una sólida erección masculina debajo de ella.
—Decías que nada relacionado con los hombres te resulta obvio —se burló él con suavidad.
Cuando ella se retorció para reajustar la posición, él sintió una exquisita palpitación en la ingle y el abdomen. Se preparó para soportar la sensación, y contuvo el aliento consciente de que no necesitaría mucho más para alcanzar el clímax.
—Cariño, ¿te importaría... no moverte... demasiado?
Ella le lanzó una mirada airada.
—¿Alguna vez has intentado sentarte encima de un bate de cricket?
Reprimiendo una sonrisa, Naruto trasladó casi todo su peso a uno de los muslos.
—En ese caso, apóyate en mi pecho y ponte... Sí, de esa manera. —Cuando se acomodó, él le aflojó el cinturón de la bata—. Parece que tienes calor —añadió—, deja que te ayude con esto.
Hinata no se fio de su tono solícito.
—Si tengo calor —rebatió, quitándose las mangas de la bata— es porque me has hecho sentir vergüenza. A propósito —agregó con una mirada severa.
—Solo trataba de dejar claro lo mucho que te deseo.
—Pues ya lo tengo claro. —Estaba sonrojada y nerviosa.Naruto le quitó la bata y la arrojó a un lado, dejándola cubierta solo por el camisón de muselina. Intentó recordar la última vez que una de sus parejas sexuales había sido tan tímida. Ya no se acordaba de lo que era sentirse incómodo en la intimidad, y se quedó prendado por la modestia de Hinata. Hacía que algo que le resultaba familiar le pareciera completamente nuevo.
—¿No te ha contado tu hermana lo que le ocurre al cuerpo de un hombre cuando está excitado? —preguntó.
—Sí, pero no me dijo que podía ocurrir en una sala.
Él curvó los labios.
—Me temo que puede ocurrir en cualquier lugar. En la sala, en el salón de baile, en un carruaje... O en un cenador.
Hinata pareció quedarse escandalizada.
—Entonces ¿piensas que esto es lo que estaban haciendo Ashina y el señor Hayhurst en el cenador? —preguntó.
—Sin duda. —Comenzó a desabrocharle los botones superiores del camisón y le besó la piel recién descubierta de la base de la garganta.
Hinata, sin embargo, todavía no había cerrado el tema de la cita en el cenador.
—Pero el señor Hayhurst no regresó al salón de baile con una... Una protuberancia así. ¿Cómo se desinfla?
—Por lo general, basta con que piense en el último análisis de valores extranjeros en la bolsa. Eso suele solucionar el problema de inmediato. Pero si no funciona, me imagino a la reina.
—¿En serio? Me pregunto qué pensaría el príncipe Alberto al respecto. No olvides que han tenido nueve hijos. —Mientras Hinata continuaba charlando, Naruto abrió los bordes del camisón y besó el valle entre sus pechos.Ella hundió los dedos en su nuca—. ¿Te imaginas una reforma educativa? ¿O el procedimiento del Parlamento? ¿O...?
—Chisss... —Comenzó a seguir con la lengua la vena azul que resaltaba en la piel de alabastro de Hinata—. Yo quiero hablar de lo hermosa que eres. De que hueles a flores blancas, a ventanas abiertas y a lluvia de primavera. Quiero decirte lo suave y dulce que eres... Tanto, tanto... —Cerró la boca en la curva de su pecho y Hinata se estremeció mientras contenía el aliento. Naruto se vio inundado de emoción al sentir cómo despertaba su placer. Le recorrió el seno con leves contactos que seguían un errante patrón. Al llegar al brote de color rosado, separó los labios y lo capturó en el cálido interior de su boca. Movió la punta de la lengua alrededor del pico hasta que estuvo erizado.
En su mente giraban sin cesar pensamientos sobre las infinitas maneras en las que quería darle placer. Tenía tantas ganas de satisfacerla que tuvo que recurrir a todo su autocontrol para acariciarla lenta y deliberadamente cuando solo quería devorarla. Pero para ella todo era nuevo, cada enervante intimidad, y él sería paciente aunque perdiera la vida en el intento. Mientras lamía y succionaba con suavidad, oyó que ella emitía un gemido ahogado. Hinata le tocó los hombros y luego el pecho, vacilando, como si no supiera dónde poner las manos.
Alzó la cabeza y buscó sus labios para poseerlos con avidez.
—Hinata —dijo cuando interrumpió el beso—. Puedes tocarme como quieras. Puedes hacer cualquier cosa que desees.
Ella lo miró con sorpresa durante un buen rato antes de llevar vacilantemente los dedos a la corbata blanca que colgaba a ambos lados de su cuello abierto. Ante su falta de objeciones, tiró de ella y luego agarró los bordes del chaleco de seda. Con su ayuda, le quitó la prenda y la dejó caer al suelo. A continuación, desabrochó los primeros botones del cuello de la camisa, hasta la mitad de su pecho. Luego, Hinata se quedó mirando el triángulo en la base de la garganta, como si estuviera hipnotizada por él y, por fin, se inclinó para besarlo.
—¿Por qué te gusta ese lugar? —preguntó Naruto, con el corazón golpeando contra las costillas al sentir el delicado roce de su lengua.
—No lo sé. —Hinata curvó los labios contra su piel—. Parece hecho para mis... —Hizo una pausa—. Para besarlo.
Él cerró el puño en su pelo y la movió hasta que sus miradas se encontraron.
—Para tus besos —aseguró bruscamente, cediéndole la propiedad de ese trozo de su cuerpo, lo quisiera ella o no.
Las curiosas manos femeninas exploraron los contornos de su torso y su pecho. Ella deslizó los dedos debajo de los tirantes que se apoyaban en sus hombros y se los bajó. Era la tortura más erótica que él hubiera experimentado nunca, y se obligó a permanecer quieto mientras Hinata hacía inventario de ese nuevo territorio. Lo besó en el cuello mientras jugueteaba con el vello de su pecho. Al encontrar el círculo plano de su tetilla, lo frotó con la yema del dedo pulgar, lo que elevó un grado más la excitación. Hinata se volvió más audaz mientras se movía sobre él, en una maraña de extremidades, tratando de acercarse más, hasta que una de sus rodillas se aproximó de forma peligrosa a su ingle. Él la sujetó por las caderas.
—Ten cuidado, cielo. No querrás que me pase el resto de la noche quejándome en el sofá.
—¿Te he hecho daño? —preguntó ella con ansiedad, echándose hacia atrás.
—No, pero para los hombres, ese lugar... —Naruto soltó un gruñido primitivo cuando sintió que se ponía a horcajadas sobre él. La sensación era tan ardiente, tan exquisita e incendiaria, que estaba a unos meros segundo de explotar. Volvió a apretarle las caderas para mantenerla quieta mientras cerraba los ojos, maldiciendo para sus adentros. Cualquier movimiento por su parte, aunque solo fuera para alejarla, le haría descargarse como un muchacho imberbe con su primera mujer.
—Oh... —oyó que exclamaba Hinata por lo bajo, tensando los muslos a ambos lados de los de él—. No era mi intención...
—No te muevas —le pidió con voz áspera y suplicante—. ¡Por Dios, no te muevas! Por favor...
Por suerte, ella se quedó quieta. Él apenas podía pensar más allá del alocado deseo que embargaba su cuerpo, que tensaba todos sus músculos. Sentía su calor incluso a través de la tela de los pantalones. «Mía», gritaba su sangre. Necesitaba poseerla, aparearse con ella. Respiró hondo varias veces para sosegarse, se estremeció y tragó saliva antes de, con mucho esfuerzo, retomar el control.
—¿Estás pensando en la reina? —preguntó Hinata mientras la hinchada longitud palpitaba con vehemencia entre ellos—. Porque si es así, no está funcionando.
Él curvó los labios ante la observación, y respondió sin abrir los ojos.
—Sintiéndote contra mi cuerpo en camisón, daría igual que la reina estuviera aquí mismo en la sala, con un contingente de guardias uniformados.
—¿Y si ella estuviera riñéndote? ¿Y si te echara agua fría en los pies?
Divertido, la miró con un solo ojo entreabierto.
—Hinata, tengo la sensación de que estás tratando de desinflar mi protuberancia —se burló él.
—¿Y si todos los guardias hubieran sacado las espadas y te amenazaran con ellas? —insistió.
—Les aseguraría que la reina no correría ningún peligro conmigo.
—¿Y yo? —preguntó vacilante Hinata. Sin duda, no era una cuestión inapropiada para una virgen sentada sobre un hombre medio desnudo y excitado.
—Por supuesto que no —aseguró Naruto, aunque no supo si ella lo encontró convincente—. El lugar más seguro del mundo para ti es entre mis brazos. —La rodeó con ellos y la acercó más. Cuando se inclinó hacia delante, la cresta de su hinchada erección se alineó con la suave hendidura de ella, y Hinata contuvo el aliento. La acarició en la cadera para tranquilizarla—. ¿Te pone nerviosa lo mucho que te deseo? Porque el único propósito de esto —se arqueó con suavidad hacia arriba— es darte placer.
Hinata lo miró con recelo.
—Shion me dijo que hacía algo más que eso.
Él emitió una risita. No sabía que era posible estar excitado y divertirse a la vez.
—No esta noche —logró decir—. Te prometí que no volvería a dejarte sin opciones. Y siempre mantendré las promesas que te haga.
Hinata le lanzó una mirada admirada y se recostó mejor sobre él. La vio parpadear con rapidez cuando sintió la involuntaria contracción de su dureza en el núcleo de su cuerpo.
—¿Qué vamos a hacer ahora? —susurró ella.
—¿Qué quieres que haga? —musitó él, mirándola con fascinación.
Se estudiaron el uno al otro, los dos inmóviles y tensos por el ardiente placer. Con mucho cuidado, como si estuviera haciendo un experimento con alguna sustancia violentamente inestable, Hinata acercó su boca a la de él, probando diferentes ángulos, buscándolo y degustándolo con un fervor cada vez mayor.
Ninguna mujer había besado a Naruto de la forma en que ella lo hacía, deslizándose por las suaves y ardientes sensaciones como si estuviera libando la miel de un panal. Sin embargo, cuanto más tiempo lo hacía, más salvaje se volvía. Uno de los dos tenía que conservar el control, y estaba claro que no iba a ser ella; por el contrario, estaba haciendo que a él le resultara más difícil. Gimió cuando ella se retorció en su regazo, poniéndolo todavía más duro.
Él le encerró el rostro entre las manos y la echó hacia atrás intentando ser gentil.
—Cariño, tranquila. Relájate. Te daré todo lo que tú...
Antes de que pudiera terminar la frase, Hinata se sumergió de nuevo y capturó su boca con un inocente entusiasmo. Jadeante, ella trató de sentir más porción de su pecho, buscando a tientas el borde inferior de la camisa. Pero no quedaban botones que desabrochar, así que tiró de ambos lados, tratando de rasgar la prenda.
Puede que hubiera funcionado con una camisa de diario, pero la pechera de una camisa de gala estaba confeccionada con varias capas de tela, y se necesitaba doble ración de almidón para suavizarla.
A pesar de su aguda excitación, Naruto sintió que bullía en su pecho una risa irresistible cuando la miraba, su pequeña y firme pirata, que se enfrentaba a un momento de inesperada dificultad para rasgar la camisa. Pero no había forma de que se arriesgara a herir sus sentimientos en un momento así. Después de sofocar la risa, se sentó con la espalda recta para tirar del borde de la camisa hacia arriba y quitársela por la cabeza, dejando al descubierto todo su pecho.
En cuanto lanzó la prenda a distancia, Hinata se unió a él con un suspiro desgarrador y dejó que sus manos vagaran por todo el torso y los laterales con desenfrenada codicia. Naruto se reclinó contra el respaldo. Más tarde le enseñaría a seguir un ritmo controlado, a acumular lentamente el deseo, pero por ahora, prefería darle rienda suelta. La trenza había comenzado a deshilacharse y los rizos que caían alrededor de su rostro eran tan brillantes como la luna sobre las ondas de agua oscura. La acarició y le hizo cosquillas mientras se movía sobre él, impulsando las caderas sin seguir ningún patrón concreto.
Naruto estaba tan tenso como un hombre en una mazmorra medieval. Cerró los puños en el cojín hasta que sus dedos estuvieron a punto de hacer agujeros en el brocado. Luchó para concentrarse, reprimiendo su propio deseo mientras Hinata seguía besándolo, frotándose arriba y abajo en su regazo.
Arrancando la boca de la suya con una muda exclamación, Hinata dejó caer la cabeza en su hombro. Jadeaba, sin saber lo que quería, solo que el placer incrementaba su frustración, y cualquier cosa que hacía para satisfacerla era peor.
Había llegado el momento de tomar el control. Con un murmullo de consuelo, Naruto la echó hacia atrás y le recogió el pelo junto.
—Quiero hacer algo por ti, cielo. ¿Vas a confiar en mí durante unos minutos?
