Hinata valoró la cuestión sin moverse. Estaba excitada e insatisfecha, con los nervios tensos como un alambre. Como ocurría cuando tenía hambre, solo que mucho peor. Algo la carcomía, algo agudo que la dejaba temblorosa.

—¿Qué vas a hacer? —le preguntó.

Naruto movió las manos sobre ella con ligereza.

—Sabes que jamás te haría daño.

A ella no se le escapó que no había respondido a su pregunta. Se alzó sobre él y luego lo miró. Allí tumbado, debajo de ella, era tan hermoso que no parecía humano; con aquellos músculos marcados y elegantes, y unos rasgos que parecían fruto de un sueño.

Tenía los pómulos y el puente de la nariz bronceados, como si hubiera estado expuesto al sol demasiado tiempo. Sus ojos azules brillaban llenos de malicia y secretos, sombreados por las espesas pestañas.

«Es como si Adonis hubiera cobrado vida», pensó ella, invadida por una oleada de pesimismo.

—Creo que debemos parar —dijo a regañadientes.

Naruto negó con la cabeza, entrecerrando los ojos como si aquella declaración lo desconcertara.

—Apenas hemos empezado.

—Esto no puede conducir a nada. El príncipe azul no es para una chica que se sienta en los rincones, sino para una que pueda bailar el vals.

—¿Qué demonios tiene que ver el vals con esto?

—Es una metáfora.

—¿Por qué? —Naruto la alejó en su regazo, se sentó y se pasó las manos por el cabello. A pesar de sus intentos para restablecer el orden en su pelo, los mechones dorados se distribuyeron en desaliñadas capas, de las que algunas cayeron sobre su frente. Daba igual, todo le quedaba bien. Lo miró mientras ponía el brazo en el respaldo del sofá con los ojos clavados en ella.

Hinata estaba tan distraída por su torso y sus bíceps musculosos, por el vello dorado que le cubría el pecho, que apenas fue capaz de responder.

—Por todas las cosas que yo no puedo hacer. Tu esposa tendrá que ser la anfitriona de todo tipo de eventos, asistir a bailes y veladas contigo, y ¿qué mujer con dos piernas no puede bailar con su marido? La gente se hará preguntas. ¿Qué excusa podría darles?

—Podríamos decir que soy un marido celoso. Que no quiero verte en brazos de otro hombre que no sea yo.

Hinata frunció el ceño, y tiró de los bordes delanteros del camisón para cerrarlo. Se sentía un poco insultada e incluso se compadecía un poco a sí misma, y no había nada que despreciara más que compadecerse a sí misma.

—Como si alguien pudiera creerse eso —murmuró casi para sus adentros.

Naruto la agarró con firmeza por los brazos mientras la miraba con los ojos tan brillantes que parecían fósforos encendidos.

—No quiero que estés en los brazos de ningún otro hombre.

El mundo se detuvo. Hinata se sintió afligida y asustada al pensar que podía haber una pizca de verdad en sus palabras. No, él no lo decía en serio. La estaba manipulando.

Lo empujó en el pecho, tan duro como una pared de piedra.

—No digas eso.

—Me perteneces.

—No.

—Lo siento cada vez que estamos juntos —insistió él—. Tú deseas...

Ella trató de acallarle con su boca, aunque luego pensó que no había sido la táctica más inteligente. Naruto respondió de inmediato, con un beso profundo y exigente.

Al momento siguiente, ella estaba de espaldas, tendida debajo de él. Naruto apoyaba su peso en los codos y las rodillas para no aplastarla, pero seguía anclándola de forma segura a los cojines del sofá mientras la besaba con lentitud, consumiéndola con su ardor. Parecía decidido a probar algo, como si no fuera suficiente que lo deseara, sino que tuviera que sentir una necesidad irreprimible. Hinata abrió la boca y absorbió el embriagador sabor de él, el suave calor masculino, la erótica exploración de su lengua. No pudo evitar deslizar las manos por los fuertes músculos de su espalda. Su piel era suave al tacto, más satinada y gruesa que la suya.

Él arrastró lentamente sus labios separados por su cuello y luego bajó hacia los pechos. Hinata se arqueó cuando le capturó un tenso pezón con la boca, y movió la lengua contra él mientras lo sostenía con los dientes. Al mismo tiempo,le cubrió el otro pecho con la mano, dando forma a la carne maleable antes de deslizarla a lo largo de su cuerpo trazando las curvas de la cintura y la cadera. El borde del camisón se le había subido por los muslos, lo que hizo que a él le resultara más fácil tirar de la tela hasta la cintura. Conmocionada, ella apretó los muslos.

Encogió los dedos de los pies al oír su risa suave. Lobuna, sensual, conocedora... Colocándose a su lado, Naruto le bajó los dedos por el estómago hasta llegar al ombligo, donde se detuvo a trazar unos círculos perezosos. Al mismo tiempo, besó y chupó la punta de un pecho hasta que estuvo mojada y muy sensible.

Hinata sintió un hormigueo al notar que él deslizaba los dedos hacia el sedoso vello que crecía entre sus muslos para acariciarlo de forma distraída. Ella se retorció con la mirada nublada. ¡Oh, Dios! ¿De verdad estaba permitiéndole hacer eso? Sí, de verdad. Cuando él siguió tocándola allí con suavidad, ella gimió a pesar de la vergüenza y la preocupación. Naruto movió la punta del dedo corazón sobre la parte superior del delicado surco que formaba su sexo. El breve remolino de placer que la envolvió hizo que contuviera el aliento y apretara las piernas con más fuerza.

Él separó la boca de su pecho.

—Ábrete para mí —susurró.

Ella se mordió el labio inferior mientras él peinaba los rizos; el contacto de sus dedos la debilitaba. Su cuerpo no era más que un cúmulo de calor movido por los latidos de su corazón. Ya no tenía nada claro. Nada importaba salvo lo que él hacía con ella. Le temblaron las piernas y gimió por el esfuerzo que suponía mantenerlas juntas.

—Hinata... —La voz de Naruto era suave y seductora—. Ábrete para mí. —Su dedo se insinuó entre los sensibles pliegues y giró con suavidad. La sensación que la recorrió fue luminosa como una llama blanca—. No seas terca —susurró él—. ¡Oh, Hinata! No me tientes así. Me vas a obligar a hacer algo malvado.—Pasó el dedo a lo largo de sus muslos cerrados—. Solo tienes que separar las piernas un poquito. Para mí. —El cálido aliento de su risa le calentó la piel—.¿No vas a hacerlo ni siquiera unos centímetros?

—Me da vergüenza —protestó ella—. Te estás aprovechando de mi estado nervioso.

—Este es un tratamiento bien conocido para aplacar los nervios femeninos.

—Eso no ayuda. Solo... ohhh... lo empeora.

Naruto comenzó a bajar saboreando su piel, mordisqueándola con ternura,usando los dientes, los labios, la lengua... Ella trató de rodar debajo de él, pero Naruto la retuvo agarrándola por las caderas. Ella sintió que trazaba un húmedo remolino alrededor de su ombligo, pintándolo con fuego líquido antes de seguir arrastrándose hacia abajo. El corazón le latía de forma casi dolorosa cuando notó que respiraba contra el lugar más íntimo de su cuerpo. Le separó los rizos con la lengua, transmitiendo un calor peculiar, un resbaladizo cosquilleo.

Asombrada, intentó apartarse, pero él no se lo permitió, y siguió lamiendo suavemente la zona, jugando con ella. Sus muslos se separaron en señal de impotente rendición. Entonces, él buscó con la lengua la sedosa carne, la secreta yema, y la rodeó con ligera delicadeza mientras le recorría muy despacio los muslos de arriba abajo con las manos.

El placer se extendió por todas partes, por debajo de su piel y por el resto de su cuerpo siguiendo el ritmo de los latidos de su corazón. Todos sus sentidos se centraron en el hechizo que él estaba tejiendo, en el audaz encantamiento. Para su eterna vergüenza, cuando él detuvo la lengua, ella arqueó las caderas. No podía dejar de retorcerse, a pesar de sentir el calor de su sonrisa en la piel. Sabía que Naruto estaba jugando con ella, haciéndola anhelar cosas vergonzosas. Cuando ella empezó a mover las manos para empujarle la cabeza, él le agarró las muñecas y las sostuvo contra el sofá. Entonces, empezó a mover la lengua con un ritmo constante que hizo que sus entrañas se anudaran siguiendo los latidos. Él sabía lo que estaba haciendo y no descansó, llevó aquella sensación cada vez más alto hasta que se fundió y empezó a inundar cada parte de su ser. Hinata trató de retenerla, pero eso solo hizo que fuera peor, que lo que se desencadenó fuera más largo y la estremeciera hasta los huesos. Se le cerraron los ojos y sintió el impulso primitivo de apretar las extremidades en torno a algo.

Cuando se suavizaron los últimos temblores, Naruto se irguió sobre ella y la tomó entre sus brazos. Hinata se estiró a su lado, colocando un muslo sobre los de él. Sentía los miembros agradablemente pesados, como si estuviera despertando de un largo letargo, y, por una vez, su mente estaba concentrada por completo, sin que otros pensamientos la distrajeran. Él comenzó a susurrarle algo al oído, las mismas palabras recitadas una y otra vez.

—Es mi oído malo —murmuró ella finalmente.

Él curvó los labios contra su mejilla y levantó la cabeza.

—Lo sé.

¿Qué había estado susurrando? Desconcertada, le pasó la mano por el pecho, jugando con la piel, sintiendo la potente armazón de las costillas y los duros músculos que las protegían. Él era completamente diferente a ella; era duro y musculoso, con la piel reluciente como mármol pulido.

Fascinada, se permitió pasar el dorso de los dedos por la parte delantera del pantalón, donde la pesada forma de su carne excitada tensaba el paño negro. Con timidez, giró la mano y se atrevió a ahuecar la palma sobre el eje para recorrerlo desde la base a la punta una y otra vez. Tocarlo de esa manera era tan aterrador como emocionante. Notó que se aceleraba la respiración de Naruto y que se estremecía sin control cuando ella apretó la rígida dureza.

Bajo sus dedos, la carne parecía poseer sus propios impulsos y sensibles contracciones nerviosas. Quería ver esa misteriosa parte de él. Quería saber cómo era. La parte delantera del pantalón estaba diseñada siguiendo un patrón clásico, una tapeta con dos filas de botones laterales. Deslizó con timidez la mano hacia la fila de botones más cercana.

Él puso los dedos sobre los de ella, deteniendo su avance y le rozó la sien.

—Es mejor que no, cariño.

Hinata frunció el ceño.

—Pero no es justo que tú trates mi condición nerviosa, y yo no haga nada por aliviar la tuya.

Sintió su suave risa en el pelo.

—Ya nos ocuparemos de ella más adelante. —Se inclinó sobre ella y apresó sus labios con un beso breve y ardiente—. Ahora, deja que te lleve a la cama —susurró—. Te arroparé como una niña buena.

—Todavía no —protestó ella—. Quiero quedarme aquí contigo. —La tormenta envolvía la casa. La lluvia caía contra las ventanas con la fuerza de un centavo de bronce. Se acurrucó con más firmeza en el hueco caliente del brazo de Naruto—. Además... Todavía no me has respondido a la pregunta que te hice en el recinto del tiro con arco.

—¿Qué pregunta?

—Ibas a contarme lo peor de ti mismo.

—Dios... ¿Tenemos que hablar de eso ahora?

—Me dijiste que querías hablar sobre eso en privado. No sé cuándo tendremos otra oportunidad.

Naruto frunció el ceño y permaneció callado, concentrado en unos pensamientos que no parecían agradables. Quizá no estaba seguro de cómo empezar.

—¿Tiene algo que ver con tu amante? —preguntó ella, intentando ayudarle.

Él la miró con los ojos entrecerrados, como si lo hubiera tomado por sorpresa.

—Así que has oído hablar de ella.

Ella asintió.

Él soltó un suspiro controlado.

—Bien sabe Dios que no estoy precisamente orgulloso de ello. Sin embargo, siempre he pensado que era mejor que recurrir a la prostitución o seducir a inocentes, ya que lo del celibato no es lo mío.

—No voy a pensar mal de ti por ello —se apresuró a asegurarle Hinata—.Lady Senju dice frecuentemente que las damas deben fingir que no saben lo que hacen los caballeros.

—Todo muy civilizado —murmuró Naruto con expresión sombría—. No hay nada malo en la disposición —continuó—, a no ser que una o las dos partes involucradas estén casadas. Siempre he considerado que los votos del matrimonio son sagrados. Acostarse con la mujer de otro hombre es imperdonable.

Su tono se mantuvo tranquilo y condescendiente, salvo por la nota de recriminación hacia sí mismo que había en la última palabra.

Por un momento, Hinata se quedó demasiado sorprendida para hablar.

Parecía imposible que ese hombre, con su apariencia dorada y sofisticada —un hombre perfecto en todos los sentidos— pudiera sentir vergüenza de nada. La sorpresa se fundió hasta convertirse en un sentimiento tierno al comprender que Naruto no era un ser divino, sino un hombre con defectos muy humanos. Sin duda, no resultaba un descubrimiento desagradable.

—Tu amante está casada —afirmó ella.

—Es la esposa del embajador de Estados Unidos.

—Entonces, ¿tú y ella cómo...?

—He comprado una casa en la que nos reunimos cuando es posible.

Hinata sintió una opresión en el pecho, como si unas garras se clavaran en su corazón.

—¿Allí no vive nadie? —preguntó—. ¿Es solo para vuestros rendezvous?

Naruto le dirigió una mirada irónica.

—Me pareció que era preferible a tener citas detrás de las macetas en las veladas.

—Sí, pero comprar una casa... —Supo que estaba hurgando en una herida. Pero la idea de que él hubiera comprado un lugar privado y especial para ellos dos dolía. Una casa para ellos. Probablemente era cómoda y acogedora, una de esas villas independientes con miradores, o quizás una casita campestre con su propio jardín.

—¿Cómo es la señora Black? —preguntó ella.

—Vivaz. Segura de sí misma. Mundana.

—Supongo que también será hermosa.

—Mucho.

Las garras invisibles se hundieron a más profundidad. ¡Qué sensación más desagradable! Parecían... ¿celos? No lo parecían, eran celos. ¡Oh, Dios! ¡Era horrible!

—Si la idea de tener a una mujer casada como amante te molesta tanto —preguntó, tratando de no resultar sarcástica—, ¿por qué no te buscaste a otra?

—No es como si uno pudiera poner un anuncio en el periódico —replicó él con sequedad—. Y no siempre nos sentimos atraídos por las personas más adecuadas. Me molestó mucho que Fūka estuviera casada. Pero no lo suficiente como para dejar de perseguirla una vez supe que... —Se interrumpió y se frotó la nuca al tiempo que apretaba los labios hasta que formaron una tensa línea.

—¿Supiste qué? —preguntó Hinata con una nota de terror en la voz—. ¿Que la amabas?

—No. Me gusta, pero nada más. —El rubor de Naruto fue en aumento al obligarse a continuar—: Cuando supe que me entendía bien con ella en el dormitorio. Antes no había conocido a una mujer que me pudiera satisfacer de la forma en que ella lo hace, así que pasé por alto el hecho de que estuviera casada.

—Hizo una mueca—. Cuando se trata de asuntos de esa índole, parece que me deshago de mis escrúpulos y prefiero inclinarme por la satisfacción sexual.

Hinata estaba desconcertada.

—¿Por qué a las mujeres les resulta tan difícil satisfacerte? —preguntó—.

¿Qué es exactamente lo que tienen que hacer?

La audaz pregunta pareció arrancar a Naruto de su sombrío estado de ánimo. La miró con una sonrisa bailando en los labios.

—Solo pido que esté disponible, dispuesta y... que no tenga inhibiciones. —Se centró en los botones del camisón de Hinata y empezó a abrocharlos con una concentración total—. Desafortunadamente, a la mayoría de las mujeres no les enseñan a disfrutar del acto sexual, les meten en la cabeza la idea de que solo es para la procreación.

—¿Tú no opinas así?

—Creo que las mujeres disfrutan de pocos placeres en este mundo. Pienso que solo un idiota egoísta negaría a su compañera la misma satisfacción que ella le da, sobre todo cuando su placer aumenta el de él. Sí, creo que las mujeres deben disfrutar en la cama, a pesar de que puede sonar radical. La falta de inhibición de Fūka la hace única... y muy deseable.

—Yo no tengo inhibiciones —soltó Hinata, sintiéndose competitiva.

Lamentó el comentario en cuanto vio el brillo de diversión en los ojos de

Naruto.

—Me alegro —dijo él con suavidad—. Como ves, hay cosas que se supone que un caballero no le debe de pedir a su esposa. Pero si tuviéramos que casarnos, yo tendría que pedírtelas.

—Si tuviéramos que casarnos, supongo que no me importaría. Pero nosotros no vamos... —Se vio obligada a hacer una pausa cuando la invadió un irreprimible bostezo, y se tapó la boca con la mano.

Naruto sonrió y la acurrucó contra él como si estuviera tratando de absorber su presencia. Hinata se relajó contra el profundo calor de su cuerpo y su dorada piel satinada. Estaba envuelta en el olor de él, vibrante, fresco, con notas a bosque picante. ¿Cómo se había vuelto tan familiar su esencia en solo unos días? Lo echaría de menos. Echaría de menos momentos como ese.

Durante un instante de lacerante envidia, se imaginó a Naruto regresando a Londres, a la casita que había comprado para estar con su amante. La señora Black estaría allí esperándolo, perfumada y vestida con un hermoso deshabillé.

Él la llevaría a la cama y haría cosas muy malas con ella, y aunque Hinata tenía pocos conocimientos del tema, no pudo evitar preguntarse cómo sería pasar horas en la cama con él. Sintió un aleteo en el estómago.

—Naruto —dijo con incertidumbre—. Creo que no he dicho la verdad.

Él le pasó la mano por el pelo, jugando con los mechones.

—¿Sobre qué, cariño?

—No debería haberte dicho eso sobre las inhibiciones. Es cierto que casi nunca las tengo, pero creo que aun así, tengo algunas. Solo que no sé exactamente cuáles son.

—Yo puedo ayudarte a descubrirlas —le susurró él con suavidad al oído, haciéndola arder.

Hinata sintió que su corazón latía incluso más rápido que el repique de la lluvia en los cristales. Se sentía desleal al desearlo de esa manera, profundamente desleal a sí misma, pero al parecer no podía evitarlo.

Naruto aflojó el abrazo y recogió la bata del suelo con intención de ponérsela.

—Hinata, tengo que llevarte ahora a la cama —dijo con tristeza—, porque si no lo hago, nuestra cita se convertirá en algo mucho más libertino.