—¿Se encuentra mal, milady? —preguntó Ida a la mañana siguiente, deteniéndose junto a la cama de Hinata.

Ella abrió los ojos y miró a su doncella mientras sentía que su conciencia protestaba al verse arrastrada desde las profundidades de su cómodo olvido.

—Estoy acostada en la cama, en una habitación a oscuras —replicó de mal humor, moviendo la cabeza sobre la almohada y cerrando de nuevo los ojos—. En esas circunstancias la gente tiende a dormir.

—A estas horas todas las mañanas está saltando y chillando como un grillo en un gallinero.

Rodó lejos de la joven.

—No he dormido bien.

—El resto de la casa está despierto. Se perderá el desayuno a menos que logre estar presentable dentro de media hora.

—No me importa. Dile a todo el que quiera saberlo que estoy descansando.

—¿Y las criadas? Van a querer venir a limpiar...

—La habitación está ordenada.

—No, sin duda no lo está. Hay que barrer la alfombra y... ¿por qué está su bata a los pies de la cama en vez de colgada en el armario?

Hinata se enterró más profundamente bajo las mantas mientras se ponía roja de pies a cabeza. Recordaba que Naruto la había llevado a su habitación la noche anterior y la había dejado en la cama. Había estado tan oscuro que apenas se podía ver nada, pero Naruto poseía una visión nocturna excepcional.

—¿Brazos dentro o fuera? —le había preguntado, arropándola con suma eficacia.

—Fuera —replicó ella divertida—. No sabía que tenías la habilidad de meter a la gente en la cama.

—Hasta ahora solo la he desarrollado con niños. Mangetsu me repite siempre las mismas instrucciones para que las sábanas no queden flojas. —El peso de Naruto hundió el colchón a su lado cuando apoyó una mano para inclinarse sobre ella. Cuando le rozó la frente con los labios, Hinata le rodeó el cuello con los brazos al tiempo que buscaba su boca. Él se resistió brevemente, haciéndola sentir su aliento caliente contra la mejilla—. Creo que ya has tenido suficientes besos por una noche.

—Uno más —había insistido ella.

Él cedió y ella no supo cuánto tiempo habían estado jugando sus labios con los de ella, mientras respondía con profunda intensidad. Un tiempo después, Naruto se retiró, desapareciendo en la oscuridad como un gato.

Hinata se vio arrancada de aquel placentero recuerdo al escuchar el sonido metálico de la tapa de la caja de las zapatillas.

—Solo hay una —oyó que decía Hanare con recelo—. ¿Dónde está la otra?

—No lo sé.

—¿Por qué salió de la cama?

—Fui a buscar un libro porque no podía dormir —replicó Hinata irritada, aunque llena de preocupación. ¿Y si Naruto no se había acordado de buscar la otra zapatilla en el pasillo? Y ¿qué pasaba con la vela que se le había caído? Si cualquiera de los criados encontró esos artículos...

—Pues debe estar por alguna parte —aseguró Ida, agachándose para mirar debajo de la cama—. ¿Cómo es posible que pierda las cosas tan fácilmente? Guantes, pañuelos, horqu...

—Tanta palabrería está despertando a mi cerebro —estalló Hinata—. Pensaba que te haría feliz que me quedara durmiendo más de lo normal.

—Claro que me haría feliz —replicó Hanare—, pero tengo otras cosas que hacer además de esperar, lady dormilona. —Se levantó con un resoplido y salió de la habitación cerrando la puerta.

Hinata esponjó la almohada y hundió allí la cabeza.

—Algún día voy a contratar a una doncella amable —murmuró—. Una que no me insulte ni me eche sermones de madrugada. —Giró sobre su espalda a un lado y luego al otro, tratando de encontrar una posición cómoda. No la encontró.

Estaba despierta y eso era todo.

¿Merecería la pena el esfuerzo de llamar a Hanare y tratar de vestirse a tiempo para el desayuno? No, no tenía ganas de correr. De hecho, no sabía lo que sentía. Una extraña mezcla de emociones se mezclaban en su interior: nerviosismo, excitación, melancolía, añoranza, miedo. El día siguiente sería el último que pasaría completo en Heron's Point. Temía tener que marcharse. Temía sobre todo lo que tendría que decidir.

Alguien dio un golpe en la puerta, haciendo que se le acelerara el corazón al preguntarse si podría ser Naruto, tratando de devolverle la zapatilla que le faltaba.

—¿Sí? —preguntó no muy alto.

Tenten entró en la habitación, y su pelo de color marrón brillaba incluso en la oscuridad.

—Lamento molestarte, querida —dijo con suavidad, acercándose a la cabecera de la cama—. Pero quería preguntarte cómo te sentías. ¿Estás enferma?

—No, pero mi cerebro está cansado. —Hinata se acercó más al borde de la cama, y Tenten le retiró el pelo hacia atrás y le puso la mano brevemente en la frente. Desde el momento en el que Tenten llegó a la finca de su familia, fue lo más parecido a una madre que había conocido, a pesar de que Tenten era todavía muy joven.

—Tienes mucho que pensar —murmuró Tenten con simpatía.

—Cualquier cosa que decida va a parecer un error. —Hinata sentía un nudo en la garganta—. Me gustaría que lord Saint Namikaze fuera un viejo lleno de verrugas. Entonces todo sería mucho más fácil. Pero no, es odiosamente atractivo y encantador. Es como si estuviera tratando de hacerme la vida lo más difícil posible. Por eso nunca he entendido por qué la gente piensa que el diablo es una horrible bestia con cuernos, pezuñas y cola bífida. Nadie se ve tentado por eso.

—¿Estás diciéndome que lord Saint Namikaze es un diablo disfrazado? —preguntó Tenten, que parecía vagamente divertida.

—Puede que lo sea —replicó Hinata de mal humor—. Me lo ha puesto todo muy confuso. Soy como un pequeño jilguero que piensa: «Oh, esa jaulita parece muy agradable, con sus barrotes de oro y ese acogedor columpio de terciopelo, y ese plato de alpiste... Quizá podría valer la pena cortarme las alas para disfrutarlo.» Y luego, cuando cierren la puerta, será demasiado tarde.

Tenten le frotó la espalda para confortarla.

—Ningún ala debe ser cortada. Yo te apoyaré en todo lo que decidas.

Por curioso que resultara, Hinata sintió miedo en lugar de consuelo.

—Si no me caso con él, nuestra familia quedará arruinada. ¿Y Hanabi?

—No. Seremos pasto de los chismes durante un tiempo, pero al final se acabarán olvidando, y más adelante, que tengamos una mancha en nuestra reputación, solo servirá para que seamos compañeros de cena más interesantes. Y te prometo que encontraremos un marido perfectamente agradable para Hanabi. —Tenten vaciló—. Sin embargo, en caso de que desees casarte en el futuro, este escándalo podría ser un hándicap para algunos hombres. No para todos, pero sí para algunos.

—No pienso casarme hasta que las mujeres tengan el derecho al voto y hagan unas leyes más justas. Lo que significa que nunca me casaré. —Hundió la cara en la almohada—. Incluso la reina se opone al sufragio —agregó con la voz ahogada.

Sintió la suave mano de Tenten en la cabeza.

—Se necesita tiempo y paciencia para cambiar la forma de pensar de la gente, pero no olvides que muchos hombres están hablando de la igualdad de las mujeres, entre ellos el señor Disraeli.

Hinata la miró.

—Me gustaría que hablaran un poco más fuerte.

—Uno tiene que hablar de forma que la gente lo escuche —replicó Tenten con cuidado—. En cualquier caso, la ley no va a cambiar en los próximos dos días, y tienes que tomar una decisión. ¿Estás absolutamente segura de que lord Saint Namikaze no apoyará tu empresa de juegos de mesa?

—Oh, la apoyará, como cualquier hombre apoyaría una afición de su esposa. Pero siempre pretendería que esta ocupara un segundo lugar para ella. No sería conveniente que su esposa visitara una fábrica en vez de planificar una cena. Me temo que si me caso con él, terminaré ocupándome de un compromiso tras otro. Y todos mis sueños morirían lentamente mientras miro hacia otro lado.

—Entiendo...

—¿De verdad? —preguntó Hinata con seriedad—. Pero tú no tomarías la misma decisión, ¿verdad?

—Tú y yo tenemos temores y necesidades diferentes.

—Tenten... ¿Por qué te casaste con el primo Neji después de que Hoheto te tratara tan mal? ¿Cómo te atreviste?

—Lo cierto es que tenía mucho miedo.

—Entonces ¿por qué lo hiciste?

—Lo amaba demasiado para estar sin él. Y me di cuenta de que no podía dejar que el miedo tomara la decisión por mí.

Hinata miró hacia otro lado mientras la melancolía caía sobre ella como una sombra.

Tenten alisó la colcha.

—La duquesa y yo vamos a llevar a las chicas a hacer una excursión por el paseo marítimo del pueblo. Tenemos pensado visitar algunas tiendas y puestos de helados de frutas. ¿Te apetece acompañarnos? Esperaríamos a que estuvieras preparada.

Hinata suspiró y tiró de las sábanas para cubrirse la cabeza.

—No, no quiero fingir que estoy contenta cuando me siento tan flojiposa.

Tenten dobló la sábana y sonrió.

—Entonces, haz lo que quieras. Todo el mundo se ha dispersado en diferentes direcciones y la casa está tranquila. Neji ha ido al muelle con el duque y Nagato para averiguar si la tormenta ha causado daños en el yate de la familia. Lady Hōzuki fue a dar un paseo con sus hijos.

—¿Y lord Saint Namikaze? ¿Sabes dónde está?

—Creo que está ocupándose de la correspondencia en el estudio. —Tenten se inclinó para besarla en la frente, y el movimiento la envolvió en una nube con olor a rosas y menta—. Cielo, solo te diré una cosa más: hay muy pocas cosas en la vida que no requieran un compromiso, ya sea de un tipo u otro. No importa lo que elijas, no será perfecto.

—Eso con respecto a «felices para siempre» —repuso Hinata con amargura.

Tenten sonrió.

—Pero ¿no sería aburrido si «para siempre» solo implicara felicidad, sin dificultades, o problemas que resolver? Estoy segura de que «para siempre» es mucho más interesante que eso.

Un poco más tarde, Hinata se aventuró a bajar las escaleras con un vestido color lavanda que tenía delicados detalles de pasamanería de seda trenzada, así como varias capas de enaguas blancas que exhibían una cascada de volantes. Ida, a pesar de su irritable actitud anterior, le había subido té y tostadas, y había dedicado bastante tiempo a arreglarle el cabello. Le rizó cuidadosamente los largos mechones con pinzas calientes, que luego fue sujetando en la coronilla para que cayeran de forma descuidada en una masa de tirabuzones. Cada vez que su pelo liso se negaba a adquirir la forma deseada, Ida lo frotaba con un tónico compuesto de semillas de membrillo, por lo que los tirabuzones eran tan robustos como un resorte de acero. Como colofón, la doncella había acentuado el estilo colocando algunas perlas al azar, fijadas en horquillas de plata.

—Gracias, Hanare —le había dicho Hinata, comprobando los resultados con un espejo de mano—. Eres la única persona del mundo a la que mi pelo obedece siempre. Lamento perder cosas en todo momento —añadió con humildad después de una pausa—. Estoy segura de que eso vuelve loco a cualquiera.

—Eso hace que conserve mi puesto de trabajo —repuso Hanare filosóficamente—. Pero no debe disculparse con un criado, milady. Altera el orden preestablecido.

—¿Y si siento que o lo digo o reviento?

—No puede decirlo.

—Sí, claro que puedo. Lo que haré será mirarte y llevarme tres dedos a la frente, así. Esa será nuestra señal para que sepas que estoy disculpándome. Podríamos establecer otras señales y tendríamos nuestro propio idioma —propuso entusiasmada con la idea.

—Milady —dijo Hanare en tono suplicante—, por favor, no sea tan rara.

En la calma que siguió a la tormenta, la casa estaba iluminada con los oblicuos rayos de sol. A pesar de que no tenía a nadie a la vista, Hinata oyó los rápidos movimientos de los criados en varias habitaciones mientras recorría el pasillo. En un lado era el traqueteo del carbón, en otro el susurro de las escobas sobre las alfombras, más allá el siseo al limpiar los utensilios de la chimenea. El propio lugar parecía confabularse para que ella se marchara y volviera a trabajar en su pequeño negocio para hacer tableros de juego. Había llegado el momento de visitar lugares donde podría ubicar la fábrica, reunirse con la imprenta y empezar a entrevistar a los potenciales empleados.

La puerta del estudio estaba abierta. Cuando se acercó al umbral, su pulso se intensificó de forma que lo sintió en el cuello, las muñecas y las rodillas. No sabía cómo enfrentarse a Naruto después de todo lo que habían hecho la noche anterior. Se detuvo junto al marco y asomó la cabeza por el hueco de la puerta.

Naruto estaba sentado ante un pesado escritorio de nogal, y su perfil quedaba a contraluz de los rayos de sol. Estaba leyendo un documento con un gesto de intensa concentración, e hizo una pausa para escribir algún dato en un papel. Estaba vestido con un traje de mañana, bien peinado y con el rostro afeitado; parecía tan fresco como un soberano recién acuñado.

Aunque ella no hizo ningún sonido o movimiento, Naruto levantó la mirada hacia ella. Su sonrisa perezosa la hizo sentir mareos.

—Adelante —la animó él, impulsándose hacia atrás desde el escritorio.

Hinata se acercó sintiéndose muy consciente de sí misma y con las mejillas en llamas.

—Iba a... Bueno a dar un paseo, pero antes quería preguntarte si encontraste la zapatilla. ¿La tienes? ¿Está en tu poder?

Él se levantó y bajó los ojos hacia ella con una mirada caliente como el sol. Por un momento, ella solo pudo pensar en sentir su calor sobre la piel.

—Sí, recuperé la zapatilla —confirmó.

—¡Oh, gracias a Dios! Mi doncella estaba a punto de denunciar su desaparición a Scotland Yard.

—Eso es malo, dado que he decidido conservarla.

—No, eso solo podrías hacerlo si se tratara de una zapatilla de cristal. Si es como esa, sin forma y confeccionada con lana, tienes que devolverla.

—Lo consideraré. —Después de echar un vistazo a la puerta para asegurarse de que nadie los veía, Naruto se inclinó para robarle un beso rápido—. ¿Puedes quedarte a hablar conmigo unos minutos? O si prefieres te acompaño. Quiero decirte algo importante.

A Hinata le dio un vuelco el corazón.

—No irás a hacerme una propuesta ahora, ¿verdad?

Él hizo una mueca.

—No, ahora no.

—Entonces sí, puedes acompañarme a dar un paseo.

—¿Adónde pensabas ir? ¿A los jardines?

Ella asintió.

Al salir por el lateral de la casa, había un camino de grava fina. Naruto parecía relajado y su expresión era neutra, pero ella había notado una línea de tensión entre las cejas.

—¿De qué deseas hablar? —preguntó Hinata.

—De una carta que he recibido esta mañana. Es del señor Chester Litchfield, un abogado de Brighton. Representó a Karin en una disputa con su familia política sobre algunas disposiciones del testamento de su difunto marido. Litchfield está muy versado en el derecho de propiedad, así que me puse en contacto con él después de saber sobre tu negocio de juegos de mesa. Le pedí que buscara la manera de que pudieras mantener legalmente el control de tu empresa si te convertías en una mujer casada.

Sorprendida e inquieta, Hinata se desvió del camino para interesarse por un arbusto de metro y medio que tenía muchas flores blancas del tamaño de las camelias.

—¿Qué te ha respondido el señor Litchfield?

Naruto se le acercó por detrás.

—No me ha dado las respuestas que yo quería.

Hinata hundió los hombros, pero se mantuvo en silencio mientras él continuaba.

—Litchfield me ha explicado —continuó Naruto— que cuando una mujer se casa, es como si muriera desde un punto de vista civil. No puede participar legalmente en un contrato con ninguna persona, lo que significa que incluso si es la propietaria de unas tierras, no puede alquilarlas o venderlas. Incluso aunque la propiedad haya sido asegurada como un patrimonio separado, su marido recibe los intereses y los beneficios. Para el gobierno, cuando una mujer trata de poseer algo al margen de su marido, está esencialmente robándole.

—Yo ya lo sabía. —Hinata deambuló hasta el otro lado del camino para mirar un lecho de prímulas amarillas. ¿Qué significado tenían las prímulas? ¿Castidad? No, eso era la flor de azahar... ¿Constancia?

—Litchfield piensa que en el futuro se reformará la ley del derecho a la propiedad —seguía hablando Naruto—, pero tal y como están ahora las cosas, en el momento en el que se firman los votos matrimoniales, las mujeres pierden su independencia y el control legal de sus negocios... —Se detuvo un momento—. Atiende, que lo que te voy a explicar ahora es importante.

—Estaba atendiéndote, solo que trataba de recordar qué significan las prímulas. ¿Inocencia? ¿O eso son las margaritas? Creo que es...

—No puedo vivir sin ti.

Hinata se volvió hacia él bruscamente con los ojos muy abiertos.

—Ese es el significado de las prímulas —explicó Naruto concisamente.

—¿Cómo lo sabes?

La miró con ironía.

—Mis hermanas discuten a menudo tonterías como el simbolismo de las flores. No importa cuánto intente ignorarlo, acaban quedándoseme algunas cosas. Ahora, regresando a lo que me explicó Litchfield, dice que de acuerdo con una reciente modificación en la ley de la propiedad con respecto a las mujeres casadas, si ganan un sueldo, podrán mantenerlo.

Hinata parpadeó y se concentró en sus palabras.

—¿Sea cual sea el importe?

—Siempre y cuando se realice un trabajo que lo justifique.

—¿Qué significa eso?

—En tu caso, que tendrías que adquirir un interés activo en la gestión de la empresa. También podrías mantener una bonificación anual. Le preguntaré a Litchfield con respecto a las comisiones sobre las ventas y una pensión, quizá puedas retenerlas también. Así es como se estructuraría la cuestión: cuando nos casemos y tu negocio se transfiera automáticamente a mí, lo pondré en fideicomiso a tu favor y te contrataré como presidenta de la compañía.

—Pero... ¿y los contratos legales? Si no puedo firmar nada, ¿cómo voy a llegar a acuerdos con los proveedores y las tiendas? ¿Cómo voy a contratar al personal?

—Podríamos tener en plantilla a un administrador que te ayude, con la condición de que siempre cumpla tus deseos.

—¿Y los beneficios de la compañía? Los recibirías tú, ¿verdad?

—No, si los invierto de nuevo en el negocio.

Hinata se lo quedó mirando mientras sopesaba la idea, tratando de comprender qué era lo que podía esperar del futuro.

Ese arreglo le daría una mayor independencia y autoridad que la ley propuesta proporcionaría a una mujer casada. Aun así, no podría emplear o despedir a nadie, ni firmar cheques o tomar decisiones por su cuenta. Tendría que dejar que fuera un gerente —un hombre, por supuesto— quien firmara los contratos y aceptara las ofertas de negocios en su nombre, como si ella fuera un niño pequeño. Sería difícil negociar bienes y servicios porque todo el mundo sabría que la última autoridad no residiría en ella, sino en su marido.

No podría ser la propietaria, pero lo parecería. Sería como llevar una tiara y pedirles a todos que fingieran que las piedras eran buenas cuando todo el mundo sabía que eran falsas.

Hinata apartó la mirada y se estremeció de frustración.

—¿Por qué no puedo poseer mi negocio de la misma manera en que lo haría un hombre? ¿Por qué podrían quitármelo?

—No permitiré que nadie te lo quite.

—No es lo mismo. Todo es un lío. Es un compromiso.

—No es perfecto —convino Naruto.

Hinata se paseó trazando un círculo.

—¿Quieres saber por qué me gustan tanto los juegos de mesa? Las reglas tienen sentido y son iguales para todos. Los jugadores están en las mismas condiciones.

—La vida no es así.

—Sin duda, no lo es para las mujeres —replicó ella con acritud.

—Hinata..., crearemos nuestras propias reglas. Nunca te trataré de otra manera que como mi igual.

—Te creo. Sin embargo, para el resto del mundo yo sería prácticamente inexistente.

Naruto se acercó y la cogió con suavidad por la parte superior del brazo, interrumpiendo sus pasos. Había ahora una pizca de contención en su calma, un borde áspero como un dobladillo descosido.

—Podrás hacer el trabajo que te gusta. Serás una mujer rica. Se te tratará con respeto y afecto. ¡Maldita sea! No voy a rogarte como un mendigo pidiendo limosna. Hay una forma de que tengas lo que quieres, ¿no es suficiente?

—¿Qué dirías si la situación fuera a la inversa? —replicó ella—. ¿Renunciarías a todos tus derechos legales y me entregarías todo lo que tienes? ¿Te gustaría no poder tocar un centavo de tu dinero salvo que yo lo autorizara? Piénsalo, Naruto, el último contrato que firmarías sería el de matrimonio. ¿Te casarías conmigo si esas fueran las consecuencias?

—Esa comparación es una locura —dijo él con el ceño fruncido.

—Solo porque, en un caso, es una mujer la que renuncia a todo, y en el otro, un hombre.

Sus ojos brillaron de forma peligrosa.

—Entonces ¿no ganas nada? ¿Tener la posibilidad de convertirte en mi esposa no supone ningún aliciente para ti? —Le agarró las manos y la acercó más—. ¿Estás diciendo que no me deseas? ¿Que no deseas más cosas como las que hicimos anoche?

Hinata se puso roja, y su pulso se desbocó. En ese momento, quiso fundirse con él, echar la cabeza hacia atrás y dejar que la besara hasta llevarla al olvido. Pero una parte terca y rebelde de su cerebro no quería someterse.

—¿Tendría que obedecerte? —se oyó preguntar.

Él bajó las pestañas mientras le ponía una mano en la nuca.

—Solo en la cama —gruñó por lo bajo—. Después..., no.

Ella tomó aire de forma inestable, consciente de los extraños dolores y del calor que sentía por todo su cuerpo.

—¿Me prometerías que me permitirías tomar mis propias decisiones incluso aunque pensaras que son erróneas? Y si algún día decidieras que mi trabajo no es bueno para mí, que representa un riesgo para mi salud o bienestar o incluso para mi seguridad, ¿me garantizas que no me prohibirías seguir realizándolo?

Naruto la soltó bruscamente.

—¡Maldición, Hinata! No puedo prometerte que no te protegeré.

—La protección puede convertirse en control.

—Nadie posee una libertad absoluta, ni siquiera yo.

—Pero disfrutas de mucha. Cuando alguien solo tiene un poco de algo, se ve obligado a luchar para no perderlo. —Al darse cuenta de que estaba a punto de llorar, Hinata bajó la cabeza—. Quieres discutir, y sé que si lo hiciéramos, ganarías puntos y harías que pareciera que no estoy siendo razonable. Pero nunca podríamos ser felices juntos. Algunos problemas no tienen solución. Algunas cosas con respecto a mí, no son invariables. Casarse conmigo supondría un compromiso tan imposible para mí como para ti.

—Hinata…

Se alejó sin escucharlo, echando casi a correr.

En cuanto regresó a su habitación, Hinata se fue a la cama. Se tendió encima, totalmente vestida, y se quedó inmóvil durante horas.

No sentía nada, lo que debería ser un alivio, pero de alguna manera era incluso peor que una sensación intensa.

Pensar en cosas que acostumbraban a hacerla feliz no servía para nada. Vislumbrar un futuro lleno de independencia y libertad no le ayudaba, ni tampoco imaginar montañas de cajas de sus juegos de mesa a la venta en una tienda. No había nada que esperar. Nada volvería a hacerla sentir placer de nuevo.

Quizá necesitara algún tipo de medicina, porque ¿ese frío tan terrible no podía ser provocado por la fiebre?

Tenten y las demás mujeres debían estar ya de vuelta de la excursión. Pero Hinata no podía recurrir a nadie para sentirse mejor. Ni siquiera a su melliza. Hanabi trataría de ofrecer soluciones o de decir algo amable y alentador, y ella terminaría por tener que fingir que estaba mejor para que su hermana no se preocupara.

Le dolían el pecho y la garganta. Quizá si diera rienda suelta a las lágrimas se sentiría mejor.

Pero no era capaz de llorar. Era como si su llanto estuviera encerrado en la bóveda helada que se había instalado en su pecho.

Nunca le había ocurrido nada así. Comenzó a sentirse muy preocupada. ¿Cuánto tiempo duraría? Era como si estuviera convirtiéndose en una estatua de piedra desde dentro hacia fuera. Terminaría encima de un pedestal de mármol con los pájaros posados en su cabeza si...

Toc, toc, toc... La puerta del dormitorio se entreabrió.

—¿Milady?

Era la voz de Hanare.

La doncella entró en la habitación en penumbra con una pequeña bandeja redonda.

—Le he traído un poco de té.

—¿Ya vuelve a ser por la mañana? —preguntó Hinata, desorientada.

—No, son las tres de la tarde. —Hanare se acercó a la cabecera de la cama.

—No quiero té.

—Se lo envía milord.

—¿Lord Saint Namikaze?

—Me llamó y me pidió que viniera a buscarla, y cuando le dije que estaba descansando me indicó que le trajera un poco de té. Indicó que se lo vertiera por la garganta si era necesario. Luego me entregó una nota para usted.

¡Qué irritante! Menudo déspota. Un destello de sensación atravesó su entumecimiento. Atontada, trató de incorporarse.

Después de ofrecerle la taza de té, Hanare se acercó a abrir las cortinas. El resplandor de la luz del día hizo que Hinata se estremeciera.

El té estaba caliente, pero no tenía sabor. Se obligó a beberlo y después se frotó los ojos, que estaban ardientemente secos, con los nudillos.

—Aquí tiene, señora. —Hanare le tendió un pequeño sobre cerrado, luego recogió la taza vacía y el plato.

Hinata miró fijamente el sello de cera roja en el sobre, donde estaba grabado el escudo de armas de la familia. Si Naruto le había escrito algo bueno, ella no quería leerlo. Y si lo que había allí dentro no era agradable, tampoco quería saber de qué se trataba.

—¡Por todos los santos! —exclamó Hanare—. ¡Ábralo ya!

Hinata la obedeció de mala gana. Mientras sacaba una pequeña nota doblada, cayó un pequeño objeto. Soltó un grito de forma automática, pensando que era un insecto. Pero al echarle una segunda mirada, se dio cuenta de que era un poco de tela. Lo recogió con cuidado y vio que era una de las hojas de fieltro que decoraban sus zapatillas de lana de Berlín. Había sido cuidadosamente recortada con unas tijeras.

Milady:

Tu zapatilla debe ser rescatada. Si quieres volver a verla, ven sola a la habitación de pintura. Por cada hora que tardes, se eliminará otro elemento decorativo.

SAINT NAMIKAZE

Se sintió exasperada. ¿Por qué hacía eso? ¿Estaría tratando de atraerla con otro argumento?

—¿Qué le dice? —preguntó Hanare.

—Tengo que bajar a hacer una negociación de rehenes —informó brevemente—. ¿Me ayudas a arreglarme?

—Sí, milady.

El vestido de color lavanda estaba ahora arrugado y aplastado, lo que la obligó a ponerse un vestido fresco de día de color amarillo. No era tan bonito como el otro, pero sí más ligero y cómodo, sin tantas enaguas. Por suerte, su elaborado peinado estaba bien sujeto y apenas necesitaba reparaciones.

—¿Me sacas las perlas? —le pidió Hinata—. Son demasiado elegantes para este vestido.

—Pero le quedan muy bien —protestó Hanare.

—No quiero ir tan arreglada.

—¿Y si milord le hace una proposición?

—No lo hará. Ya le he dejado claro que, si lo hacía, no lo aceptaría.

Hanare pareció horrorizada.

—¿Qué ha...? Pero ¿por qué?

Al margen de que, por supuesto, una doncella no debía preguntar tal cosa, Hinata respondió:

—Porque entonces sería la esposa de alguien en lugar de tener mi propia empresa de juegos de mesa.

A Hanare se le cayó el cepillo de la mano. Cuando su mirada se encontró con la de Hinata en el espejo, tenía los ojos abiertos como platos.

—¿Está negándose a casarse con el heredero del duque de Kingston porque prefiere trabajar?

—Me gusta el trabajo —indicó ella, cortante.

—¡Solo porque no tiene que hacerlo todo el tiempo! —Una expresión distorsionaba la redonda cara de Hanare—. De todas las bobadas que le he oído decir, y han sido muchas, esta es la peor de todas. Se ha pasado de la raya. ¿En qué estaba pensando para rechazar a un hombre así? Un hombre casi demasiado guapo, un tipo en la flor de la vida que, además, es tan rico como la reina. Solo una idiota le rechazaría.

—No te estoy escuchando —canturreó Hinata.

—Claro que no, ¡porque lo que digo tiene sentido! —Soltó un suspiro tembloroso y se mordió el labio—. Que me aspen si la entiendo, milady.

El estallido de su dominante doncella poco hizo para mejorar el estado de ánimo de Hinata. Bajó las escaleras sintiendo como si tuviera un ladrillo en el estómago. Si no hubiera conocido a Naruto, no tendría que enfrentarse ahora con eso. Si no hubiera aceptado ayudar a Ashina, no se habría quedado atascada en el sofá. Si Ashina no hubiera perdido un pendiente... Si no hubiera ido al baile... Si... Si...

Cuando llegó a la sala de pintura, oyó la música de un piano a través de las puertas cerradas. ¿Estaba Naruto tocando el piano? Perpleja, abrió una de las puertas y entró. El salón era elegante y espacioso, con suelos de madera, paredes pintadas en un tono crema y ventanas blancas. Las cortinas formaban suaves pliegues drapeados de seda pálida y semitransparente. Todas las alfombras se habían puesto a un lado de la habitación.

Naruto estaba junto al piano de cola que había en un rincón, hojeando partituras, mientras que su hermana Karin se encontraba sentada en un taburete delante del piano.

—Prueba con esta —le dijo él, dándole una de las cuartillas. Naruto se volvió al oír cerrarse la puerta y su mirada se encontró con la de Hinata.

—¿Qué estás haciendo? —le preguntó ella, acercándose de forma cautelosa, tensa como un caballo preparado para escapar—. ¿Por qué me has pedido que venga? ¿Y por qué está aquí tu hermana?

—Le he pedido a Karin que nos ayude —explicó Naruto—, y ella ha accedido.

—Me ha coaccionado —corrigió Karin.

Hinata los miró confusa.

—¿Ayudarnos a qué?

Naruto se acercó a ella, bloqueando con sus hombros la vista de su hermana.

—Quiero que bailes el vals conmigo —dijo en voz baja.

Hinata sintió que palidecía primero y que luego enrojecía de vergüenza.

Acto seguido volvió a ponerse pálida, igual que las rayas alternas de los postes de los barberos. Nunca había imaginado que él fuera capaz de burlarse así de ella.

—Sabes que no puedo bailar el vals —logró decir—. ¿Por qué me dices algo así?

—Prueba conmigo —la intentó convencer—. He estado pensando en ello, y creo que puedo conseguir que te resulte más fácil.

—No, no es posible —replicó en un susurro—. ¿Le has contado a tu hermana mi problema?

—Solo que tienes dificultades para bailar. No le conté por qué.

—¡Oh, gracias! Ahora piensa que soy torpe.

—Estamos en una habitación grande y prácticamente vacía —comunicó Karin desde el piano—. No es necesario que habléis en susurros, os oigo igual.

Hinata se volvió dispuesta a huir, pero Naruto se interpuso en su camino.

—Vas a probar conmigo —exigió.

—¿Qué es lo que te pasa? —espetó Hinata—. Si tuviera que elegir cuál es la actividad más desagradable, humillante y frustrante, dada mi inestabilidad, sería bailar el vals. —Furiosa, miró a Karin al tiempo que movía las palmas de las manos hacia arriba, como si estuviera preguntándole qué podía hacer con un ser humano tan imposible.

Karin la miró con pesar.

—Nuestros padres son perfectamente normales los dos —intervino ella—. No sabemos por qué salió así.

—Quiero enseñarte a bailar el vals como lo bailaban mis padres —explicó Naruto—. Es una forma más lenta y elegante que la que se lleva ahora. Se dan menos vueltas y uno se desliza en vez de andar saltando.

—No importa cuántas vueltas se den. Yo ni siquiera puedo girar una vez.

La expresión de Naruto era inflexible. Estaba claro que no tenía intención de permitirle salir del salón hasta que consiguiera lo que quería.

Hecho núm. 99: Los hombres son como los bombones. Los que son más atractivos por fuera tienen el peor relleno.

—No te presionaré demasiado —aseguró él con suavidad.

—¡Ya me estás presionando demasiado! —Hinata se estremecía de indignación—. ¿Qué quieres? —interrogó.

Notaba el pulso palpitando en sus oídos y casi ahogando el tranquilo murmullo de Naruto.

—Quiero que confíes en mí.

Para su completo horror, Hinata sintió que las lágrimas que no habían surgido antes, estaban ahora a punto de caer. Tragó saliva varias veces y le dio la espalda, poniéndose rígida cuando sintió la caricia de su mano en la cintura.

—¿Por qué tú no confías en mí? —preguntó ella con amargura—. Ya te he dicho que esto me resulta imposible, pero al parecer tengo que demostrártelo. De acuerdo. No temo esta humillación ritual, a fin de cuentas he sobrevivido tres meses a la temporada de Londres. Voy a tropezarme mientras bailamos el vals para que tú te diviertas, a ver si con eso llega para poder deshacerme de ti.

Clavó los ojos en Karin.

—Para que sepas qué es lo que pasa, mi padre me golpeó en la cabeza cuando era pequeña y ahora estoy casi sorda de un oído y no tengo equilibrio.

Para su sorpresa, Karin no la miraba con lástima, solo con preocupación.

—Eso es terrible.

—Solo quería que supieras que hay una razón para que mis movimientos se parezcan a los de un pulpo con demencia.

Karin le lanzó una sonrisa tranquilizadora.

—Me caes muy bien, Hinata. Nada va a hacerme cambiar de opinión.

Parte de su angustiosa vergüenza desapareció. Respiró hondo.

—Gracias.

De mala gana, se volvió de nuevo hacia Naruto, que no parecía ni un poco arrepentido por lo que le estaba haciendo. De hecho, cuando se acercó a ella, sonreía de forma alentadora.

—No me sonrías —le advirtió—. Estoy enfadada contigo.

—Lo sé —reconoció él con suavidad—. Lo siento.

—Lo vas a sentir todavía más cuando te vomite encima.

—Vale la pena correr el riesgo. —Naruto le puso la mano derecha en el hombro izquierdo, y la punta de sus largos dedos le rozó la columna. Sin ganas, Hinata se situó en la posición que le habían enseñado, apoyando la mano izquierda en la parte superior del brazo de Naruto.

—No, ponla directamente en mi hombro —corrigió él—. Tendrás más apoyo —añadió ante su vacilación.

Hinata dejó que él cerrara parte de la distancia entre ellos y le apretó la mano derecha con los dedos de su mano izquierda. Cuando quedaron enfrentados cara a cara, no pudo evitar recordar esos momentos en los que estaba perdida en la oscuridad y él cerró los brazos a su alrededor susurrándole: «En mis brazos estás a salvo. Nadie te va a hacer daño, cariño.» ¿Cómo podía haberse convertido ese hombre en este diablo sin corazón?

—¿No deberíamos estar más separados? —preguntó ella, clavando los ojos en su pecho.

—No es así cómo hay que estar para bailar el vals de esta forma. Ahora, cuando empiece a contar, da un paso adelante con la pierna derecha, por lo que tu pie quedará entre los míos.

—Pero te pisaré.

—No si me sigues. —Hizo un gesto a Karin para que empezara a tocar y poco a poco guio a Hinata en la primera vuelta—. Cuando contemos un, dos, tres, el tercer paso será más largo, así...

Hinata trató de moverse con él, pero tropezó, le pisó y soltó un sonido de exasperación.

—Ahora te he mutilado.

—Vamos a intentarlo de nuevo.

Naruto la guio a través de un patrón que era, de hecho, diferente a los repetitivos círculos habituales. En la primera estrofa se realizaban solo tres cuartos de vuelta, seguidos por un giro. Luego, en el siguiente compás había tres cuartos de vuelta en la otra dirección. Era un hermoso patrón, y sin duda divertido cuando se ejecutaba de forma correcta. Pero en cuanto dieron el primer giro, Hinata perdió el sentido de la orientación y la habitación dio vueltas. Se aferró a él presa del pánico.

Naruto se detuvo y la sujetó.

—¿Ves? —preguntó ella sin aliento—. Todo se inclina y empieza a caer.

—No está cayéndose nada. Solo te lo parece. —Se inclinó para presionar la palma con firmeza contra su hombro—. ¿Sientes lo firme que es? ¿No notas mi mano en tu espalda? ¿Mis brazos rodeándote? Olvídate de tu sentido del equilibrio y usa el mío. Soy sólido como una roca. No permitiré que te caigas.

—Es imposible que haga caso omiso de lo que dicen mis sentidos, incluso cuando se equivocan.

Naruto la guio durante dos pasos más. Era lo único estable en un mundo que se balanceaba y zozobraba. A pesar de que esta variación del vals era mucho más lenta y controlada que la que le habían enseñado, su giroscopio interno no era capaz de manejar ni siquiera tres cuartos de vuelta. Pronto sintió un sudor frío y las náuseas la invadieron.

—Voy a vomitar —jadeó.

Naruto se detuvo de inmediato y la atrajo hacia su cuerpo. Era sólido y estaba quieto mientras se esforzaba por mantener las náuseas bajo control. Poco a poco su mareo remitió.

—Para explicártelo en términos que entiendas —dijo Hinata finalmente, apoyando la frente húmeda contra su hombro—, el vals es para mí lo que las zanahorias son para ti.

—Si seguimos intentándolo un poco más, me comeré una zanahoria entera delante de ti —aseguró Naruto.

—¿Podría elegir yo la zanahoria? —le preguntó con los ojos entrecerrados.

—Sí. —Notó cómo le vibraba el pecho por la risa.

—Solo por eso, esto podría valer la pena. —Ya más aliviada, le puso la mano en el hombro para retomar la posición del vals.

—Si eligieras un punto fijo en algún lugar de la habitación —tanteó Naruto— y lo miraras durante el mayor tiempo posible...

—Ya lo he intentado y no funciona conmigo.

—Entonces, mírame directamente a los ojos y deja que lo que nos rodea se precipite sobre ti sin prestarle atención. Seré tu punto de referencia.

Mientras la guiaba por los pasos, una vez más, Hinata tuvo que admitir a regañadientes que cuando dejaba de intentar orientarse por el entorno y se centraba solo en la cara de Naruto, no se sentía mareada. Él era implacablemente paciente y la condujo por los giros, deslizamientos y cambios de ritmo, prestando atención a cada detalle de lo que decía y hacía.

—No levantes tanto las puntas de los pies —le aconsejó—. Cuando ocurre eso —dijo en el momento en el que ella se tambaleó al final de un compás—, deja que sea yo quien se encargue de mantener el equilibrio.

El mayor problema era luchar contra sus instintos, que le gritaban que se apoyara en la dirección equivocada cuando perdía el equilibrio, lo que ocurría la mayor parte del tiempo. Al final del siguiente compás, se tensó y trató de estabilizarse por sí misma cuando sintió que caía hacia delante. Terminó tropezando con los pies de Naruto. Pero cuando el suelo comenzó a subir hacia ella, él la atrapó con facilidad y la abrazó.

—Está bien —murmuró—. Ya te tengo.

—¡Cáspita! —se le escapó con frustración.

—No confías en mí.

—Es que parecía que iba a...

—Tienes que dejar que lo haga yo —le recordó él, subiendo y bajando una mano por su espalda—. Puedo reconocer los mensajes de tu cuerpo. Percibo justo antes de que ocurra que te tambaleas y sé cómo compensarlo. —Bajó la cara al nivel de la de ella y le rozó la mejilla con el dorso de la mano—. Muévete conmigo —la animó en voz baja—. Siente las señales que te estoy dando. Se trata de permitir que nuestros cuerpos se comuniquen. ¿Tratarás de relajarte y de hacer esto por mí?

Su contacto, su voz aterciopelada... parecían aliviar todos los lugares atenazados de su interior. Los nudos de miedo y resentimiento se fundieron bajo su calor. Cuando se colocaron de nuevo, empezó a sentir que se movían juntos en la búsqueda de un objetivo común.

Eran uno.

Un giro tras otro, superaron diversas dificultades. ¿Estaban siendo más sencillas las vueltas o qué? ¿Sería mejor realizar pasos más largos o más cortos? Quizá fuera su imaginación, pero Hinata pensaba que los giros no la dejaban tan mareada ni desorientada como al principio. Parecía que cuantos más hacía, más se acostumbraba su cuerpo.

Era irritante cada vez que Naruto la alababa... «Buena chica... Sí, así,perfecto...» Pero incluso le parecía más molesto que aquellas palabras le agradaran. Sintió que se entregaba de forma gradual, centrándose en la presión de sus manos y brazos. Hubo unos momentos muy satisfactorios cuando sus pasos se compenetraron por completo. También hubo otros cercanos al desastre, cuando se desequilibró haciéndoles perder el ritmo. Naruto era un bailarín excelente, por supuesto, sabía manejar a su pareja y el tempo de sus pasos.

—Relájate... —murmuraba de vez en cuando—. Relájate...

Poco a poco, su mente descansó y dejó de oponerse al vaivén, a los giros y a la engañosa y constante sensación de caer. Confió en él. No era que estuviera disfrutando de la experiencia..., pero sentirse completamente fuera de control, sabiendo al mismo tiempo que estaba a salvo era algo interesante.

Naruto ralentizó sus pasos antes de que se detuviera por completo. Bajó sus manos entrelazadas. La música había cesado.

Hinata miró sus ojos sonrientes.

—¿Por qué nos detenemos?

—El baile ha terminado. Acabamos de concluir un vals de tres minutos sin ningún problema. —La atrajo hacia su cuerpo—. Ahora vas a tener que buscar otra excusa para sentarte en las esquinas —le dijo en el oído bueno—. Puedes bailar el vals. —Hizo una pausa—. Pero no te voy a devolver tu zapatilla.

Hinata se quedó muy quieta, incapaz de asimilarlo. No supo qué decir, no le salía ni una sílaba. Era como si la enorme cortina que la sofocaba se hubiera levantado para revelarle el otro lado del mundo lugares que no había sabido que existían.

Naruto, claramente sorprendido por su silencio, aflojó los brazos y la miró con aquellos ojos que eran como dos hermosas perlas, mientras un mechón le caía sobre la frente.

Hinata se dio cuenta en ese momento que no tenerlo la mataría. De hecho, moriría de angustia. Con él, se estaba convirtiendo en alguien nuevo, estaban convirtiéndose en algo juntos, y nada resultaría ya como había esperado. Tenten había tenido razón, eligiera lo que eligiera, no sería perfecto. Siempre debería renunciar a algo.

Se echó a llorar. No fueron delicadas lágrimas femeninas, sino un desordenado llanto con explosivos sollozos. La más terrible, hermosa e impresionante sensación que hubiera conocido rompió sobre ella como una ola y empezó a ahogarse.

Naruto la miró alarmado mientras buscaba un pañuelo en el bolsillo de su chaqueta.

—No... no... No, por favor. Dios mío, Hinata, no llores. ¿Qué te pasa? —Le secó la cara hasta que ella agarró el pañuelo y se sonó la nariz, moviendo los hombros. Mientras él seguía consolándola y haciéndole preocupadas preguntas, Karin se acercó a ellos.

Sin soltar a Hinata, Naruto miró a su hermana.

—No sé qué es lo que le pasa —murmuró.

Karin negó con la cabeza y le revolvió el pelo con cariño.

—No le pasa nada, idiota. Es que has entrado en su vida como un rayo. Cualquier persona quedaría chamuscada.

Hinata fue vagamente consciente de que Karin salía de la estancia. Cuando la tormenta de lágrimas disminuyó lo suficiente para que se atreviera a mirarlo, quedó atrapada por sus ojos.

—Estás llorando porque quieres casarte conmigo —adivinó él—, ¿verdad?

—No —sollozó e hipó a la vez—. Estoy llorando porque no quiero no casarme contigo.

Naruto contuvo el aire. Su boca descendió sobre la de ella con tanta dureza que casi le hacía daño. Mientras la buscaba con avidez, Hinata vibraba de pies a cabeza.

Ella interrumpió el beso y, poniéndole las manos en las mejillas, lo miró con tristeza.

—¿Q... qué mujer racional querría tener un marido que tuviera tu apariencia?

Él capturó su boca de nuevo con feroz exigencia. Ella cerró los ojos y se entregó casi desmayándose de placer.

—¿Qué le pasa a mi apariencia? —preguntó Naruto cuando levantó la cabeza.

—¿No es obvio? Eres demasiado guapo. Otras mujeres querrán obtener tu atención y te perseguirán.

—Siempre lo han hecho —confirmó él, besándole las mejillas, la barbilla y la garganta—. Y nunca me he dado por enterado.

Ella intentó evitar sus labios.

—Pero lo sabré y lo odiaré. Y será muy monótono mirar a una persona tan perfecta día tras día. Al menos podrías tratar de engordar, o que te salgan pelos en las orejas, o perder uno de los dientes delanteros... No, incluso así serías demasiado guapo.

—Podría quedarme calvo —sugirió él.

Hinata lo miró y echó para atrás los pesados mechones dorados que habían caído sobre su frente.

—¿Hay calvos en tu familia? ¿Por cualquiera de los dos lados?

—No que yo sepa —admitió.

Ella frunció el ceño.

—Entonces no me hagas albergar falsas esperanzas. Admítelo y punto: vas a ser guapo siempre y tendré que encontrar la forma de vivir con ello.

Naruto le apretó los brazos cuando ella trató de alejarse.

—Hinata... —susurró él, sosteniéndola con firmeza—. Hinata...

Ojalá pudiera contener aquellos sentimientos terribles y maravillosos que la inundaron. Sentía calor y frío. Alegría y temor. No le podía dar sentido a lo que estaba sucediéndole.

—Eres tan hermosa... —le susurraba Naruto al oído—. Tan valiosa para mí. No te pido que te rindas, al contrario, me estoy rindiendo yo. Haré lo que sea. Tienes que ser tú, Hinata. Solo tú... durante el resto de mi vida. Cásate conmigo... Dime que vas a casarte conmigo.

Tenía la boca sobre la de ella y también la acariciaba. Sus manos se movían sobre ella con los dedos extendidos, como si no pudiera abarcar suficiente. Los fuertes músculos de su cuerpo se tensaron y relajaron mientras él afianzaba su agarre, tratando de acercarla más. Luego se quedó inmóvil con los labios contra su garganta, como si se hubiera dado cuenta de la inutilidad de las palabras. Se quedó en silencio, que solo era roto por su inestable respiración. Ella apoyaba la cara contra su cabello, brillantes mechones que olían a sol y a mar. Su aroma la llenaba. Estaba rodeada por su calor. Él esperó con una implacable y devastadora paciencia.

—De acuerdo —dijo ella con la voz ronca.

Él dejó de respirar y movió la cabeza.

—¿Te vas a casar conmigo? —preguntó lentamente, como si quisiera asegurarse de que no había ningún malentendido.

—Sí. —Hinata apenas podía hablar.

Un rubor rosado cubrió la bronceada tez de Naruto antes de que esbozara una sonrisa tan brillante que casi la cegó.

—Lady Hinata Hyuga... Te voy a hacer tan feliz que ni siquiera te preocuparás por perder tu dinero, la libertad y toda tu existencia legal.

—No quiero bromas al respecto —murmuró Hinata—. Tengo condiciones. Un montón de ellas.

—Sí a todas.

—Empezando por... Quiero tener mi propio dormitorio.

—Excepto a eso.

—Estoy acostumbrada a tener intimidad. Mucha intimidad. Necesito una habitación que sea solo mía.

—Puedes tener varias salas privadas, si quieres; compraremos una casa grande. Pero vamos a compartir el dormitorio y la cama.

Ella decidió que discutiría sobre el tema más tarde.

—Lo más importante es que no voy a prometerte obediencia. Literalmente, no seré capaz. Esa palabra debe ser eliminada de los votos de boda.

—De acuerdo —accedió él con facilidad.

Hinata abrió los ojos sorprendida.

—¿De verdad?

—Pero tendrás que sustituirla por otra. —Naruto se inclinó hacia ella hasta que la punta de su nariz rozó la de ella—. Una buena.

Era difícil pensar con su boca tan cerca.

—¿Acariciar? —sugirió sin aliento.

Él emitió un sonido de diversión.

—Si quieres... —Cuando intentó besarla de nuevo, ella echó la cabeza hacia atrás.

—Espera, hay otra condición. Es sobre tu amante. —Hinata sintió que él se quedaba paralizado y que la miraba—. No me gustaría... Es decir, no puedo... —Se interrumpió, impaciente consigo misma y se obligó a decir las palabras—. No quiero compartirte.

El brillo que vio en los ojos de Naruto fue tan intenso como el que hay en el corazón de una llama.

—Te he dicho que «solo tú» —le recordó—. Lo he dicho en serio. —Bajó las pestañas y acercó sus labios a los de ella.

Y durante mucho tiempo, no hubo ninguna discusión más.

El resto del día fue una amalgama de colores en los recuerdos de Hinata. Solo algunos momentos destacaron en la bruma que la envolvió. El primero fue compartir la noticia con la familia, que pareció encantada, casi eufórica. Mientras Tenten y Hanabi abrazaban a Naruto por turnos, ahogándolo con sus preguntas, Neji llevó a Hinata a un lado.

—¿Es lo que quieres de verdad? —preguntó en voz baja, mirándola fijamente con aquellos ojos perla como los suyos.

—Sí —repuso con una débil nota de asombro—. Lo es.

—Saint Namikaze ha venido a hablar esta tarde conmigo sobre la carta del abogado. Ha dicho que si lograba persuadirte para que te casaras con él, iba a hacer todo lo posible para animarte a seguir con tu negocio y se abstendría de interferir. Entiende lo que significa para ti. —Neji hizo una pausa para mirar a Naruto, que seguía hablando con Tenten y Hanabi—. Los Namikaze provienen de una estirpe —continuó en voz baja— en la que la palabra de un caballero es ley. Todavía respetan los acuerdos que hicieron con sus inquilinos hace más de un siglo con un simple apretón de manos.

—Entonces ¿crees que podemos confiar en su promesa?

—Sí, pero también le dije que, si no la cumple, le romperé las dos piernas.

Hinata sonrió y apoyó la cabeza en su pecho.

—... sí, queremos que sea pronto. —Oyó que Naruto le decía a Tenten.

—Bueno, pero hay mucho que planificar: el ajuar, la ceremonia y la recepción, el desayuno de boda y la luna de miel y, por supuesto, otras cuestiones menores como las flores y los vestidos de las damas de honor...

—Yo te ayudaré —se ofreció Hanabi.

—Yo no soy capaz de hacer todo eso —intervino Hinata con ansiedad, volviéndose hacia ellos—. De hecho, no puedo hacerlo. Tengo que presentar dos solicitudes de patentes más, reunirme con el impresor, buscar un lugar para instalar la fábrica y no... No puedo dejar que la boda interfiera en todas esas cosas importantes.

Naruto contuvo la sonrisa al ver que comparaba la importancia de la boda con la de su compañía.

—Prefiero fugarme para concentrarme en el trabajo —continuó Hinata—. Una luna de miel sería una pérdida de tiempo y dinero.

Ella era muy consciente, por supuesto, de que la luna de miel se había convertido en una tradición para los recién casados de clase alta y media. Pero se sentía aterrada de verse tragada por su nueva vida mientras sus planes y sus sueños se quedaban por el camino.

Al pensar en todo lo que le esperaba en casa, no quería ir a ninguna parte.

—Hinata, querida... —empezó Tenten.

—Lo discutiremos después —intervino Naruto con calma, dirigiéndole a Hinata una sonrisa tranquilizadora.

—¿Has visto eso? —murmuró Hinata, volviéndose hacia Neji—. Ya me está manejando. Se le da bien.

—Conozco la sensación... —aseguró Neji, clavando sus ojos brillantes en Tenten.

Por la noche, los Namikaze y los Hyuga se reunieron en la sala de estar antes de cenar.

Brindaron con champán para felicitar a la pareja recién comprometida y para celebrar la unión. Toda la familia de Naruto recibió la noticia con una calidez y aceptación que estuvo a punto de abrumar a Hinata.

El duque sujetó a Hinata ligeramente por los hombros y se inclinó para besarla en la frente.

—Bienvenida a nuestra familia, Hinata. Te advierto que de ahora en adelante, la duquesa y yo te consideraremos como una hija más, y, en consecuencia, te echaremos a perder.

—Yo no estoy echado a perder —intervino Nagato que estaba cerca—. Mamá piensa que soy una joya —protestó.

—Mamá piensa que todo el mundo es una joya —replicó Karin con sequedad, uniéndose a ellos en compañía de Ino.

—Tenemos que avisar a Menma de inmediato —exclamó Ino— para que pueda regresar a tiempo para la boda. No me gustaría que se la perdiera.

—No me preocuparía por eso —dijo Karin—. Se tardarán meses en planificar una boda de este calibre.

Hinata guardó un incómodo silencio mientras todos continuaban charlando. Nada de eso parecía real. En solo una semana, su vida había cambiado por completo. Su cabeza daba vueltas y tenía que ir a un lugar tranquilo para poder ordenar sus pensamientos. Se tensó cuando sintió la suave curva de un brazo sobre los hombros.

Era la duquesa. Sus ojos estaban radiantes mientras la miraba con amabilidad y algo de preocupación, como si comprendiera lo aterrador que debía haber sido tomar la decisión más importante de su vida en tan solo unos días. Pero no había manera de que esa mujer entendiera lo que era enfrentarse a la perspectiva de casarse con un virtual desconocido.

Sin añadir una palabra, la duquesa le hizo un gesto para que atravesara con ella una de las puertas que conducía a una terraza exterior. A pesar de que habían compartido algún tiempo en compañía de los demás, todavía no habían encontrado la oportunidad para hablar a solas. El tiempo de la duquesa estaba sometido a constantes demandas, todo el mundo, desde su nieto bebé al propio duque, reclamaba su atención. A su manera tranquila, la duquesa era el eje alrededor del cual giraba toda la finca.

Hacía frío en la oscuridad de la terraza, y la brisa hizo que Hinata se estremeciera. Esperaba que la duquesa no la hubiera llevado hasta allí para desaprobar algo. Esperaba que no dijera nada tipo: «Sin duda tienes mucho que aprender» o «No eres lo que yo hubiera elegido para Naruto, pero tendré que conformarme».

Mientras estaban junto a la barandilla, mirando el océano oscuro, la duquesa se quitó el manto que le cubría los hombros, lo extendió y lo puso sobre ambas.

Hinata se quedó asombrada. La cachemira era ligera y cálida, y estaba perfumada con agua de lilas y un toque a talco. Hinata sintió la lengua trabada mientras permanecía junto a aquella mujer, escuchando el chirrido tranquilizador de un chotacabras y los trinos musicales de los ruiseñores.

—Cuando Naruto tenía la edad de Nagato —comenzó la duquesa con aire distraído, mirando el cielo plomizo— encontró un par de cachorros de zorro en el bosque, en una casa que habíamos arrendado en Hampshire. ¿Te lo ha contado?

Hinata negó con la cabeza con los ojos muy abiertos. Los recuerdos curvaron los labios llenos de la duquesa.

—Eran dos hembras, con grandes orejas y los ojos negros como botones brillantes. Gorjeaban como pajaritos. Su madre había muerto en la trampa de un cazador furtivo, por lo que Naruto las envolvió en su abrigo y las trajo a casa. Eran demasiado pequeñas para sobrevivir por su cuenta. Como es natural, nos pidió que le permitiéramos alimentarlas. Su padre accedió a que los criara bajo la supervisión del guardabosques de la familia, con la condición de que las devolviera al bosque cuando fueran lo suficientemente mayores. Naruto estuvo semanas alimentándolas con cucharadas de una pasta compuesta de carne y leche. Más tarde, les enseñó a acechar y atrapar a sus presas en un corral.

—¿Cómo? —preguntó Hinata, fascinada.

La mujer la miró con una sonrisa inesperadamente traviesa.

—Les pasaba los ratones muertos colgados de una cuerda.

—¡Qué horror! —Se rio Hinata.

—Sí —convino la duquesa—. Naruto decía que no era nada, por supuesto, pero seguía siendo repugnante. Aun así, las crías tenían que aprender. —La duquesa hizo una pausa antes de seguir—. Creo que para Naruto la parte más difícil de criarlas fue tener que mantener la distancia, sin importar lo que las amara. Sin aca... cariciarlas o abrazarlas, sin ponerles nombre. Esos animales no podían perder el miedo a los seres humanos, o no sobrevivirían. El guarda le advirtió que hacerlas dóciles era como matarlas. Eso torturaba a Naruto, que las quería tanto.

—Pobre chico...

—Sí, pero cuando por fin las dejó ir, y se alejaron en la distancia, eran capaces de vivir en libertad y cazar por sí mismas. Fue una buena lección para él.

—¿Cuál fue la lección? —preguntó Hinata muy seria—. ¿No amar algo que se sabe que se va a perder?

La duquesa negó con la cabeza mientras la miraba con alentadora calidez.

—No, Hinata. Aprendió a amarlas sin cambiarlas. Dejó que fueran lo que estaban destinadas a ser.