—No debería haber cedido. No tendríamos que haber venido de luna de miel —gimió Hinata, inclinando la cabeza sobre la barandilla del barco de vapor.

Naruto se quitó los guantes, los guardó en el bolsillo de su chaqueta y le masajeó con suavidad la nuca.

—Respira por la nariz y suelta el aire por la boca.

Se habían casado esa misma mañana, tan solo dos semanas después de que él se lo hubiera propuesto. En ese momento se encontraban cruzando el Solent, el estrecho canal que separaba Inglaterra de la isla de Wight. El viaje de diez kilómetros entre Portsmouth y la ciudad portuaria de Ryde no llevaba más de veinticinco minutos. Por desgracia, Hinata era propensa a los mareos.

—Ya casi hemos llegado —murmuró Naruto—. Si levantaras la cabeza, verías el muelle.

Hinata se arriesgó a echar un vistazo y vio acercarse Ryde, con su larga fila de casas blancas y las delicadas agujas de las zonas boscosas y ensenadas.

—Deberíamos haber ido a Byakugan Priory —dijo, dejando caer de nuevo la cabeza.

—¿Y pasar nuestra noche de bodas en la cama donde dormías cuando eras niña? —preguntó Naruto con sorna—. ¿Con tu familia y la mía en la casa?

—Me dijiste que te gustaba mi habitación.

—Me pareció encantadora, cielo. Pero no es el escenario adecuado para las actividades que tengo en mente. —Naruto sonrió ligeramente al recordar el dormitorio de Hinata, con sus pintorescos tapices enmarcados, la querida muñeca con el cabello enredado a la que faltaba uno de los ojos de vidrio, y la estantería llena de novelas gastadas—. Además, esa cama es demasiado pequeña para mí. Me colgarían los pies por el borde.

—Supongo que en tu casa tienes una cama grande.

—Milady, nosotros... —dijo bajando la voz mientras jugaba con los oscuros cabellos de su nuca— tenemos una cama enorme.

Hinata todavía no había visto la casa que tenía Naruto en Queen's Gate, en el distrito de Kensington. No solo porque tal visita habría ido contra todas las reglas, incluso en presencia de chaperonas, sino porque no había habido tiempo ante el aluvión de preparativos para la boda.

A Naruto le había llevado casi la totalidad de esas dos semanas encontrar la forma de quitar la palabra «obedecer» de los votos de boda. Había sido informado por el obispo de Londres que si la novia no juraba obediencia a su marido durante la ceremonia, el matrimonio sería declarado nulo por el tribunal eclesiástico. Así que Naruto se había dirigido al arzobispo de Canterbury, que había aceptado a regañadientes hacer una dispensa especial y poco habitual, siempre que se cumplieran ciertas condiciones. Una de ellas era la enorme «tarifa privada» a la que ascendía el soborno.

—La dispensa hará que el matrimonio sea legítimo y válido —le había explicado Naruto—, siempre y cuando permitamos que un cura nos ilustre sobre la necesidad de que una esposa debe obedecer a su marido.

Hinata había fruncido el ceño.

—¿Qué significa eso?

—Significa que tienes que estar allí y fingir escuchar mientras el sacerdote te explica las razones por las que tienes que obedecerme. Mientras no te opongas, él entenderá que estás de acuerdo.

—Pero ¿tendré que prometer que voy a obedecerte? ¿Tendré que decirlo?

—No.

Ella sonrió.

—Gracias —dijo, contrita y satisfecha a la vez—. Lamento haberte dado tantos quebraderos de cabeza.

Naruto la rodeó con sus brazos y la miró con una sonrisa burlona.

—¿Qué haría yo con una Hinata dócil y sumisa? No supondría ningún reto.

Evidentemente, el suyo no había sido un cortejo ordinario, y era necesaria una boda al uso. Así pues, por muy tentadora que resultara la idea de fugarse, Naruto rechazó la idea. Hinata, ante tantas novedades e incertidumbres, necesitaba el consuelo que suponía disfrutar el día de su boda de la presencia de sus seres queridos y de un entorno familiar. Cuando Neji y Tenten le ofrecieron la capilla de Eversby Priory para la boda, aceptó de inmediato.

Tenía sentido celebrar la ceremonia en Hampshire y pasar la luna de miel en la isla de Wight, enfrente de la costa sur. A menudo se referían a ella como «el jardín de Inglaterra», ya que la pequeña isla estaba llena de jardines, bosques y ordenadas aldeas costeras, así como una gran variedad de posadas y hoteles de lujo.

Pero a medida que se acercaban a la isla, la impaciente novia empezó a perderse sus encantos.

—No necesito una luna de miel —insistió Hinata, mirando con el ceño fruncido a la pintoresca villa que adquiría cada vez mayor tamaño—. El juego tiene que estar en las tiendas a tiempo para las Navidades.

—Cualquier otra persona en nuestras circunstancias estaría de luna de miel durante un mes —señaló Naruto—. Nosotros vamos a disfrutar solo de una semana.

—Sin embargo, no vamos a tener nada que hacer.

—Trataré de mantenerte entretenida —aseguró él secamente. Luego se movió para situarse a su espalda y agarró la barandilla a ambos lados de ella—. Pasar unos días juntos nos ayudará a aclimatarnos a nuestra nueva vida. El matrimonio será un cambio considerable, sobre todo para ti. —Bajó la boca hasta su oreja—. Vas a vivir en una casa desconocida, con un extraño que va a hacer cosas poco familiares con tu cuerpo.

—¿Cuándo será? —preguntó Hinata, y apenas reprimió un grito cuando él le mordisqueó el lóbulo de la oreja.

—Si cambiamos de idea sobre la luna de miel —le explicó él—, podemos regresar a Londres. Tomaremos el primer vapor con destino a Portsmouth, luego nos subiremos a un tren directo a la estación de Waterloo, y estaremos delante de la puerta de casa en menos de tres horas.

La declaración pareció apaciguarla. Mientras el vapor avanzaba, vio que Hinata se quitaba el guante izquierdo para admirar el anillo de bodas, como había hecho una docena de veces ese día. Naruto había elegido un zafiro de la colección de piedras preciosas de su familia, y lo había hecho engarzar en un anillo de oro, indicando que lo montaran rodeado de diamantes. El zafiro de Ceilán, cortado y pulido en forma de cúpula, era una piedra rara que brillaba como una estrella de doce puntas en lugar de seis. Para su satisfacción, a Hinata le gustaba mucho el anillo y parecía fascinada por la forma en la que la estrella se movía por la superficie del zafiro. El efecto, llamado «asterisco», era especialmente notable bajo la luz del sol.

—¿Por qué brilla en forma de estrella? —le preguntó Hinata, inclinando la mano hacia un lado y otro.

Naruto le dio un beso detrás de la oreja.

—Es gracias a unas pequeñas imperfecciones, lo que hace que sea aún más hermoso.

Ella se volvió y se acurrucó contra su pecho.

La boda había durado tres días. Asistieron los Namikaze, los Hyuga y un número limitado de amigos cercanos, entre los que estaban incluidos lord y lady Senju. Naruto lamentó que Menma no pudiera regresar a tiempo de Estados Unidos, pero su hermano había enviado un telegrama en el que se comprometía a celebrarlo con ellos cuando regresara a casa en primavera.

Cuando Hinata lo llevó a hacer un recorrido privado por la propiedad de su familia, Naruto empezó a comprender exactamente lo apartadas que habían estado en realidad ella y sus hermanas durante la mayor parte de sus vidas.

Byakugan Priory era un mundo en sí mismo. La laberíntica casa de estilo jacobino estaba situada entre bosques ancestrales y verdes colinas remotas, y apenas había sufrido cambios en los últimos dos siglos. Neji había comenzado a hacer mejoras muy necesarias en la finca desde que heredó el condado, aunque sería preciso mucho tiempo para renovarla por completo. Habían hecho la instalación de fontanería moderna hacía solo dos años. Antes, utilizaban orinales y retretes exteriores, lo que había hecho que Hinata le dijera con fingida gravedad:

«Apenas estoy civilizada.»

Los festejos habían proporcionado a Naruto la oportunidad de conocer a los Hyuga que todavía no había visto: el hermano menor de Neji, Tokuma, y la hermana de Hinata, lady Shion. Se había sentido a gusto con Tokuma de inmediato; el hombre era un pícaro encantador que poseía un agudo ingenio y un carácter irreverente. Como administrador de la finca y arrendatarios de Byakugan Priory, Tokuma tenía un profundo conocimiento de todos los problemas y preocupaciones de los habitantes de la propiedad.

Lady Shion, que había llegado acompañada de su marido, el señor Taruho Winterborne, era mucho más reservada que las mellizas. En lugar de la energía vibrante de Hinata o el encanto efervescente de Hanabi, la tercera hermana Hyuga poseía una dulce y paciente seriedad. Con el cabello platino y una esbelta figura, Shion parecía tan etérea como una figura de una pintura de Bougereau.

Pocas personas hubieran imaginado un enlace entre una criatura tan delicada y un hombre como Taruho Winterborne, tan grande y con el típico pelo oscuro galés, hijo de un tendero. Taruho era el propietario de los grandes almacenes más famosos de Inglaterra, un hombre con considerable poder financiero, que era conocido por su naturaleza enérgica y decisiva. Sin embargo, desde su matrimonio, Taruho parecía haberse convertido en un tipo mucho más relajado y feliz, y sonreía con una frecuencia inusual.

Naruto se había reunido con Taruho varias veces durante los últimos cuatro años, en diferentes reuniones bianuales de la junta directiva de una empresa que fabricaba equipos hidráulicos. Taruho había demostrado ser un hombre pragmático y honrado, que poseía una notable intuición y perspicacia para los negocios. El galés era un hombre que le caía bien, pero pertenecían a diferentes círculos sociales y nunca se habían encontrado fuera de las reuniones de negocios.

Sin embargo, parecía que, a partir de ahora, se iban a ver muchas veces. No solo se habían casado con mujeres que pertenecían a una familia extraordinariamente unida, sino que, además, Taruho era el mentor de Hinata. Durante el año anterior, la había alentado y asesorado sobre su empresa de juegos de mesa, y se había comprometido con ella a vender el juego en varios departamentos de su tienda. Hinata no mantenía en secreto la gratitud y el afecto que sentía por ese hombre. De hecho, bebía cada una de sus palabras y siempre le prestaba atención.

Cuando Naruto había visto lo cómodos que estaban juntos, había tenido que luchar contra una inesperada punzada de celos. Aquel descubrimiento lo horrorizó. Nunca había estado celoso ni se había sentido posesivo en su vida, por lo que siempre se había considerado por encima de esas pequeñas emociones. Pero cuando se trataba de Hinata, parecía que no era mejor que un animal salvaje. La quería solo para él, ansiaba cada una de sus palabras y miradas, cada roce de sus manos, cada destello de la luz en su pelo y aliento de sus labios. Se sentía incluso celoso del aire que la rodeaba.

No ayudaba que ella estuviera tan decidida a seguir siendo independiente de él, como si fuera una pequeña nación soberana temerosa de verse conquistada y absorbida por un vecino poderoso.

Todos los días añadía más condiciones a su lista de límites maritales, como si necesitara protegerse de él.

Cuando Naruto se había quejado en privado a Karin, su hermana le había lanzado una mirada de incredulidad.

—Existen elementos anteriores a tu relación con Hinata. No puedes esperar amor eterno y devoción de una mujer dos semanas después de conocerla. —Se rio con afecto de su expresión contrariada—. ¡Oh, lo olvidé! Eres Naruto, lord Saint Namikaze, por supuesto que puedes esperarlo.

Se vio arrancado de sus pensamientos y regresó de nuevo al presente cuando Hinata levantó la cara buscando la brisa fresca.

Se preguntó qué estaría pasando por su inquieto cerebro mientras le apartaba un mechón de pelo suelto que se le pegaba a la mejilla.

—¿En qué estás pensando? —le preguntó—. ¿En la boda? ¿En tu familia?

—En un rombo —repuso ella en tono ausente.

Él enarcó las cejas.

—¿Te refieres a un paralelogramo con ángulos obtusos y lados opuestos iguales?

—Sí, el primo Tokuma me dijo que la isla de Wight tiene forma de rombo. Estaba pensando si «rombo» se puede considerar un adjetivo... —Levantó una mano enguantada hasta la barbilla y se golpeó los labios con los dedos—. El adjetivo sería romboide.

Naruto se puso a jugar con una pequeña flor de seda que había en su sombrero.

Rombofobia —dijo él, entrando en el juego—. El temor a los rombos.

Eso le valió una sonrisa espontánea. Los profundos ojos perla de Hinata se convirtieron en un lugar para divertirse y disfrutar.

Rombolotria. El culto al rombo.

—Me gustaría rendirte culto a ti —murmuró Naruto, acariciándole la exquisita línea de la mejilla.

Hinata no pareció escucharlo, con los pensamientos todavía centrados en el juego de palabras. Sonriente, él mantuvo un brazo a su alrededor mientras el barco se acercaba al muelle.

Después de desembarcar, subieron a un tranvía tirado por caballos en el que recorrieron el paseo de moda, de un par de kilómetros. Mientras tanto, obedeciendo sus órdenes, Oakes se encargó de que trasladaran su equipaje desde el barco de vapor hasta el hotel. Más tarde, su ayuda de cámara viajaría por su cuenta hasta el lugar de alojamiento junto con la doncella de Hinata.

Una vez en el paseo, solo fueron necesarios cinco minutos para llegar al Imperio, un opulento hotel situado en primera línea ante una playa de arena. El magnífico alojamiento estaba equipado con todas las comodidades posibles del mundo moderno, tales como ascensores hidráulicos para subir el equipaje a todos los pisos y suites con baño privado.

Al no haber estado antes en un hotel, Hinata se sintió hipnotizada por el exuberante entorno. Giró sobre sí misma para apreciar cada detalle azul, dorado o blanco del interior, que decoraban las columnas de mármol, los tapices pintados o las molduras italianas. El maître d'hôtel, que notó el interés de Hinata, se ofreció para acompañarlos a un recorrido personal por las salas públicas.

—Gracias, pero... —empezó Naruto.

—Nos encantaría —exclamó Hinata, dando saltitos sobre los talones antes de que se diera cuenta de lo que hacía y se quedara inmóvil, tratando de mostrar un poco de dignidad. Naruto reprimió una sonrisa.

Complacido por su entusiasmo, el maître d'hôtel le ofreció el brazo y la acompañó por el hotel mientras Naruto los seguía. Primero fueron a la galería de imágenes, donde mostró con orgullo los elegantes retratos de la familia del propietario del hotel, así como un paisaje de Turner, y una pintura de niños y perros del maestro holandés Jan Steen.

A continuación visitaron el restaurante francés del alojamiento, donde Hinata se quedó sorprendida al observar que el comedor tenía una sola sala principal, en lugar de relegar a las damas a pequeñas salas privadas. El maître d'hôtel aseguró a Hinata que cenar juntos hombres y mujeres era una costumbre arraigada en París. De una manera discreta señaló una mesa cercana antes de susurrar en tono confidencial que era un príncipe indio y su mujer, y otra donde un conocido financiero estadounidense compartía la cena con su esposa e hijas.

El recorrido continuó a lo largo de la amplia galería que rodeaba el jardín interior con un techo altísimo de hierro y vidrio. Cuando el director empezó a emocionarse exponiendo los servicios del hotel, que incluían suministro de agua extraída de un pozo artesiano, jardines en los que disfrutar la brisa del mar, donde se servía el té todos los días; un salón de baile completo con paneles de mármol rojo de Verona e iluminado con lámparas de cristal de estilo Luis XIV, Naruto perdió la paciencia con rapidez.

—Gracias por el recorrido —lo interrumpió finalmente mientras se acercaban a una escalera con una balaustrada de bronce forjado importado de Bruselas, decorado con las doce hazañas de Hércules. No le cabía ninguna duda de que el maître d'hôtel conocía cada una de ellas con absoluto detalle—. Estamos muy agradecidos. Sin embargo, me temo que lady Saint Namikaze y yo ya le hemos robado demasiado tiempo. Vamos a retirarnos a nuestra suite.

—Pero, milord, todavía no he relatado la historia de Hércules para derrotar a la Hidra de Lerna —farfulló el maître d'hôtel, señalando una escena de la balaustrada. Al ver el gesto negativo de Naruto, el hombre insistió—: ¿Hércules y los caballos de Diomedes?

Naruto ignoró la mirada anhelante de Hinata y agradeció otra vez más las atenciones del director antes de llevarla hacia las escaleras.

—Pero si estaba a punto de contarnos una docena de historias —protestó Hinata por lo bajo.

—Lo sé. —Él no se detuvo hasta que llegaron a su suite privada, donde su ayuda de cámara y la doncella acababan de terminar de deshacer el equipaje.

Aunque Hanare estaba preparada para ayudar a Hinata a cambiarse la ropa de viaje, Naruto decidió despedirla.

—Yo me ocuparé de lady Saint Namikaze. No os necesitaremos a ninguno durante algún tiempo.

A pesar de que la declaración no era mordaz, ya fuera por el contenido o su entrega, la doncella de cara redonda se sonrojó profundamente antes de hacer una reverencia. Se detuvo solo un breve momento, en el que murmuró algo a Hinata antes de salir acompañada del ayuda de cámara.

—¿Qué te ha dicho Hanare? —le preguntó, después de que ella investigara cada rincón de la suite, que incluía varias salitas, cuartos de servicio, dormitorios, cuartos de baño y una terraza privada con vistas al océano.

—Me dijo que dejara el vestido sobre una silla y no lo tirara al suelo. También se quejó porque he puesto el sombrero en una silla, donde cualquiera podría sentarse encima.

Naruto frunció el ceño.

—Te trata con demasiada familiaridad. Creo que la despediré.

—Hanare es la Genghis Khan de las doncellas —admitió Hinata—, pero se le da bien recordarme lo que suelo olvidar y acostumbra a encontrar todo lo que pierdo. —Su voz pareció algo sorprendida al ver las baldosas de mármol del baño—. Además, me dijo que sería idiota redomada si no me casaba contigo.

—Entonces seguirá con nosotros —dijo él con decisión. Al entrar en el cuarto de baño, se encontró con Hinata inclinada sobre la enorme bañera de porcelana, jugando con los grifos y las llaves del agua, uno de los juegos era de latón pulido y otro plateado.

—¿Por qué hay tantos accesorios? —preguntó.

—Uno de los juegos es para bañarse con agua dulce, y otro con agua de mar.

—¿En serio? ¿Podría darme aquí mismo un baño de agua de mar?

—Pues sí. —Naruto sonrió al ver su expresión—. ¿Te gusta un poco más ahora nuestra luna de miel?

Hinata le lanzó una sonrisa tímida.

—Quizás un poco —admitió. Al momento siguiente, se arrojó sobre él de forma impulsiva y le rodeó el cuello con los brazos.

—¿Por qué tiemblas, mi amor? —le preguntó él, abrazándola con fuerza al sentir los leves estremecimientos que recorrían su cuerpo esbelto.

—Me da miedo esta noche —respondió mientras mantenía la cara oculta contra su pecho.

Por supuesto. Era una novia y esa, su noche de bodas, en la que se enfrentaría al hecho de meterse en la cama con un hombre al que apenas conocía, con la certeza de que sufriría dolor y vergüenza. Lo atravesó una oleada de ternura pero, al mismo tiempo, la decepción fue como si le cayera un montón de ladrillos sobre el pecho. Probablemente no consumarían el matrimonio esa noche. Tendría que ser paciente. Él se resignó a realizar los preliminares que ella permitiera y quizás, uno o dos días más tarde, Hinata estaría dispuesta para...

—Prefiero hacerlo en este momento —sugirió ella—, así dejaré de preocuparme por ello.

La declaración lo sorprendió tanto que no pudo hablar.

—Estoy tan nerviosa como un pavo la víspera de Navidad —continuó Hinata—. No seré capaz de cenar, leer ni de hacer nada hasta que vayamos a la cama. Incluso aunque fuera una agonía, prefiero hacerlo que esperar.

Naruto se estremeció de alivio y deseo, y soltó el aire muy despacio.

—Mi querido amor, no va a ser una agonía. Te prometo que disfrutarás. —Hizo una pausa—. Al menos la mayor parte del tiempo —añadió con ironía. Bajó la cabeza y buscó con los labios un lugar de su cuello, donde sintió cómo ella tragaba saliva—. Te gustó lo que hicimos en la cita que tuvimos a medianoche, ¿verdad? —preguntó en voz baja.

Ella tragó otra vez antes de asentir. Naruto sintió el esfuerzo que hacía para relajarse, para confiar en él.

Él presionó sus labios, instándola a participar al darle unos toques más ligeros con la lengua. Su respuesta fue suave al principio, inocentemente carnal mientras seguía sus juguetones avances. Notó que ella se relajaba y se apoyaba en él, que había captado toda su atención, su vitalidad. El vello de la nuca se erizó de emoción mientras el calor irradiaba hacia cada parte de su cuerpo. Puso fin al beso con dificultad. Sosteniéndole la cara entre las manos, miró cómo subía las largas pestañas negras para revelar sus somnolientos iris perla bordeados por una línea gris.

—¿Te parece que pida una botella de champán? —sugirió él—. Te ayudará a relajarte. —Le acarició las mejillas con los pulgares—. Luego quiero hacerte un regalo.

—¿Un regalo de verdad? —Hinata enarcó las oscuras cejas.

Naruto sonrió desconcertado.

—Sí. ¿Los hay de otra forma?

—He pensado que «hacerte un regalo» podría ser una metáfora —movió la vista hacia el dormitorio— para eso.

Él empezó a reírse.

—No presumiría de esa forma tan extravagante. Más adelante me informarás de si realmente eso fue un regalo o no. —Dejó de reírse y se inclinó para capturar sus labios una vez más. La adoraba. No había nadie como ella, y le pertenecía por completo... Aunque sabía que no debía decir tal cosa en voz alta.

Cualquier torpeza que Hinata pudiera haber sentido al ser desnudada por un hombre se vio eclipsada por la continua diversión de Naruto.

—¿Todavía te ríes por lo de la metáfora? —le exigió al ver que él seguía riéndose.

—No era una metáfora —dijo con otra risa.

Aunque Hinata quería señalar que la mayoría de las recién casadas no apreciarían que sus maridos se rieran como hienas mientras les quitaban la ropa, estaba segura de que cualquier cosa que dijera solo prolongaría su diversión. Esperó hasta que le desabrochó el corsé, dejándola en camisola y calzones, y luego se precipitó hacia la cama, donde se cubrió con las mantas.

—¿Naruto? —preguntó ella, subiéndose las sábanas hasta el cuello—. En vez de champán, ¿puedo tomar una copa de oporto? ¿O eso lo toman solo los caballeros?

Su marido se acercó a la cama y se inclinó para besarla.

—Si te gusta el oporto, cielo, eso es lo que vas a tomar.

Mientras él se alejaba para llamar a un criado, Hinata se quitó la ropa interior debajo de las sábanas. La dejó caer por el borde del colchón y puso otra almohada más detrás de la espalda. Naruto regresó unos minutos después y se sentó en el borde de la cama. Le agarró una mano y dejó una funda de cuero rectangular sobre la palma.

—¿Una joya? —preguntó Hinata, sintiéndose tímida de repente—. No era necesario.

—Es costumbre que el novio regale algo a la novia el día de la boda.

Después de pelearse con el pequeño cierre dorado, Hinata abrió la caja y vio un collar con doble hilada de perlas en un lecho de terciopelo rojo. Abrió mucho los ojos mientras deslizaba el dedo debajo de una de las hebras, haciendo que las brillantes perlas rodaran entre sus dedos.

—Jamás había imaginado poseer algo tan elegante. Gracias.

—No se merecen, cielo.

—Oh... son tan... —comenzó, pero se detuvo al ver el broche de oro con diamantes engarzados. Estaba formado por dos partes que se entrelazaban en un remolino, con hojas con profundas aristas—. Volutas de acanto —comentó con una sonrisa de medio lado— iguales a las que hay talladas en el sofá del cenador de los Haruno.

—He desarrollado cierta debilidad por ellas —dijo, acariciándola con la mirada mientras se ponía el collar. Las hiladas eran tan largas que no era necesario abrir el broche—. Te retuvieron el tiempo necesario para que yo te atrapara.

Hinata sonrió, disfrutando del peso frío y sensual de las perlas cuando se deslizaron por su cuello y sus pechos.

—Creo que fue usted el que se vio atrapado, milord.

Naruto rozó la curva de su hombro desnudo con la yema de los dedos y siguió los hilos de perlas sobre sus senos.

—Milady, soy su cautivo para toda la vida.

Hinata se inclinó para besarle. La boca de Naruto era firme y cálida y se amoldó a la de ella de una forma deliciosa. Cerró los ojos y separó los labios, perdida para todo lo que no fuera aquel dulce tormento y las aterciopeladas caricias de su lengua. Notó que se mareaba ante la penetrante ternura de su beso, que sus pulmones se dilataban como si estuviera inhalando vapor caliente. No se dio cuenta de que las sábanas habían caído hasta su cintura hasta que sintió la mano masculina en los pechos. Naruto movió el collar sobre un sensible pico, una y otra vez. Ella se estremeció y se le aceleró el corazón de tal forma que pudo sentir los latidos en las mejillas, la garganta, los senos y las muñecas.

Naruto la besó lentamente, hundiendo la lengua cada vez más hasta que ella gimió de placer. Hinata trató de librarse de las mantas, olvidándose de todo lo que no fuera la necesidad de estar más cerca de él. Al momento siguiente, estaba tendida sobre el colchón, y el cuerpo vestido de Naruto cubría el suyo desnudo.

Sentir el peso masculino era satisfactorio y excitante, y notaba la rígida virilidad entre los muslos y sobre el vientre. Cuanto más se retorcía hacia arriba, buscando la estimulación que ofrecía la presión, más mariposas sentía revoloteando en su interior.

Él respiraba como si estuviera en pleno tormento y reclamaba su boca con largos y febriles besos sin dejar de murmurar mientras sus manos vagaban libremente sobre ella.

—Tu cuerpo es exquisito... tan fuerte y suave... con estas curvas... y estas… Dios, te deseo tanto... necesito más manos para poder recorrerte entera.

Si hubiera podido hablar, ella le habría dicho que bastante peligroso era ya con solo dos.

Hinata quería sentir su piel, así que empezó a tirar de su ropa. Él la ayudó,aunque el proceso se complicó porque no parecía dispuesto a dejar de besarla más de unos segundos. Una prenda tras otra fue cayendo sobre la cama, hasta que Naruto quedó completamente desnudo, con su piel dorada y sonrojada, suave a excepción del vello que le cubría el pecho y la ingle.

Después de arriesgarse a lanzar una mirada a la sorprendente erección, Hinata se puso nerviosa y apretó la cara contra su hombro. Una vez, en uno de los paseos por la finca, Hanabi y ella habían visto a un par de niños pequeños jugando en un arroyo mientras su madre, la mujer de un arrendatario, los cuidaba. Los críos estaban desnudos y no tenían vello, además sus partes íntimas eran tan inocentemente pequeñas que apenas llamaban la atención.

Lo que tenía Naruto, sin embargo, habría llamado la atención a cien metros.

Él le puso la mano en la barbilla y lo obligó a mirarlo a los ojos.

—No tengas miedo —le dijo con la voz ronca.

—No lo tengo —replicó ella con rapidez. Quizá con demasiada rapidez—. Me sorprende porque... bueno... no es como lo que tiene un niño y...

Naruto parpadeó. La diversión hizo más profundas las arruguitas en las esquinas de sus ojos.

—No lo es —convino—. A Dios gracias.

Hinata respiró hondo y trató de pensar a pesar de los nervios. Naruto era su marido, y era un hombre bien constituido. Ella estaba determinada a querer cada parte de él, incluso esa tan intimidante. Sin duda, su antigua amante habría sabido qué hacer. Esa idea despertó su espíritu competitivo. Ahora que le había pedido que se deshiciera de esa mujer, tenía que demostrarle que sería una sustituta a la altura.

Tomando la iniciativa, le empujó el hombro al tiempo que trataba de incorporarse. Él no se movió, limitándose a lanzarle una mirada interrogativa.

—Quiero verte —le explicó ella mientras volvía a empujarle.

Esta vez, Naruto se dejó llevar y acabó tendido boca arriba con uno de sus musculosos brazos detrás de la nuca. Parecía un león tomando el sol. Ella se apoyó en un codo y le deslizó la mano temblorosa por el vientre, sobre la carne magra que dibujaba los músculos. Se inclinó para acariciarle el espeso vello dorado del torso. Notó que Naruto contenía la respiración cuando ella utilizó la punta de la lengua para rozarle la tetilla, que se puso dura como un diamante. Al ver que él no ofrecía ninguna objeción, continuó explorándolo. Le pasó el dorso de la mano por la elegante línea de la cadera y más abajo, hacia la ingle, donde la piel dorada era más sedosa y caliente. Al llegar al punto donde el vello se rizaba, vaciló y lo miró a la cara. La sonrisa se había desvanecido, sus mejillas estaban sonrojadas y había separado los labios como si quisiera hablar pero no pudiera.

Hinata pensó con ironía que, para ser un hombre tan elocuente, su marido había elegido un mal momento para mantener la boca cerrada. No le habrían venido mal un par de sugerencias aquí o allí. Pero él se limitaba a mirar hacia su mano como si estuviera en trance, y respiraba como una caldera de vapor averiada. La anticipación parecía haberlo dejado indefenso.

La parte más traviesa de su corazón saboreó la certeza de que esa criatura tan grande y viril se muriera por su contacto. Así que pasó la punta de los dedos entre el espeso vello púbico y el pesado miembro se sacudió contra la tensa superficie de su vientre. Él soltó un débil gemido por encima de su cabeza mientras contraía los poderosos músculos de sus muslos. Ella se sintió más valiente, así que se deslizó por la cama y agarró con delicadeza la rígida longitud. Era caliente como una plancha y casi igual de dura. La piel era satinada y más oscura y, a juzgar por la forma en la que palpitaba, extremadamente sensible. Fascinada, empezó a acariciarle la erección de arriba abajo, moldeando con los dedos los tensos montículos que había debajo.

Él contuvo la respiración. Su esencia en esa parte era limpia como el jabón pero templada, con un toque de picante sabor salado. Hinata se acercó, atraída por aquel aroma seductor. Siguiendo un impulso, frunció los labios y sopló una larga bocanada de aire en la longitud.

Naruto soltó un sonido incoherente. Ella se inclinó más y lo rozó con la lengua, lamiéndolo de abajo arriba como si fuera un caramelo. La textura era sedosa y rugosa, diferente a todo lo que había probado antes.

En ese momento, él la cogió por debajo de los brazos y tiró de ella hacia arriba hasta sentarla a horcajadas sobre sus caderas, con su dureza aprisionada entre sus cuerpos.

—Estás volviéndome loco —murmuró él antes de aplastar los labios contra los de ella al tiempo que ahuecaba la mano sobre la parte posterior de su cabeza, sin importarle en lo más mínimo desplazar las horquillas que sujetaban sus rizos, mientras ponía la otra mano bajo su trasero desnudo.

Cuando ella comenzó a retorcerse sobre él, Naruto guio sus movimientos hasta convertirlos en un ritmo lento que hacía que su miembro se deslizara con una sedosa fricción entre los pliegues resbaladizos. Sintió al mismo tiempo el vello del pecho masculino contra la punta de sus pezones, lo que envió ramalazos de fuego hacia cada célula de su cuerpo. Él moderó entonces los impulsos contra su sexo, haciéndolos más lentos y suaves. Era una sensación extraña y lasciva a la vez, untuosa, caliente, húmeda...

Ella levantó la cabeza y se quedó inmóvil, con la cara muy roja.

—Estoy... estoy mojada —susurró, mortificada.

—Sí. —Naruto tenía los ojos entrecerrados y sus pestañas sombreaban las somnolientas profundidades de sus iris azules. Antes de que ella pudiera añadir otra palabra, él la había subido lo suficiente para poder rodearle el pezón con la boca. Ella gimió cuando él reanudó el ritmo debajo de ella, moviendo sus caderas con las manos para que montara su abrasadora dureza. Él era lento e implacable, y jugó con ella hasta que las sensaciones se hicieron tan desesperadas que la tensión la tenía atenazada.

Rodando con ella, Naruto le puso la espalda sobre el colchón y comenzó a recorrer su cuerpo con besos cálidos y ligeros. Sus manos vagaron libremente, haciendo que su piel se erizara por todas partes. Trazó patrones sinuosos en el interior de su pierna, aventurándose cada vez más arriba, hasta llegar a la ardiente suavidad entre sus muslos. A pesar de la delicadeza con la que la tocaba, ella sintió la sutil presión de la yema de su dedo y se puso rígida al tiempo que se deslizaba hacia delante. La intrusión producía un intenso ardor que provocaba que sus músculos internos se tensaran, intentando mantenerlo fuera. Él murmuró algo contra su estómago, y aunque ella no pudo distinguir las palabras, el ronroneo de su voz la tranquilizó.

Naruto comenzó a hundir el dedo a más profundidad, buscando los lugares más sensibles, los que la hacían jadear. Al mismo tiempo, bajó la boca al triángulo de rizos e indagó entre los delicados pliegues. Besando y succionando la pequeña cresta de su sexo, la mantuvo al borde de un placer intenso mientras movía incansablemente el dedo en su interior. Ella no pudo reprimirse y comenzó a impulsar las caderas una y otra vez con movimientos cortos, pidiendo en silencio que aliviara aquella necesidad. Notó que él retiraba su contacto durante un breve instante, aunque regresó con más presión. Se dio cuenta de que había añadido otro dedo al primero y empezó a protestar, pero él le hizo algo tan increíble con la boca que contuvo el aliento y separó los muslos temblorosos.

Con tierna paciencia la persuadió con caricias, chasqueando la lengua a un ritmo constante mientras estimulaba el duro brote. Ella gemía y se arqueaba sin control, moviendo la pelvis más arriba. Hubo un momento de silencio justo antes de que comenzara la cegadora liberación, que la recorrió de pies a cabeza. Se retorció jadeante, sollozando sin vergüenza entre los brazos de su marido. Una vez que los últimos estremecimientos se desvanecieron, cuando estaba demasiado aturdida para moverse, él retiró los dedos de su interior, dejando una extraña sensación de vacío, y la entrada de su cuerpo dilatada y palpitante.

Naruto se movió sobre ella y se colocó entre sus muslos antes de deslizarle un brazo por debajo de la nuca.

—Permanece relajada, cielo —susurró—. Así...

Hinata no tenía elección: su cuerpo estaba tan laxo como un guante vacío.

Él se inclinó, y ella sintió la dura caricia de la erección en la vulnerable apertura. Dando vueltas lentamente, la abrasadora y pesada punta empujó con suavidad en su interior. La llenó poco a poco, con una ineludible y enorme presión. Ella contuvo el aliento cuando el dolor la dilató más de lo que hubiera creído posible. Su carne dividida palpitaba con fuerza alrededor del miembro de Naruto.

Él se mantuvo inmóvil y la miró con preocupación mientras esperaba que se acostumbrara a su presencia. Le separó los mechones de la cara y la besó en la frente.

—No tienes que quedarte quieto —le dijo ella, cerrando los ojos para reprimir un repentino acceso de lágrimas.

Sintió el roce de sus labios en los párpados.

—Quiero esperar —susurró—. Quiero estar dentro de ti el mayor tiempo posible. El placer que me das es... es como descubrir el amor por primera vez. —Naruto le cubrió la boca con un movimiento tan erótico que hizo que volviera a sentir mariposas en el estómago. Hinata fue consciente de que sus músculos internos ceñían de forma compulsiva la dureza que la empalaba, y sintió que él se hundía cada vez más profundamente. De alguna manera, su cuerpo le hizo sitio, dejando lugar a la insistente penetración. Ahora no era tan doloroso, y unas sutiles ondulaciones de placer atravesaban el decreciente malestar. Naruto comenzó a moverse muy despacio, presionando con su calor a mucha profundidad mientras se deslizaba como la seda.

Hinata le rodeó el cuello con los brazos y echó la cabeza hacia atrás para que él la besara en el cuello.

—¿Qué debo hacer? —le preguntó sin aliento.

Naruto emitió un silencioso gemido mientras su frente se arrugaba como si estuviera sufriendo un gran dolor.

—Solo abrázame —le pidió con la voz ronca—. Mantén unidas todas mis partes. ¡Dios mío! Nunca... —Se interrumpió y se hundió una vez más, estremeciéndose hasta que ella sintió sus ásperos temblores en el interior. Entonces lo rodeó con los brazos y las piernas, abrazándolo con todo su ser.

Después de mucho tiempo, él dejó de temblar y se derrumbó satisfecho y cansado. Aunque se movió parcialmente a un lado para no aplastarla.

Hinata jugueteó con los húmedos mechones que se rizaban en su nuca, y trazó la ordenada forma de la oreja.

—Tu forma de hacer el amor —le informó ella— es un regalo. Hinata sintió la suave curva de su sonrisa contra el hombro.