Aclaracion:

Para quien preguntaba por la etiqueta que puse de sasuke-kun, aclaro que fue un error, cuando puse las etiquetas me confundi con la adaptacion anterior que habia realizado (casarse con Uzumaki) en la cual puse a sasuke como el primo y aqui lo puse como neji, por esa razon me equivoque.


—Mi lacayo es imposible —le dijo Hinata una semana después de haber regresado a Londres—. Tengo que encontrar otro de inmediato. —Acababa de regresar de la primera salida en su nuevo carruaje, y las cosas no parecían haber salido bien. Al cerrar la puerta del dormitorio tras ella, avanzó hacia Naruto con el ceño fruncido mientras él se desabrochaba el chaleco.

—¿Algún problema? —preguntó él con preocupación. Dejó el chaleco a un lado y empezó a aflojarse la corbata.

—¿Un problema? No. Muchos problemas. Muchísimos problemas. He ido a visitar a Shion y al bebé, y luego me detuve en Winterborne's a... ¡Dios mío!, ¿qué es ese olor? —Hinata se detuvo frente a él, olfateando su pecho y su cuello—. Proviene de ti. Me recuerda al metal pulido y a algo que se ha puesto en mal estado en la despensa.

—Acabo de llegar del club de natación —explicó Naruto, sonriendo ante su expresión—. Añaden cloro y otros productos químicos a la piscina para mantener limpia el agua.

Hinata arrugó la nariz.

—En este caso, la solución puede ser peor que el problema. —Se acercó a la cama y se tendió sobre el colchón para mirarlo mientras se desnudaba.

—Has dicho algo sobre tu lacayo —le recordó él mientras se desabrochaba los puños.

Naruto estaba preparado para recibir algunas objeciones sobre Drago, un antiguo empleado de Uzumaki's. Realmente era una opción poco convencional ofrecerle el puesto de lacayo. Drago comenzó a trabajar en el club con doce años y había ascendido hasta llegar a ser portero de noche y, por fin, gerente de la sala principal. No tenía familia conocida, pues lo habían abandonado en un orfanato con una nota en la que solo aparecía su nombre.

Naruto lo conocía desde hacía muchos años. No había ningún hombre en Londres en el que confiara más para vigilar a su mujer durante sus recorridos por la ciudad, y por eso había preferido pagarle una pequeña fortuna para contratarlo como lacayo de su dama.

El papel le iba bastante mejor de lo que se podía pensar. Uno de los requisitos para ser lacayo era estar bien familiarizado con las calles y las localizaciones importantes de Londres, y Drago conocía cada rincón de la ciudad. Era un hombre imponente físicamente, grande y musculoso, que transmitía un silencioso aire de amenaza capaz de intimidar a cualquiera que pensara en acercarse a Hinata. Estaba disponible siempre, y aunque carecía de sentido del humor, no se irritaba jamás. Tenía el don de percibir detalles de la vestimenta, posturas y expresiones de la gente, lo que lo llevaba a identificar riesgos y problemas antes de que ocurrieran.

Aunque Drago había aceptado a regañadientes el puesto, su falta de entusiasmo había resultado obvio.

—Lady Saint Namikaze se olvida de la hora con facilidad —le había informado Naruto—, por lo que tendrás que ser su agenda. Tiende a perder las cosas, lo que implica que no debes perder de vista guantes descartados, pañuelos, libros, cualquier cosa que pudiera dejar atrás. Es de carácter dulce e impulsivo, así que, por el amor de Dios, mantenla alejada de estafadores, vendedores callejeros, carteristas y mendigos. Además, suele distraerse, por lo que no permitas que cruce sin mirar o se pierda. —Dudó antes de añadir lo siguiente—: Tiene problemas de audición en el oído izquierdo que a veces le provoca vértigos y, sobre todo, cuando hay poca luz, no puede orientarse. Pediría mi cabeza si sabe que te lo he dicho. Bien, ¿tienes alguna pregunta?

—Sí. ¿Voy a ser su lacayo o su maldita niñera?

Naruto lo había mirado fijamente.

—Entiendo que esto puede parecerte un trabajo por debajo de tus aspiraciones, dado lo que haces en el club, pero para mí no hay nada más importante que su seguridad. Lady Saint Namikaze es una joven curiosa y muy activa que no piensa de forma convencional. Tiene mucho que aprender sobre el mundo y este sobre ella. Protege a mi esposa, Drago. No será tan fácil como piensas.

Drago asintió, moviendo la cabeza con cierta irritación.

Naruto regresó al presente.

—Quería un lacayo con los ojos chispeantes como Santa Claus —se quejaba Hinata—, no un tipo con ojos de vikingo mercenario. Los lacayos deberían ir bien afeitados y mostrar una buena presencia, además de poseer nombres normales como Peter o George. Pero el mío es un gruñón que se llama Drago y oculta sus rasgos detrás de una barba negra. Deberías de haberlo visto cuando me detuve en el departamento de juguetes de Winterborne's. Se quedó junto a la puerta, con el ceño fruncido y los brazos cruzados. Los niños se pusieron nerviosos y empezaron a llamar a sus madres. —Lanzó a Naruto una mirada llena de sospecha—. ¿Sabe cómo se comporta un lacayo?

—No demasiado —admitió él—. Drago ha trabajado en el club en diferentes puestos. Sin embargo, el mayordomo está enseñándole y aprende con rapidez.

—¿Por qué no puedo tener un lacayo normal, como tienen las demás damas?

—Porque no vas a frecuentar los mismos lugares que las otras damas. —Naruto se sentó en una silla para quitarse los zapatos y los calcetines—. Estás buscando ubicación para una fábrica, entrevistándote con proveedores, minoristas y comerciantes al por mayor... Si Drago está contigo, por lo menos no estaré tan preocupado por tu seguridad. —Al ver que Hinata tensaba la mandíbula, Naruto tomó otro camino—. Por supuesto, lo sustituiremos si así lo deseas —propuso, encogiendo los hombros de forma casual mientras empezaba a quitarse la camisa—. Pero sería una lástima. Drago creció en un orfanato y no tiene a nadie en el mundo. Siempre ha vivido en una pequeña habitación en el club. Tenía ganas de frecuentar por primera vez en su vida un hogar de verdad, ver cómo es la vida de familia. —Esa última frase era pura conjetura, pero funcionó.

Hinata lo miró con resignación al tiempo que lanzaba un suspiro.

—Oh, de acuerdo. Supongo que me lo quedaré. Lo entrenaré para que no asuste a la gente. —Se dejó caer de forma dramática en la cama, con los brazos y las piernas abiertos—. Mi propio lacayonstruo personal.

Naruto echó un vistazo a la pequeña figura extendida sobre la cama y sintió una oleada de diversión mezclada con lujuria que le hizo contener el aliento. No pasó un segundo antes de que se hubiera puesto sobre ella y le devorara la boca.

—¿Qué haces? —preguntó Hinata con una risita, retorciéndose debajo de él.

—Acepto la invitación.

—¿Qué invitación?

—La que me haces cuando te recuestas en la cama en una pose seductora.

—Me dejé caer como una trucha moribunda —protestó ella, retorciéndose cuando él le empezó a subir las faldas.

—Sabías que no sería capaz de resistirme.

—Antes date un baño —le rogó—. No me gusta ese olor. Deberías ir a las cuadras y frotarte como a uno de los caballos, con jabón carbólico y un cepillo de abedul.

—¡Oh, qué traviesa...! Sí, hagamos eso —propuso él, dejando que su mano vagara por debajo de las faldas.

Ella aulló de risa mientras luchaba.

—¡Basta! ¡Estás contaminado! Ve al baño y lávate.

Él la inmovilizó.

—¿Serás mi doncella mientras me baño? —le preguntó de forma provocativa.

—Eso te gustaría, ¿verdad?

—Sí —susurró él, dibujándole el labio inferior con la lengua.

Los ojos perla de Hinata brillaron maliciosos.

—Le bañaré, milord —se ofreció—, pero solo si se compromete a mantener las manos quietas y a permanecer rígido como una estatua.

—Ya estoy tan rígido como una estatua. —Y se rozó contra ella para demostrárselo.

Hinata rodó por la cama con una sonrisa y lo guio al cuarto de baño, mientras él la seguía sin rechistar.

A Naruto le sorprendía pensar que, hasta hacía poco tiempo, había pensado que ninguna mujer sería capaz de satisfacerlo como Fūka Black y sus «perversos talentos», como tan secamente había definido su padre. Pero ni siquiera en los encuentros más apasionados con Fūka había sido capaz de saciar una parte más profunda de su deseo, un hambre difícil de definir. Se trataba de una intimidad que iba más allá de la unión física. Cada vez que Fūka y él habían intentado bajar la guardia, aunque fuera brevemente, sus afiladas armas habían dejado cicatrices mutuas. Ninguno de los dos había sido capaz de correr el riesgo de compartir los defectos y debilidades que tan celosamente vigilaban.

Sin embargo, con Hinata todo era diferente. Su esposa era una fuerza de la naturaleza, solo era capaz de entregarse si era por completo y de alguna manera, eso hacía que él mantuviera menos pretensiones cuando estaba con ella. Cada vez que él admitía tener defectos o cometer errores, ella parecía encantada, como si fuera todavía mejor por no ser perfecto. Hinata había logrado abrir su corazón con una facilidad aterradora, y luego había tirado la llave.

Él la amaba más de lo que resultaba conveniente para ninguno de los dos. Lo inundaba de una alegría que nunca había identificado antes con el acto sexual. No era de extrañar que la deseara constantemente. No era de extrañar que se sintiera posesivo y preocupado cuando la perdía de vista. Hinata no se hacía una idea de lo afortunada que era de que él no insistiera en que saliera acompañada de un guardaespaldas, un grupo de tiradores, caballería, arqueros escoceses e incluso algunos samuráis japoneses.

Era una locura permitir que una criatura tan perfecta y hermosa, un espíritu vulnerable como su esposa, vagara libremente por un mundo que podía aplastarla con casual indiferencia. Y él se veía obligado a permitirlo. Pero no se hacía ilusiones de que llegara a adaptarse a tal arreglo. Durante el resto de su vida, sentiría una punzada de miedo cada vez que ella saliera por la puerta, que lo dejaría con el corazón en un puño.


A la mañana siguiente, antes de marcharse, Naruto tuvo una reunión de negocios con un arquitecto y un constructor —algo sobre la concesión del derecho de especular con una propiedad que poseía en Kensington— y puso un montón de cartas delante de Hinata.

Ella levantó la vista del escritorio de la sala, donde estaba escribiendo laboriosamente una carta a lady Senju.

—¿Qué es esto? —preguntó con el ceño fruncido.

—Invitaciones. —Naruto sonrió al ver su expresión—. La temporada no ha terminado todavía. Doy por hecho que deseas rechazarlas, pero a lo mejor alguna capta tu interés.

Hinata consideró el montón de sobres como si fuera una serpiente a punto de atacar.

—Supongo que en algún momento tendré que ser más sociable —comentó.

—Ese es el espíritu. —Él sonrió ante su tono reticente—. Próximamente ofrecen una recepción en la casa consistorial al príncipe de Gales, que por fin ha vuelto de su gira por la India.

—Podría considerarlo —concedió ella—. Sería mejor que asistir a cenas, donde me sentiría tan visible como la mujer barbuda en una feria campestre. Hablando de barbas, ¿hay alguna razón para que Drago no se la afeite? Ahora que es lacayo, debería deshacerse de ella.

—Me temo que ese aspecto no estaba abierto a negociaciones —replicó Naruto con pesar—. Siempre la ha llevado. De hecho, cada vez que hace un juramento es por su barba.

—Bueno, pues eso es una tontería. Nadie puede jurar por una barba. ¿Y si le arde?

Naruto sonrió y se inclinó hacia ella.

—Trata el asunto con Drago, si así lo deseas. Pero te lo advierto, está muy unido a ella.

—Bueno, por supuesto que está unido a ella, es su barba.

Naruto le acarició los labios con los de él con persistente presión, hasta que ella abrió la boca y él pudo disfrutar de su sofocante calidez y de su dulzura. Al mismo tiempo le acarició la garganta con ternura, deslizando las yemas de los dedos por su piel. Al poco tiempo, él profundizó más el beso, y la aterciopelada caricia despertó un remolino erótico en el estómago de Hinata. La cabeza le daba vueltas y alargó la mano para mantener el equilibrio agarrándose a los antebrazos de Naruto. Él se demoró para poner fin al beso, y se recreó un poco más antes de apartar la boca a regañadientes.

—Sé una buena chica hoy —murmuró.

Hinata sonrió con las mejillas en llamas, pero siguió sin ser capaz de pensar en nada mientras él salía. Cogió un pisapapeles de cristal con pequeñas flores de vidrio en el interior y lo hizo rodar entre sus dedos con aire ausente mientras escuchaba los sonidos de la casa a su alrededor. El abrir y cerrar de las ventanas. Las criadas barriendo y encerando el suelo, o ventilando y arreglando las salas.

Aunque estaba de acuerdo con Naruto en que pronto necesitarían una casa más grande, le gustaba la disposición de la residencia de soltero de su marido, que no era tan pequeña ni masculina como había previsto. Para empezar no era un piso, sino una casa. Ocupaba una esquina de manzanas y disponía de amplias terrazas y ventanas panorámicas, techos altos y balcones con barandillas de hierro forjado. Poseía todas las comodidades modernas que se podían desear, entre las que se incluía un vestíbulo de entrada con azulejos que se calentaban con serpentines de agua caliente, y un montaplatos en el que subían la cena desde el sótano. Mientras estuvieron de luna de miel, Tenten y Hanabi habían trasladado algunas de sus pertenencias desde Hyuga House para que estuviera más cómoda en su nuevo hogar. Entre ellos, un cojín de flores para hacer costura, una suave manta de viaje con borlas, algunos de sus libros favoritos y una colección de velas en tazas de cristales de colores. Shion y Taruho le habían enviado un escritorio precioso con multitud de cajones y compartimentos, que incluso tenía integrado un reloj de oro en el panel superior.

La casa estaba muy bien llevada por un amable grupo de sirvientes que eran, en general, un poco más jóvenes que el personal de Byakugan Priory, y también de Heron's Point. Todos se esforzaban en complacer al ama de llaves, la señora Bristow, que dirigía las tareas diarias con puntual eficiencia. Trataba a Hinata con una mezcla de amabilidad y deferencia, aunque parecía comprensiblemente perpleja por su absoluta falta de interés en los asuntos domésticos.

En realidad, había algunas pequeñeces que Hinata se sentía tentada a mencionar. Por ejemplo, el té de la tarde. La hora del té siempre había sido un ritual muy apreciado por los Hyuga, incluso cuando no se lo habían podido permitir. Todas las tardes disfrutaban de una amplia selección de tartas y pastelitos de crema, pastas y panecillos, bollos, dulces y otros postres en miniatura acompañados por humeantes tazas de té recién hecho que el servicio reponía a intervalos regulares.

Sin embargo, en su nuevo hogar el té consistía en un simple panecillo tostado o un solitario bollo de pasas, que servían con mantequilla y mermelada. Era perfectamente agradable, pero cuando ella recordaba los largos y lujosos tés de los Hyuga, este parecía aburrido e insípido en comparación. El problema era que incluso la más pequeña participación en la administración del hogar podría conducir a mayor responsabilidad. Por lo tanto, era más prudente permanecer en silencio y comerse el bollito. Además, ahora que tenía su propio carruaje, podía visitar a Tenten y tomar el té en su casa cada vez que quisiera.

Pensar en el carruaje le recordó a su nuevo lacayo.

Tomó la campanilla de bronce del escritorio y la movió de forma tentativa, preguntándose si Drago respondería. Él no tardó ni un minuto en aparecer en el umbral.

—Milady.

—Adelante, Drago.

Era un hombre grande y musculoso, con unos hombros anchos que rellenaban perfectamente la librea de un lacayo, pero por alguna razón los largos faldones de la levita, los pantalones bombachos por las rodillas y las medias de seda no le iban demasiado bien. Parecía incómodo, como si el terciopelo dorado y azul oscuro trenzado fuera una afrenta para su dignidad. Mientras la miraba con aquellos agudos ojos oscuros, ella vio la pequeña cicatriz en forma de media luna que iba desde el exterior de su ceja izquierda hasta casi la esquina del ojo, un permanente recordatorio de que se había visto implicado en algún suceso peligroso hacía un tiempo. Su barba negra, no muy larga y bien recortada, parecía tan impenetrable como el pelaje de una nutria.

Ella lo observó con intensidad. Supo que tenía delante una persona que estaba tratando de llevar lo mejor posible una situación que le resultaba incómoda. Hinata conocía esa sensación. Y supo que esa barba... era un símbolo, se diera cuenta él o no. Una señal de que iría todo lo lejos que pudiera sin comprometer su verdadero yo. Algo que ella también entendía.

—¿Cómo le parece que debe pronunciarse su nombre? —le preguntó—. Lord Saint Namikaze dice que es un sonido como Ah, pero al mayordomo lo hace como una A larga.

—Ninguno de los dos es correcto.

Tal como había descubierto en su breve e incómoda salida del día anterior, era hombre de pocas palabras.

Lo miró con perplejidad.

—¿Por qué no lo ha dicho?

—Nadie me lo ha preguntado.

—Bueno, lo estoy haciendo yo.

—Es como «dragón», pero sin n.

—Oh... —Hinata esbozó una sonrisa—. Me gusta más. Le llamaré Dragón.

Él enarcó las cejas.

—Es Drago.

—Sí, pero si añadiéramos esa letra, todos sabrían pronunciarlo y, lo más importante, a todo el mundo le gustan los dragones.

—No quiero gustar a nadie.

Con aquel pelo negro como el carbón, sus ojos oscuros y el aspecto que tenía un momento antes, como si fuera capaz de escupir fuego, el apodo era perfecto.

—¿No le gustaría considerarlo por lo...? —empezó ella.

—No —la interrumpió.

Lo miró de forma especulativa.

—Si se afeitara la barba, podría ser muy guapo.

El rápido cambio de tema pareció desequilibrarlo.

—No.

—Bueno, en cualquier caso, los lacayos no pueden tener barba. Es una ley, creo.

—No es una ley.

—Sin embargo, sí es una tradición —rectificó ella sabiamente—, e ir contra la tradición es casi como saltarse la ley.

—El cochero tiene barba —señaló Drago.

—Sí, los cocheros pueden, pero los lacayos no. Me temo que tendrá que deshacerse de ella. A no ser que...

Él entrecerró los ojos cuando se dio cuenta de que iba a asestarle el golpe de gracia.

—¿A no ser qué?

—Yo estaría dispuesta a pasar por alto su inadecuada apariencia —ofreció Hinata—, si me permite que le llame Dragón. Si no, la barba fuera.

—La barba se queda —espetó él.

—De acuerdo. —Hinata sonrió con satisfacción—. Necesitaré que el carruaje esté listo a las dos, Dragón. Eso es todo por ahora.

Él inclinó la cabeza de mala gana y empezó a volverse, pero se detuvo en el umbral al oír la voz de Hinata.

—Quería preguntarle una cosa más. ¿Le gusta usar la librea? —Dragón se volvió hacia ella—. Tengo una razón para preguntarlo —dijo ella ante su larga vacilación.

—No, no me gusta. Tiene demasiada tela por abajo... —Le mostró los faldones de la levita con desprecio—. Y es muy estrecha por arriba, por lo que no se pueden mover los brazos de forma adecuada. —Bajó la mirada con disgusto—. Los colores brillantes. La trenza dorada... Parezco un pavo real.

Hinata lo miró comprensivamente.

—El hecho es que... —dijo con seriedad— usted no es un lacayo, sino un guardaespaldas que hace las funciones de lacayo. Dentro de la casa, mientras ayude al mayordomo con la cena y todo eso, quizás insistan en que use librea. Pero cada vez que me acompañe fuera, creo que será mejor que se ponga su propia ropa, como corresponde a un guardia privado. —Hizo una pausa—. He visto a los niños de la calle y a algunos rufianes provocar a los lacayos —añadió con sinceridad—, en especial en las zonas más conflictivas de la ciudad. No es necesario estar sometido a tales molestias.

Él se relajó de forma ostensible.

—Sí, milady. —Antes de que se volviese, ella hubiera jurado que había visto una leve sonrisa debajo de las profundidades de su barba.

El hombre que acompañó a Hinata al carruaje era una versión muy diferente a la del torpe lacayo con librea. Se movía con confiada fluidez vestido con una chaqueta y un pantalón negros de buena calidad, así como un chaleco gris oscuro. La barba que podía haber estado fuera de lugar en un lacayo, parecía ahora más apropiada. Incluso se podía decir que parecía gallardo, y poseedor de cierto encanto. Aunque, claro, se suponía que los dragones no eran encantadores.

—¿Adónde quiere ir, milady? —preguntó Dragón, después de que bajara los escalones del carruaje.

—A la imprenta Terumī, en Farringdon Street.

Él le lanzó una mirada penetrante.

—¿En Clerkenwell?

—Sí. Está en el edificio Farringdon, detrás de...

—En Clerkenwell hay tres prisiones.

—También hay vendedoras de flores, fabricantes de velas y otros negocios respetables. Están recuperando esa zona.

—Pero lo hacen ladrones e irlandeses —argumentó el oscuro Dragón mientras Hinata subía al carruaje. Él puso en el asiento de al lado el maletín de cuero lleno de papeles, bocetos y prototipos de juegos. Después de cerrar la puerta del vehículo, se sentó en el pescante, con el conductor.

Hinata había estado estudiando una lista de imprentas antes de seleccionar las tres finalistas. La imprenta Terumī era de especial interés porque era propiedad de una viuda, que se había visto obligada a dirigir la empresa desde la muerte de su marido. A Hinata le gustaba la idea de apoyar a otras mujeres en sus negocios.

Clerkenwell no era la parte más peligrosa de Londres, a pesar de que su reputación se había visto empañada por el bombardeo que sufrió una prisión nueve años atrás. Los fenianos, una sociedad secreta que luchaba para conseguir la independencia de Irlanda, habían intentado sin éxito liberar a uno de sus miembros haciendo un agujero en un muro de la prisión. Como consecuencia habían muerto doce personas y otras muchas habían resultado heridas. Eso había dado lugar a una reacción negativa en la población, y el resentimiento hacia los irlandeses había tardado en desaparecer. En opinión de Hinata, era una lástima, dado que los miles de pacíficos irlandeses que residían en Londres no deberían verse castigados por las acciones de unos pocos.

Una vez que aquel distrito se convirtió en un respetable barrio de clase media, Clerkenwell se llenó de edificios altos, densamente emparedados entre las propiedades en ruinas. Las nuevas carreteras que estaban construyendo aliviarían en algún momento los congestionados callejones, pero por ahora el trabajo solo servía para que hubiera una serie de desvíos que hacían que fuera muy difícil acceder a Farringdon Street. El río Fleet Ditch se había convertido en una alcantarilla, y estaba ahora cubierto por la calzada, aunque su apestoso aroma se podía oler ocasionalmente por las rejillas de paso. Los estruendos y los silbidos de los trenes cortaban el aire cuando se acercaban a la estación de Farringdon Street, donde la empresa ferroviaria había construido una enorme nave.

El carruaje se detuvo frente a un edificio industrial de ladrillo amarillo. A Hinata se le aceleró el corazón cuando vio la imprenta con el doble escaparate con las ventanas divididas y el frontón tallado sobre la entrada. Las letras correspondientes a IMPRENTA TERUMĪ habían sido pintadas con elaboradas letras doradas en el interior del frontón.

Dragón se apresuró a abrir la puerta del carruaje y a recoger el maletín de Hinata antes de bajar las escaleras. Tuvo cuidado de no permitir que la falda tocara la rueda cuando ella salió del vehículo. Abrió la puerta del negocio con la misma eficacia, y la cerró después de que entrara. Sin embargo, en lugar de esperar fuera de la tienda como un lacayo cualquiera, entró en el edificio y se situó junto a la puerta.

—No tienes que esperarme dentro, Dragón —murmuró Hinata mientras él le entregaba el maletín—. Mis asuntos se demorarán por lo menos una hora. Puedes ir a alguna parte a tomar una jarra de cerveza, o algo...

Él hizo caso omiso a la sugerencia y se mantuvo exactamente donde estaba.

—Voy a entrevistarme con un impresor —no pudo resistirse a decir ella—. Lo peor que me puede pasar es que me corte con un papel.

Sin respuesta.

Suspirando, Hinata se volvió y se dirigió a la primera fila de mostradores que se extendían por el enorme interior y lo dividían en varios departamentos. Las imprentas eran el lugar más colorido y lleno de encanto en el que hubiera estado, con excepción quizá de los grandes almacenes Winterborne, a los que consideraba similares a la cueva de Aladino con sus joyas brillantes y los artículos de lujo. Pero este era también un nuevo mundo fascinante. Las paredes estaban empapeladas con estampados diversos: caricaturas, tarjetas, carteles, grabados, láminas de papel y decorados para teatros. En el aire flotaba una embriagadora mezcla de papel nuevo, tinta, pegamento y productos químicos, un olor que la hacía querer agarrar una pluma y empezar a dibujar. En la parte trasera de la nave se oían los sonidos mecánicos de las máquinas, que seguían un ritmo de puesta en marcha y parada cuando los aprendices hacían funcionar las prensas de mano.

En lo alto, secaban las impresiones en cientos de cuerdas que cruzaban la sala. Había torres de cartulinas por todas partes, y altas columnas de papel de más variedades de las que Hinata hubiera visto nunca en un solo lugar. En los mostradores había bandejas de impresión con bloques tallados con letras, animales, pájaros, gente, estrellas, lunas, símbolos de Navidad, vehículos, flores y miles de imágenes agradables.

Adoraba ese lugar.

Se le acercó una joven dama. Mostraba buen aspecto, con una figura delgada y de busto grande, con el pelo castaño rojizo y rizado además de unos ojos color verde claro.

—Lady Saint Namikaze —dijo antes de hacer una profunda reverencia—. Soy la señora Terumī.

—Un placer —dijo Hinata, radiante.

—Jamás me había sentido tan intrigada como lo he estado por su carta —aseguró la señora Terumī. Ese juego de mesa parece algo muy inteligente, milady. —La mujer tenía un acento educado con un deje musical. Poseía un aire festivo que conquistó a Hinata desde el primer momento—. ¿Le gustaría sentarse conmigo y comentarme sus planes?

Se dirigieron a una mesa en un lugar protegido en un lateral de la enorme sala. Durante la hora siguiente, hablaron del juego y de qué componentes serían necesarios mientras mostraba los bocetos, notas y prototipos que llevaba en el maletín. Era un juego de temática comercial, con piezas que se movían alrededor de un recorrido que discurría entre los departamentos de una detallada tienda. Incluía tarjetas de mercancía, dinero y cartas para jugar que ayudaban u obstaculizaban el progreso de los jugadores.

La señora Terumī parecía entusiasmada con el proyecto e hizo muchas sugerencias sobre los diversos materiales que podían utilizar en cada parte.

—La cuestión más importante es el tablero de juego plegable. Podemos hacer la impresión litográfica directamente sobre el tablero con una prensa plana. Si quiere una imagen multicolor, podríamos crear una placa metálica para cada color, entre cinco y diez serían suficientes, y aplicar la tinta en capas hasta que se complete la imagen. —La señora Terumī miró pensativamente las piezas que Hinata había realizado—. Sería mucho más barato si aplicamos solo la imagen en blanco y negro y contratamos mujeres para que den el color a mano. Por supuesto, será más lento. Si su juego tiene una gran demanda, como estoy segura que será el caso, tendrá más beneficios si produce el juego completamente a máquina.

—Prefiero la opción de dar el color a mano —dijo Hinata—, quiero proporcionar puestos de trabajo a las mujeres que tratan de ganarse la vida y mantener a sus familias. Hay que tener en cuenta algo más que los beneficios.

La señora Terumī la miró durante un buen rato con calidez.

—Admiro que piense en eso, milady. Mucho. La mayoría de las mujeres de su clase no piensa en los pobres. Solo se dedican a hacer medias y gorros en sus grupos de caridad. Su negocio ayudará a los pobres mucho más que la costura.

—Eso espero —añadió Hinata—. Créame, mi forma de tejer no puede ayudar a nadie.

La mujer se rio.

—Me gusta usted, milady. —Se puso en pie y se frotó las manos con energía—. Venga a la trastienda si es tan amable y le daré un montón de muestras para que se lleve a casa y las estudie en su tiempo libre.

Hinata recogió los papeles y materiales del juego en el maletín. Miró por encima del hombro a Dragón, que la observaba desde detrás de la puerta. Él dio un paso adelante al ver que se dirigía hacia la parte trasera de la tienda, pero ella le hizo un gesto con la cabeza para que se quedara donde estaba. Lo vio fruncir el ceño, pero cruzó los brazos y se mantuvo en su lugar.

Hinata siguió a la señora Terumi hasta un mostrador a la altura de la cintura, donde un par de muchachos ataban páginas. A la izquierda, un aprendiz trabajaba en una prensa de pedal que funcionaba con enormes engranajes y palancas, mientras otro hombre operaba con una máquina de enormes rodillos de cobre que presionaban imágenes de forma continua en largos rollos de papel.

La señora Terumī la condujo hasta una sala rebosante de muestras de material. Se movió a lo largo de una pared con estanterías y cajones, donde la señora Terumī empezó a recoger trozos de papel, cartulinas, tableros, lona de unión y muselina, así como una gran variedad de hojas con tipografías. Hinata la siguió de cerca, recibiendo un puñado de páginas que guardó en el maletín.

Las dos se detuvieron ante un discreto golpe.

—Seguramente sea el chico del almacén —dijo la señora Terumī, dirigiéndose al otro lado de la habitación. Mientras Hinata continuaba rebuscando en los estantes, la impresora abrió la puerta lo suficiente para ver a un adolescente con una gorra calada sobre la frente. Después de un breve intercambio en voz baja, la señora Terumī cerró la puerta.

—Milady —dijo—. ¿Puede disculparme? Tengo que darle algunas instrucciones a un repartidor. ¿Le importa que la deje aquí durante un minuto?

—Por supuesto que no —dijo Hinata—. Me siento feliz como una almeja en marea alta. —Hizo una pausa para mirar con atención a la mujer, que seguía sonriendo... Pero la angustia ejercía una sutil tensión en sus rasgos, como en un ridículo cuando se tira del cordón—. ¿Ocurre algo? —le preguntó con preocupación.

La mujer se relajó al instante.

—No, milady, es que no me gusta que me interrumpan cuando estoy con un cliente.

—No se preocupe por mí.

La señora Terumī se acercó a los cajones y sacó un sobre abierto.

—Regresaré lo antes posible.

Cuando la dueña de la imprenta salió por la puerta del almacén, que cerró con firmeza a su espalda, cayó algo al suelo. Un trozo de papel.

Con el ceño fruncido, Hinata soltó el maletín y se inclinó para recuperar la página. Estaba en blanco por un lado y por el otro estaban impresas lo que parecían unas muestras tipográficas, pero no estaban organizadas como los ejemplos típicos. ¿Se había caído del sobre que la señora Terumī había sacado del cajón? ¿Era importante?

—Seguramente ambas opciones... —murmuró. Abrió la puerta y llamó a la impresora. Al no obtener respuesta, procedió por una galería escasamente iluminada que se abría a un espacio que parecía un almacén. Una hilera de ventanas divididas cerca del techo dejaba pasar la luz suficiente para iluminar un fregadero sobre el que había piedras litográficas y planchas de metal, así como rodillos, piezas de maquinarias y un montón de filtros y cubas. El fuerte olor a aceite y metal interrumpía la acre bienvenida de las virutas de madera.

Cuando salió de la galería, Hinata vio a la señora Terumī junto a un hombre, al lado de una enorme máquina de impresión a vapor. Era un tipo alto y de aspecto sólido, sus ojos de color negro con el cabello de color grisáceo, utiliza anteojos. A pesar de estar vestido con ropas oscuras capaces de pasar desapercibidas, el sombrero de copa era algo que solo usaría un caballero con medios. No sabía quién era ese hombre, pero, sin duda, no se trataba de un repartidor.

—Perdón —les interrumpió Hinata, acercándose a ellos—, quería preguntar...

Se detuvo en seco cuando la señora Terumī se giró para mirarla. El brillo de horror en los ojos de la mujer le resultó tan sorprendente que su mente se quedó en blanco. Volvió a mirar al visitante, cuyos ojos sin pestañas la estudiaban de una forma que le puso la piel de gallina.

—Hola —saludó Hinata con un hilo de voz.

Él dio un paso hacia ella. Hubo algo en su movimiento que provocó en ella la misma reacción instintiva que sentía al ver una araña o una serpiente reptando.

—Milady —la señora Terumī se interpuso con rapidez en su camino y la tomó de un brazo—, el almacén no es lugar para usted. Se le puede estropear el vestido... hay aceite y polvo por todas partes. Permita que la acompañe al interior.

—Lo siento —dijo Hinata confusa, dejando que la mujer la guiara de vuelta con rapidez por la galería hasta la trastienda—. No quería interrumpir su reunión, pero...

—No lo ha hecho. —La mujer forzó una ligera sonrisa—. El repartidor estaba comentándome un problema con un pedido. Me temo que debo regresar con él de forma inmediata. Espero haberle proporcionado suficiente información y muestras.

—Sí. ¿Le he causado problemas? Lo siento si...

—No, pero sería mejor que se marchara ahora. Tengo mucho que hacer. —La llevó de vuelta a la oficina, donde recogió el maletín sin pararse—. Aquí tiene su cartera, milady.

Confusa y mortificada, Hinata atravesó el lugar con ella hacia la parte delantera, donde estaba esperando Dragón.

—Me temo que no sé cuánto tiempo tardaré —añadió la señora Terumī. Hay un problema con el pedido, eso es. Si estuviéramos demasiado ocupados para imprimir su juego, puedo recomendarle otra imprenta. Pickersgill's, en Marylebone. Son muy buenos.

—Gracias —dijo Hinata, mirándola con preocupación—. Una vez más, le pido disculpas si hice algo mal.

La dueña de la imprenta sonrió, aunque su aire de urgencia no la abandonó.

—Que Dios la bendiga, milady. Le deseo lo mejor. —La mujer clavó los ojos en la expresión ilegible de Dragón—. Será mejor que se vaya rápidamente, las obras hacen que el tráfico empeore por la tarde.

Dragón respondió con una breve inclinación de cabeza, tomó el maletín de Hinata, abrió la puerta y la llevó al exterior sin contemplaciones.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Dragón bruscamente mientras recorrían un tablero hacia el carruaje, salvando el agujero que cubría la madera.

—¡Oh, Dragón! Ha sido muy raro. —Hinata describió la situación con rapidez, amontonando una palabra tras otra, aunque parecía que él la seguía sin dificultad—. No debería haber salido de la trastienda —terminó contrita—, pero es que...

—No, no debería. —No era una reprimenda, solo una confirmación serena.

—Había algo malo en ese hombre. Quizá mantenga una relación romántica con la señora Terumī y no quieren que los descubran. Aunque no parecía eso.

—¿Ha notado algo más? ¿Ha visto algo en el almacén que no pareciera pertenecer allí?

Hinata negó con la cabeza mientras llegaban junto al carruaje.

—No, que yo recuerde.

Dragón abrió la puerta y desplegó las escaleras.

—Quiero que el conductor y usted me esperen aquí cinco minutos. Tengo algo que hacer.

—¿Qué? —preguntó Hinata, subiéndose al vehículo.

—Una llamada de la naturaleza —dijo él sucintamente mientras ella se sentaba y agarraba el maletín que él le tendía.

—Los lacayos no tienen llamadas de la naturaleza. O al menos no deben mencionarlas.

—Mantenga las persianas bajadas —indicó él—. Cierre la puerta y no le abra a nadie.

—¿Y si es usted?

—No abra a nadie —repitió Dragón, armándose de paciencia.

—Debemos acordar una señal secreta. Una llamada especial.

Él cerró la puerta antes de que ella terminara de hablar. Contrariada, Hinata se acomodó en el asiento. Si había algo peor que sentirse aburrida y ansiosa, era padecer ambas cosas a la vez. Se cubrió la oreja con la mano y se golpeó la parte trasera del cráneo, tratando de interrumpir el molesto tono. Se dedicó a ello unos minutos. Por fin, oyó la voz de Dragón en el exterior y sintió el leve traqueteo del vehículo cuando se subió junto al conductor. El carruaje se puso en marcha y recorrió Farringdon Street, alejándose de Clerkenwell.

En el momento en el que llegaron a casa en Queen's Gate, Hinata estaba casi fuera de sí por la curiosidad que la carcomía. Tuvo que recurrir a todo su autocontrol para evitar explotar cuando Dragón abrió la puerta y desplegó los escalones.

—¿Ha regresado a la imprenta? —preguntó, permaneciendo sentada. Sería impropio salir y hablar con él en la calle, pero no disfrutarían de ninguna privacidad hasta que entraran en la casa—. ¿Ha hablado con la señora Terumī? ¿Ha visto al hombre que le describí?

—He echado un vistazo por los alrededores del edificio —admitió Dragón—. A ella no le ha parecido muy bien, pero no podía detenerme. No he visto al hombre.

Se irguió de nuevo, esperando que Hinata saliera del carruaje, pero ella no se movió. Estaba segura de que había pasado algo y él no se lo había dicho. Si era así, hablaría con Naruto al respecto, y luego buscaría información de segunda mano.

—Si tengo que confiar en usted, Dragón, no puede andar ocultándome cosas, o jamás me sentiré segura —dijo con una expresión muy seria cuando él se inclinó de nuevo hacia la puerta y la miró de forma interrogativa—. Además, ocultarme información importante no va a protegerme. Es justo lo opuesto. Cuanto más sepa, menos probable es que haga alguna tontería.

Dragón consideró sus palabras antes de ceder.

—Atravesé las oficinas y fui a ese almacén. Vi algunas cosas aquí... y allí. Vidrio, y tubos de caucho, cilindros de metal, restos de polvo de compuestos químicos.

—Pero todo eso es común en una imprenta, ¿verdad?

Él frunció el ceño y asintió.

—Entonces ¿qué es lo que le preocupa? —preguntó ella.

—Que también se utiliza para fabricar bombas.