En cuanto Naruto llegó a casa después de un largo día lleno de reuniones, fue recibido por Drago, que lo esperaba en el vestíbulo de entrada.

—Milord... —Drago se adelantó para ayudarle, pero luego se detuvo para que fuera el primer lacayo quien le recogiera el sombrero y los guantes. Naruto reprimió una sonrisa, pues sabía que Drago todavía no había aprendido el orden que seguían los pequeños rituales de la familia. Determinadas tareas correspondían a un servidor concreto y no se cedían con tanta facilidad.

Después de lanzar una mirada rápida y mordaz a la espalda del primer lacayo, Drago se concentró en Naruto.

—¿Puedo hablar con usted, milord?

—Por supuesto. —Naruto se dirigió a la cercana salita de mañanas, donde se detuvo frente a uno de los ventanales delanteros.

Drago le ofreció un breve testimonio de la visita a la imprenta en Clerkenwell, incluyendo la abrupta salida y los elementos sospechosos que había encontrado en las instalaciones, mientras él le escuchaba con el ceño fruncido.

—¿De qué compuesto químico se trataba? ¿Podrías aventurar una suposición?

Como respuesta, Drago sacó un pequeño tubo de vidrio con un tapón de corcho del bolsillo del abrigo y se lo entregó. Naruto lo levantó en el aire y lo giró lentamente, observando cómo rodaban en el interior unos granos, que parecían de sal.

—Cloruro de potasio —informó Drago.

Era un producto químico común y fácilmente reconocible, que se utilizaba en jabones, detergentes, cerillas, fuegos artificiales y tinta. Naruto le devolvió el tubo.

—La mayoría de la gente no vería motivo de preocupación si encontrara esto en una imprenta.

—No, milord.

—Pero tú sí te has preocupado.

—Por el desarrollo de la situación. Por la forma en que se ha comportado la señora Terumī. Por el hombre que ha visto lady Saint Namikaze. Algo no encaja.

Naruto pasó la mano por el marco de la ventana mientras miraba la tranquila calle e hizo tamborilear los dedos en la madera.

—Me fío de tu instinto —dijo finalmente—. Has visto suficientes problemas como para saber cuándo hay algo. Sin embargo, la policía descartará cualquier registro por falta de pruebas convincentes. No conozco ni un solo detective en el departamento que no esté loco o sea idiota.

—Sé con quién debo hablar.

—¿Con quién?

—No le gusta que se mencione su nombre. Dice que la mayoría de los detectives de Londres son demasiado conocidos por su aspecto y hábitos para ser de utilidad. Pronto harán una limpieza en el departamento y crearán una unidad especial. Por cierto, lo que acabo de decirle es secreto.

Naruto enarcó las cejas.

—¿Cómo sabes todo eso cuando ni siquiera yo lo sé?

—Usted ha estado desaparecido en los últimos tiempos —le recordó Drago—. Algo referente a una boda.

Naruto curvó los labios.

—Pues habla con tu contacto lo antes posible.

—Iré a verlo esta noche.

—Una cosa más... —Naruto vaciló, casi temiendo la respuesta a lo que estaba a punto de preguntar—. ¿Has tenido alguna dificultad con lady Saint Namikaze? ¿Ha discutido o ha intentado evadirte?

—No, milord. —Drago respondió sin vacilar—. De hecho, es un ladrillo.

—Oh... —repuso Naruto, desconcertado—. Bueno. —Se dirigió hacia las escaleras para reunirse con su esposa mientras seguía pensando en la declaración. En las calles de Londres, decir que alguien era un ladrillo era el mayor elogio posible, y solo se utilizaba para hombres que fueran excepcionalmente leales y de buen corazón. Naruto jamás había oído ese cumplido en labios de Drago. De hecho, nunca había oído que lo aplicaran a una mujer hasta ese momento.

Oyó la voz de Hinata en el dormitorio, donde se estaba cambiando de ropa y arreglándose el pelo. Ante su insistencia, ella dormía en su cama todas las noches. En un primer momento había ofrecido algunas vagas objeciones, como que tenía el sueño inquieto, lo que era cierto. Sin embargo, cada vez que lo despertaba, por las vueltas que daba en la cama, resolvía el problema haciendo el amor con ella hasta que se dormía agotada.

Al acercarse a la habitación, Naruto se detuvo con una sonrisa al escuchar que Hanare pronunciaba un sermón sobre cómo ser una dama, que parecía inspirado en el artículo de un periódico.

—... Se supone que las damas no corretean por las habitaciones tratando de ayudar a las personas —decía la doncella—. El artículo decía también que deberían descansar en un sofá, pálidas y frágiles, y permitir que trabaje la gente que pueda.

—¿Y ser un inconveniente para todo el mundo? —preguntó Hinata, airada.

—Todo el mundo admira a las damas delicadas —informó la doncella—. En el artículo se citaba a lord Byron: «Hay una dulzura en la decadencia de la mujer.»

—He leído a Byron —esgrimió Hinata, indignada—, y estoy segura de que jamás escribió tales tonterías. ¿Decadencia?, ¡ja! ¿En qué periódico lo has leído? Ya es demencial que aconsejen a mujeres sanas que actúen como si fueran inválidas, pero citar erróneamente a un poeta de esa categoría...

Naruto llamó a la puerta y las voces se apagaron. Abrió con una expresión impasible, y fue recibido con la encantadora imagen de su esposa cubierta tan solo por el corsé, la camisola y las enaguas.

Hinata lo miró con los ojos muy abiertos y se sonrojó de pies a cabeza.

—Buenas noches, milord —dijo jadeante, tras aclararse la garganta—. Me estoy cambiando para la cena.

—Ya veo. —La recorrió lentamente con la mirada, deteniéndose en el peso de sus pechos, que eran presionados hacia arriba por el corsé, al punto de verse desbordados.

Hanare cogió un vestido desechado del suelo.

—Milady, voy a buscar una bata —le dijo a Hinata.

—No es necesario —la detuvo Naruto—. Yo me ocuparé de mi esposa.

Hanare lo miró nerviosa antes de hacer una reverencia y salir, cerrando la puerta a su espalda.

Hinata se quedó en el lugar, aunque miró nerviosa cómo él se paseaba por la habitación.

—Er... supongo que Dragón ha hablado contigo.

Él enarcó una ceja ante el apodo, pero no hizo ningún comentario. Su mirada se clavó en el frunce preocupado de su frente, en los espasmos nerviosos que hacían sus pies y sus manos, en los ojos que tenía tan abiertos como un niño al que fueran a castigar, y se vio invadido por una sensación de intensa ternura.

—¿Por qué estás tan incómoda conmigo, cielo? —le preguntó en voz baja.

—He pensado que podrías estar enfadado porque fui sola a la trastienda.

—No estoy enfadado. Solo un poco preocupado por la idea de que te ocurra algo. —Le agarró una mano y tiró de ella hasta una silla cercana, donde tomó asiento antes de acomodarla sobre su rodilla. Ella se relajó y le rodeó el cuello con los brazos. Él se vio invadido por su perfume, con un ligero toque a flores y aire fresco, aunque prefería la sedosa fragancia de su piel sin aderezos, pues le resultaba más potente que cualquier afrodisíaco—. Hinata, no puedes correr riesgos entrando en lugares desconocidos sin protección. Eres demasiado importante para mí. Además, si privas a Drago de la oportunidad de intimidar y acosar a la gente, se va a deprimir.

—Lo recordaré la próxima vez.

—Prométemelo.

—Te lo prometo. —Ella apoyó la cabeza en su hombro—. ¿Qué ocurrirá ahora? ¿Dragón va a informar a la policía sobre lo que ha visto?

—Sí, y hasta que sepamos si vale la pena investigarlo o no, prefiero que no te alejes demasiado de casa.

—Naruto... La señora Terumī es una mujer muy agradable. Fue muy amable y sintió un profundo interés por mi juego, estoy segura de que no haría daño a nadie a sabiendas. Si está envuelta en algo peligroso, quizá no sea culpa suya.

—Mi amor, deja que te advierta que a veces te sentirás decepcionada por las personas en las que crees. Cuanto más sepas del mundo, menos ilusiones te harás.

—No quiero ser tan cínica.

Naruto sonrió contra su pelo.

—Ser un poco cínica hará que ser optimista sea más seguro. —La besó en el lado del cuello—. Ahora, vamos a ver cómo debería castigarte.

—¿Castigarme?

—Mmm... —Aproximó las manos a sus delgadas piernas desnudas—. Nadie aprende correctamente una lección si no se refuerza.

—¿Qué opciones tengo?

—Todas comienzan eliminando tus enaguas...

Mientras él buscaba sus labios, ella los curvó en una sonrisa.

—No tenemos tiempo antes de la cena —dijo ella, retorciéndose mientras él alcanzaba el lazo justo por debajo de su cintura.

—Te sorprendería lo que puedo conseguir en solo cinco minutos.

—Dada mis recientes experiencias, no creo que me sorprenda nada.

Naruto se rio contra su boca, saboreando su imprudencia.

—Un reto... Bueno, pues ahora, olvídate de la cena.

Hinata se contoneó entre chillidos mientras la despojaba de las enaguas y tiraba de ella hasta colocarla sobre su regazo, con las piernas desnudas colgando a cada lado de sus caderas. Le dejó puesto el corsé, con su rígido tejido que la obligaba a permanecer recta, pero retiró la camisola de sus hombros, y se centró en los pechos que quedaban realzados por la media copa del corsé. Besó las pálidas curvas, capturando sin prisa los pezones rosados con los labios antes de mover la lengua sobre ellos. La respiración de Hinata quedaba dificultada por el confinamiento de las ballenas y se inclinó para abrir los ganchos delanteros.

Naruto la detuvo sujetándole suavemente las muñecas y devolvió los brazos a su cuello.

—Déjame actuar a mí —murmuró,

acallando cualquier posible discusión con el simple hecho de cubrir sus labios con los de él. Era un señuelo que ella no podía resistir, y al instante el calor se avivó como las llamas en la leña.

Naruto ajustó la posición de Hinata y dejó que su trasero se apoyara entre sus rodillas separadas, dejándola abierta y expuesta. Le mantuvo un brazo detrás de la espalda mientras deslizaba la otra mano entre sus muslos. Le hizo cosquillas con los dedos cuando los deslizó entre los sedosos pétalos, esparciendo el húmedo calor de su deseo, hasta que ella se estremeció en su regazo. Él sabía lo que le estaba ocurriendo, conocía la forma en la que el corsé hacía crecer la sensibilidad por debajo de la cintura. Al presionar la punta del dedo en el oculto capuchón del clítoris, ella se agitó con suavidad. Los gemidos femeninos se incrementaron cuando él rodeó el emergente brote y deslizó el dedo en la pequeña abertura que había detrás hasta hundirlo en su interior. Sintió que ella tensaba los muslos y las caderas, que luchaba por cerrar su cuerpo en torno a la juguetona estimulación.

Tras retirar la suave invasión, él continuó jugando con ella sin hacer ningún avance, obligándola a esperar, a arquearse y retorcerse cuando la frustración creció un poco más. La acarició con movimientos expertos y ladinos, evitando el lugar que ella necesitaba que tocara. Hinata tenía la mirada desenfocada y los ojos entornados, la cara exquisitamente enrojecida. La mantuvo al borde de la liberación, suavizando su contacto cada vez que el erótico tormento parecía a punto de liberarse.

Naruto ahuecó la mano libre detrás de la cabeza de Hinata y le cubrió los labios con un beso que ella respondió de forma casi violenta, tratando de introducirle la lengua en la boca. Él le dejó libertad para que lo besara mientras le cubría el sexo con toda la mano, disfrutando de su empapado y ardiente centro. Rompiendo el beso con un suspiro, Hinata se dejó caer hacia delante con rigidez y apoyó la cabeza en su hombro.

Cediendo, Naruto la levantó y la llevó a la cama. Cuando le puso los pies en el suelo, Hinata se inclinó sobre el colchón. Estaba preparada para él y se estremeció de forma visible mientras Naruto se desabrochaba los pantalones. Su miembro estaba duro e hinchado de una forma casi obscena. Casi le dolía la ingle al ver a su esposa esperando que la penetrara, confiada y entregada. Inocente. Pensó en lo que le había dicho una vez, que había ciertas cosas que los caballeros no piden a sus esposas. Había dicho algo sobre estar dispuesta, pero era obvio que no había entendido absolutamente nada de lo que había querido decir.

Le movió la mano por la estrecha espalda encorsetada, vacilando en el arco de los nudos mientras un montón de pensamientos eróticos inundaban su cabeza, pensamientos que no quería ocultarle a ella. No sabía si revelarle sus deseos privados haría que ella cambiara su actitud hacia él. Pero si alguien podía ser esposa y amante a la vez, si alguien podía ser capaz de aceptarlo por completo, incluyendo sus complejos antojos secretos y fantasías, era ella.

Antes de pensarlo dos veces, desató el nudo de los cordones del corsé. Sin decir una palabra, tomó los brazos de Hinata y los puso sobre la parte baja de la espalda. Ella se estremeció pero no se resistió. La posición hacía que se le tensaran los hombros y arqueara su cintura. Naruto notó que su corazón se aceleraba mientras le ataba las muñecas al corsé, teniendo cuidado de no apretarlas demasiado.

Verla atada sobre la cama le hizo sentir una oleada de calor casi abrumadora. Se obligó a tranquilizarse mientras acariciaba sus nalgas. Percibió el desconcierto y curiosidad de Hinata y vio que flexionaba las muñecas para tantear las ataduras. Estaba medio desnuda y él completamente vestido, pero nunca se había sentido más expuesto. Esperó su reacción, dispuesto a liberarla de inmediato si ella se oponía. Pero Hinata permaneció en silencio, inmóvil salvo por el rápido ritmo de sus pulmones.

Poco a poco, dejó que su mano vagara hacia abajo, entre sus piernas, persuadiéndola para que las separara. Luego se sujetó la dolorosa rigidez y acarició sus pliegues una y otra vez con la punta de la erección. Vio que ella arqueaba más la espalda, y que abría y cerraba los dedos como los tentáculos de una anémona. Hinata emitió un áspero ronroneo y se impulsó hacia atrás, con lo que no solo le daba permiso para continuar, sino que le mostraba su placer.

Era evidente que le permitiría esa y otras intimidades en el futuro, que siempre confiaría en él.

Lleno de alivio y emoción, se inclinó sobre ella y murmuró algunas palabras, algunas crudas descripciones sobre su posición que le resultaban imposibles de reprimir. En el momento en el que entró en ella, Hinata gritó y comenzó a palpitar. Sus músculos internos lo ciñeron mientras él continuaba embistiéndola con continuos empujones con los que casi le levantaba los pies del suelo. Se sumergió profundamente en las húmedas pulsaciones y la acompañó en lo que parecía un clímax estremecedor. Cuando por fin ella se quedó inmóvil y jadeante, él tiró de los cordones para liberarle las muñecas.

Luego se arrastró con ella sobre la cama y le desabrochó el corsé con voracidad. Una vez que la prenda estuvo abierta, rasgó la delgada capa de su camisola y se inclinó para lamerle la piel desde el ombligo a los pechos. Ella se movió como si quisiera escapar, y él se rio sin aliento mientras gruñía, sujetándole las caderas al colchón. Pero había llevado la diversión demasiado lejos, la necesidad lo había vuelto loco. Se subió sobre ella y sondeó con su miembro hasta que encontró el ángulo correcto. Mientras se deslizaba dentro de ella, sus músculos internos le acogieron de manera fluida, permitiendo que se deslizara hasta la empuñadura.

La expresión de Hinata se transformó, se volvió dócil como cuando una criatura salvaje acepta a su compañero, y arqueó las caderas hacia arriba, dándole la bienvenida. Él se apoderó de su boca mientras se sumergía en las profundidades, haciendo crecer las sensaciones hasta que ella empezó a jadear.

Entonces, él giró las caderas, moviéndolas en un movimiento sinuoso que la envió a otro punto culminante. Hinata le mordió el hombro, le clavó las uñas, y las picaduras de dolor lo inflamaron más allá de la cordura. Se hundió en ella buscando su propio placer hasta que explotó en mil pedazos, hasta que se disolvió y se perdió en ella, entregándose por completo. No deseaba a ninguna otra mujer, ningún otro destino.