Al día siguiente, Dragón informó de que su contacto en el departamento de detectives había accedido a visitar la imprenta en Clerkenwell y preguntar por la señora Terumī. Mientras tanto, Hinata podría desarrollar sus actividades habituales, dado que el detective no veía ninguna razón para alarmarse.
La noticia fue bien recibida, ya que Hinata y Naruto se habían puesto de acuerdo para asistir esa noche a una obra de teatro con Shion y el señor Taruho, y más tarde disfrutar de una cena tardía. La comedia, una adaptación de El heredero político, se representaba en el Haymarket Royal Theatre, los escenarios de moda en Londres.
—Prefiero no ir a un lugar público hasta que se concluya la investigación —explicó Naruto con el ceño fruncido mientras se ponía una camisa en el dormitorio—. La zona de Haymarket es conocida por su peligrosidad.
—Pero estaré contigo —señaló Hinata—, y también estará presente el señor Taruho. Además, Dragón ha insistido en acompañarnos a pesar de que debe de ser su noche libre. ¿Qué podría pasarme? —Se miró en el espejo que había encima de la cómoda de caoba y se ajustó la doble vuelta de perlas sobre el corpiño de encaje del vestido de noche en tonos lavanda y marfil.
Naruto emitió un sonido evasivo al tiempo que doblaba los puños de la camisa.
—¿Me pasas los gemelos? Están en el tocador.
Ella se los acercó.
—¿Por qué no permites que Oakes te ayude? Y en una noche que debes usar ropa formal. Debe sentirse perturbado.
—Es probable. Pero prefiero no tener que explicarle de qué son las marcas.
—¿Qué marcas?
Como única respuesta, él apartó la camisa abierta y dejó al descubierto las marcas rojas que tenía en el hombro, donde ella le había clavado los dientes.
Hinata se puso de puntillas para examinar las marcas, del mismo color que sus mejillas.
—Lo siento mucho. ¿Crees que habría chismes al respecto?
—¡Por Dios, no! Como a Oakes le gusta decir: «La discreción es la mayor cualidad de un ayuda de cámara.» Sin embargo —inclinó la cabeza dorada sobre la de ella—, hay algunas cosas que prefiero mantener en privado.
—Pobrecito. Parece como si te hubiera atacado un animal salvaje.
A él se le escapó la risa.
—Solo una zorrita —comentó— que se emocionó demasiado al jugar.
—Deberías morderle tú también —propuso Hinata contra su pecho—. Quizás eso le enseñaría a ser más suave contigo.
Él curvó la mano sobre su cara y le levantó la cabeza. Le mordisqueó con ternura el labio inferior.
—Me gusta tal y como es —susurró.
El interior de Haymarket era lujoso y opulento, con asientos y filas de palcos decorados con molduras doradas con forma de liras antiguas y coronas de roble acolchadas. La cúpula del techo estaba cubierta también de ornamentación dorada y representaciones rosadas de Apolo realizadas a mano, mientras que lámparas de araña de cristal tallado arrojaban su luz a la multitud que pululaba por debajo con sus mejores galas a la moda.
Antes de que comenzara la obra, Hinata y Shion estuvieron hablando sentadas en un palco mientras sus maridos alternaban con un grupo de hombres en un vestíbulo cercano. Shion estaba radiante, totalmente recuperada del parto, y llena de noticias, y parecía decidida a convencer a Hinata para que se uniera a la clase de esgrima para damas a la que asistía.
—Tienes que aprender esgrima, de verdad —insistió Shion—. Va bien para la postura y la respiración, y mi amiga Shiho, es decir, la doctora Gibson, lo considera un deporte muy emocionante.
Hinata no dudaba de que fuera cierto todo lo que le estaba contando su hermana, pero estaba segura de que poner a una mujer con problemas de equilibrio cerca de objetos puntiagudos no daría buenos resultados.
—Me gustaría poder hacerlo —dijo—, pero soy demasiado torpe. Ya sabes que no bailo bien.
—Pero el maestro de esgrima sabría enseñarte a... —La voz de Shion se desvaneció mientras miraba en dirección a los asientos del círculo superior, casi al mismo nivel que su palco—. Dios mío, ¿por qué te está mirando de esa manera aquella mujer?
—¿Quién? ¿Dónde está?
—A la izquierda de los asientos de platea. La castaña de la primera fila. ¿La conoces?
Hinata siguió esa dirección con la mirada hasta una mujer de pelo castaño rojizo que examinaba con interés el programa. Era delgada y elegante, con rasgos clásicos, ojos hundidos y largas pestañas, así como una nariz afilada sobre unos labios rojos y llenos.
—No tengo ni idea de quién es —dijo Hinata—. Es muy guapa, ¿verdad?
—Supongo. Lo único que puedo ver es su mirada punzante como una daga.
Hinata sonrió.
—Al parecer mi habilidad para molestar a la gente se ha extendido ahora incluso a los que no conozco.
La sorprendente mujer estaba sentada junto a un hombre robusto de bastante más edad que ella, con bigote y barba en dos tonos, gris oscuro en las mejillas y la mandíbula y blanco en la barbilla. El caballero tenía una postura militar, como si le hubieran atado la espalda al eje de un carro. Ella le tocó el brazo y le murmuró algo, pero él no pareció darse cuenta, pues tenía la atención puesta en el escenario del teatro como si estuviera viendo una representación invisible.
Hinata se vio asaltada por una desagradable sensación cuando la mirada de la morena se encontró directamente con la suya. Nadie la había mirado nunca con un odio tan gélido. No podía pensar en nadie que tuviera alguna razón para mirarla así, salvo...
—Creo que sé quién es —susurró.
Antes de que Shion pudiera responder, Naruto ocupó el asiento vacío junto a Hinata. Él se giró de tal manera que sus hombros le bloquearon parcialmente la letal mirada de la mujer.
—Ahí están la señora Black y su marido, el embajador de Estados Unidos —le comunicó él en voz baja con una expresión dura—. No sabía que nos los encontraríamos aquí.
Al comprender que se trataba de un asunto privado, Shion se alejó en busca de su marido.
—Por supuesto que no —murmuró Hinata, sorprendida al ver cómo palpitaba un músculo en la tensa mandíbula de Naruto. Su marido, siempre tan tranquilo y seguro de sí mismo, estaba a punto de perder los estribos allí mismo, en el Royal Theatre.
—¿Quieres que nos vayamos? —preguntó él con seriedad.
—No, en absoluto, quiero ver la obra. —Hinata prefería morir antes de dar a la antigua amante de su marido la satisfacción de hacerla abandonar el teatro. Se asomó por encima del hombro de Naruto y vio que la señora Black seguía mirándola como si la hubieran tratado de forma injusta. Por el amor de Dios, si su marido estaba sentado a su lado... ¿Por qué no le decía él que dejara de quedar en evidencia públicamente? El pequeño drama había comenzado a atraer la atención de otras personas cercanas, así como a los ocupantes de algunos palcos más bajos.
Todo eso debía ser una pesadilla para Naruto, para quien cada logro y error habían sido examinados durante toda su vida. Siempre había tenido cuidado de proteger su privacidad y mantener una fachada invulnerable. Pero, al parecer, la señora Black estaba decidida a dejar claro ante la mayor parte de la sociedad londinense... y su esposa... que habían sido amantes. Lo que suponía una fuente de vergüenza para Naruto era que se había acostado con la esposa de otro hombre, y que estuviera haciéndose público de esa manera... Hinata lo sentía muchísimo por él.
—No nos puede hacer daño —le aseguró en voz baja—. Puede mirarme fijamente hasta que se le caigan los ojos, que no me va a molestar en lo más mínimo.
—Esto no va a volver a suceder, por Dios. Mañana iré a hablar con ella, y le diré que...
—No, no debes hacerlo. Estoy segura de que la señora Black está deseando que la visites. Pero te lo prohíbo.
Hubo un destello peligroso en los ojos de Naruto.
—¿Me lo prohíbes?
Era muy posible que nadie le hubiera dicho algo así con anterioridad. Desde luego, no parecía gustarle.
Hinata le tocó la cara con la mano enguantada, acariciándole con suavidad la mejilla. Sabía que las demostraciones de afecto en público, incluso entre marido y mujer, eran muy inapropiadas, pero en ese momento solo le importaba llegar a él.
—Sí. Porque ahora eres mío. —Sonrió mientras le sostenía la mirada—. Solo mío, y no pienso compartirte. Esa mujer no tiene permitido disponer ni de cinco minutos de tu tiempo.
Por suerte, Naruto respiró hondo y pareció relajarse.
—Eres mi esposa. Ninguna otra mujer puede reclamarme —confirmó él en voz baja, capturando su mano cuando ella comenzaba a bajarla. Se la sostuvo en el aire y desabrochó muy despacio los tres botones de perlas que cerraban el guante a la altura del codo. Hinata le lanzó una mirada interrogativa. Sin apartar la vista en ningún instante, Naruto tiró de la punta de los dedos del guante, una a una. Ella contuvo el aliento cuando sintió que la piel de cabritilla se aflojaba.
—¿Qué estás haciendo? —susurró.
Él no respondió, solo le quitó el guante lentamente hasta que lo deslizó fuera del brazo. Hinata sintió que se ruborizaba. Que le hubiera desnudado la mano de aquella forma tan sensual frente a tantas miradas curiosas hacía que un baño de color agitara cada centímetro de su piel.
Una vez que la despojó del guante, Naruto le dio la vuelta a la mano y apretó los labios contra la sensible superficie del interior de la muñeca, acariciando con un beso la vulnerable palma. Llegaron hasta ellos unos escandalizados jadeos y murmullos procedentes de la multitud. Era un gesto posesivo, íntimo, que tenía la intención no solo de demostrar la pasión que le inspiraba su esposa, sino también de recriminar a su antigua amante. A la mañana siguiente, el chisme que estaría en boca de toda la sociedad londinense sería que se había visto a lord Saint Namikaze acariciando públicamente a su esposa en el Haymarket, ante los ojos de su antigua amante.
Hinata no quería que ese cotilleo sirviera para hacer daño a nadie, ni siquiera a la señora Black. Sin embargo, cuando Naruto le dirigió una mirada de advertencia, como si la desafiara a protestar, ella mantuvo la boca cerrada y decidió que retomaría el problema más tarde, cuando estuvieran a solas.
Por suerte, las luces se apagaron y comenzó la obra. Que Hinata fuera capaz de relajarse y reír por los ingeniosos diálogos incluso en esas circunstancias fue una señal de la calidad de la producción y la habilidad de los actores. Sin embargo, era consciente de que Naruto estaba sufriendo la comedia en lugar de disfrutar de ella.
En el intermedio, mientras Naruto y Taruho saludaban a sus conocidos en el pasillo de los palcos, Hinata habló en privado con Shion.
—Querida... —murmuró Shion, cubriendo su mano enguantada con la de ella—. Lo único que puedo decir por experiencia personal es que no resulta agradable tener conocimiento de las mujeres que puede haber frecuentado tu marido en el pasado. Pero muy pocos hombres llevan una vida casta antes de casarse. Espero que no pienses que...
—Oh, no culpo a Naruto por haber tenido una amante —susurró Hinata—. No es algo que me guste, por supuesto, pero no puedo quejarme de las faltas de nadie cuando yo misma tengo tantas. Naruto me habló sobre la señora Blacka antes de casarnos, y se comprometió a poner fin a la relación. Algo que, evidentemente, ha hecho. Lo que ocurre es que ella no parece habérselo tomado bien. —Hizo una pausa—. No creo que él le haya dado la noticia de forma correcta.
Shion curvó los labios.
—No creo que haya ninguna forma correcta de poner fin a una relación, no importa mucho cómo elijas las palabras.
—La pregunta es, ¿por qué su marido tolera tal comportamiento? Estaba haciendo una escena justo frente a él, pero no ha hecho nada al respecto.
Shion miró a su alrededor para asegurarse de que el palco estaba vacío al tiempo que alzaba el programa, con el pretexto de leer la información relativa al siguiente acto.
—Taruho me ha dicho, antes del descanso —comentó en voz muy baja—, que el embajador Black era teniente coronel en el ejército de la Unión durante la Guerra Civil Americana. Se rumorea que sufrió heridas en la batalla que imposibilitan que él... —Shion se ruborizó y se encogió de hombros.
—¿Imposibilitan qué?
—Que ejerza sus funciones maritales —murmuró Shion, poniéndose todavía más roja—. La señora Black es su segunda esposa, era viudo cuando se conocieron y, evidentemente, ella sigue siendo una mujer joven. Por eso él opta por mirar hacia otro lado cuando ella tiene sus asuntos.
Hinata suspiró.
—Ahora casi siento lástima por ella, aunque eso no implica que pueda disponer de mi marido —agregó con una sonrisa irónica.
Una vez concluyó la actuación, Hinata y Naruto se abrieron paso lentamente entre los enjambres que inundaban los pasillos, los vestíbulos y el enorme hall de entrada, con sus altísimas columnas. Shion y Taruho iban algunos metros por delante, pero resultaba fácil perderles la pista en medio de la compacta multitud. La obra había sido un éxito de público, y la presión de los cuerpos era tanta que Hinata comenzaba a sentirse nerviosa.
—Ya estamos llegando a la puerta —murmuró Naruto, manteniendo un brazo a su alrededor de forma protectora.
Al salir del edificio, el hacinamiento era todavía peor. La gente se apretaba y empujaba en el área del pórtico de entrada, agrupándose entre las seis columnas corintias que se extendían hasta el borde de la acera. Una larga fila de carruajes y cabriolés privados tenía colapsada la calzada de tal forma que incluso algunos vehículos habían quedado atrapados. El espectáculo había atraído a carteristas, estafadores, ladrones y mendigos desde los callejones y vías cercanas. Un solitario policía de uniforme intentaba poner orden en la escena, pero con escaso éxito.
—Tanto vuestro conductor como el mío están bloqueados —le comunicó Taruho a Naruto, después de haber echado un vistazo. Hizo un gesto hacia el extremo sur de Haymarket—. Han aparcado por allí. Van a tener que esperar que el tráfico de la calle se aligere un poco para que tengan espacio para moverse.
—Podemos caminar hasta los carruajes —indicó Naruto.
Taruho le lanzó una mirada de irónica diversión.
—Yo no lo aconsejo. Acaba de pasar una multitud de filles de Paris en dirección al Pall Mall, y tendríamos que pasar por delante.
—Señor Taruho, ¿se refiere a prostitutas? —preguntó Hinata, olvidándose de bajar la voz.
Algunas personas cercanas se volvieron hacia ella, enarcando las cejas.
Naruto sonrió por primera vez en toda la noche y le apretó la cabeza contra su pecho.
—Sí, se refiere a prostitutas —murmuró él, besándola en la oreja con suavidad.
—¿Por qué las llaman filles de Paris? —preguntó Hinata—. París es una ciudad muy grande, y estoy segura de que no todas provienen de allí.
—Ya te lo explicaré más tarde.
—Hinata —la llamó Shion—, ven, quiero presentarte a algunas amigas del club de lectura, incluyendo a la señora Thomas, su fundadora. Están cerca de la última columna.
Hinata miró a Naruto.
—¿Te importa si acompaño a Shion un momento?
—Prefiero que te quedes conmigo.
—Estaré aquí al lado —protestó ella—. Y total, vamos a tener que esperar a que llegue el carruaje.
Naruto la soltó a regañadientes.
—Quédate donde pueda verte.
—Lo haré. Y... —le lanzó una mirada de advertencia—, no hables con esas francesas.
Él sonrió y la observó mientras se abría paso entre la multitud con Shion.
—La señora Thomas está intentando establecer salas de lecturas en las partes más deprimidas de Londres para los pobres —explicó Shion—. Es muy generosa. Me resulta fascinante. Verás como también la adoras.
—¿Quién puede unirse al club de lectura?
—Cualquiera que no sea hombre.
—Perfecto, cumplo los requisitos —aseguró Hinata.
Se detuvieron junto a un grupo de mujeres, y Shion esperó el momento oportuno para entrar en la conversación. De pie tras ella, Hinata aflojó el echarpe de gasa blanca que tenía sobre los hombros y tocó la doble hebra de perlas que le rodeaba el cuello.
—Usted no es más que una niña torpe y flaca —le dijo al oído una voz femenina con acento americano—, justo como él la describe. ¿Sabe ya que me ha visitado después de la boda? Nos hemos reído mucho con su infantil enamoramiento. Lo aburre tanto que casi lo deja sin sentido.
Hinata se volvió para enfrentarse a la señora Fūka Black. La mujer era impresionante, con rasgos perfectos, piel cremosa y sin defectos, profundos y azules ojos bajo unas cejas tan perfectamente delineadas que parecían finas líneas de terciopelo. Aunque la señora Black era casi de la misma altura que Hinata, su figura tenía forma de reloj de arena, con una cintura tan pequeña como el cuello de un gato.
—Eso no es más que un pensamiento maligno —le respondió Hinata con tranquilidad—. Naruto no la ha visitado, o me lo habría dicho.
La señora Black parecía a punto de «provocar una pelea» como habría dicho Taruho.
—Nunca le será fiel. Todo el mundo sabe que es una chica rara que consiguió pescarlo. Posiblemente él aprecie la novedad, pero esta acabará desapareciendo, luego la mandará a vivir al campo.
Hinata sintió una confusa mezcla de sentimientos. Celos, porque esa mujer conocía íntimamente a Naruto y había significado algo para él, rechazo y también una profunda lástima, porque percibió dolor en la penetrante oscuridad de sus ojos. Detrás de aquella impresionante fachada, Fūka Black era una mujer muy infeliz.
—Estoy segura de que piensa que eso es lo que debo temer —dijo Hinata—, pero en realidad no me preocupa. Y no lo pesqué. —Hizo una pausa antes de seguir—. Admito que soy peculiar, pero parece que a él le gusta que sea así.
Notó una leve señal de perplejidad entre esas cejas perfectas, y se dio cuenta de que la otra mujer había esperado una reacción diferente, quizá lágrimas orabia. La señora Black quería pelea, porque en su opinión, Hinata le había robado a un hombre que le importaba. Debía ser muy doloroso saber que nunca volvería a tener a Naruto entre sus brazos.
—Lo siento —se lamentó Hinata en voz baja—. Estas últimas semanas deben de haber sido horribles para usted.
—No se atreva a tratarme con condescendencia —espetó la señora Black en tono venenoso.
Shion fue consciente en ese momento de que su hermana estaba hablando con alguien y se volvió. Palideció al ver a la americana y rodeó a Hinata con un brazo.
—Tranquila —dijo Hinata—. No hay de qué preocuparse.
Por desgracia, no era del todo exacto. Al momento siguiente, Naruto estaba junto a ellas, con una mirada asesina en los ojos. Casi no parecía darse cuenta de la presencia de Hinata o de Shion, pues la señora Black había acaparado toda su atención.
—¿Es que te has vuelto loca? —le preguntó a su antigua amante con una voz tan mortífera que a Hinata se le heló la sangre en las venas—. ¿Cómo se te ocurre acercarte a mi esposa?
—Estoy bien —intervino Hinata de forma apresurada.
En ese momento, las damas del club de lectura ya se habían vuelto en masa para observar la escena.
Naruto cerró la mano alrededor de la muñeca enguantada de la señora Black.
—Quiero hablar contigo —murmuró.
—¿Y qué pasa conmigo? —protestó Hinata.
—Ve al carruaje —le indicó él con brusquedad—. Ahora está frente al pórtico.
Hinata miró hacia la larga fila de vehículos. Su carruaje había conseguido llegar junto a la acera y pudo ver a Dragón vestido con librea. Sin embargo, en su interior algo se rebelaba contra la idea de regresar al carruaje como si fuera un perro al que acabaran de recluir en la perrera. Y todavía peor, la señora Black estaba enviándole una mirada de triunfo a espaldas de Naruto, después de haber conseguido por fin la atención que tanto había anhelado.
—Vamos a ver... —comenzó Hinata—, no creo que...
Otro hombre se unió a ellos.
—Quite la mano de encima de mi esposa. —La voz amenazadora pertenecía al embajador de Estados Unidos. Miraba a Naruto con una especie de resignada hostilidad, como si fueran un par de gallos reacios que acabaran de verse arrojados a una pelea.
La situación estaba empeorando por momentos. Hinata miró a Shion con temor.
—Ayuda —susurró.
Shion, bendita fuera, se puso en movimiento, interponiéndose entre los dos hombres.
—Embajador Black, soy Shion Winterborne. Perdone mi atrevimiento, pero estoy segura de que nos presentaron en una cena que ofreció el mes pasado el señor Disraeli. ¿Es posible?
El hombre parpadeó, sorprendido por la repentina aparición de una mujer con el pelo platino y los ojos de un ángel. No se atrevió a tratarla con descortesía.
—No recuerdo haber tenido el honor.
Para satisfacción de Hinata, Naruto soltó el brazo de la señora Black.
—Y aquí está el señor Winterborne —comentó Shion, que no pudo ocultar su alivio cuando llegó su marido para aplacar la situación.
Taruho intercambió una rápida mirada con Naruto, unos mensajes silenciosos que volaron por el aire como flechas invisibles. Taruho empezó a entablar una conversación con el embajador, que respondió con rigidez a las serenas y capaces frases. Era difícil imaginar una escena más incómoda, con Shion y Taruho comportándose como si no pasara nada, mientras que Naruto se mantenía callado, apresado en una furia silenciosa. La señora Black parecía deleitarse de la confusión que había creado, pensando al menos para sus adentros que seguía siendo una parte importante de la vida de Naruto. De hecho, parecía brillar de entusiasmo.
Cualquier atisbo de simpatía que Hinata hubiera sentido por la mujer, había desaparecido. Por el contrario, se sentía bastante irritada con Naruto por haber caído en la trampa de la americana, reaccionando con furia cuando debía haberla ignorado. A su antigua amante le había resultado demasiado fácil llevar sus instintos masculinos a un nivel violento.
Hinata suspiró y pensó que seguramente debía dirigirse al carruaje. Su presencia no ayudaba en absoluto, y se sentía más exasperada a cada minuto que pasaba. Incluso una conversación con Dragón sería mejor que eso. Dando un paso atrás, intentó abrirse paso hacia la acera.
—¿Milady? —le dijo una voz vacilante—. ¿Lady Saint Namikaze?
La mirada de Hinata cayó sobre la solitaria figura femenina que había junto a la columna corintia en el extremo del pórtico.
Llevaba una boina, un vestido oscuro y un chal azul. La reconoció cuando la mujer sonrió.
—Señora Terumī —dijo preocupada, acercándose a ella—. ¿Qué hace aquí? ¿Cómo se encuentra?
—Bien, milady. ¿Y usted?
—Yo también —replicó Hinata—. Lamento la forma en que mi lacayo irrumpió ayer en la imprenta. Es un hombre muy protector. Solo hubiera logrado detenerlo con un golpe en la cabeza. Algo que, por cierto, llegué a considerar.
—No pasa nada. —La sonrisa de la señora Terumī fue algo forzada y sus ojos color verde estaban empañados por la preocupación—. Sin embargo, hoy se ha acercado a la imprenta un hombre, haciendo preguntas. No ha querido dar su nombre ni qué le ocupaba. Perdone que le pregunte, milady, pero ¿ha hablado con la policía?
—No. —Hinata la miró con creciente preocupación, notando que la mujer tenía una pátina de sudor en la frente y las pupilas dilatadas—. Señora Terumī, ¿se encuentra en problemas? ¿Está enferma? Dígame cómo puedo ayudarla.
La mujer ladeó la cabeza y la miró con algo que parecía afecto pesaroso.
—Tiene buen corazón, milady. Perdóneme.
Un ronco grito masculino distrajo la atención de Hinata, que miró hacia la multitud. Le sorprendió ver a Dragón empujando violentamente a la gente para llegar hasta ella. Parecía haberse vuelto loco. ¿Qué le pasaba?
Llegó hasta ellas antes de que Hinata pudiera tomar aire. Se sorprendió al sentir que él le golpeaba la clavícula con la muñeca y el antebrazo como si tratara de rompérsela. Sintió una ráfaga de miedo ante el impacto, y se tambaleó hacia atrás. Él tiró de ella y la atrajo hacia su enorme pecho.
—Dragón, ¿por qué me ha golpeado? —preguntó desconcertada contra el suave terciopelo de su librea.
Él respondió algo, pero ella no pudo oírlo por culpa de los agudos gritos que habían empezado a surgir a su alrededor. Cuando él la apartó de su pecho, vio que la manga del uniforme estaba abierta como si la hubieran cortado con unas tijeras y que la tela empezaba a oscurecerse con una mancha húmeda. Sangre.
Hinata negó con la cabeza, confusa. ¿Qué estaba pasando? Él estaba manchándola con su sangre. Había mucha. El olor a cobre inundó sus fosas nasales. Cerró los ojos y apartó la cara.
Al instante siguiente, supo que eran los brazos de Naruto los que la rodeaban. Parecía estar dando órdenes a todos los que los rodeaban.
Completamente desconcertada, Hinata miró a su alrededor, agitada. ¿Qué había pasado? Se encontraba en el suelo, sobre el regazo de Naruto. Y Shion estaba arrodillada a su lado. La gente se agolpaba a su alrededor, ofreciéndoles abrigos y consejos mientras un policía trataba de contenerlos. Era extraño y aterrador despertar en esa situación.
—¿Dónde estamos? —preguntó.
—Todavía estamos en el Haymarket, querida —respondió Shion, con la cara pálida pero guardando la calma—. Te has desmayado.
—¿De verdad? —Hinata trató de recordar. No era fácil pensar con su marido apretándole el hombro con todas sus fuerzas—. Milord, estás presionando demasiado. Me haces daño. Por favor...
—Mi amor —replicó él con la voz ahogada—, estate quieta. Estoy aplicando presión en la herida.
—¿En dónde? ¿Estoy herida?
—Te han apuñalado. Tu señora Terumī.
Hinata lo miró con asombro, como si a su lento cerebro le costara absorber la revelación.
—No es mi señora Terumī —replicó después de un momento, notando que le castañeaban los dientes—. Si va por ahí apuñalando a la gente, te aseguro que no quiero saber nada de ella. —Empezaba a molestarle más el hombro, y el sordo y punzante dolor que se extendía hasta el hueso. Todo su esqueleto temblaba sin parar, como si la estuvieran sacudiendo unas manos invisibles—. ¿Y Dragón? ¿Dónde está?
—La empezó a perseguir.
—Pero su brazo... estaba herido.
—Dijo que no era un corte profundo. Se pondrá bien.
Notaba como si le estuvieran quemando el hombro con grasa hirviendo. El suelo era duro y frío debajo de ella y su corpiño parecía empapado. Bajó la vista, pero Naruto la había tapado con su abrigo. Intentó mover el brazo para levantar la prenda.
Shion la detuvo, poniéndole una mano en el pecho.
—Querida, intenta no moverte. Debes permanecer tapada.
—Tengo el vestido pegajoso —explicó con la voz jadeante—. El suelo está muy duro. No me gusta estar aquí. Quiero irme a casa.
El señor Taruho surgió entre la multitud y se puso en cuclillas a su lado.
—¿Ha parado de sangrar lo suficiente para poder moverla?
—Creo que sí —respondió Naruto.
—Vamos a subir a mi carruaje. Les he enviado un mensaje a los médicos de la tienda. Se reunirán con nosotros en Cork Street. He abierto una clínica nueva en el edificio anexo a los grandes almacenes.
—Prefiero que la atienda el médico de mi familia.
—Saint Namikaze, la tiene que ver alguien lo antes posible. Cork Street está a solo un kilómetro de distancia.
Ella oyó que Naruto maldecía por lo bajo.
—Entonces, vamos allí.
