Vean, reinas, lo continué; por el encierro, la ociosa cantidad de tiempo libre, y principalmente por ustedes, ¡eh! Que lindos comentarios me dejaron. Cielos, casi había olvidado cómo se sentía. ¡Gracias, gracias! Pocos pero muy satisfactorios, en serio.

Miyasa, Namahe, Winna, Kimagure, Anónimo y Sandra. ¡Gracias! Si estoy aquí, improvisando, es por ustedes.

Y seh, yo improviso mucho y así suelo publicar. Más con historias que ni siquiera tenían una planeación.

La cuarentena me tiene cuarentonta, ¿ven? Chiste malo.

Espero les guste.


"Gerald y Helga"


Capítulo II


"Ese año, su cumpleaños coincidió con la anual Feria del Queso. Qué maravilla, de verdad, sin sarcasmo de por medio. Le agradó la idea de Gerald y fueron a celebrar su décimo tercer año de vida entre juegos mecánicos, quesos de todo tipo y concursos divertidos. Todo bastante alegre. Y la banda entera estuvo presente, entiéndase, los mismos de siempre.

La tarde transcurría entre alegrías y carreras. Arnold se rió tanto que incluso botó soda por la nariz, ocasionando las carcajadas más fieras de sus amigos. Las burlas duraron por horas, pero no le importó. La estaba pasando de maravilla.

¡Oh! El túnel del amor — Sheena juntó sus dos manos a la altura de su rostro. Lanzó una mirada al pequeño Eugene, quien tomó aquel momento, como el apropiado para atragantarse con un enorme trozo de queso amarillo.

El pelirrojo escupió, tosió, se agarró el gaznate y su piel empezó a tornarse purpúrea.

¡Eugene! — exclamó Arnold. El grupo se cernió sobre el compañero en desgracia, quien cayó de rodillas, sujetando fuertemente su garganta en clara señal de desesperación. Si no lo mataba el pedazo de queso, sus propios dedos lo harían.

¡A un lado, bola de tarados! — una jovencita rubia se abrió camino a codazos limpios.

Helga levantó una mano, palma bien abierta hacia la espalda del desafortunado, y dio un golpe tan pero tan fuerte, que muchos creyeron ver la dentadura del niño, completita, saliendo de su enorme y jadeante boca.

Sus dientes, sí, pero no el queso. Nadie vio el maldito trozo de queso.

Arnold notó con preocupación cómo los ojos de Eugene se volvían blancos, vidriosos y tétricos.

¡Ahs! No quería tener que llegar a esto — escuchó decir a Helga. La chica cogió el cuello de la camisa de Eugene, halándolo hacia ella, levantando el delgado cuerpo del niño para después abrazarlo desde atrás.

Claro, no era un abrazo, todos lo sabían. Era esa famosa maniobra que le permitiría salvarle la vida.

Helga presionó con los antebrazos el estómago de Eugene, fuerte, sin dudas, y con solo dos intentos, el trozo de queso amarillo salió disparado, golpeando en un ojo a un enrojecido Harold, quien sudaba por la emoción perturbadora del momento.

¡Rayos, Helga! — Harold se frotó el ojo lastimado.

Calma tus aires, gordito — la chica soltó a Eugene. — Fue culpa de este zopenco. — señaló al pelirrojo, quien gemía en busca de aire, tomándose la panza, nuevamente de rodillas. — Denle un poco de espacio, estúpidos. — exigió después, apartándose ella misma.

He… — Eugene tosió. — Helga, ¡gracias! — el niño se levantó y corrió tras ella. Le tomó un brazo. — ¡Salvaste mi vida! ¡Estoy bien! — gritó, extasiado.

Sí, bueno. No me toques. — se apartó.

¡Eso fue impresionante, Helga! — Sheena vitoreó y todos estuvieron de acuerdo. Sí, fue algo impresionante.

Arnold la observó, consciente de que ella odiaba ser el centro de todas las miradas en situaciones así. No estaba acostumbrada a la adulación, a los elogios, a tanta atención positiva. Y debería. Debería poder ser más abierta a recibir más afectos, porque se lo merecía. Él sabía que sí. Era denso pero no estúpido.

Poquito a poquito, iba desgranando las perseverantes capas de Helga G. Pataki.

Sí, pues… ¡ya! Qué… qué bueno que estés bien, Eugene. — Sí, aceptó a medias los agradecimientos y un poco de los elogios, solo por unos segundos.

Arnold casi creyó percibir un asomo de sonrisa sincera en sus labios. Casi, casi. No estuvo muy seguro.

¡Te invito a las sillas voladoras! — gritó Eugene, y el rubio no pudo evitar reír vivamente al cincelar el horrorizado rostro de la jovencita.

Solo un demente se montaría en un juego mecánico con Eugene. Un pobre e ingenuo demente.

¡Olvídalo, tonto! ¡Ni loca me subo a un juego contigo! ¡Vamos, Phoebe!

Pero, Helga… — llamó la chica de bonitos rasgos orientales.

¿Qué?

El túnel… — Phoebe señaló las dos filas dispuestas frente al juego. Ambas, divididas por una alta cerca de madera. Como siempre, como todos los años. A ver si la buena suerte tocaba para algún pobre iluso, al menos una vez.

El grupo, nuevamente animado y ya pasados con el susto por Eugene, fueron a formarse. Cándidos enamoradizos.

¿Qué opinas? — Gerald tomó su hombro. Arnold apartó la vista de las amigas, centrándose en él. — Quizá toques con mejor suerte este año.

Pues… — Arnold miró a Lila formarse tras Nadine. La niña pelirroja se veía preciosa, nada fuera de lo usual. — La última vez que me monté en un cisne con Lila, éste hizo agua y terminamos empapados. — Sin embargo fue una cita muy dulce, recordó, sonrojándose. Aun con tantos incidentes de por medio, había sido especial.

Fue su primera salida a solas con Lila.

Y también abrazándose, ¿no? — continuó Gerald, moviendo ambas cejas traviesamente. — Sé que siempre te digo que no le gustas, gustas, que solo le gustas. Pero, hermano, ¿quién sabe? — ¿Habría la posibilidad? pensó el chico rubio, esperanzado.

Arnold volvió su atención hacia Helga y Phoebe, sin motivo alguno. La rubia movía ambos brazos, como aleteando a la nada, ruborizada por la emoción de su parloteo, y Phoebe solo la miraba con su característica calma, tan apacible como la brisa de esa tarde. Era una escena muy típica de ellas, desde muy pequeñas.

Helga bufó, rodando los ojos. Phoebe juntó sus manos, dando una palmada y un pequeño saltito, para después coger el brazo de Helga y ambas dirigirse a la fila para el túnel. Era muy obvio para cualquiera, que Helga odiaba la idea de subir a un cursi cisne de feria. Mas allí iba, dando su brazo a torcer como muy pocas veces, por su amiga.

Arnold sonrió sin proponérselo. Esa era la Helga que le agradaba, le agradaba muchísimo.

Bueno, vamos — miró a Gerald, quien también seguía con la mirada al par de muchachitas. — ¿Qué sucede?

Nada — dijo el moreno. Después, sonrió. — Vamos, viejo.

Y todo fue un desastre, como se podrán imaginar. Muchos se empujaban, se colaban, pasaban al frente de la fila, al final, al medio… todo, con la inocente esperanza de tocar con quienes deseaban estar. Arnold dio más vueltas que una calesita, solo para terminar en un cisne con la pequeña Timberley. Hasta mareado se encontraba, el pobre. No supo con quien quedó Lila. Todo fue un desbarajuste. Saben, era la tradición.

Esperó al salir de la atracción. Llegó Rhonda con Sid, Nadine con Eugene (afortunadamente, sin incidentes de por medio), Sheena con Curly, quien reía como un lunático, Dios sabría por qué… Lila con un joven desconocido y Stinky con Phoebe. Harold, extraña e hilarantemente, tocó con Brainy. Vaya Dios a saber cómo, también.

¿Y Gerald y Helga?

Allí estaba, la primera vez. El ácido cubriendo su estómago, haciendo que sus intestinos se debilitaran y comenzaran a danzar cual serpientes para enredarse unas con otras. El retorcijón, el maldito retorcijón. Por un instante, creyó que se cagaría en los pantalones.

En el último cisne, llegaron la rubia y el moreno. Nada sorprendente se veía, nada. En serio, nada.

¡Hey, Arnold! No pasaba nada.

Su vientre se agitó.

¡JA, JÁ! — bramó Harold. — ¡GERALD Y HELGA! — la rubia dejó de ser una completa abusiva desde hacia tiempo, violentando sin necesidad a quien se cruzase en su camino.

No obstante, si la molestaban…

¡AUCH! — Sacó todo el aire de la barriga de Berman con un solo puño. La vieja Betsy, como supondrán.

Cierra la boca, niño rosa. — escupió, tomando la mano de Phoebe y alejándose con enormes zancadas.

¿Sabes? No fue tan malo — murmuró Gerald. — Ahora, Timberley, ¿se puede saber qué demonios haces aquí?".

Arnold no notó desde cuando empezó a desempolvar viejos recuerdos. Hábilmente, su cerebro fue tejiendo los hilos de pequeños instantes del pasado, mostrándoselos después como si de una vieja película se tratase.

Aturdido y apabullado por la reciente evocación de su mente, se recostó en la silla. La mesa cuya madera estaba un poco rayada, se tambaleaba al moverla.

"La Choza de cacao" lucía particularmente cálida esa noche, con las luces un poco bajas y la música bastante casual. La pizarra, la maldita pizarra, seguía resaltando los nombres de "Gerald y Helga", como burlándose, señalándolo e hiriéndolo sin ningún tipo de piedad.

Y él no podía defenderse. No sabía cómo, ni por qué.

¿Por qué? ¿Qué pasaba?

Nada, no sucedía nada. Allí solo decía "Gerald y Helga", nada más. Era una presentación, sólo una muestra de talentos. Nada del otro mundo.

Nada de nada.

Y que nadie lo culpe por su densidad. Era muy distraído el jovencito.

—¿Puedo sentarme aquí, Arnold? — Lila llegó a su lado.

—Claro, Lila — respondió amablemente. Se iba a levantar para apartar su silla, cuando ella misma ya la había llevado a un lado para tomar asiento.

—No puedo esperar a ver la presentación de Gerald y Helga — el rubio se tensó, cerrando una mano sobre la madera tambaleante. — Helga está muy emocionada, aunque lo niegue. Ayer no paraba de quejarse, sin embargo, estoy segura de que le agrada trabajar con Gerald.

—¡Lila! — vociferó, sobresaltando a la muchacha. Ni bien sabía qué decirle. Tragó saliva, enderezándose en la silla. — Este…

—¿Ocurre algo, Arnold? — lo miró, entre preocupada y curiosa. Demasiado idealismo en sus reacciones. Sí, siempre tan linda pero tan… ¿crédula?

—Lo siento, solo… — se rascó el cuello. Lila y Helga no eran las mejores amigas, mas habían desarrollado una relación bastante simpática, pese a las innegables diferencias de personalidad. — Yo…

—¿Sí?

Las luces se atenuaron, los chicos que andaban de un lado a otro se dirigieron a sus mesas. Los murmullos, las sillas moviéndose, las botellas de gaseosas chocando entre sí… el ruido duró solo unos minutos. Las cortinas, dispuestas como una especie de telón, se abrieron de par en par, permitiendo a la anfitriona del espectáculo de esa tarde, Claire Mortzan, iniciar el show.

Una coreografía de Eugene Horowitz.

Una canción de Diane Clorets; una jovencita risueña y amigable que siempre olía a pastillas de menta.

Un monólogo de Patrick Matthius; joven promesa del taller de Arte y Escena, también.

Un solo de armónica de Brainy, ¡sorprendente!

Y "Gerald y Helga".

"Gerald y Helga", así, tan sencillo decirlo y tan mal que sonaba.

Tan pero tan mal…

Como el fuego en su pecho, la contorsión quimérica de sus intestinos, y los despeñados y casi dolorosos latidos de su joven y embrollado corazón.


N/A:

Los celos de Arnold me llenan, ¡en serio! Pobre y tonto cabeza de balón.

¿Un capítulo más? Yo creo que sí… ¿qué opinan?

¡Gracias por leer, corazones!

Cariños a distancia,

Yanii.!