¡Hola, corazones!
Gracias por los comentarios, los aprecio mucho.
Como ven, no voy lento. Recuerden que esta historia no estaba planificada y si la continúo, no es con la intención de hacerla eterna. Improviso y lanzo flechas, como quien dice, a ver si le atino y no las decepciono.
¡Lean y me dicen que tal! con toda confianza.
Espero les guste.
"Gerald y Helga"
Capítulo III
La sensación del momento eran "Gerald y Helga", en serio. Y no era para menos. La actuación de ambos adolescentes había sido, por mucho, bastante emocionante. Real, graciosa y en ciertos puntos, muy emotiva. Combinaron profesionalmente el realismo trágico y romance con el humor, una mezcla atrayente y amada por quienes disfrutaban del espectáculo verdadero, sin tantos matices fantasiosos. Los pasillos de la preparatoria se llenaron de muchos enaltecimientos hacia la pareja, especialmente hacia Helga G. Pataki. Su desempeño sobre el escenario encandiló a la multitud, sin exageraciones pretensiosas.
Arnold así lo creía y sabía de antemano que sucedería. Porque Helga era arte en su estado más puro; turbio, dramático y a veces negro… pero también era sensible, bello y persistente. Algo por lo cual valía la pena dar pelea y perder hasta los dientes, si el caso se diese literalmente.
Sí, dar pelea con puños y garras. Y obtener, ¿qué? ¿Su cariño? ¿Aquel que se atrevió a rechazar siete años atrás?
Pero no lo culpen. Era tan solo un niño soñador, batallando por vez primera con los sentimientos demasiado intensos de una niña también, sarcástica, ruda e inestable.
No pueden culparlo.
Claro está, que ya no se trataba de un niño, y Helga, por supuesto, ya no era una niña. Y lo que ocurrió en la azotea de Industrias Futuro, aun siendo niños, él no lo olvidó jamás. El momento quedó atrapado entre capas muy, dentro de sí, guardando silencio, esperando el instante oportuno para brotar.
¿Y ella? ¿Lo recordaría? Al menos algo, un ápice de aquellas pasiones que dijo sentir por él… ¿seguirían en algún lugar, muy dentro de ella? ¿Por qué ahora le parecía tan importante?
Necesitaba saberlo. Una señal, un indicio, ¡lo que fuese! Algo, cualquier cosa. ¿Por favor?
Se despeinó los cabellos, dejándose caer en una de las mesas de la cafetería. Alguien comentaba sobre la actuación de "Gerald y Helga" y aunque trató, con cada partícula de su ser, ignorar la conversación, sus oídos captaron parte de las elocuciones dichas.
—Sí, creo que harían bonita pareja…
Ajá, por supuesto. Esa típica forma romántica de pensar en lo bien que se vería un afroamericano junto a una rubia de piel blanca y ojos azules. ¡A romper los estándares de la sociedad! Como si estuviesen en la época de los pioneros.
Ajá, claro. Por supuesto que harían bonita pareja, y no por ser él un chico de color y ella una chica blanca.
En serio, ¿en qué siglo vivían esos chicos?
Arnold rodó los ojos, nauseabundo. Los celos eran una locura y una maldita enfermedad.
—¡Viejo! — Gerald llegó a su lado. — ¿Qué sucede? — su rostro serio y notablemente preocupado.
—¿A qué te refieres? — se removió, incómodo.
—Me estás evitando.
Claro que sí. Sentía a sus dedos tensarse con la idea del revés a su quijada. De sacarle el aire con una patada e incluso romperle la nariz.
Y Arnold no soportaba sentirse así, con esas emociones tan negativas, tan agotadoras y tan asfixiantes arañando desde dentro, utilizando afiladas garras y rasgando todo a su paso, anhelando un pequeño orifico por el cual escapar, al fin.
—Gerald…
—¿Qué sucede? — el moreno lo enfrentó. Arnold no apartó la mirada, entre nervioso y a su vez, desafiante. — ¡Dime, viejo!
—Yo no…
—¡Pataki y Blastok! — gritó Curly, desaforado y halándose los pelos. Más loco que una cabra, el muchacho.
Brainy soltó su charola del almuerzo y salió disparado hacia los pasillos.
Gerald miró a Arnold y Arnold miró a Gerald. Nerviosos, corrieron tras la multitud de estudiantes, antes conglomerados en la cafetería.
Cerca de los casilleros a la entrada de la preparatoria, Helga tenía aprisionado a Peter Blastok, un musculoso con muy mala reputación. Alto, atlético y bruto. Nada del otro mundo. Mucho ruido y muy poquitas nueces, la verdad.
—¿Qué…? ¡Helga! — Brainy se acercó a la rubia. Entre ellos, con el pasar del tiempo, surgió una especie de camaradería. Bastante peculiar, pero se veía sincera.
Helga y Briany se habían convertido en buenos amigos.
—¡Apártate, Brainy! Debí hacer esto desde que se atrevió a golpearte — la joven hincó su antebrazo en la garganta del muchacho. Sus ojos, dos esferas de un azul muy intenso, relampaguearon. Su pelo suelto, despeinado a los lados, enmarcando sus facciones endurecidas por la rabia del momento.
—Mierda, Pataki, te ves realmente atractiva así — Peter sonrió, sin embargo, la gracia le duró poco. Helga le cortó la respiración, apretando cada vez más fuerte contra su tráquea.
—¡HELGA! — Arnold creyó haber sido él quien bramó su nombre. No, estaba seguro. Lo gritó con toda la preocupación oprimiendo su pecho.
Y Gerald también gritó su nombre. También. Y Arnold vio con temor cómo su mejor amigo daba rienda suelta a la idea que a él se le había ocurrido. Lo miró, acercándose a Helga y a Peter, colocando una mano en el hombro de la muchacha y susurrándole algo. Algo. ¿Qué le decía? ¿Por qué ese acercamiento? ¿Por qué esa confianza y familiaridad?
—No te metas, Johanssen — escupió la muchacha.
—Vamos, negro, yo puedo con ésta — Blastok mostró una sonrisa desagradable, con dientes pequeños pero rectos y muy blancos.
—Helga… — susurró Arnold, rostro caliente y la mandíbula apretada.
Lo vio todo. El cuerpo de Peter Blastok contoneándose contra Helga. Ella, enrojecida y salvaje, utilizando una de sus femeninas pero fuertes piernas entre los muslos del abusivo, separándolos y…
—¡Joder, pe…!
—¿Cómo? — Helga sonrió, bellamente maliciosa. El rubio comenzó a detestar al joven Peter Blastok, desde allí en adelante. A detestarlo de verdad, como nunca había detestado a nadie en toda su joven vida. Pero no podía negarle la razón… Helga se veía peligrosa y atractiva. Sumamente atractiva. — ¿Cómo ibas a llamarme?
El matón jadeó, con el rostro inflamado y los párpados fuertemente cerrados. La mano libre de Helga, aquella que no pertenecía al brazo empotrado en el cuello de Peter, se había cerrado en la entrepierna de éste. Fuerte, enérgico. Feroz. Más que apretando, estrangulando.
—Su… suelta, Pataki. O…
—O… ¿qué? ¿Realmente extrañarás a tus pequeños manís? — Arnold se sobresaltó ante las risitas de la multitud.
—Helga… — Gerald regresó a tocar el hombro de la rubia. — Vamos a… — el rubio seguía allí, preso en la imagen, en aquella escena tan insólita como real. En los dedos de Gerald apretando el hombro de Helga y en la aproximación de sus rostros mientras se murmuraban Dios sabría qué cosas.
¿Desde cuándo? ¿Cómo era posible?
Se llevó una mano a la cabeza, dispersando a su paso el sudor que cubría su frente. Un palpitar en sus sienes y la sensación pastosa ascendiendo fieramente por su garganta.
Todo lo demás ocurrió en un abrir y cerrar de ojos. Veloz, sin tiempo a nada para nadie. Peter se había liberado de Helga, pero antes de arremeter contra ella, Gerald se interpuso a su paso. El moreno blandeó un puño, iracundo, con la piel morada por la angustia… y golpeó a Blastok en la mandíbula. Los dientes del bravucón chocaron unos con otros, su nariz salpicó sangre y de su boca también chorreaba un delgado hilo rojo, manchándole el cuello y la camisa.
Peter cayó hacia atrás, golpeando su cabeza contra uno de los casilleros, para luego quedar tendido, cuan largo era, en el piso. Apenas se movía, gimiendo por el dolor.
—¡Esto fue algo de locos! — gritó Curly, y lanzó unas lúgubres carcajadas, tomándose los cabellos. — ¡Ellos son mis amigos, señores! ¡MIS AMIGOS! — señaló hacia todos los presentes.
Arnold no escuchaba nada salvo su propia respiración; errática y salvaje. Inspiró hondamente y trató de calmarse, sin despegar los ojos de Gerald y Helga.
Gerald y Helga.
¿Qué sucedía? Jesucristo, ¿era esa la señal que tanto pidió? Una señal funesta, inaguantable, totalmente imposible.
No podían ser "Gerald y Helga".
Pero ahí estaban, mirándose, susurrándose, para luego correr, juntos, hacia las afueras de la escuela. La sangre en sus venas pareció congelarse.
El director llegó a su lado y exclamó;
—¡Shortman! ¿Qué sucedió?
Todos dieron a la carrera al verlo, pero él se quedó allí, plantado cual palmera desgarbada, sin dejar de observar la puerta por la cual Gerald y Helga habían escapado.
Botó el aire en una penetrante exhalación.
Esa era, en definitiva, la señal que no quería.
—¡Shortman! — el director se le paró al frente. No reaccionaba, no apartaba los ojos del punto en el cual Gerald y Helga se habían acercado tanto.
Se estaba dejando llevar por una preocupación demasiado enrarecida. Primero Gerald y Helga, después Blastok contra el cuerpo de Helga. Y después Gerald y Helga, otra vez.
Apretó los puños. Sus nudillos se veían tan blancos como una hoja de papel.
Y Peter Blastok continuaba gimiendo de dolor. El director Molten le palmeó un hombro, logrando su atención. Arnold apenas fue capaz de idear una mentirilla para salvaguardar a sus… ¿amigos?
¿Por qué dudar de la amistad con Gerald? Y Helga… bravucona o no, siempre fue su amiga. ¿Cierto?
—Lo siento, señor. Llegué y no vi la pelea. Blastok…
—¡Fueron Pataki y Johanssen, señor! — el rubio no había notado que Steven Kion, un compinche de Blastok, estaba en la escena.
—Ellos no… — Arnold negó con la cabeza.
—Llevemos a Blastok a la enfermería. Shortman, Kion, ayúdenlo. Después irán a mi oficina. Los dos.
La reputación de Arnold lo amparaba; chico listo, tranquilo, pacifista y colaborador con casi todas las actividades escolares… el director no vio problema en permitirle retirarse.
Blastok y Kion eran harina de otro costal. Y Pataki. Helga G. Pataki tenía ya una hoja con su nombre entre los documentos del respetado director. ¿Debía buscarla y advertirle? Seguramente, ya sabría que su apellido resaltaría cuando alguien indagase sobre lo sucedido. No tuvo la delicadeza de enfrentarse al abusivo en algún lugar fuera de la escuela, y muchos no tendrían problema en señalarla.
Y Gerald tan bien portado, como él, aunque menos discípulo de eventos caritativos… ¿tendría algún problema?
Caminó sin prestar atención a nada. Al darse cuenta, estaba en lo que era el pórtico de los Pataki. Miró la fachada; hacia tres semanas que la habían pintado, dándole a la casa un aspecto más renovado. Escuchó voces en el interior y varios pasos ir de allá para acá. No recordaba cuando fue la última vez que estuvo allí. Helga nunca se atrevió a invitar a sus compañeros, salvo a Phoebe. Arnold sabía que aquella retracción, aquella prohibición de compartir al menos una pequeña parte de su vida, se debía a sus atolondrados y despreocupados padres, siempre más atentos por el bienestar de la hija mayor.
-Olga. Siempre cariñosos y atentos con la perfecta Olga- diría Helga.
Una insana forma de vida para una familia con más de un hijo. Una dinámica familiar que poco tenía de "dinámica" y menos de "familiar". Y el resultado, una inteligente niña intensa, predispuesta a la violencia para ocultar lo que su mente y su alma pudiesen reclamar.
Helga creció en un círculo carente de ternura y entendimiento.
No obstante, las cosas mejoraron un poco con el pasar de los años. El señor Green le había comentado a su abuelo sobre un casual encuentro con la señora Pataki; la familia entera, incluida Olga, estaba asistiendo a una especie de terapia familiar, y las cosas iban cambiando para bien. A pasitos de bebé, como quien dice. De apoco pero seguro.
—¡Ya oí, mamá! — alguien gritó desde dentro.
Arnold se engarrotó, de pie dos escalones debajo de la puerta. Alzó la cabeza y enderezó la espalda.
Los ojos de Helga dejaron entrever un poco de sorpresa; sus iris brillaron y sus labios se entreabrieron, proyectando apenas con un hilo de voz.
Y es que él no debería estar allí aunque sabía que sí debía, igual. Debía y no debía y Gerald podría irse a la mismísima mierda, si a bien tuviese.
—Arnold… — susurró.
Pero él escuchó, tan claro como si estuviese a tan solo unos centímetros de distancia. Lo escuchó a pesar de la bulla en el interior de la casa y de los automóviles que circulaban por la calle.
—¿Qué…? — ella sacudió la cabeza y el muchacho, apenas sonriendo, subió un escalón más. A sus fosas nasales llegó el aroma de su perfume.
No eran flores, ni vainilla… los más comunes entre las jovencitas. No, pero es que Helga no era común. No podía pretender oler su piel y descubrir la típica fragancia que utilizaban Lila o Rhonda. No. Helga iba directo a quebrar los patrones y resaltar, aunque no lo quisiese. Resaltar y ser asombrosa.
—¿Qué haces aquí, eh? — ella preguntó.
Él observó la confusión en sus facciones. Sus labios carentes del brillo protector que solía utilizar cuando practicaba al sol. La nariz redondeada, los ojos avispados y prudentes, listos para levantar murallas entre ella y el mundo entero.
—¡Arnold! — le golpeó en el hombro.
—¡Auch! Helga…
—Bueno, estabas allí como un idiota y no sé… ¿qué te sucede?
—Nada, yo… — su cabello ahora sujeto dejaban ver su largo cuello; blanco, a la vista cremoso y un poco acalorado. Sí, su perfume resaltaba con el sudor, eso sucedía y qué bendición. Si pudiese meter la nariz, e inspirar… — Yo quería saber si estabas… — su mente atajó el momento en el que Blastok se le contoneó. La entrepierna del estúpido, rozando las caderas de ella, pecho contra pecho…
Su sangre hirvió. Creyó sentir su vista nublándose y al corazón precipitándose contra las tapias de su pecho.
—¡Arnold! — Helga le golpeó nuevamente pero esta vez, en la frente, con tres de los dedos de su mano.
—¡Helga!
—Dios, deja de ser tan distraído y dime qué pasa.
—Solo quería saber si estabas bien — completó, y expulsó una bola de aire por la nariz.
—Sí, bien. Por si no te diste cuenta, Johanssen se llevó la peor parte.
—Gerald… — La sangre bullendo, de modo más dañino, más intolerante…
Porque era peor imaginarse a Gerald contra el cuerpo de Helga, que a Blastok. Y ojalá el fanfarrón bueno para nada de Peter, el mucho ruido y pocas nueces, le hubiese devuelto el golpe, pensó. Un par de puñetazos, solo por atreverse a creer siquiera que podría estar con Helga.
¿Cómo podía estar pensando así? ¡Gerald era su mejor amigo! Pero toda su moralidad, todo su buen juicio… Helga G. Pataki debatía contra todo eso, llevando la delantera, sin importunarse con algún estúpido obstáculo en el camino.
—Helga…
—La mano se le inflamó tanto que parecía un jamón quemado.
—Él…
—Pero descuida, está bien atendido.
—Yo…
—¿Algo más?
¿Y eso sería todo? Apenas unas cuantas palabras, y ya. Adiós.
No, no, no. No debía ser así. Entre él y Helga siempre hubo algo más. Había un lazo, una red o como quiera alguien llamarle.
Un punto y seguido.
Eso. Eran punto y seguido. Ruth fue un punto y aparte. Lila fue un punto y aparte. Cecile desapareció de su vida; punto y aparte. Summer, punto y aparte. Y todas las chicas con las cuales se vio inmiscuido en alguna ocasión, eran un punto y aparte.
Pero no Helga. No. No después de que le diera el primer beso de su vida, en la boca. Y después el segundo, y el tercero. No después de ser la única cuya actitud hacia relucir su lado travieso y rebelde; lo hacía perder los estribos, levantar la voz, dejar de ser el típico y aburrido chico del vecindario.
No podían ser un punto y aparte, jamás.
—¿Algo más, Arnold?
Detestaba su indiferencia, su desinterés.
Respiró a la hondonada, ladeando la cabeza. El desarrollo le había obsequiado unos centímetros de estatura, por lo que ahora era más alto que ella aun estando a un escalón de diferencia.
—¡Por Dios, Arnoldo! ¿Se te ofrece algo más?
El rubio rememoró la última función en "La choza de cacao", en el acoplamiento y desenvoltura de su mejor amigo, con aquella chica que en su infancia dijo no soportar. En el vestido de Helga y sus piernas y su voz hacia Gerald. Los dedos señalándolo y la sonrisa juguetona. El coqueteo del hombro expuesto, las palabras… todo para Gerald.
Fue actuación. Solo actuación y que los ángeles se apiadasen de él.
Tenía que ser eso; solo actuación, por favor.
—Fue una actuación, ¿no es así? — preguntó, percibiendo la resequedad en su garganta. Su voz salió ronca y contenida.
—¿De qué estás hablando? — Helga lo miró sin entender.
—Ustedes actuaban, ¿verdad? — y se acercó, porque Helga comenzó, de repente, a transpirar locamente. Arnold sentía la respiración errante de la muchacha dar con su mentón, el aroma a canela de su goma de mascar y la deliciosa fragancia de su perfume, llevándolo a los confines de un lugar desconocido y maravilloso. Dirigiéndolo directo hacia todo lo bueno, hacia todo lo que valía la pena, como el chocolate caliente, la brisa en verano, o una tarde en el muelle.
Procedió a hacer algo que en su vida se hubiese permitido, si estuviese al filo con sus cincos sentidos. Se aprovechó. Sí, porque ella estaba quieta, confundida y quizá impresionada por su precipitada transformación, sí, porque en esos segundos, cambió, y ya no era el aburrido y típico chico del vecindario. Se aprovechó y se arrimó más, solo un poco más, tomando sus hombros y atrayéndola hacia sí.
Hundió el rostro en su cuello y respiró. Inhaló su aroma como deseó hacerlo desde que el mismo había penetrado en su nariz hace meses. Olfateó, afanoso, llenándose. Y de su boca salió un gemido que no parecía propio de él. Nunca le había sucedido aquello; el excitarse por un olor, el querer embotellarlo en un diminuto frasco y llevarlo en el bolsillo para pegárselo en la nariz como un maldito adicto.
Muy pocas cosas fueron capaces de convertir a Arnold Shortman en un verdadero obsesivo; su gorra, las paletas heladas de chocolate cuando tenía seis años, junto a las caricaturas del capitán Calzoncillos. El mapa resguardado en el diario de su padre, y el perfume de Helga G. Pataki
Ella se tensó, apretando sus músculos. El contacto duró segundos que a él le parecieron sorpresivamente eternos. Quiso quedarse, anclado, repetir y continuar incluso más allá. Pegar la nariz ahora al hueco entre su cabello y su pequeña oreja, allí donde el aroma solía concentrarse más, y…
—Arnold…
Pero ella le llamó, arrancándolo de su paraíso idóneo y despeñándolo a un embarullado presente. Dispersó la bruma que atolondró a sus cinco sentidos y reaccionó.
Reaccionó como un inocente y aburrido buen chico de cualquier vecindario.
Con las mejillas rojas y el cuerpo temblando, la soltó precipitadamente.
—Yo… ¡Lo siento, Helga! Yo… — incapaz de verla a los ojos, giró y bajó los escalones. — ¡Lo siento mucho! ¡Perdóname!
Corrió las cuadras que restaban para llegar a la casa de huéspedes; acalorado, conmocionado y con sus huesos traqueteando.
Tac-tac-tac-tac… tiritando unos con otros, aunque sonase imposible… Tac-tac-tac…
En cualquier momento, podría caerse en pedacitos.
N/A:
No describí la presentación de Gerald y Helga, puesto que no pude formarla entre la improvisación del momento, aunque los puedo imaginar muy bien a ambos en el escenario. Sin embargo, lanzaré las pistas, y así podemos ir bosquejando juntos el acto.
¡Gracias por leer, corazones! Espero les sea de agrado esta parte. Una cuantas cosillas más que aclarar... ¿y chaito?
Cariños a distancia,
Yanii.!
