Sandra, Kimagure y revaca27, ¡GRACIAS TOTALES!
El pequeño capítulo, para ustedes.
"Gerald y Helga"
Capítulo IV
"Sintió el peso de la pequeña caja en su bolsillo y sonrió, sacándose los guantes. Se quitó el abrigo no sin antes asegurar el obsequio y dejó las prendas donde indicaba el mayordomo de Rhonda. Se adentró a la sala de reuniones y el calor del ambiente le arropó de inmediato, haciéndole suspirar de alivio.
Su corazón apenas le daba un respiro, latiendo fervientemente. Una confina expectación picando desde dentro, aguardando lo mejor.
Porque él era un optimista empedernido y un buscador de todo lo bueno para vivir feliz… y que lo llamasen iluso, no le importaba. El haber conseguido, por cuestiones del azar, el trozo de papel con el nombre de Lila Sawyer, le hacían creer aún más en la buena fe del mundo. El destino se las apañaba para dar siempre lo que a cada quien le tocaba, y para él y Lila, ya era el momento. Como sabía que correspondía, como justo debía ser, para que el mundo siguiese su curso y todos los astros los bendijeran en el camino.
Esa noche dejaría de solo gustarle a ella, para comenzar a gustarle-gustarle.
—¡Hey, Anorld! ¡Estábamos esperando por ti! — Sid alzó un bocadillo en su dirección.
Y la fiesta comenzó. Comidas, música y bebidas. Tenían catorce años y el mundo a sus pies, empezando a moldearse a gusto de cada quien. A esa edad no había preocupaciones extremas, salvo las clases de aritmética, el uso diario del desodorante, cambios de voz y algunas espinillas indeseadas. Dramas pequeños y bandas favoritas.
Esperó pacientemente y cuando Rhonda los llamó para iniciar el intercambio, su corazón latió emocionado.
Lila estaba despampanante. Fue la niña más linda de la primaria y a sus ojos, era la chica más hermosa del salón. Su mirada, sagaz cuando se trataba de ella, no dejó de interceptarla en toda la noche.
Sus ojos se encontraron al formar el círculo y Arnold sintió a sus mejillas colorearse. Dio una sonrisa tímida, curvando apenas la comisura de sus labios, y Lila respondió, sonriendo amablemente. El muchacho deseó tener una gaseosa en la mano; creía que el calor le consumiría hasta dejarlo hecho cenizas, pese al frío invierno que azotaba a toda la ciudad.
—Bien, ¿quién será el primero? ¡Démonos prisa que quiero comer!
—Contrólate, Harold — Rhonda alzó una mano. Si bien la fiesta tenía a más de cincuenta invitados, Rhonda solo había llamado a la pandilla y dirigido a una habitación aparte. El curso en pleno, los mismos de siempre.
Excéntricos, atípicos, buenos para muchas cosas y malos para otras, dependiendo de quién se hable.
Pero eran amigos, unos más que otros. Se conocían desde siempre. Todos continuaban allí, en esa pequeña gran ciudad, estudiando en la misma preparatoria y compartiendo cada tanto alguna aventura. Había cariño, apego, familiaridad e historia entre todos ellos.
—Como les expliqué hace una semana, hoy haremos el intercambio de obsequios. Espero que a nadie se le haya olvidado y a ti, Stinky, espero me hayas comprado algo verdaderamente especial.
—¿Cómo sabes que yo…? ¿No se supone que es secreto hasta…?
—Tengo contactos — sacudió su cabello. — Bien, empecemos. Y dado que yo soy la anfitriona, iniciaré.
Y así comenzó. Los regalos iban de mano en mano. Los envoltorios de papel cubrieron las bien pulidas baldosas del salón y las exclamaciones, ya sean de alegría o burla por alguna bromilla, opacaron por unos instantes la música de la fiesta, aún viva al otro lado de la puerta.
—Es para ti, Helga — Arnold apartó su atención de la nueva pelota de Básquetbol que Nadine le había obsequiado a Gerald.
Helga, con un sweater beige que le quedaba holgado, los pantalones negros flojos y el lazo en su cabeza actuando de ribete, tomó el regalo de las manos de Lorenzo.
El chico nuevo después de Lila. No tendrían los mismos lazos fraternales, ni la misma camaradería que el resto compartía; sin embargo, allí estaba. Agradable e inteligente.
El rostro pétreo de la rubia cambió, sonriendo genuinamente. Arnold quiso imitarla, apenas curvando su boca.
Era algo muy refrescante y hasta sublime de ver; Helga sonriendo, como muy poco lo hacía.
—Gracias, Lorenzo. Yo… — sus mejillas enrojecieron, al notar la mirada de todos puesta en ellos.
La bonita sonrisa que Arnold tanto disfrutó, se desvaneció inmediatamente.
—¿Qué miran ustedes? — la pequeña caja cuyo interior contenía el regalo de Lorenzo, pasó al interior de uno de los bolsillos de su sweater.
—Hey, ¿no lo abrirás? ¡Todos queremos ver que pudo regalarte el ricachón! — Sid se abrió paso. — Seguro es una pulsera de diamantes genuinos, o un collar de oro, o una perla verdadera del caribe. Un vale para helados gratis de por vida o…
—Yo… — Lorenzo se sonrojó. — En realidad…
—Si no quiero abrirlo aquí, no lo haré.
—¡Pero todos lo hemos hecho, Helga! — exclamó Nadine.
—Porque ustedes lo han querido — Helga se cruzó de brazos. — Dejen de…
—No seas aguafiestas, Helga — Rhonda se irguió al frente. — ¡Vamos, vamos, querida!
La rubia bufó, rodando los ojos.
—Vamos, Helga, que tengo hambre, y todavía faltan algunos tontos por sus regalos.
—Ya, gordito — Gerald palmeó la espalda de Harold.
—Yo no…
—Ábrelo — pidió Lorenzo, sonriendo con cortesía.
Helga respiró, Arnold supuso, para que el oxígeno atizado en su organismo le diese la paciencia que necesitaba para no mandarlos a todos al demonio, directo y sin pase para regresar. Inhaló y exhaló varias veces, observándolos. Cuando sus miradas colisionaron, Helga no parpadeó, y Arnold tampoco quiso hacerlo, como si el cometer tan simple acto, fuese una especie de sacrilegio.
Y es que Helga también se veía bonita esa noche. Con su pelo suelto tras el lazo, la nariz roja por el frío y las pestañas más largas que de costumbre.
—Bien — dijo ella, volteando hacia sus amigos. Sacó la diminuta caja y desató el lazo pequeño que la adornaba.
Era un arete, un delgado y fino arete de plata, seguramente plata auténtica. Un arillo pequeño y coqueto.
—¡Qué estúpido! ¡Se le olvidó el otro! — gritó Harold, señalando al precoz empresario.
—Qué idiota eres, niño rosa — Helga rió. — ¡Gracias, Lorenzo! — y apartando su cabello a un lado, dejó libre su oreja derecha.
Allí, apenas visible, había una gomilla atravesando el cartílago del pabellón auricular. Un pedacito de plástico, que funcionaba para evitar que el diminuto orificio se cerrase contra la piel.
—Oh, claro — sonrió Rhonda. — Ahora podrás tirar ese horrible y patético trozo de plástico.
—Sí, sí, princesa. Tus plegarias fueron escuchadas — Helga hizo lo propio, cambiando aquella gomilla por el arete.
—¡Bien! Creo, Lorenzo, que ha sido el mejor regalo en toda la noche — aplaudió Rhonda. — ¿Quién sigue?
—Helga — sonrió Phoebe, tocando el hombro de la susodicha.
Y otra vez todas las miradas. Y Arnold disfrutó del sonrojo de la muchacha por segunda vez. Y olvidó que él aun no recibía su obsequio y que la caja para Lila aún estaba en uno de sus bolsillos.
—¡Hey, Arnold! — Helga se le plantó de frente. Barbilla en alto, hombros rectos, ojos altivos. — Aquí tienes. — y sus dedos apenas se tocaron.
Él miró sus manos; una caja rectangular y un poco plana, forrada con un papel azul cielo y un moño hecho con cinta negra. No parecía un regalo navideño, y sin embargo, a él le alegró el detalle de sobremanera. Una cálida y totalmente inesperada sensación le acobijó desde dentro, exteriorizándose. Su cuello y sus mejillas se entibiaron de repente.
—¡Gracias, Helga! — celebró, siempre sincero y agradecido.
—Sí, bueno… no hay de qué, cabe…— Arnold la observó, alzando las cejas. — Digo… Arnold — y pensar que antes se corregía a la inversa.
—De acuerdo, Arnold, ábrelo — apuró Stinky.
Empezó a quitar el papel con sumo cuidado, como si romperlo fuese una terrible fechoría.
—¡Por Dios, Arnold, que es para hoy! — alguien gritó. — ¡Apúrate!
Terminó de sacar el envoltorio y abrió la caja.
Era, simplemente, un obsequio maravilloso. Y se preguntó cómo Helga pudo haberse enterado, cómo pudo saber, o suponer al menos, que él necesitaba de algo así para reactivar su fe en un plan que muchos dirían, es descabellado.
—Esto… yo… — levantó la mirada. Ella se había vuelto a apartar, en una esquina del salón, con los ojos gachos y las manos tiesas contra sus costados. — Helga — dijo, bajito, y el murmullo fue opacado por las exclamaciones de los demás, apresurándolo. Porque hacía hambre y había sed y ya no era solo Harold quien quería comer."
La brújula pendía de una delgada cadena bañada en plata. Era un artefacto auténtico, de calidad, genuino. Una verdadera brújula internacional, no una baratija comprada en alguna tienda de segunda. Su abuelo se impresionó al verla.
"—Debió costar una fortuna, hombre pequeño".
Dijo en esa ocasión, admirando su interior. La flecha brillante, apuntando el camino correcto.
Lo que necesitaba cuando fuese a San Lorenzo.
Todavía se preguntaba cómo Helga pudo saber lo que él ambicionaba, lo que en su alma guardaba para cuando cumpliese la mayoría de edad.
—Abuelo… — Phill dormitaba en su sillón. Su cabeza osciló hacia delante y se despertó de repente, sobresaltado.
—Qué… oye… ya… — balbuceó. Se restregó los ojos con una mano, longeva y arrugada por tantos años de trabajo y vida. — Oh, hombre pequeño. ¿Sucede algo?
—No quería despertarte.
—Descuida — sin levantarse, alzó sus brazos y estiró los huesos de su espalda. — ¿Todo bien?
—En realidad, no — confesó. Porque ya estaba cansado de tantos celos hacia Gerald y de todas las sensaciones experimentadas contra el cuello de Helga.
Fue un fin de semana para los mil demonios, ignorando cada llamado de su mejor amigo. Ignorando cada mensaje de su rubia… ¿amiga?
Ambos le ocasionaron el peor problema gastrointestinal que pudiese un adolescente vivir.
Y que la tierra lo tragase.
—No sé qué… — contó todo a su abuelo.
Él, como de costumbre, le aconsejó a través de un par de anécdotas de su juventud. Con un plato de galletas con pasas en sus rodillas, habló de su buen amigo Jimmy Kafka.
Arnold escuchó pacientemente, cada detalle. Y allí anheló, como en tantas otras ocasiones, con todo su ser, que su abuelo viviese otros ochenta y ocho años más.
N/A:
Gracias infinitas a quien se toma el tiempo de leerme y más, para quienes comentan.
¡Cuídense mucho! Que el coronavirus se vaya a la mierda, si a bien tiene el hijo de puta.
Cariños a distancia, corazones.
Nos leemos en el próximo capítulo,
Yanii.!
