Agradecida como siempre por el tiempo y los comentarios.
Este es un fic que no es un fic, realmente. No hay trama, apenas unas dudas entre los personajes y típicos celos adolescentes volcados de modo muy simple. En mis tiempos intensos aquí en fanfiction (ya hace muchos años) me hubiese gustado desarrollar una historia más digna de leer sobre Hey Anorld!, mi homenaje a tan buena caricatura, mi favorita. Pero a lo hecho pecho y ya vendrán cosas mejores, dicen por allí.
Les dejo el capítulo, corazones.
"Gerald y Helga"
Capítulo V
Para un joven tan inteligente y lógico, todo debía ser muy claro. Indiscutiblemente claro. Y no había en el planeta, o al menos en Hillwood, muchacho más lógico que Arnold Shortman.
Bueno, lógico y perspicaz para ciertas cosas. Había obviedades bastante nítidas que a él se le escapaban. Pequeños fragmentos de situaciones en diversos escenarios; verdades, emociones, sentimientos…
Debió ser lo bastante avispado como para picar la verdad y dirigirla, allá en Industrias Futuro. Debió soportar la confesión de la niña y aceptarla. Quizá no corresponderle, pero entenderla, a fin de cuentas.
Porque así sabría que Helga lo quiso de verdad, y tal vez, sólo tal vez…
—Me dirás qué sucede y lo harás ahora —. Gerald lo encaró en el gimnasio, interrumpiendo sus tiros libres. La pelota rebotó contra el aro y dio a parar bajo uno de los banquillos.
La preparatoria tenía poco de haber abierto; sus clases empezaban a las nueve en punto y el rubio aprovechó de desquitarse un poco contra el balón. No supuso que Gerald podría tener el mismo plan.
Arnold sudaba, agitado. Secó el sudor de su frente y caminó hacia su mochila, haciéndose con una botella de agua.
La sombra de Gerald se proyectó por encima de él.
Si el desarrollo le había otorgado a Shortman unos cuantos centímetros, a Johanssen le había obsequiado más que unos cuantos. La alta figura del moreno resultaba intimidante.
—Arnold…
—No… — no pasa nada, claro. Por dentro, sentía de todo. El agudo malestar y toda esa rabia, esa confusión… el sentir que podía lastimar a su mejor amigo, hermano de la vida, al único que podría ofrecerle una aventura incierta en San Lorenzo…
Porque Gerald fue su único compinche de confianza en cada hazaña y anécdota del pasado. Y si debía arriesgarse hacia un país extraño, hacía un futuro desconocido y hacia una verdad probablemente dolorosa, él era en quien podría apoyarse para no desplomarse.
—Gerald… — respiró, sentándose en el banquillo. El pelo rubio se le pegaba a los costados del rostro. Tenía las mejillas húmedas y sonrojadas debido al ejercicio.
El moreno no hizo más que mirarlo desde su gran altura; brazos cruzados y seria expresión. Una ceja oscura se alzó, casi llegando al inicio de su rizada y fuerte cabellera.
—Creo que… — su abuelo fue muy claro, Jimmy Kafka también. Irse por la tangente podría complicar las cosas, y él no estaba para más enredos innecesarios. — Creo que me… estoy enamorando. O no… es decir, desde hace tiempo que… no sé si ya lo estoy o…
—Viejo, ¿qué intesta decir? — la erguida postura del joven se encogió. Gerald tomó asiento a su lado y le miró el rostro, atento. — ¿Te enamoraste? — sonrió, pero Arnold no pudo verlo. Él mantenía su concentración en uno de los murales del gimnasio; un proyecto de arte el cual consistió en crear, en una sola imagen, la exposición de los diversos deportes practicados en la preparatoria.
Quien pintó tan maravilloso cuadro, tomó las características de los mejores en cada equipo; arriba, encestando brillantemente, se podía ver a Gerald claramente. Su afro era inconfundible. Y si se bajaba la mirada un poco, hacia la izquierda, se podía ver la figura de una muchachita rubia, en la postura previa a dar un buen batazo a la pelota.
—Estoy muy confundido y…
—¿Por qué no me lo dijiste? No entiendo qué… — se calló repentinamente. Arnold lo observó, suspicaz. — El que me estuvieses evitando, tu mal humor, eso… ¿acaso te enamoraste de mí?
Y su rostro oscuro fue tan hilarante que Arnold no pudo evitar soltar una estruendosa carcajada, de esas incontrolables, que no avisaban. Y duró largo rato, porque Gerald entendió su estupidez dicha segundos después y rió con ganas también.
Rieron y rieron y rieron.
Ambos se tomaron el vientre, ya adolorido por tantos espasmos alegres, y se fueron calmando de apoco.
—Qué idiota — Arnold tomó aire. Se echó el pelo hacia atrás, respirando profundamente. — No, sólo… temo que estemos interesados en la misma chica. — expresó sin meditarlo.
—¿Cómo? — Gerald terminó de secarse un par de lágrimas. — Es… — se miraron. Y los negros ojos del moreno, relampaguearon.
Eso creyó Arnold… ver un haz de luz proyectarse en las oscuras pupilas.
—Yo… no sé, Gerald. Yo estoy…
—¿Me estás diciendo que crees estar enamorado de la misma chica que yo amo?
—Sí, pero…
—Joder, Arnold, eres… — se levantó, caminó unos pasos. Volvió sobre ellos y regresó a sentarse. Las manos en sus rodillas se convirtieron en recios puños.
—Gerald…
—No me digas que… ¡maldición, hermano! Es como si yo te dijera que me enamoré de Lila, cuando a ti te gusta desde la primaria.
—Yo…
—No me vengas con que… — levantó un puño. — ¿Sabes que ahora estamos… mejor? ¿Sabes que después de tanto, logré que se abriera y me dijera lo que sentía? Y tú… ¡Mierda, Arnold! Si la quiero desde la primaria y ella…
—¿QUÉ? — No quiso gritar, mas su voz se forjó en tal bramido, que hasta ganas le vinieron de toser. — Tú… — tosió. — ¿la quieres desde… cuándo?
—No seas estúpido, amigo — Gerald se levantó, él lo siguió. — Podré haber sido un casanova precoz, pero siempre supe quién me interesaba realmente, y creí que tú lo sabías.
—¿Cómo iba yo a saberlo? ¡Si decías no soportarla!
—¿Cómo?
—¡No la soportabas, Gerald! Y cuando yo me atrevía a defenderla y hacer algo por ayudarla, tú me renegabas que no valía la pena. Que ella… ¿de qué te ríes ahora? — en un acto de frustración, le empujó en el pecho. Gerald apenas se movió, lanzando otra risotada.
—A… Arnold… ¿de quién estás hablando?
—¡Pues de Helga, claro! — y las risas de Gerald no podían ser más escandalosas.
Arnold sintió burbujas ácidas explotando en su estómago. Allí estaba, confesando sus sentimientos, y Gerald no hacía más que burlarse de ello… de sus sentimientos, sí, o de la poca probabilidad que tenía de acercarse a la chica, o de que alguien como él no fuese capaz de estar a la altura de alguien como ella. O de que era un iluso sin remedio porque, a fin de cuentas, Helga ya estaba enamorada y no de él, no de Arnold, sino de Gerald.
Su rostro ardió. Levantó una mano blandida y dando un pequeño salto, desquitó el trancazo que llevaba varios días reteniendo contra su palma.
Gerald dio dos brincos con un pie hacia un lado, evitando caer. Se llevó una mano a la mandíbula y no pudo reprimir un jadeo, entre impactado y adolorido.
—¡Maldición, Arnold! ¿Qué carajo…? ¿Acaso estás loco?
—Vete a la mierda, Gerald — siseó, dando la vuelta. Tomó su mochila y la botella de agua. No pensó a tiempo que Gerald podría cuadrarse y devolverle el golpe, por triplicado.
—¡Hey! — Gerald le tomó el hombro, él se sacudió y levantó los puños. — ¿Acaso estás demente?
—Te dije que…
—¡No me gusta Pataki, hermano! — y pese al dolor, otra risa se le escapó de la boca. — Joder, creo que se me va a inflamar. Mierda, Arnold, estoy que te lo devuelvo, ¡en serio! — se tomó la quijada y regresó al banquillo. — Idiota — murmuró.
Arnold lo miró, entre avergonzado y desconfiado.
—Gerald…
—No me gusta Pataki — repitió. — Estoy con Phoebe —. El rubio dejó caer la mochila. — Sí, desde este fin de semana… después de lo de Blastok, yo… me puse como loco. Es decir…
—¿Qué hizo Blastok? — había verdadera preocupación en el tono de su voz y Gerald sonrió.
Arnold era un tipo muy difícil de odiar.
—Se atrevió a tocarla — el moreno levantó la mirada al escucharlo maldecir entre dientes. — No te preocupes, fue… Gracias a Dios no fue nada más que… bueno. Helga llegó y…
—Entiendo — susurró, sintiendo como el aire comenzaba a entrar cándidamente a su cuerpo, calmándolo, como lo hacía una caricia al cabello o un apretón afectuoso en los hombros. Cerró los ojos por un segundo, alivianándose. — Yo… ¡Gerald, perdóname! Yo lo siento mucho. ¡Dios! Estos últimos días he sido tan estúpido que… — se atropellaba entre palabras. — ¡Lo lamento!
—Descuida. Invita unas hamburguesas y todo estará bien — sonrió a medias. La mandíbula empezó a hincharse.
—Deberíamos ir por hielo. — apenado, tomó tanto su mochila como la de Gerald.
—Aguarda, viejo. Debes aclararme ahora qué ocurre con Pataki. — Gerald palmeó el asiento a su lado.
—Ya, amigo. ¿Acaso no me escuchaste? — se dejó caer en el banquillo, mejillas rojas y la mirada nerviosa. — No sé qué me sucede.
—Dijiste que estabas enamorado — precisó Gerald.
Arnold levantó el rostro, apretando los labios, con las palmas sudando y el corazón apurado.
—Sí.
Y hablaron de todo lo que no pudieron en los días previos a esa pequeña discusión. De Helga, de Phoebe, del acto en "La choza de cacao", el cual fue solo eso, un simple acto. De los rumores absurdos y de la idiotez de Peter Blastok.
Arnold sintió como si le hubiesen quitado una monstruosa piedra del lomo.
—Me van a sancionar, hermano — se lamentó el moreno, saliendo tras él del gimnasio. Las clases estaban prontas a empezar y Arnold debía, al menos, refrescarse las axilas en un lavadero. — Quizá no me permitan jugar más — se quejó, pateando un casillero.
—No lo creo, eres el mejor jugador del equipo y el director lo sabe. Dudo además de que el entrenador le permita suspenderte de los partidos, si acaso se le llega a ocurrir la idea.
—Bueno, yendo a otro punto, ¿tú que harás? — los pasillos estaban llenándose de apoco. Había mucho alboroto entre los estudiantes después de un fin de semana. Los amigos se contaban los nuevos chistes, los chismes del momento, las anécdotas entretenidas y los penosos accidentes. — Porque vas a hacer algo, ¿verdad, Arnold?
—Yo no…
—¿Sabes cómo se llamará nuestra próxima presentación? — Gerald lanzó un silbido, travieso y divertido. — ¡Qué va! Aguardaré a que lo sepas con el resto. — rió, dándole una palmada en la espalda. — Anda a ducharte, que apestas — ajustó su mochila al hombro y se fue alejando, dando grandes pasos con sus largas y gruesas piernas de basquetbolista.
—Aguarda, ¡Gerald! ¿Qué estás queriendo decir con…?
—¡Habla con ella, viejo! — gritó entre el mar de adolescentes. — ¡Y así podrás soportar los estúpidos rumores!
De acuerdo, eso debía indicarle algo. Encenderle una lucecita en el cerebro, como mínimo.
Giró en una esquina hacia los baños y tropezó de exabrupto con algo, cayendo de nalgas.
No, no fue con algo, fue con alguien. Y es que algunas cosas jamás, jamás cambiaban.
—¡Helga! — se levantó rápidamente y tendió su mano. — ¡Lo siento! ¿Estás bien?
Sí, algunas cosas jamás, jamás cambiaban. Y tal vez, sólo tal vez…
Sonrió, ¿qué tendría que perder?
N/A:
Vamos aclarando el panorama, diría Arjona, aunque la canción no pinta nada aquí.
¡Gracias por leer!
Manténganse a salvo, corazones.
Cariños a distancia,
Yanii.!
