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El capítulo, para ustedes.


"Gerald y Helga"


Capítulo VI


Nunca pensó sentirse tan inquieto ante Helga G. Pataki. Dios, que la conocía desde hace años y pese al recuerdo de todas sus bromas pesadas, entre ellos siempre existió una especie de familiaridad, de reconocimiento. Eran amigos sin serlo, si eso acaso tenía sentido en algún lugar del mundo; para Arnold sucedía así. Porque Helga no brindaría la típica amistad de "cuéntame tus aflicciones que yo te diré las mías". No, en lo absoluto. Ella te cerraría la boca, cuidado y no lo hacía con un puñetazo, al verte con la intención de abrir tu corazón y hablar de sentimientos…

No, ella se negaría rotundamente escuchar, pero averiguaría, de una u otra forma, los problemas que te estuviesen consumiendo hasta los huesos. Y actuaría. Con la mano en el pecho, Arnold puede asegurarles que lo haría. Arisca, necia, orgullosa y sarcástica, pero también leal y en suma, valiente como muy poca gente.

Sí, cometió errores. Pero el que esté libre de pecado que lance la puta primera piedra, y nada más.

Regresando al punto, él se encontraba muy nervioso y preocupado. Helga era su amiga sin ser muy amigos y esa palabrería burda le sonaba como una reverenda estupidez.

¡Él no quería ser su amigo! Ya no y traten de entenderlo. No podías ser amigo de la chica que te torturó, infantilmente, pero torturas a fin de cuentas, en la mayor parte de tu tierna y linda niñez. Sin embargo, lograron llevar la fiesta en paz y después…

Después todo y nada. Helga haciendo pedacitos cada uno de los banales esquemas, por supuesto. Pidiéndole disculpas a él y a otros zopencos, como solía ella llamarlos. Pagando a Brainy parte de las gafas arruinadas y redactando a Inga Perluteri una sincera carta de perdón para ayudar a quitar la insoportable pesadez que le aplastaba el corazón.

Estaba cambiando, aunque las personas nunca cambian. No, no pasa.

Pero sí podían mejorar. Todos podemos mejorar, y Helga estaba dando pasos hacia ello.

Que si fue una posesión, como se rumoreaba en los pasillos de la primaria, por allá en el sexto grado. O que estaba pronta a morir, o que fue suplantada por una Helga de otro planeta, o de otro plano, piensen como quieran… lo cierto era, que estaba mejorando.

Para que no les quede la espinita de la duda, todo se debió a las sesiones terapéuticas con la Dra. Bliss. Y sí, después de un tiempo, la pandilla se enteró. Y sí, Helga estaba mejorando, mas no cambiando. Y cuando Harold abrió su bocota en la cafetería, llamándola "enferma", una bandeja le dejó sin los dientes incisivos, la nariz aplanada y un chichón en la frente, casi tan grande como una pelota de tenis.

Era ella la misma de siempre, ruda y envalentonada. Con un interior demás interesante e intenso. También era frágil y entrañable. Nostálgica y sentimental.

—¡Arnold! — el zape en su frente fue el estimulante idóneo para hacerle tragar la bola de saliva acumulada en la boca. — Maldición, chico, que no puedes ser tan distraído en la vida. ¡Hasta una rueda de tomate podría llevarte por delante! — Helga se cruzó de brazos, ambos de pie junto a las gradas del campo de atletismo.

—Te… ¿quieres sentar?

—¿Para qué? ¿Acaso será mucho lo que me tienes que decir? — el muchacho trató de pasar por alto las náuseas. Ella estaba incómoda hasta el casi dolor.

Pero al carajo. No sé irían de allí hasta aclarar cada maldito punto tortuoso.

—Primero…

—No te preocupes, Arnold. Te disculpo, no hay rencores. Ya. ¿Puedo irme? — se veía notablemente apresurada. Arnold parpadeó, patidifuso.

—¿Qué…? ¿Cómo…?

—Cuándo, dónde y por qué… — él hubiese atajado la broma, si ella no se viese tan nerviosa.

Estaba asustada. Y Arnold, pese a su atolondramiento, densidad y ansiedad juvenil, todo revuelto como los huevos para el desayuno, logró captar los detalles. El rubor, la desviación de la mirada, antes altiva y feroz, el descruce de sus brazos para solo tocarse el izquierdo con la mano diestra, rascando una comezón que solo existía en su mente…

Aquello debió encenderle otro par de luces en el cerebro. Un click entre las complejas conexiones neuronales.

Sí, ajá. Ahí estaba. Algo presentía.

Sonrío. Una curva segura, esperanzadora, cálida y estimulante.

—Helga, ¿por qué me estás disculpando? — que lo perdonen por querer divertirse un rato. La chica le miró con los ojos abiertos. Un leve gesto de estupefacción se apropió de su cara, casi tan roja como los cabellos de su salado y buen amigo Eugene, y Arnold quiso aplaudirse y hasta reír, emocionado.

—Pues… por… por… — ella respiró, buscando desesperadamente las bases de su autocontrol. — ¡Ashh! ¡No te hagas el tonto, tarado! ¿Acaso para ti es normal andar olfateando a la gente como un perro hambriento? — dijo precipitadamente, dando un paso atrás, mirando no hacía él, sino más allá.

Arnold sonrió otro poco.

Y allí venía, esa extraña transformación; el convertirse en un chico fuera del típico patrón de "bueno y respetuoso"… como el lobo liberándose de la inocente piel del corderito de Mary. Cambió, y con Helga debía suceder, como todo el tiempo, desde allá, en antaño.

La protagonista de sus desvaríos hormonales, las manchas en la ducha y el salvajismo a puño limpio. Porque golpear a Gerald, a su mejor amigo, cuando él era un pacifista empedernido casi rayando a lo patológico, solo podía ser por Helga.

Dio un paso hacia ella y creyó verla temblar. Aunque no estaba muy seguro; bien podía ser él el intrépido, osado y estúpido tambaleante en la cuerda floja, con dos pies izquierdos, la médula hecha jalea y sus rodillas convertidas en mantequilla… y es que a la nariz llegó su condenado aroma, y casi casi enloqueció.

—¿Acaso eso te molestó? — cuestionó, ojos fijos y sonrisa estampada.

—Yo no…

—Secundaria, segundo año. Billy Pall te tocó una nalga y le dislocaste la muñeca.

—Eso…

—James Griffin te abrazó por la cintura y tú le sacaste el hombro de la articulación.

—Yo…

—Golpeabas a Brainy nada más por respirar tras de ti… — con cada palabra, un paso. Y otro más. Sus manos le picaban por tocarla. — Cada chico que se atreve a cruzar los límites de tu espacio personal, no tarda más de un segundo en recibir su merecido. ¿Por qué, Helga, no lo hiciste conmigo?

—Ya… yo… Arnold… me tomaste desprevenida y…

—Y… — se aprovechó, ¡nuevamente! Y que lo crucificase ella después, si acaso era capaz de tal atrevimiento hacia él. — ¿Te molestó? — Se acercó hasta disfrutar de un leve roce de aliento. Todos en clase y ellos allí, solos. Extrañó el tacto de su piel desde que soltó su mano hacia rato, después de haberlos arrastrados al lugar.

No le importaba verse como la mierda; sudado, despeinado, completamente desesperado y hasta un poco miserable.

—Lamento si… — exhaló una buena cantidad de aire; su perfume quiso hacerle mella el cerebro, embrutecerlo. — Lo lamento, Helga — y como si fuese el pequeño Arnold de nueve años, aquel con el cabello más largo y los brazos más cortos, la abrazó.

La rodeó de lleno, agradeciendo el estiramiento de sus huesos porque podía, al fin, sujetarla como era debido. Así, como un hombre a una mujer que quiere proteger, y podía bajar el rostro, rozarle la oreja con la nariz y respirar nuevamente, lleno de éxtasis y de algo mas. Porque, vale aclararlo, la abrazó como en antaño, pero ya no era un niño de nueve años.

Quería pegársele, pecho contra pechos, amoldarla a su figura.

—Lo siento mucho, Helga — habló, labios pegados a su oído y ella tiesa como el mármol más frío. — Todo este tiempo, yo…

—¿Qué… qué pretendes? — la escuchó murmurar. La voz apabullada e insegura.

La estrechó, achuchándola con abrasadora necesidad como a su más amado peluche de la infancia, creyendo que en cualquier minuto podría apartarlo y largarse a la carrera, apenas recuperase la compostura.

—Trato de decirte que…

—Déjame, Arnold — masculló. — ¡Suéltame! — lo empujó, no obstante, el acto carecía de completa fuerza.

—Quiero decirte que…

—¡Déjame! — en esa oportunidad, acopló lo necesario para escaparse de su agarre.

Él la miró, atenta y profundamente. Un mar de dudas en sus ojos azules. Miedo e incredulidad. Las barreras que tan fervientemente ella imponía ante todo y todos, se estaban descomponiendo, oxidándose, como el metal más viejo.

Debía hacerlo en ese momento. Debía decirle, siempre con la sinceridad por delante, como sello personal y necesario.

—Quiero decirte que me gustas, Helga. Me gustas muchísimo.

Y aquella mirada azul, eléctrica y tempestuosa, brilló. Y Arnold no sabía a dónde ver para no sentirse tan pequeñito e intimidado. ¿A dónde estaba el chico lobuno libre de piel de cordero? Con una mano en su nuca, dio un paso atrás.

—No sabes lo que dices — le escuchó decir. Él sintió el corazón en la garganta y la cabeza empezó a arderle.

El joven lobuno retornó, mejillas rojas y labios apretados.

La tomó de un brazo al verla girar.

—¡Hey! — ella protestó.

—No te vas a ir hasta que aclaremos las cosas. — la llevó a las gradas. — Te sientas — la sentó, empujándola con fuerza, mas sin lastimarla. — Y me escuchas.

—¿Qué mierda te picó, Arnoldo? — se levantó, desafiante.

—Te sientas — sujetó sus hombros. Los dedos presionaron la piel desprovista de tela.

—¡No!

—Helga… — respiró, implorando paciencia. — Necesito que te sientes y me escuches.

—Deliras, Shortman. Anda a echarte aire y ordénate un café, hermano. ¡Yo me voy!

—¡Siéntate! – y la obligó, imponiéndose, con los ojos oscuros y los dientes apretados. — Siéntate. ¡Quieta!

Helga estaba impresionada, confundida e histérica. Arnold trató de entenderla. Toda esa situación para ella, debía ser completamente irreal.

—Helga…

—No te atrevas — pidió, la voz quebrada.

Arnold comprendió. Si la acorralaba como un animalillo enjaulado en cautiverio, podría saber. ¡Saberlo todo! Porque Helga solía hablar de más, cuando la situación la dirigía hacia una callejuela sin salida.

Lo haría, y sin la intención de hacerla retractarse. No. Que le metiesen un palo en el culo antes de permitirle dar pasos de ciego hacia atrás.

—Lo que me dijiste en Industrias Futuro no fue por el calor del momento — afirmó. Simple y claro. Directo. Al grano. Ella levantó el rostro, su lazo apenas sujetaba parte de su pelo; algunos mechones retozaban libres contra su cara.

Arnold podría mirarla por largo rato, cuidado y si no, por toda la vida. Sus labios inmóviles, ¿conservarían el mismo sabor?

Tres besos inesperados, no deseados, pero de cierta manera, disfrutados… tres besos que no regresó. Tres besos que pudieron ser mucho mejor, si él…

Podría inclinarse y hacerlo. Besarla. Desquitarse por aquellas tres veces, con otros tres besos.

—Ar… Arnold… — susurró. Sus ojos acuosos le erizaron los pelillos de la nuca. — No te atrevas — siseó.

—No fue el calor del momento. Realmente sentías todo eso por mí y yo te hice retractarte porque…

—Porque no soportabas la idea de que alguien tan desagradable como yo pudiese quererte — su voz era un murmullo abatido. Él esperaba espabilarla y encender su pasión. Que bramara a los cuatro vientos, como en aquella azotea, que lo amaba locamente.

Verla tan inofensiva y tan calma, le asustó.

—Helga…

—No lo soportabas, como si el que yo te amara, te fuese a obligar a estar conmigo. Una pesadilla para ti.

—No…

—Olvídate de eso, Arnold. Ya pasaron siete años y yo…

—No lo olvido, Helga. ¡Nunca lo olvidé!

—¡Pues yo sí! – sorprendiéndolo por su velocidad, se puso en pie. — Dejemos la maldita fiesta en paz y continuemos con nuestra vida. ¿Te parece? — pretendió irse de nuevo; y otra vez, él se lo impidió.

—No me jodas, Helga — no bastó con tomar una muñeca. Ella se batió, necia, y él se vio obligado a presionar sus brazos, reteniéndola contra sí.

Besarla era un deseo y una tentación demasiado grande. No obstante, no quería irrespetarla, no quería presionarla; no con eso, con el próximo beso. Quería que quisiese como él quería. Un beso más. Labios, lengua y explorarse, ambos queriéndolo.

Resistió el impulso, latiendo voraz y causándole malestar.

—Si te hice retractarte, no fue por desagrado o repulsión. Por Dios, Helga, nada más lejos de la verdad. Sí, era un niño, ¡éramos unos niños! Y yo nunca… no estaba preparado para algo así. Luego estabas allí, madurando. Yo maduré. Y tú continuaste tu vida y yo seguía allí. Te veía todos los días, tratando de hacer lo mejor para no mandarnos a todos al carajo, aún cuando sé que en más de una ocasión, lo merecíamos. Y continuamos. Cuando Pall te tocó, quise matarlo, ¿me entiendes? Matarlo. Y a Griffin. E incluso odié a Brainy por un tiempo, porque no sé cómo él pasó de ser un renegado social a uno de tus mejores amigos. Blastok fue el peor, porque me causó pesadillas… de él contra tu cuerpo. Y hablan de ti en las duchas y debo morderme la lengua al punto de tragarme mi propia sangre para no maldecirlos a todos, como no tienes ni puta idea. Y siempre llevas ese estúpido arete que te regaló Lorenzo hace tres años, el cual te queda hermoso. Pero le gustas al idiota y el que nunca te lo quites me hace pensar cualquier cosa y me vuelve loco. ¿Entiendes lo que digo? ¡Hace un par de horas golpeé a mi mejor amigo! ¿Comprendes?

—¿Tú… qué?

—Y es que todos estos sentimientos salieron a flote por eso, ¿sabes? Gerald y tú. ¡Gerald y tú! El pensar que ustedes podían… podían… Mierda, la indigestión era para morirse. Vomitar, cagarte y mearte encima, revolcarte en tu cama, inclinarte por el dolor…

—¿Acaso te andas metiendo droga, Arnoldo?

—¿Tú acaso no me estás escuchando? ¡Joder, Helga! ¡Que esto que te digo no me había sucedido jamás! Y yo…

Respiró a la hondanada. La garganta seca, picándole.

—¿Acaso quieres…? — carraspeó. — ¿Quieres que te diga que escribo miles de poemas en tu nom…? — jadeó, soltándola tan rápido que ella trastabilló hacia atrás, regresando a estar sentada en la grada.

Helga lo había golpeado, en el abdomen, con la vieja Betsy.

—Mierda — le sacó el poquísimo aire que su larguísima confesión, inesperada y en suma reveladora hasta para él, le había dejado. — Hel… ¡HELGA!

—No te atrevas a burlarte, Arnold. No otra vez.

—Yo no… — se irguió, y algo en su pecho se quebró, crack. Creyó incluso escuchar el sonido en ambos oídos. — No, Helga, no llores. Yo no…

—¡No te burles! — bramó, apuntándole con un dedo. — Yo no…

—No quise burlarme. ¡Claro que no! ¿Acaso no me conoces? ¡Te estoy hablando con la verdad! — inhaló. Se encorvaba, tocando el lugar del impacto. Los ojos de Helga mostraron preocupación.

Porque a él no podía hacerle daño. Aunque Betsy y los Cinco Vengadores reclamaran por ello, no sería capaz. ¿Dislocarle una muñeca? ¿O un hombro? Jamás.

Y Arnold lo adivinó, sin mucho esfuerzo. Pudo leer su angustia al verlo así, entre adolorido y un poco humillado.

Su corazón se saltó un latido, conmocionado.

Para tranquilizarla, se enderezó, reteniendo un quejido. De a poco el oxígeno retornaba a su cuerpo.

—Estoy bien — dijo, tratando de sonreír. — Helga… ¡Maldición, sé que nada quedó olvidado!

—No — ella admitió, barbilla en alto, mirada sagaz. — No quedó olvidado. Sí, Arnold, todavía te amo; y por ello te daré tu espacio, tu tiempo. Recapacita, porque cuando te des cuenta, verás que esto no es más que un desvarío, una confusión. Lárgate de mi vista y organízate. Yo lo hice hace mucho, jurándome no aceptar nada a medias y prometiendo no ilusionarme por cualquier fantasía. Aclara tu estúpida cabeza y déjame en paz.

Segura, sin vacilación, con los ojos todavía húmedos pero tenaces. Orgullosa y digna.

Así se fue, mochila en hombro y mechones de cabello aún volando rebeldes por el viento.

Arnold la vio alejarse, cual maravillosa alucinación.

Tan cabreado consigo mismo como para irse al infierno.

Tan feliz como para volar hacia las nubes.

Auch… mierda. — musitó, regresando a tocar su abdomen.

Pero ni el nuevo latigazo de dolor en las costillas, pudo quitarle la sonrisa.


N/A:

Tengo mis dudas, pero la improvisación, ya saben, no siempre es tan buena opción. Espero les haya sido entretenido el capítulo al menos un poquito.

¡Gracias por leer!

La continuación llegará más pronto de lo que tardan en decir CoronavirusHijoDePuta.

Abrazos a distancia, corazones.

Yanii.!