¿Ya dijeron CoronavirusHijoDePuta?
Penúltimo capítulo, ¡espero les guste!
"Gerald y Helga"
Capítulo VII
El " Gerald y Helga" lo enfermó, literalmente.
Pero cuando llegó esa mañana a la preparatoria, con una camisa blanca que se veía inmaculada, los jeans azules desgastados y zapatillas deportivas, descubrió que lo peor estaba apenas comenzando.
—¡GERALDINE! — gritó Harold desde su casillero, señalando a la antes mencionada.
Arnold apresuró el paso, buscándola con algo muy semejante a la desesperación.
La chica estaba arrojando su libros hacia su propio casillero. La miró, respiraba dando pequeñas pausas, mientras Harold continuaba señalando su espalda y berreando con su lengua larga. Él pensó en advertirle, sin embargo, se vio aguardando la respuesta de la muchacha. Siempre fría y natural. Peligrosa y mejor apártate o te pateará el culo. Y es que para el rubio, había cierto placer morboso en verla imponerse -siempre y cuando el oponente estuviese lejos de sus caderas, y ella tuviese todas las de ganar-.
Sid y Eugene, quienes acompañaban al robusto beisbolista, dieron pasitos de puntitas para alejarse. Mejor abandonar la escena del crimen y salir libre de cargos pero, más importante, libre de lesiones.
Helga cerró su casillero, con una parsimonia que a Arnold le pareció hasta elegante. Todos a su alrededor aguardaron, celulares en mano y varia risas divertidas.
Harold no era un mal tipo, pero su lengua suelta, siempre más rápida que su cerebro, le hacía pasar muy malos momentos. Un brazo elevado y la vieja Betsy se reunió duramente con su viejo amigo, la panza del chico.
El episodio quedó como los otros tantos, capturado en los teléfonos de todos los presentes. Había incluso un grupo de chat exclusivo para aquello, los momentos "Betsy y Berman".
El enorme adolescente se dobló por la mitad como una hoja de papel. Su rostro pálido enrojeció y sus ojos parecían querer abandonarle las cuencas.
Arnold se compadeció. Helga no había utilizado ni la mitad de su fuerza al golpearlo el día anterior, y le había dolido muchísimo.
¿Por qué fue todo? ¡Su nombre! Su segundo nombre. Geraldine. Él ya lo conocía, pero nunca lo empleó para llamarla. Dedujo que no le agradaría que le dijesen así, aunque lo consideraba un nombre especialmente bonito, hasta poético y… sensual. Lo había empezado a deletrear desde hacia tiempo, en su mente y en sus sueños. ¿Por qué Harold se burlaba?
Ya. Arnold lo entendió al ver el enunciado en la endemoniaba pizarra de "La choza de cacao", y es que la desgraciada parecía tenerlo cogido de las pelotas. ¿Quien diablos se encargaba de ese tablero maldito?
Sintió las ganas de vaciar su estómago en una arcada.
"Gerald y Geraldine" eran la "nueva" sensación. Y sonaba ridículo porque se trataba del mismo par repentinamente popular. Y Arnold de verdad quiso vomitar, apuntando que el nombre de Gerald no era bonito, ni poético y muchísimo menos sensual… y sonaba igual de mal junto a "Geraldine", así como junto a "Helga"… pero las cursis y tontas niñas de la preparatoria, especialmente las más jóvenes, parecieron confabularse para joderle el ánimo y mascar como chicle sus tiernas esperanzas. ¡Parecía que hasta un grupo habían creado! Shipeando a la "pareja" y pregonando que estaban hechos el uno para el otro, porque sus nombres, porque su química, porque son guapos y atléticos y artísticos y pura puta basura, realmente.
Porquería.
Quienes estaban libres del virus eran los mismos de siempre, conociendo a los susodichos desde preescolar. No creían muy probable que el "Gerald y Helga" fuese oficial.
—Pero oye, cualquier cosa puede pasar — dijo Stinky en una oportunidad. — ¡Hasta se llaman igual! ¿Será el destino? — Arnold quiso estrangular su cuello de lápiz.
"Pero, Arnold, no pasa nada. Nos estamos llevando mejor, sí. Somos amigos, pero, viejo, ¡no me interesa de otra forma".
Las palabras de Gerald hicieron eco en su mente, embotándolo. Él estaba iniciando con Phoebe y aunque no habían formalizado y preferían mantenerse al resguardo de ojos y lenguas fisolas, por los momentos, Arnold sabía que todo iba en serio. Por un breve instante, se vio siendo presa de la más pura envidia, y ambicionó darle otro puñetazo en la mandíbula al bien afortunado y guapo Gerald Johanssen.
Joder, todo dolía como un batazo en la entrepierna. Y sus objetivos con Helga se hacían escaramuzas contra el viento con el pasar de los días. Ella lo evitaba sin siquiera hacerse la despistada. En toda oportunidad, lo evadía y no le importaba hacerlo darse cuenta de que, de verdad, no quería hablar de lo más mínimo con él. Ni verlo, ni un carajo.
Maldita loca rubia. ¿Así decía amarlo?
Y Arnold recordando su perfume y la piel bajo sus dedos; retornando la indigestión y plomo en el corazón.
Trató de hablarlo con Gerald, controlando su temperamento. El moreno era excelente para hacer oídos sordos a las estúpidas exclamaciones de "fanáticas de Gerald y Geraldine". No le interesaba, no les daba alas ni poder para interferir en sus planes. Le decía, casi exigente, que debía esclarecer las cosas con Pataki. Pero Arnold rumiaba como toro a punto de un ataque, porque la rubia era más escurridiza que una lombriz de río.
Entonces su amigo lo invitó a los últimos ensayos.
"No era el plan, queremos que el show sea único para todos. Pero si te ayuda a estar tranquilo el vernos fuera de escenario… así te harás la idea y evitarás pensar en cosas terroríficas al vernos actuar". – Bromeó. - ¿Pataki y yo? Ni en mis peores pesadillas. Y ella dice lo mismo, hermano".
Está bien, está bien. No dudaba de la palabra de su mejor amigo. Ok. Sí. Le creía.
Pero no pudo asistir a los ensayos aunque fuesen un poco tarde, puesto que Gerald debía cumplir castigo por su participación en la pelea con el bruto de Peter Blastok… Helga, para su fortuna, salió libre de culpa. Molten era un buen director y conocía a la perfección los antecedentes del patán. Peter Blastok fue amonestado y hasta amenazado con la expulsión, aunque fue quien terminó con una férula en la nariz y el orgullo pisoteado como excremento de animal.
Supo que Gerald abogó por la rubia, asumiendo toda la responsabilidad.
"Son solo amigos. Solo amigos". - su mente y su buen corazón se debatían contra todo sentimiento sobre Gerald y Helga. Quiso arrancarse mechones de pelo, frustrado.
Y yendo al punto, Arnold no pudo ir a los ensayos; a Abner se le rompió una pata por lo viejo que estaba y debió llevarlo al veterinario; él con la siempreviva indigestión y el consultorio atestado… pudieron irse a casa cerca de las diez de la noche. Su abuelo requirió de su tiempo para un par de arreglos a la pensión, y su abuela fue detenida por ser partícipe de una hecatombe que pretendía sabotear la demolición de un antiguo cine.
Y Helga escapaba. ¿Cómo era posible que no se hubiesen atropellado en la semana? ¡Imposible! ¡Impensable! Algo se había roto en el mundo y en algún punto del planeta un volcán hizo erupción, un tsunami arrasaba con algún pobre pueblo y un tornado zarandeaba a las pobres vacas y tractores de los campos.
Y la tarde-noche del viernes llegó. "La Choza de cacao" lucía exactamente igual que aquella vez, en la primera actuación de Gerald y Helga. No sabía si era mala suerte o es que siempre se tardaba en llegar al sitio, distrayéndose en el camino, pensando en Helga, en pajaritos preñados y en la marcha de lado que tenían los cangrejos, pero le tocó sentarse en la misma mesa tambaleante con la madera rayada. Una lamparilla de gas, vieja pero coqueta, decoraba el centro. El lugar olía a dulces de regaliz y gaseosa de cereza. Una vez, un par de chicos intentaron filtrar cervezas, pero el director Molten era todo un sabueso veterano y pilló a los "malandrines" más pronto de lo que tarda uno en tronar los dedos. "La Choza de cacao" peligró terriblemente por varias semanas.
Arnold sujetó su gaseosa y la giró entre las manos, fijando sus ojos en la etiqueta Yahoo. La mesa no era la mejor, pero le daba una buena vista del escenario y eso era lo importante. Podía ver el venerado rostro de Helga, cada una de sus facciones en cada cambio de emoción. Su vestido ceñido, disparándole la imaginación y creatividad propia de un adolescente… y los tobillos suaves, las piernas torneaditas y el hombro libre de tela.
Ok. No volvería a quejarse de la mesa.
Se pegó la botella a la frente, acalorado.
—¿Te puedo acompañar? — miró a la chica, sonriendo afable.
—¡Phoebe! — se levantó, gratamente sorprendido. — ¡Claro que sí! ¡Qué genial verte!
Si bien la joven asistía a la misma preparatoria, tomaba clases especiales que la separaron un poco del resto del grupo. Ya se corría la noticia de que ese mismo año, ella se graduaría.
—También es lindo verte, Arnold — Phoebe era todo lo opuesto a Helga, en actitud, gustos y vestimenta. ¿Cómo eran amigas? pues misterios maravillosos de la vida. Mientras la rubia gozaba con prendas deportivas y holgadas, Phoebe se inclinaba hacia un look más delicado y sofisticado; siempre dulce y ahora también ¿coqueto, será la palabra? Sí, aunque no era una fashionista y que nadie se atreva quitar a Rhonda el puesto. Phoebe conservaba su aire maduro, inteligente y perspicaz. Se maquillaba, levemente, pero se notaba. Y sus lentes de ahora montura de pasta negra, cuadrados y sobresalientes por los lados de su cara, le daban una imagen de poderosa ejecutiva adinerada. Era guapa, no era de extrañarse que cualquier idiota sin cerebro la acosara. — ¿Cómo estás? — dejó su botella a un lado y una bolsa de botanas fritas entre los dos. — Helga me pega sus peores mañas. ¿Puedes creerlo? Yo, comiendo estas porquerías — señaló las frituras. – Come las que gustes, Arnold. Ahórrame el sentirme tan cochina después. — él rió de buena gana.
—Claro, Phoebe, gracias. ¿Cómo has estado tú? Hace mucho que no hablamos y Gerald… — calló de inmediato. Su amigo enfatizó el deseo de no querer hacer pública la relación hasta pasado unos días. No sabía si Phoebe sabía que él sabía.
—Descuida, Arnold. Gerald me dijo que habló contigo y no, no estoy molesta. Era lo que esperaba, teniendo en cuenta que son mejores amigos.
—Ya — sonrió tranquilo y dio un sorbo a su gaseosa.
—Helga es mí mejor amiga y debes suponer que ella habla conmigo, también. — escupió la soda.
Por Dios que él no era faltó de entendederas, en serio, pero no pensó que…
Con el rostro más granate que la propia sangre que brotaba de su lengua al morderla en las duchas, miró a la chica.
—¡Oh, Phoebe, lo siento! — la pelinegra había sacado un pañuelo blanco de su bolso y limpiaba los rastros del escupitajo de sus mejillas, frente, nariz y anteojos. — ¡Por Dios! ¡Perdóname! Voy por más servilletas y… — se levantó, avergonzado.
—Des… descuida, Arnold. Voy al baño, ¡ya regreso! — se levantó y él regresó a dejarse caer patéticamente en la silla. Se dio con un puño en la frente y cerró los ojos, sintiendo cómo el espacio se hacía pequeño y el aire apenas entraba por hilitos a sus pulmones.
—¡Volví! — Arnold saltó en su sitio. — No quiero perderme el inicio – acomodó su falda y tomó asiento. Se miraron. Ella no parpadeaba en lo absoluto y él lo hacía demasiado, cómo una especie de tic macabro e insoportable; tan raro como la escalofriante manera de parpadear de su primo Arnie. — Arnold…
—Phoebe, yo…
—Aclaremos un par de cosas y después, decidiré si estoy o no de tu lado — indicó, como una recia maestra a su más puberto alumno. Él tragó en seco, todavía con la bebida Yahoo por la mitad. — Helga es muy importante para mí. Ella… es única. Y tú, Arnold, eres un chico amable y bastante noble. Demasiado para tu propio bien, como ella suele decir, ¿no es así?
—Yo…
—No quiero creer que te estás burlando de ella, o aprovechándote, porque si ese es el caso, Arnold, yo sé de esgrima y taekwondo. Mi padre tiene espadas expuestas en la sala y yo podría…
—¡Phoebe! — bramó, y varios en la estación giraron a verlos. Se sonó el gaznate y enderezó la espalda, como quien está teniendo una interesante charla, cuando lo que deseaba era pitar con pies en polvorosa de los nervios que le engullían las entrañas.
Por supuesto, no lo haría. Porque su cerebro no atajaría siquiera la espantosa idea de burlarse de Helga o jugar con ella. Estaba nervioso porque era un estúpido enamorado y Phoebe debía tenerlo claro.
—Yo no sería capaz de eso, nunca. Phoebe, yo… con Helga…
—Tienen historia, lo sé. — Sonrió, aunque Arnold no confió al cien en aquel gesto. Tan rápido como llegó, desapareció, y Phoebe regresaba a ser la despampanante y recia maestra de un tonto puberto ilusionado y hormonal hasta los tuétanos. — Por ello necesito que tengas en claro lo que sientes, antes de atreverte a abordarla como lo hiciste.
—Helga pide las cosas de frente, Phoebe. Sin rodeos, directo al punto. Yo también la conozco, también sé…
—Conoces apenas una parte, Arnold.
—Sé que me ama – dijo, sintiéndose fuerte y orgulloso. — Y yo…
—¿Te parece eso suficiente, para quererla tú a ella también? Piensas irte a San Lorenzo cuando seas mayor de edad y para eso no falta mucho. ¿Qué ocurrirá entonces?
—Phoebe, esto no pasajero. No es un rato y chao. No. Esto que siento es real. Y sobre San Lorenzo… lo hablaremos llegado el momento.
—Conócela — se inclinó sobre la mesa, acercándose. El lugar parecía estar más lleno que nunca y era todo un verdadero alboroto de risas, gritos, bromas y saludos. — Conócela, Arnold. Tienes que hacerlo, y así sabrás.
—La conozco — declaró, sacando el pecho. — La conozco de toda la vida.
Y en su mente se proyectó una fila de imágenes precipitadas, una sobre otra, pero nítidas y muy entrañables. Algo que dijo sobre su lazo rosa. Su gorra. Un carro alegórico y pequeños momentos en el viejo Pete y el campo Gerald. El Cher París, una obra. Acción de Gracias. La playa. Industrias Futuro, el tango y hasta una goma de mascar compartida.
Todo siendo niños. Después, ¿qué sucedió? La buscaba con la mirada al no sentir las bolitas de papel con saliva enredarse en sus cabellos. Se soltaba el pelo pero el lazo siempre estaba presente. Lucía preciosa en los campos y los chicos pensaban cochinadas con tan solo verla. Él incluido, para qué negarlo. Nunca fue un pervertido, sin embargo, allí estaba Helga, descarriándolo de sus canales santos y puritanos, otra vez. Porque era hermosa como pocas e inalcanzable como ninguna. Y porque lo besó tres veces (niños, de nuevo) y él la abrazó otras tantas. Porque olió su perfume mezclado al sudor y deliró con atravesarla y fundirse en su piel. Se dejaba teclear por ella en los juegos de fútbol, cual muñequito de trapo, tan solo para sentirla cuerpo a cuerpo.
—Yo…
—¿Sabes por qué su familia asiste a terapia? — él miró a la chica, interesado.
Harold y Sid competían por quién podía meterse la mayor cantidad de maníes en la boca y había un tremendo alboroto por ello. Phoebe rodó los ojos, un poco exasperada. Miró por un minuto al grupo antes de continuar.
—Amenazó con hacer algo que no me atrevo ni a pensar ya, por lo que no te lo diré. Pero lo hizo, los encaró y amenazó. Bob y Miriam la vieron y fue como si la notasen por vez primera. Se preocuparon y aceptaron apoyo. No son malas personas, solo que a veces… hay gente que necesita más ayuda y uno que otro empujón, para reaccionar. — Phoebe no apartó los ojos de los suyos, atenta y concentrada. — Aún asiste con la Dra. Bliss pese a que ya es adolescente, pero eso todos lo saben. Más que como doctora-paciente, creo que se ven como amigas. No sé siente muy bonita aunque yo creo que está superando en belleza a Olga y aun cuando recibe muchos halagos, varias obscenidades y una que otra invitación a salir para… "pasar el rato", el único chico que le hizo un verdadero regalo fue Lorenzo. — se apoyó en su silla, cruzando sus brazos. — Por eso nunca se quita el arete.
Arnold respiraba agitado, labios entreabiertos y ojos despiertos. Más despiertos que nunca.
Dejó de parpadear.
Quiso aplastarse la cabeza contra la madera. Quitarle una pata a la mesa y apuñalarse, o ahogarse con un montón de maníes como Sid en ese instante.
Lo que fuese para sufrir carnalmente, y no sentirse tan ajeno y abatido espiritualmente.
—Yo… Phoebe… — tenía razón, no conocía ni la cuarta parte de lo que era Helga G. Pataki.
—Lo ves, ¿no?
—Quiero saberlo — se pasó la lengua por los labios, sintiendo las grietas en aquella porción de su epidermis. — Quiero saberlo todo. Phoebe, en serio, por mi vida. Quiero acercarme, conocerla. ¡Por Dios que sí! Y no es para lastimarla, todo lo opuesto. Yo… me gusta. Me gusta mucho, Phoebe. De verdad. Me tiene…
—Ya, entiendo — se acomodó las gafas por encima del puente de la nariz. Arnold no sabía cómo interpretarla.
Phoebe medía un metro cincuenta. Menuda, delgada y acomodadita como muñeca de tocador. Pero tenía una mirada que podía helar cual serpiente de cascabel.
También estaba lo del esgrima, el taekwondo y las espadas de su papá.
—Te creo, Arnold — una nueva sonrisa, más amable, mostrando toda la blanca dentadura. — ¡Bueno! Te creo más que Helga. Ella duda, y mucho. De sí misma y de todo el mundo. — Arnold sintió dolor en el pecho. — Por ello te estoy diciendo todo esto. ¡Vamos, que siempre me tuviste en tu equipo! Pero no fue mentira, lo de las espadas, digo. Si me entero…
—¡Te lo prometo! — exclamó, mano en alto de modo automático. La joven rió.
—No le digas que te dije… digo, esto. Porque… — por primera vez desde que llegó, la notó nerviosa. — Me mataría. — susurró, tan dramática que Arnold largó una risa, distendiendo sus engarrotadas articulaciones. Phoebe lo imitó. — Te creo y me alegro, Arnold. ¡Me alegro muchísimo! — chilló como una colegiala y dio una palmada.
Arnold se sorprendió, de buen grado. Esa reacción de parte de la mejor amiga de Helga, le inyectaba una potente dosis de fe sólida y vivacidad. Optimismo, aquel optimismo ciego que llegó aferrado a su núcleo desde su nacimiento.
—Gracias, Phoebe — sonrieron y chocaron las botellas.
Después, el telón se abrió.
N/A:
Con respecto a los padres de Helga, quise tomar las cosas buenas que pudieron ambos reflejar en algunos capítulos de la serie; Bob en el día de padre e hija, por ejemplo. Miriam en El Viaje o en la reina de los localizadores. Los dos en el día de Acción de Gracias... pequeños momentos que los mostraron verdaderamente interesados en su hija menor. Helga merece unos buenos padres y mejor tarde que nunca. Por ello la idea de enviarlos a terapia, en lugar de optar por el abandono o hasta la violencia física, como pude leer en una que otra historia.
Un abrazo a distancia, mis corazones.
Nos leemos en el próximo y último capítulo,
Yanii.!
