Esta historia que aún no sé cuántos capítulos tendrá (¿tres? ¿seis? Algo así) tiene como protagonistas por supuesto a Diego de la Vega, y a una chica llamada Josefina. Ya escribí otro par de historias con ellos (Inmortal e Inolvidable); esas dos están en el mismo universo. La presente historia, sin embargo, es en un universo distinto: los mismos personajes pero las cosas pasaron diferente.
El camino
I
Hacía más de una hora que la diligencia había dejado San Diego atrás cuando Josefina despertó. Lo primero que vio fue la cortina de terciopelo oscuro entreabierta y del otro lado, la luz enceguecedora de la media tarde.
Y en eso, tomó conciencia de que hacía rato que a sus oídos los venía acariciando una voz:
"...por la poesía de finales del siglo diecisiete, si bien reconozco la agudeza de la del siglo pasado."
"¿Y qué me dice del Cantar del Mío Cid, don Diego?"
"Un clásico por excelencia, recuerdo que los primeros versos…"
Uno era el Padre Felipe. Pero el otro, el de la voz…
Don Diego.
Al fin se topó con sus ojos:
"...y por eso considero que es una obra muy… hermosa."
El calor junto al bamboleo constante del carruaje le dieron al momento un tono irreal y transparente.
Don Diego…
"Ah, hija, ¿pudiste descansar algo? Déjame presentarte a don Diego de la Vega, de Los Ángeles. Don Diego, la señorita Josefina Iglesias."
"Sí. Mucho gusto, don Diego."
"Le aseguro, señorita, que el gusto es mío."
"Y… le ruego me disculpe, me avergüenza un poco haber estado dormida, pero ayer viajamos toda la noche y no pude dormir nada."
"No hay por qué avergonzarse, sé lo pesado que resulta un viaje así. Me dijo el Padre que vienen de Monterrey."
"Así es, voy a visitar a mis tíos en Los Ángeles y me quedaré una temporada."
"Espero se sienta a gusto en nuestro pueblo. ¿Lo ha visitado antes?"
"Una vez, pero no recuerdo casi nada, estaba muy pequeña."
"Bien, si usted y sus tíos están de acuerdo, estoy a su disposición para mostrarle la ciudad."
"¡Ahhhh, la juventud! Solo por tratarse de usted, señor De la Vega, no le doy un bibliazo en la cabeza."
"¿Sí, Padre? ¿Y por qué por tratarse de él?"
"Bueno, no es mi intención darle más alas de las que ya tiene, pero a este joven lo conozco desde que nació y sé que es un caballero honorable. Estoy seguro de que tus tíos consentirán."
"¿Y usted, señorita? ¿Consentiría?"
"Pues… nos conocimos hace dos minutos. Es algo pronto, ¿no cree?"
"Ya ve, debo compensar por todo el rato que estuvo usted jugando a ser la bella durmiente, papel que le sienta muy bien, por cierto."
Toda la conversación había surgido en tropel, como una tira de papel que le saliera de la boca sin pensarla antes, sin analizar. Eso no era común: siempre media Josefina cada palabra que iba a decir, temía decir algo equivocado o tomar una mala decisión, fuera de lo más simple a lo más trascendental, el peso de las posibilidades no le era fácil de cargar. Sin embargo, aquí aún se sentía tal vez en parte dormida o más bien, sumergida en una ensoñación. Y por cierto que no tenía ninguna intención de salir de ella:
"De acuerdo. Será usted mi guía."
Pero él dejó de mirarla. Su expresión cambió de pronto, como si una sombra la oscureciera.
"Señorita, Padre: ¡atrás!"
"Hijo, ¿qué-"
Ella volteó a mirar: en su ventana había un tipo a caballo que le dio una sonrisa de escasos dientes negruzcos, para entonces treparse a la diligencia de un salto.
"¿Qué pasa?" Se rodó hacia el otro lado, junto al Padre; ahora sí que estaba bien despierta.
"Si les piden dinero o joyas, dénselos."
"¿Y usted para dónde va?"
Entonces vio a ese hombre tan guapo y elegante, que instantes atrás había estado hablando de poesía española y diciéndole cosas bonitas, sacarse la chaquetilla-
"Mis excusas."
-y salir por la ventana para subirse al techo tras el desdentado.
"¡Está loco! ¿Qué está haciendo? ¿Padre?"
"Dios está con nosotros", se santiguó.
Avanzaban a toda velocidad. Arriba se oían golpes, ruidos, el crujir de la madera, y más allá, los gritos del cochero.
Josefina estaba a punto de decir algo, cualquier cosa incoherente y de poca ayuda, cuando se quedó muda: otro jinete se aparecía en la ventana y se unía a la invasión.
Al fin reaccionó.
"¿Muchacha, qué estás haciendo?" soltó el Padre al verla remover el par de alforjas que había en el piso y esculcar entre los asientos y las cortinas.
"¿Aquí no hay una pistola, un palo o algo?"
"Qué va a haber pistola ni qué nada, tú y yo no somos soldados así que siéntese y quédese quieta."
"¿Y ese don Diego es soldado acaso? ¡Tenemos que ayudarlo!"
"Más lo ayudamos quedándonos aquí, ¿qué vas a hacer, encaramarte al techo también, ah? ¿Lo vas a hacer?"
"No pero-"
"Quédate quieta que-"
El estrépito de arriba se fue hacia un lado y de pronto cesó. Josefina se asomó a la ventana:
"¡Se cayeron! Padre, don Diego se cayó y esos hombres también, tenemos… ¿qué vamos-"
Una mano antigua y huesuda se cirnió sobre su muñeca y la obligó a sentarse.
"Siéntese y quédese quieta."
Entonces lo vio por la otra ventana: tres hombres más, con una mano en las riendas y la otra en una pistola o rifle, ya los habían alcanzado.
Josefina obedeció, desfilando por su mente opciones que eran cada una peor que la anterior, como tratar de razonar con los bandidos o saltar ella y el cura de la diligencia en movimiento.
Ahora eran como dos muñequitos de cera dentro de una caja que se mecía para todos lados y los cocinaba y los asaba en el vapor del verano y del miedo. No había nada que hacer: sí, quedarse quietos, entregar el poco dinero que traía y esperar que don Diego estuviera bien. Lo había visto caer (¿o lanzarse?) junto a los dos tipos (¿o empujarlos?) pero… ojalá pudiera mostrarle la ciudad de todos modos. No habría esperado tanta valentía de parte de un admirador de la poesía de no sé qué siglo.
¿Cómo puedes pensar en eso cuando está en riesgo tu vida?
Tal vez sea un mecanismo de supervivencia.
Pues reúne todos los que tengas de esos porque los vamos a necesitar.
Y de repente, los pensamientos dispersos fueron sustituidos por una alarma ciega y la incomprensión de ver todo dando vueltas; los asientos arriba, luego una ventana abajo, y ella tratando inútilmente de asirse a algo, punzadas de dolor apareciendo en distintos sitios: cabeza, hombro, espalda, rodilla, no valía la pena tratar de llevar la cuenta.
Al fin, la diligencia dejó de dar tumbos.
"¿Padre?" llamó, tratando de enderezarse y de buscarle un arriba y un abajo a aquello que la rodeaba. "¿Padre? ¿Está bien?"
"Sí" resopló él. Tenía el labio inferior abierto en una herida sangrante. "Toma."
"¿Qué es eso?" De algún lugar, el Padre Felipe había sacado un estuche pequeñito forrado en gamuza.
"Es la reliquia que traigo al pueblo, creo que andan detrás de ella. Es invaluable... tómala y corre."
"¡No voy a dejarlo aquí!"
"Que corras dije, yo los distraigo."
"Pero-"
"¡Sin peros! ¿Tienes idea de lo que esos hombres podrían hacerte a ti?"
Sintió que las lágrimas le quemaban la garganta. Se guardó la cajita en un bolsillo del vestido. Le dio una última mirada al cura, a quien su padre la había encomendado para el viaje.
"Voy a buscar ayuda" dijo sin convicción. Lo vio darle la bendición con la mano derecha.
Josefina se arrastró fuera del siniestrado carruaje por una de las ventanas y fue al ponerse en pie que notó una presión en el tobillo como si se lo estuvieran apretando con unas tenazas. El cochero no se veía y los bandidos tampoco, pero no tardarían en llegar. Empezó a caminar hacia lo más espeso de las matas y lo más intrincado de las rocas, con dolor a cada paso, ya saltándole el llanto, andando más a prisa, intentando correr, tropezándose a momentos, sosteniéndose la falda y mirando por encima del hombro cada tanto, segura de que una figura monstruosa y sin dientes le pisaba los talones.
