II
Con este paso se alejaba un poco más, y este otro era necesario para dar el paso siguiente, aunque le torturaran el tobillo uno sí y otro no y la tierra y la hojarasca avanzaran abajo a prisa sin tener una idea real de a dónde iba.
Se detuvo en seco junto a una formación rocosa el doble o triple de su altura, su propia respiración le parecía ensordecedora. Contuvo el aliento y escuchó: no se oía nada, o se oía mucho: como si el silencio la estuviera mirando y algo fuera a saltarle encima desde cualquier árbol o rincón.
Si sigues andando por aquí te vas a perder.
Ya me perdí.
¿Me estarán siguiendo?
No.
Sí.
Tomó aire de nuevo y pensó en el Padre Felipe y en don Diego y en si los volvería a ver alguna vez.
¿Alguien la volvería a ver a ella alguna vez?
Estaba a punto de decidir si seguir en línea recta como venía haciendo o torcer hacia la derecha (tal vez fuera buena idea intentar acercarse de nuevo al camino) cuando lo oyó: algo muy leve, pero inequívoco.
Dios mío.
Vaciló entre quedarse inmóvil o arriesgarse a hacer ruido.
No lo pensó más: se agachó entre unas rocas y arbustos, segura de que cada movimiento había sido escuchado hasta Los Ángeles.
Se concentró en el suelo; algunas grietas se abrían camino en el marrón rojizo terroso, había piedritas y raíces pequeñas desperdigadas por aquí y por allá. El sol le pegaba en un brazo y de pronto se vio a sí misma con nueve o diez años, jugando a las escondidas con sus primos en una hacienda ahora remota, en otro mundo u otra vida.
Me duele.
No pienses en eso.
Respira.
No se oye nada.
Dios, esto está pasando de verdad.
No puede ser.
¿Qué voy a-
"¡Señorita!" Algo como una luminosidad oscura le cubrió los bordes de la visión; tuvo que parpadear duro antes de atreverse a mirar. "¿Qué hace por aquí tan sola?"
Del diálogo mental que a veces tenía consigo misma no quedó ni rastro. No había nadie más, ni su padre para protegerla, ni su madre muerta, ni sus tíos, ni la maestra de piano que tuvo alguna vez, mucho menos el Padre Felipe. Estaba sola, con el pánico estallándole por dentro.
"Aléjese" logró decir al ponerse de pie.
"¿O si no qué, eh?"
"Van a venir los soldados y se lo van a llevar preso y lo van a colgar."
La mueca que quería pasar por sonrisa desapareció del rostro ruin y mal afeitado:
"No hay ni un soldado en kilómetros y kilómetros, así que no crea que me asusta con eso. Usted tiene algo que nosotros queremos y me lo va a dar ahora mismo-" En su mano apareció una navaja: "-si quiere conservar esa cabecita pegada al resto de su mercé."
Por un segundo no supo a qué se refería y entonces fue cuando el estuche que le dio el cura se le hizo de plomo en el bolsillo. ¿Cómo era posible haberse olvidado de eso? Tenía los pensamientos como fragmentados.
"Yo no tengo nada" puso todo su esfuerzo en que no le temblara la voz.
"Mire, esto puede ser por las buenas o por las malas, usted decide."
"¡Yo no tengo nada!" repitió.
Bien se lo había dicho su padre más de una vez: no era buena para mentir.
"Como guste."
Echó a correr por inercia, por hacer algo, pero no había andado ni cinco metros cuando el tipo la alcanzó.
"Deme el cofre, señorita."
"¡Suélteme!"
"Démelo y después los dos podemos pasarla bien junt-"
Uno de los intentos de patada de Josefina logró su objetivo en la pierna del hombre, pero solo consiguió que la sujetara con más fuerza.
"A ver, ¿estará por aquí?" Le pegó en la cara el aliento a licor rancio. Trató de gritar pero solo le salió algo como un sollozo.
No había salida. La atrapó el monstruo, desdentado o bigotón, da lo mismo. Cada intento era inútil.
Y de pronto, genuinamente no supo qué había ocurrido, solo que el tipo la había soltado y ella había caído sentada al suelo. Una lucha se desarrollaba, golpes iban y venían, alguien le estaba dando una paliza al malhechor, quien luego de varios puñetazos certeros a la cara y la barriga quedó tendido de largo a largo en el suelo.
El que estaba de pie se volvió hacia ella. Un mechón de cabello le caía sobre la frente; ya no cargaba ni chaleco ni corbata, y la camisa blanca ya no lo era tanto, sucia con tierra y polvo en gran parte de su superficie. Parecía otra persona diferente al don Diego que conoció en la diligencia, y sin embargo, claro que era el mismo.
"Señorita" vino a su lado: "¿Se encuentra bien?"
Asintió repetidas veces con la mandíbula apretada; no quería llorar.
La ayudó a levantarse: "¿Segura? ¿No está herida?"
Negó con la cabeza.
"Tenemos que alejarnos pronto, si ven que este no vuelve, no tardarán en venir."
"El… el padre Felipe está en el carruaje, ahí lo dejé, él me dijo que corriera, tenemos que ir a buscarlo."
"Vengo de allá, de donde se volcaron."
"¿Y?"
"Ya los bandidos estaba ahí. No me vieron pero… al Padre no lo pude ayudar, llegué muy tarde."
"¿Qué quiere decir?"
"..."
"¿Lo mataron?" No era posible. Tenía que oírlo: "¿Ah?"
"Sí. Lo mataron."
Y aún habiéndolo oído parecía irreal. El cura amigo de su padre, amigo de todos, que cuando visitaba Monterrey siempre estaba en los bautizos, las bodas y los velorios, y le había regalado una estampita de la Virgen al saber que era huérfana de madre, para recordarle que tenía dos mamás en el Cielo. El que le dijo que corriera…
"¿Está… seguro?"
"Lo siento… yo también lo conocía desde hace mucho."
Ya para qué aguantar las lágrimas; se le desbordaron.
"Escuche" la sujetó por los hombros: "Sé que todo esto es terrible, pero debemos irnos. Josefina… míreme. Míreme, por favor."
No quería ni mirarlo ni hacer nada, solo dejarse caer de nuevo y olvidar que este día del infierno había amanecido.
"Josefina." Al fin enfocó los ojos en los de él: "Allá quedaron tres bandidos y pude ver que están armados. Pronto vendrán por nosotros si no nos movemos de aquí. Necesito que camine conmigo y no se separe de mi lado. ¿De acuerdo?"
Se limpió algunas de las lágrimas aunque más atrás venían otras:
"¿Para dónde vamos?"
"Por el momento, hacia aquellas colinas. Por ahí les será más difícil seguir nuestro rastro por el tipo de terreno y vegetación." Parecía tan seguro de lo que estaba haciendo, que si le hubiera dicho que la mejor opción era sentarse ahí mismo a jugar a las damas, ella lo habría hecho.
"Está bien… vamos."
Él la tomó del brazo, por si las dudas, no se fuera a tropezar: tenía la mirada perdida.
Echaron a andar. Del dolor en el tobillo no dijo nada.
(...)
Nota: en el capítulo anterior creo que no mencioné que escribo estas historias con el Zorro de Disney de 1957 en mente. Y otra cosa: la verdad amo cuando don Diego usa sus habilidades de Zorro y pelea como él mismo, así que quise escribir algo de eso. ¡Gracias por leer!
