III

"¿Le molesta un pie?"

"¿Ah?"

"Parece que está cojeando un poco."

"Ah…" ¿Se sentía capaz de decir otra cosa que no fuera "ah"? Con la imagen mental del padre Felipe muerto en una diligencia volcada en un camino polvoriento, a manos de unos vulgares ladrones y asesinos, no mucho. Pero trató: "Es que un zapato me incomoda, pero un poco nada más."

Bordearon unas rocas de tamaño mediano y siguieron avanzando entre unos matorrales.

"Más adelante hay un río, podemos parar a tomar agua y así descansar unos minutos."

"¿Conoce esto por aquí?"

"No exactamente pero ¿ve aquellos árboles? Quiere decir que hay agua cerca."

"Ah… ¿Y eso lo aprendió dónde?"

"La verdad ya no lo recuerdo, probablemente en algún libro. Espere."

Volteó a mirar el camino por donde acababan de pasar. O más allá. Viendo u oyendo algo que para Josefina resultaba invisible. Al fin retomó la marcha:

"No nos siguen aún, o al menos no de cerca."

"¿Aún?"

"Si esa reliquia es tan valiosa como creo, no se darán por vencidos."

De nuevo el estuche en su bolsillo pareció dar un salto:

"¿El Padre le contó?"

"No. Pero los oí hablando y…" Hizo una pausa. ¿Para medir sus palabras, o porque como a ella, le costaba creérselo? "Revisaron al Padre y el equipaje, no encontraron nada así que imagino que lo tiene usted."

"Tal vez si se la hubiéramos entregado, nos hubieran dejado en paz y el Padre… no estaría muerto y nosotros no estaríamos aquí."

"Ellos pagarán por lo que han hecho. ¿Segura que está bien?"

El bendito tobillo. Por lo visto a don Diego no se le escapa nada.

"Sí, ¿y usted? Tiene…"

"¿Esto?" Tenía un corte en una ceja. "No es nada."

Parecía más que nada. Del otro bolsillo, el que no le pesaba, Josefina sacó un pañuelo bordado:

"Tenga."

"Gracias, señorita." Se limpió la herida.

"¿Duele?"

"No."

"¿Seguro?" Les sucedió un atisbo de sonrisa y de normalidad, como si las circunstancias fueran otras por un instante: "Cuando lo vi salir volando del carruaje pensé que como mínimo se partiría la cabeza en dos."

"Bueno, tuve suerte. También hay que saber cómo caer, idealmente de lado y sobre un hombro."

"¿Y cómo se aprende eso?"

"En el libro adecuado, también."

"No he leido ese..."

"Gracias de nuevo. Lamento haber arruinada su pañuelo," se lo guardó.

Gracias. Es solo una palabra. Ella quería decir más y no sabía qué. Mejor decirlo y ya, como saliera:

"Soy yo la que tiene que darle las gracias a usted. A ti." Salvarse la vida, prestarse pañuelos: todo eso ameritaba tuteos: "Gracias. Diego."

"Para servirte. Lo digo en serio."

Siguieron caminando bajo el sol hirviente.

(...)

El agua sabía a fresco y a limpio. Josefina recogió un poco más en la mano ahuecada y bebió. En el fondo del riachuelo, varios pececitos se escurrían entre las piedras.

"Mejor, ¿no?" preguntó Diego a sus espaldas. Estaba en cuclillas y se había arremangado la camisa.

"Créeme que sí."

"Pronto va a oscurecer. Tenemos que buscar algún sitio donde pasar la noche."

"¿Cómo?"

"Llegar a Los Ángeles nos tomaría al menos dos días caminando, eso sin dormir."

"Pero…"

¿Pero qué?

Si volvemos al camino…

Nos encontrarían más fácil los bandidos.

Y si…

¿Y si qué?

"¿No hay nada poblado por aquí, un caserío o algo?"

"No que yo sepa."

Vino a sentarse en una roca al lado de él. El sol había empezado a colorearlo todo con esa especie de anaranjado oscuro.

"Bueno, pero… ¿y si nos encuentran?"

"Por eso quiero que tengas esto."

Una navaja. Resultaba desagradablemente familiar.

"¿Se la quitaste al…?"

Asintió, para entonces tomarle la muñeca derecha y depositarla en su mano:

"Vas a sostenerla así" cerró sus dedos sobre los de ella: "Si-"

"Espera, espera, no, ¿por qué no la tienes tú mejor?"

"Ellos son tres. Si me entretengo con uno o dos, aún quedará otro que podría ir por ti."

Trató de apartar la idea de esa posibilidad. Era muy real.

"¿Y tú no tienes otra cosa, un arma?"

"Si se la quito a uno de ellos, sí." Lo decía con tanta facilidad. ¿Hablaba siquiera en serio? Con lo que había visto que podía hacer, al parecer sí. "Busca el cuello, preferiblemente, acá o acá" señaló en el suyo: "Si no, en el ojo o donde puedas. Y tienes que aplicar fuerza al primer intento, porque para una segunda vez ya estaría prevenido y sería más difícil."

Josefina miró el objeto en su mano, el mango de madera y la hoja de metal. Una cosa es buscarlo en un momento de adrenalina, y otra tener que usarlo para… defender su vida:

"Espero que no llegue a eso."

"Yo también, pero hay que estar preparados. Y confío en que podrás hacerlo."

"No confíes tanto…"

"Confía tú."

Eso sí. En él confiaba, aunque lo hubiera conocido, ¿hacía cuánto? ¿Cuatro, cinco horas? Parecía más.

(...)

Cada minúsculo ruido (el escaso viento en alguna igualmente escasa rama, un insecto o su propia imaginación) le daba un escalofrío, aunque la noche estaba más bien cálida, incluso dentro de la pequeña cueva que habían encontrado. Bueno, que Diego había encontrado. Era prácticamente una hendidura en la ladera rocosa de una montaña. Él no lo dijo, pero ella dedujo el por qué del sitio: aparecerían por un solo lado y así los verían venir.

Si es que vienen.

Vendrán.

No.

Qué bueno que él está aquí.

Sí… qué bueno.

Había que estar en silencio, él lo dijo. Y sin embargo, fue quien lo rompió:

"Trata de dormir un poco" dijo en un susurro grave. Solo lograba adivinar sus facciones en la oscuridad: "Yo voy a estar pendiente."

Si había podido dormir sentada en la diligencia, podía hacer lo mismo aquí, ¿verdad? La diligencia… el padre Felipe con sus lentes y su sotana raída en los bordes de las mangas... Monterrey, los bandidos, la estampa de don Diego cuando lo vio por primera vez hablando de libros y de poesía, su padre diciéndole adiós cuando empezó a alejarse, la sonrisa de tres dientes negros que vio por la ventana, caminar, correr, Diego a su lado, todos los sucesos del día le rodaban por la mente pendiente abajo, cayendo y tropezándose con la oscuridad, lo único cierto es que tenía miedo; eso, y que él seguía a su lado.

Y su mano se encontró con la de él.

"Está bien" lo oyó de nuevo. "Todo va a estar bien."

La misma voz con la que iba soñando en la diligencia… allá, el Padre y sus lentecitos, los monstruos en la ventana y en la puerta y en todos lados.

(...)

Alguien le cubría la boca para que no gritara.

Instintivamente trató de luchar, sin saber qué pasaba o dónde estaba, pero en eso vio el rostro de Diego; algo de luz de luna se colaba por algún lugar.

Se llevó el índice a los labios: silencio.

Ella asintió con el corazón retumbándole.

¿La navaja?

Tanteó alrededor y la encontró. Acá está.

Él puso sus manos sobre las de ella y ya se iba a ir, cuando lo detuvo con ojos aterrados.

Leyó sus labios:

Confía en mí.

Y desapareció, no supo ella en qué dirección, si estaba a dos metros o a dos cuadras.

Apretó la espalda contra la pared de roca, empuñando el cuchillo como si fuera un paraguas.

¡Así no!

La hoja hacia el otro lado.

Así.

Con los sentidos pendiendo de un hilo, hurgando el silencio y la oscuridad, esperó.

(...)

Notas:

Había olvidado mencionar que la idea de que a Josefina la acompañara en el viaje el Padre Felipe, la tomé del padre que acompañó a Anita Campillo también en la diligencia.

La idea general de esta historia me surgió luego de ver la película "The Ballad of Buster Scruggs", la cual se divide en seis mini películas o cortometrajes. Específicamente, la que se llama "The gal who got rattled".

¡Gracias por leer!