IV
Cuando era pequeña y jugaba a las escondidas y se ocultaba dentro de un barril, entre un montón de trastes en el cobertizo o debajo de las pilas de heno en el establo, siempre tenía esa sensación de susto expectante, de aguzar los sentidos hasta romper esa tela opaca del silencio y al fin oír a su prima Rosita o su primo Alberto acercándose. La incertidumbre de lo que vendría: ¿ganar el juego o perder? ¿Tener que correr o seguir oculta e inmóvil?
(¿Vivir o morir?)
En todo esto pensaría después, no mientras esperaba absurdamente sentada en la cueva a que algo pasara, sea lo que fuere, ciertamente no Rosita gritando ¡uno, dos, tres, Josefina, te encontré! sino esto otro: pasos. Ruidos de lucha. De alguien que cae al suelo y de un juramento seguido por un disparo que le heló la respiración.
Diego.
Dios mío.
Juntó la cordura necesaria para hacer el cálculo rápidamente: él había vencido a dos hombres sobre una diligencia en movimiento (y ni hablar de la caída) más el que la había seguido a ella, tres. Seguro podía contra tres más, tenía la ventaja del elemento sorpresa.
¿No?
Se preparó para clavar la navaja en lo primero que se moviera.
¿Y si es él? ¿Y si lo hiero a él?
No, él no lo permiti-
El pensamiento se le atragantó en algún lugar de la mente al notar una alteración en las sombras alrededor. Muy cerca. Ya en la cueva y no la habían visto.
Una duda rezagada le tensó el brazo.
Vivir o morir.
Con fuerza, dijo él.
Bueno.
Y clavó el cuchillo.
El alarido que siguió la sorprendió más que la misma y desconocida sensación de apuñalar a otro ser humano. Josefina se puso de pie de un salto y se agazapó contra la pared, apenas ahora dándose cuenta de que había dejado el arma incrustada en la pierna como en un alfiletero; ahora él la sacaría y le rebanaría el cuello por idiota.
Tal vez debía correr...
Pero no: increíblemente, fue él quien, quejándose y lloriqueando, se alejó de ahí.
Casi grita cuando un instante después, una figura alta apareció frente a ella y la sujetó por los hombros.
"¿Estás bien?"
"Sí."
"¿Por dónde se fue?"
"Por allá."
"Quédate aquí."
Ni lo sueñes.
Echó a correr tras él.
Ya el primer paso le trajo el poco grato recordatorio del tobillo, algo como una bota gruesa varias tallas más grande, que de todos modos le comprimía la articulación con un dolor agobiante. Aún así, se aguantó e hizo lo posible por seguirle el paso entre la tiniebla general, las rocas y la maleza. No veía nada que no fuera su camisa blanca que resaltaba en la oscurana, solo eso debía ver y seguir y… ¿y si alguien la venía siguiendo a ella? Echó un vistazo por encima del hombro, pero no: si él le dijo que se quedara, es porque no había peligro. Era porque los otros dos…
Al fin lo alcanzó.
"Por favor, señor, por favor…" decía el otro.
Diego lo tenía sujeto por las solapas de la chaqueta y prácticamente alzado en el aire. Josefina se acercó más y lo pudo ver mejor: aunque no era tan bajo de estatura, su cara delataba apenas unos 14 o 15 años.
"Por favor..."
"¿Qué edad tienes?"
"T- trece, por favor, yo no quería, mi padrastro… me dijo que lo ayudara hoy, yo nunca he hecho nada de esto, él… me iba a matar si no lo ayudaba, yo no quería, por favor, señor…" A los ruegos los interrumpían los sollozos y viceversa.
"¿Dónde está tu madre?"
"Murió, el año pasado… por favor…"
"¿Tienes otros familiares?"
"Mi abuela…"
"¿Estás consciente de que participaste en el asesinato de un hombre? De un sacerdote, para ser precisos."
"¡No! ¡Yo no! Yo no hice nada, fue el otro, yo no quería…"
Ya lloraba a moco tendido.
"Presta atención" Diego lo zarandeó: "Nunca olvido un rostro, así que puedes jurar que del tuyo me acordaré. No quiero verte ni robando así sea una gallina, ni mucho menos haciendo daño a una persona-"
"No, no, nunca más-"
"-ni siquiera tropezando a alguien sin ofrecer una disculpa, si es que no quieres terminar como tu padrastro y los otros, o en la horca. ¿Está claro?"
"¡Sí, sí! Lo juro..."
Lo soltó al fin.
"Déjame ver eso."
La navaja seguía en la pantorrilla. Diego la retiró de un solo jalón y sin miramientos.
"¡AHHH!"
"No está tan mal, no necesita torniquete. Ahora ve directamente con tu abuela."
"Sí, señor, perdone..."
"Te voy a estar vigilando. Vete."
Se fue cojeando, los sollozos de cuando en cuando interrumpiendo el silencio hueco de la noche.
Diego iba a decir algo, pero ella habló primero:
"Yo lo herí. Es un niño". Aún lo veía a lo lejos entre los árboles.
"Teníamos que hacerlo. Nos estábamos defendiendo."
"Él no me hizo nada... debí esperar a ver si me atacaba o algo."
"Escucha, Josefina: si te atacaba, quien quiera que fuera, después iba a ser muy tarde para hacer algo. Cuando los vi en el camino no pude verle la cara, no podíamos saber que era un niño. Además, él va a estar bien."
"¿Y los otros?"
"Ya no nos perseguirán."
Su voz era nuevamente cálida y sosegada. Como si fuera otra persona, o dos versiones del mismo, que convivían en conjunto y no todos habrían podido conocido en un solo día.
(...)
"Creo que aquí estaría bien. O no tan mal. ¿Qué te parece?"
El nuevo refugio, si podía llamarse de ese modo, consistía en un parche de pasto bastante crecido bajo un par de árboles añosos.
"Me parece un palacio. Estoy agotada."
De inmediato se dejó caer sobre un suelo inesperadamente mullido, a la vez que el tobillo suspiraba de alivio. El tronco como espaldar era más cómodo de lo que hubiera podido esperarse.
"¿Tienes hambre?"
"Ahora que lo dices… sí, algo. No me había dado cuenta, qué raro."
"Apenas amanezca buscamos algo para comer."
"¿Algo como qué? ¿Vas a cazar un… búfalo con dos piedras?"
"No creo, para eso se necesitan tres o cuatro."
Qué raro es todo, sí; estaban nuevamente como al principio en el carruaje, sentados frente a frente, pero ahora ya no como extraños sino con un equipaje compartido.
"¿Qué hora crees que sea?"
Miró al cielo y ella lo imitó. Entre las copas mayormente despobladas, se asomaban los puntitos brillantes: "Más de las doce. Tal vez la una."
"Ah… entonces ya es tres de agosto." ¿Para qué decirlo? Para nada. Solo porque se acordó, y porque estaban los dos ahí y por qué no: "Es mi cumpleaños."
"Vaya… lamento que tengas que empezarlo así."
"Créeme que con estar viva me es suficiente."
"Feliz cumpleaños, entonces, aunque suene fuera de lugar."
"Gracias… mañana en la noche, es decir hoy… íbamos a hacer una cena con mis tíos. Habíamos invitado al Padre Felipe…"
Diego la acompañó a mirar al vacío. A un punto invisible en el que se desvanece lo que ya no será. Luego, habló:
"El pasado está cerrado. Es en el futuro donde quedan puertas abiertas."
"¿Tú crees que él nos está viendo?"
"Creo… que él está bien."
"¿Dónde?... ¿Cómo?"
"Eso no lo sé, no podemos saberlo. Aunque algún día nos tocará averiguarlo."
Cuando volvió a mirarlo, sus ojos estaban en ella.
"Para morirse solo hace falta estar vivo, ¿no? Así dicen."
"Y tienen razón. Pero hoy no será."
"Gracias a ti. Sabes que es así."
"Si es que no morimos de hambre primero."
"Eso sí. Tengo tanta hambre que me comería un pavo yo sola."
"Yo tengo tanta hambre que me comería aquel búfalo."
"Y yo un pastel gigante."
Al cerrar los ojos apareció el pastel de cumpleaños en la mesa de la casita, tío Pedro encendiendo las velas y tía Cari trayendo los platos y cucharas de la cocina. El padre Felipe, un par de vecinas que siempre la visitaban cuando estaba por allá y… Diego también, con la camisa manchada de sangre o la elegante chaquetilla, no importaba cómo, pero era él. El mismo que vencía a los malvados, construía una casa de la nada, leía señales en el viento y la tomaba de la mano caminar por un mundo desconocido donde, por estar él a su lado, no había nada que temer.
(...)
Notas:
La pregunta de Josefina de "¿Dónde?... ¿Cómo?" acerca del Padre Felipe, la tomé de la historia "Ahí pero dónde, cómo" de Julio Cortázar.
Lo que dice Diego de que algún día les tocará averiguarlo (averiguar acerca de la muerte o a dónde se va después), lo tomé de la línea final de la película "American Beauty", una de mis favoritas.
¡Gracias por leer!
