Capítulo V
Un haz de luz amarilla desde unas ramas retorcidas y secas. Tratar de enfocar la vista, para encontrarse con más luz tibia y con una cortina azul brillante de fondo. Más acá había pasto, en todos lados: contra su mejilla, bajo su brazo… olía a tierra, además.
"Buenos días, señorita."
Una oleada de entumecimiento en todo el cuerpo al tratar de incorporarse. Y en eso, reconoció la voz, el rostro, Diego que se llevaba bayas a la boca como si de un picnic se tratara, y le vino también la avalancha mental de lo sucedido el día anterior, como si más bien lo hubiera leído en un libro de aventuras o lo hubiera contado tío Pedro a la hora de la merienda como una historia de pura ficción.
"...Buenos… días…"
Otro intento y ahora sí logró sentarse. Rápido chequeo de vestuario: todo en orden.
"El desayuno está listo, espero me haya quedado bien."
Una hoja verde y enorme era bandeja para un montón de moras y tal vez… ¿grosellas? Lo que fuera, tenía cara de manjar.
"Pues se ve muy bien. ¿Dónde lo conseguiste?"
"Por allá. Creo que también debe haber duraznos pero no quise alejarme más."
El sabor entre ácido y dulce le provocó una efervescencia en el paladar y una sensación de bienestar inesperada. Tal vez era el hambre... o no, era estar con él aquí y ahora, como si lo anterior hubiera sido un mal sueño, pero era real y ellos dos lo sabían y lo compartían a la vez que se hacían con las frutillas y se les manchaban los dedos de púrpura.
"Y también conseguí esto." Unas flores blancas parecidas a las margaritas. "Y quise desearte un feliz cumpleaños otra vez, a pesar de todo."
¿Pero lo irreal era lo anterior o esto? ¿O todo? Lo que dijo la noche anterior, de que estar con vida era suficiente, lo veía hoy con más claridad aún.
"Gracias… no vas a creerlo pero no me acordaba… huelen delicioso. Gracias, Diego."
"Es un placer, aunque son muy poco."
"Te equivocas. Son mucho." Un poco después, se le ocurrió una cosa: "¿Tú dormiste algo?"
Él asintió, todavía ocupado con las bayas.
"¿En serio?"
"Bueno, para eso habrá tiempo después."
"¿Para dormir, quieres decir?"
"Verás, el peligro pasó, de eso estaba casi seguro… casi."
"¿Lo dices por el chico?"
"Por él o cualquier otro."
"¿No crees que aprendió la lección?"
"Espero que sí. Espero que crezca para ser una persona útil a la sociedad, que estudie o trabaje. Pero tampoco puedo leer su mente y conocer lo que realmente piensa."
"Yo creo que realmente estaba asustado y arrepentido. Eso que le dijiste de que lo ibas a vigilar, ¿es verdad?"
"Aún no lo sé. ¿Crees que debería hacerlo?"
Josefina buscó la respuesta entre las frutas que quedaban en el tazón improvisado:
"No. Creo que no va a ser necesario."
"Tienes fe en la gente."
"¿Tú no?"
"De hecho, sí. Pero no para dejarnos, y dejarte, a merced de la pura fe."
"¿Has visto mucho de esto? Me refiero a… gente queriendo hacer daño a otros, injusticia, situaciones… desesperadas, no sé… lo has visto mucho."
Eso último ya no fue pregunta. Ella supo que sí, que aunque era un hombre instruido, elegante y al parecer, con dinero, no era ajeno a las dificultades, no se pasaba el tiempo simplemente tomando lo que le era ofrecido en bandeja de plata.
"A veces" fue lo que respondió sin dejar de mirarla.
A veces, tampoco son necesarias las palabras.
"Gracias por el desayuno, estuvo exquisito."
"Me alegra que te haya gustado. Ya deberíamos ponernos en marcha."
Se puso de pie y le ofreció sus manos para ayudarla a hacer lo mismo. Por su parte, a la primera tentativa de apoyar el pie, a Josefina el dolor le lanzó un latigazo.
"¿Me vas a decir?"
"¿Qué?"
"Que te hiciste daño en el accidente y hay algo que te molesta al caminar."
"Ah... eso."
"Eso."
"Pues no me queda más remedio. Es que no quería causar más problemas de los que ya teníamos."
"¿Puedo?"
Ella asintió y le mostró el tobillo lastimado, a la vez que se sostenía del árbol para no perder el equilibrio.
"Como que está algo inflamado."
"Está muy inflamado, Josefina, mira. Es un esguince, o tal vez una fisura del hueso. Lo mejor sería quitarte el zapato."
"Está bien pero-"
"Yo lo haré, ¿sí?"
Tenía el cabello perfectamente cortado, podía verse detrás de las orejas y a los lados, aunque en la parte superior y por la frente, unas ondas castañas se hubieran declarado en rebeldía. El cuello de la camisa aún estaba bien planchado y almidonado, pese a todas las vicisitudes que había presenciado. Y sus manos, las mismas que le había tumbado más de un diente a más de un criminal el día anterior, ahora le desabrochaban el zapato con la mayor gentileza.
"¿Te espero acá y vas por ayuda?"
"Señorita, usted está soñando si cree que la voy a dejar aquí sola. Vamos."
Bueno, esta era precisamente la clase de problemas que había querido evitar: que tuvieran que llevarla en brazos.
"¿Como cuánto tiempo nos llevaría de aquí al camino?"
"Calculo que unas tres horas."
"¿Y me vas a llevar cargada así tanto tiempo?"
"Exactamente."
"No me parece muy práctico."
"Podemos ir cambiando y me llevas tú un rato."
"..."
"Tranquila. Puedo hacerlo."
"Espera, ¿qué tal si me llevas en la espalda mejor? Así hacíamos mis primos y yo, creo que debe ser más cómodo para ti."
"Esa es una excelente idea. Bueno, arriba."
Se sujetó las flores con el cinturón del vestido.
Y pues, arriba.
Seguro que esta clase de maniobras no se encontraban en ningún manual de etiqueta social y buenas costumbres para señoritas, pero las circunstancias eran más que excepcionales.
Echaron a andar.
(...)
El verano estaba intenso: si bien eran solo las nueve o diez de la mañana, ya podía decirse que hacía bastante calor. Sin embargo, Diego no daba señales de aminorar el paso o de que el fardo que llevaba le pesara de algún modo.
"¿Ves aquellas formaciones?" Apenas se podía distinguir un amasijo de montañas y cañones de roca muy a lo lejos: "Ahí vive gran parte de los indios de esta región."
"¿Son pacíficos?"
"Si nadie se mete con ellos, ellos no se meten con nadie. El problema es que el crecimiento de las ciudades, de Los Ángeles en este caso, suele ser... poco beneficioso para ellos, por decirlo de alguna manera."
Las únicas y pocas nubes que se veían, estaban hacia la tierra de los indios. Del resto, el cielo era una tienda incandescente con el sol como lámpara hirviendo.
"Creo que siempre pasa así... ¿Siempre has vivido en Los Ángeles?"
"Estuve en España unos años, pero del resto, sí, en el rancho. Me gustaría que lo conocieras, si nos honran con una visita tú y tus tíos."
"Bueno, pero sin que tengas que cargarme."
"Lo haría las veces que fuera necesario."
Josefina supo que esta era una de esas cosas poco frecuentes e irrepetibles que luego se empeñaría en revisitar mentalmente, detalle a detalle, con la mayor claridad de la que fuera capaz: la cercanía de su cuerpo, su voz, la textura de su camisa, el paisaje mayormente árido alrededor, lo cristalino del riachuelo en el que pararon por agua más o menos a mitad de camino; hasta el dolor en el pie colgante era distintivo de este momento.
Lo recordaría bien.
Cuando alcanzaron lo alto de una colina, al fin vieron el camino abajo, serpenteando en ambas direcciones. Apenas habían empezado a descender cuando-
"¡Diego, mira!"
Tres lanceros en sus caballos aparecieron en un recodo.
(...)
Del otro lado de la cortina descorrida se acercaba poco a poco el Pueblo de Nuestra Señora La Reina de Los Ángeles del Río Porciúncula, un amontonamiento de casas en el corazón de un valle. A pleno mediodía, el carruaje estaba como un horno, pero eso no era problema al tener cantimploras bien provistas de agua, pan y uvas frescas. También fueron informados de que al padre Felipe lo habían encontrado y se le daría cristiana sepultura.
Luego irían al velorio y al entierro; luego les tomarían declaración en el Cuartel y entregarían la reliquia a la Misión. Por ahora, era la pausa, la continuidad del trote irregular de los caballos, el cierre del viaje inesperado. El pie maltrecho descansaba sobre un cojín en el asiento de enfrente, y al lado, Diego.
"Qué fortuna haberlos encontrado bien, señorita, don Diego." El Sargento García los acompañaba para su protección. "Permítame decirle que sus tíos estaban muy preocupados, hasta el Cuartel fueron a dar. Y su padre, don Diego, ya iba saliendo de la hacienda con varios vaqueros para ir a buscarlo, cuando le avisamos que ya los habíamos encontrado."
"Y le estamos infinitamente agradecidos, Sargento" dijo él, sin dejar de mirarla.
"Sí. Muchas gracias" reiteró ella.
"¡No hay por qué! Yo le dije al Comandante, Comandante: la diligencia no ha llegado, debemos ir a buscarla inmediatamente, hay muchos salteadores de camino, y él me dijo, lidere usted la búsqueda, Sargento, empiece inmediatamente por…"
El Sargento prosiguió con su historia un rato, aunque Josefina no lo escuchaba mucho y estaba segura de que Diego tampoco. Solo la miraba, y ella a él, como en el primer instante que se vieron, como en el picnic, como en el sueño con la torta de cumpleaños.
Adelante, Los Ángeles ya inminente. Atrás, quedaba el camino.
FIN.
NOTAS:
En cuanto a los bandidos, ¿están muertos? Tal vez, tal vez quedaron heridos; no quise ponerlo de forma muy clara, pero en la serie de Disney de 1957 que es en la que mayormente me baso, el Zorro sí mataba, si era en defensa propia, claro.
Hace poco empecé a ver New World Zorro por primera vez, y justo cuando publiqué el capítulo anterior de esta historia, ese mismo día o al día siguiente vi el episodio donde Victoria se lastima un tobillo. ¡Casualidad!
Me gusta la idea del Zorro, o más bien, de Diego protegiendo a la chica. Espero no haberla hecho lucir tan damisela en peligro, aunque tampoco quería que fuera heroína (aquí el héroe es él, o sea, es el Zorro!). Algo punto medio, real.
Tampoco quise que se besaran aquí porque quería tomar las cosas poco a poco y que lo que pueda pasar en un futuro quede a imaginación del lector.
¡Gracias por leer!
