Historia publicada originalmente en septiembre de 2010.


Larga Espera

Sé que aún es pronto, pero soy incapaz de dejar de mirar el reloj cada pocos minutos. Frustrado por la lentitud del movimiento de las manecillas del reloj vuelvo a pasearme por el pequeño cubículo que es nuestra cocina. Minúsculo pero acogedor, aunque dolorosamente vacío ahora que me encuentro solo en él.

Apenas han pasado unos segundos desde que miré la hora por última vez cuando un ruido capta mi atención. Me apresuro a acercarme a la puerta y miro en la dirección de la que procede el sonido. Allí estás, de espaldas a mí mientras cierras la puerta. Al girarte tu mirada se encuentra con la mía. Me sonríes con cansancio.

- No ha venido un cliente, así que he podido salir algo antes –me informas con voz exhausta.

El motivo me da igual. Lo importante es que te tengo delante. Eres real, no un espejismo. Emocionado, salto hacia ti y te beso con ansia. Escucho el ruido de tu maletín al golpear el suelo justo antes de que tus manos acaricien mi cintura, rodeándola. Me pongo de puntillas para alcanzar mejor tus labios. Mataría por probarlos una vez más, pero ahora que te tengo conmigo no puedo detenerme ahí. Impaciente, te arrastro por el salón mientras te voy desnudando. Abrigo. Chaqueta. Corbata. Camisa. Todo acaba esparcido por el suelo, sin importar realmente dónde. Para cuando llegamos a la habitación yo también estoy medio desnudo. Mis manos, ávidas por recorrer tu cuerpo, se pasean por tu pecho desnudo, por tus hombros, por tu espalda.

Intento aplazarlo tanto como soy capaz, pero no puedo evitar que mis inquietas manos acaben en el botón de tu pantalón. Lo desabrocho y bajo la cremallera al tiempo que nuestros labios continúa unidos en un interminable beso. Aprovechando que estás concentrado en otra cosa, cuelo mi mano entre tu rizado vello y el bóxer que lo cubre, y acaricio con delicadeza tu semierecta hombría.

Estás sorprendido. Sabes que antes tenía mucho aguante, pero este ha ido desapareciendo en pro de una insana desesperación por tocarte, por sentirte. Por hacerte mío. Tratas de separarte de mí, pero yo he sido más rápido. Previendo lo que harías, entierro mi mano libre en tus cabellos y presiono tu nuca hacia mí, impidiendo que te separes mientras mi otra mano sigue con la suave pero constante fricción. Estás atrapado. Sin poder evitarlo emites un ronco gemido que muere en mi boca. Tu miembro se endurece al contacto con mi mano, lo noto. Ya estás completamente entregado, nada te parará. Perfecto. Eso es lo que andaba buscando.

Haciendo gala de tu masculina fuerza me empujas con la suficiente potencia como para separarnos y hacerme caer sobre la cama. Observo cómo te deshaces con urgencia de la ropa que aún te queda puesta, exactamente como yo.

En pocos segundos te abalanzas sobre mí. Somos cazador y presa, aunque aún está por ver quién es quién en esta erótica cacería. Agarras mis tobillos con firmeza y tiras de ellos hacia ti, separando mis piernas en el trayecto. Sabes que esa actitud tan ruda y dominante me enciende, al igual que yo conozco todas las cosas que te hacen caer rendido a mis pies, delirando de placer. Por la cama no debemos preocuparnos. Llevamos tanto tiempo haciendo este juego salvaje que ya se ha acostumbrado, cediéndonos el espacio necesario para desfogarnos.

Sin aguardar un momento más escondes el rostro en el hueco de mi cuello y hundes tu pene en mi cuerpo. Gimo con fuerza, pero eso no te nubla el juicio. Comienzas a repartir besos y lametones por la piel que tienes a tu alcance, mientras me haces tuyo de esa manera tan deliciosa y adictiva. Gimo descontroladamente. No soy capaz de resistirme al intenso placer que me proporcionas al penetrar con tu dureza en mi estrecho cuerpo, no creado para esto pero acostumbrado después de tanto tiempo haciéndolo.

Mantienes el ritmo hasta que ambos terminamos a la vez, con un profundo gemido unísono. No puedes más. Extenuado, caes sobre mi pecho. Apenas me he recompuesto cuando escucho tu respiración, tranquila y superficial. Estás dormido.

Rodeo tu cuerpo con mis brazos. Tu trabajo te absorbe hasta el punto de no dejarte tiempo ni para comer numerosos días. Pero eso no parece suponerte ningún problema, porque siempre consigues sacar tiempo para mí y mis caprichos. Pero tú no eres un capricho, Itachi. Pocas veces te lo digo, pero ya deberías saberlo. Te amo. Con toda mi alma. Con todo mi ser.

Deposito un tierno beso en tu frente.

- Descansa –susurro- Yo velaré tus sueños.

Acto seguido cierro los ojos momentáneamente, sintiendo el peso de tu cálido cuerpo sobre el mío; deseando que la noche nos ampare tanto como sea posible, hasta que la llegada de un nuevo día nos obligue de nuevo a separarnos.