A Tale of Three
Parte 1: Overture
En algún lugar de algún pueblo lejano había un joven silbando.
-Doscientos menos cincuenta, menos cuarenta y menos nueve y noventa y nueve…-
El muchacho tarareaba una canción mientras digitaba los números en una calculadora pequeña. Mientras más cifras tachaba del papel, su rostro palidecía.
Al terminar con el último nombre de la lista se llevó las manos a la cabeza del susto.
-Sólo tengo diez dólares para sobrevivir hasta mi siguiente trabajo! - gritó muy aturdido.
Tenía hambre y afuera parecía que se caía el cielo. Pronto comenzaría la tormenta y él se encontraba demasiado cansado para salir a buscar algún trabajo. Al menos la luz y el gas los había pagado, pero en la nevera sólo tenía tres trozos de la pizza de la tarde.
Este era un fin de semana normal para Dante.
Antes de entrar en pánico pensó que otras veces se había visto en peor situación. Miró alrededor y en una esquina de la mesa había una carta con su nombre cuidadosamente escrito. Era de Lady, una muchacha que conoció en sus curiosos trabajos. La última vez que se vieron, ella se encontraba muy ebria discutiendo con un sujeto que le había estropeado la moto. Dante pagó los daños y llevó a Lady a su casa. La reparación lo dejó sin comer por un día, pero entre ellos había algunas deudas. Posiblemente la carta se la había entregado en algún momento de la semana y por descuido la había abandonado a su suerte. La desdobló y encontró cincuenta dólares con una pequeña nota. Sencillamente escribía "Gracias." Ahora podía irse a la cama tranquilo.
Era del tipo de persona que abandonaba sus cosas a su propia suerte. Según él, las cosas tomaban su propio camino para volver con él. Si tenía suerte.
En la cocina calentó agua y esperó a que salieran burbujas para poder ponerlo en la tetera con el té. Al menos podía dormir con un sabor de "Fresa del Bosque" hoy y mañana buscar algo que comer. "Sólo son dos cucharas." Mientras esperaba que se hiciera miró el reloj. Diez de la noche.
Cerró los ojos al sentir el suave olor de la infusión. Repentinamente alguien empezó a aporrear la puerta. Golpeaba la madera con tanta fuerza que podría estar pateando la entrada. Dante dio un brinco del susto. La puerta se salió de su marco y provocó un sonido tan estrepitoso que se movieron las ventanas. Dante gritó del susto.
Una figura delgada caminaba entre las sombras. El viento y la lluvia entraron creando un ambiente tétrico. Estaba a punto de desenfundar su espada cuando la figura se descubrió el rostro y le devolvió una mirada inexpresiva.
-Por qué gritas tanto? - le dijo.
-Ver… ver… veee…-apenas le salían las palabras. Su expresión, su cabello, sus ojos celestes igual a los suyos eran inconfundibles.
-Estás haciendo un escándalo, Dante…-
Dante se aproximó corriendo a él.
-Hermanitoooo…- gritó con los brazos abiertos.
Antes que Dante llegará a tocarlo, Vergil desenfundo su espada y mantuvo distancia con Dante.
-Mi visita era indispensable. Tengo un problema, Dante. Pensé que tú podrías llegar a una mejor solución que yo, pues conoces mejor a los humanos. -le respondió un poco fastidiado.
Debajo de su capa sacó la mano que ocultaba. Había un par de mantas dónde algo se movía. Vergil descuidadamente retiró la manta y reveló algo que jamás se le habría cruzado por la mente a Dante.
-Esto de aquí es mi hijo. Necesito saber qué hacer con él lo más pronto posible. -
Dante estaba intentando procesar bien todos los hechos. Su hermano desaparecido, estaba vivo, lo había encontrado a él y tenía un hijo. Comenzó a pensar en que debería preguntarle primero. Él se había adelantado. Qué le debería responder. ¿Un niño? ¿Su hijo? Tenía un sobrino…
Tan pronto como esas ideas hicieron conexión Vergil se desplomó en el suelo. La cesta cayó bien, pero el bebé se despertó por el impacto. El pequeño empezó a llorar.
De todas las veces que habían sucedido cosas espontáneas en un fin de semana para Dante, tales como la vez que un grupo de mendigos tomaron su casa e intentaron echarlo, o la vez que una súcubo lo persiguió toda la noche y estuvo a punto de salir de la ciudad en una moto, nada lo había sorprendido tanto. Entró en pánico y comenzó a hiperventilar. Miró a los lados sintiendo que podía caerse al vacío en cualquier momento. Sus ojos se nublaron, sudaba y quería pensar que lo estaba imaginando todo. Sus pensamientos no daban lugar a otra cosa que esconderse en un closet. Y entonces vio al niño.
Tenía dos enormes ojos azules como los de él y su hermano. El poco pelo que le crecía en la cabeza era blanco, como el suyo. El pequeño observaba sus alrededores descubriendo el nuevo ambiente mientras su hermano yacía inconsciente en el suelo. Sus manitos pequeñitas intentaban sostenerse con algo. El bebé estaba pidiendo ayuda. Estaba solo, frío y asustado. Quién sabría cuando había caminado Vergil hasta dar con él. De sus ojos caían lágrimas de desesperación. Pero eran esos ojos, aquellos ojos que eran idénticos a los suyos aquel día. El miedo era el mismo.
Se acercó al pequeño tímidamente y lo recogió en brazos. Seguía llorando con fuerza. Dante empezó a silbar una tonada alegre. Lo abrazó. Vio cómo el niño sintió su calor y poco a poco dejó de llorar. Sin saber por qué, Dante jugaba con sus mejillas. Eran sumamente adorables y redondas. Él niño se río y él esbozó una sonrisa.
-Quién eres? - preguntó cómo esperando de verdad una respuesta.
El bebé abrió su boca para reírse. Dante observó que su ropa tenía un escrito tosco. Decía "Nero".
-Nero… ¿Ese es tu nombre? - dijo con ternura.
El bebé lo miró sonriendo. Él respondía a ese llamado.
-Nero… Nero, tu papá está tirado en el suelo. -
El bebé volvió a reírse. Esta vez Dante se río con él.
-Nero… ¿Vamos a ayudar a tu padre, está bien? -
El bebé asintió.
Cuando el reloj marcaba las dos de la mañana, Vergil abrió los ojos. La puerta había sido reparada toscamente, ahora no entraba el frío. Llevaba puesta otra ropa, la cual era bastante grande para ser su talla, pero era suave y limpia. Había té de fresa y un trozo de pizza frente a él. Estaba cubierto con una manta. Mirando a su alrededor encontró a Dante jugando con el bebé.
-Dónde estoy? - decía todavía ocultándose el rostro.
El bebé se reía.
-Yo estoy aquí, Dante. -
-Tu papá se despertó. -dirigiéndose a él. - Come algo y duerme. Te desmayaste por descompensación. ¿Hace cuánto no comes algo? -
-No sé. Me duele la cabeza. - mordisqueó la pizza y en tres bocados se la acabó. En el medio de la mesa estaba la caja aún con dos trozos, tomó otra y empezó a comerla.
-Espera Vergil, eso es para mí. Nooo…-
Ya no había pizza y tampoco té. Vergil cayó profundamente dormido en el sofá. Nero se acurrucó a su lado.
Dante estiró la sábana que cubría a Vergil y cubrió a Nero. Aún le dolía un poco la cabeza, pero se sentía más tranquilo. No recordaba cuándo era la última vez que se había sentido así.
