Disclaimer. Los personajes no me pertenecen, todos los derechos a su creador.

Festival para las Madres

La noche había caído ya cuando, por fin, abrió la puerta del apartamento, el apartamento de su familia. La calidez, el aroma de la comida casera y las inconfundibles risitas de su hija y esposa le golpearon al instante con fuerza. Una media sonrisa se dibujó en sus labios, su corazón latía con fuerza. Estaba en casa y se sentía bien. La última vez que había hablado con Naruto le confesó que planeaba volver con más frecuencia a la aldea y así lo había hecho, poco más de un mes pasó para que volviera. Se delcalzó, colgó su capa y bolso de viaje en el perchero mientras comenzaba a caminar hacia el interior del lugar. La plática entre Sarada y Sakura se escuchaba amena y no quiso interrumpirla, por lo que procuró no hacer ruido, no es que se le dificultara. Llegó al umbral del comedor, desde donde observó a las mujeres Uchiha de espaldas, con los delantales puestos y partiendo verduras.

Tadaima. —Su saludo repentino hizo que ambas se voltearan de golpe, con un gesto de indiscutible sorpresa en sus rostros.

—¿Papá? —La pelinegra sacudió la cabeza, como si creyera que era una ilusión y tratara de sacarla de su mente.

—Oh... Okaerinasai —saludó su esposa, saliendo de su estupor y regalándole una radiante sonrisa de bienvenida.

Sarada no tardó mucho más para acercarse a su padre y rodearle en un abrazo rápido. A Sasuke le agradaba notar que su relación se hacía cada vez más cercana, tanto como para que le abrazara. Puso una mano sobre la cabeza de la niña para desordenar un poco su cabello, atado en una cola de caballo, mientras le dedicaba una ligera sonrisa a la pelirrosa.

—No has demorado tanto en volver esta vez. —señaló Sarada.

—Estaba cerca. —aclaró el Uchiha con un tono suave, el tono que solía usar con ellas. Observó con más detenimiento a las mujeres ambas tenían el cabello atado y vestían los delantales para la cocina. Se sentía familiar. —Por cierto, vi varios puestos en la aldea. ¿Celebran algo?

—Ah, si. Es el festival en honor a las madres. —respondió la chica con una sonrisa y volviéndose sobre su eje para dirigirse a la cocina de nuevo.

—Al parecer el día de padres e hijos fue un éxito y a Naruto le llovieron solicitudes para todo tipo de celebraciones parecidas. —aclaró Sakura disponiéndose a seguir a su hija y volver a lo que hacían. —Esta es el primera que aprueba.

¿Un festival para celebrar a las madres? No se le habría ocurrido jamás, aunque posibles festividades no eran pensamientos recurrentes en su mente. De repente se encontró recordando a su propia madre. Ella era amable, bondadosa. Tenía un corazón enorme, siempre supo como calmar cualquier cosa que le inquietara, curó las heridas de sus entrenamientos, le recibía con los brazos abiertos y una dulce sonrisa. Tenía las palabras correctas y siempre trataba de hacerle sentir mejor. Hacía tiempo no pensaba en ella y se reprochó por eso.

—¿Quieren ir a ver los puestos? —propuso con aire inseguro.

—Pero a ti no te gustan, cariño. —señaló su esposa, observándolo con atención.

—No, pero si ustedes quieren podemos ir —ofreció, rascándose la nuca.

—Eso es adorable de tu parte, Sasuke-kun, pero fuimos esta tarde, almorzamos ahí de hecho. No te preocupes por nosotras. —Sirvió una bebida caliente en una taza y la puso sobre la mesa. —¿Quieres té?

Un asentimiento fue suficiente para que Sakura se volviera a la estufa a revisar lo que se cocinaba en un sartén y tomara de nuevo el cuchillo para seguir con la verdura al lado de su hija. Él se acercó y tomó la taza para ir hacia el umbral de la cocina, recostandose en el marco para poder hablar con ellas.

—Entonces... ¿Se divirtieron?

—Oh, mucho. —afirmó la pelinegra, dispuesta a contar toda su aventura. —Mamá trabajó por la mañana, fui por ella a su hora de salida. Antes de ir a los puestos fuimos a la oficina de correo para enviarle una tarjeta de felicitación a la abuela Mebuki y luego le llevamos flores a la abuela Mikoto. —Contó con emoción. —Conseguimos unas magnolias hermosas... Espero que le gusten.

Las palabras de su hija hicieron eco en la mente del azabache. Le habían llevado flores a su madre, seguramente a la tumba del clan, él las había llevado a ese lugar antes. No pudo evitar que la ternura se apoderara de su corazón, lanzandole una mirada de brillante agradecimiento a Sakura, quien le devolvió una pequeña sonrisa mientras observaba la emoción con la que Sarada contaba todo.

—Si las eligieron ustedes seguramente le gustarán. —Afirmó, ganándose una sonrisa con aires de orgullo y un ligero sonrojo de parte de su hija. A veces ella le recordaba tanto a su madre.

—Bueno, luego de dejar las flores vimos las ventas, compramos algunos dulces y fuimos a un lugar donde servían sushi para comer ahí.

—Sarada fue muy amable al pagar la comida. —dijo Sakura. —Aunque insisto en que debiste ahorrarlo, era dinero de tus misiones. —entrecerró los ojos viendo a su hija, quien se cruzó de brazos, demostrando que no aceptaría que le cuestionaran. La pelirrosa rodeó la cabeza de Sarada atrayendola hacia ella y dando un alegre beso rápido en el cabello azabache.

—Es un día especial, mamá. —alegó.

Viendo aquella cálida escena, Sasuke solo pudo pensar que valía la pena el sacrificio que hacía si eso significaba proteger el lugar donde ellas existían. Que no importaba cuanto tiempo pasara o el peligro al que se enfrentara si, al final, ellas lo estarían esperando con los brazos abiertos. Su familia, su pequeña y amorosa familia, era algo por lo que debía luchar.

—Lo siento. —soltó de repente. —Yo... no sabía sobre esto así que no te traje nada especial. —Desvió la mirada hacia lo último de su té en la taza, antes de tomarlo de un trago.

—Oh, cariño, pasé un maravilloso día de chicas con Sarada, tú estás en casa, sano y salvo y los tres cenaremos juntos hoy. —Sakura dejó lo que hacía para voltearse totalmente hacia su esposo, observándole con aquella mirada jade que desbordaba amor, posando una mano en su cadera y la otra en la encimera. —Es el mejor regalo que pude recibir y estoy de verdad agradecida por ello.

Muchas veces se había preguntado si ella era de verdad feliz estando junto a él. Al principio, cuando comenzó su viaje juntos, se resistió a creer que él le haría feliz, ella se merecía mucho más que un hombre tan manchado, pero la pelirrosa se encargó de demostrarle que se merecía todo lo bueno que ella le pudiese dar, eso les daría felicidad a ambos. Más tarde, se lo preguntó cuando las personas la señalaban por haberse casado con un criminal, luego se lo preguntaba con frecuencia durante los años que estuvo lejos, dejándole la crianza de su hija a ella sola. Pero había algo en su mirada y en sus palabras que le aseguraban que lo era. Sakura era genuinamente feliz con él y su hija, no importaba cuánto tiempo pasara o las dificultades que enfrentaran, era feliz sabiendo que los tenía, amándolos a ambos. Era una mujer maravillosa, fuerte y valiente. Sin ella, Sarada no sería la increíble niña que era, sin la pelirrosa Sasuke no sería el hombre que era.

—¿Puedo ayudarlas? —dijo al fin, saliendo de sus pensamientos.

—¿No prefieres descansar? Nosotras podemos hacernos cargo. —Respondió la pelirrosa.

—Estoy bien.

—Iré a traer tu delantal. Lo guardamos para cuando vinieras. —Sarada salió de la cocina de prisa, en busca de la prenda que ella y su madre habían comprado para él hacía algunos meses. A veces, cuando el estaba en la aldea y Sakura trabajaba, él y su hija cocinaban juntos y, aunque era un espectáculo verle usando el delantal con flores de cerezo de su esposa, decidieron que le comprarían uno mas acorde a él, más grande y de color azul.

En cuanto la niña estuvo fuera, Sasuke se acercó a la pelirrosa, abrazándola por la espalda, pasando su brazo por su cintura y hundiendo su rostro en su cuello. Aspiró profundo, llenando sus fosas nasales con el olor de su esposa y cerrando los ojos, dejándose llevar por la paz que le transmitía.

—Gracias. —Susurró mientras sentía la mano femenina rozando suavemente su mejilla.

—¿Por qué? —preguntó la Uchiha con una sonrisa.

—Eres una buena madre... Y una buena esposa.

Sakura dio media vuelta para verle de frente, sin preocuparse por que él notara el leve sonrojo en su rostro, rodeó el cuello de su esposo con el brazo y lo atrajo para presionar sus labios sobre los de él en un delicado beso que luego se repetiría en su mejilla. Ambos se separaron ligeramente cuando escucharon los pasos de su hija aproximándose a la cocina. El azabache abrió el grifo del lavaplatos para lavar su mano antes de dirigirse a la estufa para revisar la carne y la sopa miso que se cocinaban ahí.

—¡Lo encontré! —anunció Sarada. Su padre se acercó para ponérselo, dándose vuelta para que ella pudiera ayudarle a atarlo en su espalda.

Todo aquello era hogareño, era un sentimiento agradable. Esa sensación que tuvo en su niñez y perdió, la que creyó que jamás recuperaría. Pero ahí estaban, Sakura le había devuelto el calor y el amor de un hogar, a pesar de todo, a pesar de él mismo. Ellas eran el sol de primavera en su vida, esperaba que su madre estuviera feliz por él y su familia, desde donde estuviese velando por ellos.


Esto fue demasiado tarde, tres días tarde. Pero la idea rondó por mí cabeza hasta que la escribí (no tan bien, debo decir) y quería compartirla para celebrar (tarde) el día de las madres!Agradezco tanto a quienes dejan sus comentarios, agregan alguna historia a favoritos o las siguen, gracias por tomarse el tiempo de leerme.Hasta la proxima3