Para Emma, la ex alquimista de acero, era lógico el darle la mitad de su vida a su mejor amigo y mecánico personal, Ray, a cambio de que él le diese la suya.

Después de todo, Emma estaba 100% segura de querer pasar lo que le quedaba de vida con él. Quien le apoyó incondicionalmente a ella y su hermano, Norman.

Después de tantas lágrimas derramadas, sufrimiento, dolor y pérdidas, finalmente se podía respirar en paz. Y ella se sentía en paz con él, Ray. Por ende, quería estar a su lado.

El rubor en su rostro y el rápido latir de su corazón era prueba infalible de ello. Y aunque Ray podía rechazarla, Emma haría lo que fuese porque él aceptase su —según ella— magnífica propuesta.

A Ray casi se le va el aire y casi se va de cabeza contra el suelo ante semejante propuesta. Aunque al final sólo atinó a suspirar, pensando en lo idiota que era y podía llegar a ser.

¿Por qué todos los alquimistas eran así? ¿Acaso lo único que tenía esa tonta en la cabeza era alquimia, alquimia, Norman, y más alquimia?

Parece que sí.

— Eres una completa idiota. Te daré toda mi vida entera... Aunque pensándolo bien, sólo podría ofrecerte el... ¿85%? — murmuró, haciendo cuentas con los dedos, sintiendo el rubor en las mejillas por estar siguiéndole el juego a la pelirroja.

Se estaba sintiendo idiota.

Emma comenzó a reírse, sintiéndose aliviada y relajada. Ray la miró mal, creyendo que se estaba burlando de él.

Emma lo miró más tranquila, con una sonrisa en sus labios, sabiendo lo que pasaba por su mente. Porque Ray siempre había sido, de alguna forma u otra, fácil de leer para ella; aunque era Ray el que más podía saber lo que pasaba por su mente que ella misma.

— Revocaste el intercambio equivalente como si nada, Ray. Eres realmente increíble.

— Tsk, cállate. — y se pudo haber cruzado de brazos en ese momento, de no ser porque Emma se lanzó a abrazarlo. Ray sintió el rubor nuevamente en sus mejillas.

— ¿Esperarías por mí, una vez más, Ray?

—... Unos años no matan a nadie. Además, sé que volverás a casa. — la apretó suavemente, hundiendo su nariz en su cuello y largo cabello pelirrojo. — Mientras cumplas también con lo que me propusiste, estaré bien.

Emma sonrió.

— Dalo por hecho, Ray.

Nuevamente se separarían, sin embargo, ahí estaba la promesa de volverse a ver. Y ya no como los mejores amigos que siempre habían sido, sino como prometidos y prontamente, esposos.

— Ten mucho cuidado, tonta. — le pidió Ray, una vez terminó su abrazo. Emma sonrió, asintiendo.

Y con una sonrisa, la vio partir e irse en el tren de nueva cuenta. Una señora que estaba por ahí, lo miró, curiosa.

— ¿Otra vez se va?

— Sí... Me gustan las mujeres inquietas y aventureras.

Y con ello, se refería a Emma, la antes alquimista de acero.